Hola a todos, acá estoy otra vez, sorateando nuevamente como debe ser jeje.
Solo advertir que este capítulo me quedó muy largo. Hice una división notable hacia la mitad, por si os cansáis y queréis leerlo en dos partes, o bueno eso ya lo que deseéis, cada uno lee como le plazca faltaría más.
Sin más que decir, os dejo con la lectura.
.
Capítulo 10:
UN PERRITO Y UN JARDÍN
Acto I: El jardín
Llevaban ya más de media hora de recorrido, al principio les costó avanzar, ya que salir del centro de Shibuya en coche era misión suicida, había que armarse de una paciencia infinita, que por supuesto cierto astronauta no poseía. Pero tras atascos, cláxones, semáforos cambiando de color y gritos varios de Yamato contra todo bicho viviente, el coche familiar de los Ishida ya se había puesto en marcha, y hacía varios minutos que podía ir a velocidad moderada, por petición de su esposa, por la autopista.
Desde entonces no paraba de escucharse una alegre canción que cantaba una de las habitantes del automóvil, concretamente una pequeña niña de 3 años que iba en el asiento de atrás, atada en una sillita homologada jugando con un pequeño Nyokimon, y escoltada por dos poderosos digimons ahora reconvertidos a canguros, Gabumon y Piyomon.
-Siete Mammothmon se balanceaban sobre la tela de un Dokugumon, como veían que no se caían fueron a llamar a otro Mammothmon…- cantaba con su adorable vocecita infantil la pequeña rubia, para orgullo de su padre, que a pesar de ir al volante, no podía evitar contemplarla por el retrovisor y mover la cabecita al son de su canción.
-Que canción más bonita te ha enseñado Hikari, ¿verdad?.- preguntó Piyomon, tomando entre sus alas al Nyokimon, ya que si Aiko seguía agitándolo de esa forma, acabaría completamente mareado.
-¿Te gusta ir a la guardería?.- preguntó esta vez Gabumon.
-¡Sííííí!.- contestó con efusividad la niña, alzando los brazos
De esa forma, los astutos digimons consiguieron que Aiko dejase de cantar por un momento, ya que aún solo sabía contar hasta 8 y siempre que llegaba hay se enfadaba por no saberse más números y lo peor, que según ella, nadie se molestaba en explicárselos.
Y ver esa niñita completamente adorable, jugando con sus digimons, hizo que Yamato no pudiese evitar soltar un suspiro de felicidad, momento que aprovechó Sora para averiguar de una vez a donde la llevaba su esposo, claro que no le dio tiempo a quitarse demasiado la venda que llevaba en los ojos y mirar por su ventana, porque en cuanto Yamato la miró de reojo, se abalanzó sobre ella, olvidando por completo el volante.
-¡Sora!.- exclamó con desaprobación, haciendo que volviese a cubrirse los ojos.
-¡Tú no te separes del volante!.- regañó la pelirroja, desesperada por el volantazo que acababa de dar.
-Pues deja de intentar quitarte la venda.- pidió Ishida, nuevamente llevando la vista a la carretera.
-Está bien.- bufó ella cansada, echando la cabeza para atrás.
Así era, esa mañana, nada más levantarse, Yamato había secuestrado, de forma literal a su familia. La niña y los digimons no fueron problema, ya que ellos se apuntaban siempre a todo sin pedir explicaciones, en cambio Sora no se fiaba demasiado de "el lugar genial" al que les iba a llevar su esposo, y menos cuando le obligó a ponerse una venda en los ojos. Pero al final, tras asegurarle de que no se trataba de ningún juego sexual perverso, la mujer se dejó convencer, montar en el coche y ser guiada por su marido a donde la llevase.
Varios minutos después, Yamato al fin abandonó la autopista para adentrarse a su destino, Odaiba, aunque entonces tampoco dejó que Sora se quitase la venda, porque su camino todavía no había finalizado. Cruzaron su antigua ciudad, hasta llegar a la periferia, por unas calles mucho más tranquilas, por las que pasaban escasos coches. Finalmente, llegaron a una urbanización de casa unifamiliares y el astronauta, al fin, paró el motor.
Al escuchar que ya habían parado, Sora iba a quitarse la venda de los ojos, pero como hiciese con anterioridad, su esposo la detuvo.
-Espera aquí.- dijo, mientras salía del coche y los digimons hacían lo propio, eso sí soltando a la pequeña Aiko, que en seguida quedó absorta mirando lo que tenía delante.
Ishida dio la vuelta para abrir la puerta del lado de su mujer y con cuidado la ayudó a salir.
-Venga Yamato, que esto ya no tiene gracia.- se quejó resoplando.
-No seas impaciente que va a valer la pena.- le susurró al oído, mientras se colocaba detrás suya.- preparada.
-Yamato me estás hartando.- contestó ella cruzándose de brazos, no le gustaba para nada que le ocultasen algo durante tanto tiempo.
-Wala… - dijo dulcemente, al mismo tiempo que le desataba la venda y se la quitaba de los ojos.
En un principio Sora ni abrió los ojos, los había tenido demasiado tiempo en la oscuridad y la luz del día tan resplandeciente que hacía le molestaba. Lentamente su vista fue acostumbrándose nuevamente a ver y lo primero que pudo distinguir fue lo que tenía frente a ella.
Era una casa, tampoco enorme que pareciese una mansión pero si amplia. El diseño a Sora le resultó familiar pero no cayó en la cuenta de donde la había visto antes; era de blancas paredes, muy luminosa, de tejado plano y una gran terraza sobresalía al este. Había varias ventanas más, una gran puerta y un extenso jardín, en el que pudo distinguir una pequeña caseta, como de perro. Todo el recinto estaba rodeado de un muro con un seto, cuya entrada se abría ante ella.
Estaba contemplando todo esto con confusión cuando una vocecita le hizo alejarse de sus pensamientos.
-Que bonito, ¿puedo ir a jugar al jardín?.- pidió la pequeña rubia, cuyos ojitos emanaban ilusión, como para no, nunca había visto una casa tan grande.
-Claro que sí cielito.- contestó su padre, agachándose a ella.- pero ten cuidado.
La niña asintió y correteando con su compañero digimon en brazos, se adentró por ese espacioso jardín.
-Gabu, Piyo vigiladla.- ordenó Yamato con autoridad.
Los digimons, tras exhalar con cansancio, siguieron a ese pequeño terremoto que tanto dolor de cabeza les ponía siempre.
Quedaron los esposos solos y fue entonces cuando Ishida llevó la vista a su mujer, mirándola con ilusión y alegría, esperando que pronto ella compartiese su mismo estado de ánimo, cosa que de momento no ocurría. La mujer inspeccionaba la casa con absoluta desconfianza y sin moverse ni un milímetro, sabía que hace tiempo, cuando iba a nacer Aiko, hablaron de que algún día les gustaría mudarse a una casa más familiar, pero desde entonces Yamato no lo había vuelto a comentar, ¿esta era la sorpresa?, ¿quería comprar una nueva casa, para tener al fin su perrito y su jardín?
-¿Te gusta?.- se atrevió a preguntar el rubio, viendo que su mujer seguía poniendo caras raras sin quitar la vista a la vivienda.
-Eh… está… bueno.- balbuceó Sora, era lo último que se esperaba.- es…
-¡Es nuestra!.- interrumpió el rubio, no pudiendo reprimir más su alegría, mientras le mostraba una llave a la estática mujer.
-¿Cómo nuestra?.- preguntó agitando la cabeza una vez que fue consciente de lo que le había dicho su marido.
-Pues nuestra, nuestra casa, nuestro hogar.- seguía Yamato abrazándola de la cintura, mientras miraba la casa embobado, imaginándose como iba a ser su vida a partir de entonces en esa casita.
Era demasiado información para Takenouchi, que apartándose de su esposo se llevó las manos a las sienes tratando de recapitular que había pasado en el día de hoy, y la furia poco a poco se fue apoderando de su cuerpo cuando una y otra vez, llegó a la misma conclusión, la cual se resumía en que Yamato había comprado una casa sin consultarle. Estaba acostumbrada a las excentricidades de su marido, como cuando en el primer cumpleaños de Aiko convirtió todo el apartamento en una gran piscina de bolas, o como cuando tiró todos los sofás a la basura solo porque vio un reportaje de los ácaros del polvo que podían vivir en ellos, hay que decir también que entonces cubrió a su hija con papel film para que ninguna de esos asquerosos bichos pudiese rozarle su suave piel. Pero esto era demasiado, una casa, ¿había comprado una casa sin consultarle?
-¡¿Has comprado una casa sin consultarme?.- gritó, mirando a su esposo con auténtica cólera.
Pero Yamato estaba tan emocionado, que ni se enteró de que su mujer le mataba con la mirada.
-No exactamente cariño.- habló sonriendo feliz a su casa.- además que tienes que firmar una preciosa hipoteca de diez años, no es mucho, porque he conseguido pagarla casi toda con los ahorros de mi vida.
La mujer se llevó la mano al pecho, sufriendo un pequeño ataque, más porque Yamato parecía que no se daba cuenta de la situación o estaba encantado. Pero ella no, no estaba preparada para asumir que el suicida de su marido había comprado una casa por su cuenta, gastándose todos los ahorros que había ido juntando durante este tiempo como astronauta, y que eran para el futuro de los niños, y metiéndola a ella también en una hipoteca para los próximos diez años de su vida.
Con mucho esfuerzo pudo volver a reaccionar, dándole un soberaneo manotazo en el brazo a su marido, para que dejase de mirar su casa con esa cara de alelado.
-¡¿Te has vuelto completamente idiota?.- bramó la diseñadora cardíaca.
-Que… ¿no te gusta?.- preguntó el hombre, frotándose el brazo, sin entender el enfado de su mujer.
-¡Pero como eres tan idiota!.- siguió despotricando Sora llevándose las manos a la cara y solo entonces Ishida empezó a pensar que Sora no estaba feliz con su nueva casa.- ¿te has gastado todos nuestros ahorros en esto?
-Sora es nuestra casa, nuestro hogar, si ya lo hablamos.- excusó el rubio con naturalidad.
-¿Hablamos?, ¿Cuándo Yamato?.- Sora estaba fuera de sí y con razón.- ¡nunca lo hemos hablado seriamente! Además, una casa no se compra así, dando una sorpresa, ¡creo que yo también tenía derecho a mirarla y elegirla Yamato!, ¡es algo que debemos hacer juntos!
-Pero si es...- intentó aportar algo el astronauta, pero Sora le calló.
-¡Y donde demonios estamos!, ¡este lugar es una mierda!.- seguía la mujer, mirando a su alrededor con su ataque de histerismo.
-Es Odaiba.- acotó el compañero de Gabumon, bajando el rostro con tristeza.- estamos a menos de 15 kilómetros de donde crecimos…
Sora le miró un segundo dejando su ataque de furia al escuchar el tono tan triste de su esposo. Verdaderamente parece que lo había planeado todo a conciencia y que él pensaba que era una sorpresa genial, pero para ella una casa, su hogar, era algo demasiado serio como para dejarlo en manos de su marido, se sentía apartada y decepcionada.
-Yamato entiéndelo, no puedes pretender comprar una casa que yo ni siquiera he visto y que de saltos de alegría.- trató de guardar la calma Takenouchi.- si te apetecía gastar dinero porque sí haberte comprado un deportivo pero…- paró de hablar al contemplar la expresión de Ishida.- hay un deportivo en el garaje, ¿verdad?.- preguntó ella en tono cansado.
-Era una ganga Sora.- trató de excusar sus derroches el apurado rubio, pero esto ya fue demasiado para su mujer.
Tras llamar a su hija y a su digimon, que parecían de lo más felices con su nueva casa y acomodarles de nuevo en el coche, miró a su esposo con dureza.
-No voy a vivir aquí Yamato, me voy a mi casa.- sentenció la mujer con desencanto, para que segundos después se marchará por donde habían venido, dejando al pobre Yamato abatido, viendo como ese coche se alejaba y con él todas sus ilusiones.
-Pero si es nuestra casa, la nuestra.- susurró con melancolía.- ¿ya la has olvidado?
-Oye Yamato, ¿puedo poner en mi habitación un WereGarurumon hecho con luces de neón?, Piyomon siempre me dice lo guapo que estoy de WereGarrumon, dice que parezco un chico malo…- sonrió el digimon y Yamato asintió con tristeza, estaba demasiado deprimido como para oponerse a las extravagancias de su amigo.
…
-¡Una casa!, ¡una casa!.- gritaba por todo lo alto la pelirroja, paseándose de una lado a otro del apartamento despotricando al teléfono.- ¿te crees que es normal?, se ha vuelto completamente loco, la culpa la tienen los trajes de astronauta, que no dejan que llegué oxigeno al cerebro porque sino una idea tan idiota, no la entiendo. Claro que si Mimi, ¿como te sentirías si un día Michael aparece diciéndote que te acaba de comprar una casa?, bueno sí, ya sé que en tu último cumpleaños te regaló la de la playa y cuando nació Mishi la de las montañas, ¡pero vosotros sois ricos! Y Yamato es un derrochado, como ahora estamos bien de dinero se cree que lo vamos a estar toda la vida y ¡hala! a malgastar comprándose casas, ¿y si la niña quiere estudiar en el extranjero?, ¿y si tenemos de repente trillizos y los tres quieren estudiar en el extranjero?, ¡porque demonios no piensa en el futuro!, no va a ser astronauta toda la vida y cuando lo deje, nuestros ingresos caerán en picado… y eso no es lo peor, lo peor es que lo ha hecho sin consultarme, la casa de mi vida, donde se supone que envejeceremos y veremos crecer a nuestros hijos la compra él solo, ¿no crees que es sumamente egoísta?.- finalizó la mujer cogiendo aire, ya estaba roja de tanto gritar.- bueno Mimi te tengo que dejar, llámame cuando escuches este mensaje.
Tras cortar la llamada la muchacha volvió a resoplar, llevándose las manos a las caderas y negando con desaprobación, sentía que jamás le iba a perdonar a Yamato esto, pero una vez más tuvo que posponer el asesinato de su esposo debido a la pequeña rubia que se asomaba desde su habitación.
-Mami, ¿estás enfadada?.- preguntó con temor.
Sora sonrió, agachándose y abriendo los brazos para que su pequeñita corriese a ella.
-Claro que no mi vida.- le aseguró, mientras cargaba a su hija, que ya se había abrazado a ella con felicidad.
-¿Y por que nos hemos ido sin papá?.- preguntó mientras sus deditos jugueteaban con el borde del jersey de su madre.
-Pues porque tenía que hacer cosas.
-¿En la casa nueva?.- cuestionó con una mirada de ilusión.
