Disclaimer: Los Juegos del Hambre, personajes y argumento original, no me pertenecen, me los ganó Suzanne Collins. Este intento de adaptación, sí, es todo mio.
Aviso: Creo que este capítulo, en algunos momentos, no tiene coherencia (en mi cabeza si la tiene XD), les pido por favor que si notan los errores, me lo hagan saber, para corregirlo. No quiero que suene a pretexto, pero, mi excusa, es que estoy escribiendo casi a presión: escuela y bastantes tareas no me permiten concentrarme totalmente en la historia, pero lo intento.
El capítulo es desde el punto de vista de Katniss, con una pequeña intervención de Peeta (que considero importante para el siguiente capítulo). Parece ser que me emocioné de más y salió, un mucho, extenso. Ojalá no los aburra.
Ya, para terminar, está demás decir que todo lo que escribo es para complacer a mi mente y, de igual manera, para todos ustedes que me leen. Pero en está ocasión, quiero hacer una dedicatoria especial para Vale-Misty Cullen y XkanakoX: fervientes admiradoras y enamoradas de la pareja principal ;)
Capítulo especial: Punto de vista de Katniss.
Cinco días.
Hace cinco días que Prim no está aquí. Cinco días en los que no puedo dormir, que me cuesta pararme de la cama, que me niego a comer, que no he ido a cazar… que no quiero vivir.
Me arrepiento tanto de todas las veces que pensé en la negligencia de mi madre; de todas esas veces en que la aborrecí y la dañé con mi desprecio. De haber sabido que terminaría igual, me hubiera tragado todos esos malos pensamientos y me hubiera esforzado en tratar de entenderla, de brindarle mi ayuda y comprensión para sacarla de ese duro letargo en el que se hundió. No le habría quitado mi cariño. Ahora, yo estoy así, sin ganas de nada y pensando en mi hermanita, ¿cómo estará? No muy bien, claro está. ¿La tratarán bien? No lo dudo. Mientras el resto del año al Capitolio no le preocupa más que los Distritos cumplan con la respectiva parte del trabajo que les corresponde, sin importar si viven o mueren sus habitantes, durante los días previos a Los Juegos sirven a los Tributos hasta desvivirse. "Es parte del show", diría Gale. Le doy la razón.
Mi buen amigo Gale. Ha venido a verme todos estos días pero no lo he recibido, sigo sin querer verlo. Es más fácil huir, fingiendo que duermo, que aceptar que tengo que seguir adelante sin Prim; sé que eso es lo que me diría, pero yo no pienso igual. ¿Cómo seguir cuando te han arrebatado de las manos, con tanta facilidad, a la persona más importante de tu vida? ¿Cómo seguir si la persona por la que me levantaba cada mañana, por la que cazaba, por la que infringía la ley, por la que luchaba, ya no va a regresar? Gale tiene a su mamá y a sus hermanos. Yo no tengo a nadie… más que a mi madre. Pero eso no hace más que hacerme sentir peor porque ella está haciendo lo que yo me negué a hacer: no se ha dejado hundir, está siendo fuerte, está conmigo, consolándome, abrazándome, dándome su cariño y, a pesar de las nulas posibilidades, cree fervientemente que Prim va a regresar. Es demasiado fantasioso pero lo necesita para no dejarse caer; espero que cuando se dé cuenta de la realidad, yo ya no esté aquí. No soportaría perderlas a la dos.
Me resultaría muy fácil terminar con mi vida: ir al bosque, clavarme una flecha y listo. O que algún oso o los perros salvajes lo hagan. Pero soy demasiado cobarde; además de que prefiero dejarme morir poco a poco, merezco sufrir una lenta y dolorosa agonía.
Mis ideas suicidas son interrumpidas al escuchar que tocan la puerta de la casa. "Quizá sea Hazelle o Gale", pienso. Me acomodo en mi cama y me preparo para fingir que duermo, pero cuando escucho la voz de nuestro visitante, me quedo helada y pienso en él. Mi mente me lleva a 5 años atrás:
"Estoy tranquila, fue una noche sin sueños. Despierto a Prim y a mi mamá, hoy vamos a desayunar pan, juntas. A pesar del hambre y la desesperación, nos terminamos nuestra última hogaza con cautela y saboreándola poco a poco. Es delicioso.
