Había pasado una semana desde el Torneo de las Torres y tanto Diana como Ludwig se habían adaptado muy bien a las rutinas del castillo. Durante los 7 días que llevaban en el castillo, habían tenido entrenamientos individuales en el campo de prácticas y apenas hasta ese día iban a tener el primer entrenamiento grupal.

Era una mañana soleada en el Reino Lorem, Feliciano cantaba alegremente mientras Elizaveta se bañaba. Ambos se pusieron sus ropas de combate y fueron al comedor donde compartían el desayuno con el resto del ejército. Kiku se había hecho muy amigo de Ludwig y la reina adoraba a Diana aunque no tanto como a Roderich. El rey platicaba alegremente con su consejero pelinegro y con el rubio de ojos azules.

Ludwig sabía la historia del reino y le parecía realmente extraño que una persona tan amable y bondadosa como Feliciano fuera el rey, pues, aunque Gilbert lo hubiera elegido como su sucesor, él siempre podía decir que no. Y sin embargo, ahí estaba, con la corona sobre su cabeza y cientos de vidas sobre sus hombros.

Cuando terminó la cena, se dirigieron al campo de prácticas. El lugar de prácticas consistía en varios muñecos de madera giratorios a los que se les podía poner armas en las manos para que atacaran, sacos de tela para golpear, diferentes obstáculos para saltar pues esa era una de las habilidades principales de todas las piezas y el tablero de entrenamiento, todo rodeado por una pista para correr.

Elizaveta era la entrenadora así que les dijo que se colocaran en la pista al lado de ella y le dieran 20 vueltas al campo de prácticas. A su señal, todos comenzaron a correr. La resistencia al cansancio era muy importante en la guerra así que también debían fortalecer el cuerpo para aguantar los arduos entrenamientos.

El aire entraba y salía de sus pulmones a un ritmo irregular, después de 12 vueltas, las piernas comenzaban a arder y a pesar pero aún así, todos terminaron las 20 vueltas. Algunos sirvientes estaban sentados en una de las varias mesas de jardín con jarras de agua y trapos limpios por si acaso. Roderich se notaba como el más agotado de todos así que tomó un trago de agua mientras Kiku se limpiaba delicadamente el sudor de la frente.

-Muy bien, practicaremos en parejas… Torre contra Torre, Alfil contra Alfil y Caballero contra Caballero-anunció antes de acercarse a Feliciano- Ven querido, vamos a practicar el nuevo movimiento que te enseñé.

El monarca asintió y tomó una ballesta para dirigirse al tablero de entrenamiento. Ludwig no pudo evitar seguirlo con la mirada, estaba preocupado, obviamente. Era sabido que la reina es la mejor guerrera del reino, por lo tanto era obvio que le ganaría al rey, pero ¿sería capaz de dejarlo inconsciente o herirlo gravemente?

El gobernante de Lorem se colocó en un escaque y le apuntó a la castaña con la ballesta. A su señal, comenzó a disparar flechas. Elizaveta se movía como un rayo, esquivaba algunas y desviaba otras con su espada mientras se acercaba peligrosamente al rey. El rubio de ojos azules no pudo evitar desviar la mirada de Diana para ver como la reina se lanzaba sobre el castaño.

-¡NO!-gritó sin darse cuenta cuando Feliciano soltó la ballesta y se lanzó hacia atrás. De su ropa sacó tres dagas y las lanzó rápidamente contra la castaña. Al estar tan cerca, le costó trabajo a Elizaveta esquivarlas pero lo hizo y empujó al monarca contra el suelo con la espada contra su cuello.

-¿Ludwig? ¿Qué ocurre?-le preguntó Diana, quitándose su yelmo. El rubio se sintió estúpido por gritar, era obvio que la reina no le haría un daño mortal al menor-¿Estás bien?

-Necesitas practicar tu precisión, querido-comentó la castaña ayudando al rey a levantarse. Entonces miró al resto del ejército y le ordenó que cambiaran de pareja- Roderich, querido, ven, quiero patear tu lindo trasero…

Uno de los sirvientes le llevó al monarca tres dagas nuevas mientras él tomaba un sorbo de limonada. Diana se acercó al rey para retarlo a un duelo, cosa que Ludwig estaba a punto de hacer pero se dio cuenta de que quizás no podría atacar a un chico tan indefenso. Algo en sus pensamientos debió mostrarse en su cara porque el Alfil sonrió.

-Te escuché gritar, Ludwig-comentó Kiku con su sonrisa misteriosa- ¿Te preocupas por nuestro rey?

-Todos nos preocupamos por el rey, esa es nuestra misión ¿no es así?-dijo él evadiendo la mirada contraria. Siempre le parecía que el alfil podía ver su alma y saber sus pensamientos con solo mirarlo.

-Si claro, pero creo que te preocupas un poco más que los demás-dijo con un tono divertido, el rubio de ojos azules era tan fácil de leer que daba risa. La Torre no podía dejar de observar al monarca.

Diana se lanzó sobre él con su mazo en alto. Feliciano saltó hacia atrás y rápidamente se movió hacia la derecha. Mientras la chica levantaba el mazo para un segundo ataque, el rey atacó en diagonal, como debe hacerse y le pateó una mano. La chica soltó el mazo, que cayó con un fuerte estruendo, antes de que las dagas del castaño pasaran rozando su cara, haciéndole un corte en la nariz.