Esa mirada derritió a su madre, porque era igual que la que Yamato ponía cuando estaba completamente ilusionado por algo, más o menos la que había puesto esa mañana cuando le enseñó la casa. Se sintió culpable y triste por pensar en la mirada abatida y desolada que se le habría quedado a su esposo cuando se fue, pero tampoco podía hacer otra cosa. Para ella, Yamato había actuado mal, y por muchos ojitos que le pusiese, esta vez no se lo pondría nada fácil.
-¿Te ha gustado la casa que hemos visto?.- preguntó la mujer, a la vez que la balanceaba de un lado a otro con ternura.
-Tiene un jardín muy graaaaande.- explicó abriendo exageradamente los brazos.
-Sí, eso es verdad.- sonrió Sora por la dulzura e inocencia de su primogénita.
-¿Vamos a vivir ahí?.- cuestionó otra vez la niña.
La mujer se hizo la despistada, depositando ya a su hija en el suelo.
-Venga cariño, ve a jugar con Nyokimon.
La niña, que ya había olvidado su pregunta, y por supuesto que no se dio cuenta de la habilidad de su madre para cambiar de tema, sonrió y asintió alegremente. Ya empezaba a corretear hacia su habitación, pero antes de entrar se volvió a su madre.
-Mami, ¿no te ha gustado el jardín?
-Claro que si mi amor.- contestó con la imperturbable sonrisa que decoraba su rostro siempre que hablaba con su pequeña.
Una vez que la niña entró en su habitación, la pelirroja volvió a su expresión seria, a negar con la cabeza y a murmurar insultos a su amado marido.
-Oye Sora.- perturbó esta vez sus pensamientos Piyomon.
-¿Qué quieres?.- preguntó de mala gana.
-Que Gabumon y yo nos preguntábamos si en la casa nueva vamos a tener un cuarto para nosotros solos o seguiremos compartiendo el de Aiko.- habló el ave digimon con naturalidad.
Con la mirada, Sora atravesó a su compañera con mil cuchillos.
-¡No va haber casa nueva!, ¡no va haber jardín!, ¡no va haber habitación!, ¿entendiste?.- dijo como una furia, pero tratando de no levantar demasiado la voz para que su hija no la escuchase.
-Pero Yamato dijo…- se atrevió a decir la digimon.
-¡Me importa una mierda lo que diga Yamato!.- gritó ya sin ocultar su enfado.
La digimon, que nunca había visto a Sora tan histérica dio un pequeño grito asustado y salió volando del salón, y Sora, completamente agotada por el día tan surrealista que llevaba a sus espaldas, se adentró en su cuarto dispuesta a echarse un rato, relajarse, e intentar buscar las palabras adecuadas para hablar con su esposo cuando regresase.
Pero lo primero que hizo al entrar en su lugar de descanso fue cagarse en todo debido al tropezón en el que casi se estampa contra el suelo. Tras hacer unos malabarismos para no caer, la diseñadora miró contra que había tropezado y volvió a maldecir a su rubio favorito, porque lo que se había comido su pie, era su portafolios. Era obvio que sería algo suyo, ya que, al contrario que Sora, Yamato era un desordenado que dejaba todo por todos lados, esperando que alguien, su devota esposa en este caso, fuese tras él recogiéndolo todo.
Con decisión y muy mala leche, Sora cogió el portafolios, dispuesta a ir haciendo avioncitos de papel con todas sus hojas y hacer competición de cual volaba más. Pero cuando ya estaba en esa labor y ya había encontrado que modelo de alas era más aerodinámica, un dibujo captó su atención. Al principio quedó estupefacta, le resultaba familiar pero no recordaba de que, luego se dio cuenta de que se trataba del boceto de la casa que había visto hoy, para que finalmente los recuerdos llegasen a su mente y reconociese a la perfección cada línea, cada ventana, cada habitación, como para no, si la autora de ese dibujo era una tal Sora Takenouchi.
…
…
Se podría decir, que la habitación que Yamato Ishida tenía en la casa donde vivía con su padre en Odaiba era el lugar favorito, por lo menos en el que más tiempo pasaban, unos por aquel entonces jóvenes enamorados. No era una habitación demasiado amplia, ni tenía demasiadas cosas, por no hablar de que la cama era de lo más estrecha, pero eso no era inconveniente para sus inquilinos, ya que por varias razones era su lugar especial y donde podían estar siempre juntos.
-… almanaque.- hablaba una pelirroja, tumbada en la cama mirando al techo.
-… que… que… queso.- le respondía un rubio, tumbado a su lado mirándola con ternura, mientras sus manos no paraban de juguetear, acariciándoselas, y subiéndolas para arriba y para abajo.
-… so…- empezó Sora pensativa, mordiéndose el labio inferior y arrugando el entrecejo, haciendo que Yamato se voltease, flexionando el codo y apoyando su cabeza en la mano, para poder contemplarla con más detenimiento, porque adoraba los gestos que hacía cuando ponía su cerebro a discurrir.- sopa…- dijo finalmente, volviéndose a su novio con alegría, dándose cuenta de que su rostro ya casi estaba pegado al de ella.
Con la mano que le quedaba libre, Yamato ahora acariciaba con dulzura el vientre de la pelirroja que tenía al lado, mientras con una sonrisa provocativa acercaba cada vez más su rostro al de ella.
-Paso.- dijo finalmente el rubio, mirando detenidamente los labios de la mujer, pero Sora, ya tenía nuevamente la vista en el techo y el semblante de concentración.
-… so otra vez, que rollo… pues…
Dejó de pensar mirando a Yamato extrañada al verlo pasar un brazo a cada lado de su cuerpo, posicionando de esa forma su cara encima de la de ella.
-¿Qué haces?.- preguntó arqueando una ceja con desconcierto. Para ella cualquier juego, por muy ridículo que fuese era sagrado y deberían seguirlo hasta que se proclamase un vencedor y un vencido.
-Que paso del juego tontita.- susurró Ishida con travesura, pasando la punta de la nariz por la mejilla de su novia.- he pensado otro juego mejor.- dijo deslizando los labios de un lado a otro del rostro de ella, pero sin llegar a besarla, solamente rozándola con sensualidad, intentado así provocar su deseo.
Pero a pesar de tener un hombre tan sexy como Yamato sobre ella, invitándola a jugar a un juego mucho más divertido y placentero que las palabras encadenadas, Sora era una mujer de principios, carácter y no se dejaría convencer tan fácilmente.
-Yama, para….- trató de hacerse la dura, oponiendo una resistencia más significativa que real.
Una húmeda lengua se deslizó por el lóbulo de su oreja, haciéndole perder los pocos sentidos que le quedaban y por supuesto que dejase de intentar cualquier tipo de oposición al nuevo juego que proponía su novio.
-¿Por qué te querré tanto?.- preguntó la mujer, tomando de la camisa a su chico, para que su boca dejase de juguetear por otros lados y se concentrase en sus labios.
-Que guapa estás cuando te excitas.- susurró el muchacho con superioridad, resistiéndose a besarla para alargar lo máximo posible su sufrimiento.
-Baka.- fue lo que dijo ella, sintiendo como le ardían las mejillas por los comentarios de su novio.
Y ya no espero más, Yamato la había buscado y la había encontrado, ahora la que mandaba sería ella. Con autoridad, empujó a su novio para que se apártase de encima de ella, él se resistió, le gustaba mucho esa percepción que tenía, pero cuando Sora quería tomar las riendas, las tomaba sí o sí. De esa forma Yamato rodó, quedando la pelirroja encima de él, con una gran sonrisa de triunfo.
-¿Crees que me has vencido?.- provocó el muchacho, mientras rodeaba fuertemente las nalgas de su novia, las cuales ahora descansaban en su abdomen.
-Yamato, haber cuando te das cuenta.- empezó bajando lentamente su torso, para que sus labios encontrasen el mentón de su amado y pudiese besarlo con necesidad, pero sin perder el erotismo que volvía loco al rubio.- que yo…- prosiguió, mientras sus manos iban desabrochando desde abajo la camisa de él.- siempre gano.- finalizó, dedicando a Yamato una mirada de deseo.
-Que chulita te has vuelto.- sonrió él con asombro, esa mujer no dejaba de sorprenderle.
-Bueno, se me habrá pegado de ti.- volvió a susurrar, acariciando tiernamente los cabellos rubios de Yamato, para que finalmente dejase caer su cuerpo sobre el de él y le mostrase, en forma de un profundo beso, un pequeño anticipo de lo que le esperaba.
Aunque lo que Sora no se esperaba para nada era que en el día de hoy su dulce y complaciente Yamato le plantase batalla, por eso no se preocupó cuando sintió los fuertes brazos de Ishida atrapándola por completo de la espalda, ni cuando notó que Yamato flexionaba un poco sus piernas como intentando buscar una nueva posición, porque nada le hacía ni plantearse los geniales planes de su amado rubio. Se dio cuenta en el momento en que Ishida detuvo el beso y sonrió con su arrogancia característica.
-Aún te queda mucho para ganarme, mi amor.- habló acariciándole tiernamente el pómulo, Sora le miró extrañada.
Y segundos después Ishida empujaba a su novia para rodar de nuevo, y hacerlo esta vez como él desease, a su manera, llevando él el control, claro que lo que no tuvo en cuenta era la estrechez de su cama, que el colchón se acababa y que había tirado a su novia, previo golpe contra la mesilla, directamente al suelo.
-¡Sora!.- gritó asomándose desde la cama apurado.
-¡Yamato!.- gritó ella con furia, mientras se frotaba el brazo en el cual se había clavado la esquina de la mesilla, todo hacía indicar que le saldría un gran moretón.- ¡estoy empezando a hartarme de que siempre acabes tirándome de tu maldita cama!
-Lo siento mucho mi amor.- habló con arrepentimiento, mientras le daba la mano a su chica para que tomase asiento en el lecho, a pesar de las miradas fulminantes de ella, acabó aceptando su ayuda y volvió a sentarse en el borde de esa pequeña cama.- solo quería jugar un poco, ya sabes, como hacen en las pelis, rodar de un lado a otro de la cama, forcejeando y metiéndonos mano….- dijo, en tono de niño bueno, asomándose por detrás de su novia, para besar con delicadeza el brazo golpeado.
Tuvo que apartar rápidamente la cara para no recibir el codazo de Sora, lo último que ella iba a aceptar eran los mimos de ese dichoso rubio que tantos dolores de cabeza le provocaba.
-Perdona.- volvió a insistir él, apartando delicadamente su cabello para poder empezar a sembrar besos por su cuello y acabar en su hombro, y luego repetir el mismo recorrido hacia el otro lado.- lo siento mucho cielo, venga tu ganas y mandas cariño.- propuso el chico con una sonrisa, recostándose nuevamente y tirando de la mano a su novia. Era muy optimista si pensaba que Sora estaba dispuesta a seguir con su juego.
Supo que la diversión por hoy había terminado cuando vio esa mirada de ella, digna de Myotismon pensando en los malditos niños elegidos, y resoplando decepcionado, soltó la mano de su novia, llevándose ambas manos a detrás de la nuca.
-Lo he estropeado, ¿verdad?.- preguntó, todavía con un resquicio de esperanza en su voz.
-Sí Yamato, bastante.- sentenció la pelirroja, continuando con su mirada demoníaca.
El silencio absoluto invadió esa habitación, y no era porque el ambiente fuese tenso, sino porque ya se conocían lo suficiente como para saber cuando las palabras sobraban. Yamato sabía que Sora estaba enojada, también que se le pasaría pronto, pero hasta entonces prefería no tentar a la suerte y seguir contando las manchas del techo de su dormitorio. Por otro lado, Sora continuaba mirándose el golpe de su brazo, ahora enrojecido y próximamente morado, llevando de vez en cuando miradas disimuladas a su chico, intentando averiguar que pasaría ahora por su mente.
Y como pronosticó Ishida, el enfado de Takenouchi no duro mucho tiempo, no podía permanecer demasiado rato enfadada con Yamato por algo tan idiota, al fin y al cabo había sido un accidente, él solo quería divertirse, que se divirtiesen juntos. Pensando en eso, dio un largo suspiro mientras dejaba caer su espalda sobre la cama, apoyando la cabeza en las piernas de su novio. Al sentirlo Ishida no dijo nada pero sonrió, su Sora ya volvía a amarle con locura y eso era lo único que necesitaba para estar feliz.
-Necesitamos una cama más grande.- soltó la mujer, tras varios minutos de silencio, girando la cabeza buscando la mirada de su novio.
Yamato no se movió ni un milímetro, ahora mantenía los ojos cerrados, completamente relajado, pero lo que no pudo evitar fue soltar una carcajada.
-¿Y donde la metemos?
Sora torció el morro pensativa, girando otra vez la cabeza para quedar boca arriba, mientras con los dedos pellizcaba la rodilla de su novio de manera inconsciente.
-No sé, aquí.- dijo encogiéndose de hombros.
Eso fue lo necesario para que Yamato abriese los ojos y levantase un poco el torso buscando a su novia con la mirada. Al notar que su apoyo se movía, la mujer también se reincorporó un poco, ladeándose para tener otra vez a Yamato en frente.
-¿Aquí?.- preguntó el chico alzando las cejas e intentado contener una nueva carcajada.- ¿te refieres a mi habitación?
-No, si te parece la ponemos en la mía.- habló la chica, con su tono irónico.- cuando llegue a casa les digo a mis padres, papá, mamá, que he pensado que podíais poner una cama de matrimonio en mi habitación, ¿el por qué?, sencillo, ¿conocéis a Yamato verdad?, mi novio pervertido de toda la vida, pues veréis, cuando hacemos el amor, le gusta rodar de un lado a otro como hacen en las películas de enamorados, donde todo es perfecto y tienen una cama de tres metros. ¡A que es genial!
El compañero de Gabumon ya reía a carcajadas, contagiando así la risa a la imaginativa Sora.
-Adoró tu risa.- susurró Yamato de forma amorosa, deslizando su dedo por la comisura de los labios de Sora, haciéndola sonreír todavía más abiertamente.-¿Sabes?.- recuperó su tono serio.- algún día tendremos esa cama grande.
-¿Si?.- preguntó ella invitándole a continuar, recostándose ahora en su pecho, le encantaba cuando Yamato hablaba de planes venideros y cerciorarse de que en el futuro de su novio ella siempre estaba presente.
-Sí, te lo prometo, tendremos una habitación gigante.- habló él haciendo un gesto con los brazos cada vez más ilusionado, como si estuviese recreando en su mente lo que describía con palabras.
-¿Con terraza?.- preguntó ella sonriendo, a la vez que cerraba los ojos concentrándose en la respiración de su chico.
-Tendremos una gran terraza y un gran salón y un gran jardín.- seguía Ishida cada vez más emocionado.
