Twilight así como todos sus personajes pertenecen a Sthephenie Meyer, la historia es una adaptación.

Algo Prestado

Sumary:

UNOS TRAGOS DE MAS Y... TOMA ALGO QUE NO ES SUYO

Bella Swan es una joven abogada de Nueva York, que siempre soñó con encontrar un gran amor.
En el día de su cumpleaños de 30 años, su mejor amiga Alice organiza una fiesta para ella, y Bella es sorprendida por un acontecimiento inesperado: en esa noche, después de unos tragos de más, ella acaba en la cama con Edward Cullen, un buen y viejo amigo de la facultad... que es el novio de Alice.

Capitulo 10

No puedo dejar de pensar en Edward. Sé que no vamos acabar juntos, que él se va a casar con Alice en septiembre, pero estoy satisfecha de vivir el momento y permitirme el placer diario de esta pequeña obsesión. Nada dura para siempre, me digo a mí misma. Especialmente las cosas buenas. Aunque no sea muy común una persona se enfrente a plazos tan definidos. Pienso en otros eventos con finales concretos y predeterminados. La universidad, por ejemplo. Sabía que estaría allí por cuatro años, que acumularía amigos, recuerdos y conocimiento, y que todo eso terminaría abruptamente en una fecha marcada. Sabía que en esa fecha obtendría mi diploma y empacaría mis pertenencias en un camión alquilado con destino a Indiana, y que así mi experiencia en Duke estaría terminada. Un capítulo cerrado para siempre. Pero la consciencia de ese fin no me impidió vivir buenos momentos, sacando de ese hecho presupuesto toda la alegría posible.
Y es eso lo que estoy haciendo con Edward. No voy a pensar en el final y olvidarme del aquí y ahora.
Esta noche estoy en casa cuando Edward telefonea desde el trabajo para decirme hola y para decirme que me extraña. Es el tipo de llamada que un novio le hace a una novia. Nada secreto o rebuscado. Hago de cuenta que estamos juntos legítimamente. Cuando colgamos, el teléfono suena nuevamente.
— Ey — digo, con el mismo tono dulce, pensando que es Edward llamando para decir algo más.
— ¿Qué voz es esa?— pregunta Alice, trayéndome de vuelta a la realidad.
— ¿Qué voz? — yo pregunto. — estoy cansada. ¿Qué pasa ?

Ella comienza a enumerar una serie de detalles de su última crisis profesional, que en general no pasa de un papel que se quedó atorado en la impresora. Esta vez no es una excepción: un error de digitación en el póster de inauguración de una nueva disco. Resisto las ganas de decirle que ese tipo de público no va a notar un error de ortografía y en vez de eso pregunto quién va a ir a Hamptons ese fin de semana. Ansiosa por oír el nombre de Edward, me doy cuenta mis sentidos se agudizan. El ya me había dicho que iba y convenciéndome de que yo también debería ir. Va a ser medio extraño, pero va a valer la pena, él me dijo. Edward necesita verme.
— No estoy segura. Parece que Charlotte tal vez reciba algunos amigos aquí en la ciudad. Y Edward va.
— ¿Si? ¿Él no debe trabajar? — le pregunto, sonando medio falsa y demasiado sorprendida. De repente me quedo preocupada, pero Alice no lo nota en mi tono de voz.
— No, él acabó de cerrar un gran negocio — dice ella.
— ¿Que negocio?
— No sé, un negocio.
El trabajo de Edward aburre a Alice. Ya me di cuenta como ella es capaz de cortarlo, interrumpiéndolo en medio de una historia y cambiando el foco hacia sus propias preocupaciones insignificantes. ¿Crees que estoy gorda? ¿Esto me queda bien? ¿Vienes conmigo? Haz esto por mí. Hazme sentir segura. Yo. Yo. Yo.
Como si hubiese oído mis pensamientos, ella me dice que está considerando la idea de mandar un video a "Big Brother" que sería divertido participar del programa. Divertido para quien es exhibicionista. Pocas cosas pueden ser más aterrorizantes que estar en una red nacional de televisión, expuesta a los juicios y las críticas de todos.
— ¿Crees que sería seleccionada? — pregunta ella.
— Tendrías grandes posibilidades.
Ella es muy bonita y tiene una personalidad fuerte, exactamente lo que ellos buscan para los reality shows. Despacho mi propio rostro en el espejo, pienso en Edward diciéndome que me parezco a una modelo de J. Crew. Tal vez sea atractiva. Pero estoy lejos de ser tan bonita como Alice, con sus rasgos precisos, los bellos pómulos y los labios en forma de corazón.

