Despiértame cuando termine Septiembre.

Capítulo diez:

El juego de InuYasha.

Cuando la chica se despertó todavía le dolía la cabeza y se sentían mareada. Se enderezó y observó que se encontraba en la habitación de InuYasha. Pero, ¿qué había sucedido? Se preguntó, pasando una mano por su frente y mordiéndose el interior de sus mejillas. "¡Ah, sí! InuYasha me dijo que esperaba un bebé de él… ¡Qué tontería, hace cinco días que hicimos el amor…!", se rió aliviada y puso sus pies descalzos en el suelo, se levantó y salió de la habitación.

–Esta casa es muy grande, parece un laberinto –se quejó Kagome en voz baja, sin saber hacia dónde ir y recordando vagamente dónde estaba la sala de estar -. Uf, creo que era por aquí –y se encaminó hacia la izquierda.

Vio muchos cuadros, puertas y, lo que seguramente eran, habitaciones. Calculó que vio más de cincuenta en tan sólo el pasillo, pero todavía no encontró dónde estaba las escaleras para bajar. Sonrió abiertamente cuando encontró unas escaleras y empezó a bajar, pero pronto descubrió que no llegó hacia dónde quería ir sino se encontró con la biblioteca.

Las puertas eran de roble, igual al escritorio de Inutaisho, pero estaban talladas delicadamente con figuras de ángeles y flores. Kagome escuchó voces y se acercó, descubrió que la puerta estaba entreabierta y se acercó para ver.

Eran Kikyô e InuYasha. La chica abrió sus ojos, y sintió una tremenda punzada en el corazón, y pronto sintió que se mareaba.

–InuYasha… yo… de verdad, te extrañé muchísimo desde que te fuiste –habló Kikyô con calma, recorriendo entre sus manos los libros que estaban en los estantes.

InuYasha siguió con su mirada la mano delicada y entrecerró los ojos, apretando los puños. Ella lo trajo aquí para hablar sobre el pasado, y decía que estaba muy feliz de verlo con Kagome, pero sabía que eso no era verdad.

–¿De verdad, Kikyô? –preguntó en un susurro InuYasha, bajando la cabeza.

Kagome acercó su oído a la puerta, pero sin apartar sus ojos de la escena. ¿Qué pretendía hacer InuYasha? .¿Por qué estaba con esa mujer?

–Sí, querido InuYasha –murmuró la muchacha de ojos grises, sonriendo levemente y acercándose al muchacho de pelo negro -. También… añoré hacer esto –y, sin titubear, sus brazos rodearon a InuYasha.

El chico se quedó quieto, y Kagome sintió que tenía el corazón en la mano. "No la abraces… InuYasha no la abraces". Sin embargo, InuYasha le correspondió al abrazo, apretándola fuertemente hacia él. "No… InuYasha… ¡InuYasha…!", gimió interiormente Kagome, empezando a sentir un malestar en el estómago.

–Kikyô… –balbuceó el chico y cuando ella se apartó, vio que los ojos de la muchacha brillaban mucho -. Kikyô… - "Kagome…", decía una voz interiormente, muy bajito. Era como una radio demasiado vieja para escuchar.

"InuYasha… N-No, no me hagas esto…", lentamente las rodillas de Kagome empezaron a ceder ante su peso, hasta que tocaron fuertemente la madera, causándole daño pero nadie la escuchó. Gimió un poco, tratando de que no se le escapara ningún llorozo, y se tapó la boca, sintiendo como las lágrimas salían como finas cascadas de sus ojos.

–Mi querido InuYasha… Mi InuYasha… –enfatizó Kikyô, sonriendo de costado y agarrando el rostro del joven con ambas manos, acercándolo hacia ella.

A duras penas, y casi sin ganas, Kagome se levantó y sin ningún esfuerzo abrió las pesadas puertas de la biblioteca. Ellos dos parecían estar muy sumisos el uno con el otro, y tal vez no notaron su presencia. "¡ESTÚPIDO!", gritó Kagome interiormente a InuYasha, agarrándole el hombro y haciendo que girara para mirarla.

