Todo esto es propiedad de Nintento y Shigeru Miyamoto. También son de J. K. Rowling algunos personajes (personajes que tomaran participación de ahora en adelante) y todas las novelas citadas son de sus respectivos autores. Mis mas profundos respetos a Arturo Pérez-Reverte, por su creación de la Reina del Sur (belleza de novela, mi buen guía), con un fragmento extraído de la Carta Esférica. También cito a la Décima Musa Mexicana Sor Juana Inés de la Cruz por el verso de Detente Sombra y todos los títulos que aparecen a continuación. No son míos, no los invité y si los han leído creo comprender la complicidad amistosa que se formen.
Los personajes de Nicolás Fouquet pertenece a Alejandro Dumas y a la historia verdadera de Francia en los años donde regía, todavía, el rey Luis XIV.
Otros, sin embargo, son de mi cosecha, y esperemos nada de plagios, con una pequeña nota en un review sólo para estar avisada bastará.
Antes de citar agradecimientos, pongo algo en claro que por muy difícil descubrí en un foro. Según la historia, o lo que creo de la historia clandestinamente real del internet, dicen que el nombre verdadero de Ganondorf es Ganondorf Dragmire, apellido sacado de su madre (acá es de LA madre, en esta historia digamos que eliminó, erradico por completo el apellido paterno que, si pongo, ya ni caso tienen que siga la historia). Así que así lo he tomado acá.
Quiero agradecer en primer lugar a mi hermano mayor por inducirme en un segundo plano la lectura, y el que me ha dado todos los libros hasta entonces, también por varias historias que el mismo escribe (desea algún día ponerla en una verdadera editorial) y ser mi principal "ponedor" de ideas de este fic, también por la idea de cómo iniciar este cap. También quiero agradecer a Dragón, que aunque ya casi no hablamos, me ha ayudado en una que otra idea que ya formulé para futuro. A Vicky, una amiga que me propuso ayudarme en la participación de Ruto en los prox. capítulos y que desde entonces ando con ganas reanudadas de terminar en forma definitiva este proyectos; y algunas recomendaciones (que me picaron un poco el orgullo).
Ya edité... espero no tener malas conjugaciones esta vez...
Creo que es todo, gracias... ¡A leer y dejen un review!
Posdata: Préstenle atención a las Adivinanzas y a las palabras en negritas. Presente sólo en este y en el próximo capítulo.
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— Me dijeron que aquella pieza era infinita. Que no terminaba nunca; que seguiría pese a los años, a las tempestades, a las historias, mitos y leyendas, escrito por una mano invisible, entre la frontera de la fantasía y la realidad. Pues te advierto que nada es para siempre. No hay nada más patético que la creencia de la eternidad divina o los milagros sorprendentes tras esperarlos toda una vida; no existe tal mano invisible, y si hay una mano, se ha hartado y dejado de escribir.
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Capítulo X.
El Libro de Mudora.
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En la era del mito, Zeus hizo entrega a Pandora de una caja, encargándole que la protegiera, con la única condición de que jamás lo abriera, pues en su interior consistía en retener un gran mal tan grande que haría arrastrar a toda la humanidad. El sol agonizaba en aquel entonces, reflejando su rayos fugaces y cobrizos reflejándose en la sala construida de marfil, cuando Pandora entraba en la habitación, observando desde su cama la caja sobre la cómoda que suplicaba ábreme, ábreme. Su esposo Epimeteo estaba discutiendo con su hermano Prometeo sobre el tema de los regalos de los Dioses. Jamás se te ocurra ganarte uno, le decía Prometeo entre exclamaciones, tirando su vino de olivo en las paredes impregnándolas de un curioso carmín patoso. Si te dan uno, escóndelo muy lejos, no lo toque, no lo veas, está maldito, maldito por un Dios. Ni siquiera se lo des a una mujer, malditas harpías, sobre todo a ellas. Tu amor a Pandora te ciega, Epimeteo. Rebátasela y piérdela en el acantilado donde termina el tártaro de Hades.
Pandora, con ojos que ven todo sin perder nada, y oídos, que jamás dejan, observaba la hermosa caja de plata y oro frente a ella, bajo velo trasparente de luna, seduciendo con sus movimientos meneados por el viento. Su contraste. La piel de Pandora, tan blanca como roja por los rayos reflejados en la alcoba. La caja, de un color ambarino, suculento, melocotón. Dirigió su mirada a los dos hermanos, cuyas siluetas eran perceptibles en el azulejo de mármol lustrado, brillante y oscuro a la vez. Meditó, su belleza de Afrodita se curvó en la mueca de una diva, cantando con la humildad y soberbia de Apolo, entonando una canción, tan fina como los trinos de las aves que se dejaban escuchar a lo lejos, al otro del balcón. Los dos hombres callaron. La bella Pandora estaba cantando. Cantando, quitando con una mano el velo plateado. Cantando, el velo entre sus pies. Cantando, la tapa de la caja entre sus manos. Réquiem, una vez desprendida de la caja.
Zeus, furioso a su desobediencia, desobediencia de una mortal malditamente criada y bendecida como diosa, armó brazos a la tierra, procurando el Diluvio Universal, que aplastaba a la civilización ya destruida entre la hambruna, la tristeza, la peste, el crimen y el robo. Aquello llevó a la civilización griega al genocidio. Ella tuvo la culpa. Ella abrió la caja. Fue advertida, lo aseguró Padre, y sus malditos hijos, que lamentaban no bajar, para poder jugar.
Pandora, presa de la curiosidad, fue la persona que abrió la caja, aun a sabiendas de estar advertida de que con abrirla, condenaría a toda la humanidad para siempre. Sin embargo, ¿fue sólo la curiosidad, objeto tan trivial, lo que llevó a Pandora a desafiar a un dios en desobedecerlo, a pesar de que con ello traería un precio letal para la humanidad, y ella pagarlo con su propio cuerpo y el de los hombres? ¿Fue tan sólo la curiosidad lo que llevo a Pandora a abrir la caja y desatar al mundo la hambruna y el crimen? ¿Algo tan peor como el irraciocinio expansionista del hombre?
¿O había algo más? Algo que la empujase a darle guerra a los Dioses, condenándose con los seres mismos, no dejándoles tiempo ni espacio para que fuesen ellos los que tirasen el gatillo de la pistola sobre la nuca, sino ellos, los humanos, adelantándose a sus deseos, siendo castigados por aquella barbarie, si es que cabe.
Oh, Pandora, valiente y estúpida mujer, sin duda. Cómo me gustaría saber tú secreto, aquél que te llevaste para siempre y nadie jamás sabrá. ¿Cuál fue tú motivación? ¿Por qué lo hiciste? ¿Cuál fue tu pensamiento, y cuál el deseo? Pandora, daría lo que fuera para saber lo que tu supiste, aquel pensamiento atrevido que llevó a la condena a la humanidad. Y no encuentro querer algo más que aquello. Dímelo, mujer condenada, en la noche de luna llena, quiero que me lo reveles, o me digas cómo saberlo.
La razón que busco, la respuesta, se encuentra en el punto donde la verdad y el mito se juntan en el horizonte, donde agoniza el sol, un punto de locura, donde tu cantas por siempre, cantas tu secreto, aquel que jamás, aquél que musitas como secreto.
Pandora. Valiente y estúpida mujer. Debiste de tener otra razón, y la hay. Y algún día, espero yo saber cuál... cuál fue.
Toc, toc, toc. El reloj sobre el tocador sonó once veces, con el péndulo indeciso sobre cual lado coger. No se movió, siguiendo en la postura que hace media hora solía tener. Sus párpados, pesados sobre sus ojos, no procuraron ningún movimiento, como si esperase desde hacía horas las campanas del reloj. Este hacía toc, toc, toc.
La habitación, blanca y cremosa, minuciosamente limpia, llena de edredones, y cojines y muñecos de felpa estaban en fina o recargados contra las paredes y la cama intacta, perturbada por un elemento de vestir precioso, una especie de vestido plateado, con varias tiras finillas de oro y cristal moldeado en los adornos de los pies de la prenda, los botones y el símbolo H por la zona de la hebilla del cinturón.
Toc, toc, toc. El reloj seguía rolando su canción. La princesa Zelda se apoyó sobre un antebrazo del sillón, arqueando su cuerpo en dirección al reloj detrás de ella. Derecha e izquierda, izquierda y derecha... no se detenía. Toc, toc. Silencio. Sólo se escuchaba el mudo tintineo clack, clock permanente, infinito. El segundero. Cada segundo que pasaba, cada segundo irrecuperable, desperdiciado, futuro, para ser pasado...
La princesa Zelda no pestañeó, mirando pensativa al péndulo monótono. Él no cambia; él no tiene dudas. Fue creado para lo que fue creado. Nada más y nada un menos, sólo un factor metódico, partiendo los segundos a minutos, dividendo a horas, continuando de ahí su ciclo de cero, cuando en realidad sólo amontona. Sin razón, pero perfectamente razonable a la vez.
Pero la princesa Zelda, podría estar pensando aquello, o podría seguir con su pensamiento sobre su favorita Pandora. Cielos, Diosas. Cómo se identificaba con esa mujer. Se sentía igual que ella en aquel momento, contando con los ojos sin contar realmente los segundos aniquilados por el péndulo; su pensamiento, el desterrar el por qué o qué obligó a Pandora a tomar aquella decisión, sabiendo muy bien qué pasaba o pasaría, aun de ser peligroso, malvado, cruel para seres que no tenían la culpa de su Destino. La respuesta de su mal —no mal, preocupación— estaría, como lo hizo Pandora, en el horizonte, donde la verdad y el mito se juntan. Aquello se conoce como Leyenda.
La Leyenda de Zelda.
Sonrió, vacilante, como lo hizo Pandora al poner sus dedos sobre la tapa de la caja. Pero Zelda no se atrevía a retirarla. No se atrevía, y no lo haría. No, no ahora. No, esperaba que nunca.
No estaba cansada, y como veía las cosas, no lograría dormir por las siguientes horas.
Aquel niño rubio —hizo un esfuerzo para recordar el nombre— se había ido hace dos días —justo ahora Link terminaba la última interpretación con su ocarina hacia los gorons que viroteaban a que siguiera otra, tocando ahora ellos su forma rítmica a él—, y no tenía la menor idea de su suerte. Se sintió mal, y lloró varias horas apenas su despedida, porque podía sentir lo que tal vez ocurriría. Nada bueno a para él ni para nadie. Su nana, la nana que la crió desde que tenía memoria, dejó que se desahogara en su hombro. La mujer la abrazaba estrechamente, casi en forma maternal, dándole un beso en la frente, cuando su respiración se volvió más regular, y otro beso sobre aquella frente que dejó libre de melena dorada indiscreta, diciendo que así era más linda, mi chiquita, más linda y bonita. Calmadita, con aquella sonrisa tierna, que ilumina. Mejor así, deja de estar triste, todo estará bien, mi niña, mi querida princesa. Le abrazó cuando ella se lo agradeció, y le besó por tercera vez, a su altura, con su nana sentada de rodillas, para estar más cómodas las dos.