Ahora ella está monologando en el teléfono, contando una historia más sobre su día. Ella hiere mis oídos. La palabra "estridente" me viene a la cabeza y, mientras despacho mi reflejo de nuevo, me doy cuenta que a pesar de estar lejos de ser bonita, tal vez tenga una suavidad que ella no tiene.

Estamos en jueves, a un día de la partida a Hamptons. Edward está aquí en casa. Habíamos planeado esperar hasta la semana que viene para encontrarnos a solas, pero acabamos el trabajo temprano. Y, bien, aquí estamos, juntos nuevamente. Ya hicimos el amor una vez. Ahora estoy recostada en el pecho de él. Cuando él respira, su pecho se levanta ligeramente contra mi cara. Por un buen tiempo, ninguno dice nada. Entonces, de repente, él pregunta:
— ¿Qué estamos haciendo?
Ahí está. La pregunta.
Ya pensé en eso unas cien veces, formulé la pregunta exactamente de la misma forma, con la misma entonación, el mismo énfasis en la palabra "haciendo". Pero a cada vez encuentro una respuesta diferente.
Estamos siguiendo nuestros corazones.
Estamos arriesgándonos.
Somos locos.
Somos autodestructivos.
Somos perversos.
Estamos confundidos.
Estamos rebelándonos.
Él tiene miedo a la boda.
Yo tengo miedo a quedarme sola.
Estamos enamorándonos.
Ya estamos enamorados.
Y la más frecuente de todas: no tenemos la menor idea.
Esta es la que ofrezco:
— No sé.
— Ni yo — dice él con suavidad. — ¿Debemos conversar sobre esto?
— ¿Quieres?
— En verdad, no — responde él.
Estoy aliviada que él no quiera conversar. Porque yo no quiero. Tengo mucho miedo de lo que podamos decidir. Las opciones son atemorizantes.
— Entonces no vamos a conversar. No ahora.
— ¿Entonces cuando? — pregunta él.
Por alguna razón digo:
— Después del feriado del Cuatro de Julio.
Parece arbitrario, pero ese feriado siempre fue una especie de marco, la mitad del verano. Aunque todavía quede más de la mitad de esa estación después del 4 de Julio, la parte que se sigue pasa más rápido. Junio, a pesar de tener un día menos, parece mucho más largo que agosto.

— Está bien — dice él.
— No vamos conversar sobre nada hasta el 4 de Julio — dejo las reglas bien claras, exactamente como hacía al principio de un examen de derecho. Mi voz está firme, aunque no tenga certeza de lo que acabo de decidir. ¿Que terminaremos el 4 de Julio? O tal vez... No, él no puede haber pensado que esa sería la fecha en la que le diría a Alice que no puede seguir adelante con la boda. No, no fue eso lo que acabamos de decidir. Apenas decidimos no decidir nada. Sólo eso.
Aún así, escoger una fecha es una cosa atemorizante. Me quedo imaginando una gigantesca cuenta regresiva de días, horas, minutos, y segundos. Como los relojes de cuenta regresiva para el nuevo milenio. Me acuerdo observar los segundos pasando en los relojes como esos no que están cerca de la estación Grand Central, a mediados de diciembre. Ese reloj me pone nerviosa, frenética. Yo tenía ganas de atacar mi lista de cosas pendientes, hacer todos los llamados por adelantado, acabar con todo inmediatamente. Al mismo tiempo, quedarme mirando esos números parpadeando me paralizaba. Tenía tanto que hacer, ¿entonces por qué debería hacer algo?
Intento calcular el número de horas que todavía quedan antes del 4 de Julio. Cuántas noches vamos a tener juntos. Cuántas veces más vamos a hacer el amor.
Mi estomago está gruñendo. O tal vez sea el de él. No puedo saberlo, porque estoy acostada sobre él.
— ¿Tienes hambre? Podemos pedir comida — digo y le beso su pecho. — O puedo preparar algo.
Me imagino preparando una comida rápida y sabrosa. No sé cocinar, pero aprendería. Sería una esposa excelente y dedicada.