–¿Ka…? –los ojos violetas de InuYasha se abrieron de par en par, y de repente un sentimiento de culpa le estrujó el corazón. "Se supone que yo la amo…", dijo esa misma voz mal intonizada, pero esta vez la escuchó y comprendió: era su conciencia.

La chica no dijo nada, pero levantó su mano y sin ningún esfuerzo, con los ojos llenos en lágrimas, golpeó a InuYasha con todas sus fuerzas. El golpe que hizo la mano contra la piel pareció hacer eco, y cuando el chico la miró a los ojos, se horrorizó.

En esos ojos azules, vio mucho rencor, odio. Sintió que el corazón se estrujaba cada vez más por la culpa, y bajó la mirada, entrecerrando los ojos.

–Discúlpame… –susurró InuYasha.

Kagome negó con la cabeza.

–No me pidas disculpas, no te las aceptaré –gimió Kagome con voz apagada y dio media vuelta -. Adiós, InuYasha. No sé para qué confié en ti.

El chico vio como ella empezaba a subir la escaleras y sin importarle Kikyô, la siguió. ¿Por qué diablos hizo eso? .¿Por qué demonios no pensó en Kagome? "Siempre lo hiciste, InuYasha, pero no te importó", dijo esa voz.

–Kagome, ¡espera! –la tomó del brazo, y ella lo observó con los ojos llenos de lágrimas -. No llores… Recuerda, eres la madre de mi hijo, voy a estar junto a ti.

La chica frunció el ceño, y sus ojos destellaron de la furia. Jamás sintió tanto odio hacia una persona, jamás pasó que un sentimiento tan hermoso se halla llenado de tanto rencor. Y lo peor de todo, jamás imaginó que todavía lo siguiera amando.

–Te equivocas, InuYasha, yo no estoy esperando un hijo tuyo –negó la muchacha suavemente, librándose de agarre -. Déjame en paz.

–¡DETENTE! –rugió InuYasha, haciendo que ella se detuviera y lo mirara -. No puedes irte… me dijiste… me dijiste que nunca me separa de ti. Me dijiste que me… amabas.

–Sí, eso lo dij-- –Kagome se calló un momento, tratando de no soltar un llanto repentino, y por un mareo fuerte, cerró los ojos y se tocó la cabeza -. Eso lo dije…

–¿Estás bien? –preguntó preocupado InuYasha, acercándose a su querida niña, pero ella no le permitió acercársele.

–Eso dije… pero tú te encargaste de destruirlo, InuYasha.

El chico vio como Kagome desaparecía de su vista, pero no pudo detenerla. Era verdad, lo destruyó y no le importó ni hasta sus propios sentimientos. ¿En que bestia se había convertido?

–.–

–Mi nieto tiene razón, querida muchacha, tú estás esperando un bebé –sonrió Kaede, comiendo una galleta con chispas de chocolate -. Y me emociona más que sea mi bisnieto.

Kagome levantó la mirada, y se tocó el vientre suavemente. Tenía un bebé dentro suyo, un ser humano que le pertenecía estaba creciendo. ¿Esto habrá sentido su mamá cuando la tuyo a ella y a Sota? Pero, ¿qué haría con esa criatura ahora?

–¿Cómo lo supo, Kaede? .¿Está realmente segura? –preguntó amablemente Kagome, bebiendo su té y sintiendo un calor en el pecho muy reconfortante, haciendo que sonriera levemente.

La anciana sonrió muy divertida y con mucho cariño. Se sentó al lado de Kagome y le sujetó la mano fuertemente. La muchacha intentó no volver a llorar, pero se contuvo, hacia mucho tiempo que extrañaba a su abuelo y ahora tenía a alguien cercano.

–Es muy simple… yo soy una sacerdotisa, es fácil que sepa minimizadas como eso, si puedo encontrar objetos perdidos… ¿Por qué no decirte que tienes un futuro muy feliz junto al hombre que amas? –le preguntó.

