Ángeles Desesperados
Adiós
- ¡¿Qué?! ¿Qué se va? ¿Cómo qué se va? ¿Y para dónde? Respóndeme, ¡Bendito sea el Señor! – Decía una muy encolerizada Sango a Miroku, al cual, no dejaba de zarandear sin piedad alguna.
- ¡A China! Por Dios, Sango, ¡suéltame! – Gritó exasperado librándose del fuerte agarre de aquel ángel inverosímilmente fuerte.
- ¿A China? No, él no se puede ir…porque si se va, Kagome se sentirá sola y yo no puedo permitir eso…ese no es el destino que debemos forjar…nada puede cambiar entre ellos…la relación iba bien y… - Miroku seguía atentamente con la vista los pasos de Sango de un lado a otro mientras que ella continuaba con su monólogo, que poco faltaba para rayar en la demencia.
- Sango… - Le llamó cansinamente.
- ¿Pero quién fue el genio que permitió tal barbaridad?... – Se preguntaba mientras ignoraba el llamado de Miroku.
- Sango… - Allí iba nuevamente. Odiaba cuando ella se enfrascaba en sus debates mentales, que dicho sea de paso, siempre tenían que ser en voz alta.
- Oh, esa seguramente fue Izayoi, como sabe que Inuyasha no quiere nada con Tsubaki… - Proseguía.
- ¡SANGO! – Ya está, se dijo Miroku. Ahora ella lo miraría desconcertada sin creer que hubiera algún motivo para gritarle. Y efectivamente así sucedió, si fuera algo poco común se creería además de ángel, vidente.
- ¿Qué? – Espetó indignada que le hubieran alzado la voz.
- No hay vuelta atrás, todo está hecho. La estadía, el dinero, la inscripción. Sólo le queda tomar el avión y lo sabes bien. – Explicó pacientemente.
- ¿Pero y mi Kagome? – Inquirió con genuina preocupación. Miroku se compadeció de ella.
- Ella está perdidamente enamorada de él, lo esperará, te lo aseguro. – Le consoló. Sango se dejó caer en el suelo en pose india mientras enterraba el rostro entre sus manos.
- Esto no está bien… - Musitó. Se quedaron en la misma posición durante unos minutos de agobiante silencio hasta que Sango volvió a levantar la vista a Miroku. – El deseo… - Dijo levantándose de un salto. Miroku parpadeó confundido. - ¡El deseo, imbécil! – Miroku reaccionó ante esas palabras y se obligó a hacer memoria.
- ¿Cuál deseo? – Preguntó al fin, rendido. Sango bufó molesta y luego le miró con resolución.
- ¿Sabes que en una clase vimos las concesiones a los ángeles custodios? – Inquirió intentando que aquel cabeza hueca recordara, aparentemente sin éxito alguno. – Si está en nuestro poder intervenir por nuestros tutelados, tenemos derecho a abogar por un deseo que tengamos nosotros que se les conceda a ellos.
- ¡Ah, el deseo! – Exclamó recordando. Sango le fulminó con la mirada, ¿no podía esforzarse un poco más y dejar de ser tan lento de pensamiento? – Pero… - Prosiguió Miroku. – Sólo es factible esa solución si el deseo es sincronizado entre el ángel y el mortal.
- ¿Y tú crees que Kagome no va a querer que Inuyasha se quede? – Preguntó incrédula.
Miroku se contentó con encogerse de hombros. No quería otro insulto por parte de Sango y su afilada lengua. Haría como los tres monos: no ver, no oír, no hablar. Al menos hasta el punto en que se lo permitiese Sango.
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Kagome se despertó al día siguiente como si una aplanadora le hubiera pasado por encima unas…novecientas veces como mínimo, o en el caso más optimista, como si hubiese recibido la zurra de su vida a pesar de que nunca sus padres o su hermano le habían pegado. Se levantó sintiendo calambres donde creyó que no podían existir y caminó al baño como quien sube al cadalso. Luego de bañarse y ver sus deplorables ojeras por el llanto nocturno incesante, se vistió y cepilló el pelo. Ni siquiera se maquilló y entre suspiro y suspiro terminó por medio arreglarse para luego salir a desayunar. Estaba aún ociosa en la casa, puesto que las clases aún no habían empezado, aunque ya no tenía ningún interés por nada.
