Nota: No odien mucho a Alfred, el pobre era así porque era un pobre adolescente cliché de película gringa. Me inspiré escuchando a Katy Perry "Las Friday night" para poder escribir la fiesta y un montón de Hip-hop machista y fiestero (nunca más dios… nunca más)
Mi beta casi muere de disgusto con este capítulo. Perdóname, linda, pero no te puedo prometer que no escribiré algo desagradable de nuevo jajaja.
Color sepia 3: No tan heroico
DON LUIS:
¡Por Dios que sois hombre extraño!
¿Cuántos días empleáis
en cada mujer que amáis?
DON JUAN:
Partid los días del año
entre las que ahí encontráis.
Uno para enamorarlas,
otro para conseguirlas,
otro para abandonarlas,
dos para sustituirlas
y una hora para olvidarlas.
(Don Juan Tenorio, José Zorrilla)
-¡Lánzala de una puta vez!– gritó Ludwig con su tono de dictador desde el otro extremo del campo. Lud el defensor de la primera base, era su apoyo principal y el estratega del equipo; él, como el lanzador estrella del equipo y capitán, confiaba en todas sus decisiones. Se concentró intentando enfocar bien porque, siendo sincero, le estaba costando un mundo eso de enfocar a la distancia. Igualmente logró hacer el cuadrangular y se largo a correr a toda velocidad mientras Iván desde la banca le gritaba que corriera más rápido.
Iván era el otro lanzador del equipo, quien lo reemplazaba cuando estaba cansado o lesionado. El chico tenía una manera macabra de jugar, normalmente se veía pacífico, hasta tonto con su metro noventa, mirada color violeta y su gesto pasivo, pero en la cancha era otro, era Iván el sanguinario, el que se había quedado cinco horas en la nieve cuando iban en sexto grado y no se había siquiera resfriado. Iván tenía una contextura de hierro y un sadismo al lanzar la bola mientras soltaba esa risotada tenebrosa que muchas veces - cuando prácticamente se escuchaba el crujir de los huesos del pobre receptor- hacía pensar sobre sus verdaderos motivos para estar en la cancha.
Pero pese a su sadismo era popular, porque se juntaba con Alfred y con Ludwig; ellos eran algo así como los reyes del colegio. Cuando Alfred entraba por Fenwey High los pasillos se abrían como las mareas a Moisés, él saludaba, chocaba las manos con la gente, empujaba a los perdedores y guiñaba el ojo a las animadoras, en especial a esas que aún no habían sido sus novias – porque Dios, la vida es tan corta y él las tiene que probar a todas – o a esas que no andaban con Ludwig, porque sabía que tarde o temprano todas pasarían por él.
Así eran las cosas tradicionalmente, ellos no eran egoístas, solamente competían por quien la tenía primero y luego se las heredaban como trapos viejos. De amor nada. Esas son cosas de niñitas cobardes y maricones, como decía Iván, que no tenía mucho éxito con las chicas, pero igualmente agarraba algunas de rebote.
Ganaron el campeonato de béisbol por cuarta vez, prácticamente tenían todas las copas desde que él había llegado a preparatoria y casi podía sentir que era su triunfo; suyo y eventualmente de sus dos amigos que habían llegado a Fenwey a traer gloria. Por eso en la noche había una fiesta, y fiesta era decir poco. Ludwig se había conseguido con su primo Gilbert, que estaba ya en la universidad, unos barriles de cerveza que planeaba vaciar él solo, gradualmente con la compañía de sus dos amigos en la fiesta y tal vez , por qué no, invertirlo en emborrachar algunas chicas y así llevarse de trofeo "algún himen", como decía burlescamente.
Alfred se sentó en su "trono" que era un sitial puesto en la tarima del patio, observando la piscina donde algunos nadaban ebrios, en ropa interior. Esto era, bastaban apenas dos meses, el baile de fin de curso y se acababan para siempre las aventuras de Alfred Jones en la preparatoria ¿Qué sería de él ahora? No era que se estuviera cuestionando lo que haría, eso estaba claro, iría al Tecnológico de Massachusetts a estudiar Ingeniería en informática, que era su ambición nerd. El hecho de ser el jugador estrella y el rompecorazones no le quitaba lo inteligente. Tal vez era inculto como una mula y un poco lento para darse cuenta de las cosas, pero las matemáticas y la tecnología eran su área, así que estaba seguro de que no fallaría en eso.
