Bienvenidas un capítulo más a mi historia.

Muchas gracias a todos los que dedicáis vuestro tiempo a leerla y en especial a las que os habéis tomado la molestia de dejarme vuestros comentarios: Genna Lotto, Snape's Snake, Equidna, Herenetsess, Mac Snape, Diggea, GabrielleRickmanSnape y MoonyMarauderGirl.

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Capítulo 10.

—Puedo hacerlo yo si lo deseáis, amo —se ofreció Iliana.

Hacía días que intentaba encontrar la manera de encargarse de alguna de las tareas burocráticas de Malfoy y acababa de vislumbrar una oportunidad al escuchar cómo se quejaba de tener que tratar con el guardián de la sala de suministros.

Él la miró suspicaz.

—¿Por qué habría de encargarte a ti esta gestión? Puedo pedírselo a algún elfo doméstico.

—Amo, mientras estáis fuera yo no tengo con qué entretenerme en vuestros aposentos y me vendría bien algo de distracción.

—¿Es que echas de menos tu trabajo en el harén? —se mofó, con crueldad.

Iliana ni siquiera apretó las mandíbulas, había aprendido ya a soportar con indiferencia los desprecios del hombre.

—No, amo, claro que no, pero me gustaría seros útil en… otros aspectos.

El mortífago pareció considerarlo un instante y después negó con la cabeza.

—Ya tengo bastante lío de papeles sin alguien revoloteando a mi alrededor y tocándolo todo. El otro día se extravió una autorización y tuve que redactarla de nuevo. Por suerte no era nada importante ni urgente.

Iliana sabía perfectamente dónde estaba dicha autorización, doblada en dos partes y escondida detrás del primer cajón de la mesita de noche, justo donde ella la había dejado días atrás.

—Quizá os podría ayudar a mantener vuestro despacho en orden, también —repuso ella—. Así no se volvería a extraviar nada.

Malfoy la observó con detenimiento unos instantes.

—De acuerdo —cedió al fin, con un suspiro—. Sube a la segunda planta y lleva estos documentos a la sala de suministros. El guardián es Urich, dile que vas de mi parte. Creo que lamentarás haberte ofrecido voluntaria para esto: Urich es un hombrecillo completamente repugnante, pero tú te lo has buscado.

—Lo haré ahora mismo, amo.

—No. Irás cuando me haya ido, quiero que estés siempre conmigo mientras yo esté en el despacho o en la habitación.

—Sí, amo —contestó Iliana.

Lamentaba que los documentos no tuvieran que ir a la cuarta planta, pero estaba satisfecha de haberse ganado la confianza del hombre para esos asuntos. Tarde o temprano tendría que hacer algún encargo en la cuarta y para entonces esperaba haber podido conseguir la varita del mortífago, aunque fuera por unos segundos, para falsificar la autorización que necesitaba.

La ocasión le llegó sólo un par de días más tarde. La jornada había sido bastante dura, porque el Lord volvió a visitar a Snape, probablemente sólo unos minutos antes de que ella misma bajase a la celda, y le había dejado en un estado mucho peor que las otras veces que Iliana atendió sus heridas. Sin duda estaría enfadado por algún ataque de los pocos rebeldes que quedaban con vida o por un error cometido por sus hombres, sospecha que quedó confirmada cuando por la tarde apareció Malfoy, sucio, sudoroso y con cara de pocos amigos.

—Ponte de rodillas y chúpamela —dijo, nada más entrar—. Y más vale que te esmeres, porque llevo un día horrible. —Mientras Iliana se situaba frente a él y le bajaba los pantalones, el hombre siguió hablando—. Ya ha empezado torcido, cuando un grupo de rebeldes encabezado por esa metomentodo de Minerva McGonagall ha atacado un convoy propiedad del Señor Tenebroso y se ha apoderado de toda la carga. Han matado a todos los mortífagos que la transportaban. ¡Hatajo de inútiles! Les está bien empleado por dejarse vencer por una vieja chocha y cuatro críos estúpidos. —Iliana aceleró el ritmo de sus succiones, satisfecha por la noticia, y Malfoy bajó la vista hacia ella—. Seguro que tú te alegras de oír esto —dijo—, pero no te equivoques: tarde o temprano, todos tus amiguitos de la resistencia irán cayendo, uno tras otro. Con Harry Potter muerto, es sólo cuestión de tiempo.

