SHERLOCK de BBC es una serie que pertenece a sus respectivos autores, yo solo lo usé como inspiración para este fic.
La lluvia discreta que azotaba el horizonte de la ciudad londinense, repentinamente se volvió en un golpe frío que amenazaba con enfermarlo gravemente. El trabajo acumulado, las horas extras después de terminar su horario, el poco cuidado que se daba aun en las horas libres, la falta de sueño, todo un conjunto de pequeñas agujas de agua congelada y sufrimiento. Se detuvo unos momentos para encender un cigarrillo, los parches de nicotina probaron no ser lo suyo hacía ya años y él era un hombre de hábitos. Malos hábitos.
Cuando la llama prendió, cubriendo aquel diminuto fuego conciliador, el cielo estrellado de la medianoche se tornó aún más oscuro. Las gotas de lluvia que antes golpeaban su cabeza, hombros y cuerpo, ahora se encontraban inexplicablemente fuera de su entorno, uno reducido y muy específico. Parpadeó unos segundos, seguido de un gruñido indescriptible, alzó la mirada y se topó con lo que había imaginado. Alguien sostenía una sombrilla sobre su cabeza.
Se giró y ahí estaba.
Los ojos cafés oscuros brillaron aún bajo la perpetua oscuridad, pero aquella luz desapareció casi tan rápido como llegó a su rostro. Exhaló el humo que había retenido menos de un minuto, por completo en silencio. Después de ser el que iniciara las conversaciones durante dos décadas, lo cierto es que tenía poco o nada que decir.
— Gregory… — Mycroft Holmes se encontraba ahí, frente al hombre al que torturó por la demostración más fiel y conmovedora de pasión. Es más fácil encontrar palabras para alguien a quien odiamos que para quienes hemos herido. — Yo…
Sería más fácil si el hombre siquiera pronunciara palabra alguna, pero su silencio y la calma con la que miraba sus ojos, aquella serenidad y la falta de hipocresía en su sensatez, solo volvían más complicadas las cosas y las palabras hacían un esfuerzo tremendo por salir. A veces, ser inteligente dificulta la expresión de los sentimientos. ¿Es válido solo decir "te amo"?, ¿es suficiente?...
— No encuentro las palabras adecuadas. — Carraspeó unos segundos antes de continuar, si es que tenía algo con que seguir. — ¿Podrías acompañarme a un lugar menos…?
— No.
Mycroft abrió los ojos con cierta sorpresa e incomodidad. No fue hostil o con reproche alguno. Simplemente… una respuesta.
Ambos guardaron silencio justo cuando las gotas comenzaron a caer en mayor cantidad y volumen. Por sostener la sombrilla sobre Greg Mycroft se empapaba por completo, acción que lo hizo fruncir el ceño. Greg lo observó con una tranquilidad sobrehumana y empujó ligeramente la sombrilla fuera de su cabeza, con un gesto amable, pero aun sin expresarse de ninguna forma.
Ahora ambos se cubrirían del frío y solitario ambiente. Los coches habían dejado de transitar por aquella calle con tanta regularidad y si acaso pasaban uno o dos, ni siquiera podrían notar a los dos hombres platicando sobre la acera, mojados desde la punta del cabello hasta la base de los zapatos.
— De acuerdo… entonces yo, seré breve… bueno. — ¡Por todos los…! Él ERA el gobierno, enfrentaba terroristas, políticos, amenazas de grupos armados, la economía… ¿por qué estaba tan nervioso?
La parte de sí mismo que enterró el día del incendio, comenzaba a resurgir. ¿Aún era el Mycroft que se acobardaba frente a Greg?, el que siempre, de alguna forma, era inferior… el que lo miraba desde abajo…
No…
Pero, era la mitad de ese Mycroft y del que se olvidó del hombre que prometió amar hasta el último de sus días.
Greg permanecía ahí, empapándose en lluvia fría, pero sin mover un solo músculo. Después de 20 años, la reacción de algo que esperó durante tanto tiempo, seguía sin aparecer. Solo podía escuchar lo que Mycroft tuviera por decir… y seguir con su camino.