Escuchando el entusiasmo de su novio, Sora no pudo evitar levantar la cabeza para mirarle directamente a los ojos y comprobar que sus elucubraciones eran correctas, su chico tenía esa mirada mágica, esperanzadora e ilusionada, a la cual nunca le había podido decir que no.
-¿Jardín?
-Sí, un gran jardín.- afirmó el muchacho.- porque siempre que me imagino con mis hijos… bueno nuestros hijos.- corrigió sonrojándose levemente, al igual que Sora.- me imagino con un gran jardín donde les pueda enseñar a jugar al futbol.
Sora le miró incrédula.
-¿Futbol?
-Bueno, donde tú les puedas enseñar a jugar al futbol mientras yo os miro y os animo.- volvió a corregir el muchacho, cada vez más apurado y ruborizado.- y donde pueda hacer barbacoas los días de fiesta y Gabumon pueda tener por fin un perrito…
-¿Gabumon?.- le volvió a interrumpir con suspicacia.
-Bueno, yo pueda tener un perrito.- se confesó totalmente rojo, ya sin saber donde mirar.- y mirar las estrellas las noche de verano, hacer muñecos de nieve en invierno y enseñarle a tocar la armónica a los niños mientras tú preparas galletas, y también podríamos plantar un gran árbol para que Piyomon se pudiese subir y yo le pudiese construir un fuerte a nuestro hijo y…
Paró de hablar al sentir las manos de Sora tomándole la cara, y al alzar la vista vio la mirada de la mujer que amaba, con la que deseaba compartir todos sus sueños, una mirada emocionada, tratando de contener unas rebeldes lágrimas.
-Es precioso mi amor.- susurró proporcionadote un dulce beso.
Y antes de emocionarse más se levantó, ante las protestas del rubio. Pero rápidamente volvió con unas hojas en la mano y un rotulador.
-¿Qué haces?.- inquirió el chico desconcertado.
-Vamos a hacerlo.- propuso ella con alegría.
-Sí cariño.- asintió el muchacho apresurado, tomado de la cintura a su novia para recostarla y no perder más tiempo, besando su cuello con pasión, mientras se quitaba su camisa medio desabrochada con velocidad.
-¡Yamato!.- con grandes esfuerzos, Sora consiguió quitarse a su emocionado novio de encima y poder volver a tomar asiento.- me refería a la casa.
-¿Huh?.- Yamato estaba otra vez descolocado.
-Que todo lo que has dicho es precioso y quiero dibujarla, que la dibujemos juntos, nuestra casa, la casa de nuestros sueños.- explicó la pelirroja, empezando a trazar líneas animadamente.
-¿Eh?.- cara de decepción de Yamato.- si la casa, yo también me refería a eso.- se excusó con una sonrisa nerviosa, mientras se adecentaba un poco la ropa y llevaba la vista a los papeles, haciéndose a la idea de que definitivamente, hoy se quedaría sin "jugar".
-Que terraza más grande.- hablaba mirando absorto la habilidad de su novia.
-Y orientada al Este.- explicó ella con convencimiento.
-¿Este?
-Sí, para poder ver el amanecer, no hay nada más romántico que ver el amanecer desde la cama con la persona que amas después de una gran noche de…
-Sexo desenfrenado.- continuó la frase el rubio, dejando a su novia pálida por las salidas que tenía.
-Me gusta más llamarlo amor.- susurró ella volviendo a su dibujo avergonzada.
-Está bien, como quieras, al Este me parece perfecto.- sonrió Yamato, le encantaba descubrir las pequeñas rarezas de Sora y lo tímida que era aún para según que expresiones.- pero si esta es nuestra habitación le falta esto.- dijo, quitándole un segundo el rotulador, para dibujar dos monigotes en una posición sexual.- somos nosotros.- manifestó con una sonrisa picara.
Sora rodó los ojos cada vez más roja.
-Dame eso.- le arrebató el rotulador sofocada, no queriendo escuchar más propuestas de su novio, ya que increíblemente, todas siempre llevaban una gran carga sexual.
Mientras Sora dibujaba, Yamato continuó mirando y diciendo estupideces, según él grandes ideas, para su de momento imaginario hogar.
-Haz otra habitación aquí.- pidió señalando en el papel.
-¿Para que?
-Para los niños.- contestó con naturalidad.
-Ya he hecho tres habitaciones infantiles.- protestó ella.- ¿Cuántos hijos quieres tener?
Yamato sonrió con coquetería a la futura madre de sus hijos.
-Todos los que me dejes hacer.- susurró rodeándola otra vez de la cintura para recostarla.
Y esta vez sí, Sora se dejó caer encantada, mientras su novio ya se deleitaba con su labios, y la hoja donde habían depositado sus sueños de una vida en común se deslizó lentamente de sus dedos, para acabar perdida en el suelo, más concretamente debajo de esa cama, en la que había empezado todo.
…
…
Lágrimas de emoción empañaron ese viejo dibujo, pero es que Sora no pudo evitarlo por recordar aquel día tan maravilloso. Jamás se esperó que Yamato guardase el dibujo y mucho menos que construiría la casa, y por eso se sintió estúpida y despreciable, había tenido la casa de sus sueños delante suya y no la había reconocido.
-No puedo creer que la hicieses.- dijo, mientras seguía sacando los folios de su esposo, viendo ahora unos planos hechos por un arquitecto profesional, pero basados en su pequeño boceto.
No lo pensó más, conocía a su marido y tras las duras palabras que le dedicó esta mañana sabría que, una de dos, o estaría deprimido sentado en su jardín imaginándose esa barbacoa, ese perrito y esa vida perfecta, o ya estaría haciendo alguna precipitación como poner en venta su amado hogar. Rápidamente, llamó a Yamato para asegurarse de que esos sueños que compartieron juntos hace tanto tiempo se cumplirían.
-Moshi, moshi?.- se escuchó al otro lado un abatido hombre.
-Yama, cariño que he pensado…
-¡No te preocupes!.- apresuró a interrumpir Ishida.- lo siento mucho, tú tenías razón he sido un estúpido, pero tranquila ya lo voy a solucionar todo.
-Pero cariño…
Sora se desesperó al escuchar nuevamente la interrupción de su amado.
-He hecho unas llamadas y prácticamente tengo apalabra la casa, van a venir a verla dentro de una hora o así y tranquila que le voy a sacar beneficio.- siguió él a lo suyo.
-Pero cielo que yo…
-No me esperes a comer y perdona de nuevo, prometo no volver a hacer una estupidez como esta nunca más.- cortó el rubio la llamada, dejando a Sora mirando el teléfono con una gran rabia contenida. Ese hombre era increíble o había que sacarle las palabras con desatascador, o no dejaba hablar, no tenía termino medio.
Iba a tirar el teléfono contra la pared pero no lo hizo primeramente porque tendría que comprar una nuevo y no estaba para tirar el dinero y segundo porque tenía demasiada prisa, debía impedir que Yamato vendiese su casa.
Cuando estaba saliendo de la habitación, un tembloroso pico se asomó.
-Sora… eh… ya sé que estás enfadada pero tengo hambre, ¿vas a hacer comida o me voy al Digimundo?
Con los años los digimons se habían vuelto muy descarados y malcriados. Pero lo que la inocente Piyomon no sabía era que le acababa de dar una gran idea a su compañera.
-Piyomon, ve al Digimundo, necesito que me hagas un favor.
Tras dar las ordenes a la digimon, se asomó a la habitación de su dulce hija, no pudiendo evitar sonreír al verla jugando con un cohete espacial de peluche, mientras Nyokimon hacía las veces de astronauta, y terminaba todo el rato por los suelos, eso sí, saltando de felicidad, ya que la propulsión de Aiko no era demasiado potente.
-Cielo.- llamó suavemente.
-Mami.- se puso en pie con felicidad, pasando las manitas tras la espalda con cara de niña buena.
-Dime, ¿te apetece que vayamos a ver nuestro jardín?.- preguntó a la vez que le preparaba su chaquetita, para que se la pusiese.
-¡Sííí!.- gritó ella entusiasmada, como buen niño que se precie.
…
Siguiendo las indicaciones del GPS, porque sino por su cuenta Sora habría acabado en la otra punta de Japón, ya que la orientación en la gran ciudad no era su fuerte, la diseñadora, su pequeña hija, y su gran plan en el cerebro llegaron de nuevo al que pronto sería su hogar.
Esta vez cuando vio la casa, si que compartió la ilusión de Yamato, porque vio lo mismo que el veía, ese viejo boceto hecho de sueños e ilusiones transformado en un hogar de verdad.
Un tanto titubeante por la impresión que le daba esa casa, se acercó hasta la entrada al jardín, y ahí encontró el primero de muchos otros detalles que le sacarían lágrimas y sonrisas por igual. Se trataba de la placa que indicaba la familia que vivía hay, en la que se podía leer "Ishida Takenouchi", seguido de los miembros que componían la citada familia.
-Yamato, Sora, Aiko, Gabumon, Piyomon y Nyokimon.- finalizó acariciando esa placa con emoción.
Se armó de valor, inspirando esa brisa que corría por su jardín, un aire tan diferente al que estaba acostumbrada en la gran ciudad, el cual siempre llevaba olores de neumáticos, gasolina, comida de puestos callejeros, o malos olores de desperdicios, este era completamente distinto. Sentía que a sus pulmones entraba directamente la naturaleza, recordándole inevitablemente a los espaciosos y floreados campos de su amado Digimundo. Le hubiese encantado quedarse ahí de por vida, respirando ese aire tan puro e inspeccionado al máximo su jardín, pero no precisaba de demasiado tiempo, tenía que ponerse en marcha ya.
Al entrar quedó todavía más maravillada con ese espacioso recibidor, por no hablar del gran salón, que sin muebles parecía que no acababa nunca. A pesar de las prisas, no pudo resistirse a echar un vistazo a la cocina, y obviamente, como el resto de su casa, era una cocina luminosa y espaciosa, esta sí, perfectamente equipada con electrodomésticos de última generación. Lo primero que hizo fue abrir el horno, imaginándose lo ricas que le saldrían ahí las galletas, para luego llevar la vista a la mesa, y verse a ella desayunando felizmente con su marido en frente, teniendo entre sus brazos a la pequeña Aiko, ya que así era como ella desayunaba siempre, en brazos de su padre, con Piyomon dándole la comida a Gabumon a la boca y este ruborizándose por no estar acostumbrado todavía a la afectuosidad de la ave. Vamos, que ya veía esa casa como su hogar.
Lo siguiente que hizo fue ir a las habitaciones para inspeccionarlas una por una. Encontró hasta tres decoradas de forma infantil; una de ellas tenía en las paredes un papel lleno de digimons en nivel infantil, es decir, con Gabumon, Piyomon, Agumon, y los demás compañeros de los digielegidos. Otra tenía las paredes repletas de planetas, estrellas, cohetes, así como la lámpara también era de temática espacial, y la última, sus paredes estaban cubiertas de instrumentos musicales, eso sí, intercalando de vez en cuando pelotas de diferentes deportes, digamos que era como la habitación neutral, mezcla de los gustos de Yamato, mezcla de los gustos de Sora.
Le fue imposible contener una sonrisa, de hecho, llevaba sonriendo desde que había entrado a la casa, pero es que solo imaginarse al inexpresivo y en ocasiones frío Yamato eligiendo las paredes de las habitaciones, le llenaba de ternura.
Y por último entró a la habitación más grande, la que estaba enfrente de las otras, o lo que es lo mismo, la que estaba orientada al este. Al abrir la puerta por fin su sonrisa desapareció, porque quedó completamente hipnotizada, con la boca abierta hasta el suelo, esa habitación era lo que siempre soñó, más que una habitación parecía una lujosa suite de hotel.
Se componía básicamente de una enorme cama de matrimonio, más grande que la que tenían en su apartamento, un espacioso armario empotrado, con un zapatero aparte y todo. Luego estaba el tocador, sonrió al ver que Yamato ya había colocado ahí varias fotos; del día de su boda, de Aiko, de cuando eran jóvenes…. Había una puerta por la que no entró, pero si se asomó pudiendo vislumbrar un pequeño baño, que a pesar de ser pequeño, poseía una bañera lo suficientemente grande para bañarse con su esposo y hacer travesuras. No lo podía creer, desde que tenía uso de razón había deseado tener un baño dentro de su habitación, así sus viajes nocturnos al inodoro serían mucho más cortos. Y finalmente llegó hasta la joya de la corona, prácticamente toda la pared que daba al este era una gran cristalera. Como una niña pequeña abrió la puerta corredera de cristal y se quedó muda al ver su maravillosa terraza y la vista que tenía de gran parte de su jardín, así, cuando la niña jugase en él, podría vigilarla desde ahí.
Era simplemente perfecto, tal y como ella lo soñó y lo recreó en su pequeño dibujo hace tantos años, estaba tan ensimismada contemplado sus vistas, con las que se despertaría de ahora en adelante todos los días, que casi no se dio cuenta que su marido llegaba.
-No, no es difícil de encontrar, lo que pasa es que os habéis equivocado de desvió, es cuestión de acostumbrarse...
Escuchó su inconfundible voz, entonces miró hacia abajo y vio que Yamato ya estaba entrando en su jardín, seguido de una pareja, muy seguramente los compradores. Debía ponerse en marcha ya, ahora que la había visto no dejaría que nadie más salvo su familia viviese en esa casa.
…
-… como veis está totalmente nueva, la cocina equipada, el baño tiene chorros masajeadores…- hablaba el rubio señalando a un lado y a otro.
El matrimonio comprador miraba atentamente cada vez más convencido, y eso se demostraba con las sonrisas cómplices que se dedicaban y que cada vez deprimían más a Ishida. Cuando mandó construir esa casa, jamás se imaginó a otra familia viviendo ahí, pero tendría que aceptarlo.
-Pues está muy bien cariño.- decía la mujer, mirando al hombre.
-Sí, es increíble…- asintió él.- ¿Cómo es que la vendéis?.- le preguntó a Yamato, que estaba demasiado ocupado compadeciéndose de si mismo.
-Eh… ah… pues…
-¡Yamato no puedes hacerlo!
Todos quedaron asombrados por esa aparición.
-Sora que…
Sin dejarle decir nada, la mujer corrió hacía él con lágrimas en los ojos, montando un gran drama claramente sobreactuada.
-No puedes hacerle esto a esta pareja, parecen tan felices, ¿Qué quieres?, ¿que acaben siendo unos desgraciados como nosotros?
Yamato abrió los ojos al máximo no entendiendo lo que pasaba, mientras la pareja miraba a esa mujer con desconfianza, pero prestando la debida atención por si acaso.
-Eh…- rió nervioso Yamato dirigiéndose a los posibles compradores.- no le hagáis caso es mi mujer, lo que pasa es que es diseñadora y a veces… bueno….- se llevó el dedo a la nariz.- esnifa los rotuladores y le hacen comportarse como una trastornada.- volviéndose nuevamente a Sora.- cariño, ¿que haces?.- masculló entre dientes, sin perder la sonrisa para la pareja compradora.