La muchacha negó con la cabeza.

–Yo ya no amo más a InuYasha, lo siento –murmuró Kagome, con un hilito de voz y sin mirarla -. Me rompió el corazón… Pero, igualmente, tendré a mi hijo.

Kaede acarició la cabellera de Kagome y le besó la sien, sonriéndole tiernamente y obligándola a levantarla. 'Esto te va a interesar', le había dicho. La llevó hacia el patio trasero y le mostró un árbol gigantesco, había un banquito en el cual Kagome y Kaede se sentaron. La chica miró el árbol y se sintió como cierta conexión con él.

–Este árbol tiene mil años de antigüedad, se le llaman en estos casos: Árbol del tiempo –explicó Kaede con voz suave, mirando cálidamente al árbol -. También se les conoce como árboles milenarios, pero te traje aquí para que lo veas. Y me cuentes que sientes cuando estás cerca de él.

Kagome la miró confundida y cerró los ojos, frunció el cejo cuando sintió calidez en su pecho. Ese sentimiento lo tenía muy menudo como cuando él estaba cerca, y entreabrió los ojos. Estaba sentada en el mismo banquillo, pero todo estaba brillante de luz.

Apretó las manos fuertemente y se mordió el labio. Sus hombros y brazos empezaron a temblar, las lágrimas empezaron a caer pero dentro de todo se sentía tranquila. Era como si se estuviera purificando, desechando todo los dolores del pasado y los de ahora.

''Mamá… mamá no llores''

Estaba bien, se sentía mucho mejor.

–Mi niña, ¿cómo te sientes? –preguntó Kaede luego de haberla visto llorar y entregándole un pañuelo -. ¿Mejor, no es cierto? –la chica asintió y le preguntó con la mirada cómo lo sabía -. Este árbol sirve para purificarte. Se dice que este árbol aclara la mente y tranquiliza el espíritu.

Kagome le sonrió a Kaede y la abrazó fuertemente. Ya nada se podía hacer, el error de InuYasha ya estaba hecho y todavía no sabía que podía hacer, ¿perdonarle o irse a su casa, para no verlo jamás, y criar a su hijo?

Estaba tan agradecida con Kaede, gracias a ella había logrado huir de la casa de InuYasha. Había sido muy difícil para ella aceptar irse con la anciana mujer, pero Kaede le prometió que su nieto no iría a molestarla por un largo tiempo, y la apañó en todo. Le dio ropa nueva para vestirse, ya que no podía andar usando el vestido verde, le traía malos recuerdos.

–Kaede, ¿qué puedo hacer ahora? –le preguntó Kagome, temiendo la repuesta de la anciana, realmente le parecía que estaba abusando de su hospitalidad.

–¿Sabes? Cuenta la leyenda, una vez hace quinientos años, dónde existían todavía los youkais y los hanyou. Dónde estaba la época de las guerrillas, en el periodo Segonku, una sacerdotisa y un hanyou se enamoraron –comentó suavemente Kaede, bajando la cabeza y apretándole la mano -. La sacerdotisa cuidaba de un objeto importante, llamada Perla de las Cuatro Almas, dónde ella tenía encerradas las cuatro almas que existían en este mundo. Ésta perla tenía un gran poder, haciendo que cualquier deseo se cumpliera, pero también estaba maldita porque, en vez de utilizarla para el bien, todos lo hacían por codicia.

Kagome parpadeó, preguntándose porque le contaba aquello. Recordó que una vez su abuelo le habló sobre esa perla, que tenía encerradas cuatro almas: Amor, Sabiduría, Valor y Amistad, y cuando todas ellas se juntaban y tenían un cuerpo, nacía un ser humano. Esas almas estaban encerradas en la mentes de todos, por eso decían que un humano era un ser muy frágil.

Lo más extraño de todo era que le apretaba el corazón escuchar esa leyenda, ¿por qué?