Me alisto para salir y ayudo a mi hermana a cambiarse. Cuando salimos, es cómo si la primavera hubiera llegado de la noche a la mañana: el aire es dulce y cálido, y hay nubes esponjosas. Me siento feliz. Tomo a Prim de la mano y nos dirigimos al colegio. Antes de entrar a clase, paso junto a él y veo que se le ha hinchado la mejilla y tiene el ojo morado, ¿con qué le habrá pegado su mamá? Me alegro que no hayan descubierto que me lanzó el pan; de haber sido lo contrario, no creo que él estuviera aquí a causa de la gran paliza que le hubiera dado la bruja de su madre.
Al terminar las clases, me dirijo a buscar a Prim a su salón para regresar a casa. Voy lo más lento que puedo, no tengo prisa de llegar. Tengo miedo de verla y no saber qué hacer: ya no tenemos pan ni hojas de menta para hacer té, no tenemos nada. ¿Ahora cómo voy a alimentarlas? Quiero llorar pero me contengo; no puedo permitirme causar pena ni lastima a los demás. Si nadie se acerca para tendernos la mano, no me verán rogando por su ayuda. Eso nunca. De repente, siento como si alguien me mirara, volteo a mi derecha y ahí está él, al otro lado del patio. Nuestras miradas se cruzan durante un segundo; después, él vuelve la cabeza y yo bajo la vista, avergonzada, y entonces lo veo: el primer diente de león del año. Corro hacia el salón de Prim mientras recuerdo las horas pasadas en los bosques con mi padre y sé cómo vamos a sobrevivir…"
-Peeta Mellark. –susurro.
Desde el día del desfile, también él es parte de mis pensamientos. Ya no sueño que intenta matar a Prim o algo así; sueño con su cálida y perfecta sonrisa que, por razones desconocidas, logró cautivarme. Alguien que nos salvó la vida y que me transmite tanta tranquilidad, no sería capaz de matar a mi hermana. Estoy convencida.
Durante un instante me permití pensar que mi hermanita podía tener una oportunidad en Los Juegos. Su aparición en el Desfile de Tributos fue espectacular, la gente estaba loca por ella… y por Peeta. Me recorrió una sensación de felicidad y una pequeña esperanza por tener la posibilidad de tenerla de regreso… pero no duró mucho.
Después de que murió mi padre, cuando había pasado ya el entumecimiento causado por la pérdida y el poco dinero que el Distrito nos dio, se acabó, pensé que mi madre conseguiría un trabajo. No lo hizo. Ella sólo se limitaba a quedarse en una silla o, lo más habitual, acurrucada debajo de las mantas de la cama, con la mirada perdida. Inmóvil. Encerrada en un oscuro mundo de tristeza en el cual no había lugar o eco para las súplicas de Prim. A los once años, con una hermana de siete, me convertí en la cabeza de familia: no sólo había perdido a un padre, también a mi madre.
Estaba aterrada; no sólo los perdí a ellos, no podía contar con Prim. Esa dulce y diminuta niña que lloraba cuando yo lloraba sin tan siquiera saber la razón, que cepillaba y trenzaba el cabello de mi madre antes de irnos al colegio, que seguía limpiando el espejo de afeitarse de mi padre todas las noches; ella, con sus mejillas huecas y sus labios cuarteados.
Yo estaba completamente sola.
Irónicamente, para no morir de hambre, tuve que tragarme mi miedo y enfrentarme a la dura vida del Distrito 12.
A falta de dinero, y de mi madre, tuve que vender o intercambiar, lo primero que fuera, algunas de nuestras pocas y pobres pertenencias, en el mejor estado posible, para conseguir algo de dinero o comida: ropa, muebles, sábanas, las pertenencias de mi padre, desde su ropa hasta sus instrumentos de trabajo. Si bien, esas herramientas eran "prestadas" por el Distrito, después de su muerte no pidieron una devolución; y si la pedían, no me importaba. Era más importante mantenernos con vida. No quedó nada de mi padre, más que su chamarra de cazador, la cual me apropié, sus armas en el bosque y su recuerdo. Nada más.