Sora siguió tratando de hacerse con una candidatura al oscar a la mejor actriz.
-No les mientas cariño, tienen derecho a saberlo.- habló dirigiéndose a la pareja seriamente.
-¿El que?.- se atrevió a preguntar el hombre.
-La casa está maldita.- sentenció con determinación.
La pareja se sobrecogió y la mujer se agarró al brazo de su marido mirando alrededor con recelo.
-¡¿Qué?.- se llevó las manos a la cabeza Yamato.- no le hagáis caso, está recién construida, aquí no ha vivido nunca nadie. Sora, ¿Qué demonios te has tomado?.- preguntó ya con furia.
Pero Takenouchi, ignorando por completo a su histérico marido, prosiguió con la trágica historia.
-Aunque derrumben la casa y la reconstruyan mil veces, los espíritus nunca la abandonan…
-¿Espíritus?.- se atrevió a preguntar la mujer.
Entonces una sombra fantasmal pasó por un lado a gran velocidad.
-¿Qué ha sido eso?.- cuestionó el hombre cada vez más aterrado.
-Hace mucho tiempo, una niña murió aquí en extrañas circunstancias, su espíritu quedó atrapado buscando venganza, matando así a todo los que osen entrar en su hogar, dejando los espíritus de todas sus victimas atrapados en la vivienda.- explicaba la mujer con voz de ultratumba, mientras varias sombras se paseaban de un lado a otro tan rápidamente que a penas se podían ver, pero sí se percibía su aterradora presencia.
-¿Qué hablas?, ¡no le hagáis caso!, ¡quiere mi ruina!.- seguía Yamato tratando de convencer a los cada vez más acongojados compradores.
-Tal vez esta noche la veáis, que no os engañe su angelical rostro, con sus rubios mechones y sus ojos zafiro, esa niña os matará.- finalizó Sora, mientras arriba de las escaleras, una niña vestida con un gran camisón blanco, flotaba por los aires.
La pareja palideció por completo al verla.
-¡Es la niña!.- gritó la mujer señalando con el dedo horrorizada.
Yamato llevó su vista a donde indicaban.
-¡Pero si es mi hija!, ¡Aiko ven aquí!
-¡Está volando!.- gritó el hombre completamente blanco.- larguémonos de aquí.
Y antes de que Yamato pudiese decir otra palabra, los posibles compradores corrían desbocados calle abajo.
No dijo nada, solo se volvió como un toro furioso hacia su mujer, que estaba más que contenta con esta pequeña victoria.
-¡Lo conseguimos!, muchas gracias chicos.- habló, mientras empezaban a salir varios Bakemons, los cuales había hecho de sombras.
-¿Pero nos vas a dar de comer?.- preguntó uno de ellos, por algo habían hecho un trato.
-Sí, tranquilos, ¡Piyomon llévales a comer a algún sitio!.- ordenó, pero no había ni rastro del ave.
-Mami ¿lo he hecho bien?.- preguntó Aiko, mientras aparecían por fin piernas de su camisón, curiosamente de pájaro.
-¡Lo has hecho muy bien mi vida!.- habló Sora dando una palmada con orgullo de madre.
Entonces, un pico salió de debajo del camisón, levantándolo por completo y mostrando como Aiko había conseguido levitar, subida en su querida Piyomon.
-Aiko pesas mucho, eres una niña muy comilona, pareces un digimon.- manifestó Piyomon con síntomas de cansancio, mientras se quitaba a la niña de encima, pese a las protestas de esta, que estaba encantada con eso de volar.
Y mientras Sora charlaba felizmente con su compañera, su hija, los Bakemons y demás, un hombre mantenía su mirada penetrante en ella. Ceño fruncido, brazos cruzados y golpeando en el suelo con el pie reiterativamente, esperando que su mujer se dignase a darle una explicación de lo sucedido.
Evidentemente que Sora se hizo la tonta y la paciencia de Yamato duró, lo que un plato de fideos cerca de Daisuke, es decir, nada.
-¡De que vas!.- gritó como un poseso, Sora trató de conservar la compostura.- ¡es que quieres volverme completamente loco!, primero me mandas a la mierda a mi y a la casa y cuando encuentro alguien que quiere comprarla, armas todo este escándalo, ¿es que te divierte desquiciarme?
Ella se le acercó con una sonrisa de niña buena.
-Y sabes que un poco si.- susurró con diversión, agarrándole de la camisa, para bajarle un poco la cabeza y poder encontrar sus labios.
El rubio no correspondió el beso.
-Sora, no me hace gracia.
-Está bien.- se dio por vencida ella, llevándose la mano al bolsillo de la chaqueta, para sacar el papel que dibujaron juntos hace tantos años.- no puedo creer que la hicieses.
-Ou…- el hombre tomó el papel bajando el rostro incomodo y sintiéndose estúpido.
-No puedes venderla, es nuestra casa.
-No Sora.- negó él con la cabeza.- soy un idiota, esto lo hicimos hace mil años, no debería haberla hecho sin consultarte, es normal que tus preferencias hayan cambiado y ya no quieras vivir en una casa así.
-Mi amor.- susurró ella, colgándose de su cuello y mirándole con ternura.- por eso te amo tanto, porque recuerdas absolutamente todo lo que digo y todo lo que me hace ilusión y pones todo tu empeño para hacer realidad mis sueños. Esto que has hecho es precioso y la casa es perfecta, la idiota he sido yo por no reconocerla antes.
-No digas eso…
-¿Desde cuando llevabas con esto?.- cuestionó con curiosidad y cierta preocupación por la facilidad con la que su marido le podía ocultar cosas.
-Bueno…- bajó el rostro sonrojado.- hace un par de años o así, pasé un día por la urbanización por casualidad y me pareció perfecta para nosotros y ahí estaba una casa en venta, estaba vieja, necesitaba arreglos por todos lados y entonces pensé que si tenía que tirarla entera para arreglarla, podría construir la casa que tu diseñaste… fue una idiotez lo sé.
-No lo fue Yamato, es perfecta, no puede existir mejor casa para nosotros.- le hizo levantar la cabeza, acariciándole la cara con dulzura.
-Sora, no quiero obligarte a vivir aquí, buscaremos una casa juntos o diseñaremos una nueva o…
-Ya estamos en nuestra casa mi amor, no hay que buscar más, una vez más has hecho mis sueños realidad, me has hecho la mujer más feliz del mundo.- finalizó dándole un amoroso beso, que esta vez Yamato aceptó y correspondió.
-¿Estás segura?.- preguntó con seriedad.
-Sí Yamato, esta es la casa en la que quiero que crezca Aiko, que nazcan nuestros futuros hijos y en la que deseo envejecer a tu lado.
Ishida sonrió abiertamente al escuchar eso dando un suspiro de alivio.
-¡Genial!.- exclamó apretando los puños.- voy a llamar al camión de la mudanza, llevan como 3 horas dando vueltas alrededor de nuestro apartamento, les diré que ya pueden empezar.
La pelirroja pestañeó incrédula, había estado a punto de vender la casa y ya tenía la mudanza preparada, ¿a que había jugado Yamato?
-¿Cómo dices?, ¿mudanza?
-Bueno cariño, no te molestes pero, sabía que en cuanto encontrases el dibujo, adorarías esta casa.
-¿Qué?.- Sora no daba crédito a lo que oía, sin duda el oscar este año tendría que recaer en su esposo.
-Sí, mi portafolios en la puerta de la habitación… sabía que te tropezarías, cotillearías y lo encontrarías.
-¿Qué?.- repitió la mujer como una estatua humana. Confirmado, Yamato jamás había tenido intención de renunciar a su amada casa.
-Oh venga, si estaba claro.- dijo con una adorable sonrisa rodeándola de la cintura.- pero ahora no puedes echarte atrás, ya me has dicho que adoras la casa, ¿has visto nuestra habitación?, orientada al Este como me dijiste.
Pero ahora Sora se encontraba en un abismo, cuando pensaba que la victoria era suya, su marido se la había arrebatado de las manos, era como un gol en los minutos de descuento.
-¿Tan predecible soy?.- preguntó con tristeza.
-Sí que lo eres mi amor.- asintió el rubio con alegría, deprimiendo más a su esposa.- pero por eso te adoro tanto, porque sé como hacerte siempre feliz.- susurró dándole un tierno beso en la punta de la nariz.- aunque debo admitir que lo de los fantasmas no me lo esperaba, ha sido muy divertido y original.
Alegremente se apartó de ella ya encaminándose a la puerta.
-Tú ocúpate de que la niña elija habitación, yo voy a nuestro piso para ir trayendo cosas, ¡quiero dormir esta noche aquí!
Un vez más Yamato se precipitaba, tenían tiempo de sobra para hacer la mudanza, a parte de que Sora, por mucho que imaginase su futura vida en esa casa, todavía no estaba preparada para irse a vivir ahí de inmediato.
-¡Yamato podemos tomárnoslo con calma!
-Tranquila, solo traeré cosas de primera necesidad, para pasar la noche.- se despidió con la mano.
Y Sora volvió a quedarse petrificada, jamás se acostumbraría a las extravagancias de su esposo, y lo confirmó cuando le vio volver hacia ella corriendo, y sin dar explicaciones arrástrala hasta la salida.
-¿Qué demonios haces?.- preguntó estupefacta, ya en la puerta de su casa.
Sin decir nada, la tomó entre sus brazos y la volvió a adentrar en su nuevo hogar.
-Tenía que hacerlo mi amor.- declaró, mientras ya la depositaba en el suelo y volvía a salir disparado.- ¡bienvenida a casa!
La mujer, todavía desconcertada por todo lo sucedido esa mañana, al fin sonrió de alegría y entusiasmo, porque como había dicho Yamato, había llegado a su hogar.
-Bienvenido a casa mi amor.- susurró, justo antes de cerrar la puerta.
.
.
Acto II: El perrito
Mientras Yamato iba al apartamento de Shibuya para encargarse de empaquetar cosas básicas para pasar esta primera noche un su nuevo hogar, y los digimons al fin disfrutaban de una merecida comilona en el restaurante de Daisuke, Sora tenía entre sus manos una labor mucho más importante, conseguir que su pequeña niña se decidiese por una habitación.
-¡Esta!.- exclamó, al abrir la habitación empapelada con digimons.
-¿Segura?
Antes de que Sora terminase de preguntar, su hija ya había ido corriendo a abrir la siguiente habitación.
-¡Esta!.- exclamaba parada en la puerta.
Sora impresionada por la velocidad de su pequeña, ya que juraría que hace un segundo estaba entre sus piernas, se encaminó a dicha habitación.
-¿Te gusta la de planetas?
Nuevamente Sora habló para nadie, la pequeña Ishida ya tenía la cabeza metida en otro cuarto.
-¡Esta!
-Cariño decídete.- dijo tiernamente, llegando al fin hasta su hija.
Y nuevamente el torbellino rubio hizo gala de su rapidez, abriendo ahora la habitación de enfrente. No dijo nada, más que sonreír abiertamente y correr hacia la gran cama para empezar a brincar, Aiko Ishida ya había elegido.
-¡Quiero esta!.- gritaba felizmente, saltando a un lado y otro de la cama de matrimonio.
La diseñadora tragó saliva apurada, porque de todas las habitaciones había elegido la que no estaba en catálogo, y como buenos padres primerizos, Aiko era la niña más consentida del mundo y en estos tres años de existencia sus padres nunca le habían negado nada. Tal vez hoy era el día de empezar a actuar como una madre Takenouchi, es decir, autoritaria y estricta.
-Mi vida.- empezó con ternura, definitivamente, Sora era incapaz de actuar como su madre con ese pequeño cielito que tanto adoraba.- esta es muy fea para ti.
-A mi me gusta.- respondió sin dejar de botar.
-Pero cariño.- dijo acercándose hasta la cama, para tomar al pequeño saltimbanqui de nombre Aiko entre sus brazos.- no tiene dibujitos en las paredes, ni juguetes, ni…
-¿No puedo quedármela?.- preguntó con una mirada de tristeza, que llegó a Sora hasta el corazón.
-Claro que… verás… eh….- era un hecho, a Sora le faltaban todavía muchos años para llegar a comportarse como una verdadera madre.- ¡Piyomon!.- soltó de repente iluminándosele la cara.- ¿no prefieres dormir con Piyomon, Gabumon y todos tus amigos digimons?
Aiko se contagió de la ilusión de su madre.
-¿Puedo?.- preguntó alucinada.
-¡Claro que sí!.- asintió ella.- porque están todos en… ¡la habitación de enfrente!.- gritó dejándola en el suelo, para que corriese como una bala a la primera habitación que había elegido, es decir, la empapelada con todos sus amigos digimons y olvidándose así de la cama gigante.
Sora respiró de alivio comprobando que el comodín de los digimons todavía funcionaba con esa inocente criatura.
-¡Quiero esta!.- se le oía gritar con entusiasmo, correteando por la habitación infantil y observando con detenimiento todos los digimons que cubrían las paredes.
-Pues este es tu cuarto mi amor.- asintió la diseñadora asomándose a la puerta, pero nuevamente se sobresaltó al ver la mirada de su hija.
Estaba como concentrada y frunciendo el ceño mirando la pared, y Sora ya se temió lo peor, había vuelto a cambiar de opinión.
-¡No está Nyokimon!.- exclamó con desaprobación.
La mujer volvió a respirar de alivio, sentía que esto lo podía solucionar con un poco de sicología.
-Pero mira cielo.- dijo, arrodillándose para estar a su altura, mientras señalaba en la pared.- está Piyomon y…
-¡Yo quiero a Nyokimon!.- demandó la chica, ya dando muestra del genio de los Ishida a tan temprana edad.
-Pero…- trató de buscar una excusa Sora.
-¡Nyokimon!.- exigió la pequeña.
La diseñadora resopló, pensando en que otra vez tendrían que empezar desde el principio eligiendo habitación, pero entonces le vino una gran idea a la mente.
-Mi vida no te preocupes, yo te lo dibujaré y te lo pegaré.
-¿De verdad?.- preguntó la niña con desconfianza.
-Sí, no te preocupes cielo.- le tranquilizó la pelirroja, acariciándole con ternura el pelo y dándole un beso en la frente.
-¿Y vas a traer mi habitación?.- volvió a cuestionar la chica con preocupación.
-Claro que sí, papá está cogiendo ahora tus cosas.
-¿Y mi habitación?.- volvió a preguntar la niña.- ¡yo quiero seguir teniendo mi habitación!
Sora agitó un poco la cabeza aturdida, estaba siendo un día demasiado intenso como para entender el idioma críptico de una niña de tres años.