— Greg…ory. — Finalmente, el pelirrojo se sacudió el saco mojado y tomó el coraje que sus palabras necesitaban. — Yo leí los… tus… los correos. Yo, recientemente, debo admitir, los leí… eran… yo… después de leerlos, creo, creí, ¡aun lo creo!, yo… te debo por lo menos una explicación y bien podría decirte cientos de cosas, de las cuales 99 serían solo mentira o excusas mal hechas y… después de esto, eso, es… creo que mereces algo mejor. Yo, en realidad, lo lamento. No tengo nada más que aportar a ello. Realmente lo siento. Yo, no, yo nunca… debí estar ahí o al menos responderte y, ¡tenías razón!, tu… tenías razón al creerlo, yo… jamás abrí esos correos… hasta hace poco, como ya te he dicho… y… sí. Eso es. — Sus ojos amenazaron con cubrirse de llanto. Quizá debió darse más tiempo para planearlo o mínimo escribir lo que realmente deseaba decir, pero lo cierto era que no tenía la menor idea de que era lo que realmente quería decir.
Gregory abrió la boca, como si estuviera a punto de responder, con los ojos impresos en coraje, pero a tan solo segundos, la volvió a cerrar, cambiando su semblante a uno mucho más serio.
— ¿Es eso todo? — Preguntó en completa calma.
— Pues si… no es suficiente y no esperaba que lo fuera, yo solo… quería responder a ello… a todo… lo que hiciste... Y… a ti.
Greg dejó caer el cigarrillo y lo pisó. Se acercó a Mycroft, como si fuera soltarle un puñetazo en el rostro o algo parecido, a lo que el mayor de los Holmes únicamente pudo cerrar los ojos con fuerza y esperar. ¡Vaya!, desde secundaria que no lo apaleaban.
Pero nada sucedió. Abrió los ojos y observó cómo Greg lo miraba, con tanta… indiferencia.
No rencor, no odio, no dolor… solo, como si a esas alturas le dieran lo mismo sus palabras.
Y así era.
— De acuerdo. — Dijo el inspector, antes de continuar con su camino y dejar al hombre esperando en aquel lugar a una reacción mayor, de cualquier tipo.
Caminaría detrás de él, pero supo de inmediato que eso sería estúpido.
Cuando la lluvia desapareció del firmamento, en aquel sitio solo permanecían Mycroft y sus pensamientos.
Esperando.
O*O*O*O*O
Su humor no estaba precisamente como para tolerar a otro Holmes y aun después de tantos años trabajando juntos, Sherlock había conseguido estresarlo más que ningún otro hombre, aun su hermano, en ese mundo.
— ¿Me ayudarás o no? — Pero resolver casos era más importante y aquel asesino parecía demasiado cercano a convertirse en el próximo Jack, imparable e imposible de llevar a la justicia.
El menor de los Holmes ignoraba categóricamente al hombre de canas, mientras se paseaba de un lado al otro de la estancia. John Watson permanecía sentado frente a Greg, escribiendo alguna nueva entrada de su blog, poco después de ofrecerle una taza de té al inspector. Este se negó con la cabeza, aun impaciente.
— Algo hará… solo dale tiempo, está sobrecargado por una… — El sonido de Sherlock arrojando libros fuera de su camino hizo que se guardara silencio unos segundos. John aprendió en algún punto a ignorar las rabietas de su compañero. — Investigación personal.
— ¿Inves…? ¡Oh, Sherlock, esto es más importante!... siempre te quejas de que no hay suficientes…
El menor de los Holmes tomaba libro tras libro, arrojándolos fuera de su vista una vez que comprobaba que la portada no era la que buscaba tanto.
— Seguramente ya cometió un error, pon a Anderson a hacer el trabajo por el cual le pagan y deja de interrumpirme mientras intento concentrarme en algo realmente importante…
— ¿"Algo realmente"…? ¡Sherlock!
John no era un Holmes y definitivamente no deducía como ninguno de ellos, pero en ese momento fue demasiado evidente que el inspector se encontraba más cansado de lo habitual. Su cuerpo temblaba ligeramente y sus ojos lucían rojizos, ¿acaso había llorado? Aunque su cuerpo había adelgazado en un corto periodo de tiempo, ya había recuperado el peso, o al menos eso había creído, pero justo en ese momento lucía esbelto en demasía.