Sí, por supuesto. Aquello no le ayudó mucho. Se sentía en parte culpable, en parte cómplice, sin tener a nadie a quién decirle. Jamás he salido de esta prisión. No me imagino afuera, el mercado, el campo y aquellas tierras que están plasmadas en los libros viejos que tanto leo. La letrada no había abierto la boca tras pasar veinte minutos de las campanadas del reloj. Aquella indulgencia, aquél capricho, la misión no fue su idea.
Le había contado a Impa su sueño, y ella le había pedido a que pusiera en marcha a ese encargado. Cuándo fue ese día, no recordaba la fecha. Cómo fue que aquel niño vendría, no recordaba ninguna respuesta. Por eso había llorado, trabando palabras ajenas que no quería decir, obligada por la sensación de la nana, que le espiaba desde la ventana que era de la galería. Al menos, le hubiera dado algo de comer, o de vestir, que estaba con aspecto de acabado para ser una criatura de diez. Ojos brillantes y pelo dorado, con tez pálida manchada, ropa de pordiosero, famélico y enclenque, estomago victima de hambre. Me pregunto por qué no hice nada al respecto.
Llorar. No lo hacía mucho en publico. Pero le dolía cuando alguien suyo sufría, como tuviese la sabiduría innata para conocer el pensamiento de los demás. Esto no es un don, nada parecido. Recordaba que su madre era igual de susceptible. Murió, no en dolor, pero en tormento constante. Nada está bien. Nada está bien, decía su madre. Es tú semilla, Daphnes, no puedes arrancarla de su seno terrenal. Escuchó aquello cuando se disponía a entrar al cuarto, semana antes de que entrara en el sueño eterno de la muerte.
Pensar. Se había convertido su más nuevo pasatiempo. Las princesas no tenemos tiempo para juegos, le concluyeron cuando empezó a correr dirección al lago, el patio del castillo, justo en su lado trasero. Un gran patio con flores, entre colinas perdidas hasta el horizonte, de aquellos que ni en pintura están plasmada su belleza, flores, gigantescos arbustos y fauna verde, campo de crockett, varios más de equitación y arco, para tapizarlo con un lago tan extenso como el cielo, con botes para recorrerlos en medio, tipo así del siglo XVII escocés, con mujeres en esbeltos vestidos, gorro encajado y paraguas adornados, con su caballero galante remando para ella, nada más. No corra, princesa. Las camaristas se le acercaron, sacudiendo el pide del vestido blanco enarcado de pequeñas flores. No corra. Pero quiero correr. No corra. Sólo está vez. No corra.
Amar. No recordaba ningún beso de su madre. Hermosa, su misma imagen de adulta, con aire aun más burócrata y elegante, fina al extremo, pelo recogido, siempre, pintada como una reina, ropa de tal, voz y modo. No recordaba ningún beso de esa mujer depositado en su frente, en un regazo con voz de cuna, abrazándola como un madre, ni siquiera un te quiero. Murió cuando era muy joven. Su primera imagen de ella, a donde cabía recordar, fue cuando tenía tres años, dos cuando mínimo. Ya traía consigo ese aire enfermo, acabado sin razón, creciéndole conforme pasaba lentamente el tiempo, segundo irrecuperable, desperdiciado, futuro, para ser pasado...
Clack, clock, clack, clock. De ahí su manía con el reloj.
Su nana la había cuidado por eso desde el comienzo, en vez de su madre, que evitaba salir a reuniones, contemplando el día y noche por la triste ventada de su cuarto, a veces tejiendo, a veces cantando, a veces leyendo y muy pocas veces redactando. Jamás leyó uno de las cartas que escribía, a pesar de que todas terminaban en el bote de la basura. Hermosa caligrafía, digna de una reina, con el papel más fino del castillo, que siempre quedaban, en perfectas condiciones —sello y todo— al bote de la basura.
Nunca entendió a esa mujer.
Curiosidad. El pecado de una princesa. Zelda, teóricamente, no era Princesa, si no Reina, suplantando el puesto de su madre. Pero era muy chica, con sólo diez años. Nadie, en su sano juicio, llamaba a Zelda Reina, nadie. Ni su padre, o Impa. Tampoco los guardias, o el general Colbert. Nadie es nadie. Y lo agradecía. Su curiosidad era limitada por eso. Nadie hacia ella y ella hacia nadie. Esa es la vida de una princesa.
Y cada vez que se arriesgaba a la excitante emoción, entraba alguien, para cortarle en dos su misión.
Las palabras de su madre: el silencio de su padre. La vista hacia el mundo de afuera: la ordenanza de Colbert, siempre dispuesta. El acercamiento a los señores Gerudos: la escudo de Impa, todo el día bruto.
Cierto. Los señores Gerudos. Otro apunte interesante, dignos de merecerse una cuartilla, en relación a ellos. De aquello venía Zelda, con sus fachas de pijama, y el galante vestido blanco sobre su cama. De la cena —hace unas horas— al tercer día de llegar ellos, es decir, más invitados para que se relacionaran con todo el mundo, donde asistieron su padre, el señor Dragmire, sus cuarto guardianas —pero con la pinta de él era deducible que no ocupaba alguna—, Impa, el general Colbert, otros señores, como contadores fiscales, alguno que otro duque que estaba cerca, el gobernante de la Villa Kakariko y ella, sospechosamente enfrente de Ganondorf Dragmire, que le observaba, con sus ojos amarillentos de león. A Impa, a su lado, no le gustó nada eso.
— ¡Oh, qué interesante! —había reído con mofa, aire fascinado, casi ficticio el contador fiscal— ¿Así en serio? No tenía ni idea.
En realidad no tenía idea. Soltó el comentario por reflejo, cuando el señor Dragmire terminó de contar la historia curiosa de ellos y la sal, al ver que todo el mundo, incluida ella, miraba con una ceja enarcada la cantidad exagerada de cristal blanco sobre cinco platos, destinados sólo a los extranjeros.
— Sí, muy interesante —reafirmó el señor Dragmire, con un curioso acento, siguiéndole el rollo.
— ¿Por qué no hablan, damas? —habló el duque Jeremy, pintando, como su costumbre, con maquillaje de mujer. Las cuatro gerudos no le contestaron; pero no eran tampoco frías. Calladas, prudentes, atentas a todo y a todos. El señor Dragmire —Ganondorf— miró a la mujer al que el afeminado duque se dirigió, haciendo un gesto con la mano, como si diera permiso a hablar.
Algo si habían captados todos aun antes de la cena —aunque en realidad, casi todos lo sabían—, era que los gerudos hablaban un dialecto diferente, que anti musical, era el más expresivo de los idiomas.
— Todo esto es muy nuevo para nosotras —hablaban en una forma casi correcta, con un acento arábico sensual, calmadas, poniendo con cuidado una palabra sobre la otra, dulce y en voz baja—. Sólo veníamos a escoltar a nuestro señor, jamás no nos pasó por la mente ser invitadas de honor en una mesa.
— Pues son nuestras invitados —dijo su padre luego de asentir con la cabeza. La gerudo le miró, con una curiosa sonrisa gitana, exótica en ese mundo.
— ¿Acaso no hacen lo mismo en su tribu? —se atrevió a preguntar el gobernante—. Invitar a otros, y ponerse en su lugares en la mesa, con forme a su clase.
— No hay clases en nuestra... tribu —dudó por un instante la última palabra, como si no sabiendo si "tribu" era la forma de llamar "Sociedad Gerudo" en aquella región; había hablado otra de las gerudos, al extremo de la anterior.
— ¿Y cómo se sientan? —insistió el gobernante.
— Como llegamos —dijo la tercera gerudo, luego de pasarse el bocado de carne con mucha sal.
— Menos, por supuesto —añadió tras unos segundos la primera gerudo en hablar— nuestro señor, que va a la cabecilla. Llegue cuando llegue, siempre se sienta ahí.
— ¿Llegue al último? —Jeremy parpadeó, como si hiciese trabajo para razonarlo—. Es decir que comen a pesar de no haber llegado él.
Colbert, lo siguiente que hizo, fue lanzar un No Seas Imprudente a la oreja del duque.
— ¿Y ya se enteraron del espectáculo que habrá en el mercado mañana en la tarde? —dijo este último, algo picado en su orgullo herido—. Dicen que una familia y amigos naturistas locos trajeron cachivaches cuando viajaron al otro lado de la Montaña ¡Esas gentes! Qué ocurrencias. Pero ha estado la propaganda desde hace unas semanas. Me encantaría ir ¡Lástima que no pueda! Y digo esto también a ustedes...
— Tendrá que ser en otro momento. No me apetece retirarme tan pronto.
— Debe de ser único —dijo una de las gerudos.
— Para ver dragones y ese tipo de bestias me basta con una buena historieta.
La escudera de Zelda —Impa— no había abierto la boca en toda la velada, mirando con aire inquisidor el interés penetrante del hombre gerudo sobre la princesa. Ganondorf no se percataba del semblante de la guardiana, o hacía que no se percataba. Dos de las mujeres, el gobernado, duque y contador se agarraron en una plática un tanto extravagante, como si fuesen amigables conocidos.
— La reina Zelda Hyrule —dijo una voz, de curioso matiz—. Debe ser el sueño de toda mujer ser reina alguna vez. Aunque, en su caso, princesa debe de ser para las niñas.
Tres segundos exactos. Agradecería que me nombrase Princesa. Cortó, directo, demasiado claro con aquel tono de orgullo inequívoco, como si no diese margen de errores por segunda ocasión. El rey oriental asintió. Serás reina, infanta, pero no tengo por qué detenerme. Puede que sí, como también que no. Veamos qué tipo de persona eres. No pareces menor, no con aquel vestido de exagerado encaje que te incomoda, sin quejarse o agitarse, falsamente puesto en ti.
— Pero eso sería cambiarse la verdadera condición; ¿Por qué no nombrar las cosas como son?
— Oh, si así quiere llamarme, señor, llámeme Reina, pero tenga en cuenta que me disgusto. Tengo diez años, lo que lo hace técnicamente incorrecto.