-Cariño, iremos trayendo todo poco a poco, no te preocupes…
La niña negó apurada, su madre no entendía a que se refería y eso le ponía triste, pensando en que se iba a quedar sin su "habitación".
-Mamá.- suplicó tirándole de la falda, pensando así que al fin la entendería.- yo quiero mi habitación, como en la otra casa, mi habitación en la pared.- explicó lo mejor que pudo la niña del amor.
Sora quedó totalmente desconcertada, intentando juntar todas las palabras de su hija para ver si así conseguía darles un significado coherente y entender que era lo reclamaba su pequeña. Habitación, otra casa, pared, habitación, pared, pared, ¡pared!
La diseñadora sonrió como si hubiese sido iluminado por un ser divino.
-¿Te refieres al cuadro mi amor?.- preguntó dulcemente, emocionada por entender a su pequeña hija.
-Mi habitación, con Nyokimon de huevo en la cuna.- explicó la rubia asintiendo con la cabeza y sonriendo satisfecha.
Sora sonrió todavía más, realmente conmovida por el aprecio y cariño que esa niña de tres años tenía al cuadro que pintó de su habitación cuando aún la llevaba en su vientre, y que había estado colgando de la pared desde antes de que naciese.
-Tranquila mi cielo, voy a llamar a papá para decirle que lo traiga entre tus cosas, así dormirás viendo tu habitación.
Tremendamente complacida por esta victoria, la compañera de Piyomon abandonó un momento la estancia para efectuar dicha llamada. Solo fueron segundos los que estuvo fuera, pero Aiko, como buena niña no desaprovechaba nunca el tiempo. Mientras Sora hablaba, la vio pasar como un balín de un lado a otro, no le dio importancia, desde que había aprendido a sostenerse de pie sin caerse esa niña iba corriendo a todos lados, claro que nunca se imaginó lo que había ido a buscar. Se dio cuenta al entrar de nuevo en la habitación y verla, completamente emocionada con una caja de rotuladores, que Sora no sabía ni de donde habían aparecido, pintando alegremente en la pared. Obvio decir, que ver a su adorada hija haciendo un estropicio semejante en la casa recién estrenada le provocó una pequeña parada cardíaca, pero haciendo gala de su comprensión y templanza, trató de guardar las formas y volver a conectar con su pequeña.
-¿Qué haces?.- preguntó atemorizada, mientras con la mayor delicadeza posible, le arrebata los rotuladores.
-Es Nyokimon, me dijiste que lo íbamos a pintar, he empezado.- explicó la chica con total naturalidad, tratando de coger un nuevo rotulador.
Sora forzó la vista para vislumbrar a ese supuesto Nyokimon, y por mucho que lo intentó no lo vio, donde su hija veía una obra de arte, ella veía unos grandes garabatos de color negro manchando el precioso papel de digimons que cubría las paredes.
-Cariño está muy bien, pero me refería a una hoja aparte y pegarlo.- siguió con su paciencia de madre la mujer, guardando de una vez los rotuladores, tendría que dibujar un Nyokimon más grande de lo que tenía previsto para tapar la obra de arte de su hija.
La niña ya iba a protestar o exigirle que le dibujase el Nyokimon ya mismo, pero la puerta de la calle y ruidos de gente entrando en el hogar las alertó a las dos, parece ser que por fin empezaban a llegar las cosas de primera necesidad.
-Mira, los de la mudanza, igual traen tus juguetes…
Una vez más Sora quedó con la palabra en la boca, porque el pequeño rayo, al oír la palabra juguetes ya había salido a la velocidad de la luz a darles la bienvenida.
-¡Ten cuidado con las escaleras Ai-chan!.- exclamó Sora, siguiendo el camino de su hija, imaginándose que si seguía con su manía de emular a Usain Bolt, cualquier día rodaría por las escaleras como un bola gigante de nieve.
Al bajar al recibidor, lo primero que vio la pelirroja fue las piernas de su hijita que salían de una caja en donde estaba casi completamente metida para revolver como es debido las cosas que ya habían llegado y ver si encontraba algo que para ella fuese un tesoro.
Saludó amablemente a los señores que iban descargando más cajas, sofás y la televisión, es decir, lo que para Yamato era imprescindible en una casa. Ellos la miraron con cara de asesinos, ya que por culpa de esa mujer llevaban toda la mañana dando vueltas por la ciudad y sin comer como es debido. Después de sentirse culpable y despreciable, los hombres se largaron pues según Yamato, que permanecía en el apartamento para traer algo más el mismo, lo básico ya había sido trasportado y otro día con más calma continuarían con la mudanza de todas sus cosas.
Aiko no había perdido el tiempo y ya había abierto prácticamente todas las cajas, roto un par de platos de la vajilla y esparcido unos botes de champú, quedándose triste al observar que su cuadro y sus juguetes aún no habían llegado. Sora al verlo palideció, su querida vajilla que no había ni estrenado por miedo a romperla, ya jamás estaría entera, pero como de costumbre no riñó a su amado cielito, porque era incapaz de reprocharle nada y más con esa mirada de decepción por no tener sus peluches con ella.
-Cariño.- hablaba la mujer, al mismo tiempo que barría los platos rotos con lágrimas cayendo por sus mejillas.- seguro que papá trae todas tus cosas, no te preocupes.
Luego de recoger todos los estropicios de su niña, fue Sora la que empezó a mirar las cajas.
-¿Qué considera tu padre como cosas de primera necesidad?.- preguntó estupefacta mientras sacaba la replica a escala del Halcon Milenario de una caja llamada "Cosas de Yamato".- tendría que llamarse frikadas de Yamato.
Porque así era, esa caja estaba llena de frikadas varias, sean cromos de hace mil años, figuras articuladas de UltraMan, un Mazinger Z sacapuntas, un Shin Chan de goma el cual le apretabas la barriga y salía la "trompa", camisetas con inscripciones ridículas que evidentemente Ishida jamás se puso en público, etc…
Y viendo todo eso una perversa idea cruzó la mente de Sora, por fin se libraría de toda esa basura que Yamato se negaba a tirar, simplemente, esa caja, jamás había llegado a la nueva casa, digamos que en la versión oficial se iba a perder por el camino.
-Ai-chan, tú no has visto esta caja.- dijo Sora guiñándole un ojo a su hija, ella no entendió muy bien a que se refería su madre, pero sonrió encantada.
Pero cuando la estaba cerrando para sacarla a la basura, una de las camisetas le llamó la atención, trayéndole a su mente unos muy agradables recuerdos. Se trataba de una simple camiseta negra, con R2-D2 y C-3PO, los archiconocidos androides de Star Wars estampados. No pudo evitar una sonrisa bobalicona al verla, llevándosela hasta la cara.
-Oh, la sigues guardando.- sonrió nostálgica y sonrojándose levemente.- esta me la guardo.
Se sobresaltó al ver a su hija que había estado atentamente contemplando este teatrillo como pidiendo una explicación.
-Es que esta camiseta es la que me puse la primera vez que tú padre y yo…- calló al darse cuenta de lo que había estado apunto de contarle a su inocente niña de tres años.- eh… ah… quiero decir que, me la ponía cuando me quedaba a dormir con….- si seguía por ahí, la iba a seguir cagando.- eh… ah… uh… ¡que es muy bonita!, ¡tiene robots!.- acabó diciendo extendiéndola para que su hija la viese.
Aiko llevó un segundo la vista a la camiseta sin decir nada y sin cambiar de expresión la volvió a dirigir a su madre, no entendía porque ahora estaba completamente roja, y la verdad, tampoco le importaba demasiado. Prefirió volver a corretear hacia arriba para seguir con su Nyokimon, y que Sora por fin pudiese respirar de alivio, y tirar la caja de los "tesoros" de Yamato a la basura.
…
-¡Cielito, ya está aquí papá!.- exclamó el rubio, nada más entrar en la casa, llevando consigo una gran caja, esta sí, de cosas de Aiko.
-Papi.- corrió a su encuentro, bueno más que al encuentro de su padre al de sus cosas, pero bueno. Ver a su hija tan feliz esparciendo todos sus juguetes y peluches, para Yamato era su mayor recompensa.
Con la sonrisa en el rostro se dirigió a la mujer que se asomaba desde el salón, para tomarla de la cintura y hacer unos cuantos pasos de baile sin música.
-¿Qué haces?.- sonrió ella dejándose llevar por su amado esposo.
-¿Estás contenta con tu nueva casa?.- preguntó Yamato con su deslumbrante sonrisa.
-Sí, es perfecta.
-¿Estás contenta con tu encantador marido?
-Es perfecto.- repitió dándole un corto pero amoroso beso en los labios.
En estos momentos, los dos solos, bailando en su nuevo salón una música imaginaria sentían una felicidad plena. Porque estaban en una casa construida con sus ilusiones, con sus esperanzas y sueños, y por fin podrían empezar a disfrutar de ella.
Siguieron haciendo el indio como unos tontos enamorados durante un rato, Sora le contó que Aiko ya había elegido habitación, Yamato se sintió orgulloso por adivinar que habría sido la empapelada con digimons, Sora le contó que la niña había roto la vajilla, Yamato en seguida corrió a inspeccionar a su cielito como un poseso para asegurarse de que no se había hecho ningún rasguño, y así, entre risas y sustos, los Ishida al fin sacaron un tiempo en este ajetreado día para comer y comprobar lo maravillosa que era su cocina nueva.
Fue después de la comida cuando se pusieron manos a la obra para empezar a organizar las cajas que habían traído y fue entonces precisamente cuando Yamato descubrió que faltaba una caja, la más preciada para él.
-Cariño.- empezó Ishida extrañado, Sora supo lo que le vendría y comenzó a disimular.- ¿y mi caja de mis cosas valiosas?
-¿Qué caja?.- preguntó la mujer como si nada, mientras continuaba sacando la vajilla que había sobrevivido a las manos de Aiko.
-Pues mi caja, puse varias cosas, como mis figuritas de polly pocket… eh ah, quiero decir pokemon.- trató de disimular sonrojándose.- mi Han Solo criogenizado en carbonita edición coleccionista limitada…
Sora rodaba los ojos con desinterés, confiaba en que Yamato pronto se olvidase de todas esas tonterías que solo servían para acumular polvo.
-… mi gorra de los Tigers.- seguía él enumerando cosas, mirando detenidamente entre las cajas.-… mi armónica…
Y el plato que tenía Sora en ese momento en la mano se cayó, haciéndose añicos contra el suelo.
-Mi amor, ¿que ocurre?.- se interesó el astronauta al escuchar el impacto.
Sora no reaccionaba, se había quedado como la figurita de Han Solo que había tirado, completamente criogenizada. La armónica, había tirado el, muy seguramente, objeto más preciado y con mayor valor sentimental de su marido. El objeto que le había acompañado desde su infancia, la armónica que tocaba para Aiko desde antes de que naciese, ese instrumento que querría regalar algún día a alguno de sus hijos con una frase conmovedora para que siempre le recordasen. La armónica que querría que pasase a sus nietos, bisnietos, y así por generaciones.
Había tirado sin ningún miramiento el legado de Yamato, su objeto representativo, lo único que podía competir con ella por el amor del rubio, la pertenencia más amada de Yamato.
-¿Te encuentras bien?.- zarandeó Yamato cada vez más preocupado.
Sora le miró, todavía no sentía temor, porque aún no había procesado la información del todo, estaba en trance pensando en su despreciable existencia.
Abrió los ojos al máximo, no podía decirle nada a Yamato o no la volvería a hablar en la vida. Debía recuperarlo ya.
-La mudanza.- dijo yendo rápidamente a la salida.- voy a llamar por si se han dejado la caja en el camión, tú quédate aquí.
Salió como alma que lleva el diablo y quiso meterse directamente al cubo de la basura para comprobar que verdaderamente ya estaba vacío, en esa urbanización, la recogida de basura se realizaba justo al mediodía, lo que eso significaba, que la armónica de Yamato se encontraba en el gran vertedero de la ciudad de Tokio.
Entró como un fantasma, cabizbaja, ya que le era imposible mirar a los ojos a su marido y mentirle descaradamente, pero tampoco se sentía con fuerzas de decirle la verdad, su enfado sería memorable, seguramente sería el mayor enfado de su vida, tal vez hasta mandaría a MetalGarurumon a pelear contra Garudamon, mientras él, empaquetaba sus cosas y se iba por siempre de su lado.
-Mi amor, ¿Qué te han dicho?.- preguntó Yamato dulcemente, rodeándola con el brazo y sobrecogido por los ojos vidriosos y la expresión descompuesta de su amada.
-Se ha perdido.- musitó, sintiéndose totalmente repugnante.- lo siento…
…
-¡Pues mira otra vez desgraciado!.- despotricaba Yamato, teléfono en mano, paseando de un lado a otro de la habitación, mientras Sora se mantenía sentada en la cama, sintiendo como si todos esos gritos fuesen dirigidos a ella, porque en verdad era ella la que se los merecía.- ¿es porque os queréis quedar a Han Solo?, mira os regaló todo lo de la caja, si solo necesito una cosa, una armónica y… ¡y donde va a estar sino!… pero… será posible, me han colgado.- gruñó el rubio dando una patada al armario nuevo, patada que Sora sintió como si se la diesen a ella.- mierda de mudanzas, como los hemos tenido horas dando vueltas se cobran ellos mismos las propinas, pues no va a quedar así…- seguía despotricando el rubio, marcando números en el teléfono.
Sora no sabía a quien llamaba ahora y tampoco se sentía con valor para averiguarlo, solo sabía que los gritos que Yamato diese a ese pobre sujeto, ella los volvería a sentir en sus propias carnes.
-No contesta…- gruñía Ishida, con el auricular en la oreja.
Lo colgó de mala gana, tendría que esperar para llamar a su abogado y así comenzar con la denuncia que tenía intención de interponer a esos pobres muchachos de la mudanza que no tenían culpa de nada. Resopló llevándose las manos a las caderas, cerrando los ojos para tratar algo imposible, relajarse y controlar su furia. No lo consiguió, pero si se volvió a Sora, que seguía con su penitencia de mirar el suelo y sentirse como un asqueroso moho de por vida.
Yamato se conmovió por ver a su mujer así, ya que lo que él veía era a su dulce Sora cargando unas culpas que no tenía, y totalmente triste por la perdida de ese objeto que para él era tan valioso. Se sintió afortunado por esa mujer, por la empatía que le mostraba y por lo buena que era amando tanto los objetos que para él eran importantes. A pesar de que no tuviese ningún ánimo, iba intentar dárselos a su esposa, pero cuando iba a sentarse en la cama a su lado, vio una prenda que captó su atención.