— ¿Está todo bien? — Preguntó el blogger, amablemente.
— ¿Qué? Ah, bueno… ha sido este caso… realmente quiero encontrar la solución, pero tal como dije, no han encontrado huellas de ningún tipo o rastros…
Sin saber porque, el doctor no lo creyó, pero sonrió amablemente y regresó su atención al detective consultor.
— Ahora no… ya casi lo sé…
— ¿Eh? — John y Greg miraron a Sherlock, quien a su vez observaba a través de la ventana del departamento. Un automóvil se estacionó frente a la entrada.
— ¿Qué sucede?, ¿Mycroft? — Un escalofrío acompañado de un nudo en la boca del estómago acompañaron al inspector cuando John dijo ese nombre.
— Vamos, tengo que hacer una consulta…
— ¡Sherlock, el caso!
— Te avisaré cuando encuentre algo — Avisó John al hombre y se colocó su sudadera, alistándose para seguir al hombre que se colocaba una típica bufanda azul y su saco negro.
Los tres bajaron por las escaleras del departamento, primero Sherlock, seguido de John y Greg respectivamente, pero una vez en el recibidor, la puerta se abrió, dejando ver al hombre de gobierno y un rostro que pasó de seriedad absoluta a sorpresa sobrecogedora. De nuevo, en menos de 12 horas lo tenía frente a él.
— No tengo tiempo ahora, Mycroft, envíame un mensaje con los detalles y después que lo elimine, vuelves… andando, John.
El doctor se detuvo al final de las escaleras, Gregorys seguía a 4 escalones de concluir, pero se detuvo un momento. El doctor, en medio de ambos hombres, guardó silencio, esperando que alguien dijera algo, pero no pasó.
— Eh… bueno, ¿me permites? — Pasó a un lado de Mycroft, tal como Sherlock había hecho y se despidió del inspector antes de salir, tan solo con la mirada.
Gregory observó a Mycroft tal como lo había hecho la noche anterior, sin desprecio, sin rencores. Solo como el fondo de una pintura que era la vida y de la cual el personaje principal resaltaba tanto que el resto no parecía relevante. Eso era Mycroft Holmes para él… parecía.
Caminó hacia la salida, pasando por su lado y disculpándose por moverlo de su sitio.
El pelirrojo esperó tranquilamente hasta quedar por completo en la soledad de aquel recibidor. De poder llorar, lo habría hecho.
*O*O*O*
Las juntas jamás terminaban rápido en un trabajo como ese, si es que manejar el gobierno americano a la par del británico era un trabajo real, pero el destino, la herramienta preferida y más despiadada de Dios, los empujó a encontrarse en medio de la concurrida plaza.
El inspector caminaba a paso apresurado, lucía cansado y algo molesto. No había conciliado el sueño en días… solo dormitaba de vez en cuando, pero una sensación de vacío lo obligaba a abrir los ojos una vez más.
¿Por qué tuvo que recordarlo justo entonces? ¡Malditos Holmes!, solo conseguían volver su vida aún más miserable… pero… de cualquier forma, a pesar de todo…
…el tiempo volvió a correr…
Justo cuando en su boca se dibujó una sonrisa casi imperceptible, el panorama se tornó de un color gris cuando observó al hombre frente a él.
¿Podía, realmente, odiar a Mycroft Holmes?, ¿el amor se había ido a algún sitio o se transformó en odio?
No…
A pesar del olvido, del tiempo, de la soledad o de los días tristes.
No existe una regla para medir la estupidez. Aquellos que, como él, perdonaban a un ser amado por encima de su dignidad, seguramente se encontraban en el extremo final de la estupidez.
Y sin embargo, siguen.
— ¿Es que debo encontrarte en cada sitio al que voy, Mycroft Holmes?
El pelirrojo se encrespó muy visiblemente y su cuerpo acompañó la acción con un movimiento que para nada reflejaba la forma de ser que se había forjado todos esos años.
— Yo no estaba siguiéndote… — Respondió con preocupación. Gregory lo observó directamente hacia el rostro, a sus ojos celestes claros. El otro hombre mostró un cierto desagrado al explicarse, como si realmente se preocupara porque el inspector lo creyera. Greg agachó su rostro, intentando sin mucho éxito el esconder una sonrisa pequeña.