Iliana no tenía ningún "amiguito" en la resistencia, pero aunque lo hubiera tenido, no se habría inquietado. Ella, a diferencia de Malfoy, sabía que Potter no estaba muerto y estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por liberar a la única persona que podía devolverlo a la lucha.

—El caso —prosiguió el hombre—, es que entre este asunto y que además no hemos conseguido los resultados esperados con determinada poción en la que el Lord tenía puestas muchas esperanzas, ha pasado todo el día de un humor de perros y, como siempre, los que estamos más cerca de él somos los que pagamos los platos rotos, por así decirlo. —"Que se lo digan a Snape", pensó Iliana, pero entonces Malfoy la apartó de un empujón, malhumorado, y la distrajo de sus pensamientos—. ¡Déjalo ya, zorra estúpida! Está claro que tú también tienes un mal día, hoy no vales ni para hacerme una mamada como es debido.

La mujer pensó que quizá si hablase menos de muertos, de rebeldes y del Lord, habría conseguido una erección, pero se guardó mucho de decirlo y tampoco lamentó dejar el trabajo a medias.

Se incorporó, atusándose la túnica con cuidado, y mantuvo la vista baja. Malfoy ni siquiera la miró, se quitó la ropa y fue a darse una ducha rápida.

Iliana recogió las prendas que el hombre había tirado por el suelo para doblarlas y dejarlas en una silla y se quedó de piedra al ver que, en medio del montón de tela, estaba su varita.

Con el corazón palpitándole con fuerza en los oídos, la joven la tomó en su mano derecha y se la quedó mirando, hipnotizada; sólo logró reaccionar tras unos largos segundos de incredulidad. Aguzando el oído para tener controlado el sonido de la ducha, se acercó a la mesilla de noche y sacó el pergamino escondido. Pronunció una serie de hechizos en voz baja para cambiar algunas palabras del documento. Cuando todo estuvo a su gusto, volvió a doblar el pergamino, lo ocultó de nuevo tras la cómoda y dejó la varita sobre la ropa del hombre.

El sonido del agua cesó y a Iliana le entró la angustia: si veía la ropa plegada y la varita encima sabría que la había tocado y quizá sospecharía que la había usado para algo. Si se le ocurría realizar un priori incantatem, estaba perdida.

En un impulso, cogió todas las prendas y las volvió a tirar al suelo en un montón desordenado, dejando la varita entre ellas, y justo en ese momento Malfoy salió del cuarto de baño.

—He decidido que me des un masaje —dijo—, quizá eso consiga relajarme.

Se tumbó desnudo bocabajo sobre la cama y esperó que ella obedeciera, y la joven, con el corazón todavía latiéndole desbocado, se colocó a horcajadas sobre él y empezó a masajear su espalda.

—Mmmm… sí —murmuró el mortífago—. La verdad es que tienes unas manos de oro. Supongo que antes estaba demasiado tenso para dejarme llevar, pero lo podemos volver a intentar cuando termines, ¿no? —comentó, y soltó una despreocupada risa que quedó medio sofocada por la almohada—. Sí, creo que quiero que vuelvas a intentarlo…

Iliana siguió con lo suyo en silencio, mirando varias veces de reojo el bulto de ropa y rogando que el hombre no se diera cuenta de nada.

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Ya tenían mucho avanzado. Había falsificado el documento de Malfoy, sabía dónde ir a buscar el bolso de Violet y esta tenía incluso una idea para salir de la Fortaleza. Iliana estaba convencida de que en poco tiempo podrían llevar a cabo su evasión conjunta, pero entonces, de la manera más absurda, cometió un error.

La mañana había empezado bien. Aprovechando que Malfoy tenía cosas que hacer fuera de la Fortaleza, la joven había hecho acopio de todo el valor que fue capaz de reunir y, con el documento falsificado en la mano, subió a la cuarta planta. El guardián de la Oficina de Incautación la miró con aire de sospecha, pero el pergamino no dejaba lugar a dudas: Lucius Malfoy la autorizaba a extraer del almacén un bolso de la caja de las pertenencias requisadas a Violet, una de las jóvenes del harén. El documento estaba firmado y rubricado con su sello.