Caminó en silencio hasta la cocina y su madre, que la recibía con una gran sonrisa, dejó de sonreír para fruncir el ceño preocupada.
- Kagome, ¿estás bien? ¿Te enfermaste? – Inquirió dejando a un lado el plato que llevaba en las manos para luego posar la palma de su mano sobre la frente de su hija.
- No, mamá. – Negó meneando la cabeza lentamente y retirando con suavidad la mano de Kimiko. – Estoy bien. – Se esforzó por sonreír. La sabia mujer le miró suspicaz.
- Desde luego. – Murmuró al fin. Le sirvió el desayuno a Kagome y luego se sentó a la mesa junto a su taciturna hija observándola atentamente.
- ¡Buenos días! – Saludó un sonriente Sota entrando a la cocina. Kimiko hizo un atisbo de sonrisa a su hijo y se levantó para servirle el desayuno.
- Buenos días, hijo. – Dijo en tono carente de emoción.
- Kagome, ¿cómo estás? – Saludó desordenándole el pelo cariñosamente a su hermana, recibiendo por respuesta una mueca y un leve manotazo que hizo que detuviera su molesta caricia.
- Bien. – Contestó secamente. Sota pareció pensar durante un momento cuál sería el motivo de la amargura de su hermanita. Luego de un rato dándose por vencido se sentó a la mesa y le regaló una radiante sonrisa a Kimiko mientras recibía el plato rebosante de comida.
- Ah…como extrañaré estas comidas el próximo año. – Dijo en tono melancólico llevándose un pedazo de pan a la boca. Kimiko sonrió con tristeza y Kagome levantó la vista sin entender, deteniendo su masticar en el proceso.
- ¿Cómo así? – Preguntó haciéndose la interesada y continuando con su proceso de alimentarse.
- Ah, ¿no te había dicho? Me voy a China el año que viene. Inuyasha se va este año. – Comentó de forma despreocupada.
- ¡¿Qué?! – Exclamó dando con su puño contra la mesa. - ¿Tú sabías que Inuyasha se iba? – Inquirió mirando con el ceño fruncido a su hermano. Sota se encogió de hombros.
- Sí, él ya me había comentado desde hace mucho antes. ¿No te había dicho? – Cuestionó extrañado. Kagome sintió que las lágrimas volvían a acudir a sus ojos y haciendo un esfuerzo sobrehumano para no dejar entrever sus emociones inhaló hondo y miró a su hermano con dolor.
- ¿Y tú también vas a ir?
Sota le miró durante unos largos segundos antes de asentir en silencio.
- Pero como decía, me voy es el año que viene. – Aclaró.
- Ya veo. – Musitó sintiendo que el escaso apetito que tenía se había perdido por completo. – Con permiso. – Se levantó sin siquiera haber lavado la vajilla primero y salió presurosa de la estancia.
Corrió por el corredor principal y entró a su cuarto precipitadamente echándose a llorar en la cama. Sabía que era una actitud egoísta la que tenía, pero… ¿cómo evitarlo? Y además, ¿por qué Inuyasha no le había dicho desde antes? ¿El golpe hubiera sido atenuado si hubiera sabido con mayor anticipación? ¿Existiría alguna diferencia de sentimientos si hubiese sido así? Demasiadas preguntas y ni una sola respuesta.
Se pasó todo la mañana en la cama, lamentándose su suerte una y otra vez. No se creía capaz de siquiera mirar a Inuyasha a los ojos sin echarse a llorar. Sonrió amargamente mientras divagaba en el momento preciso de la devastadora noticia.
FLASHBACK
- Me voy, Kagome. Me voy por un año a China. Allá haré mi postgrado de medicina. – Anunció con expresión mortalmente serio. Kagome le miró sin poder creer a sus palabras. Duró unos minutos sin saberse capaz de modular algo coherente. Sintió el repentino escozor de las lágrimas que pugnaban por salir.
- ¿En…en verdad? – Tartamudeó con voz quebrada.
- Kagome… - Le llamó con expresión afligida. Kagome sonrió aún con los labios temblorosos y se obligó a alzar la mirada mientras reía levemente, ya que sabía que o reía o se echaba a llorar como una magdalena.
- ¿A China, eh? – Repuso pasándose una mano por los ojos intentando que ninguna lágrima fuese a resbalar por su mejilla. – Felicitaciones entonces. – Agregó procurando sonreír nuevamente, con un poco de mayor éxito que en el intento anterior.