-Ooooh.- la cogió con una sonrisa nostálgica. Al escucharle la mujer le miró y palideció al ver la camiseta que tenía entre sus manos.- mira cielo, es la camiseta que te ponías cuando te quedabas a dormir en mi casa, ¿recuerdas la primera noche que te la pusiste?.- le susurró en el oído con coquetería.
Por fin algo le hacía olvidar por un momento su amada armónica y Sora ya se imaginaba una tumba con su nombre, porque si Yamato había encontrado la camiseta, pronto comenzaría a hacer deducciones.
De momento, lo único que pudo hacer es mirar a su marido y asentir a su pregunta con una fingida y temblorosa sonrisa.
-Como olvidarla.- prosiguió el rubio examinando la camiseta inmerso en sus recuerdos.
La mujer miraba de soslayo a su marido cada vez más aterrorizada, sobre todo cuando Yamato dejó de sonreír atontado y comenzó a arrugar el entrecejo pensativo.
-¡Sí, la tiré yo!, ¡lo siento mucho!.- confesó la mujer cerrando los ojos con temor, cuando vio que Yamato se preparaba para decir algo.
-Tiene una manchita.- hablaba Yamato en su mundo, salivándose el dedo para pasarlo por la camiseta.- ¿Qué has dicho cielo?.- se volvió a su horrorizada esposa.
-¿Eh?.- se intentó hacer la tonta, todavía asumiendo que no había muerto y que tampoco tenía una demanda de divorcio en la cara.
Era tarde, el cerebro de Yamato por fin había atado cabos. Abrió los ojos al máximo, soltando la camiseta como si ardiese, levantándose de la cama y mirando a su mujer con incredulidad, tratando de procesar la información.
-Yo metí esta camiseta en la caja de mis cosas.- recapituló en voz alta.- como es… ¿y mi caja?
-Lo siento mucho.- se levantó Sora llevándose las manos a la cara.- juro que no sabía que estaba tu armónica.
-¿Has tirado mi caja?.- cuestionó Ishida con voz débil, como si estuviese apunto de romper a llorar.
-Pensé que eran todo idioteces…- excusó la pelirroja intentándole tomar de las manos, Yamato se dejó, ahora estaba en shock.
-Estaba mi armónica.- musitó como un niño pequeño.
-¿Cómo iba a imaginar que estaba ahí?, también tenías tu colección de cromos de Bola de Dan, nunca pensé que mezclases tu objeto más valioso con esas cutradas.
Sora no se lo podía creer, no solo iba a salir viva de esta, sino también manteniendo su nombre de Sora Ishida, y con un poco de suerte, Yamato se dejaría consolar por ella y compartirían juntos la tristeza. Error. Eso solo duró lo que Yamato tardó en salir del shock, porque cuando bruscamente aparto sus manos de las de Sora, ella supo que el genio de Ishida estaba apunto de salir. Dio un paso atrás evitando mirarle a la cara, ya que le mataba por dentro la mirada de Yamato, dolida, furiosa y fría, una mirada que hacía mucho tiempo que no veía y sinceramente había pensado que jamás la volvería a ver, menos dirigida a ella.
-¿Quién coño te crees que eres para tirar mis cosas?.- preguntó con dureza. No había ni un solo resquicio de calidez en sus palabras.
-Yama…
-¡Has tirado mi armónica!.- interrumpió como un desquiciado.- ¿acaso sabes lo que significaba mi armónica para mi?
-Claro que…
-¡No tienes ni puta idea!.- le volvió a interrumpir, haciendo que la mujer se acongojase aún más.- ¡eres una egoísta que solo piensas en ti!, y si tengo idioteces, ¡son mis idioteces!, ¡las he pagado yo!, ¡como esta casa!, ¡y tú no tienes ningún derecho a tocar mis cosas!.- seguía despotricando totalmente colérico.- ¡ya esta!, ya lo has conseguido, ya me has amargado uno de los días mas felices de mi vida, ¡¿estás contenta?
-Yamato por favor….- trató de suplicar, ya sin hacer nada por controlar sus agónicas lágrimas.
No dio más pie a la conversación, si seguía ahí acabaría arrojándose por la terraza, así que se volvió una última vez a Sora y la miró completamente decepcionado y dolido.
-Vete a la mierda.- le dijo, para después salir dando un estruendoso portazo.
Era un hecho, el día perfecto de Sora y Yamato se había ido por el retrete convirtiéndose en el día de una de las peores discusiones que recordaban. Sora quedó durante un buen rato llorando desconsolada, mientras Yamato estaba no se sabe donde, supuso que habría salido a pensar, relajarse y que con un poco de suerte de aquí a 100 años se le pasaría un poco el enfado.
Finalmente la mujer logró reaccionar y recomponerse y tras llamar a su querido Takeru, llorar un rato más en su hombro, escuchar su reproches, eso sí, menos hirientes que los de su hermano, y encasquetarle a la niña para que la cuidase, se fue con Piyomon, a pesar de las protestas de la digimon, ya que el plan no era para nada divertido, a buscar la querida armónica de Ishida, aunque para eso tuviese que irse precisamente a donde le mandó Yamato, a la "mierda", o lo que es lo mismo, al vertedero de la ciudad de Tokio.
…
El atardecer había caído en la ciudad de Odiaba y Sora, tras una tarde repleta de fracasos en el vertedero, se bañaba por décimo quinta vez tratando de quitarse ese repúgnate olor que sentía impregnado en su piel.
Mientras el agua resbalaba por su cuerpo, meditaba atentamente sobre como actuar ahora, llegando a la conclusión de que tenía que pasar al plan b, es decir, buscar por todo el mundo una armónica igual y comprarla y hasta que la consiguiese, no podía hacer otra cosa que tratar de compensar en todo a su marido, comenzando con la cena de hoy.
-¿Aún no ha llegado Yamato?.- preguntó mientras se adentraba en el salón con el albornoz y secándose el pelo con una toalla.
Esa imagen de Sora consiguió que por primera vez en la tarde el canguro de Aiko, dejase de jugar a la consola en la pantalla gigante de su hermano. Se quedó sin habla, enrojeciendo por momentos y lo único que pudo hacer es negar con la cabeza.
La mujer resopló con apuro, pensando en lo enfadado que debería seguir Ishida para no aparecer todavía, y sin ningún miramiento y con total naturalidad se acercó más a su querido hermanito postizo. Takeru tragó saliva apurado cuando la vio agachándose hacia él, levantando rápidamente la vista para mirarla a la cara y no a lo que tenía ahora a la altura natural de sus ojos, es decir, a sus pechos. El rubio no sabía que pensar, Sora se había quedado parada poniéndole el cuello en el rostro y no hacía nada más, ¿acaso pretendía tirarle los tejos otra vez?
-¡Que si aún huelo a vertedero!.- gritó la chica, perdiendo la paciencia. Al parecer llevaba rato preguntándolo pero Takeru no se había enterado debido a que se había quedado ensimismado en su mundo erótico festivo imaginándose haciendo cosas inapropiadas con su "hermana".
-Eh… ah.- sacudió la cabeza, tratando así de evitar su sonrojamiento. Con timidez olisqueó como un perrillo.- hueles muy bien.
Eso fue lo necesario para que la mujer se levantase y reemprendiese su camino.
-Voy a hacer la cena.- anunció abatida, luego miró hacia el suelo extrañada.- ¿Y Aiko?
-Eh… ah…- Takeru seguía en su mundo, pero es que esos cabellos rojizos empapados sobre su cara y esa gran abertura del albornoz en su escote le harían perder la concentración a cualquiera.- Tenshi con Tenshi, dijeron que iban a dibujar Nyokimons.- logró al fin responder retomando su partida en la consola intentando así quitar cualquier pensamiento lujurioso de su mente.
El día no podía ser peor, ahora también tendrían que recambiar el papel de la pared de la habitación de su hija, y muy seguramente, Yamato le echase las culpas a ella.
Unas horas más tarde, por fin, el hombre de la casa se dignó a aparecer, pero no lo hizo solo. Al verle Aiko corrió hacia él y quedó completamente ilusionada contemplado lo que Yamato traía en brazos.
-Es…- empezó señalándolo.
Los digimons también corrieron compartiendo la ilusión de la pequeña Ishida, y Takeru que permanecía en el sofá sentado, alzó una ceja extrañado.
-Has traído un…
Al escuchar la puerta de la calle, Sora corrió como una exhalación al encuentro de su esposo, no la había abandonado y aunque estuviese el resto de su vida sin hablarle, su regreso era para celebrarlo, pero quedó asombrada al verlo agachado en el suelo, sonriendo embobado a lo que tenía en brazos, mientras su hija y Tenshi trataban de acariciarlo todo lo posible.
-¿Has comprado un perro?.- preguntó estática.
La sonrisa del rubio desapareció, dejando al perrito en el suelo para que todos lo acariciasen, se levantó, dirigió una mirada severa a su mujer, para luego hablar como si la ignorase.
-Fui a la perrera a buscar un perro. Habían tenido una camada de Shiba Inu hace dos meses y quedaba solo este.- sonrió mirando como jugueteaba con los niños.
Sora se enterneció viendo la escena.
-Que perrito más lindo.- iba a agacharse a acariciarlo pero Yamato se lo impidió.
-Es mío, no quiero que lo toques, como no quiero que toques nada mío.- sentenció con firmeza.
Y Sora regresó a su estado de moho repugnante.
-¿No me vas a dejar acariciar al perrito?.- preguntó con tristeza.
-No.
-Como quieras.- bajó la mirada claramente dolida, regresando a la cocina.
No le gustaba ser tan duro con Sora, pero no podía evitarlo, seguía terriblemente enojado con ella, y lo peor era que tenía la sensación de que este sentimiento nunca se le pasaría. Pero no quiso pensar más en ella, quería disfrutar de su querido perrito.
-¿Cómo quieres llamarlo cielito?.- se agachó a su hija, que estaba absorta con ese lindo animal.
-No sé…
-Se parece a un cachorro de lobo.- informó Gabumon.- es verdad, vi el otro día un documental sobre lobos cachorros.
-Entonces…- comenzó la niña tomándolo en brazos.- ¡Garu!.- exclamó con alegría.
Yamato sonrió encantado.
-Es un nombre perfecto cielito.
Era una estampa de lo más tierna y familiar, de no ser claro por la pobre mujer recluida en la cocina, y Takeru, no aguantando por más tiempo la dureza de su hermano para con su "hermana", decidió intervenir.
-Yamato… ¿podemos hablar?.- le arrastró literalmente lejos de los niños y el cachorrito.- ¿Qué demonios te crees que haces?
Yamato le miró con extrañeza y cierto enojo, no permitía que su hermano menor le hablase así.
-Siempre quise tener un perrito, ¿Qué te molesta?
-Hablo de Sora.- masculló el escritor. Yamato suspiró con cansancio.- la pobre está abatida, ya sé que la ha cagado, pero no deberías ser tan duro con ella.
-Takeru, no te metas.- cortó Yamato haciendo un gesto despectivo con la mano.
-¡Claro que me meto!.- insistió el rubio menor, irritando más si puede a Yamato.- porque no voy a dejar que tires a la mierda tu vida por una tontería.
-¿Tontería?.- Yamato ya estaba histérico.- ¡se trata de mi armónica!, y no solo de eso, se trata de que me tenga respeto, a mi, a mis cosas y a mis gustos, siempre tiene que ser todo como ella diga, ¡pues no!
-Yamato, si en parte tienes razón , pero debéis hablarlo y solucionarlo y…- calló al escuchar un ruido familiar.- ¿Qué ha sido eso?
-Mi armónica.- dijo Ishida no dándole importancia mientras continuaba mirando a su hermano expectante. Lentamente entendió lo que acaba de decir.- ¡mi armónica!
Ambos hermanos corrieron al lugar desde donde provenía el sonido.
-Le gusta.- decía Aiko con felicidad volviendo a soplar un par de notas, para ver como el perro se ponía contento.
El astronauta cayó de rodillas emocionado y sin palabras, arrastrándose hasta su hijita para abrazarla con fuerza.
-Mi armónica… es mi…- seguía mirándola para cerciorarse de que era su preciado instrumento.- cielito… ¿Dónde?
La niña, que no entendía porque su padre ahora parecía un retrasado mental, habló con naturalidad.
-Estaba en una caja, yo la cogí y luego mamá cogió unos robots y la tiró.
-Oh, mi cielito.- continuaba Yamato con lágrimas en los ojos abrazándose a su instrumento y a su hija.- no te voy a castigar en la vida y te voy a comprar todo lo que quieras, mi cielito que lista eres.
La pequeña Ishida miró a su padre desconcertada, sintiendo un poco de vergüenza ajena, para después volver a jugar con su primo y su perrito, dejando a Yamato contemplando su amada armónica y besuqueándola de una manera un tanto grimosa.
En ese instante, Sora volvió a salir de la cocina, Yamato se apresuró a ponerse en pie guardando la armónica tras de si para darle la sorpresa de la buena noticia, pero Sora se le adelantó arrojándose a sus brazos sollozando.
-Mi amor, lo siento mucho.- lloraba sin descanso.
-Cielo no te lo vas a creer...- trató de tomar la palabra el rubio, pero la mujer seguía con su ensordecedor llanto.
-Por favor, no puedo seguir así, perdóname, haré todo lo que me pidas, cocinaré, limpiaré, todo, vas a vivir desde ahora como un rey, pero por favor, deja de mirarme así, perdóname…
Takeru presenciaba la escena con la mano en el pecho conmovido, las palabras también habían conmovido a Yamato, probablemente, aún sin tener su armónica es sus manos, al verla tan destrozada la perdonaría, pero es que ahora ya ni hacía falta.
-Cariño, no te preocupes….- habló pasándole la mano por la mejilla, para secar sus lágrimas.- si ya la…- paró de hablar al retumbarle una palabra en su cabeza, "haré todo lo que me pidas", era demasiado tentador como para desaprovecharlo.- ¿todo?.- preguntó alzando una ceja.
Sora se sorprendió porque parecía que Yamato al fin la iba a perdonar y Takeru empezó a matar a su hermano con la mirada, todo hacía indicar que iba alargar el sufrimiento de Sora para su propio beneficio.
-Sí Yamato, todo, tú no debes preocuparte por nada.- contestó entrecortada, pero ya sin llorar.
-También en… ya sabes… sexo.- le susurró esto último al oído.
Sora le miró angustiada, imaginándose el resto de su vida con las orejitas de Shrek interpretando a una marciana confusa dejándose hacer extraños experimentos por un astronauta pervertido de nombre Yamato. Pero no le quedaba otra, si era el precio por el perdón de su marido, lo asumiría.
-Sí, todo.- confirmó bajando el rostro.
Yamato comenzó con la típica risa nerviosa, era demasiado bueno para ser verdad. Sora le miró extrañada, no parecía el hombre apenado y furioso de hace unos minutos, y al ver que se estaba delatando intentó conservar la compostura, regresando a su expresión de dureza.