-¿Te diste cuenta, verdad?-le preguntó Kiku a la Torre, que lo miró confundido- No es que nuestro amado monarca tenga mala puntería, pero duda en el último segundo al atacar-El más alto observó como Feliciano sacaba una cuarta daga del cinto y la lanzaba, sin embargo, justo antes de que el arma abandonara su mano, el rey cerraba los ojos.

-Es peligroso que haga eso, podrían herirlo en ese momento de duda… o matarlo-murmuró el rubio y no pudo evitar una horrible imagen mental que le dio escalofríos. El cadáver de Feliciano tirado en el suelo con un cuchillo en el abdomen. El amable rostro del castaño frío, pálido y sin vida. La idea era tan horrible que dolía.

-Entonces ya sabes que puedes hacer por tu querido rey-comentó el alfil con una sonrisa traviesa antes de llamar la atención del monarca- ¡Majestad! ¡Ludwig quiere practicar con usted!- el color inundó las mejillas del rubio por la vergüenza. El castaño asintió mientras se secaba el sudor con una toalla y Diana tomaba un poco de limonada.

-Muy bien, suerte-le deseó el monarca antes de tomar dos dagas con cada mano y se colocó en posición de defensa. La torre sujetó con fuerza su espada y lo encaró. Ludwig nunca había estado tan cerca de Feliciano en su vida. Lo había visto de lejos cuando paseaba por los jardines del castillo y por los pasillos, incluso en los entrenamientos individuales, lo observaba desde lejos. Ahora estaba a solo un paso de él y pudo verlo con atención.

Su mirada zafiro bajó desde la reluciente corona sobre su cabeza hasta el cabello castaño con ese simpático mechón. Después su mirada chocó contra los ojos color chocolate que tenía, grandes y brillantes, tan hermosos que le robaron el aliento. Bajó la mirada hasta pequeña nariz que tenía y sus delicados labios que formaban un puchero casi imperceptible a la distancia, realmente no le gustaba pelear. Era más bajito que él y sin embargo se veía ágil y rápido. Lo que más llamó su atención fueron las delicadas manos con las que sujetaba las dagas, las movía de manera fluida y elegante, como si estuviera pintando.

En un parpadeo, Ludwig regresó al presente y levantó su espada, le lanzó la primera estocada. El más bajo saltó de nuevo hacia atrás y, con la velocidad de un conejo, cruzó al siguiente escaque para atacar en diagonal. La espada de la Torre cortó el aire, repeliendo dos de las tres dagas. La tercera le rozó el cabello pues el monarca había vuelto a cerrar los ojos. El más alto lanzó un segundo ataque y el castaño le soltó una rápida patada para desviar la espada. El rubio recibió un puñetazo en el estómago que, aunque no le dolió, lo desequilibró.

Feliciano era rápido, pero eso no aseguraba su supervivencia en un momento crucial. Tenía que aprender a atacar. El ojiazul lanzó una tercera estocada pero el rey ya estaba listo. El menor saltó y pisó la espada, jalando a su contrincante hacia el suelo, Ludwig tuvo que apoyar una rodilla en el suelo para no caer y eso le dio ventaja al castaño para tocar su cabeza con la punta de su cuarta daga.

-¡Bien hecho, Feli!-dijo la reina emocionada mientras Roderich se levantaba adolorido del suelo por milésima vez. La chica corrió y abrazó al menor con cariño mientras el rubio se ponía de pie-Eres un gran guerrero, incluso podrías superar a Gilbert si sigues practicando.

Todos los presentes aplaudieron menos Ludwig que se dio cuenta que esas palabras herían al monarca aunque él no quisiera mostrarlo. Feliciano escondió su tristeza en el espeso cabello castaño de la chica quien anunció que el entrenamiento había terminado y que podían irse. Todos comenzaron a marcharse a sus habitaciones menos el rubio de ojos azules que se escondió detrás de un arbusto

-Seré la primera en bañarme, querido-dijo Elizaveta besando la frente del castaño que asintió- Cuando termine, te prepararé un rico panqué mientras te bañas tú ¿ok?-Feliciano le dedicó una amplia sonrisa y la joven se fue. Creyendo que se había quedado solo, el monarca se quitó la corona y la miró con tristeza.

-Realmente odia pelear ¿verdad, majestad?-preguntó Ludwig saliendo de su escondite. El rey no pudo evitar asustarse pero se relajó al ver que era la Torre-Lo vi todo, le duele estar mejorando en combate ¿verdad?

-Yo…-el más bajo dudó por un momento antes de poner su máscara de seriedad y confianza, la máscara del Rey de Lorem- No, debo mejorar día a día, si yo muero, traeré la deshonra a Lorem y eso es intolerable…

-Eso a ti te tiene sin cuidado-dijo el mayor con crueldad- Honor o no, tú no quieres pelear y solo aceptaste el trono por miedo a decepcionar a los que te rodean, conozco tu historia, no querías decepcionar a tu padre quien murió al día siguiente que te coronaron, apuesto a que fue el último y más feliz día de su vida. Deberías de renunciar ahora que él no está, solo pondrás en peligro al ejército y a Lorem.

-¡TU NO SABES NADA DE MI!-exclamó Feliciano furioso y le lanzó una daga. Tomó desprevenido al rubio que no pudo esquivarla y ésta le hizo un profundo corte en el mentón- ¡NO TE ATREVAS A DECIRME LO QUE TENGO QUE HACER!-le lanzó una segunda daga que se clavó en el brazo ajeno- ¡AMO A MI PUEBLO Y SERÉ EL MEJOR REY QUE JAMÁS HAYA TENIDO LOREM!- y dicho esto le lanzó la tercera daga justo en el estómago a una velocidad imposible.


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