Pero ¿qué sería de su popularidad ahora? Él sabía perfectamente que la fama acumulada en estos cuatros años no le servirían de nada en la universidad, que tendría que construirse de nuevo como un personaje de una historieta recién estrenada. Se imaginó las miles de formas en que podría llamar la atención al llegar a la Universidad ¿Salvaría a una chica de una explosión en un laboratorio? ¿Inventaría un robot nada más llegar en el primer semestre? Tal vez lo picaría una araña radioactiva o algo así, fantástico, digno de su grandeza.
Había leído en sus historietas que Peter Parker había recuperado su buena visión al adquirir sus poderes arácnidos, de ser así entonces tal vez no tendría que ir al oftalmólogo a que le dijera lo ineludible: que su visión estaba empeorando gradualmente y que probablemente tendría que usar anteojos. Él. Alfred Franklin Jones que era un puto adonis, usando anteojos como un ñoño del montón. Porque sí, el leía comics, y jugaba video juegos, le gustaban las computadoras y las matemáticas, pero no era un ñoño. Era como un súper hombre súper genial.
-Hola guapo- lo saludó una morena haciéndole una seña seductora. Carmen López, una chica latina, capitana de las animadoras, una belleza curvilínea, de melena negra ondulada que caía por toda su espalda. Lo mejor de todo es que era descarada y libre como él, por eso había estado con ella muchas veces, era la única capaz de no confundir las cosas: una cosa era revolcarse por diversión, y otra cosa muy distinta era hablar de amor como si eso existiera.
-Hola, linda– dijo él invitándola a sentarse en sus piernas.
-Buen juego…- comentó tomando del vaso de cerveza del atleta y tomándolo al seco antes de tirarlo –Barbie y yo creemos que te mereces un premio-
-¿Me vas a hacer elegir entre las dos como la última vez?… ya sabes que me gusta el azúcar morena– dijo con un tono sugerente pasando su mano por la espalda descubierta de la chica.
-No cariño… esta noche si juegas bien tus cartas podrías tener una barra libre… ¿qué te parece? –
Alfred sonrió de modo perverso. Y se puso de pie al escuchar el sonido de Kanye West por los amplificadores, desde la misma tarima comenzó a bailarle a la morena que respondió pegando sus caderas a él. En un momento entre los ritmos de Sisqo, Usher y Snoop Dog, entre las botellas de cerveza y ron sabe que la amiga rubia de Carmen se ha unido. Barbara es la co-capitana, la otra chica fácil del colegio. Había sido novia de Ludwig y al parecer tenía un rollo extraño con Carmen, los supo cuando las vio sonriéndose de forma cómplice mientras lo acorralaban haciendo un "Sandwich de Alfred", no entendió mucho de nada, hasta que todo se volvió confuso y colorido.
La música sonaba, la gente gritaba, su garganta saboreaba el alcohol, unos labios, labios por todos lados, manos traviesas, uñas largas sobre su espalda, dos pares de manos que lo atacaban por igual, la ropa caía al piso, y estaba en medio de dos cascadas de pelo, una rubia y otra negra, risillas divertidas que sonaban como pequeños demonios. No recuerda en realidad qué hizo, ni como lo hizo, pero al otro día parece más o menos evidente.
Despertó con Carmen y Barbara, desnudo, en una cama que no era la suya. Apenas tenía imágenes sueltas de lo que había sucedido. No podía incorporarse bien debido a la bola de hierro que estaba en su cabeza golpeándolo por dentro. Trató de salir sin despertar a las chicas. Se puso la ropa como pudo y bajó la escalera donde había gente tirada como si en realidad en vez de una fiesta hubiera sucedido una batalla.
