Aquel día, en contraste con los usuales meses de cálido verano, el cielo amaneció cubierto de densos nubarrones. La niebla bajaba hasta el suelo, enfriando las calles y dificultando la visión a todos aquellos madrugadores que debían abrir sus negocios.

Más nada impidió que los tres desvalijados carros que formaban la pequeña caravana de gitanos emprendieran su camino hasta la plaza del pueblo, donde con danzas y distracciones ganarían lo que sería el sustento para casi una semana.

-Nos van a descubrir- Dijo Ron colocándose bien la capucha sobre su rojiza cabellera- Ese bastardo es demasiado listo.

-No creo que busque entre los gitanos- Masculló Blaise mientras cargaba sobre el lomo de su caballo tres bolsas pequeñas con lo que les quedaba de comida para su viaje.

Tras escapar de las garras del ejército de los ángeles blancos, ambos se habían ocultado en una pequeña caballeriza escondida en los lindes del pueblo. Pero las continuas patrullas, con sus negros uniformes y sus brillantes cintos, les obligaron a pensar rápido la forma de salir del pueblo.

O por lo menos así había sido hasta que, por pura casualidad, dos delgadas y furiosas figuras pasaron muy cerca de ellos. Uno era a ciencia cierta el príncipe de los ángeles negros, Quatre Winer. Inconfundible con su rubia cabellera y sus finos rasgos aristocráticos. Y el otro… el otro no habría tenido la menor importancia de no haber sido por las extrañas marcas que portaba en sus mejillas. Unas marcas que Harry Potter les había descrito muy bien.

Ahora la pregunta era, ¿Qué demonios hacía el amigo de Potter con el príncipe?

-No pienso vestirme de nuevo como ellos. Las ropas coloridas me sientan de pena… Si hay algo que pueda llamar más la atención que mi cabello es mi cabello acompañado de un gran turbante amarillo- Divertido por el enfurruñamiento de su novio, Blaise alargó sus brazos hasta rodear el conocido y cálido cuerpo de Ron.

- No te preocupes. Hoy usaré yo el turbante y te dejaré a ti las pociones para vender.

Ron gruñó algo inteligible para sus oídos y después se encaminó hacia su propio caballo. No eran sus acostumbrados potros de guerra, con sus robustas patas y sus gruesos cuellos, pero aquellos caballos eran veloces y ambos habían acordado comprarlos para su pronta huida.

-Si no los vemos hoy, simplemente nos iremos de aquí.

-Tenemos que conseguir la información.

-Pero antes que eso tenemos que mantenernos vivos. Muertos no serviríamos de nada a la causa. Y menos apresados por el ejército. Quien sabe lo que esos animales nos harían para hacernos hablar. Y lo conseguirían. Siempre lo consiguen.

Blaise no dijo nada más. Ron parecía perdido en sus pensamientos y una vez más no pudo si no preguntarse cuantas barbaridades había visto en sus misiones de espía. Él mismo, en las batallas luchadas hasta entonces, había sido testigo de innumerables y sangrientas muertes, que aun dormido, volvían para atormentarle.

Pero en el caso de Ron era aun peor. Los engaños en la corte, los sobornos a altos cargos de la justicia y la prepotencia de los poderosos hacían de la guerra algo que iba más allá de la lucha por un ideal. Ron no solo vio muertes, si no que en todos aquellos años él mismo debió de ser protagonista de más de una sangrienta y cruel tortura.

Durante más de medio año, hacia ya bastante tiempo cuando aún ni siquiera estaban ellos juntos, Ron había desaparecido. Cuando fue encontrado por una de las avanzadillas del bosque de las hadas, el pelirrojo se encontraba en unas condiciones lamentables y con evidentes signos de tortura por todo el cuerpo. Ron nunca habló de ello, solo con Draco fue capaz de contar por lo que pasó. Y únicamente por que se lo debía como subordinado que era.

Blaise nunca insistió para que Ron le contase nada. Cuando estuviera preparado diría lo que tuviese que decir. Y Blaise le escucharía.

Las empedradas calles laberínticas del pueblo les llevaron hasta la pequeña plaza que ocupaba un lugar destacado en el centro del pueblo. Allí podían apreciarse ya los distintos puestos ambulantes de todo tipo de artículos, desde la ropa más estrafalaria hasta recuerdos de la feria.

Ambos cabalgaban detrás del último carro de los gitanos. Por suerte sus figuras apenas llamaban la atención, desviada como era hacia los gritos y cantos de los ocupantes de la caravana. Aquel era un buen escondite. Uno que les permitiría mantenerse lejos de las miradas de los guardias y a la vez salir por las calles en busca del tal Naruto.

Era una lástima que los gitanos no aceptasen dinero a cambio de su estancia con ellos. Los muy malditos se limitaron a exigir la mitad de la comida que les quedaba.

-Ron, tú eres mejor pasando desapercibido. Me encargaré de seguir en los carros con las ventas mientras das una vuelta a ver que consigues. Por lo menos ya tenemos alguna pista.

Ron asintió secamente, bajando de su montura y ajustándose el grueso cinturón que mantenía su capa de viaje bien asegurada.

-Acuérdate de mantenerte alejado de las hijas del jefe.- Fue cuanto dijo antes de perderse de vista entre el gentío. Blaise sonrió. Era obvio que su novio no estaba demasiado contento con el coqueteó de las dos mujeres… El último carro estaba casi vacío, por lo que acercarse y coger la enorme caja llena de pequeñas botellas de pestilente líquido amarillo fue tarea sencilla.

Momentos después los gritos de Blaise se mezclaban con los demás, buscando quien comprase aquel sucio intento de medicina.

-¡Naruto! ¡Corre hijo, corre!- Las furiosas ráfagas de viento solo traían consigo el espeso humo negro que se elevaba en bastas columnas hasta el cielo. Con la respiración jadeante y los ojos inundados en lágrimas, un joven de cinco años corría por el pequeño camino de barro que comunicaba su pobre casa con el pueblo.

-¡Pero mamá…!

