Cualli Tonalli!!!!!!!!
Este último capítulo está dedicado a aquellas personitas: mi amiga Rocío, y mi estimadísima Argin, ambas quienes son fieles seguidoras de esta historia y de Montecristo. Gracias mil gracias por sus comentarios y por sus ánimos en este fic que ha sido uno de los más difíciles que he escrito. Espero disfruten esta última entrega este último momento… mil Gracias por leer mi historia ^^
El conde de Montecristo no me pertenece, es de la invención y la genialidad de Alexander Dumas, alguien a quien admirare hasta el final de los tiempos.
Capítulo Final
Estaba aterrado, solo se dedicaba a caminar por el pasillo. En ocasiones se paraba frente a la puerta de madera y reprimía el deseo de entrar para averiguar lo que estaba ocurriendo…pero cuando lo intentaba Alí siempre lo detenía.
Mordía su labio con insistencia, y enredaba los dedos en su cabello ¡Si no tenía noticias pronto, iba a enloquecer!
"Parece que está nervioso Conde…" Exclamo una voz muy familiar con un tono alegre y burlón, dejo de caminar y giró bruscamente sobre sí.
Maximilian Morrel le extendía un vaso de vino, mientras en su rostro se dibujaba una sonrisa encantadora. Edmund acepto la bebida y tomo asiento, mientras su amado hijo le imitaba.
Hacía ya más de un año, que Montecristo y Mercedes habían regresado a Oriente, y que comenzaron su vida juntos. Ambos habían invitado a los Morrel, después de que hace tiempo Edmund cumpliera la promesa de conocer al pequeño primogénito del soldado y Valentín: Un hermoso niño de cabellos rojos y ojos sabios que llevaba por nombre el del buen Padre Morrel, antiguo jefe y más querido amigo de Dantes.
"Es que no se qué debo hacer, estoy…" Comenzó a decir Montecristo mientras desviaba la mirada hacia la habitación donde estaba su amada Mercedes.
"Aterrado" completo una voz suave y encantadora, ambos hombres giraron el rostro y se encontraron con la mirada de Julia, siempre tan hermosa y sencilla. Junto a ella el pequeño Edmund les miraba confundido.
El pequeño al ver que Monsieur Dantes le observaba, sonrió. Montecristo vio al pequeño acercarse y tras sentarlo en su regazo, sintió como el niño estrechaba su cuello con los pequeños bracitos y reía con alegría. Respondió al abrazo, buscando encontrar en aquella inocente criatura la paciencia que necesitaba.
"no debe temer, padre mío…" Julia se acercó y tras hincarse frente a él, acarició su rostro con dulzura "…Disfrute de esta experiencia, porque no hay nada que pueda comparar a la felicidad que está por descubrir"
La mano de Maximilian se poso sobre su hombro, y enterró el rostro en el pequeño hombro de Edmund. Respiro tratando de asimilar el momento, de saborear la experiencia y entonces escuchó que una puerta se habría.
Levanto el rostro y encontró a mucha gente sonriente, a sus queridos Bertuccio y Bautiste, vio salir de la habitación a Alí, seguido de Valentín que al mirarlo corrió para arrojarse a sus brazos. Montecristo se puso de pie, y tras dejar al pequeño Edmund con Julia, estrecho con fuerza a la niña pelirroja.
"¡Oh padre mío!" Exclamo la joven mientras lo miraba a los ojos "¡Es la criatura más bonita que he visto en mi vida!"
Edmund se quedo de pie, confundido y con un nudo en la garganta. Paseo la mirada por los presentes y tras tragar saliva, entro a la habitación con lentitud.
Respiraba desacompasadamente pero podía apreciar el momento con infinita claridad. Sentía el sabor extrañamente agridulce de la felicidad en su boca y su corazón palpitaba fuerte y sano contra su pecho. Y fue entonces cuando la vio.
Mercedes yacía acostada en la gran cama de su habitación, su rostro estaba cristalizado por pequeñas gotas de sudor y su largo cabello estaba esparcido por la almohada donde apoyaba la cabeza. Sonrió al verlo entrar y con delicadeza extendió su mano hacía él.
Edmund se quedo paralizado en cuanto vio a la pequeña criatura que su amada cargaba en brazos, al pequeño bultito de tela violeta que respiraba con lentitud. Mercedes estrecho su mano, y con naturalidad le atrajo hacía sí.
"Edmund…" Dijo con una hermosa sonrisa iluminándole el rostro "…Ven Edmund, ven a conocer a tu hija"
Con sumo cuidado, lleno de miedo por despertar a tan pequeño milagro, Montecristo se sentó junto a su esposa, y tras besar su frente, miró con sorpresa al bebe que hacía unos momentos acababa de nacer. La criatura estaba profundamente dormida y en su boca, se dibujaba una pequeña y sorprendente sonrisa.
"¡Es hermosa!" Susurró él, mientras estrechando contra si a Mercedes, acariciaba la mejilla de su hija. Era tibia y suave… idéntica a su madre. Suspiro al ver que la bebe se movía en reacción al contacto de su mano.
Una risa suave y musical llamó su atención, giro el rostro hacia Mercedes con expresión interrogante. La catalana le miraba con un brillo peculiar en sus ojos.
"Ya decidí un nombre para ella Edmund…" Dijo con una pequeña sonrisa, y con un leve sonrojo.
"¿Qué nombre es?" Preguntó el, bastante confundido y ansioso por conocer el nombre que su mujer consideraba perfecto para tan milagrosa criatura.
Por un momento el silencio se hizo prioritario, y Montecristo se permitió observar a la bebe con detenimiento, los rasgos eran los de su madre; piel levemente tostada y unos grandes ojos, los labios eran delgados y desde su frente caía un pequeño mechón de cabello negro, se alegro al ver que estos últimos rasgos eran suyos.
"Haydeé" Susurró Mercedes después de un tiempo, Montecristo sintió que su corazón saltaba, y tras mirar a los ojos de su mujer, sonrió.
"¡Es perfecto!" Extendió sus brazos y tras tomar a la bebe de los brazos de su madre, camino por la habitación con una sonrisa soñadora.
"Haydeé…" Susurró, y beso la frente de la recién nacida "… te amare por siempre, hija mía"
Sonrió al sentir como la pequeña tomaba su dedo índice, y en sueños sonreía. Giro el rostro hacia Mercedes.
"¡Te amo!" movió ella los labios con lentitud sin dejar salir un solo sonido, temiendo romper la magia del momento. Miró como su amado le sonreía, y regresaba para sentarse junto a ella en la cama.
"¡Y yo te amo a ti!" Susurro él, antes de besar los labios de la morena.
La felicidad que compartían en ese momento era indescriptible, era una felicidad que creyeron perdida y que juntos pudieron recuperar, porque esto era lo correcto, porque ellos siempre debieron estar juntos y porque al fin lo estaban.
FIN
Esta historia es para mi abuelo Jorge Fernández, quien siempre me ha infundido el deseo de aprender y me ha enseñado el placer que la lectura proporciona. ¡Te amo abuelo!
Aquí esta, finalmente ha llegado el clímax, nuevamente les agradezco a las personas que me regalaron algo de su muy preciado tiempo y leyeron esta historia. Mil gracias espero de todo corazón que les guste el final, a mi me gusto mucho. Esperare ansiosa sus opiniones.
¡Gracias por acompañarme en esta travesía! y recuerden: "La sabiduría humana estará resumida en dos palabras: ¡Confiar y esperar!"
Gracias, besos
Tlazohcamati huel miac!!!!