- ¿Me…esperarás? – Cuestionó dudoso. Kagome levantó la vista a él y le miró casi con adoración.
- Sabes que te esperaría aunque pasase toda una vida. – Contestó con vehemencia. - ¿Tú lo harás?
Inuyasha sonrió tristemente.
- No tengo ninguna otra intención, Kagome. – Replicó.
FIN DE FLASHBACK
¡Oh! Ojalá fuese fiel a sus palabras, pensó con repentina angustia. Nunca había salido del país como para decir que ya lo había atestiguado antes pero esperaba que Inuyasha no se encandilara con ninguna muchacha durante su larga estadía en China. Hubiera deseado tener algo en que aferrarse, en algo donde poder hacer reposar su certeza de que todo saldría bien al final…
- ¿Cómo me pueden pasar este tipo de cosas a mí? – Gimió aún acostada en la cama y llevándose las manos al rostro.
- ¿Kagome? – Sintió el suave llamado de la voz de su madre.
- Mamá, perdóneme, ahora no. – Suplicó con voz temblorosa.
- Inuyasha está aquí. – Anunció.
Kagome pegó un salto y se miró con horror su aspecto al contemplarse en el espejo. ¿Qué Inuyasha estaba allá? ¿Tan temprano? No lo concebía. Se levantó, agarró el cepillo y medio le alcanzó el tiempo para atarse el cabello en una cola. Pasó sus manos a través de sus ropas, intentando alisarlas un poco y luego hizo el mismo trabajo con su cara, secándose todo rastro de lágrimas.
- ¡Voy! – Respondió precipitándose a la entrada. Abrió la puerta y junto a su madre estaba Inuyasha, no con un aspecto mucho mejor que el de ella, dicho sea de paso. – Inuyasha… - Susurró en un hilo de voz.
Kimiko se retiró cautamente e Inuyasha ingresó en la habitación. Cerró la puerta a sus espaldas y miró a Kagome de una forma que ella no sintió poder interpretar. Una mirada de sentimientos encontrados.
- Hola Kagome. – Saludó con voz ronca.
- Hola. – Respondió sonriendo de forma afectada. – No te esperaba. – Confesó.
- Lo sé, sólo vine… - Ya ni sabía que hacía allí en ese momento. Era evidente que Kagome no había podido descansar esa noche y mucho menos haber estado tranquila en lo que iba de día.
- Sota ya lo sabía. – Repuso ella en cambio, haciendo salir a Inuyasha de su ensimismamiento. - ¿Por qué él lo supo antes que yo? – Sonrió con amarga ironía.
- Lo lamento, creí que de esa manera te hacía sufrir menos. – Se excusó. Kagome le miró incrédula largo rato.
- ¿Sufrir menos, Inuyasha? – Dijo con voz quebrada por el sollozo retenido en su garganta. - ¿Así lo defines tú? – Negó con la cabeza. – Me siento fatal. No sabes todas las catástrofes que me he imaginado. – Lloró al fin. – Podría ser la nueva precursora de la teoría del caos, te lo aseguro. – Sonrió tristemente mientras las lágrimas tan celosamente ocultadas del mundo, ahora eran derramadas de forma inclemente mientras éstas realizaban su silencioso recorrido por las pálidas mejillas de Kagome.
Inuyasha duró varios eternos segundos sin saber qué decir. Finalmente, suspiró casi en un lamento.
- Lo sé, no debí haber decidido por ti. Soy un completo idiota… ¡Oh, Kagome! – Gimió acercándose y abrazándola fuertemente. – Desearía con toda mi alma llevarte conmigo, pero jamás podría, primero por tu carrera aquí y segundo porque dependo de la miseria que mis padres me enviarán mensualmente.
En ese momento, Miroku y Sango entraron en la habitación y se miraron preocupados al ver a la pareja abrazada en medio de aquel pequeño cuarto.
- Es ahora o nunca. – Le indicó Sango a Miroku. El ángel asintió y se acercó a Inuyasha susurrándole algo junto al oído, luego se alejó y volvió a posarse junto a Sango.