-¡Vete de aquí! Debes salvarte, ¡Tienes que vivir!- La voz de su dulce madre se fue apagando a medida que el fuego consumía su casa. Las que antaño habían sido blancas paredes, ahora se desmoronaban en un manojo de escombros. Llevándose con ellas a toda su familia.

Las manos de su madre le empujaron bruscamente al borde del camino, cayendo directamente tras uno de los arbustos que rodeaban el bosque. Naruto gritó intentando salir. Lloró llamando a su madre, más lo único que se escuchaba para entonces eran las voces graves de los hombres, que sobre su caballo blandían sus armas contra toda la aldea.

Naruto… Naruto… Podía escuchar desde algún punto lejano. Pero sus ojos estaban fijos en la figura de su madre, tendida en el centro del angosto camino y rodeada por tres jinetes.

-No... ¡No!

-¡Naruto despierta!- La conocida voz de Quatre le hizo abrir los ojos con brusquedad. Su mirada recorrió las descorchadas paredes de madera podrida que componían su actual cuarto.- ¿Qué pasó? De repente empezaste a gritar…

-Viejos recuerdos. Nada importante- Dijo mientras se levantaba a medias de la cama, acomodando las roídas sabanas sobre sus desnudas caderas. Un escalofrío recorrió todo su cuerpo, recordándole en qué época del año se encontraban.- Tranquilo, de verdad que no es nada. Y ahora vistámonos que debemos llegar pronto a la panadería. Prometimos a Duo ayudarle.- Añadió al ver la vacilación de su amigo rubio.

Quatre asintió, dirigiéndose hacia la pequeña bolsa de viaje que guardaba bajo su cama. De ella sacó algo de ropa y se dispuso a cambiarse de espaldas a Naruto. No había vergüenza entre ellos, más aquel día la tensión era casi palpable. Naruto se sintió culpable por su tono cortante y brusco, pero hacia demasiado tiempo que no soñaba con la muerte de su familia.

Seguramente se debía a la visita el día anterior de aquel extraño ángel a la tienda. El muy maldito descubrió su secreto sin necesidad de mirarle más de dos minutos. Y aquello le asustó.

-Debo hacer algo antes de ir a la tienda. Adelántate tú- Dijo Quatre ajustándose la pequeña daga que llevaba escondida en su bota.- Tengo que enviar un mensaje a Wufei diciéndole como estoy, si no, vendrá a por mí…

Naruto solo asintió, recordando cuando su amigo le contó sobre la visita de uno de los generales de su ejército y la oportunidad que le había dado de estar más tiempo libre. Quatre se despidió de él con su habitual sonrisa alegre y después salió del cuarto. Con un suspiro de cansancio Naruto se preparó para lo que sería un largo día.

"Estoy bien. Aquí todo parece calmado. Ten cuidado en la batalla"

Satisfecho, Quatre releyó de nuevo la nota. No era larga ni reveladora y por lo tanto no supondría un problema de ser interceptada por algún enemigo. Guardándose el pequeño papel en el bolsillo, bajó hasta el comedor de la posada, donde no le costó demasiado localizar al dueño.

Tras darle instrucciones precisas de qué hacer con su nota, y sellándola antes con magia para imposibilitar su lectura por terceras personas, Quatre decidió que ya era hora de ir a la tienda, por lo que cogiendo una tostada de la cocina se encaminó hacia los establos. Aquel día llevaría el caballo que la noche pasada había comprado para poder llevar a un casi desmayado Naruto hasta la taberna.

Quatre pocas veces había ensillado a un caballo, por lo que le llevó más de diez minutos el conseguir poner correctamente la silla sobre el lomo del animal y enganchar los arneses. Una vez lo hizo, puso su pie en el estribo dispuesto a subir mas un murmullo a sus espaldas le hizo girar bruscamente, esperando encontrarse algún atacante.

-Heero- Dijo sin embargo al ver la figura de su reciente amigo en el suelo. Heero se encontraba recostado contra las tablas de uno de los compartimentos. Un enorme caballo negro le miró mientras se acercaba cautelosamente. Estaba dormido.

Con una última mirada a la bestia, se acercó hasta Heero para sacudirle, y fue entonces que lo vio. Justo donde empezaba el cuello de la blanca camisa que llevaba el moreno, una peluda araña roja, de unas tres pulgadas desde pata a pata y con unas extrañas manchas azules descansaba peligrosamente cerca de su piel. Quatre ahogó una exclamación al reconocer la araña. Era venenosa. Muy venenosa.

Con cuidado de no despertar a Heero y que este reaccionara con movimientos violentos- lo que llevaría a que la araña clavase su aguijón en aquella pálida piel- se acercó hasta agacharse a su lado. Indeciso, decidió que el método más sencillo sería moverse con lentitud. La araña no le picaría a menos que se sintiera amenazada.

Una de sus manos se acercó con la palma hacía arriba, cubierta de su guante de cuero hasta la araña y empujando lentamente comprobó con satisfacción como el animal subía hasta su mano.

Pero entonces dos cosas pasaron demasiado deprisa. Heero despertó y en menos que se tarda en parpadear Quatre se encontró una filosa espala contra su cuello. El movimiento había hecho además que la araña se asustase y Quatre, en un intentó de evitar su picadura, movió la mano bruscamente, haciéndola caer a unos metros de distancia.

-Joder- Exclamó mirando al moreno con el ceño fruncido- Casi me matas del susto.

Heero bajó el arma mientras seguía la mirada de Quatre.

-¿Qué hacías?- Preguntó con su voz ruda y seca. Quatre puso los ojos en blanco mientras se encogía de hombros.

-Esa araña ha estado a punto de picarte. Y te aseguro de que entonces habrías tenido suerte si salías entero de eso… Pero casi haces que me pique a mí después.

Heero le miró incrédulo y Quatre supo sin lugar a dudas que Heero no le creía.

-Vamos hombre… Ya sé que desde tu punto de vista nadie debería hacer nada por otra persona, pero gracias a que yo no soy como tú, aun puedes respirar con normalidad.

-¿Por qué lo has hecho?

