CAPÍTULO 10

Al día siguiente, encuentro una trampa.

No es parecida a alguna que enseñaran en el centro de entrenamiento, pero me resulta vagamente familiar: es una trampa de Gale.

Estoy tan emocionada que no se me ocurre pensar que podría ser de otra persona hasta que, metros más allá, encuentro otra trampa similar. Puede que Gale no sea el único experto en trampas en toda la arena. Quizás en algún otro distrito haya bosques, o tengan que apañárselas como Gale y yo, cazando. Encuentro una tercera trampa, y me agacho para analizar. Son lazos y nudos intrincados; el tipo de lazos que Gale conoce; el tipo de lazos que el distrito 4 hace a diario. Los profesionales... ¿De verdad podrían ser ellos? Estoy segura de haber cuidado que mis pasos me alejaran de ellos, pero esos tributos podrían haber cambiado el rumbo o incluso haberse dividido en dos para cubrir más terreno. La idea me aterroriza tanto que salgo de allí corriendo, intentando no caer en las siguientes cuatro trampas que encuentro.

Quien las haya puesto ha planificado un patrón con anterioridad. Son trampas de lazo, esas que te dejan colgado a treinta centímetros el suelo. Con ellas a formado un círculo, y, si yo no conviviera a diario con un cazador tocado con la gracia de las trampas, ya habría caído en una. Consigo sortearlas todas mientras se me pasa por la cabeza la estúpida idea de deshacer una y llevarme la cuerda... Una idea que ahora no se me antoja tan estúpida. Lo hago: deshago el nudo que la mantiene tensa en un árbol, corto la cuerda que cuelga oculta y cae al suelo. Serán tres metros de cuerda, lo que me hace pensar que quien la consiguiera, si no es un profesional, fue lo bastante bueno como para salir vivo de la Cornucopia. Y el único que yo conozca con esas características es Gale. Aunque quizá es mejor no arriesgarse.

Guardo la cuerda en la mochila que tengo y sigo mi camino, que no dura mucho más: encuentro, entre los árboles, un sinsajo. Sin darme cuenta, acaricio mi insignia dorada , reconociendo en ella al animalito que tengo delante. Este es de tonos naranjas y rojos, y parece muy interesado en mí. Pronto, varios más se le unen, y noto que me siguen. Me empiezo a preocupar: ¿debo considerar estas acciones normales? Quizá no sean verdaderos sinsajos, sino mutos, construcciones del Capitolio para hacer más emocionante los juegos. Y la verdad, ha sido una mañana bastante tranquila.

Tranquila. Tranquila hasta que, segundos después, caigo en una trampa.

Tan solo me ha sucedido una vez en los bosques con la trampa de lazo. Estaba corriendo hacia el lugar de encuentro que Gale y yo establecimos cuando caí en una de esas. Fue inmediato, nada más pisarla. La cuerda se enredo alrededor de mi tobillo y me hizo caer con fuerza al suelo, arrastrarme unos metros y subirme hasta que mi cabeza quedó a medio metro del suelo. El pulso se me disparó. ¿Cómo es que yo había caído en una trampa de Gale? ¡Las conocía a la perfección, e incluso él solía dejar unas marquitas en los árboles metros antes que tan solo yo conocía! Además, esta no era nuestra ruta para las trampas. Fuera como fuera, había caído en una trampa y eso no podía ser nada bueno.

―¡Gale!―grité aquella vez, deseando que hubiera llegado antes que yo.

Minutos después, él apareció con el arco y una flecha listos. Cuando me vio colgada, se dedicó a dar vueltas alrededor de mí, dándome la espalda y vigilando cualquier punto del bosque.

―¿Hay alguien cerca, Catnip?

―¡No!... Bueno, no estoy segura. ¿Quieres bajarme ya de aquí, Gale? Me estoy mareando.

Soltó el arco y el carcaj y sacó uno de los cuchillos que guardaba en su cinturón. Cogió mi manos y las puso en sus hombros. Pegando su nariz en la mía, me dijo:

―Haz fuerza con las manos para que, al bajar, caigas de pie.

Obedecí cerrando los ojos con fuerza mientras se ponía de puntillas y cortaba la cuerda muy cerca del tobillo. Cada vez me encontraba peor: en cualquier momento vomitaría. ¿Así se sentirían los conejos y las liebres cuando caían en una de estas?