Gente amarrada con serpentinas. Unos tipos rayados con marcadores y pinturas luciendo los diseños más ridículos sobre sus caras y torsos desnudos. Botellas y vasos plásticos tirados, en la piscina, en un colchón inflable flotaba Ludwig que estaba solo en calzoncillos, pareciendo un cadáver. Iván no se veía por ninguna parte; esperaba sinceramente que no hubiera participado en una riña anoche, porque lo conocía, e Iván con una botella de vodka encima lo único que quería era romper un par de narices y mandíbulas. Los flamencos decorativos de la casa flotaban en la piscina alrededor de su amigo de ascendencia alemana dando un panorama bastante divertido. Sacó fotos con su móvil para subirlas a Facebook y grande fue su sorpresa al ver que ya habían fotos de la noche anterior donde salía con Carmen bailando en una mesa, luego salía Barbara bebiendo un bodyshot desde su ombligo. Luego salían ambas pegadas a su cuello como vampiras.
"Mierda", pensó, corrió al espejo del corredor y las vio, dos marcas moradas en su cuello. "A ver cómo le explicas eso a tu madre, chico listo...". Se dirigió a la parada del bus, estaba bastante lejos de su casa, en los barrios altos, exactamente en la casa de la rubia que lo había violado colaborativamente con su amiga anoche. no tenía intención de quedarse para que el señor Pierce llegara y viera que había participado en una especie de trío sexual con su primogénita.
Mientras iba en el bus se preguntaba si las cosas seguirían siendo así en la Universidad. La verdad es que ya no le llamaba mucho la atención la idea de seguir asistiendo a orgías, ni de formar parte de una fraternidad. Tal vez su madre tenía razón y ya había probado muchas cosas a la corta edad que tenía. Se graduaría. Luego cumpliría los 18 años, estaría los últimos días de verano asistiendo a más fiestas como ésta con sus amigos del colegio, probablemente se metería con Carmen o con cualquier otra que estuviera disponible, despertaría con resaca, perdería el tiempo en la computadora de día y así sucesivamente hasta cuando comenzara el año académico de la Universidad en septiembre.
Llegó a su casa restregándose los ojos. Cuando había sol su visión empeoraba ya que unido a la dificultad para enfocar a largas distancias u objetos pequeños, se sumaba la molesta luz del sol sobre sus pupilas. Intentó abrir la puerta por sus medios, pero se le estaba haciendo tremendamente difícil darle a la cerradura con el mareo que tenía y su visión borrosa.
-¿Problema querido?– dijo la señora Dominique Jones abriendo la puerta con un gesto fiero en sus ojos.
-Mami– intentó decir con un tono cariñoso que sonó bastante más culpable de lo que hubiera deseado. Trato de ocultar las marcas de las "vampiras" en el cuello de la chamarra para pasar desapercibido, pero su madre fue más rápida, bajándole la cremallera de su chaqueta del equipo, para descubrir que estaba sin camiseta, que tenía el cuello marcado por esos morados y rasguños en su vientre. Aguantó un jadeo de rabia y murmuró con un tono bastante aterrador.
-Desaparece antes de que me arrepienta por no matarte-
No necesitó oírlo dos veces, corrió al segundo piso, lanzándose sobre la cama. ¡Qué incomprensión! Era un héroe, había ganado el campeonato, y le había ido bien en la escuela ¿Por qué tenía que reprimir sus ganas de celebrar como dios manda? No alcanzó a seguir reclamando porque se durmió como un lirón hasta despertar a las cinco de la tarde, seguía con la misma resaca y sed endemoniada así que optó por meterse a la ducha demorando más de lo común porque sabía lo que le esperaba. Le esperaba "la charla", porque aunque su mamá no era tonta, sabía perfectamente lo que él hacía con las muchachas con las que estuvo "saliendo", nunca había llegado con las "marcas de guerra" impresas en su cuerpo de forma tan notoria como esa noche.
Y no se equivocaba. Dominique lo estaba esperando en el comedor con un puesto servido para él y una cara bastante seria. Aún así lo dejó terminar de comer antes de comenzar a hablar.
-No estoy orgullosa de ti en este momento– lanzó sin anestesia haciendo que su hijo se encogiera en la silla -normalmente si lo estoy, eres inteligente, responsable y amigable con la gente, pero te juro que a veces no te reconozco-
Alfred miraba insistentemente su plato intentando encontrar una salvación en uno de los pedazos de espagueti que habían quedado pegados en él.
-No entiendo como alguien tan inteligente como tú puede llegar a casa en este estado, y no me refiero sólo a la borrachera– llevó su mano a la pañoleta que su hijo estaba usando para disimular los chupones que le habían dejado las chicas la noche anterior, pero el joven la detuvo.