— Ya lo sé, solo bromeo… — Entonces, el cielo volvió a teñirse con nubes grisáceas, aparente aviso de una lluvia en el horizonte.
El pelirrojo se tranquilizó al escuchar aquellas palabras. Justo cuando tuvo algo que decir, Gregory siguió su camino, pasando por su lado sin decir algo que terminara por cerrar su encuentro. El hombre de gobierno no pudo contenerse y lo tomó fuertemente por la manga, exactamente donde estaba su codo.
"¡Mírame!, ¡Di algo!, estoy aquí… no puedes simplemente… ¿no podrías, nunca…?"
Gregory lo observó con enormes ojos perplejos, esperando oír algo por parte de ese hombre, pero sus miradas no encontraron otro dialogo más que aquel desarrollado durante sus 20 años distanciados.
¿Está mal desear que las cosas vuelvan a ser como eran antes?, ¿Cuándo está bien soltar el pasado?, ¿no es eso una traición?, ¿Cuándo deja de serlo?, ¿Por qué?
Mycroft se encontraba en el centro de un torbellino donde los extremos lo atrapaban de una manera que lo asfixiaba emocionalmente. Deseaba con todo su espíritu que su corazón fuera una entidad separada de sí mismo, que sus ojos pudieran decir lo que realmente pensaba sin la vergüenza de tener semejante cinismo. Nunca podría volver a ser amado por Lestrade, aun si se ese era el caso, no lo merecía. ¿Qué estaba esperando entonces?
El inspector aguardó con una mirada dolida a que el otro hombre dijera algo. Ese era el momento. Ahí mismo, si Mycroft era capaz… tan solo necesitaba escucharlo…
— Tengo que irme, Mycroft.
Pero no iba a esperar más. Solo un segundo junto a Holmes era una eternidad que no poseía tiempo. Si podría amarlo, si iba a hacerlo, no sería de la misma forma.
Porque quizás el amor no desaparece, solo se vuelve ternura y resignación.
O—O—O
Las últimas ocasiones no habían funcionado, pero finalmente lo consiguió. Bastante sencillo para alguien como él. Un correo electrónico no podía ser mayor misterio que un asesinato triple en el centro de Inglaterra, pero lo que desencadenó con esto solo puso más problemas en su cabeza.
¿Él?, ¿olvidar?, ¿Sherlock Holmes? Pues lo hizo. Páginas en blanco. Días que no existieron más. Momentos que jamás pasaron para él, pues apenas podía recordarlos.
— ¿Qué haces aquí tan tarde, Sherlock?, ¿No vino John contigo?
El inspector finalmente había conciliado un sueño delicado y efectivo cuando la puerta hizo un estruendo alarmante, acompañado de los gritos nada tranquilizantes del menor de los Holmes. Casi las 4 de la mañana y el pequeño bastardo no tenían nada mejor que hacer.
Pero cuando Lestrade abrió la puerta, la última imagen que esperaría de Sherlock Holmes, era precisamente aquella que lo encaraba.
Afuera llovía fuertemente y su departamento necesitaba un techo nuevo, pues toda la entrada se encontraba empapada, resbaladiza y hecha un completo desastre. Sherlock tenía el rostro visiblemente desencajado, como si el llanto lo hubiera atacado recientemente y la tristeza reinara en su espíritu.
— Yo… ¿acaso tu…?
Sin preguntar algo, siquiera responder, el detective consultor entró en el departamento de Lestrade, empujándolo fuera de su camino y comenzando una maraña de movimientos, llevando sus manos de arriba abajo, susurrando incoherencias y platicando en voz baja consigo mismo.
— Leí todos y cada uno de los correos y pienso que, realmente…
— ¿Qué cosa?, ¿de qué?, ¡Sherlock!, ¿sabes qué hora es?, tú no estás… si es por el caso, ya te lo dije…
El inspector tuvo que detenerse en ese momento. Sherlock lo observó de una forma bastante reflexiva, como transmitiéndolo todo en ese par de trozos del cielo. Greg encendió una lámpara de mesa, aquella que se encontraba entre ambos, pero más próxima al menor de los Holmes. Afuera se escuchó el retorno de la lluvia, cubriendo cualquier necesidad de hablar para mitigar el silencio incómodo. Esa mirada… solo podía ser…
— Yo sé que me encuentro ante un tema bastante personal entre… tú y…
— ¿Los leíste? — Lentamente, Greg se recargó en el borde del sillón más cercano. Su departamento era ordinario y muchos de sus muebles eran sencillos, pero en ese momento, aquel cómodo sitio parecía la barrera entre él y un abismo.