–Cuando la sacerdotisa logró convencer al hanyou de usar la perla para convertirlo en humano, algo grabe y estúpido sucedió –Kaede frunció el ceño y con el dedo pulgar acarició la mano de Kagome -: Un ladrón que estaba celoso del hanyou, vendió su alma, su cuerpo, a los demonios y, siendo ya poderoso, se transformó en el hanyou e hirió de muerte la joven. Luego, el bandido se transformó en la sacerdotisa y lanzó flechas al hanyou, diciéndole que muriera. Ambos (la sacerdotisa y el hanyou) cayeron en la trampa, ambos se odiaron y con ello lograron que la perla se vuelva impura.

Kagome se quedó callada, asombrada ante la leyenda. ¿Sería que se estaba volviendo a cumplir? Sacudió la cabeza, empezando a sospechar que se estaba volviendo su abuelo. Se secó las lágrimas y miró expectante a Kaede, ya que había tomado una pausa.

–La sacerdotisa llegó hacia el pueblo y encontró que el hanyou estaba destruyéndolo todo. Usando todas sus energías, le lanzó una flecha purificadora al hanyou, que quedó clavado en este árbol y, lamentablemente, la sacerdotisa murió –la anciana bajó la mirada, pero la levantó y miró a Kagome sonriente -. Cincuenta años después, apareció otra sacerdotisa, despertó al hanyou y empezaron a vivir muchas aventuras que terminó uniéndolos. Tuvieron muchos problemas, pero finalmente quedaron juntos.

Kagome se levantó y se acercó al árbol. Descubrió que, en el centro del tronco, tenía una gran mancha roja… como si fuera una cicatriz, alzó la mano y acarició el tronco. Vio una hendidura, y quiso saber que era, metió un dedo y sintió un pinchazo. Se cortó el dedo, pensó Kagome sorprendida, viendo como su sangre manchaba su blanca piel.

–Señora Kaede…

–Prefiero que me digas Kaede, Kagome.

La chica asintió.

–Aquí… -miró el árbol, que se movió por un viento refrescante y sonrió abiertamente -. Inspiró una leyenda muy triste, pero al menos terminó bien, ¿no?

La chica se sacó la sangre del dedo por entre sus ropas, y se lo cubrió con un pañuelo. La anciana sonrió y asintió. "Esa fue tu historia, mi niña. Se está volviendo a repetir, pero al menos sé que todo terminará bien. Mi hermana… no, Kikyô ya encontró otro hombre a quién amar", pensó observando el cielo brillante.

–Vamos, mi niña, está empezando a hacer frío y es mejor que no te enfermes.

Kagome acompañó adentro a la anciana, y miró por la ventana al árbol. "InuYasha… todavía no sé si podré perdonarte por lo que me hiciste", suspiró la muchacha y subió las escaleras, entrando en su habitación y tirándose en la cama. Miró el techo y poco a poco se durmió.

Tuvo un sueño muy extraño. Era con InuYasha, pero había algo diferente en él, no era el mismo. Aún así, pudo escuchar que ella lo llamaba por su nombre y él por el de Kagome. Hablaban de todo un poco, y finalmente él decía que tomó una decisión, se marchó de su lado y… sonrió entre sus sueños.

–.–

Las sábanas estaban desechas por todas partes, algunos cuantos objetos estaban tirados y la mayoría rotos, la pared tenía algunas hendiduras e InuYasha estaba recostado en la cama, mirando el techo. Todavía no estaba del todo tranquilo, pero ya dejó de romper las cosas, aún así no dejaba de culparse. Amaba a Kagome, quería verla, pero sí lo hacía…

"Estúpido", se dijo así mismo, cerrando los ojos y sintió como su corazón latía dolorosamente despacio, cerró sus manos, apretándose fuertemente. Si seguía martillándose de esa manera, acabaría muerto pero se merecía eso y mucho más.

Nunca conseguiría el perdón de Kagome, y menos cuando ella empezaba a tenerle confianza y aceptar sus sentimientos. Cuando ella le dijo te amo, lo tuvo que arruinar todo… Su culpa, metió terriblemente la pata y ahora no sabía como salir de ésta.