-Por favor má… sé a lo que te refieres-
-No, no lo sabes… ¿Crees que es una gracia llegar a así? ¿Crees que te hace más hombre?-
No quiso responder, porque sinceramente creía que sí ¡Vamos!, había hecho algo que Ludwig aún no, le estaba ganando en experiencia y eso le producía un orgullo culposo, aunque sabía que no había nada de bueno ni loable en ello.
-No lo hace, Alfred… dejar que te hagan esto, hacer este tipo de cosas con cualquiera, como si no importara, no te hace más hombre, te hace un idiota– le aclaró la mujer al adolescente que no se atrevía a emitir juicio -Yo sé que crees que exagero, que eres un chico, que esto es algo que normalmente los padres les dicen a sus hijas y no las madres a sus hijos, menos a uno que está a punto de cumplir la mayoría de edad para dar su consentimiento… pero creo que es necesario que lo escuches-
El rubio suspiró cruzándose de brazos para escuchar a su madre.
-No me molesta que lo hayas hecho, lo que me molesta son las circunstancias, Alfred, nunca has tenido una novia con la que dures más de dos meses, has salido con un montón de chicas que ni siquiera llegaron a ser tus novias, y está esa Carmen–
-¿Qué hay con ella?-
-No es una chica con la que yo hubiera soñado que salieras, o por último, si la hubieses querido, si hubieses sentido algo por ella entonces bien por ti, hazlo, pero en cambio lo que hiciste fue tirar tu intimidad con cualquiera… por eso se llaman relaciones íntimas, hijo, porque se supone que es algo personal y especial que haces con alguien importante, no ebrio, no con desconocidas en cualquier lugar…
Alfred relajó su rostro, luciendo ahora, sinceramente avergonzado.
-Estoy decepcionada porque creo haber hablado esto contigo cuando eras niño, te dije que cuando estuvieras listo lo hicieras con alguien que fuera especial, que eso es algo que se hace con alguien importante para ti-
-Lo siento, má– murmuró el chico apenas.
-No me pidas perdón a mí, es a ti mismo a quien has faltado el respeto… espero de verdad que hayas estado usando protección durante todo este tiempo, porque no quiero imaginarme qué pasaría si llegaras a ser padre ahora-
-Siempre me he cuidado… además Carmen está acostumbrada a esto, creo que se inyecta un anticonceptivo… y seguramente me obligó a usar preservativo anoche - dijo sabiendo que empeoraba las cosas al decirlo.
-Bien, entonces…- dijo la señora Jones levantándose a recoger los platos de la mesa con un gesto cansado.
-Sabes, Alfie– agregó antes de retirarse –un día de estos vas a encontrar a una persona especial, cuando eso pase lo vas a saber… entonces sentirás una verdadera necesidad por comprometerte, por permanecer al lado de una persona como si la necesitaras para vivir, entonces todo esto que sucede ahora, todo esto que has hecho te va a parecer ridículo e insignificante, porque compartir tu intimidad con alguien a quien amas es una experiencia totalmente distinta… por eso es que no vale la pena andar ofreciéndosela a cualquiera-.
Se acerca la fiesta de graduación y junto a Carmen, está asistiendo a un curso pagado por el padre de ella "Porque ella debe ser la reina, chico, así que no la hagas quedar mal". Ella por supuesto como buena latina no se conforma con que él sea menos que espectacular en la pista, así que luego de tres meses siente que podría ir a "Dancing with the stars".
Las cosas salen tal como esperaba: él es coronado rey, Carmen es coronada reina; una vez dados los galardones inician su baile de la victoria y cada uno por su lado. Porque no son pareja ni nada, todo era un acuerdo porque: "Tu eres el capitán del equipo de Baseball, yo la capitana de las animadoras, es obvio que tenemos que ir juntos al baile", él había aceptado porque realmente, era obvio. Eran como sus deberes sociales por ser el héroe.