— Técnicamente incorrecto en una persona que no es técnica.
Echemos lecha al fuego, acá está mi bosque seco. Puede que esperara alguna alteración en la pequeña; esa edad donde uno empieza a creer que su palabra posee la razón, ocurriendo tal cosa a la vez, fácilmente impotente, luchando con garras y dientes lo que dicen que tienen. Pero no. La princesa sonrió, como quien avienta la piedra y apunta al de al lado, matiz de inocencia, encantada de los espectadores que jamás fueron capaces de enterarse de nada. Apuesto a que en su lado todos lo llaman Mi Señor. Pero que bien aprendes. Terca como el padre, que se avienta a dar una excusa para la guerra.
— Acá las cosas no son a la ligera, señor. ¿A qué vino hacer este viaje?
— Negocios, Princesa —contestó Ganondorf, como lo más obvio—; negocios y algo de historia. Debe saber que es único que ocurra esto, luego de tantos años de enemistad extinta
— Sí, pero a qué vino. A negociar qué.
— Es un poco pequeña para que en realidad le interesen —bromeó, ligero, mirándole directamente, evaluativo.
— Soy de mente muy abierta —dijo ella, como si algo en aquel sujeto le irritase, obligada por la etiqueta estar sentada, y darle rodeos a sus pensamientos. No, no te puedes levantar y decirle en cara lo que crees. No, no puedes levantarte y lanzarte una patada, en defensa si acaso llega a tocarte. No, tampoco tienes poder para mandarlo a callar, a pesar de usar su humor cínico de agresividad pasiva contigo.
Pero, la tomase como un bicho o no, él seguía mirándote, corriente a todos tus movimientos y reacciones, inexplicablemente interesado, como si fuese la primera vez que te notase bien de cerca, y captar algo que jamás había captado antes. Zelda puso sus manos sobre el regazo, apretando con fuerza sus blancos guantes.
— Tenemos mucho en común —concluyó por fin, tras un largo examen, ignorando por completo la jerga que tenían tres de las mujeres gitanas con los otros hombres maricones. Sólo la mujer a la derecha, la única gerudo que hasta la fecha no había hablado (algo tenía en su porte, que la hacia destacar, como si tuviera más sangre fría o carácter superior), era la única que atendía las cosas sin distracciones, atenta, como Impa, de la conversación.
— No lo creo —dijo la princesa, analizando en qué podrían estar relacionados o en qué no.
Impa se revolvió inquieta en su silla. Qué les pasaba a esa gente. Claro, usa esa agresividad en la princesa, pero por qué. No se iba a callar ahí, haciendo que no viese nada como el rey, aquel rey que comía, lanzando palabras sueltas de negocio rumbo a Colbert. Cretino que asentía con sonrisa forzada, interesada más en la pelea en que él. Rabia. Puso su puño en la mesa, entre su plato principal y entremés, con una fuerza a un nivel mayor del necesario. La cuarta gerudo —llamada Nabooru— se puso curiosa, con una futilidad en los ojos que desapareció tan rápido como llegó.
— ¿No es usted la guardiana de la princesa? —preguntó. Hablaba bien el español, despacio, claro, con muchas pausas, como si colocara cada palabra cuidadosamente detrás de la otra. El acento era muy suave y en nada se parecía a la gruesa y perfeccionista de su señor que le desagradaba escuchar. Lista, inteligente, había resumido Impa al primer vistazo.
— También quien la ha educado y cuidado desde hace años.
— Se nota, Sheikah —dijo la gerudo, con una delicada sonrisa.
— Dígame Impa.
— Qué bonito nombre.
— No es un nombre. Es un apodo.
— Pues qué bonito apodo.
— ¿Se la están pasando bien aquí? —dijo, tras un silencio.
— Francamente, sí. Son demasiado serviciales con nosotros —asintió levemente la cabeza.
— ¿Y ya lograron a lo que se proponían?
Debió tener doble sentido, se dijo Zelda, de pensarlo un rato en su cuarto, pues la gerudo se cortó en el acto, con un piquete frío en la espalda, irguiéndose. Todavía no. Estamos en eso. Sí, es lógico, si no ya se hubiera notado, le contestó Impa, sin quitar sus ojos instigadores sobre ella. Será muy pronto, añadió por último la gerudo, con la sonrisa borrada de la boca.
Ella, casi al final de la cena trascurrido un par de media hora después —Ganondorf aun la miraba de soslayo, pero sin mucho reparo, o haciendo que no se interesaba—, miró a su padre. Colbert asentía. Podrían discutir de eso más tarde, decía su expresión aburrida, este no es el lugar. Pero el rey insistía, de vez en cuando mirando al rey de Oriente, que comía platicando de algo con la cuarta mujer gerudo.
— ... Sólo parte de cliché. Pasajero, sin embrollos, estará bien. Algunos guardias reales por la ciudad, cerca de los lugares de más tráfico y los que no lo son tanto...
— Le digo que no es buena idea, Majestad. Muy llamativo, además que...
— Oh. Si te abstienes por ese sujeto, Jean, recuerda que está muerdo desde hace diez años.
— Muerto —repitió en la mente Colbert—. Por supuesto. Muerto. Tan muerto que aun te recorre la mente, viejo bastardo.
— Pasado mañana, tal vez, podrías...
— En tres días.
— Tres es mucho.
— La ciudad es demasiado grande.
— ... Si te doy cuatro, ¿estará todo en optimas condiciones? —esperó su asentimiento—. Está bien. Cuatro. Más te vale que sean cuatro.
— Ya sabe cómo trabajo, Majestad.
— Por eso me preocupo.
Zelda debía de preocuparse menos. Ligeramente, el manchón gris que le molestaba en la tarde le empezaba a incomodar, intensificándose luego de la atronadora cena. Debía de ponerse algo frío en la frente, sabía, gracias a un pequeño libro sobre medicina que leyó hace tiempo, en medio de un verano escondida en la biblioteca. No era la mejor idea ir sólo a estas horas a las cocinas, tampoco buena idea pedirle a alguien un tanto de hielo.
Para qué. Afuera por el balcón circulaba una brisa fresca. Respirar profundo, evitar movimientos bruscos, con exagerada delicadeza que era propia de ella. La otra niña que le miraba desde el reflejo de la ventana sonreía por ella, con una mueca de lástima, retándola a que hiciese lo que quería hacer, cosa que jamás haría. Que se levantara, abalanzándose sobre el objeto que cercenaba segundos exactos, minutos y horas haciendo clack clock, clack clock, toc toc, toc toc atravesando la ventana semi abierta dándole fin a su ciclo sin fin, oxidando el engranaje una vez en el fondo del canal que era el límite de su cárcel.
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Escuchó la rutina de todas las mañanas. Aquella voz de su nana que pensaba que la despertaba, cuando en realidad estaba despierta desde hace una hora, preguntando si estaba vestida para entrar, o ayudarle a vestirse para acompañarla hasta el desayuno. Me gustaría despertar como esos campesinos que he leído, dijo, reflexionando sobre la cama, el cuarto iluminado de una fluida fuente de luz solar que se colaba por las ventanas gigantes del bacón.
Miró la pasta del libro que releía por quinta vez desde que le terminó, ignoraba la fecha. Leer novelas, mitos e historias. Los libros te habrían la puerta a otras vidas, hallazgos y lugares que sólo podrían plasmarse en su imaginación, tan personal y real a la vez que el sólo hecho de tener una pieza literaria en sus manos le llenaba un excitante estremecimiento por todo su cuerpo, sentirlo en sus manos, comenzar a leer sin descanso. Era como si te metieres en la vida de otra persona, multiplicando tu existencia por cien. Siempre ahí, esperando a que lo abrieras y te entregases a ellos. Era sorprende que simples hojas con pigmentos negros impresos conservasen magia tan poderosa que era quizá, hasta tu conocimiento, el arma de dos más letal y penetrante, sin embargo, también la más difícil de dominar por su amplio arte de complejidad, tanto así que era posible tardar una vida estar investigándolos sin encontrar nada nunca.
Era una dicha como una tristeza coger ese libro —uno favorito de la amplia colección— y tenerlo cerca, pasando en ocasiones a los capítulos que al principio le costaba entender, y que a la fecha, aun no comprendía de todo. Tal era el caso de Pedro Páramo. Un libro muy confuso, sin embargo cabrón, que había partes donde se perdía no sabiendo si la historia terminaba o se volvía a empezar. Recordaba con una sonrisa placentera en el rostro cuando dio fin a uno de los casos de Sherlock Holmes, aun sorprendida del sentido lógico y suspicaz del famoso detective londinense —una región mucho, mucho muy lejos— que su compañero el doctor Watson siempre se le escapaba, mirando más no observando, pensando en la cien probabilidades más fantásticas y de acuerdo a la magnitud del caso, muy probable, resultando ser la respuesta todo, menos lo que pensó. O la bien ventura del mosquetero D'Artagnan, que salió de casa lleno de esperanza, triunfoso los primeros años junto a Athos, Porthos y Aramis, viendo su decadencia de fortuna y habilidad astuta e inteligente tras recurrir sus años en las siguientes continuaciones, con su trágico final de encontrar uno tras sus seres fallecidos por el poder, el amor o la mala suerte —lloró cuando el gran titán Porthos murió, en medio del cuarto libro— y no encontrar tanto consuelo que aquél hidalgo merecía.
Esos libros —no sólo novelas, de igual manera teóricos, científicos, sobrenaturales y analíticos— siempre le habían cautivado desde muy niña, cuando recordaba terminar el de Alicia que seguía a un conejo blanco de ojos rozados cuando se aburrió con su hermana dormida al lecho de un río nada que hacer, y, clásico este que no le desagradaba tanto, el de un amigo de un científico que sufría un doble caso severo de identidad, al tomarse una poción y convertirse en su alterego malo pequeño, lampiño y deforme, que le recordaba a otro cuento pequeño de un muchacho de una familia desconsiderada, que le encerró en su habitación con repugnancia y morir abandonado con una infección de una manzana pudriéndose que le tiró su padre incrustado en su caparazón de escarabajo.
Todas esas historias tenían algo en común: un mundo diferente, plasmando de una forma tan atrapante sus historias que por un momento ella se sintió dentro. El, el joven John El Salvaje de Huxley, quizá el único con sentido común y humano en un mundo deshumanizado, cayendo en la locura hasta el suicidio, o la difunta y desdichada Aura de Carlos Fuentes, atrapada en un recuerdo de la prisión mohosa de su vida, viendo entre sombras, cautivando ahí aun joven que narraba en una peculiar forma, como quién no está ahí y piensa que así no lo estará, su pasado y su futuro en un mismo eje, Aura, la joven y la vieja que le observan desde las paredes, encerrado por un trabajo que, aburrido y bien pagado, era para él, como si lo hubiesen convocado.