El me dice que no quiere perder tiempo comiendo. Puede comprar algo camino a la casa. O solamente llegar a su casa con hambre. Dice que quiere sentirme junto de él hasta la hora de irse.

Al día siguiente le pregunto a Edward si hubo algún problema cuando llegó a su casa. Es una pregunta vaga, pero él sabe de qué estoy hablando. Me dice que Alice no estaba en la casa cuando llegó, entonces tuvo tiempo de tomar un baño, contrariado por tener que lavarse el olor a mí de su cuerpo. Dice que Alice le dejó un recado: "Son las once y no atiendes ni el celular, ni el teléfono en el trabajo. Probablemente tienes una amante. Voy a salir con Charlotte."
Se Trata de su tradicional broma acusadora que utiliza cuando Edward trabaja hasta tarde. Ella le pregunta si tiene una amante, sin jamás creer que él sería capaz de una cosa así. Todas las veces ella cambia de mujer, escogiendo el nombre cualquier mujer del despacho. Cuanto menos atractiva la mujer, más se divierte ella.
— Sé que estás enamorado de Nina — ella dice, sabiendo que Nina es una secretaria gordita de Staten Island, con uñas postizas pintadas con esmalte perlado.
Pienso en Edward volviendo a su casa anoche. Una escena completa se revela en mi cabeza: Edward llegando a su casa subrepticiamente, corriendo para entrar a la ducha y meterse en la cama, esperando que la llave gire en la cerradura, fingiendo dormir cuando Alice entra en el cuarto. Ella se inclina sobre él, examinándolo en la oscuridad.
— ¿Cómo fue tu cita con Nina? — pregunta Alice con una voz chillona y alta.
El se frota los ojos, como hacen las personas en la televisión cuando se despiertan de un sueño profundo.
— Hola — dice él cansadamente, y luego hace de cuenta que vuelve a dormir.
Ella se acurruca en la cama, arrojando un " te amo" en su dirección. Edward vacila, pero le responde lo mismo. ¿Qué otra alternativa tiene? Después se duerme pensando en mí. Pensando que el mentón de ella es demasiado puntudo sobre el pecho de él.

Los Observo a los dos en la playa, en el agua.

Alice y Edward lado a lado, de pie, bajo el sol ameno de junio. Este fin de semana es el primero en que los veo juntos desde que Edward y yo hicimos el amor sobria e intencionalmente. Estoy usando lentes oscuros, entonces puedo estudiarlos desde donde estoy, sin que eso se haga muy obvio, mientras Charlotte charla conmigo
Edward acabó de darse un chapuzón rápido, aunque el agua esté helada. Ahora los dos están conversando, juntos, uno al lado del otro. Tal vez sobre la temperatura del agua. Vacilantemente, ella se aproxima al mar, apenas lo suficiente para dejar que el agua cubra sus pies. Los dos sonríen. Edward patea agua a las piernas de ella, ella suelta unos grititos, se da vuelta y se aparta un poco de él. Puedo ver los músculos de ella estirándose en las piernas largas y bronceadas. Ella está usando el bikini color piel. El cabello suelto le cae sobre su rostro. Edward se ríe y ella levanta el dedo índice en su dirección, como si fuese a retarlo, y va junto de él nuevamente. Se abrazan. Es una imagen dolorosa, pero no puedo desviar la mirada.
Siento como si estuviesen presentando un espectáculo. Bien, Alice está siempre presentando un espectáculo. Pero Edward participa con toda disposición. Seguramente él sabe que todos los estamos observando. Que yo los estoy observando. Es siempre así cuando se está en un grupo y alguien decide ir nadar o a meterse en el agua. El mar es como un escenario gigante. Es natural que los otros miren, aunque sólo sea por un momento. Edward debe estar consciente de eso; y parece estar muy cómodo haciendo la comedia de la pareja juguetona. Debería estar pensativo recostado en su toalla, dormitando o leyendo un libro — mostrase algo sombrío, para darme la impresión de que está confundido, molesto, tironeado emocionalmente. En vez de eso, él le arroja agua a Alice y sonríe.
James pone sus manos alrededor de la boca y les grita:
— ¿El agua está muy fría?