La dejó pasar observándola con recelo y la dejó en manos del administrador, que tras inspeccionar el documento le indicó el pasillo en el que debía buscar. Nerviosa, pero intentando aparentar calma, buscó el número que le había dado entre las numerosísimas cajas y se encontró con que la de Violet estaba en una de las estanterías más altas. No queriendo pedirle ayuda al guardián, se agarró a las baldas, que parecían bastante resistentes, y escaló la estantería hasta conseguir su objetivo. Desde arriba, abrió la caja y extrajo un pequeño bolso de tela, la volvió a cerrar y, cuando estaba a punto de bajar, una voz áspera y desagradable la sobresaltó.

—¿Es que no sabes pedir una escalera? —la increpó el guardián—. Maldita fulana ignorante, no tienes cuidado de nada.

—No quería molestar —se disculpó ella, saltando al suelo.

El hombre la miró con desprecio.

—Seguro —rezongó—. Y ahora que ya tienes lo que querías, lárgate de aquí.

Iliana no se hizo de rogar, salió de allí corriendo y se fue directamente a los aposentos de Malfoy, donde examinó el bolso en busca de la capa invisible. Para su profundo alivio, la prenda estaba en su sitio. Envolvió el bolso en ella, de modo que no fueran visibles ninguna de las dos cosas, y dejó el pequeño hatillo encima del armario ropero donde el mortífago guardaba sus túnicas.

El rato libre que le quedaba antes de bajar a alimentar a Snape lo pasó elucubrando sobre la conveniencia de buscar la varita de Malfoy mientras estuviera dormido, incluso aunque no la dejase a la vista. Iliana no sabía dónde la guardaba, ya que él se cuidaba de no hacerlo delante de ella, pero, en todo caso, la lógica le decía que no debía de dejarla muy lejos de su alcance. Quizá en el cajón de la mesilla de noche o bajo la cama. O quizá incluso bajo la almohada. Si ese era el caso, le sería mucho más difícil conseguirla.

Fuera como fuese, la joven se sentía tan contenta al ver encaminados sus planes que, cuando fue a bajar a ver a Snape, no pudo resistir la tentación de coger una manzana pequeña del cuenco de fruta del despacho de Malfoy, a pesar de que él le había prohibido expresamente que lo hiciera.

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Llevaba ya un buen rato en la celda. De hecho, Iliana ya había acabado de asear a Snape y estaba a punto de llegar la hora de recoger, por lo que decidió aprovechar los últimos minutos envolviéndole en uno de los abrazos destinados a proporcionarle calor. Nada más llegar, la joven le había contado a Snape la noticia y todavía le duraba la sensación de euforia que la invadió cuando sostuvo la capa invisible entre las manos.

Estrechó su abrazo aún más, sintiendo cómo el hombre aspiraba el aroma de su cuello.

—Lo siento, profesor, tengo que ponerme perfume —se disculpó la joven—, el amo Malfoy lo prefiere al aroma del jazmín.

—No importa —dijo él—. Es placentero oler tu piel, tanto si está perfumada como si no. Tanto si huele a jazmín como si sólo huele a ti.

Iliana sonrió y se apartó ligeramente del prisionero para poder mirarlo a los ojos. Esa fue su perdición porque, embriagada por la intensa emoción que suponía el saber que la huída estaba próxima, la joven no pudo evitar dejarse llevar por sus instintos. Contempló los finos y resecos labios del hombre y, sin pensar siquiera, los besó con suma dulzura, notando aún en ellos el sabor de la manzana que le había dado como postre.

Snape no hizo nada para apartarla de sí pero, sorprendido como estaba, tampoco reaccionó a tiempo al beso, no entreabrió la boca ni incentivó que la cosa fuese más allá; y ella, frustrada y excitada a partes iguales, se separó de él con las mejillas encendidas por la turbación.

—Profesor, yo… —susurró—. Lo siento, no...