La novela que releía otra vez como tras veces era su favorita, junto con la de Drácula, de un tal Bran Stoker que desconocía por completo, y Lestat, el Vampiro que le hacía impresiones de su galante personalidad tan cínica y siniestra, Marius y su infortunio con la persecución de vikingos, o el incidente de la contaminación de la sangre con Akasha y su marido, por unos seres provenientes —no comprendía aun bien esa definición— de otra dimensión.
Sin embargo, con esa novela que releía era con cual más se identificaba, como si ella fuese la Teresa Mendoza, escrito por un señor que se apellidaba Reverte. Ella, la que no tenía nada por perder y todo por ganar, la novela que marcó su vida tan drásticamente y lo veía de otra manera. Como hacía cita a un capítulo luego de que la Teniente O'Farrell la indujera a los libros, observando un escaparate de la librería Alameda: "La ventaja de los libros, como descubrió cuando estaba en el Puerto de Santa María, era que podías apropiarte de las vidas, historias y reflexiones que encerraban, nunca eras la misma al abrirlos por primera vez que al terminarlos. Personas muy inteligentes habían escrito alguna de aquellas páginas; y si eras capaz de leer con humildad, paciencia y ganas de aprender, no te defraudan nunca".
Esa novela, entre todas las anteriores, era su favorita por excelencia. Le emocionaba cada vez que llegaba al capítulo de Santiago Fisterra durmiendo con ella como compañera, traficando hachís clandestinamente en una Phantom semirígida, sentir que ella estaba también en esa barca, con su cuerpo entumecido por el empañamiento frío y salado del mar golpeándole la cara, el corazón a mil por hora cuando fuero descubiertos por el helicóptero de la Vigilancia, escapando ilesos una vez, a la segunda no tanto. Había partes que, para el criterio de Impa, no debería de leer. Era por eso que casi no leía en público, por el rumor de los guardias, bien segura en su habitación todas las mañanas, gran parte de día y el resto en la biblioteca, siempre uno escondido bajo la camisa o del vestido, al visitar cada mañana sin desayunar —jamás lo hacía— a su jardín privado, sentaba bajo el árbol. Qué partes tan perturbantes. Le asustó la primera vez que llegó a esa parte del primer capítulo, se asustó como nunca, no atreviéndose a terminar a leerlo tras una semana de plena lucha interna, su curiosidad del el querer saber las cosas por naturaleza, y el saber que era incorrecto, según la ética que fue educada. Cuando el Gato Fierros la violaba brutalmente, luego de correr desde su casa de la colonia las Quintas hasta el centro de la ciudad Culiacán, Sinaloa, México, a punto de asesinarla por ciertas broncas, siendo un milagro que, bajo un juego de él, la mano de ella, bajo su cuerpo tremudo por las embestidas se aplazó a la esquina de la cama, sintiendo el tacto en su palma la culata de una pistola Doble Águila. El Gato Fierros quedó quieto, mirando hacia sus ojos, con el hueco de la pistola, unas balas cargadas, pólvora y fogonazo entre los dos.
Su obra a seguir. No sólo era una novela, también una leyenda; era de esas novelas que cambiaba a las personas, haciéndote más sabios, tal y como pensó Teresa frente al escaparate de la librería Alameda.
Y luego, tras ver esas pastas encuadernadas, contenidos con portadas citadas de reseñas o imágenes surrealistas con el tinte clásico de aquella época, ¿no sería acaso fantástico, algún día, escribir una novela?
Zelda pensaba que sí, lo era. Pero por ahora aun era muy joven para empezar una obra con tal magnitud —hojas arrugadas, borradores y pergaminos rebosados descansaban por debajo de la cama—, constante de aprender con experiencias, sabiduría única que se adquiere con los años. Rió un poco, mientras tendía su cama —la etiqueta de Princesa le tenía prohibido eso, pero ciertas reglas simplemente las ignoraba— pensando de qué escribiría. Muy variable. Fue lo primero que pensó al reconocer gran cantidad de cosas que se pueden crear. Una pizca de imaginación, sabiduría de cómo hacerlo, coraje para empezarlo y poder para no vencerse hasta acabarlo era necesarios. Le aterraba la idea de poseer cabeza para escribirla, para ella solamente, un legado en ese tiempo, para ella y para el lector era lo que le hacía aficionada. E iba a continuarla, lo que costase, a pesar de la X y la Y que siempre dejan en su paso la duda.
Era un normal día, sin mucho sol oculto tras blancas nubes gruesas y esponjosas. Se puso en su traje de pollera y pantalón blanco, con un tinte de morado —más le valía que nadie le viera en esas fachas, pero se puso en cima un vestido veraniego, por si acaso— un cuadernillo con garabatos en ella y una pluma con tinta portátil.
Desde que el niño hylian le había encargado la piedra la tenía siempre consigo, salvo en casos especiales cuando estaba con los gerudos y su padre cerca, dentro de un bolsillo secreto cosido dentro de la ropa. Parecería frágil el pequeño cristal —con facilidad cabría en la palma de la mano— pero resultó ser todo lo contrario. Casi duro como una roca de esmeralda, y no de cristal, aunque tampoco la había arrojado a una pared para comprobar si era también resistente.
Al abrir la puerta, encontró a la sheikah recargada en la pared de enfrente, con la vista perdida en la ventana, rumbo al horizonte.
— Hola, Impa.
— Buenos días, Princesa. ¿Lista para ir a desayunar?
— Tenía pensado ir al jardín —dijo, mientras embozaba una pequeña sonrisa. La sheikah murmuró perfecto, retirándose. La siguió con la mirada, sin sorprenderse en lo más mínimo por su actitud. Realmente se tomaba su trabajo en serio. Ahora, lo más probable es que recogiera el castillo o hiciera una de las tareas que siempre acostumbra hacer. Aunque últimamente, un mes para ser exactos, ha estado actuando un tanto extraña, reflexionó la princesa mientras recorría sola los silenciosos y gigantescos pasillos del castillo, descendiendo por las escaleras. Tal vez un poco más. Seriamente excesiva que de costumbre, pensativa, más o menos por las fechas de sus sueños terroríficos, como si se diese cuenta de algo más claro que ella misma, fingiendo que no sabía, o no mencionarlo en absoluto.
Al doblar una esquina del segundo pasillo chocó contra el cuerpo de alguien, perdiendo el equilibrio, tirando todas sus cosas al suelo.
— Disculpe... no me fijaba...
— ¿Le ayudo, Princesa?
Zelda se detuvo al reconocer al sujeto, levantó la mirada rumbo a su dirección tan rápido que se lastimó el cuello, apretando inconscientemente el bolsillo secreto que contenía la esmeralda del bosque.
— No, así estoy bien —contestó maquinariamente.
— Yo lo dudo mucho —rió algo seco Ganondorf, divertido de que la arrogante niña de anoche en esa posición, a la defensiva. Miró con aire un tanto desdeñoso el cuaderno regado, abierto en par en par con hojillas sueltas y arrancadas por el uso, garabatos inexactos encima, dibujos e incoherencias apretada entre líneas, borradores disparejos, con el bolígrafo ladeado en un extremo desprendida la cabeza, manchando el piso y el papel de un desagradable mancha negrusca, casi verde.
— ¡Dije que yo puedo! —quitó rápidamente las cosas en un movimiento, siendo más ágil que él. Algo en ese sujeto no le agradaba; y si es que se tenía que comportar con gala frente a él sería por puro respeto a su padre, y nada más.
Adiós a la etiqueta. Siempre se había dicho que aunque era su destino, no estaba forjado para ello.
Ganondorf un poco, casi en buena gana, viendo en ese estado a la arrogante niña de anoche enojarse tan rápido, levantando el cuaderno manchado aun más manchando alrededor. Dio un salto atrás. Nadie en el corredor. Había que poner a personas mimadas de esa calibre en donde van. Así lo habían educado, ningún rey con quien fingir o estúpida guardiana con crisis de identidad materna cerca. Iba a lanzar un comentario. Sus manos son demasiado frágiles para esas cosas, para eso tienen criados. Sin embargo, al dirigir su escultora observación a dichos objetos —las manos de ella— algo le impacto, casi con sobresalto, olvidando todo lo anterior pensado.
Como estaba sin guantes o algo parecido que le tapase el dorso—en este el dorso derecho—, vio con claridad difusa un signo grabado, trasparente, como si la piel perlada tuviera otros tonos inhóspitamente más claros y brillantes, formando el símbolo de tres triángulos puesto uno sobre el otro, apuntando al frente, como si fuese una flecha.
Quedó ahogado, tosiendo fuertemente al respirar una bocanada de aire.
Desde ese momento dejó de ser la arrogante niña de anoche.
— ¿Qué pasa? —dijo ella aprovechando su ventaja, con una sonrisa abierta en par en par, totalmente encantadora—. ¿Demasiado clima frío para usted?
La miró como si fuese la primera vez que le viera —y en realidad, así era—, más profundamente que cualquiera otra vez. Ahora sí que se parecían, y lo decía comparando con otras cosas estrechamente semejantes que con el tiempo van a saber. Maldita niña. Quién demonios era ella, esa maldita hija de un hombre pario y una madre muerta de anemia, tras descubrir la verdad absoluta de su esposo y su familia, con lo sucedido de la guerra y pos ataque que se remontan a más de 25 años. Y por qué tenía la marca de la Trifuerza estampada en la derecha, tal y como el la tenía bajo el guante negro y de cuero de la suya. Ese tipo de marca —el de ella y él— eran de nacimiento, imposible quemadura o una especie de pintura, las cuales son disparejas aun en la piel más firme. Así que qué demonios significaba esa marca.
Lo sabía. El muy bastardo lo sabía.
Qué más podía tener. Apenas le conocía, en cierto sentido, pero en lo que le conocía había hecho un hallazgo tan grande que un investigador, un teólogo o un simple aficionado antropófago darían años de su vida para averiguarlo. Se fijó en sus ropas. Bien, sueltas, sin nada en especial, mientras se levantaba curveando ligeramente para delante, con piernas demasiado suaves. Si vestido veraniego hizo algo curioso que no debía de hacer. Un salto, estirándose ligeramente más de la parte delantera, figurando un péndulo como si sosteniese una roca o un objeto pesado en un bolsillo fantasma. Como era claro, algo verde, casi invisible para cualquiera, se filtraba entre las fibras, intensificándose por la ventana al lado, dejando entrar una luz a caudales, él en las sombras.