-¿Eres mi amigo, no? ¿Qué otra cosa iba a hacer?

Heero sacudió la cabeza, como intentando despejarse. Y entonces algo increíble sucedió. Su rostro, normalmente inexpresivo, se llenó de culpa. Y no fue algo fugaz, no. Fue una culpa tan cruda e intensa que Quatre sintió el impulso de reconfortarle.

-Vamos, que no era para tanto… solo una araña.

Heero sacudió la cabeza de nuevo, pero esta vez para darse la vuelta y abrir la puerta de su caballo. Casi tirando a Quatre en el acto, montó al animal y casi saltó hasta la puerta del establo.

- Sígueme- Dijo después de pararse a unos metros de distancia y mostrar un vacilante silencio. Quatre montó también su caballo y sin una sola palabra más se lanzó al galope.

Le llevó hasta el bosque, adentrándose en él y cabalgando hasta un pequeño claro lo bastante apartado del pueblo. Quatre no pudo menos que preguntarse qué hacían allí.

Heero descendió de su montura y acarició el morro de su caballo mientras le daba unas palmadas en el cuello. Incrédulo Quatre pudo ver como la bestia relinchaba y devolvía las caricias juguetonas a su amo.

Tras un largo y tenso momento, Heero se giró hasta él con sus brazos en jarra y sus ojos entrecerrados.

-Sé quien eres- Dijo caminando hasta detenerse a menos de un brazo de distancia.- No me gusta deber nada a nadie, por lo que te diré que mejor aprendas a esconder tu energía. Eres demasiado evidente.

-¿Co… cómo dices? No sé de que hablas.

-Claro que lo sabes. Pero no es asunto mío lo que decidas hacer. Hay ángeles de ambos ejércitos en el pueblo, es cuestión de tiempo que unos u otros vengan a por ti.

-¿Cómo lo averiguaste?

-Tu energía es demasiado reconocible. Llevas el emblema de tu familia en cada onda de energía que desprende tu cuerpo.

-No puedo esconderlo. No sé como hacerlo…- Murmuró avergonzado. Quatre sabía que de no esconder su magia pronto le descubrirían, pero realmente por mucho que intentaba ocultarse, no podía.

-¿No te enseñaron de pequeño?

-Lo intentaron.

Heero le miró por unos instantes como si no le creyese. Momentos después un agudo silbido escapó de sus finos labios.

-Esto es por lo de antes. Lo vas a necesitar- Quatre no supo a que se refería hasta que frente a él apareció una inmensa serpiente blanca. Sin poder evitarlo retrocedió dos pasos. Pero el reptil se arrastró hasta llegar a los pies de Heero para después subir por su cuerpo. Delante de sus ojos incrédulos Heero abrió la boca del animal y con una pequeña navaja le arrancó uno de aquellos inmensos y seguramente venenosos colmillos.

Después se dirigió hasta su caballo y hurgando en la bolsa de su silla sacó una larga cinta de cuero que cortó con la misma navaja. Momentos después Heero le tendió un colgante donde se podía apreciar la sangre aun seca del animal en el colmillo.

-Su magia se conservará durante algo de tiempo. Mientras lo tengas se mezclará con tu energía, haciendo imposible el reconocerte. Con suerte durará algo más de dos semanas.

-Gracias- Murmuró sinceramente impresionado con el gesto de Heero. Desde que conocía al extraño moreno nunca había dado señales de tener sentimiento alguno. Es más, Quatre podía afirmar no haber hablado con él mucho más de tres frases seguidas.

-¿Puedo preguntarte algo?

-Claro.

-¿Qué haces aquí?

Quatre se estremeció por algún motivo. La voz de Heero sonó casi resentida y el rubio solo pudo preguntarse por qué.

-Huí de mi casa.

-¿Por qué? Debías de saber que allí era el lugar más seguro para ti.

-Yo…

-Está bien- Le cortó Heero viendo su vacilación- No hace falta que me lo digas. Y ahora deberías volver a la tienda. Yo hay algo que tengo que hacer aun…

Quatre asintió, y colocándose su nuevo colgante bajo la camisa, montó en su caballo.

-Gracias de nuevo- Fue su despedida mientras espoleaba las riendas de animal.

-¿Oíste Spike? Me dio las gracias- Masculló Heero una vez estuvo completamente solo. Su mente era un caos de pensamientos y contradicciones.- Que irónico…

Su inteligente mascota apretó su abrazo sobre él, intentando reconfortarlo. Heero supo que de algún modo, podía sentir su confusión. Pero no podía hacer nada por evitarlo. Tras las órdenes específicas e inquebrantables de su maestro, el poco podía opinar sobre sus planes de guerra. Al día siguiente se daría el ataque al pueblo y mucho se temía Heero que sería toda una masacre.

Aquellas bestias no se limitarían a destrozar ángeles. Cualquier inocente indefenso moriría en sus garras. Y Heero no podría hacer nada por evitarlo.

El problema estaba en que no solo sentía culpa hacía aquellos inocentes, no. También le carcomía el remordimiento cada vez que pensaba en sus nuevos supuestos amigos. Tenía muy claro su misión, debía matarles a todos. Y sin embargo una parte de él rechazaba de plano aquella idea.

¿Qué demonios le ocurría? Él no sentía nada. Por lo general sus sentimientos, si es que existían, estaban bien ocultos en algún lugar bien resguardado de los demás. Donde solo él pudiese hundirse en ellos.

La noche anterior, tras su casi ridícula cena, tuvo tiempo de pensar. Pensar en lo que Isaac se proponía, y en las consecuencias de sus actos. Heero nunca antes mató a nadie, nunca tuvo oportunidad, pero sabía que al día siguiente las cosas cambiarían. Lo que aun no sabía era en que modo. ¿Podía ayudar de alguna forma a que las victimas civiles fuesen lo más escasas posible? Heero lo dudaba. Aquellas bestias que atacarían el pueblo en plena vorágine de actividad tomarían como recompensa por sus servicios la vida de todo aquel incauto que tuviesen delante. Niños, mujeres, ancianos… daría igual lo que fuera mientras ellos se lo pudiesen comer. Y cuando su hambre se saciara, entonces empezaría el turno de matar por el simple placer de destrozar carne humana.