— Todo esto tiene que ver con lo que necesito recordar, Lestrade… el correo o las visiones y aquella portada, todo forma parte de un algo que de alguna manera está conectado y si tan solo… —Como acostumbraba, comenzó a caminar de un lado al otro de la sala-recibidor, merodeando casi a ciegas en una oscuridad ligera que se perdía y aparecía dependiendo de las luces producidas por los rayos y el ambiente que proporcionaba la lámpara.
— ¿Cómo es que lo abriste?
— No fue difícil en realidad, una vez que descubrí lo que esos diminutivos y los números significaban, claro… edades y nombres, lo más básico, pero cuando lo vi, por supuesto, asumí que Mycroft los habría…
— ¡Era algo personal, Sherlock!, ¡no tenías derecho!
El detective consultor se detuvo un segundo solo para pensar en su respuesta. Si algo había aprendido durante esos años viviendo con John Watson, definitivamente era sobre emociones y el rostro doliente de Lestrade le hizo saber que cualquier otra respuesta lo pondría mal. Peor.
— Lo lamento…
— ¿Lo la…? ¡Claro que no!, ¡discutes tanto con tu hermano, pero en el fondo ambos son iguales! — Se alzó con la emoción que acompañaba sus gritos. De pronto sus manos temblaban y se movían más de lo normal en sus articulaciones. — ¡Justo ahora no quiero verte más!, ¡vete! — Ese nudo en la garganta y la sensación que lo amenazaba con soltar el llanto… ¡pero como los odiaba!
— Siento que este es el momento, justo ahora, después de leer eso que me arrepiento de haber leído — Mentía claro, pero solo porque John le explicó que es necesario hacerlo de vez en cuando para no ser un cretino con aquellos a quienes aprecia.
— OH POR FAVOR, ni siquiera intentes mentirme, ¿tanto te arrepientes?
— Si
— ¿Realmente?
— ¡Si, si, ya te lo dije, ahora avancemos con el caso…!
— Si te sientes tan mal, significa que te detuviste después de, ¿Cuántos?, ¿uno, dos?, ¿Cuántos leíste exactamente, Sherlock?
— No es el punto realmente…
— ¡Sherlock CUANTOS LEISTE, AHORA!
— Yo quizá llegue al final, pero eso no significa que lo lamente menos…
El inspector resopló indignado, tomó al hombre de cabellera azabache y lo empujó hacia la salida de su departamento.
— ¡FUERA!
— ¡Pero estoy siguiendo todas las pistas hasta este punto…!
— ¡NO ME IMPORTA, FUERA DE AQUÍ!
— ¡Debe haber algo que tu recuerdes!, hay una razón para que aquella nota pueda significar algo — El menor de los Holmes sacó de su gabardina negra una sección del periódico, arrugada y maltratada, pero aun leíble. El inspector se restregó el rostro con tal fuerza que casi sintió sus parpados ser arrastrados por su propia mano.
— Por favor, Sherlock, solo vete…
— ¡Mírala!, si después de hacerlo no encuentras nada, realmente nada, me iré.
Greg podría haber cerrado la puerta justo frente a su nariz, echarlo fuera a patadas o simplemente mandarlo al diablo y regresar a dormir, pero conociendo al dragón como lo conocía, sabía que este buscaría la forma de seguirlo fastidiando desde afuera.
Suspiró cansado, realmente cansado, tomó las hojas con desgana y masculló algo para sí mismo. Al de gabardina no podía importarle menos su coraje, finalmente iba a descubrirlo.
Las luces del departamento fueron encendidas por su dueño, este tomó asiento de nuevo sobre el sillón y esperó a que Sherlock cerrara la puerta tras de sí.
— Veamos… — Una parte del impreso estaba dedicado a noticias sin mayor importancia, una pequeña esquina era un obituario y el resto eran anuncios de compra—venta.