Ni idea de qué podía ser ese objeto (Mem., recordar en la habitación más tarde) pero su intuición innata persistió en que era algo importante (o algo de un gran valor) así que, tras una rápida reacción, le cortó el paso cuando quería marcharse al lugar a donde fuera a visitar, poniéndose enfrente, las manos en la espalda, jugando así un par de segundos, cortándole de lleno el paso. Zelda le miraba, hartada de ese juego de niños que el adulto desagradable le ponía, sin embargo, el observaba a cada movimiento el péndulo movimiento anormal en el vestido.
— ¿Le sucede algo? —exigió cuando vio que era suficiente.
— ¿Qué tiene en el vestido?
— Nada —respondió, en el mismo tono.
— Samuel Gotterfield dijo que la nada era todo aquello que significaba algo, sólo que con valor excluido. Yo no sé que trae, por lo tanto no trae valor, sin embargo, soy buen observador. No me haga arrebatarle la vestimenta, que soy muy capaz de hacerlo, pero quiero que me diga que trae en ese bolsillo oculto. Odio los no por respuesta.
— ¿Y por qué se lo mostraría, de suponer que llevo algo? —desafió altanera, pensando, impactada, de que descubriese la esmeralda.
— Princesa, está muy estresada. Yo sé cómo aliviarla, pero antes sólo una mirada a eso.
— ¡No! —gritó dando un salto hacia atrás cuando el otro alargó el cuerpo con un ademán de acercarse. Embozó una sonrisa cruel en su fisonomía, con un repentino brillo en los ojos amarillos.
— ¡Es decir que sí lleva algo! ¿Qué es? Bajo estos rayos que le dan de perfil, que por cierto, muy descuidado de su parte, se refleja en la pared algo verde... ¿una esmeralda, quizás?
Zelda se congeló, mirándole de hito a hito, sorprendida. Ganondorf ensanchó su sonrisa.
— No creo que usted sea de esas pendejillas que llevan todo el día y noche mostrando sus alhajas a lo bruto, pero tiene que ser muy especial si usted la está cargando, y todavía más valiosa, si la está ocultando.
— ¡Lo que tenga no es de su incumbencia!
— ¡Miedo! —exclamó de repente, sin perder su mirada— ¡Debe ser algo, he dicho, muy importante para que se ponga una persona en ese estado? Qué oculta, dígamelo por la buena, apuesto a que tengo algo que ver yo para que se lo lleve encima todo el tiempo.
— No hable de lo que no sabe —se defendió recuperando la compostura, algo difícil, suponiendo que tenía que torcer el cuello para contestarle—. Si me disculpa, con permiso, voy a un lado.
Sin embargo, él no se movió.
— ¿Eludiéndome? Si no lo hace por si misma, yo lo veré, tarde o temprano.
Se lanzó hacia delante, dispuesto a inmovilizarle sujetándola de los hombros, mas voces se escucharon en el pasillo de enseguida acercándose sin disminuir el paso, intensificando los sonidos a cada tanto. En lo que Ganondorf volteaba a mirar a esos sujetos —simples guardias charlando—, Zelda había aprovechado para darse la fuga. Era tan rápida la chiquilla que rápidamente la perdió de vista al dar tres pasos hacia su dirección. Creyó más prudente dejar ahí las cosas, sin mucho, con los guardias esos y el centenar más en la cámara del rey y planta principal. Sonrió levemente. Le encantaban los juegos de misterio.
Zelda se sentía aun tan nerviosa que el nudo de la garganta le oprimía hasta el punto de llorar. Caminó como normalmente lo hacia, viendo de soslayo si ese hombre le seguía. Dio un suspiro tembloroso de alivio, tras tres largos minutos que les pareció una eternidad, con sólo guardias, señores, un rey y servidumbre recorriendo de aquí y allá, protegida de las personas que la protegían, o se supone que le debían de proteger en esos momentos. Esa escena jamás se la iba a contar a Impa, ni menos, aunque en realidad algo le decía que de todas maneras no podía platicar de ello con mucha gente, no, no en ese lugar. Abrazó su cuaderno, tras arrancar las páginas más sucias y perdidas con la tinta, tan ilegibles que nada era rescatable. No le dolió. Para eso eran las obras negras. Pero lo que le dolía era que aquel sujeto se diese cuenta de forma tan rápida de la Esmeralda Kokiri tan rápidamente.
Era un peligro, y ella una estúpida. Por favor, ¡hasta la tenía en un bolsillo! Ella no era apta para eso... y pensar que había encargado a alguien por un sueño tan vago y fútil que tuvo. No, no sueño. Pesadilla. Todavía peor. Pero por alguna razón, eran raros, como si fuesen premoniciones. En realidad, no soñaba constantemente, pero cuando lo hacía, a cada tanto tiempo, cada dos meses por lo general, ocurrían literalmente, o daban un resultado parecido.
Aquél sueño —pesadilla— la había tenido constante todos los días, como aquél. El niño rubio con un hada mirando el vacío, junto a la muralla del cercado. La lluvia negra, congelante, golpeándolo con violencia, los relámpagos que iluminaban otras luces en los oteros a la distancia, un bosque, silueta de otras gentes. El punte bajándose a mitad de media noche. Ella e Impa en caballo, gritando Lo siento, jamás quise involucrarte, y por último, el hombre desagradable que le amenazó en cara de quitarle la esmeralda, de cualquier medio si se resistía.
Hasta entonces no había entendido el sueño en absoluto, pero empezaba a tener sentido. Un horrible sentido. Pensarlo le daba miedo, incertidumbre, palpable en todo lo que expresase si sus oyentes saben escuchar. No era la primera vez que le ocurría, estaba lejos de eso. Simples vistazos, cosas casuales. El rompimiento de un antiguo jarrón, sillas que pierden una pata en una cena con peculiar importancia. La primera montaba a caballo, el aviso en una mañana del manejo del arpa.
El fallecimiento de su madre. Su último regalo de cumpleaños, la ocarina.
La ocarina. Miró detenidamente el regalo en su quinto cumpleaños, un frío y largo día de diciembre. Esa habitación le incomodaba, pero eso disipó por completo su mente cuando la pálida mano de su madre le dirigía en su dirección una ocarina aperlada, tanto como su piel manchada con fragmentos azules, producios por la escasez de sangre y oxígeno en su cuerpo. Observaba el obsequió, no lo tocó. La madre tampoco dio señas de enojo o de impaciencia... parecía muerta, con sus ojos abiertos de un vidrioso fantasmal, sin llegar a ese punto fatal, todavía. Quería que ella la tomara a su propia voluntad, que sabía que ese seria el único presente y legado que le dejaría a la única hija que tuvo. Era todo lo que le había dado. No era algo que apreciase su única hija, dijo en forma callada ella. Pero la tenía que agarrar a su propia voluntad, como su madre, y la madre de hasta y la madre de esta lo hicieron alguna vez, antigua reliquia familiar.
Esa era la única pertenencia que conservaba de ella. No había tenido madre. Madre quien la cuidara, acariciara y amara. Esa había sido Impa, pero por respeto a su antigua figura señorial la mantenía limpia, intacta en su ropero bajo una cúpula de cristal.
Caminó en silencio hasta el jardín privado. Su lugar favorito, lejos de todos y de todo, donde podía mirar, sin ser mirada, una especie de guarida exclusiva, que el mismo rey respetaba, manteniéndose a la distancia. Se acurrucó en el árbol grande de encentro. Gran manzanero, sois un pesado gigante, que me alimenta cada mañana con tus semillas. Pero sin hambre y sin ganas, varias manzanas de la temporada anterior seguían colgadas, mantenida en estados impecables por el efecto invernadero y siempre fresco en verano, o siempre cálido en invierno, con la delgada capa blanca del invierno infernal de todos los años.
Debía de cambiar de hábitos. Bufó sin ganas como lo hacia desde hace años. Sí, algo imposible. Soñar, sólo vale la pena soñar cosas imposibles. Pero si son imposibles, para qué vale la pena soñar. Quién sabe. Yo no soy quien inventa esas cosas sin sentido. Parezco desquiciada, como si me cuestionase por todo. Tener diez año era una carga. Ya ni se imaginaba de aquí a siete años, a ver cómo quedaría.
Zelda se sobresaltó, como si alguien la estuviese mirando —la niña que siempre la observaba desde lejos— como si supiese lo que pensaba, otra niña que la investigaba. Tenía razón. La esmeralda Kokiri ahora estaba en peligro. Sea como sea, ya se lo había Ganondorf más tarde. Ella no podía quedárselo, más le dio la palabra a ese muchacho... suspiró, derrotada. Había cumplido una promesa, hasta el final. Pero de encontrar una solución, no la desaprovecharía.
Impa, por el contrario, estaba en otros planes.
— Soy un informarte, Sheikah. No me pidas más porque no es mi trabajo, te lo advierto. Sí, ya está próximo. Justo en este momento arribó y está frente al portón del castillo, conducido por los guardias. Sí, también trae la piedra.
— Perfecto. Es todo. No sabes cuánto agradezco tu información.
— Ni lo hagas, sólo conservo la memoria a un antiguo amigo.
El gigantesco búho despegó las alas, imponente, casi amenazante con las garras recién desprendidas de la cima de una pared de la torre norte del castillo. Impa, con una buena prudencia de distancia, observó con aire casi deprimente conforme se perdía en el horizonte, rumbo dirección —siempre era la misma, pero ignoraba si ahí paraba o si ahí seguía— al sur, dando una ronda sobre el Templo del Tiempo o los lugares de las cimas de los volcanes, el lago Hylia y el Bosque Kokiri.
Retrajo la cabeza y se asomó por una pequeña abertura en forma de ventana de la torre, que da al frente del castillo. Efectivamente, agentes reales con armadura gris y plateado escoltaban eficazmente a un pequeño niño rubio con traje verde con un punto luminoso blanco y azul arriba de su hombro, haciéndose paso sin mayores contratiempos que el declive de la colina.
Sonrió, dispuesta a bajar para darle la bienvenida. Nadie, ni Colbert o los nuevos gerudos iban a dificultarle las cosas.
Link, en cuestión de tiempo, terminó de apearse en el prime recibidor del castillo, mientras que el caballero que le guiaba lo detenía allí mismo, diciéndole con una mirada al guardia de segundo rango en la puerta que lo vigilara.