La única esperanza para todas aquellas personas serían los ejércitos de ángeles que se encontraban en el pueblo y todos aquellos que pudiesen luchar. Como Duo y todos aquellos que se habían autoproclamado sus amigos. Y francamente era duro pensar que él iba precisamente en el bando contrario. Aquel que se encargaría de destruir el pueblo entero.

Si tan solo pudiese matar a los ángeles…

Heero suspiró cansado, dejándose caer sobre una roca plana que aun estaba húmeda debido a la niebla que tan solo se había levantado media hora antes. Sus manos agarraron con fuerza el brazalete que apretaba su muñeca izquierda, recorriendo con sus dedos los símbolos grabados en la lisa madera. Amor, decía Isaac que significaban. Amor familiar que habían sentido su familia por él antes de ser brutalmente asesinados por los ángeles.

La conocida furia que asolaba su cuerpo junto a sus recuerdos empezó a recorrer su cuerpo, calentando sus fríos huesos y haciendo a sus ojos billar casi de manera sobrenatural. Pero entonces la imagen de Quatre frente a él señalándole la araña venenosa le golpeó en el pecho, casi dejándole sin respiración.

Quatre, quien le había salvado sin pedir nada a cambio. Aquel que siempre sonreía maliciosamente o discutía hasta el cansancio por cualquier tontería con Trowa. A quien además se convertiría en uno de sus principales objetivos al día siguiente.

Las figuras de Trowa y Duo aparecieron también, haciendo que el vacío de su interior se extendiera. Los demás quizás escapaban si eran lo bastante inteligentes. Pero su maestro le había pedido las cabezas de los dos príncipes y de aquel que parecía ser tan poderoso. Nunca debió pasar tanto tiempo con ellos, nunca. Ahora se encontraba en una encrucijada difícil de manejar. Por una parte su venganza y su obediencia a Isaac. Por otra aquellos endemoniados ojos violetas que le sonreían cariñosos y se llenaban de picardía cada vez que intentaba acercarse a él.

Por primera vez Heero se replanteó las cosas. Las dudas eran demasiadas y, simplemente, no podía dejarlas a un lado y seguir con los planes. Debía aclarar su cabeza antes de que fuese demasiado tarde.

Los árboles sirvieron de guía a la hora de volver al pueblo. Mecidos por la suave y silenciosa brisa, dejaban colar entre sus abundantes hojas los escasos rayos de sol que alumbraban el bosque. Los caminos, demasiado estrechos y llenos de pequeños baches, se cruzaban entre sí creando un verdadero laberinto.

No tardó más de cuarto de hora en llegar a pueblo montado sobre su caballo.

Las figuras uniformadas de cuatro soldados le hicieron gruñir silenciosamente, esperando que no se acercaran a la panadería de la familia Turner.

-Demonios Zero, esto se me ha ido de las manos- Acariciando el cuello de su caballo, bajó de un salto hasta el suelo y después se despidió del animal con una afectuosa palmada. Zero emprendió al galope, directamente hacia los establos de su posada.

Intentó evitar a la muchedumbre que se amontonaba junto a los puestos de los feriantes. Buscando la forma de comprar el mayor número de cosas posible al coste más bajo. Heero sabía muy bien la razón. En plena guerra, el comercio se desestabilizó de tal forma que era casi imposible el conseguir cierto tipo de materias.

La comida se racionaba avariciosamente, casi matando de inanición al burgo. La ropa era escasa, así como la madera y los metales, usados como eran para la fabricación de armas.

A ello se añadía las plagas que habían asolado el sur del país, acabando con la mayoría de las cosechas más importantes que suministraban trigo y maíz a las ciudades.

Los gitanos se hicieron oír sobre el jolgorio y Heero desvió su mirada hacia los tres carros que exponían todo tipo de medicinas y hierbas curativas. Sin prestar mayor atención, colgó su bolsa de piel de oveja a su espalda y partió hacia la panadería. Pero antes tendría que pasar por el herrero. Su caballo necesitaría nuevas herraduras para mañana.

Las inmensas fuentes repletas de pequeños pastelillos no duraron ni dos horas. Colocadas sobre el mostrador de madera de la panadería, eran la atracción perfecta para un día en el que la gente llevaba sus bolsas llenas de dinero.

Aquel día empezó especialmente provechoso. Las ventas se multiplicaron y gracias a la ayuda de los demás, Duo y Gaara vendieron en dos horas lo que no habían vendido en años. Algunos entraban simplemente atraídos por el dulce olor de las cremas el pan recién horneado, otros por mera curiosidad por conocer a los apuestos jóvenes de los que ya hablaban la mayoría de la gente.

Satisfecho, Duo miró la larga cola que se iniciaba junto al mostrador y salió fuera de la tienda. Las cuatro mesas que componían el lugar estaban a rebosar y tanto Trowa como Quatre hacían un estupendo trabajo a la hora de llevar los pedidos. Normalmente aquellas mesas las usaban quienes, cansados después de un arduo día de trabajo, necesitaban descansar comiéndose algún bocadillo junto a un refrescante vaso de agua (O si había suerte con el reparto, una rica y espumosa cerveza). Pero aquel día la gente se sentaba allí para hablar entre ellos o simplemente mirar a los que suponían dueños de la tienda.

-Necesitamos más carbón- Dijo Gaara mirando con aquellos claros ojos los dos sacos que quedaban amontonados junto al horno.

-¿Dónde se puede conseguir?- Preguntó Naruto dejando de lado las cajas que llevaba hasta el almacén.

-Siguiendo esta calle hacia el sur, la primera a la derecha te lleva a un gran refugio donde venden madera y carbón.

Naruto asintió, y quitándose el manchado delantal que llevaba, salió de la tienda de forma acelerada. Tanta gente empezaba a agobiarle.