— ¡Helada! — anuncia Alice, golpeando la espalda de Edward mientras él suelta un comentario bien masculino:
— Para nada, está perfecta. ¡Ven acá!
La rabia se mezcla con amargura. Por primera vez, me arrepiento completamente de haberme acostado con Edward. Me siento una idiota, de repente tengo certeza que no significo casi nada para él. Las lágrimas comienzan a humedecer mis ojos, mientras me esfuerzo por no mirarlos, refugiándome en la música en mis oídos. Me Prohíbo a mí misma llorar.
Cuando voy a apretar el play, James me pregunta qué estoy oyendo. Sólo lo encontré una vez desde nuestra salida y fue para un rápido almuerzo en la mitad de la semana, en un bar cerca de mi oficina, pero nos hablamos algunas veces y una de nuestras conversaciones duró más de una hora. James está ocupado, y yo también. El trabajo ha sido enloquecedor. Toda la rutina. Entonces la puerta todavía está abierta, pienso muy contenta. Tengo que concentrarme más en él. Los sentimientos pueden surgir una vez que deje a sonrío y digo:
— Tracy Chapman. Este CD es genial. ¿Quieres escucharlo?
Le paso uno de los audífonos mientras Alice y Edward vienen en nuestra dirección. James oye por algunos segundos.
— Muy bueno — él me devuelve el audífono y toma una Coca de la heladerita. ¿Quieres un trago? — me pregunta, exactamente cuando Alice y Edward llegan.
Acepto y tomo la Coca, después de beber, limpio la lata con la punta de la toalla.
El me dice:
— No me molestan tus gérmenes. Al contrario.
Yo me Río y sacudo la cabeza como si dijese: "James, loquito."
James me guiña un ojo. Me río nuevamente.
El momento no podría haber sido mejor. Edward es testigo de nuestra interacción. No lo miro. No voy a mirar.
— ¿Alguien mas va a entrar al agua? — pregunta.
Charlotte le da la respuesta típica.
— Todavía no. Todavía no hace suficiente calor.
James dice que odia nadar, especialmente en aguas heladas.

Por favor, ¿puedes me explicar como eso puede ser divertido?
Alice se ríe.
— No es divertido. ¡Es una tortura!
No digo nada, aprieto el play de mi discman.
— ¿Y tú, Bella? — pregunta Edward, todavía cerca mío.
Lo ignoro, fingiendo que el volumen está demasiado alto para escucharlo.
El y Alice vuelven a sus toallas, del otro lado de Charlotte. Alice saca la arena de sus pies y de sus tobillos, mientras Edward se sienta con las piernas cruzadas mirando al mar. De reojo, puedo ver sus hombros y su espalda. Intento no pensar en su piel suave y en la sensación de estar recostada contra él. No voy a sentir más eso. Me digo a mí misma que no es el fin del mundo. Que es mejor así.

Esa noche, antes de cenar, mientras me estoy vistiendo, Alice viene hasta a mi cuarto preguntar si traje una máscara de pestañas. Le digo que no, que no tengo máscara de pestañas. Tal vez Rosalie tiene, pero ella está en el baño. Ella se sienta en mi cama y suspira, su cara tiene una expresión medio soñadora.
— Acabo de tener un sexo espectacular — ella dice.
Hago fuerza para mantener la compostura.
— ¿Si? — sé que estoy abriéndole la puerta para que ella comparta todavía más detalles, pero no sé qué decir. Mi rostro está ardiendo. Espero que Alice no lo note.
— Si, fue fenomenal. ¿Nos escuchaste?
Hacer ese tipo de comentario es típico de Alice. Ella siempre fue explícita en sus relatos sexuales. Llega a contar qué palabras fueron dichas en el momento del orgasmo. Yo solía escucharla, generalmente me reía, y a veces hasta me divertía con sus historias. Pero esos días quedaron muy atrás.
— No, debí estar tomando un baño — le respondo.
— Nosotros también estábamos en la ducha — ella se peina el cabello mojado con los dedos, después sacude la cabeza de un lado al otro. — Guau, hace meses que no tenía un orgasmo así.

Pienso en sus cuerpos mojados y abrazados y no logro decidir a cual de los dos odio más.