Abrazó la almohada, en un intento fallido de tranquilizarse porque sintió el aroma de Kagome entre ella. Gruñó y la tiró, sin saber dónde calló. ¿Por qué toda su habitación tenía el olor de ella? .¿O él se estaba volviendo un psicópata?

Un suave llamado lo despertó de su ensueño.

–Me importa quién carajo seas, pero déjame tranquilo –susurró InuYasha, viendo la pared atentamente y recordando el cuerpo de Kagome. Recordando todos los lunares que tenía en su brazo derecho, en aquél pequeño lunar en la planta del pie y sus palabras, sus sentimientos al hacerle el amor.

–InuYasha.

El chico frunció el ceño y apretó el puño. ¿Quién se creía para hablarle? No después de todo lo que le hizo.

–Vete al diablo, Inutaisho.

Él no respondió e InuYasha se sintió tranquilo por unos instantes.

–Hijo, me parece bien lo que pasó, debes alejarte de esa muchacha, no es para ti –replicó Inutaisho suavemente, sin golpear y sin alterarse -. Podría ser que estaba tras tu fortuna. Podría hacerte mucho daño.

InuYasha soltó una carcajada triste, oprimiendo su corazón de angustia. Su padre no entendía nada, Kagome no sabía que él era hijo de un multimillonario y que poseía una gran fortuna. Ella no le haría daño, es incapaz de eso y siempre interpondría el bienestar de los demás, que al de ella.

–Déjame en paz, Inutaisho –repitió fuertemente InuYasha y escuchó los pasos de su padre alejarse, volvió a soltar un suspiro y tembló.

La iba a perder, no podría hacer nada.

Sin embargo… la puerta se abrió y escuchó unos suaves pasos acercarse a él, y una suave mano acarició su hombro. InuYasha sintió un nudo en la garganta y cerró los ojos.

–¿Qué quieres, Kikyô?

La muchacha sonrió de lado y se sentó en la cama, apoyó su mejilla contra la de InuYasha, le sonrió y rozó sus labios contra la piel de él.

–Hacerte olvidar… de todo este dolor. Hacerte olvidar de… esa mujer y hacerte saber que eres sólo para mí, querido InuYasha.

¿Dolor? InuYasha tragó saliva, unos cuantos minutos después de darse cuenta lo que había hecho. Tomó sus ropas y se cambió rápidamente, salió corriendo de la habitación dejando sola a Kikyô en su cama y se subió al primer coche que encontró.

No… ¿Cómo pudo hacerle esto a Kagome? .¿Cómo pudo hacerse esto? Él no era así, jamás engañaría a una persona querida para él… y ahora…

Ahora lo había hecho. Había jugado con sus sentimientos, con Kagome y con Kikyô. ¿Qué pasaba después?

Dolor y las lágrimas. Estando en su departamento, sin poder contenerse más, tapó su rostro con las manos y soltó un llorozo… luego otro, y otro, seguido de un llanto que venía desde hace muchísimo tiempo conteniéndose en su pecho. Ya no podía aguantarse más.

–.–

Kagome se despertó, al tiempo que un relámpago iluminaba su habitación. Se descubrió que había estado llorando, y se tocó la frente, estaba temblando. Había tenido un sueño tan extraño, y a la vez tan horrible… Lo único que recordaba, era un llanto…

Y, ese llanto, era de… "InuYasha…".

Continuará…

Les juro que ni hasta yo misma me perdono, sólo salió así… y aunque no me gustaba la idea de Kikyô, tuve que escribirla, lo siento. Sin embargo, quise mostrar la vulnerabilidad de InuYasha, ya que por más fuerte que sea… es muy débil sobre estas cosas.

¿Qué les puedo decir? Me afectó J.K Rowling… Aunque, déjenme decirles, que jamás la odié tanto como ahora. Las parejas que puso… bueno, basta.

En el próximo capítulo creo que menos les gustará, pero tranquilas… Todavía quedará mucho fic para largo rato y hacer un final…:P No sé los diré.

¡Nos vemos!