Mientras tanto Heero, que ya había llegado, se encontraba colocando la poca mercancía que había en el almacén. Cuando un Duo sofocado y cansado casi le había ordenado lo que debía hacer, lo dejó pasar. No le gustaban las órdenes, viniesen de quien viniesen, pero algo en su interior, quizás la culpa, no le permitió abrir la boca para quejarse. Demonios, cada vez que miraba a su alrededor se sentía como un monstruo.

Cuando a sus manos cayeron algunos trozos de chocolate, se dio cuenta que uno de los recipientes de cristal se había roto. Maldiciendo fue a buscar otro para no perder más de aquel caro material.

La tienda estaba llena de gente y por algún motivo Heero no podía dejar de imaginarles a todos tirados en el suelo mientras se desangraban lentamente. Su maestro le había hecho llegar una nota que le puso alerta. "Ellos ya están aquí. Prepárate para mañana" Ponía en su letra pulcra y extremadamente inclinada, y Heero se sintió aun peor.

¿Cómo y cuándo llegó a aquel estado? Desde luego la respuesta escapaba por completo de su imaginación. Pero poco importaba, mañana tendría que seguir con su venganza. Costase lo que costase.

-¿Qué te pasa?- La voz de Duo hizo que su espalda se enderezase en cuestión de segundos.

-Nada. Hoy será un buen día para la tienda.

-¿Y qué hay de ti, Heero? ¿Será un buen día para ti?- Cuando los finos brazos de Duo le rodearon desde su espalda, Heero pensó que su espalda bien podría ser de madera por lo tiesa que estaba.

-Yo estoy bien- Con un movimiento brusco se zafó de sus brazos. Aquellas muestras de confianza, a las que tan poco se había habituado, seguían poniéndole los pelos de punta.- Tengo que irme- Prosiguió ante la falta de respuesta de Duo. Necesitaba alejarse de ellos. Alejarse de él.

-¿Aún sigues huyendo de mí?

-No es eso.

-Claro que sí. ¡Por Dios Heero, pensé que ya dejamos eso atrás! Nosotros…

-¡No hay ningún nosotros!

-Niégalo cuanto quieras. Eso no hará que las cosas sean distintas.

Sus ojos, de aquel violeta tan extraño, le miraron con tal intensidad que sin darse cuenta retrocedió. Aquellos ojos... Aquellos ojos podían embrujar a alguien.

-Sé como te sientes Heero, de verdad. Y no tendrás paz hasta que no digas exactamente lo que te estas guardando. Yo no la tuve hasta que lo acepté.

-¿Acaso no te cansas de seguirme como un perro?- La expresión de dolor que cruzo por su rostro hizo que Heero sintiera un poco de satisfacción.

-Haré como que no escuché eso.

-Entonces yo tendré que repetírtelo.

Duo maldijo mientras lanzaba un puñetazo contra la pared. Cuando retiró la pálida mano de la madera, sus nudillos se encontraban sonrojados y con algunos hijos de sangre descendiendo hacia su muñeca. Mudo, dio un paso hacia el trenzado.

-No te conocía esa vena masoquista- Dijo sin embargo cuando se recuperó.

-Tal vez sea por que no me conoces- Duo se quitó su delantal, quedándose en aquel fino jersey que se ajustaba a su torso, dejando apreciar cada una de sus ondulaciones.- Quizás sea hora de que nos conozcamos mejor.

Sus pasos dejaron de ser vacilantes y su larga trenza se balanceó a su espalda cuando, con pasos gatunos, se acercó hasta él. Heero se quedó parado, impasible, mirándole con el ceño fruncido y sin permitir que las estupideces del otro le incomodasen.

Cuando una de sus finas manos se posó en su pecho, deslizándose lentamente sobre su áspera camisa hasta adentrarse entre los botones para tocar su piel, Heero inspiró hondo.

-Eres una puta.- Y lo consiguió. Duo se detuvo.

-¿Qué?

-¿Por qué te pasas el día persiguiéndome? Al principio pensé que sería algún capricho. Pero realmente te estás pasando. Eres demasiado molesto.

No estuvo seguro de cual de sus palabras provocó la ahogada exclamación de su supuesto amigo. Pero Duo rápidamente retiró su mano.

-¿Mo... molesto?

-¿Es qué acaso no tienes a nadie más que molestar? Digo, con toda la gente que hay en el pueblo, ¿Por qué siempre yo? Me cansas.

-Entiendo- Por increíble que pareciese, los expresivos rasgos de Duo se convirtieron en una fría mascara. Con una enorme y falsa sonrisa en sus sensuales labios.- Lo siento. No pensé que lo odiases tanto. ¿Pero y por qué no lo ibas a hacer? Después de todo sigo siendo el mismo de siempre.

Heero abrió la boca, preguntándose de qué estaría hablando. Pero Duo, agarrándole por el cuello de la camisa le acercó hasta él, robándole un breve beso.

-Lo siento- Fue todo lo que dijo antes de abandonar el lugar por la puerta trasera.

-Maldición- Masculló golpeando el mismo sitió que había astillado el trenzado momentos antes.

Con un suspiro de cansancio se dispuso a salir de la tienda, más convencido que nunca de que no pintaba nada allí. Pero la voz grave e imperdurable de Gaara le detuvo.

-No debiste decirle eso.

-No es asunto tuyo.

-Claro que sí. Es mi hermano.

-No es para tanto. Solo le llamé molesto. Ni que le hubiese matado…

-Creo que Duo hubiese soportado mejor los golpes. Pero te felicito. Si querías librarte de él, lo has conseguido de forma rotunda.- Algo en su dura mirada le hizo preguntarle de qué hablaba. Gaara, con su espalda apoyada en la puerta cerrada, meneó la cabeza antes de señalar algo colgado en el techo. Siguiendo su dedo Heero solo pudo ver una especie de pequeña pajarita de papel.- Ahora mismo Duo debe estar en brazos de algún impresentable buscando convencerse a si mismo de que no es "molesto".

Con una brusca inspiración, Heero dio un paso amenazante hacia el pelirrojo. Pero Gaara no se movió.