-Bueno cariño, que conste que aún estoy enfadado, pero acepto tus disculpas y tu ofrecimiento.- dijo con un excesivo tono de perdonavidas.- y ahora, ve a terminar la cena que tengo hambre.- finalizó, dándole una pequeña palmada en el culo.
La mujer se sobresaltó por esa acción, pero no le recriminó, solo se planteó si de verdad ser la esclava de Yamato era mejor que ser ignorada por Yamato, y rápidamente llegó a la conclusión de que ahora, sí que estaba en grandes apuros.
Se quedó escaneándola con una sonrisa pervertida, quiso compartir este momento dulce con su hermano, pero al verlo se le borró la sonrisa. Takeru le miraba con desaprobación cruzado de brazos.
-¿Qué haces?
-Takeru, solo me voy a divertir, nos vamos a divertir, ya me entiendes.- le dio un codazo amistoso. Takeru prosiguió con su semblante serio.- oh venga, no la voy a tener así mucho tiempo, una semana, dos como mucho, luego esconderé la armónica en la habitación de Aiko y diré que la tenía la niña.
Takaishi continuó con su mirada de rechazo.
-¿Te das cuenta de que Sora se siente despreciable y culpable y tú puedes hacer que le desaparezca ese sentimiento enseñándole tu armónica y no lo haces porque prefieres tenerla de esclava?
-Oh, vamos.- bufó Yamato, no le gustaban las reprimendas y mucho menos de su hermano menor.- que ella también lo hizo mal, me ha tirado mi Halcón milenario, mis cromos, mis camisetas, se merece un castigo.
Estaba claro, que con esos argumentos no iba a convencer a su hermano, ni falta que le hacía, antes de que se chivase a Sora lo echó de casa sin ni siquiera darle de cenar y así su cabeza pudo volver a concentrarse en sus perversos planes.
…
La noche envolvía la ciudad por completo, y tras haber estado contemplando con sus padres ese cielo nocturno el cual vería ahora todas las noches, la pequeña Aiko Ishida ya estaba siendo arropada en su nueva cama.
-¿Puede dormir Garu conmigo?.- preguntaba, a pesar de que el perrito ya estaba arropado junto a ella.
-Claro que si cielito.- confirmó su padre dándole un beso en la frente.
-Bueno no sé si es….- intentó ser la voz de la razón Takenouchi, pero calló cuando Yamato la miró.
-Todo.- dijo simplemente y Sora asintió desalentada.
La niña se resistía a que sus padres abandonasen la habitación, porque por mucho que le gustase, estaba en un lugar nuevo para ella y le daba un poco de apuro dormir ahí.
-No te preocupes mi vida, estamos en frente.- le acarició Sora tiernamente.
-¿Puedo dormir con vosotros?
-¡No!.- se apresuró a responder Yamato. Él ya había hecho planes en los que la dulce Aiko no tenía cabida.
Sora volvió mirarle angustiada, ni se quería imaginar que había preparado Yamato como penitencia.
-Cariño, si tienes a Nyokimon, Gabu y Piyo están en el cuarto de al lado, y además aquí tienes a Garu.- calmó la mujer, acariciando por primera vez el cachorrito. Después de hacerlo, desvió la mirada a Yamato, que observaba la escena con una mirada cariñosa.
-¿Me dejas acariciar al perrito?.- pidió como una niña pequeña.
Y Yamato sonrió complacido.
-Sí.- le dijo dándole un beso en la mejilla.- todo lo mío es tuyo, ya lo sabes.
Sora sentía que iba a enloquecer, pero es que este día había dado mucho de si y Yamato había pasado por tantos diferentes estados de ánimo que parecía un esquizofrénico. Lo bueno, que Yamato ya la miraba con el amor y la devoción de siempre, y a pesar de sus exigencias, la trataba delicadamente, lo inquietante, que desconocía el porque de este cambio, lo malo que sus suposiciones solo le llevaban a un camino, o la iba hacer vestirse de marcianita o la iba a hacer desempolvar su traje de tenis, ya que esa era otra de las mayores fantasías de Ishida, pero el caso, que iba a tener que ceder a todas sus ridiculeces el resto de su vida.
Ahora era Sora la que no quería abandonar el cuarto de su hija, pero cuando acabaron de arroparla y la durmieron contándole media docena de cuentos, los abnegados padres salieron de la habitación de la niña y a Yamato se le volvió a dibujar su sonrisa lujuriosa.
-Yama.- empezó en el corto trayecto a su habitación.- ¿ya no estás enfadado conmigo?
El hombre estaba en la nubes, por lo que no se enteró de la pregunta.
-Eh… ah… ya hemos llegado.- anunció abriendo la puerta.
-Yama.- volvió a llamar antes de entrar.- ¿me quieres?
Esta vez Yamato si que la escuchó y la miró con esa dulzura de la que solo él era capaz.
-Claro que si, mi cielo.- dijo dándole un afectuoso beso en los labios.
-¿Aunque sea una esposa horrenda que tira tus cosas?.- cuestionó, bajando la mirada con tristeza.
El rubio la tomó del mentón para levantarle el rostro.
-Te adoro tal y como eres, perdona por haber sido tan desagradable. Pero olvídalo todo, lo importante es que estamos aquí, en nuestra casa, en nuestra habitación… en nuestra cama.- concluyó en un sensual susurró empujándola hacia la habitación.
Nada más entrar, Yamato se arrojó sobre la cama quedando boca arriba, mirando a su mujer con travesura y deseo.
-Yamato Ishida..- comenzó el rubio con su explicación, Sora le miró con hastío pero atención, tendría que hacer lo que él le exigiese.- un apuesto astronauta cuya nave se averió al llegar a Tebe, uno de los satélites de Júpiter, al salir, no tenía oxigeno para respirar y quedó inconsciente. Me despierto ahora, en lo que parece la habitación de un autóctono del satélite. Y entonces entras tú, una Tebetana…
-¿Tebetana?.- se atrevió a cuestionar Sora.
-¡No interrumpas!… sí, una habitante de Tebe, que por supuesto nunca ha visto un humano tan sexy e irresistible como yo y no pude reprimir sus instintos más salvajes… te toca.- dio por concluida la pequeña introducción, esperando que Sora ya estuviese metida en el papel.
La mujer permaneció pensativa.
-Es decir, marcianita salvaje, ¿no?.- preguntó, para tener claro que esperaba Yamato de ella.
-Sí.- afirmó Yamato con cansancio, esta no era manera de concentrarse.
Lo bueno es que con una esposa tan abnegada y dispuesta a complacerle, no necesitaba concentrarse demasiado, en un segundo, Sora ya estaba encima suya, besándole con fiereza, el cuello, los labios, las orejas y todo lo visible de su cuerpo, completamente inmersa en su papel.
-Oh, astronauta Ishida, nunca pensé que los humanos fuesen tan guapos.- hablaba la mujer mordisqueándole los labios, mientras Yamato solo soltaba alguna que otra risa de satisfacción.
La habitante de Tebe pronto sintió curiosidad por explorar más el cuerpo de un humanoide, y por eso en un feroz movimiento le abrió la camisa, haciendo saltar por los aires todos los botones.
-Los botones.- dijo Yamato estupefacto, nunca había visto a Sora tan salvaje, realmente se había metido a conciencia en su papel.
-Ya te los coseré astronauta Yamato.- ronroneó la pelirroja, mientras besaba el desnudo pecho de su amante.
Y evidentemente que Yamato se sumergió con ella en este mundo de placer que le proporcionaba la indomesticable Jupiteriana.
Se estaba deleitando en uno de los pezones de su amado esposo, cuando movió un poco la pierna para mejorar la postura, y no pudo evitar sonreír satisfecha pero a la vez confundida al sentir la dureza dentro de los pantalones de Yamato.
-Waa… cariño, no hecho ni empezar y ya estás así.- dijo con diversión.
-¿Huh?
Ni se enteró de lo que le hablaban. Pero Sora si sabía muy bien de lo que hablaba, aunque esta vez, se sentía muy extraño, encontraba a chibi-Yamato demasiado orillado a la derecha y excesivamente duro.
-¿Qué raro?.- se extrañó, parando ya cualquier tipo de juego erótico.
Fue entonces cuando Ishida regresó del universo del placer eterno al mundo real y quedó sin habla al recordar que era lo que llevaba en su pantalón, o lo que es lo mismo, que era lo que Sora había confundido con su querido chibi-Yamato.
-¡Sí cariño!.- gritó tratando de desviar su atención.- ¡como me has puesto!, uf, sigue.
Sora conocía demasiado bien a ese hombre y sabía de sobra cuando sobreactuaba en la cama.
-Está muy duro.- hablaba, golpeando por encima del pantalón al supuesto chibi-Yamato.
Al cuarto golpe o así, Yamato se dio cuenta de que debía seguir con su actuación y emitió un quejido de dolor que no fue creíble para nadie.
-Parece así como….- proseguía Sora fulminado a su marido con la mirada.- ¡metálico!.- finalizó, metiendo la mano en el bolsillo del rubio y sacando la armónica.
Fueron los segundos más aterradores en la vida de Yamato. Sora no sabía que pensar, si Yamato había tenido la armónica desde el principio y le apetecía divertirse haciéndola sufrir, o si había aparecido como por arte de magia debajo del sofá, pero lo que si sabía es que le había engañado, mentido, utilizado, hacerle sentir la persona más despreciable del mundo. En estos momentos, deseaba acabar de una forma lenta y dolorosa con la vida de su amado.
Tras esos interminables segundos sin poder reaccionar, Yamato por fin supo que hacer.
-¿Estaba ahí?.- preguntó de nuevo sobreactuado.- ¡muchas gracias cariño!, ¡la has encontrado!
Iba a abrazarse a ella, pero cayó de morros contra la cama, Sora ya se había levantado, pero eso sí continuaba con su mirada de sicópata.
-¿Me puedes explicar que está pasando?
Yamato no se atrevió a mirarla, se quedó sentado en la cama, juntando sus dedos índices como tratando de pasar desapercibido.
-Aiko la cogió antes de que tirases la caja, me la dio justo antes de cenar y te lo iba a decir… pero… me dijiste eso de "haré todo lo que me digas"… y… bueno, ya me conoces.
-¿Tú eres idiota?.- preguntó Sora emulando la dureza que su esposo usase antes con ella.- ¿tú sabes lo mal que lo he pasado?, ¡y tu vas y no me dices nada, porque prefieres utilizarme para tus perversiones ridículas!.- gritó sin ocultar su rabia, arrojándole la dichosa armónica.
Tuvo que hacer un milagro, pero logró esquivar el arma arrojadiza.
-Mi amor.- trató de implorar a la reconocida comprensión de Sora, mientras se ponía prácticamente de rodillas, abrazándose a su vientre.- lo siento mucho cariño, te juro que no te iba a tener mucho tiempo con ese peso de conciencia y…
Era demasiado, lo tiró al suelo agitando las piernas, abrió la puerta y esta vez fue ella la que dio una orden.
-Fuera.
Yamato se arrastró de rodillas hasta Sora.
-Oh, venga cielo, perdóname, haré todo lo que digas, cocinaré, limpiaré…
La diseñadora sin cambiar su semblante de furia, empujó a su marido fuera de la habitación.
-Vete a la mierda.- dijo segundos antes de cerrarle la puerta en las narices.
-¡Oh Sora!.- golpeó un par de veces la puerta, pero no hubo contestación.
Así permanecieron durante minutos e incluso horas, con Yamato pegado a un lado de la puerta tratando de que su esposa se ablandase y volviese a ser aceptado en el lecho conyugal y con Sora al otro lado, recordando este horroroso día, con la discusión con Ishida, con su visita al vertedero, y con el descubrimiento de este gran engaño.
Lo había estropeado y lo sabía, su día perfecto en la casa de sus sueños había vuelto a ser su pesadilla. Era curioso pero ya ni se acordaba de su armónica, su mente solo estaba puesta en Sora y en que le perdonase de una vez. Entonces comprendió como se había sentido Sora a lo largo del día, con sus desprecios y sus malas palabras, y supo que ni hasta el mayor tesoro valía el precio de una lágrima de su mujer. Ahora era él quien se sentía como un asqueroso moho, pensando en lo mal que lo habría pasado, probablemente, no, seguro que lo había pasado peor que él, ya que él mayor temor de Takenouchi siempre fue enojar a Yamato, despertar a la bestia, al hombre frío y sin sentimientos, y por desgracia en la tarde de hoy, había sido ese hombre con ella. Se sintió ridículo al pensar que jamás la perdonaría, ¿de que le serviría tener su armónica sino tenía a su inspiración?, ¿para volver a tocar melodías tristes y solitarias? No, definitivamente no deseaba ser ese Yamato, prefería seguir siendo como hasta ahora, el feliz marido de Sora Takenouchi, el hombre que tenía una vida tan plena que ni se acordaba de tocar su amada armónica, ya que últimamente solo la tocaba cuando se lo pedían, y casi siempre era Sora la que se lo pedía.
-Sora, lo siento mucho.- habló ahora con seriedad y arrepentimiento.- soy un estúpido, ninguna ridícula armónica es tan importante para mi que tú y que tus sentimientos. Eres lo que más amo, mi razón para vivir, para sonreír, mi todo. Sé que no merezco pasar esta noche a tu lado, muy seguramente no merezco pasar la vida a tu lado, pero aquí estoy, al otro lado de la puerta. Y pronto nos reconciliaremos, porque sí, porque la experiencia nos dije que no podemos permanecer demasiado tiempo enfadados, porque nos amamos demasiado. Y esta será la casa donde viviremos, esa será la cama donde concebiremos a nuestro próximo hijo, una de esas habitaciones será donde pongamos la cuna y donde tu te pasees con tu enorme tripa embarazada, mientras Aiko pone la manita para ver como se mueve su hermanito. Veremos a nuestros hijos crecer, probarse el uniforme del colegio, hacer fiestas de cumpleaños, traerse a los novios a cenar, veremos como echo a esos desgraciados por la ventana, como el perro aprende a sentarse, como Gabumon y Piyomon prosiguen con su tímida y pausado relación, como hacemos una fiesta de inauguración con todos nuestros amigos, veremos todo eso pasar y vivirlo, los dos juntos, agarrados de la mano como siempre lo hemos estado. Y algún día cuando seamos muy viejecitos estaremos en el jardín, recordando todo lo vivido en la casa de nuestra vida, la casa que juntos soñamos y recordaremos como fue el primer día que pasamos aquí, este día tan lleno de emociones, y recordaremos esa noche de amor que pasamos juntos y como vimos el amanecer abrazados desde la cama, porque así es como debe ser y así es como va a ser.