- Kagome… - Llamó Inuyasha con una nueva intriga en la mente. - ¿Tú me retendrías? ¿Preferirías que me quedara? – Cuestionó separándose un poco para poder ver su reflejo en aquellas lagunas de chocolate, hermosamente brillantes por las lágrimas. Kagome le sonrió con ternura y le tocó una mejilla dejando reposar su palma en ella.
- Ahí viene. – Anunció Sango. Miroku no respondió sino que siguió mirando atentamente a la pareja.
- ¿Cómo piensas que sería tan egoísta para hacer algo así? – Repuso incrédula. Sango abrió la boca sorprendida y Miroku sonrió mientras ya se esperaba ese tipo de respuesta. – Yo jamás, escúchame bien, yo jamás te detendría, Inuyasha. Estamos hablando de tu futuro, no del mío. Claro que hubiera querido que no tuvieras que ir, pero nunca desearía para ti algo sólo para complacer mis deseos y tú lo sabes bien. Te amo lo suficiente como para ser incapaz de querer una cosa así.
Inuyasha sonrió y besó los labios de Kagome con extrema delicadeza. Cuando se separaron asintió.
- Lo sé, eso es todo lo que tenía que saber, Kagome. – Contestó.
Sango miró a Miroku de forma desesperada como intentando decir: "¡No funcionó! ¿Cómo puede ser esto?". Kagome no tenía intenciones de retenerlo y no había sincronía de deseos con los ángeles, el deseo no se podría pedir. Miroku le sonrió como diciendo: "No es de extrañar algo así"
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Inuyasha ya se encontraba en el aeropuerto. Su madre se había encargado de transportarlo y ahora esperaban su vuelo.
- Cuídate, Inuyasha. – Sonrió Izayoi. Demasiado sonriente, pensó Inuyasha con fría ironía. Ya sabía que su progenitora ahora estaba celebrando su victoria, lo había alejado por fin de Kagome, una chica que ella ni conocía.
- Sí. – Contestó sin molestarse por mostrarse más afectuoso. Finalmente la menuda mujer le dio un frío beso en la mejilla y partió con el más elegante silencio. Inuyasha se puso a mirar entre el gentío intentando distraerse aunque fuese por un glorioso instante, ya que sentía que su alma ahora no podía pesarle más. Sentía que Kagome ya le faltaba como el aire y ni siquiera había abordado el avión aún.
En ese momento divisó una pequeña figura que hubiese podido identificar a kilómetros de distancia. Sonrió al verla. Finalmente ella le vio e Inuyasha notó como junto a ella iba Sota, también dispuesto a despedirlo.
- ¡Inuyasha! – Chilló Kagome lanzándose a sus brazos por última vez. Inuyasha la apretó contra sí como si esperara que ella se desvaneciera en cualquier momento como un espejismo.
- Kagome… - Susurró besando sus cabellos de ébano e inhalando atentamente su aroma para no olvidarlo durante todo el año que venía por delante.
- Adiós, amigo. – Le dijo de forma afectuosa Sota, que se encontraba frente a ellos con las manos en los bolsillos. Kagome se separó de Inuyasha y éste aprovechó de abrazar a Sota, el cual, al principio sorprendido, terminó sonriendo y correspondiendo al abrazo.
Inuyasha besó por última vez a Kagome en los labios y cuando sintió que su vuelo ya iba a partir, terminó por alejarse de su novia y su mejor amigo ya con el corazón lleno de melancolía.
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Bien, ódienme, les doy permiso xD. Pero así es la vida. Ni modo. Bueno, a la gente que jura y perjura que mi papá es el ser más romántico de la Tierra, pues a ver, no será frente a mí y a mi hermano en realidad xD O en dado caso, dejó de serlo con los años. Pero como les digo, al menos en ese momento, si tiene pinta de príncipe azul después de todo jeje. Una cosa si no sé si conseguiré es alguna carta que mi papá le haya enviado a mi mamá desde Argentina (país donde hizo el postgrado) porque ella las tiene guardadas pero eso es sacrosanto para ella, así que no prometo si lograré disuadirla que me preste una, por ello no prometo nada. Aún así, muchísimas gracias por sus reviews, a las que di nuevas esperanzas en el noviazgo con médicos, pues se los confirmo, puede salir bien como en este caso xD (después de todo, yo no estaría aquí escribiendo en caso contrario ñ.ñU) Así que muchas gracias, espero que en este capítulo también dejen bastantes reviews y que de alguna u otra manera les haya gustado. Sayonara n.n