Luego del baile de graduación ya no puede seguir huyendo de lo inevitable: Su mamá ha pedido una cita con el oftalmólogo, porque claramente no tiene la visión perfecta que tenía hace unos años. Tiene miedo. Todas esas máquinas que le ponen para ver sus ojos y que "Mire aquí" "Ahora lea las letras", luego esos aparatos de lentillas que parecen sacados de una película de terror, y deben ser en realidad aparatos de tortura, porque cada vez que ponen un lente nuevo le preguntan "¿Ahora puede leer la línea de abajo?", él juraría que la última corrida de letras la han hecho tan pequeña a propósito.
Cuando finalmente le dicen que está miope y que debe usar anteojos en forma permanente quiere morirse, el doctor le explica que sólo tiene 3.2 dioptrías así que es algo moderado, pero lo suficiente como para que tenga que usar anteojos ya que si no lo hace ahora, su condición podría avanzar. En cuanto salen, su madre lo arrastra a la óptica que tiene convenio con el seguro social de su padre, y para su mayor desgracia – sí, porque los dioses están empeñados en torturarlo – el seguro no cubre lentillas de contacto así que debe usar "los de ñoño", así con armazón y todo, pese a que escogen unos marcos al aire y que su madre le dice que luce guapo con ellos.
Son anteojos. Nadie puede lucir guapo con ellos. Y comienza su "nada heroico" escándalo.
-No los usaré– declara en tono rebelde cuando su madre llega con el estuche y los lentes recién retirados de la óptica.
-No es opcional, Alfred… ya oíste a la doctora-
-Necesitas una segunda opinión– insistió sabiendo que se estaba poniendo infantil.
-No necesitas tantos rodeos cuando es obvio que no ves las señalizaciones y que te cuesta leer, tienes que estudiar, escribir en el computador… no puedes nada más… –
-¡Le agrandamos las letras a todo!- propone desesperado.
Y las discusiones siguieron, por semanas.
-Cariño, si vas a salir ponte los lentes– le dijo ella viendo como él se arreglaba para salir seguramente con sus amigotes.
-No hace falta, puedo perderlos– se defendió el chico mientras hacía esfuerzos por peinarse. Finalmente termino poniéndose los anteojos para verse al espejo, volviéndolos a dejar en el estuche
-¿Ves como los necesitas?– le comentó Dominique con ese tono de sabelotodo que su hijo había heredado de él.
-Tal vez, si hubieras sido menos tacaña y me hubieras comprado los de contacto no estaríamos teniendo esta discusión-
-¡Alfred!, sabes que no podíamos, vas a entrar al MIT ¿Crees que es barato?-
-Sé que no lo es, pero no me servirá de nada estar ahí si no puedo ver ¿O sí?-
-Vas a ver, porque usarás los anteojos– le recordó ella ya con un tono irritado.
-No lo usaré– declaró obstinadamente el muchacho –prefiero morir de miopía antes que verme ñoño y morir de fealdad–
Y eso fue la gota que derramó el vaso. La mujer tomó aire, anunciando:
-Alfred, cariño, necesitas ver más allá de tus narices, vas a entrar a la universidad, no eres un crío, y sospecho que tampoco eres estúpido– comenzó a reprenderlo con ese tono aterrador que se usa para controlar un hijo de un metro ochenta con más de 80 kilos de masa muscular. – Vas a ir de voluntario a un centro para la ceguera…-
-¡Pero mamá!– Comenzó a protestar –no puedo perder mi verano en eso…-
-No es una pregunta, Alfred Franklin Jones, es una orden; ya llamé dije que irías el próximo lunes a las cuatro de la tarde– le informó –Y usarás esos anteojos, los usarás porque no te dejaré salir de ésta casa sin ellos y pobre de ti que los pierdas porque te juro, que te hago comprarlos con tus ahorros– sentenció finalmente, no hubo más réplica.
El problema es que todo era tremendamente injusto, porque él no se merecía esto. Ahora estaría condenado a ir con esos horrendos anteojos a la Universidad, llegaría como un ñoño y nadie nunca lo respetaría. Todos sus planes de ser el rey del campus, de salvar a una chica al llegar, lo de la araña radioactiva y el premio Nobel antes de los veinte, todo eso se estaba yendo al carajo por un pedazo de prótesis ocular. Realmente estaba llegando a pensar que era mejor estar ciego que con ese horrible aparato.