—Shhhh... —la acalló Snape, y estaba a punto de añadir algo más cuando de repente se tensó. Con el ceño fruncido y expresión alerta miró a algún punto detrás de ella, e Iliana se apartó de inmediato y se dio la vuelta para ver qué era lo que le inquietaba.

De entre las sombras emergió Lucius Malfoy, que les observaba con una mezcla de rabia y asco. Iliana se puso en pie de un salto.

—Amo Malfoy…

El mortífago no le dio tiempo a añadir nada más, en tres furiosas zancadas llegó hasta donde estaba ella y le dio una fuerte bofetada con el dorso de la mano que la hizo tambalearse y retroceder un paso.

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Malfoy contempló a la mujer con ojos rebosantes de ira. El punto de la mejilla en el que había impactado su gran anillo de oro se abrió y empezó a sangrar, pero ella se mantuvo inmóvil y con la cabeza gacha, probablemente intentando no alimentar su furia.

El hombre sintió sus entrañas removerse en violentas sacudidas. Por un instante estuvo seguro de que vomitaría. ¿Qué hacía ella abrazando a Snape? ¿Qué hacía besándole? Él, que hizo cuanto estaba en su mano para asegurarse de que su antiguo amigo estuviera lo más cómodo posible, dadas las circunstancias, y que apartó a aquella joven del trabajo de puta, veía su confianza traicionada de aquella manera por los dos. Seguramente se habían echado unas buenas carcajadas a su costa, pero eso se acababa en aquel momento, no iba a tolerar que se burlasen más de él.

Estudió al hombre sentado en el suelo, que le miraba desafiante aún en su deplorable estado y su situación de inferioridad.

—Lucius. Cuánto tiempo sin verte —dijo con sorna.

Pero el mortífago no se sentía de humor para cortesías, ni de las sinceras ni de las cargadas de ironía.

—¿Os estabais divirtiendo? —preguntó sin preámbulos—. Quizá he interrumpido un hermoso momento de intimidad entre los dos. Os ruego disculpéis mi descortesía.

—Sólo estaba… —empezó Iliana.

Malfoy se giró hacia la mujer con los ojos entrecerrados y la volvió a golpear, esta vez con el puño en el estómago. La joven se dobló hacia delante, boqueando desesperada en busca de aire.

—¡Silencio! —siseó el mortífago—. Hablarás cuando yo te lo diga. Creí haberte dejado claro que no podías coger fruta del cuenco —dijo—. Pero, claro, también creí haberte dejado claro que ahora eras mía, mía, y de nadie más. Veo que tendré que hablar con mayor precisión, de ahora en adelante.

Volvió a encarar a Snape y se acercó más a él, agachándose hasta quedar a su altura.

—Y tú, maldito hijo de puta, ¿te crees que puedes arrebatarme lo que es mío? Después de todo lo que he hecho por ti.

Ante estas palabras, el prisionero empezó a reír por lo bajo.

—¿Lo que has hecho por mí?

Sus risas se intensificaron y Malfoy se incorporó de golpe con una expresión de odio contrayendo todo su rostro.

—Yo diría que has ganado peso en los últimos tiempos, amigo, tsk, tsk —comentó, en tono de reprimenda, y la risa de Snape se apagó de golpe—. Porque estés encerrado para toda tu jodida vida no quiere decir que tengas que dejar de cuidarte. Si tú no eres capaz de controlar tu dieta, me temo que tendremos que hacerlo los demás por ti. Has estado alimentándote más de la cuenta, así que voy a tener que racionarte la comida.

Sandra se llevó una mano a la boca, horrorizada.

—Amo, por favor…

Malfoy se giró hacia ella de nuevo y se le acercó despacio, observando atentamente su expresión y su lenguaje corporal. Estaba asustada y preocupada pero, ¿preocupada por quién? ¿Por ella misma o por el asqueroso despojo humano al que, cuando él entró, estaba adherida como si le fuera la vida en ello?

—Amo… —repitió, en voz más baja y temblorosa—. Si come menos, morirá de hambre…

Eso resolvía el misterio. El mortífago sintió el sabor a bilis en su boca. Sí, la muy estúpida estaba preocupada por Snape en vez de por ella misma, ¿es que no se daba cuenta de lo precaria de su situación?