Greg leyó con impaciencia por encima de los encabezados, después las notas debajo. El obituario, las ofertas… no hbaía algo que le importara. — Sherlock, no veo…
— Sigue intentando, más detalladamente. Debe haber algo, una fecha, un nombre… algo… entre líneas…
— Estas tratando que yo descifre un mensaje que solo tu comprendes y que podría o no estar descrito en un código incomprensible para mi… ¿te das cuenta de lo ridículo que resulta?
— Sigue leyendo. — Lo ignoró por completo. Posándose tras el hombre de cabello cano, Sherlock intentó ayudarlo en algo, pero aun cuando preguntaba por tal o cual fecha, un lugar o un nombre, la respuesta siempre era la misma.
Sin notarlo, habían pasado caso 40 minutos en una simple página.
— Tengo sueño, Sherlock y en 2 horas comienza mi turno, ¿podrías, por favor, dejarlo todo por esta noche e irte?, seguramente John puede ayudarte más de lo que…
— ¡Tienes que ser tú! — El grito asustó al inspector y casi lo hizo olvidar el cansancio. — Hay algo, respecto a una cosa olvidada, por mí y seguramente por Mycroft también, hay un motivo para todo lo que sucede, sé que estoy olvidando algo, algo realmente importante, algo que me fue recordado por una… ¡cosa!, dentro de esta página… cuando tengo sueños sobre la casa donde vivíamos o sobre conversaciones que desconozco si son reales… descubrí que también conocía ese correo y aun cuando la primera ocasión no escribí la contraseña correctamente, ahora no puedo dejar de relacionarlo todo y eso colapsa en ti, eres el final de esos sucesos… ¿Qué olvidé?, ¿Qué tiene que ver contigo?, ¿por qué ahora?
Greg escuchó paciente al otro hombre, pero comenzaba a perder el conocimiento lentamente, cansado hasta niveles demasiado pesados. Se puso de pie, seguro por completo en que no resolverían aquel caso, o al menos no aquella noche, y arrojó el periódico de nuevo hacia la mesa frente al sillón. Sherlock observó su gesto cansado y desistió en su cometido, sintiendo que perdía por primera ocasión…
— No puedo ayudarte más, Sherlock, realmente lo…
Esa pausa en el hablar del inspector, significó demasiado para el otro.
— ¿Qué?
— Nada…
— No, siempre es algo.
— No es nada.
— Tuviste que ver algo, lo viste, ¿cierto?
— No es nada, Sherlock… es solo que…
— ¡Dilo!
— No estoy seguro…
— ¡DÍME!
— ¡Sherlock! ¡Ustedes son increíbles!
El de ojos azules no pudo comprender menos. Volvió a tomar las hojas entre sus manos, pero todo lucía igual.
— ¿Qué es lo que no puedo ver?
— Bueno, no quiero parecer un sabelotodo frente a un Holmes, pero, ¿no es esa la casa de tus padres?, la del anuncio de venta… debe ser solamente campo y ruinas después de tanto…
Sherlock parpadeó consternado y miró de nuevo a un diminuto anuncio sin demasiada información que daba a conocer un terreno en venta fuera de Londres, en una localidad menor.
Fue realmente extraño de nuevo…
— No lo recuerdo…
— ¿Qué dices?
— Esta dirección es desconocida para mi… es…
Lestrade sostuvo el periódico solo porque vio a Sherlock en un estado en el que jamás lo había observado antes.
— Sher… ¡Sherlock!
Justo antes que el otro hombre perdiera el conocimiento.
*O*O*O*
— ¡Tu hermano le pedirá matrimonio a Greg, Sherlock!, ¿no te ha mostrado el anillo ya?, tú debes de saber cómo es, siempre te cuenta todo a ti… seguro que te lo ha dado a cuidar…
— ¿Crees que quieran usar la nueva hacienda, en el norte, para la ceremonia?
— No lo creo, querido… Mycroft me dijo que preferiría hacerla aquí mismo, ¡pero anda, Sherlock!, ¿Dónde te pidió tu hermano que lo ocultaras?, ¿no me lo mostrarías ni siquiera a mí?, al menos dime como es… no puedes engañar a tu propia madre, Sherlock.