Fue rasgando hilo a hilo hasta que el último se rompió sin ayuda. Y la cosa no salió como Gale había predicho. Caí sobre él y le tiré al suelo. Mi peso (que, aunque no fuera mucho, había caído desde medio metro de altura sobre él) le dejó sin respiración durante unos segundos.

―Catnip, ¿qué narices cenaste anoche?―preguntó en un resoplido. Conseguí salir de encima de Gale y dejarle un poco de espacio para recuperar el aire que le había robado. Me reí antes de salir corriendo y ocultarme entre los árboles para vomitar.

Pan con queso de la noche anterior fue lo que eché, por si a Gale le seguía interesando mi dieta.

Cuando pude volver a salir tras los árboles, Gale había desmontado por completo la trampa y la estaba examinando. Evidentemente, comprobamos que los nudos no se parecían a los precisos y apretados de Gale. Alguien había puesto esta trampa, y aunque nos encontráramos con el responsable y no nos fuera a hacer nada, preferíamos no verle. O verla.

Esta vez es similar. Me quedo colgando de un pie y empiezo a marearme. Varios arbustos se mueven y casi al instante sé que es Gale.

―Vamos, Gale, bájame de aquí. Es tu trampa, y sabes... perfectamente... que no me sienta muy bien estar boca... abajo―digo sorteando arcadas.

No quiere salir de entre los árboles. Me agito un poco para intentar verle, lo que es peor porque hace que la cuerda empiece a girar incontroladamente. Las arcadas continúan.

―Venga, ya basta. Muy gracioso. Ya estás bajándome de aquí.

No es Gale. Él ya me habría rescatado de su trampa, como aquel día.

De entre las sombras sale el tributo del distrito 7. En los días que duró el entrenamiento, no me fije en él lo suficiente como para saber si es verdaderamente peligroso o no. Gale y yo estuvimos más ocupados en descubrir las habilidades de los tributos profesionales. Clove: los cuchillos y objetivos a distancia; Glimmer: buen manejo de la lanza; Marvel: combate cuerpo a cuerpo; Cato: capaz de dominar cualquier arma. ¿Pero el distrito siete? Cuando hablábamos de los tributos, pocas veces mencionamos a los distritos 3, 6, 7 y 10; según Gale, eran inexpertos con las armas y el resto de los puesto. Tan solo nos preocupamos bien en conocer las características de los tributos que destacaran en algo (aunque fuera en el puesto de las plantas venenosas y comestibles, como es el caso de la chica del cinco). El distrito siete no tenía nada que debiera preocuparnos y, sin embargo, aquí estoy, a merced del chico. Probablemente tan solo tenga un año más que yo, pero sus brazos parecen tener musculatura, como si su trabajo en el distrito fuera manual. Y probablemente lo fuera. Distrito 7: madera. Quizá este chico se ha pasado toda la vida blandiendo un hacha de tres toneladas. Y lo más probable es que haya utilizado la misma táctica que Gale y yo hemos seguido: no mostrar lo buenos que somos. No puedo recordar su puntuación, pero si hubiera sido superior al 6, lo recordaría. ¡Incluso ha decidido parecer inofensivo ante los Vigilantes! Eso me recuerda mucho a una chica que gano hace unos años, de su mismo distrito: Johanna Mason. Lo más probable es que sea su mentora.

«¿Este es mi fin?», me pregunto mientras le miro. A parte de un corte en el brazo, no veo más puntos débiles. Tiene un cuchillo de casi un metro (más bien una espada), una mochila parecida a la mía y el mismo tipo de cuerda que me mantiene colgada en el aire enrollada en el brazo sano. Inclina la cabeza y me mira con recelo, como si dudara de algo que le he dicho y no cree. Pero, ¿qué he podido decir? Entonces, lo veo.

El maravilloso y evolucionado arco del Capitolio está colgado en su espalda junto al carcaj. La furia me ciega y empiezo a agitarme. Ese arco era mío ¡Mío! Pensé que Gale iba a conseguirlo.

Sin arco y sin flechas, no soy más que un conejo asustadizo y colgado antes de su muerte.