Implícitamente, el joven hyliano tenía desde la entrada principal un carácter digno y silencioso, al límite que ni los guardias que lo miraban fijamente al pasar leyeron signo de excitación de su parte como si fuese cosa de rutina, seriamente tomando todo lo que sucedía. Navi, siempre orgullosa y apacible, iba a la par con él, no adelante, tampoco atrás, justo a su lado revoloteando uniformemente, increíblemente serena a pesar de las miradas sorprendidas y curiosas que le tiraban. Sígueme, había dicho el caballero. Una vez a dentro se disponía, con la carta firmada por la Princesa Zelda, a avisarle a ella, o al rey, aunque más concretamente a Impa, de su llegada y ahí ya sé verá qué. Esa una programación extraña que no ocurría desde hacía años, exceptuando invitados o cargadores de comida, correo.
Censurados, los guardias inspeccionaban al hylian en busca de algún propósito excepcional que trajese. Pero exceptuando la espada, el escudo rudimentario de madera seca y una bolsa café colgada de su cinturón, era común y corriente, a no ser por la majestuosa hada blanca que despedía destellos azules cuando los rayos del sol a entrar a medio día se reflejaban en sus alas.
— La princesa Zelda lo espera en su habitación —avisó el caballero al llegar, con una ligera inclinación. Con un ademán Link y Navi (sorprendidos) lo siguieron en silencio, pasando a la ala principal de la corte del castillo.
Navi estaba absolutamente maravillada con el lugar. Si acaso no había llegado a alborotarse, deseosa de poder tocar los espléndidos adornos, cortinas y alfombras que por la presencia del caballero. Callado, conciso, sin siquiera mirar de soslayo —pero atento a las pisadas del joven hyliano— mientras se adentraban a una especie de laberinto. Pasillos casi interminables, bastante espaciosos que hacían un juego óptico de ilusiones, escaleras repentinas y gigantescas que ascendían a los más altos niveles en forma de caracol, centenares de puertas cerradas, cortinas corridas con un aspecto lúgubre y temperatura fría, con los escasos —pero bien ubicados— guardias que los observaban de soslayo sin la mínima atención requerida. Iban a la habitación de la princesa. Link, que al principio imaginó que el jardín de ella sería el punto de reunión, deseaba en secreto poder ver más de ese milenario castillo.
Fue tras un largo trecho, al apearse en el quinto piso contado, al fondo, un gran recodo que tenía un aspecto más modernizado, casi a obscuras carente de ventanas, bizmada las paredes y la alfombra de un rojo casi marrón proveniente de las antorchas. Debían de estar en la parte delantera, en la torre que conserva el gigantesco reloj que no paraba nunca. Cada tanto de hora se oían sus campanadas, tan profundas que eran audibles ya por los terrenos del mercado. Un guardia se inclinó y se alejó tres pasos de la puerta en lo que el caballero se había adelantado y daba tres toques. Hubo una ligera voz. Un permiso, y el caballero pasó dejando la doble puerta entre abierta un rato, en lo que se comunicaba con la persona de adentro.
Formalidades, tiempo, educación y hábitos. Navi ni Link perdían un ápice de los sucesos, posiblemente para aplicarlos después, o no hacerlo, sólo saberlos.
El caballero abrió por completo la entrada de la doble puerta izquierda en par en par, inclinándose para que pasaran. Hecho esto, dio un hasta luego a la princesa, y un murmullo de suerte exclusivamente al dúo del bosque, cerrando con suavidad la entrada.
Un brillo cegados le pegó de lleno, parando inmediatamente cuando la pequeña figura de Zelda se paró sobre el reflejo del sol que chocaba contra el piso de mármol blanco. Estaba en un traja veraniego sumamente bonito con el pelo recogido, como la ocasión anterior acentuando su bien formada cara, quedando, si es posible, más encantadora de lo habitual.
Adiós a las formalidades, tiempo, educación y hábitos. Zelda se sentía extrañamente libre, sólo ellos en el cuarto, totalmente segura que ninguna mujer los espiara de alguna ventana o frotasen la oreja a su puerta. Embozó una gigantesca sonrisa, de felicidad —como no lo hacía desde hacía años— iluminándosele, mientras corría a abrazar al niño rubio que pegó un brinco de sorpresa, que correspondió al darse cuenta de la situación.
Link se paralizó cuando brotó un sollozo de la cabeza que se recargaba cerca de su hombro. Dejó que hiciera lo que quisiera, mientras sollozaba quedo, alejándose de él un instante después, con un poco de rubor en sus mejillas y los ojos humedecidos.
— Perdóname, Link —dijo para sorpresa de ellos Zelda, con un tono que era sólo posible obtener con el verdadero sentimiento del remordimiento en un corazón de mujer—. Te lo suplico, perdóname...
Aquella exposición suavizó toda tensión en el ambiente. Navi dejó que Link, el actor de esa obra, atendiese con Zelda. No era la mejor, ni capacitada para platicar con ella de un asunto tan personal que mostraban ellos con la empatía.
— Zelda —dijo él suave, recordando un instante a esas conversaciones que compartía con Saria en el escondite secreto del bosque—, no veo en qué disculparte. No has hecho nada.
— ¡Claro que sí! —exclamó ella—. Pedirte a buscar esas piedras. Yo... Link... perdóname. Jamás quise ni intenté meterte en todo esto por un sueño que tuve o deja vú con un sujeto. Ni siquiera fue mi idea lo de las piedras ¡No fui yo en ese momento! No es justo que por eso te hagas arriesgado hasta ir a la Montaña de la Muerte ¡La Montaña! Por una estupidez... Perdóname, por favor.
— Princesa, por usted yo haría todo —afirmó con solemnidad, haciendo una referencia como el caballero que le presentó—. No se disculpe, que fui yo que aceptó esa misión por lo obstante, no tiene que disculparse, soy su más humilde ciervo.
Zelda perdió la noción de las cosas. Como debió de sentirse Ana de Austria o esas mujeres victorianas cuando sus hombres, desesperados de verlas llorar, las manojeaban con esas clases de palabras. Creyó pensar que lo que se encontraba enfrente no era sólo un niño kokiri que simplemente le ayudaba por una inexplicable –e imposible- razón que desconocía, era un Verdadero Caballero que tanto plasmaban esas novelas, como un Mosquetero a su Reina, o un Amante a su Amada.
Contenía un ambiente ficticio. Sumamente cautivador y peligroso. Pero era real. Cuando se levantó, con la cabeza en alto al igual que la hada igual decidida aunque más reservada, lo hizo con unos ojos que la cautivaron. Blandos y alegres, casi melancólicos como los de un cordero. El chico hizo ademán de sacar su espada, por la cual Zelda ladeó la cabeza, curiosa. Estiró el cuello para poder observar mejor. Había sujetado el muchacho una bolsa colgada de su cinturón, metió la mano –tuvo que parpadear, parecía que metía tanto el brazo que rebasó el límite de la bolsa, pero esta se profundizaba como si no tuviese fin— y sacó, luego de unos errores de sacar cosas equívocas, una ruby con un contorno de oro, y signos escritos en ella.
Zelda sabía en el fondo que el la había conseguido, pero mirarlo ahí mientras sacaba una reliquia milenaria –según de un libro de mitos en la biblioteca- era otra cosa, como un cubetazo frío en la mera espalda, ese respingo que te paraliza y expectación, como si al fin vez algo que has pensado en mucho tiempo, al tiempo que crees que es imposible.
La puso en sus manos. Zelda tembló imperceptiblemente, como si vibrara. Es tu imaginación, se dijo, o realmente está vibrando y estoy muy aturdida para darme cuenta. Imperceptiblemente duró la mirada, mientras se lo extendía, negando con la cabeza. No puedo quedármelo. Escuchó como esas palabras ajenas salían de su propia boca, como si la otra niña que siempre la miraba al otro lado de la ventana estuviera en su lugar. Tal vez sea ahora la quién espía. El otro lució sorprendido. Impactado, casi, pero más confuso que otra cosa como la compañera hada que no les quitó atención a los movimientos cuando se sentó en la cama. No soy la más correcta ni la más indicada. En estas manos que ves aquí es el peor lugar donde pueden estar. No hay razón, si esa es la pregunta que te formulas.
Mientras recitaba su monólogo, con aquél acento tan ausente y sincero a la vez que ponía al leer una novela, movía la Ruby Gorrón de una mano a otra, como si no estuviese muy segura sobre cuál palma era la más firme pues temblaba ligeramente. Ese hombre gerudo —recuerda, el que nos vio cuando estábamos en el Jardín— me tiene asustada desde esta mañana, y dudo ahora, seriamente, que el castillo sea el lugar más seguro.
— ¿Te hizo algo? —preguntó el hylian, mientras se sentaba a su lado.
Podría apenas conocerle. Podría apenas conocer su nombre. Pero implícitamente, que el muchacho la invitara hablar y abrirse como siempre quiso desde hacia años, pudieron con ella. No sabía qué hacer, ni qué decir, si seria apropiado o abusivo, pero sea lo que hayan hecho pasaba bien. Con voz queda y tranquila explicó a detalle la escena de Ganondorf cuando ella pasaba por el corredor, la piedra en el bolsillo. Me pregunto si así fue como se sintió Teresa cuando el Gato Fierros y el Pote Gálvez la tenían acorralada en el departamento de Culiacán, indefensa e impotente, sin milagro que le salve. O si este es mi caballero Artagnan, mientras escuchaba los problemas de la bella madame, esposa de su casero. Link, al terminar el relato, la miró, como si reflexionase.
— ¿Cómo se atreve a hacerte eso, y más aun en tu propia casa? —pregunto indignado, bastante despacio mientras recordaba varios encuentros parecidos cuando él estaba en a villa, mientras varios de la pandilla lo acorralaban, con toda clase de deseos. Entendía mejor que nadie su postura, quizá ella lo entendía mejor que Saria, así que habló sin reproches— ¡Eres la princesa y, peor aun, una niña! Alguien debería de escarmentarlo, ¿no te ha hecho nada, verdad? Estás bien?
— Estoy bien, pero cuando dijo con ese énfasis que descubriría lo que traía, realmente creí y creo que es capaz de hacerlo. Es tonto, y no poseo fundamento ¡No lo puedo explicar...! Pero bajo mi protección no están seguras ¡No, conmigo no ni en ese castillo!
Navi juzgaba a la pareja, mientras estaba a la altura de las agarraderas y dobleces del dosel. No perdía el menor movimiento. No estaban desbastados ni perdidos, como pensó al primer momento al empezar la conversación. Muy al contrario, planteaban bien la cosa. Nadie decía palabras que sobraban, sólo las que estaban bien decir. Percibió como el ahijado ponía su mano izquierda sobre las de la princesa en señal de profundo apoyo. Ella dejó de temblar, como si todo el ambiente pesado y tenso se rompiera en dos.