Finalizó el discurso manteniendo la frente pegada en la puerta claramente emocionado, Yamato no era de expresarse con palabras, pero cuando hablaba lo hacía siempre con el corazón. Fueron unos segundos eternos, tanto que por un momento pensó que estaba equivocado, que no conocía a Sora tanto como pensaba y que no le abriría la puerta. Pero la duda solo le duró media milésima porque enseguida la puerta se abrió y Yamato quedó frente a la mujer que le quitaba el sueño y se lo daba por igual desde los 11 años. Sonrió al contemplarla porque la vio simplemente hermosa, a sus ojos, siempre era lo más hermoso del universo.
Lágrimas corrían por sus mejillas, acabando el recorrido en la boca de ella, porque no podía evitarlo, estaba sonriendo mirando a su amado con ensoñación. Sin duda Yamato tenía razón, no podía estar demasiado tiempo enfadada con él.
-¿Por qué te querré tanto?.- preguntó la mujer como si fuese una maldición, al mismo tiempo que tiraba de la camisa rota de su marido y lo adentraba en la habitación.
Y ahí, en la habitación donde empezó todo, desde donde se creo el resto de su casa, Sora y Yamato pasaron la primera noche en su nuevo hogar, cumpliendo así los mayores deseos de ambos. Sora pudo ver el amanecer desde la cama abrazada a su querido marido, después de una noche para el recuerdo y supo que jamás se cansaría de despertarse ahí, y Yamato consiguió su mayor anhelo, su sueño de la infancia de una familia feliz, representado siempre en su cabeza con un perrito y un jardín.
...
…
..
.
La habitación estaba completamente vacía, dejando visibles esas paredes salmón rosáceo que tanto le costaron pintar a Yamato hace poco más de tres años. Irremediablemente Sora no pudo controlar las lágrimas al recordar cuando visualizó esa habitación en su mente, la habitación más bonita que había visto en su vida, la habitación de su pequeña. Ahora ya no quedaba nada dentro, ni un rastro de que hay hubiese vivido hasta hace unos días una niña de tres años. Estaba vacía, al igual que el resto del apartamento, porque por fin Sora y Yamato habían terminado su mudanza y ese día dejarían la llave de ese, que hasta entonces fue su hogar, en manos del próximo inquilino.
-Venga cielo, tenemos que volver a nuestra casa.- llamó Yamato, también emocionado, tirando de la mano de su esposa que se resistía a abandonar su pequeño apartamento.
-Es que, lo voy a echar de menos, he vivido muchas cosas aquí.- logró decir la pelirroja, sin dejar de escanear cada pared de ese lugar, con los ojos completamente cubiertos de lágrimas.
-Piensa en la de cosas que ya has vivido en nuestra nueva casa y la de cosas que vamos a vivir.- le alentó Ishida acariciando su rostro con ternura.
Ella sonrió y asintió conmovida. Su marido tenía razón, en una semana en su nueva casa ya acumulaba gran cantidad de recuerdos, pero no podía evitarlo, ese apartamento que dejaba había sido su feliz hogar durante aproximadamente 15 años, para ella ese apartamento siempre iba a tener un hueco en su corazón.
Se volteó una última vez ya en la puerta de la calle, para tratar de grabar cada rincón en su mente.
-Es la primera vez que voy a dejar un hogar de verdad, porque cuando me fui de casa de mis padres, sabía que mi casa en Odaiba iba a seguir estando ahí mientras ellos vivan, hasta siguen conservando mis pósters y mis trofeos de adolescente en mi habitación. Por eso siempre que voy ahí, recuerdo mi infancia, mi adolescencia, cuando me quedaba durante horas tirada en la cama mirando el teléfono esperando que llamases, cuando lloraba porque pensaba que no me ibas a llamar, cuando sonreía como una idiota porque me llamabas, cuando hacíamos los deberes juntos, cuando las chicas se quedaban a dormir en mi casa….- conformé hablaba con esa nostalgia, Yamato contagiándose de su esposa, se había colocado detrás suya rodeándole la cintura y apoyando el mentón en su hombro miraba el apartamento vacío con ella.- pero aquí es diferente, porque vendrán otros a vivir y yo no podré volver para recrear todo lo vivido y no quiero olvidar nada de esta etapa de mi vida.- finalizó apurada.
-No la vas a olvidar mi amor, porque todo eso viene con nosotros, en nuestros recuerdos y en nuestro corazón.- susurró Ishida con seguridad.
Sora suspiró abrazándose a los brazos con los que su marido la rodeaba, y echando la cabeza más para atrás, la recostó en el pecho del rubio
-Aún recuerdo cuando vine aquí a vivir.- susurró, dejando que los recuerdos invadieses su mente.
…
Unos jóvenes Sora y Yamato estaban parados en frente de la puerta de ese apartamento de Shibuya. Sora con una sonrisa de alegría e Ishida con una cara de incredulidad y desconfianza ya que, acababa de venir de visita, puesto que ahora estudiaba en EEUU y Sora le había secuestrado desde el aeropuerto sin darle ningún tipo de explicación, y le había llevado hasta ahí.
-Ya estamos.- dijo la pelirroja abriendo la puerta.- ¿te gusta?
Yamato entró con cierta cautela e hizo un primer reconocimiento sin saber muy bien lo que estaba mirando.
-¿Que es esto, Sora?
-Esto es… ¡mi apartamento de estudiante!.- exclamó mostrándolo con los brazos como si fuese una azafata.
-¿Apartamento?.- arqueó una ceja sin convencimiento. A priori, no le hacía ilusión que su amada Sora viviese sola.- ¿vas a vivir aquí?
-¡Sí!
-¿Sola?.- inquirió cada vez más alterado.
-¡Sí!.- respondió ella con la misma sonrisa de felicidad.
-¡¿Por qué?.- preguntó negando con la cabeza aterrado.
La mujer se sorprendió por esa reacción. No veía que tenía de malo, al fin y al cabo él estaba estudiando en la otra punta del mundo solo, ella también quería probar que era eso de la independencia. Aunque enseguida supo lo que le pasaba, Yamato sacaba su vena ultra protectora y posesiva, pero con los años, también había aprendido a dominar esa parte de su novio.
-Yami...- susurró acercándose a él mimosa.- es perfecto, así, cuando vengas de visita en vez de quedarte en casa de tu padre, podrás quedarte aquí.- finalizó dándole un sensual beso en los labios.
Poco a poco a Yamato la idea le fue convenciendo.
-Quieres decir que… ¿estaremos solos?, ¿tú y yo?, ¿viviendo juntos?.- terminó de preguntar contagiándosele la sonrisa provocativa de su novia.
No era para menos, sería la primera vez que pudiesen disfrutar de intimidad plena a todas horas del día en una casa.
-¡Claro que sí!.- afirmó estirando del brazo a su novio satisfecha por esta victoria.- mira te he dejado dos cajones en el armario y una balda en el baño para tus cosas, si necesitas más dime y…
Yamato ya estaba a años luz de lo que dijese su novia, recreando en su cabeza la de perversiones que podría hacer en una casa para ellos dos solos.
-Podremos pasearnos desnudos….- concluyó con ilusión, tras su momento de reflexión.
Sora le miró con desconcierto y apuro, pero ya era tarde para reprimirle, Yamato no se lo pensó más y ya la cargaba en dirección al dormitorio. En realidad primero se equivocó y entró al baño, puesto que aún no conocía la casa, pero finalmente logró encontrar el dormitorio y disfrutar por primera vez de una cama para ellos dos, sin miedo a ser interrumpidos por ningún progenitor, digimon, hermano molesto o amigo bocazas.
…
Sonrió con travesura al recordar ese día, mientras balanceaba a su todavía emocionada esposa hacia los lados. Y juntos comenzaron a compartir la infinidad de recuerdos que les venían a la mente.
-Mira, ahí fue donde Gabumon vomitó después de comerse de una sentada todo el pastel de tu 25 cumpleaños.- señaló Sora un rincón.
-Y ahí fue donde hicimos el amor.- señaló Yamato el sofá.
-Ahí fue donde me sorprendiste probándome el traje de novia.
-Sí, y ahí fue donde después hicimos el amor.- volvió Yamato a recordar con nostalgia.
-Ahí fue donde te comunicaron que habías sido admitido en las pruebas para ser astronauta.- habló Sora señalando la pared donde colgaba el teléfono de la cocina.
-Y ahí fue donde después lo celebramos haciendo el amor.- señaló Yamato la mesa de la cocina.
Sora torció un poco el rostro para mirar a su marido con fatiga.
-Cariño, intenta recordar algún momento en donde no estemos desnudos, ¿quieres?
Ishida bajó las orejitas como cual perrito regañado.
-Está bien, mira.- señaló la puerta del baño.- ahí es donde vimos juntos el test de embarazo de Aiko.
Sora sonrió de felicidad por recordar a su pequeña niña. Pero así era, ese apartamento había sido su primer hogar y por eso siempre sería especial y lo tendrían presente.
-Y ahí en tus brazos, es donde dijo su primera palabra.- expresó la mujer, de nuevo sin poder controlar sus lágrimas.
-Como olvidarlo… mon, mon, mon…- imitó el rubio las inocentes primeras palabras de su hija.- y mira, ahí es donde dio sus primeros pasos.
Sora miró hacia donde señalaba su esposo y se extrañó.
-Yama, no fue ahí, fue ahí.- señaló otra esquina.- agarrándose a la mesita.
-No.- negó Ishida con convencimiento.- fue ahí, apoyándose en el sofá.
La mujer dio una exhalación, como si hubiese recordado algo importante, y cuando sintió la mirada petrificante de su marido, tragó saliva atemorizada.
-¿Qué ocurre?.- cuestionó Yamato soltándola, para que se voltease y la tuviese en frente.
-Mi amor no te enfades.- suplicó la mujer, agarrándole del jersey con cara de niña buena.
-¿Qué ocurre?.- repitió Ishida, cada vez con más enojo.
-Verás… eh, cuando se apoyó en el sofá y dio esos pasitos, no eran exactamente sus primeros pasos.- empezó la mujer apurada, Yamato fue frunciendo el ceño cada vez más disgustado.- se había puesto de pie esa mañana, en la esquina que te digo, lo que pasa es que tu estabas trabajando y… iba a decírtelo, pero sé como eres y te habrías puesto cardíaco por habértelos perdido y seguro que habrías hecho alguna estupidez como dejar el trabajo o llevarte a la niña al trabajo o instalar cámaras por toda la casa para no perderte nada y… bueno, lo dejé pasar.
Cerró los ojos esperando la furia de su esposo, pero el enfado de Yamato no llegó muy lejos, se quedó en un pataleó infantil más enfadado consigo mismo que con su mujer.
-¡Sora!.- exigió medio haciendo pucheros.- ¿Por qué no me lo contaste?, dime, ¿cuantas cosas más me he perdido de nuestra hija?
-Nada importante.- aseguró la mujer, tratando de disimular.
Mirada inquisidora de Ishida.
-Eh… ah… bueno, tampoco dijo papá por primera vez cuando tú crees, lo había dicho antes.- confesó bajando el rostro.
-¿Qué?.- se alarmó por completo el rubio.- ¿Cuándo?, ¿con quien?
-Se lo llamó a Takeru.- dijo a todo correr, Yamato ya estaba sufriendo una parada cardíaca.- se confundiría, como os parecéis.- la moral de Yamato estaba siendo atropellada en esos momentos por el metro de lo baja que estaba.- podría haber sido pero, podría habérselo llamado a Taichi.
Ishida emitió un sonido de medio disgusto complacido, dentro de lo malo, fue lo menos malo.
Pero ya no había tiempo para sacar a la luz más mentiras, engaños y recuerdos, ya era hora de que abandonasen ese apartamento para siempre.
-Bueno cielo, es hora de irnos, nosotros y nuestros recuerdos.- encaminó la marcha Ishida, tras reponerse de su ataque al corazón.
-Sí.- asintió finalmente la mujer, sonriendo por última vez a esa casa.
Iba a cerrar la puerta pero en ese momento no pudo, Yamato se había quedado inmóvil, en trance, y Sora supo enseguida, al ver su sonrisa pícara, en que estaba pensando.
-Ni lo sueñes.- negó dando un paso para atrás.
-Hemos dejado la cama, ¿verdad?.- preguntó andando hacia ella, adentrándola así de nuevo en la casa.
-Yamato, que ya no es nuestro piso, un poco de respeto.
-Se merece una despedida por todo lo alto.- siguió en sus trece, acorralándola cada vez más.
-¡Yamato!, ¡no!.- se puso seria y firme Sora.
Ishida se despegó de ella, la observó y se adentró con naturalidad a la habitación en donde tantas veces se habían amado.
-¿A dónde vas?.- cuestionó la pelirroja apurada.
-No te preocupes.- asomó un poco la cabeza.- solo voy a echarme una última siesta, ¡desnudo!.- gritó esa palabra fuertemente.- vete a casa, si quieres.
Takenouchi permaneció un segundo en el salón, maldiciendo a su marido y a sus ideas ridículas. Tomó una decisión, ni en un millón de años le concedería este capricho a Yamato. Ella era una mujer con principios, no iba acostándose en las camas de otros, por mucho que hasta ese día esa cama hubiese sido suya. No, definitivamente, por mucho que lo pidiese Yamato, Sora Takenouchi no iba a entrar en esa habitación. No, señor.
-Waa… ¡nos dejamos aquí las orejitas de Shrek!.- se oyó a Yamato ilusionado.
-¡Al demonio!.- maldijo la mujer su asquerosa debilidad, ya empezando a desvestirse camino hacia su ex habitación.- Oh, astronauta Yamato, ¿su nave se ha averiado en Marte?, no se preocupe, yo cuidaré de usted…
-OWARI-
.
N/A: nada, espero que os haya gustado, entretenido o las dos. Como veis he descubierto que soy incapaz de mantener este fic demasiado tiempo en stand-by. Lo adoro demasiado y sobre todo me relaja mucho escribir los capítulos ligeros, intento de cómicos con los que compongo este fic. Es una droga para mi. No sé cuando haré el próximo capí, supongo que cuando menos me los espere el gusanito por este fic me volverá a invadir, dejando mis demás proyectos de lado para hacerle caso a este.
Nada más, me despido hasta la próxima y por cierto, ¡solo faltan 3 meses para el aniversario sorato! Recordad que este año hay que celebrarlo al máximo ya que se cumplen 10 años desde que se creo, (bueno en el 2012 también celebraré el décimo aniversario jeje, por celebrar que no quede) Que eso, desde aquí animo a todas/os sorato fans a que preapren un regalito de aniversario y consigamos que los soratos llenen por completo la página ese día mágico. Lo bueno es que tengo tres meses por delante para continuar dándoos la lata jeje, ¡repoblemos el mundo de soratos!
Domo Arigato! soratolove/sorato4ever