Cuando abre la boca, lo único que espero es que diga algo así como: «Voy a permitir que digas tus últimas palabras.» Incluso un «Intentaré que no duela.» Pero no esto.

―¿Tu compañero sabe hacer trampas?―me pregunta con perspicacia.

Parpadeó. ¿Qué? ¿A qué viene esto?

―¿Por qué no me matas ya?―suplico. No quiero que alargue mi muerte. No quiero que Prim esté durante diez minutos mirando la pantalla, viendo como el chico me hace preguntas estúpidas para luego cortarme el cuello.

―Respóndeme, doce: ¿sabe él hacer trampas?

―¿Qué te hace pensar que Gale...?

Sé por qué lo supone. Mis súplicas para que me bajara, la forma en la que he hablado instantes antes, como si Gale fuera quien hubiera construido esta trampa mortal. Sin darme cuenta, he desvelado una de las habilidades de Gale. Aunque sus sospechas son ciertas, no voy a ser yo quien se lo confirme. Ya he estropeado bastante abriendo la boca, así que decido mantenerme callada. No quiero decir nada útil (para él) o algo estúpido que le haga reír.

―Y no sabe hacerlas gracias al entrenamiento―afirma el tributo, sonriendo; mi silencio le ha dicho más que mis palabras.

Haga lo que haga, diga lo que diga, no hago mas que meter la pata hasta el fondo. Se ríe ante mi frustración, y, entonces, suelta:

―Parece que seremos aliados.

―No pienso aliarme con nadie―escupo.

―¿Ni siquiera para encontrarle?―pregunta mientras juguetea con un cuchillo que acaba de sacar de su cinturón. Eso capta mi atención, justo como él quería. ―Estoy seguro de que era a él a quien buscabas y no a mí.

Comienzo a agitarme en la cuerda mientras esta roza mi tobillo. Si continúo, pronto empezaré a sangrar.

―Yo fui el último que vio a tu chico. Él me hizo esto―dice mirándose el corte del brazo―. Y no es que yo le dejara marcharse sin un solo rasguño. Pero lo importante es que sé qué dirección tomó, y si tú le conoces tanto como creo, podremos encontrarle antes de...

Pero yo ya no escucho nada. La cuerda da varias vueltas antes de que pueda fijarme en el rostro del chico.

―¿Gale está herido?―le interrumpo en apenas un susurro.

―Puede que necesite ayuda―sonríe.

Frunzo el ceño. Quiero mi arco, quiero salir de esta trampa, quiero darle una lección. Y nada de eso es posible. Gale está herido. Puede que en estos instantes esté debatiéndose entre la vida y la muerte, y yo aquí, colgada mientras el chico del dsitrito 7 no hace más que reírse de mis reacciones. No deja de jugar conmigo.

―¿Por qué quieres aliarte conmigo? No creo que sea solo para ayudarme.

―Cuando le encuentres quiero que le convenzas.

―Convencerle de qué―cuestiono, sabiendo que lo que quiere es frustrarme perdiendo el tiempo.

―De que, si nos aliamos, podríamos vencer a los profesionales. Es bueno: le he visto luchar y he luchado con él, aunque en distintos bandos. Si entre los dos nos deshacemos de los profesionales, podríamos hacer que estos juegos tuvieran un final distinto.

Tiene razón. La mayoría de los vencedores de los juegos pertenecen a los distritos profesionales, donde estar aquí es todo un honor y donde perder te convierte en la paria de la familia. Para el resto de los distritos, tener más de tres vencedores es todo un reto. En mi distrito tan solo han ganado dos personas, y una de ellas está muerta. El otro vencedor estará en estos momentos borracho como una cuba.

No sé si es porque, cuando el chico habla de vencerles a todos los profesionales, tiene ese mismo brillo en los ojos que aparece en los de Gale cada vez que me habla de rebelarnos contra el Capitolio en los bosques o porque estoy tan desesperada por encontrar a Gale que haría cualquier cosa. Sea la razón por la que sea, murmuro:

―Bájame.

―¿Hay trato o no hay trato?―pregunta receloso. Sus manos acarician ese punto donde el nudo de la trampa se me clava en los tobillos. Aprieto los dientes para aguantar el escozor.

―¡Que sí! ¡Que hay trato! ¡Pero bájame ahora mismo de aquí!