— Es posible —empezó la hada, ganándose dos miradas curiosas sobre ella—, si acaso ese hombre que tanto hablan están en busca de las piedras, a pesar de ser sólo por diversión o algo sin sentido, en teoría pueden a llegar a estar seguras. Al menos hasta que se vaya.
— Pues el castillo no es buena idea...
— ¿Y qué hay afuera?
— Yo no puedo salir —murmuró de nuevo la princesa.
— Pero nosotros sí.
Link parpadeó sorprendido. Nunca vino venir una proposición tan abierta de se quisquillosa amiga.
— ¡Ustedes ya tienen bastantes problemas para sumarles más! —renegó la princesa levantándose autoritaria. Bastó una mirada compasiva y amable para desmoronarla.
— Zelda, concuerdo con Navi. Ahora eso no es problema. En la ciudad goron me regalaron, como recompensa, una bolsa tan resistente y segura como el estómago de un dodongo.
— ¿Y piensas que aun te mandaré hacer esa tarea de locos?
— No me está mandando nada —dijo él, despacio—. Yo me ofrezco a mi propia voluntad. Y me haría un honor si usted toma conciencia de eso y acepta ser servida.
— Esto es demasiado —sentenció firme, con tal resolución que no comprendía cuál era la parte de la sensata decisión que ellos dos no captaban. Una cosa era reconocer que abusaba de su nueva y empática amistad con ese muchacho que la miraba dulcemente, como si se tranquilizase por los dos. La otra, y quizá la menos apreciada pero si importante, la seguridad de las piedras milenarias que alguna vez leyó, según parecían conectadas con ellas y entre si. Desconocía el suceso que seguiría de que les pasara algo, si que así era. Suspiro. Era una batalla perdedora entre grandes voluntades.
Extendió la ruby cuando se encaminaba a un armario semi oculto con el mismo color blanco y lechoso de las paredes sacando de un compartimiento secreto accionado con una cuerda la Esmeralda Kokiri. No pudo evitar cerrar los ojos cuando el moreno terminó de aferrarse definitivamente la bolsa de su cinturón.
— Sin embargo —objetó severatamente—, cuando se vayan los hombres gerudos, regresarás con las piedras donde su localización seguridad correráncuando por mi cuenta.
— Lo haré —iba a inclinarse, de nuevo, aun teniendo en mente la forma de actuar del caballero que lo presentó. Pero Zelda ya le había ganado, mientras se levantaba suavemente.
— Gracias.
Más tarde, los tres caminaban apaciblemente por un corredor hablando de todas otras cosas. Link miraba, con regocijo, la expresión de profunda sorpresa de la princesa conforme narraba la historia desde el primer día del trayecto sin censura alguna. Confesó, inclusive, que ignoraba que el anterior general de la guardia y del ejército de Hyrule era un tal Nicolás Fouquet ni del infernar trato que Colbert cuando les azotó la puerta en su propia cara. Impa jamás habla de eso, como si evitara evitar formar una excusa cuando tocasen algo del tema relacionado a las guerras y formas de administración del castillo al otro lado de las paredes. Sin embargo, comprendía a la perfección lo que decía, imaginarlo y en ocasiones opinar, como el buen trato que mereció junto con Malon en el Rancho Lon Lon y la glamorosa villa de los gorons, de la cual quedó enfrascada, y que ojalá hubiera podido ir, en otras circunstancias.
Navi ponía mucho de su humor aparte, riendo encantadora cuando un tumulto de arañas los persiguieron y la potrilla Epona le atacó, siendo burla hasta de los conserjes del rancho. ¡Maravilloso! Dijo, aunque Link no estaba muy contento por eso, y le reprimía cuando podía, devolviendo si galante humor. El hada lo vea buen trueque, aprendió que esa era la única relación "pos-pasiva" que podía conseguir con el ahijado-no-kokiri. Admitámoslo, tú prefieres verte humillado. Ese comentario valieron el peligro de la pérdida de un jarrón cercana a una ventana sobre una mesita, suerte que un guardia que pasaba por ahí lo recogiera a pocos metros de estrellarse contra la pared.
Entretanto, Zelda los conducía inconscientemente a la Biblioteca. Sus pies instintivamente la habían llevado hacia allí. Nadie se dio cuenta, fue necesario que el olor a páginas viejas y secas de los libros los embriagara para volverlos a la realidad.
— Este es mi lugar favorito del castillo.
Eco. Cerraron la puerta. Un eco se formaba al chocar contra el piso alto y lejano que con la oscuridad formaba el efecto de vacío, dando la impresión de estar en una capilla barroca del siglo XIV. Link quedó pasmado, no por los millares de libros que debían de estar puestos en las centenares de repisas. Con dificultad apenas leyó un libro cuando tenía siete años con sólo 50 hojas y varias de ellas con dibujos. No volvió a tocar uno. No, no porque no le haya gustado. Sino porque fue el más tardado (los demás lo terminaron en dos días máximo, tuvo que recurrir una semana y pico) y no quería volver al trauma de nuevo.
— ¿Has leído todos esos? —inquirió despacio mientras ella se acercaba a una repisa con varios libros de un ancho obsceno puestos cerca de la mesa donde se sentaron, como si con regularidad los agarraban y para no volver a buscarlos lo tenían a la mano.
— Sí, aunque en realidad los estoy releyendo, mas que nada. La sección de novelas está algo vieja y apolillada así que los leo en tramos, intentando restaurarlos —dijo ella, mientras, levantada, buscaba en los títulos uno en especial.
— Son muchos —murmuró Navi mirando ansiosa las estanterías. Zelda, entretanto, dio una ligera exclamación poniendo enfrente un de Link un grueso libro de casi 700 páginas, especialmente conservado.
— Este, es mi libro favorito —Link leyó en la portada el título "La Reina del Sur".
— Debe ser muy bueno para que digas eso.
— Indiferentemente a lo que una novata lectora piense, esta novela posee su propio carisma que te deja atrapado sin el menor consentimiento. Es fantástica. Por lo que sé, esto ha sido por lo que me he inspirado a escribir una historia algún día.
Link asintió, cautivado.
— ¿Y de qué trata?
— De una mujer que no tiene nada desde el comienzo y tiene todo para ganar. La protagonista se llama Teresa Mendoza y luego de ser perseguida para asesinarla por varios problemas (y regla) de su novio, el Güero, viaja con la ayuda de un contacto muy lejos de su tierra, sola y extranjera, con el mundo moviéndose igual que como siempre, sólo que con otro giro, ahora era cruel, duro, indiferente. De eso trata la primera cuarta parte de la historia, lo que le sigue se va relacionando, a todo momento interactuando y devolviéndose al pasado sin saber, con una segunda Teresa ausente (pero en realidad ella jamás lo sabe, lo piensa, acaso) que siempre la mira y actúa por ella. Son de esas personas que ocuparon el uno del cien para salir viva de una vida de mierda, porque fue inteligente, y convertirse en iconos poderoso, con la paradoja de no escoger jamás el camino—sonó nostálgica, como si fuese de ella de quién estuviera hablando—. No hay villanos, tampoco héroes, sólo personas que intentan ganarse la vida aun a costo de rifársela todo los días.
Link para entonces había abierto el libro, hojeándolo y leyendo fragmentos sueltos. Sonó interesante, así que saltó al prólogo —que más que prólogo, era una historia antes del primer capítulo—. Bastante interesante, pero paró un momento: ¿era su imaginación a consecuencia de la lenta lectura o acaso en realidad la historia empezaba como si fuera un final, y si era realmente un principio, porqué narraba así los hecho, como si se supieran de antemano? Como si ya existiera un pasado, pero censurado en ese momento, que sólo Teresa y la llamada de un desconocido que le avisaba de la quebrada de su novio, sabían.
Ah Navi le interesaba las historias, era una vil letrada también y culta, porque el Árbol Deku le contaba a todas las hadas guías historias y conocimientos culturales, sociales y por demás. Estar ahí le traía un ambiguo y cariñoso recuerdo, murmurando los versos que recitaba el viejo Árbol:
Detente, sombra de mi bien esquivo,
imagen del hechizo que más quiero,
bella ilusión por quien alegre muero,
dulce ficción por quien penosa vivo...
Escuchó una súbita exclamación de la princesa. Conoces a Sor Juana, dijo, conmovida y la galante sonrisa amable que se le pintó al escuchar el familiar verso. Navi asintió, como pautada. Se pintó de un brillante azul que Link jamás hubiese visto cuando Zelda, todavía divertida, sacaba de una de las viejas estanterías un libro pequeño y aparentemente delgado de un aproximado a setenta páginas, de pasta vieja y sin descripción alguna. Es la única colección de Sor Juana que tengo, un libro de poemas. Todas de una excelente calidad y bien cuidado, con pasta firme, te lo garantizo.
Navi asintió, abriendo con cuidado y algo de dificultad la portada flexible. Link, ya para entonces, terminó el epílogo y fragmento del párrafo uno del primer capítulo. Suspiró gravemente, recargándose en el asiento.
— ¡Me encantó esa introducción! Aunque tardaría unos meses en leérmela completa.
Zelda sonrió de forma enigmática, como si fuese cosa de un chiste que sólo ella conocía. La primera vez que Link vio ese tipo de semblante sensual y maquiavélico en la cara de ella. No sería la única vez tampoco, pero al ser la primera, se sintió sobrecogido, sabiendo inconscientemente que quizá era esa sonrisa un producto que sólo los libros le podrían producir.
— Existe un viejo secreto entre los lectores. No existen los enemigos entre ellos, sólo complicidad que forma amigos. Eso son los amigos, y entre los lectores, es la complicidad a los libros quienes los unen, sin mayor cantidad de palabras innecesarias, sin consentimientos molestos entre unos y ellos. Esos son los amigos lectores. Por eso, cuando alguien regala un libro es porque sabe que el nuevo amigo lo apreciará y leerá bien, de lo contrario, el quien se lo da sería un mal lector.
— Es profunda esa filosofía.
— Me recuerda a una antigua adivinanza que escuché —dijo Navi, asintiendo con igual juicio.
— Es por eso —añadió ella tras un silencio— que les regaló esas dos novelas.
— ¡Muchas gracias, Zelda!
— Navi, confío que la cuidarás bien.
— No soy un monstruo para destrozarle alguna de sus partes.
— Sé que no —rió cuando Link tosió por casualidad.