-¿Qué quieres decir con eso?

-Justamente lo que piensas. Solo espero que esta vez vuelva a casa

Heero sabía que Gaara exageraba. Tenía que estar exagerando. Algo de sus pensamientos debió verse en su expresión ya que Garra volvió a hablar.

-¿Ves esa pajarita? La hizo Duo con 11 años. Recuerdo ese día como si no hubiesen pasado más de unas horas. La tienda estaba muy llena, se estaba celebrando una gran fiesta, y al igual que ahora, parecía ser la única manera de llenar el pueblo- Perdiéndose en sus pensamientos, Gaara se adelantó hasta sentarse sobre un par de cajas de masas para pan. Heero caviló la posibilidad de largarse y no escuchar, pero algo le había clavado los pies al suelo- Duo había hecho un pastel, tenías que haber visto lo contento que estaba. Era el primero que hacia solo.

Lo colocó en el mostrador y cuando una mujer lo vio y preguntó de qué era, Duo le dijo que lo había hecho él. Nunca olvidaré la expresión de Duo cuando esa víbora le dijo que no lo quería. "¿Cómo me voy a comer algo hecho por un monstruo?" Le dijo con más desdén de el que un niño de 11 años debería ver. La gente que había en la tienda rió, pero Duo ya había notado muy bien que no era muy apreciado en el pueblo. Lo soportó como todo un valiente, pero cuando el día terminó su pastel era el único que quedaba intacto en el mostrador. Duo no lloró, ni siquiera se enfadó con la gente. Simplemente cogió su pastel y se lo comió él mismo.

Sin entender muy bien qué era lo que estaba sintiendo, Heero apretó los puños a su espalda.

-A partir de ese día la gente se volvió realmente cruel con él. Los adultos le ignoraban, haciéndole el vació, y los niños… los niños pueden ser realmente crueles. ¿Viste esa sonrisa que llevaba hace un rato? Duo se pasó llevándola en la cara al menos cuatro años. Muy pronto comprobó que la gente, aun odiándole, no podía resistirse a él. No podría contar los chicos y chicas con los que ha tenido algo que ver. Y nunca sabré como no he matado a ninguno de ellos. Deberías ver como le miran al día siguiente… No saben si imitar el desdén de los adultos o seguir jodiendole.- Gaara se levantó, acercándose hacia él.- Esa pajarita la hizo después de comerse su pastel. La colgó en el centro del almacén y dijo que él era igual que esa pajarita. Los dos estaban igual de solos.

-Tú eres su hermano, ¿no? ¿Dónde demonios estabas mientras todo eso sucedía?

-A su lado. Pero no era suficiente.

Heero volvió a maldecir, y sin poder evitarlo simplemente salió de la tienda para después extender sus alas cual largas eran y emprender el vuelo.

-¿Por qué le has contado eso?- La voz de su padre hizo que Gaara se girara en redondo. Sonriendo a la compasiva figura de Jonh Turner, se acercó hasta él para palmearle en el hombro.

-Creo que ayudará a Duo.

-Nosotros no pudimos hacer mucho, ¿Eh?

Gaara simplemente negó con la cabeza, dándose perfecta cuenta del dolor que mostraban los ojos de su anciano padre. Tendiéndole el bastón de ébano de pronto se percató de lo cansado que parecía. Sus hombros en algún punto del transcurso de los últimos años se habían encorvado. Así como su pelo, antaño de un brillante tono cobrizo, se encaneció. Sin una palabra ambos se adentraron en la tienda, intentando ganar dinero suficiente para pasar el resto del invierto lo bastante alejados de las penurias de la guerra.

Un jadeo fue todo lo que pudo escucharse entre el denso follaje del bosque. Allí, cerca de su cascada, las frías y desconocidas manos morenas de Nícolas, su nuevo amigo, repasaron su torso marcándolo a fuego. Sus labios se abrieron ante la boca demandante del otro y sus piernas flaquearon cuando una mano precoz empezó a friccionar su entrepierna sobre la tela de sus pantalones.

-¿Qué ha pasado para que me llamases? Según tenía entendido, nunca repetías.

Duo no rió ante aquello. Ni siquiera se molestó en fingir una amabilidad que estaba lejos de sentir.

-Ocasiones desesperadas exigen medidas desesperadas.

-Pues sea lo que sea lo que te haya sucedido, me alegro.

Duo no podía estar de acuerdo, pero simplemente cerró los ojos dejándose tocar por aquel extraño. El placer, mezclado con el dolor de la dura madera en su espalda, alejó toda melancolía de su mente. Siempre funcionada.

Llevó sus manos hasta el grueso tronco en el que estaba apoyado, echando hacia tras la cabeza para permitir mejor acceso a la boca de Nícolas hasta su cuello. Aquellas morenas manos pronto dejaron atrás la barrera de la ropa, acariciándole las nalgas bajo sus calzones. Cuando aquellas mismas manos rodearon su cintura, con el fin de llegar a su hinchado miembro, Duo no le detuvo. Nunca había dejado a nadie tocarlo de esa manera, pero maldición, si alguna vez lo había necesitado, era aquella.

Giró su rostro para no ver el de su acompañante. Aquel mismo rostro que le había mirado con desprecio hacia tan solo unos días. Y tan absorto estaba en su propio placer que no notó la figura que se acercaba hasta ellos con una visible aura de furia emanando por cada poro de su cuerpo.

De un momento a otro toda caricia cesó. Abriendo los ojos Duo miró incrédulo a Nícolas, tirado en el suelo y con la mirada horrorizada.

-¡Lárgate!- Escuchó la atronadora voz de Heero. Asustado, miró hacia la amenazante figura del moreno, que miraba a Nícolas como si de un gusano se tratase. Acordándose de quien y qué era Heero, Duo se acercó hasta tenderle la mano al chico.

-Vamos Nícolas, será mejor que vuelvas al pueblo.

-Pero Duo…- El humano, claramente ignorante del verdadero peligro que corría, le miró indeciso

-Márchate. Ya hablaremos, ahora… ahora estoy ocupado.