El tributo no es tan compasivo como Gale cuando tuvo que bajarme. Con un movimiento firme corta la cuerda que me mantiene colgada y caigo al suelo golpeándome la cabeza. Aguanto las ganas de gritarle cuatro cosas porque sé que puede hartarse de mí. No soy la persona que quiere de su parte, sino Gale; y podría arrepentirse de haberme liberado.

―Tú también sabes hacer trampas―digo mientras desato el nudo para liberarme por completo. Por suerte, no he estado más de diez minutos colgada, pero el tobillo me duele a pesar de llevar botas. Lo masajeo con ambas manos y la sangre comienza a circular. Esta vez no hay nada que vomitar.

―Sí, y me alegro de que hayas caído en una. No era ese el resultado que esperaba, pero...

Hago una mueca de enfado y me levanto, reajustando las correas de la mochila. Mantengo fija la vista en el arco.

―¿En qué dirección se marchó Gale?―pregunto. El tributo está recogiendo la cuerda de la trampa y se la guarda. Me mira y alza una ceja

―No sé si debo confiar en ti.

―Mira quién fue a hablar. No eres tú el que ha estado colgado de un árbol.

Él suelta un prolongado suspiro.

―Rodeó el lago y corrió más allá. No sé qué es o qué hay allí. Parecía un precipicio. Pronto lo averiguaremos.

Asiento y comenzamos a caminar en dirección contraria a la que yo corría. Mantengo una distancia prudente entre nosotros: lo bastante lejos como reaccionar entes de que puede herirme y lo bastante cerca como para poder vigilarle bien.

―Por cierto, me llamo Remt.

―Katniss―digo adelantándole y rechazando su mano extendida.

―Ya veo que no eres muy amiga de la simpatía―bromea alzando la voz para que le escuche bien.

Aprieto los dientes furiosa y me doy la vuelta. Haymitch debe de estar partiéndose de la risa en estos momentos. Él mismo me dijo algo parecido mientras preparaba mi enfoque, y se alegrará de no ser el único que tiene esa opinión de mí.

―No he venido aquí para hacer amigos, ¿entendido?―le señalo con el dedo, que se clava en su pecho cuando se acerca a mí―. Ni siquiera somos aliados. No del todo. Y más te vale que te des prisa. Gale está herido, y no quiero que se muera por culpa de una tortuga como tú.

―Correría si me interesara.

―¿No quieres que Gale se úna a tu causa?le pregunto en tono burlón. ―Pues ya te estás moviendo.

Entrecierra los ojos y me fulmina con la mirada.

―Que sepas que si no te he matado es porque, precisamente tú de entre todos los tributos de estos juegos, eres quien puede encontrarle y convencerlo de esto. Además, no ayudaría mucho a nuestra alianza que descubriera que he sido yo quien te ha matado.

Esta vez es él quién adelanta al otro y acelera el paso, furioso conmigo. Yo le sigo a tres metros por detrás. Me llevará hasta Gale; yo le hablaré de los planes de Remt y le hablaré de alianzas y traiciones.

Pero si hay algo que yo sé es que Gale jamás aceptará. Y el resto será problema de Remt.


¡Hola de nuevo! Espero poder publicar el capítulo 11 dentro de poco, algo que será un poco difícil: estaré en el extranjero durante varias semanas, así que intentaré subirlo antes de este sábado. Si no es posible, ¡nos veremos en sepiembre!

Aprovecho para hablaros de uno de los proyectos en los que he estado trabajando mientras he estado ausente. Ya podéis pasaros por el blog oficial de este fic. En él hablaré de las actualizaciones, adelantos de próximos capítulos, escenas eliminadas (porque de esas hay muchas, os lo digo en serio: borro más que escribo). El link lo encontraréis en mi perfil.

¡Ah! Y para interés de las fans de Peeta que estéis leyendo esto (quién sabe por qué os habréis metido en un Galeniss) pronto publicaré mi primer Peetniss. Se tratará de un one-shoot post-sinsajo pre-epílogo que empecé a escribir un día que estuve enferma : ( Creo que os gustará el resultado.

Espero que os haya gustado este capítulo. Muchas gracias a todos los que estéis leyendo esto.

Un beso muy grande para cada uno.

Amanda Stryder Hawthorne.