—Iliana, Iliana… —dijo, en tono falsamente dulce.

Por la mejilla herida pasó el dorso de su mano, que se manchó de sangre. La joven no se apartó, ni siquiera se estremeció ante el contacto, a pesar de que Malfoy estaba convencido de que le tuvo que doler. Bien. Al menos sabía cómo comportarse.

Colocó ambas manos sobre sus hombros y se inclinó un poco hacia ella, descansando su frente en la de la joven.

—Regreso a mis aposentos después de un día de mierda en el que mi mujer me ha pedido el divorcio, ¡la muy hija de puta se ha atrevido a pedirme el divorcio! ¿Te lo puedes creer? Y, tras mantener una soberana pelea con ella y con mi hijo, que dice que quiere irse con ella, llego a mi despacho y, ¿con qué me encuentro? Me encuentro con que mi fiel putita me ha desobedecido y ha tocado el cuenco de fruta de mi despacho. Y, ¿por qué razón? No es porque haya tenido un repentino acceso de hambre y le haya dado pereza llamar a un elfo doméstico para pedirle comida, no, sino para dársela a un bastardo desagradecido que apesta a inmundicia y al que me encuentro comiéndole la boca como si después del festín todavía se hubiera quedado con apetito —dijo, con voz venenosa—. ¿Es que todos van a traicionarme? ¿Es que no hay lealtad en este puto mundo?

—Por favor, amo —imploró ella—, ha sido cosa mía, él no tiene la culpa de nada.

Malfoy puso un dedo sobre sus labios para que callara.

—Ah, Iliana… ignoraba que te gustasen estas cosas —susurró junto a su boca entreabierta, sujetándole la barbilla firmemente con la mano para que no se apartase—, si lo que te excita es revolcarte entre la suciedad y las cucarachas sólo tenías que decírmelo y habría procurado satisfacer tus deseos.

La mujer se sacudió en un escalofrío.

—Sólo estaba dándole calor, amo… —murmuró en un hilo de voz.

Malfoy soltó una carcajada.

—Y calor le has dado, de eso estoy seguro.

—Yo no…

—Shhhhh… —la acalló, rozando los labios de la mujer con los suyos.

Su mano izquierda resbaló del hombro de ella y recorrió su brazo de arriba abajo hasta llegar a la muñeca, entonces se deslizó hacia la cadera y la rodeó suavemente, acercándola más a su cuerpo, mientras la mano derecha aferraba ahora la nuca de la mujer para besar su boca lenta y profundamente, sintiendo los ojos de Snape clavados en su espalda como puñales. Cuando se separó de ella, el mortífago dio un paso atrás y se la quedó mirando con rostro inexpresivo.

—Así que te gusta la suciedad —repitió—. Apuesto a que te mueres por chupársela, aún con toda la mugre de estos años de cautiverio acumulándose capa a capa sobre su piel, ¿a que sí? ¿A que deseas lamer su cochambrosa polla hasta que explote en tu boca y así poder tragarte todo su semen y toda su roña? ¿A que sí, puta? ¿A que te pones cachonda sólo de pensarlo?

Malfoy volvió a pegarse al cuerpo de Iliana, que ahora temblaba incontrolablemente, y dirigió su mano derecha al sexo de la mujer, sobándola por encima de la escasa tela de su vestido, hundiendo en ella un par de dedos.

—Creo que cometí un error al apartarte de tus obligaciones en el harén —dijo en voz suave y clara—. Pensaba que te hacía un favor, pero está claro que naciste para esto, disfrutas entregándole tu cuerpo a cualquiera que se te ponga delante; de modo que a partir de hoy volverás a cumplir con tus obligaciones con el resto de mortífagos. Pero antes de que vuelvas allí, quiero que te pongas a cuatro patas para mí una última vez. Voy a follarte mirando a la cara de este cabrón al que una vez creí mi amigo.