Nícolas retiró su mano de la de Duo como si sintiera repugnancia y levantándose le miró furioso. Quizás intentó decir algo, mas la amenazadora presencia de Heero debió disuadirle.

-¿Qué haces aquí?- Preguntó Duo modulando su voz y viendo marchar a Nícolas entre los árboles y tupidos arbustos.

-Vuelve a la tienda. Allí te necesitan.

Duo rió. No lo pudo evitar y simplemente soltó una irónica carcajada.

-Realmente ahora tengo muy poco que hacer en el bosque, después de que estropearas mí… cita…

-¿Cómo puedes estar con alguien que te odia? O por lo menos, te desprecia.

-¿Y eso que importancia tiene? No es amor lo que busco.

-Duo…

-¡Cállate! ¡Todo esto es tu culpa!- Heero no estaba de acuerdo y Duo pudo sentirlo en cada fibra de su ser. Aquella arrogante persona, que aun después de haber montado toda una escena se mantenía estoicamente erguido, simplemente mostraba prepotencia y soberbia.- Sabes, lo más gracioso de todo es que hacía unas horas yo estaba seguro de que por ti, ya no sería igual. Que idiota…

-Deja de decir tonterías y volvamos.

-¡No! ¿Para qué? No tiene ningún caso volver allí donde no haces ninguna falta. Yo en serio creí que las cosas habían cambiado. Sobretodo por ti. Por primera vez me vi en compañía de alguien que no me temía. Que no caía rendido a mi seducción aun odiándome. Por primera vez me sentí tratado como una persona. Pero debí darme cuenta de que las cosas no cambian. Yo siempre seré el bicho raro al que nadie puede querer. Un pobre huérfano que vagó por las calles durante meses viviendo en la miseria. El mounstruo al que nadie entiende.

Duo se veía realmente miserable. Pero demonios, no lo podía evitar. No ahora, cuando todo parecía volver a su frustrante pasado.

-Te estas auto-compadeciendo. Y debo decirte que ante la persona equivocada. Si lo que quieres es dar lástima, no lo conseguirás conmigo.

-Ya lo sé. Y era eso precisamente lo que te hacía diferente. También Trowa y los demás me tratan bien, pero ellos… si les contara esto, simplemente me mirarían con lástima y me darían palmadas en la espalda diciéndome que no soy diferente a ellos. Obvia mentira, desde luego.- Cansado, se dejó caer contra el árbol, sentándose en el frío suelo y dejando que su rostro se escondiera en sus piernas flexionadas- Vete Heero. Quiero estar solo.

-Adelante. Sigue rebozándote en tu propia lástima. Así seguramente llegarás lejos.- Las palabras, llenas de burla, hicieron doler a su garganta por contener las ganas de gritar.- ¿Por qué en vez de ver lo que no tienes te das cuenta de lo que sí tienes? Puede que los humanos te teman, pero ¿No temen ellos a todo lo que no puedan comprender? Tienes una familia que se preocupa por ti, ahora mismo tu hermano me ha amenazado claramente, aun arriesgo de que le matase… Y tus amigos están en la tienda, ayudándote a ti y tu familia sin recibir nada a cambio. ¿Sabes que pensarían ellos si te hubiesen encontrado cómo yo lo he hecho? Sí, ¿Verdad? ¿Realmente mucha gente mataría por tenerlos a su lado? Por tener lo que ellos representan.

Duo abrió los ojos sorprendido, preguntándose si acaso Heero no estaría hablando de si mismo. Más sin embargo...

Sin embargo la emoción le embargó. Rayos, en aquel momento se sentía como un niño al que le acababan de echar la regañina de su vida. Pero extrañamente estaba feliz. Levantándose del suelo, dio un paso para acercarse a Heero. No se decepcionó al verle retroceder.

-¿Miedo?- Le picó mientras avanzaba un poco más.

-Precaución.

Y Duo volvió a reír. Pero esta vez su risa fue cristalina y pura, sin rastro de falsedad o ironía en ella.

-Eres un caso perdido. ¿Lo sabes, verdad? Pero me has subido el ánimo y por ello mañana te invitaré a comer un delicioso pastel de trufa, que es mi especialidad.

Duo dejó su intento por acercarse al notar como el ambiente cambiaba bruscamente. Heero se había puesto en guardia, como si esperase que lo atacara.

-¿Heero?- Preguntó confuso. Más el moreno solo negó con la cabeza, meciendo esos incontrolables cabellos que parecían no haber conocido un peine en su vida. Su rostro había palidecido.- ¿Heero, qué tienes?

-Nada. Solo vayámonos.

-Pero…

-Duo, vamos.- Duo no dijo nada cuando sintió como sus dedos se clavaban sin ningún control sobre la fuerza en su brazo. Ahogado un gemido de dolor contuvo su asombro al ver de nuevo aparecer aquellas bellas alas. Cuando Heero le soltó no pudo contener su curiosidad, por lo que extendiendo una de sus manos, pasó los dedos vacilantes por aquellas plumas grises que tanto llamaban su atención.

-Son bonitas- Murmuró con admiración, pero pronto su cuerpo se vio alzado en vilo.

-No, no lo son- Fue cuanto obtuvo como respuesta mientras se veía transportado entre aquellos fuertes brazos.

Y allí, viendo desde el cielo el basto y devastador paisaje que se extendía bajo ellos, Duo supo sin lugar a dudas que amaba a ese hombre. Con su incomprensible carácter y sus arranques de maldad. No sabía por qué, pero de hecho le quería.

Se sintió libre. Quiso soltarse la trenza y dejar que sus cabellos se mezclases con las rápidas ráfagas de viento que les guiaban entre los escasos rastros de niebla que quedaban, pero se conformó con enterrar su cara en el hueco del cuello de Heero, aspirando aquel aroma limpio y perturbador que inundó su cerebro, embriagándolo.

-Algún día confiarás en mí, Heero. Ya lo verás.- Como si de un bálsamo se tratase, la presencia de Heero le calmó hasta tal grado que se quedó profundamente dormido. Lo que le impidió escuchar la respuesta de un confundido Heero.