Con el tiempo esas peleas casuales de los dos del bosque se iban volviendo cada vez menos serias y dolientes que los primeros días. No hicieron mucho peligro, al colmo de aventar un libro como si fuese el florero de media hora atrás por respeto a eso y a la princesa, que reía encantada y divertida como nunca desde muchos años. Un sonido fuerte retumbó en coros por toda la sala, cortando de tajo el habiente, haciendo que mirara el trío dirección a la puerta. La princesa ahogó un gemido, porque la figura gigantesca y morena de Ganondorf apareció en el umbral, junto a sus cuatro compañeras y dos de la servidumbre, un escudero y una sirvienta, como especie de guías de recorrido por todo el castillo. El conocimiento casual de su magnífico hogar, dijo él al rey aprovechando las primeras instancias con él cuando estas ya fueron las adecuadas y convenientes, quizá en la cena. Yo y mis guardáis estaríamos más que encantados de conocerla. Cómo de que no, había contestado el rey con tal resolución que Ganondorf, aun no sé si instintiva o no, le sonrió. Qué es el Eso. Pensaba Ganondorf mientras se detenía para mirar al rey que comía en su mesa por el costado izquierdo. Dígame, Rey, qué es el Eso. El Eso es la verdad de la falsedad de una sonrisa falsa. Las sonrisas no son de verdad, reflejan, por otra parte, la perversión humana, un escudo que se refleja por la conveniencia, una sonrisa galante al desconocido para desqusitarle las sospechas, una gracia de cabaret, para una buena compañía. El Eso es lo siniestro detrás de la sonrisa.
Su mirada estaba por muy encima de las palabras de escudero y sirvienta guías. Escuchaba vagamente la historia de ese lugar, interesándole sólo posibles salidas y entradas como ubicación. Le harían extremadamente útil en algún futuro, cuando asesine al Rey y tenga que huir, o cuando ocupe esfuerzos y un plan de ataque, para que pueda entrar. Bla, bla, bla. Ni madres le interesaba que Xistifina la VI murió en ese lugar hace más de cuatrocientos años, cuando un estante le cayó encima, ni que Ricarda XVI, de mucho antes de la anterior monarca dicha, escondió un tesoro dorado de las Diosas, inactiva en un techo. No salidas posteriores, ventanas altas y pequeñas de vital con figuras azules: nada de interesante. Quizá, por supuesto, antes de hacer su misión la visitaría. Pero eso ya sería entretenimiento, y el entretenimiento está diseñado para pensarse en otra ocasión.
Su mirada amarillenta bajó a las mesas del área más espaciosa, como el centro y alrededor de un tal número determinados de estantes, y ahí quedó.
— Oh, y por supuesto: la biblioteca es el área más visitada por la princesa de Hyrule —añadió rápidamente la sirvienta cuando siguió la mirada del señor gerudo que por primera vez desde el inicio del recorrido mostraba la mínima atención en algún lugar determinado. Las cuatro mujeres siguieron, pero con más interés y cautela, la mirada de su líder.
— Desde el principio me di la idea.
La sirvienta parpadeó. Pidió ayuda implícitamente al escudero el cual, como si viendo que era el acto más oportuno y seguir con el recorrido, carraspeó tan sonoramente que Navi frunció el ceño. Estaba muy incómoda por las la guerra silenciosa de los dos niños contra ese titán serio de ahí, desagradable y feo. Síganme, síganme. El escudero intentó persuadir al grupo, pero no se atrevía ni a tocarlos ¡Qué cosas! Sonó algo desesperado, pero Ganondorf terminó, cortante, la batalla silenciosa, prosiguiendo con el viaje. Las mujeres le imitaron, pero no faltó Nabooru que se quedó al último como sustituyendo el lugar de su líder, desapareciendo cuando la sirvienta volvió a cerrar fuerte la puerta.
— No me agrada ese hombre... —suspiró Zelda, dejándose caer en la silla.
— A mi tampoco... —contestó Link, que inconscientemente había dirigido su mano sobre el mango de la espalda.
— ¿Siempre es así? —preguntó Navi tras un silencio.
— No tengo la menor idea, pero sé perfectamente que no lo quiero averiguar.
— Deberías tener cuidado, Zelda.
— ¿Te refieres a vigilarlo?
— Pues, no necesariamente, si no ser más prudente de lo normal mientras él esté ahí caminando por los corredores como Pedro por su casa.
Ella suspiró, hundiéndose más en el asiento. Abrió los ojos, como si algún recuerdo olvidado le devolviera de golpe un asunto pendiente consigo misma desde hacía días.
— ¿Qué tal si te quedas este día en el castillo? —dijo con un repentino toque de energía en la voz—. Te quedas a comer hoy, cuanto quieras, y partes mañana ¡Es mi forma de pagarte, Link! Y bien, ¿qué dices?
Era inútil quitar esa resolución ese esa cabeza tan hueca. La proposición era para ellos como Edén le propusieran regresar al paraíso. Magníficas habitaciones, servidumbre de lujo veinticuatro horas, baile, música de cámara, una niña que ofrecía todos sus recursos en el mundo y una estantería llena de lectura. Pero quitar esa cabeza tan hueca era inútil ¡Inútil! Ya deseaba tenerla en una cachola de plata con unas cuantas verduras a los lados, empuñando por si sola una hacha filosa y bien amaestrada. Cuándo haría tal cosa, nadie lo sabe. Pero Navi deseaba pronto.
— Muy amable su oferta, princesa... pero no.
— ¿No? —Navi prácticamente gritó. Zelda parpadeó, ladeando un poco la cabeza, visiblemente decepcionada, pero aceptando la respuesta.
— Se lo juro por las Diosas que ¡realmente agradezco su oferta! Pero antes que nada quiero dejar una vez resuelto el asunto, mientras más pronto mejor.
— Pero podrías —dijo la rubia, con el ceño fruncido— descansar hoy perfectamente y mañana comenzar. Mira, Link, yo soy, quizá, la persona que no apoya esta empresa en lo absoluto ¡y tomarte tantas molestias o dejarte a la intemperie, otra vez, simplemente no puedo! Te lo pido: descansa este día y mañana sigues.
— Me pongo de rodillas para que sea capaz de creer que mis palabras son totalmente, no piense otra cosa (soy su servidor) y si esa es la resolución de su majestad bien aceptaré su proposición, constad de respetarla.
— Sin embargo, lo que realmente quieres es empezar de una vez —afirmó despacio la legítima reina, sabiendo que era verdad, pues Link, aun sobre una rodilla, no se inmutó en lo absoluto. Si esa es tu petición, dijo como forma definitiva, puedes irte cuando quieres en el momento que desees, no lo impediré.
— Tenga en claro que una vez vuelto victorioso con la piedra este privilegio queda absuelto...
— ... Y que te podré obligar a quedarte los días que crea necesario para tu descanso, y otras cosas.
Los dos se dirigieron una sonrisa cómplice, un nuevo trato aun mejor y divertido.
— Pero debo suponer que no te quedarás a cenar —Link rió nerviosamente ante el puchero de becerrito, mientras abría la puerta que conducía al pasillo fuera de la biblioteca—. Realmente me encantaría que te quedarás. Pero como todo lo bueno, tendré que esperar...
— ¡Regresaré lo más rápido que pueda, te lo aseguro!
— ¿Y tienes donde dormir, o sabes ya exactamente que vas hacer?
Navi parecía muerta, yacida sobre la cabeza del rubio. Ligeramente volteó al lado cuando una sirvienta salía de la recámara de las ama de limpieza, ligera visión de camas boceladas y blandas colchas y mantas. Quedó más estática aun.
— Pues, cuando venía entrando me encontré una especie de teatro en medio del mercado y unas personas entregando volantes, de una supuesta exhibición de bestias exportadas del otro lado de la Montaña. Me quedaría a verlo, se me hace, y si se pospone iré directo al río que más o menos explicó aunque, en el peor de lo casos, rentó un cuarto económico en un hotel donde he estado antes, donde ya soy familiarizado de la cuenta de un amigo.
— Puesto así tiene más sentido, ¡lo hubieras dicho antes!
Personalmente, dio las instrucciones de que bajasen el puente a los guardias de la entrada. No dudaron un instante la extraña y desconcertante petición, por lo que todo estuvo listo, ellos dos sobre la madera colgante mirando el camino serpenteante que se perdía a la legaña, bajando, bajando cada vez más.
— Hoy daría todo lo que fuera para poder caminar contigo en esa salida... —murmuró en forma secreta a Link, el cual empezaba a entender a lo que se refería. Sacó una profunda reverencia quitándose el sombrero (Navi había reaccionado un tanto al ser segada por el sol de medio día, por lo que se salvó de una caída segura)
No pasó mucho para que Zelda lo detuviera, con una pequeña venganza e idea de su parte, nada malvado, algo para que supiera a lo que realmente se metía si seguía un camino tan peligroso como una Fiesta de Disfraces, en este caso la política y lo que sirven a ella. Link esperó, expectante.
— Hay una vieja adivinanza —añadió ella tras un silencio— ... ¿Eres bueno descifrando adivinanzas?
— No mucho.
— Yo sí lo soy. Y ésta es una de mis favoritas... Hay una isla. Un lugar habitado sólo por dos clases de personas: caballeros y escuderos. Los escuderos mienten y traicionan siempre, y los caballeros nunca... ¿Comprendes la situación?
— Claro. Caballeros y escuderos. Lo entiendo.
— Bien. Pues un habitante de esa isla le dice a otro: te mentiré y te traicionaré. Y la pregunta es si quien habla es caballero o escudero...¿Tú que opinas?
Se tocó la nariz perplejo.
— No sé. Tendría que pensarlo despacio.
— Claro —ella lo observaba con fijeza—. Piénsalo.
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Sweet Fairy. Ale ale, muchas gracias. Y eso de que la idea fuera independiente a lo de Ganon... es porque a este no lo veo realmente como un villano. Sólo un sujeto que está formado por la consecuencia y errores de un pasado de donde él no formo parte.
Kitsune. Gracias y, ¿sabes qué es lo más agradable? Que aun no me creo que haya gente leyéndolo... o que realmente se lea al completos capítulos así y, y tienes razón. Eso de los errores y todo eso lo admito, ya que... por lo general, no edito los trabajos, escribo la primer pendejada que se me viene (mala cosa... lo sé, pero no negaras que así le hacen muchos xD) y nah, tranqui... de echo que le digan a uno es para mejorar. Espero haya mejorado algo. Sino, decidme... y no sólo tú, los que lean esto también.
Y lo de zurdo... bueno, eso son otras cosas.
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Hasta el siguiente capítulo o.o