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Temblando, Iliana obedeció las órdenes de Malfoy y se puso a cuatro patas de cara a Snape. No tenía otra opción, había cometido un grave error y ahora era absurdo intentar rebelarse contra ello. Desde que había llegado a aquel lugar infernal, todas sus posibilidades se habían reducido a una sola: abrirse de piernas cada vez que se lo pidieran. Era eso, o añadir dolor a la humillación. Solo que en aquella ocasión, aún sin resistirse, también hubo dolor.

Malfoy empujó su cabeza hacia el suelo, forzándola a restregar la mejilla herida contra la inmundicia que recubría la celda. El insoportable fuego que abrasó su interior la obligó a gritar de dolor, pero él la mantuvo inmovilizada con fuerza mientras la penetraba con furiosas embestidas que le hundían en ella hasta el fondo, una y otra vez, sin dejar de mirar desafiante a Snape durante todo el tiempo, hasta que se corrió con un sonido gutural que precedió a la súbita relajación de los músculos de todo su cuerpo.

En total, no debió durar más de cinco minutos, pero cundieron como siglos. Un sórdido sarcasmo cruzó la mente de Iliana cuando pensó que aún podía considerarse afortunada, porque bien sabía que Malfoy no siempre era tan rápido.

El mortífago se puso en pie, se arregló las ropas, lanzó una última mirada despreciativa a Snape y salió de la celda sin decir ni una palabra.

Iliana tardó unos instantes en moverse. Parecía mucho más fácil permanecer allí quieta en el suelo, aunque fuera en esa incómoda postura, que levantarse y asumir que había llegado la hora de enfrentarse al mundo de nuevo. Si cerraba los ojos y lo deseaba con mucha fuerza, quizá podría creer por unos segundos que nada de aquello había sucedido. Además, cualquier movimiento, por lento y cuidadoso que fuera, le iba a causar más sufrimiento; y tampoco podía olvidar que, cuando se incorporase, encontraría una mirada azabache clavada en ella, viendo a través de todo su dolor y su vergüenza.

Sin embargo, por más tentadora que fuese la idea de quedarse allí sin mover un solo músculo hasta morir de muerte súbita, no creyó que su deseo se fuese a cumplir, así que, reuniendo todas sus fuerzas, tanto físicas como anímicas, apoyó las palmas en el suelo y se impulsó hacia arriba hasta quedar sentada sobre sus talones con una mueca de agonía.

Tal como anticipó, Snape la estaba mirando, pero no como ella pensaba. No vio en sus ojos ni vergüenza, ni desprecio, ni asco, ni lástima. Sólo vio una rabia intensa que parecía proceder de algún lugar muy oscuro y recóndito de su interior, una rabia tan poderosa que casi la hizo echarse hacia atrás, a pesar de saber que no iba dirigida a ella.

—Le mataré —dijo, su voz apenas un susurro pronunciado con toda la pasión de su alma—. Te juro, Sandra, que un día le mataré por lo que te ha hecho.

Ella tardó unos segundos en reaccionar pero, cuando lo hizo, negó enérgicamente con la cabeza.

—Eso es absurdo —dijo, intentando que su voz sonase tan firme como fuese posible—, no voy a tomarle la palabra con ese juramento, profesor, sería un riesgo innecesario. Si tuviese que matarle por haberme tomado a la fuerza, tendría que hacer también lo mismo con la mitad de los hombres de la Fortaleza.

Snape fue a decir algo, pero entonces se oyeron pasos acercarse por el pasillo. Iliana se puso en pie con rapidez, sin poder evitar un pequeño quejido involuntario, y se acercó al hombre para recoger la bandeja de comida.

—Tienes que curarte esa herida o se te infectará —dijo Snape, mirando el pómulo ensangrentado y sucio de la mujer.

—No se preocupe por mí, estaré bien —le aseguró ella.

Dudó unos segundos, deseando besar la mejilla del hombre, como cada día, pero sin atreverse a hacerlo; finalmente, el carcelero asomó por la puerta y ella se incorporó con la bandeja para salir de allí con pasos vacilantes.

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A medida que se acercaba al harén, la realidad de lo sucedido, junto con todas sus posibles y nefastas consecuencias, se fueron haciendo patentes en la mente de Iliana. Que Malfoy no quisiera tenerla de nuevo en sus aposentos suponía un gran inconveniente para sus planes y, sobre todo, para recuperar la capa invisible que había guardado allí. Tenía que arreglar las cosas con el mortífago como fuera.