-Te equivocas. A partir de mañana habrá poco que puedas querer de mí.

El olor del pescado crudo y los mariscos abrumó su sensible olfato por unos instantes. Un hombre rechoncho con una amplia túnica azul oscuro le miró con sus avariciosos ojos mientras elevaba frente a su rostro una trucha recién pescada. Frunciendo la nariz, negó con la cabeza y prosiguió con su camino.

Las calles, estrechadas sensiblemente por los puestos ambulantes, eran un continuo fluir de gente que iba y venía. Por suerte su destino no estaba lejos.

-¡Joven! ¿No le apetece comer algo caliente?- Gritó unos de los vendedores mostrándole un cuenco con humeante caldo de carne. Naruto negó sonriendo ligeramente. Por muy tentado que se sintiera a comer algo, su dinero no daba para aquellos lujos.

-¡Hey rubio!- Gritó un atractivo gitano mostrándole un rollo de tela oscura de lo que parecía ser fino terciopelo- Compra esto para tu dama. O para tu hombre…- El pícaro gitano le guiñó un ojo mientras sonreía mostrando una hilera de blanquísimos dientes. Naruto casi se echo a reír, pero negando con la cabeza le contestó que quizás en otra ocasión.

Cuando dos vendedores más le asaltaron con sus mercancías, empezó a preguntase si tendría en su cara algo que incitase a la gente a creerle ingenuo y fácil de engañar. Que pensasen lo que quisieran, él mismo vivió con los gitanos durante siete años, tiempo de sobra para conocer todos los ardides de los vendedores.

Naruto sonrió con nostalgia al recordar su antiguo campamento, a la orilla del rió Fair y donde aprendió a regatear como la mejor ama de casa, hacer todo tipo de malabarismos y robar mejor que cualquier carterista. Nadie vería provechoso el quedarse con un grupo de gitanos, pero para un niño de siete años que huía sin nada que perder, significó un cambio radical. Y definitivamente bueno.

Recordó nítidamente la amable expresión de Kana, la matriarca de la caravana, cuando le abrazó con sus rechonchos brazos casi ahogándole entre sus dos más que generosos pechos. El día que los gitanos le encontraron medio muerto tras las palizas de un grupo de soldados, Naruto fue adoptado por ellos con una fiesta en su honor donde tocaron los tambores y las flautas mientras bailaban alrededor de una gran hoguera.

Los primeros tres años había aprendido su lengua, sus costumbres y como leer y escribir en cuatro idiomas. Naruto demostró ser lo suficiente inteligente como para saber sacar partido de las lecciones. Cuando cumplió los diez años, un grupo de gitanos le llevó hasta el interior de un oscuro y solitario bosque y le enseñaron como cazar para sobrevivir y como luchar con la espada y los puños. Además pronto quiso ayudar con el trabajo y tras meses de entrenamiento se convirtió en un decente malabarista y trovador. Naruto aprendió a rodar pelotas por el aire mientras contaba fantasiosas historias. Aprendió a vender un peine a un calvo y lo más importante, aprendió como ganarse la vida. A los trece años Naruto se había convertido en un hombre.

Casi se había convencido que allí pasaría el resto de su vida cuando, contando con catorce veranos, su pasado había vuelto a por él.

Dejando de lado aquellos recuerdos, giró la primera calle hacia la izquierda. Los puestos desaparecieron y una explanada con algunos cobertizos le dio la bienvenida. Respirando hondamente, vio a lo lejos el refugio del que Gaara le habló.

Naruto fue atendido por un anciano con una incipiente calvicie que dejaba entrever aun el dorado de sus cabellos. Los penetrantes ojos del hombre no le perdieron de vista mientras buscaba el carbón. Cuando salió, Naruto suspiró, dejando atrás el gran refugio de madera y roca que servía de establos y de almacén al mismo tiempo.

Tras la guerra las cosas cambiaron drásticamente en la vida de los civiles. Pero aún en pleno apogeo de los enfrentamientos, existían cosas que se conservaban. Como aquella calle.

La impoluta e inmaculada apariencia de la ciudad, con sus parejas casas blancas que intentaban pasar desapercibidas, se veía desafiada por la calle de los libreros. Aun que en aquel momento todas las tiendas se encontrasen cerradas, debido a que los comerciantes enseñaban sus mercancías en la plaza durante la feria, aquellos hogares parecían competir por llamar la atención. Se podían ver desde rojos brillantes hasta extraños turquesas que prendaban la vista. Al igual que aquellos altos tejados llenos de extrañas veletas de metal cobrizo. Naruto había oído que servía para ahuyentar a los malos augurios.

El suelo se encontraba en un estado más que decente, donde los carros pasaban sin el mayor problema y la falta de basura ensuciando la imagen del lugar era demasiado notoria.

Naruto cruzó la calle para coger uno de aquellos atajos que recorrían los barrios más pobres de la ciudad. Callejeros usados por la inmundicia para llegar más rápido que los demás. Pero la figura de un caballo abatiéndose sobre él le hizo abrir la boca en un silencioso grito de advertencia. El jinete, que obviamente no notó su presencia, se encontraba en aquellos instantes mirando hacia tras.

Solo sus aguzados instintos le salvaron de ser arrollado por la bestia, y fue entonces cuando el jinete se percató de su presencia.

-¡Oh, joder! ¿Estás bien?- Naruto, a quien se le cayeron los sacos de la impresión, asintió con énfasis mientras el otro desmontaba. La capucha de la capa cayó y Naruto se quedó atrapado en unos penetrantes y oscuros ojos.- Lo siento, iba con prisas y no te vi. Seguro Que estás bi…- Sus palabras murieron en sus labios y una mueca de incredulidad adornó sus finos labios- ¿Uzumaki? ¿Uzumaki Naruto?

-¿Quién eres?

El hombre pareció meditar su respuesta por un largo minuto, hasta que finalmente mostró una amigable sonrisa.

- Blaise, me llamo Blaise. Y vengo por tu amigo Harry Potter.