Ya es tarde, más de las dos de la madrugada. Evité a Edward durante toda la noche, en la casa y después en la cena. Ahora estamos en Talkhouse. Acabo de pedir dos cervezas, una para mí y otra para Rosalie, cuando Edward me encuentra en la barra.
— Hola, Bells— dice él.
Estoy medio loca y más atrevida. El alcohol curó mis heridas, dejando a la luz el resentimiento y la rabia. Son emociones más fáciles de administrar.
— ¿Si?
— ¿Qué está sucediendo? — pregunta él muy casualmente.
— Nada — disparo antes de darme vuelta para marcharme.
— Espera un segundo. ¿A dónde vas?
— A llevarle la cerveza a Rosalie.
— Quiero hablar contigo.
— ¿Sobre qué? — Pongo una voz indiferente.
— ¿Qué pasa?
— Nada — le respondo, deseando ser mordaz y vengativa. No tengo mucha práctica en ser mala, pero mi tono de voz ayuda, porque Edward parece amargado. No estaba tan amargado en la playa, o durante el relato sexual de Alice. Levanto mis cejas mirándolo con un cierto enojo, como se dijese: "¿Qué puedo hacer por ti?"
— ¿Estás... enojada conmigo? — pregunta él.
Me Río... No, en verdad es un bufido.
— ¿Lo estás? — pregunta él nuevamente.
— No, Edward, no estoy enojada contigo — respondo. — Realmente no siento nada por vos. O por lo que haces con Alice.
Ahora él sabe que yo sé.
— Bella... — comienza él, todo agitado. Después intenta justificarse, diciendo que ella comenzó.
— Ella me dijo que fue el mejor sexo de su vida — le digo mientras me aparto, dejándolo solo en la barra. — Buen trabajo, muchacho. Mis Felicitaciones.
Aun medio borracha, sé que no tengo derecho a reclamar de ese modo. El sólo tuvo sexo con su novia, no me prometió nada — y no vamos a discutir nada antes del 4 de Julio. No hubo ninguna promesa rota. De hecho, ninguna falsedad, de ninguna manera y de ningún tipo. Estoy en esta situación por libre y espontánea elección, no fui engañada. Pero aún así lo odio.

Miro a mí alrededor para ver si encuentro a Rosalie. Edward va detrás de mí y me sujeta mi brazo, justo abajo del codo. Dejo caer una de las cervezas. La botella se rompe.
— Perfecto, ves lo que hiciste — le digo, mirando el estropicio.
— Voy a buscar otra.
— ¡Basta!
— Bella, por favor... No pude evitarlo. Fue a Alice, te lo juro.
De repente Rosalie aparece detrás de nosotros.
— ¿Qué pasa?
No tengo certeza si ella escuchó nuestra conversación.
— Nada — Edward se apresura a responder. — Es que Bella está furiosa conmigo porque le hice tirar su cerveza.
— Puedes quedarte con la mía — se ofrece Rosalie.
— No, quédate con esta — le digo, entregándole la botella.
Ella acepta reticentemente y pregunta dónde está Alice.
— Justamente estábamos buscándola — le digo.
Miro a Edward. El está intentando disimular, pero no lo logra. Sus ojos están muy abiertos, la boca estirada en una sonrisa de compromiso. Estoy segura que él no tenía esa cara en la ducha.
¡Mierda! Se acabó, me digo a mí misma, con el tono dramático de una mujer injuriada. Entonces me doy vuelta y encuentro a James. El dulce James, que me ofreció su Coca en la playa y que no está comprometido con nadie.

Cortito pero contundente les dejo un adelanto, conocen la mecánica nos leemos en 5 reviews, si no hasta mañana. Recuerden que los anónimos no cuentan.

Aquí les dejo un adelanto…

Cuelgo mi cartera en mi hombro cuando Kenny, del sector de correspondencias, surge en mi puerta entreabierta.
— Hola, Kenny, puedes entrar.
— Bella — él pronuncia mi nombre con un acento francés. — Esto aquí es para vos — él sonríe y me muestra un florero lleno de rosas rojas. Muchas rosas. Más de una docena. Más que dos docenas, aunque no las haya contado. Todavía.
— ¡Carajo! — los ojos de Rosalie se abren enormemente. Veo que ella hace un esfuerzo enorme para no tomar la tarjeta.