El centinela le abrió paso, un poco sorprendido de verla de vuelta allí, pero no preguntó nada. Sin embargo, cuando entró en la sala, las miradas de todas las mujeres se posaron en ella y unas cuantas empezaron a cuchichear a su paso. Le dio igual. No le importaron las risas de algunas, ni la mirada crítica y satisfecha de Atenea y Pandora, ni las dagas que salían disparadas de los ojos de Famke y Erin. Le fue indiferente que una de las mujeres más maduras del harén se felicitara por el regreso de la "hija pródiga", como la llamó, ni que otras coreasen la ocurrencia con pequeñas risitas.

Suponía que la mayoría de ellas había envidiado su situación de exclusividad con Malfoy mientras había durado, y por eso se alegraban de su vuelta al redil; quizá incluso la acusaran de prepotencia por haber sido su "favorita" durante un tiempo. Pero todo eso le traía sin cuidado. Nunca había sentido la más mínima alegría por pertenecer al rubio, sólo le servía para sacar adelante sus planes de evasión, aniquilados ahora por su soberana estupidez.

Mientras se castigaba mentalmente por su terrible equivocación, se fijó en que algo había cambiado: Violet no estaba sentada en el rincón que ambas solían compartir, sino en el de Nadine. Se acercó a ella, la tomó por el brazo y la instó a levantarse.

—¿Qué haces? —preguntó Nadine, con aire reprobador.

—Me llevo a mi protegida a mi rincón.

—¿Tu protegida? La has abandonado a su suerte para coquetear con uno de los mortífagos de mayor rango, ¿y ahora es tu protegida?

—Si no recuerdo mal, tú no querías hablar con ella el primer día que llegó. Ninguna de vosotras quiso.

—Eres una desagradecida —le espetó su antigua protectora—. Todas nos preocupamos mucho por ti, pensábamos que te habían matado, pero después nos enteramos de que sólo estabas follándote a Lucius Malfoy para ganarte sus favores.

Un amargo sabor de bilis le subió a la garganta. Hubiera deseado poder soltarle a Nadine todo lo que pensaba de ella por vender a sus compañeras a cambio de mejoras para su propio bienestar, pero sabía que sería un error y ya lo había jodido todo bastante por un día. Ya había acusado antes a dos compañeras de lo mismo y no estaba muy segura de que las mujeres la hubieran creído; si volvía a hacerlo, sabía que la situación se volvería en su contra.

Miró a Violet, que parecía asustada e indecisa. Era comprensible, no quería enfrentarse a Nadine ni a ninguna de las demás mujeres; al fin y al cabo, tenía que pasar mucho tiempo con ellas en la misma sala, de modo que decidió facilitarle las cosas.

—Tú les dijiste que estaba con Malfoy —le dijo, con tono desagradable—, eres una puta chivata. Pero supongo que la culpa es mía, aún no he podido enseñarte todo lo que debía, como a no traicionar a tus compañeras, ¿no? —La joven pareció sumamente acongojada, pero la voz de Iliana no se suavizó—. Ve a nuestro rincón de inmediato, no es una opción: tú eres mi protegida y yo seré quién me haga cargo de ti. ¡Andando!

Violet terminó de ponerse en pie y se fue a su rincón compartido, afligida. Nadine miró a Iliana con una sonrisa de desprecio.

—Eres una insensata egoísta, si no le enseñas a esa chica cuanto tiene que saber, lo va a pasar muy mal aquí dentro, te lo aseguro. Y tú no puedes enseñarle nada, ni siquiera llegaste a aprenderlo todo cuando eras mi protegida. Deberías dejarla conmigo.

—Quizá soy mejor profesora de lo que imaginas.

—No das esa impresión.

Iliana se encogió de hombros.

—No eres tú quién tiene que juzgarlo.

Se dio la vuelta y se fue a sentar, con mucho cuidado con sus movimientos, al lado de Violet.

—Iliana, siento mucho…

Con tono suave, la mujer la acalló.