Aunque ahora que lo pensaba, la ceguera era un panorama que parecía miles de veces más aterrador que la "hiper-horripilancia". Si se quedaba ciego nunca más iba a poder ver a una chica linda, ni ver películas, leer una historieta. No podría volver a jugar video juegos ni vería las mejoras en las gráficas; no iba a poder diseñar programas súper geniales que lo llevaran a ser el genio creativo de la marca Apple.
Si se quedaba ciego nunca más iba a ver colores, ni los juegos artificiales en su cumpleaños, ni podría escoger su propia ropa: No iba a poder experimentar ninguna diversión y ver las cosas bellas ¿Cómo iba a ver la belleza si sus ojos no sirven? Estaba tan metido en sus propios pensamientos que no se dio cuenta en qué momento atravesó el porche del centro para ciegos en cuatro zancadas, quedándose envarado frente a la puerta.
Vio las banderas de Estados Unidos e Inglaterra alzadas sobre el edificio y entonces pensó. "¿Qué daño hay si me voy?… no sé tratar con ciegos, me dan un poco de miedo y todo, con sus ojos estáticos, con sus bastones, chocando con todas las cosas, lamentándose por no poder ver… tal vez lo mejor es que me vaya por allí, o a lo de Ludwig y luego le invente a mi má una historia de, no sé, niños ciegos a los que les ayudé a no caerse y de cómo les enseñé a colorear sin salirse de la hoja… o algo así"
En ese momento la puerta se abre y sabe que está perdido.
-Llevas un buen tiempo ahí parado- le dice quien le abrió. Era un hombre joven, rubio de ojos verdes, aparentaba más de veinte y vestía como un abuelo: Camisa de tela blanca, corbata, un chaleco con cuello en "V" formal, pantalones de tela, zapatos de vestir; tenía el cabello revuelto; todo en él gritaba que era un ñoño incapaz de preocuparse por su apariencia. Era la primera señal de lo aburrido que iba a ser todo esto.
Y mientras seguía al tipo que lo guiaba por la casa - una casa vieja de madera, sobria, que parecía una biblioteca o un museo – pensaba en lo tremendo que iba a ser su verano. Pensaba que él – siendo el héroe que era – no había hecho nada malo jamás para merecer esta tortura medieval. Pensaba en cuánto tiempo su madre lo haría someterse a esto, en que preferiría estar metido entre las piernas de Carmen o tomando una cerveza que escuchando a este tipo aburrido hablar con ese tono severo y acento extraño.
Nunca hubiera sospechado que, tiempo después, se reiría de todo esto. De la estúpida fiesta, de sus estúpidas borracheras y de sus estúpidas aventuras sexuales "heroicas". Nunca habría sospechado que cambiaría a todas las porristas del mundo por poder tocar a ese mismo hombre cascarrabias, paliducho y de figura atléticamente masculina que lo estaba dirigiendo ahora por la casona. No se hubiera imaginado jamás, que estaría mendigando patéticamente por lograr formalizar una relación, por lograr sacarle un compromiso, aunque fuese verbal, a ésa persona.
Nunca se le habría ocurrido siquiera, pensar que los lamentos sobre su imperfecta visión serían reducidos a la nada al darse cuenta que la belleza no se puede explorar ni conocer con los ojos, o que hubiera dado uno o ambos ojos para que otra persona pudiera ver, aunque sea por una sola vez, el cielo azul y los colores de la tierra. Nunca hubiera pensado que iba a afirmar con certeza que usar anteojos si valía la pena, si es que era capaz de ver con nitidez los rasgos angulosos y atractivos de un inglés cínico y mandón, de ver los matices de verde y pardo que se fundían en sus iris, en esos ojos estáticos e inútiles pero inexorablemente bellos, esas manos de dedos filosos que al posarse sobre su piel lo atravesaban hasta el alma. Porque puede que ese hombre no pudiera nunca ver sus ojos azules ni su cabello rubio, puede que nunca vaya a conocer su rostro, pero lo comprendía mejor que nadie y lo veía más allá de lo que cualquier persona había sido capaz.
¿Me odiaron?¿Odiaron a Alfred? ¿Al capítulo? Espero sinceramente que no jaja
Nos leemos el viernes en que seguimos en los dramones del presente y la incipiente relación entre Arthur y Alfred.