—No hagas caso de lo que te he dicho, sólo estaba fingiendo. No quería ponerte en un aprieto con Nadine, así que lo mejor era que yo te obligara a venir conmigo, en vez de que vinieses voluntariamente.

—¿De verdad no estás enfadada? Les dije que estabas con Malfoy, pero no fue con mala intención, es que algunas chicas estaban diciendo que habías muerto y…

—Eso da igual, no me molesta que lo dijeras. Además, ahora ya no tiene importancia, nuestro plan se ha ido a la mierda.

—¿Por qué?

Iliana negó con la cabeza con tristeza.

—He sido una estúpida, Violet. He cometido un error terrible que no sé si voy a poder solucionar. Malfoy está furioso conmigo y no podré recuperar la capa si no me llama para ir a su dormitorio, ya que la ahí es donde la escondí.

Violet se llevó una mano a la boca, consternada.

—¿Y no puedes hacer nada para contentarle y que vuelva a solicitarte?

—Yo diría que no: se ha tomado su "contento" a la fuerza hace unos minutos y no le ha aplacado en lo más mínimo.

—Oh, Iliana…

La mujer meneó la cabeza.

—No te preocupes, estoy bien, sólo un poco dolorida, nada más. Sobreviviré, he pasado por cosas peores. Hay mortífagos mucho más sádicos que Malfoy. Lo único que me preocupa ahora es cómo recuperar la capa. Si no lo conseguimos, no podremos salir de aquí.

—Y el bolso.

—¿Cómo dices?

—El bolso es importante, dentro guardo las dos partes de una varita rota —explicó—. Ya sé que una varita rota no es mucho, pero siempre es mejor que ninguna varita.

—Supongo —dijo Iliana, pensativa—. ¿Crees que se podría extraer magia de ella?

La chica se encogió de hombros.

—No lo sé, pero se podría intentar.

Iliana asintió despacio, pensando que si lo hubiera sabido, habría practicado con la varita rota durante las largas horas que pasaba sola en el dormitorio de Malfoy. Sin embargo, no quiso recriminárselo a la joven, ella tampoco lo había pasado bien. Aún recordaba sus primeros días en el harén: el dolor y la humillación de aprender de golpe y a las malas que tu opinión ya no vale para nada, ni tampoco tu voluntad; que te han convertido en un juguete con el que pueden hacer lo que se les antoje; que no eres nadie, menos que nadie; y que tu vida está continuamente sujeta a los caprichos de los muchos amos que te someten a diario.

—En todo caso —dijo—, lo único que me preocupa ahora es encontrar la manera de entrar de nuevo en el cuarto de Malfoy. Hasta que no lo consiga, no podremos hacer nada.

Y, cuando ese parecía ser el único problema, de manera inesperada, Iliana se tropezó con otro motivo de preocupación. Al día siguiente, cuando se dirigía a la celda para alimentar al prisionero, el carcelero no quiso dejarla pasar.

—Nuevas órdenes, preciosa. A partir de hoy no serás tú quién tenga "el honor" de echarle la comida al perro.

—Pero, ¿cómo que no? ¿Quién lo va a hacer, sino?

—Yo —dijo una voz a su espalda, y se giró para encontrarse de cara con Nadine, que llegaba justo en aquel momento—. Una vez más, tengo que hacerme cargo de lo que tú dejas a medias, Iliana. Esto se está convirtiendo en una costumbre muy fea por tu parte.

La joven se quedó tan estupefacta que no supo reaccionar y permaneció en su sitio, completamente lívida y muda por el asombro, mientras su compañera cogía la bandeja de las manos del hombre y accedía a la oscura escalera que ella había llegado a conocer tan bien.

—Alegra esa cara, mujer —se mofó el carcelero—. Todo tiene su lado positivo: ahora que estás libre de nuevo por fin podré probarte. —Se acercó a ella y le sobó las nalgas con ambas manos—. Esta misma tarde solicitaré tus servicios y averiguaré de una vez por todas qué es lo que tenía a Malfoy tan embobado —aseguró, con tono jocoso, y soltó una risotada que retumbó por todo el pasillo, encogiendo el corazón de la joven hasta que no fue más que un pequeño y apretado nudo en medio de su pecho.