Después de nuestra peor época, y gracias a la ayuda de Peeta, encontré la manera de sobrevivir recordando los días que pasé con mi padre en el bosque. Él siempre infringió la ley al cruzar la alambrada, ¿por qué no habría de hacerlo yo… sola? En un principio, fue difícil, no avanzaba más de cierta distancia, de 20 a 50 metros, y cualquier sonido, por inofensivo que fuera, salía disparada de vuelta al Distrito. Poco a poco, el hambre fue ganando terreno sobre el miedo, y me adentré un poco más, ya con arco y flechas. De bayas, nueces y plantas, llegó el momento en que pude llegar a casa con una ardilla o un conejo, escuálidos, pero era mejor que nada.
Cuando estuve un poco familiarizada con el bosque, creí que era buen momento para llevar a Prim conmigo y enseñarle a cazar, así como mi padre lo hizo conmigo. Fue un desastre. Si no lloraba de miedo, lloraba por la mala suerte de algún animalito que pudiera atravesarse en nuestro camino; se limitó a recolectar plantas. Eso es lo suyo.
Fue en ese momento que me di cuenta cuan frágil es Prim. Tiene una fuerza mental y espiritual sorprendente, nunca se quejó de hambre o frío, siempre aguantó, pero físicamente es débil. No es por nada que sepa que no tiene posibilidad de regresar.
Por otra parte, Peeta Mellark si tiene probabilidades, es fuerte. Yo misma lo llegué a ver cargando pesados sacos de harina con gran facilidad, además de que es bueno en la lucha libre… aunque, tal vez eso no sea suficiente. No parece ser el tipo de persona despiadada y asesina que disfrutaría matar a sus oponentes. Se ve demasiado… ¿bueno? No sé si sea correcto describirlo así, pero es la primera palabra que mi mente asocia cuando pienso en él.
A pesar de nunca haber hablado con él, deseo que gane, que tenga la oportunidad de regresar a casa. Necesito agradecerle.
Es por eso, por la falta de interacción con los Mellark, que no entiendo que hace el panadero aquí.
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(Punto de vista: Peeta).
Mi equipo de preparación trabaja conmigo hasta bien entrada la tarde, pasé desde un exhaustivo baño hasta algo llamado manicure y pedicura. El manicure lo entiendo, si voy a salir en televisión es importante tener mis manos impecables, por eso de los ademanes, pero la pedicura fue innecesaria, si voy a traer calcetines y zapatos, ¿quién se va a dar cuenta del estado en que se encuentren mis pies? No lo entiendo. Sin embargo, no protesto y dejo que terminen de hacer su trabajo con mi cabello, que, básicamente, lo dejaron igual que el día del Desfile. Entonces entra Portia con un porta-traje. Me pone nervioso no saber cómo será; espero que no sean más llamas.
Portia le dice al equipo que se vaya, que ahora ella se encargará de mí. Ellos salen mientras mi estilista me muestra mi atuendo. Me equivoqué: son más llamas. Pero nada extravagante, éstas me agradan. Son discretas pero elegantes; de nueva cuenta, no pasaré desapercibido. Portia me ayuda a vestirme, y al terminar de calzarme, me pide que camine por la habitación para comprobar que esté cómodo. Y lo estoy.
-¿Estás listo? –me pregunta.
-Creo que sí… no lo sé. Espero no arruinarlo. –contesto, en un susurro. Estoy tratando de encontrar la forma de cómo hacer públicos mis sentimientos o de cómo evitarlo. No estoy seguro de poder hacerlo.
-Todo irá bien, ¿sí? –-me dice, regalándome una sonrisa-. Sólo sé tú mismo. Relájate –asiento, y, aunque dudo un momento, suelto lo que he querido decir:
-Portia, discúlpame –digo, bajando la mirada-. Me he portado como un idiota con todos ustedes y no lo merecían, incluso Effie –no puedo evitar sonreír ante este comentario. Sea lo que sea, Effie no es mala y me agrada. Ojalá hubiera tenido la oportunidad de conocerla mejor… y en otras circunstancias, igual que a Portia, a Cinna, a Haymitch, a Prim.
-No hay nada que disculpar, Peeta. Aunque no lo creas… -después de esto baja un poco la voz— hay algunas personas dentro del Capitolio que también desprecian todo esto –no puedo más que sorprenderme. Abro y cierro la boca con la clara intención de decir algo, pero no logro articular palabra alguna. ¿Es en serio? ¿Ella y Cinna, realmente son distintos a los demás? ¿Es por eso que nos ayudaron?
-Te ves realmente atractivo –cambia la conversación de repente-. Apuesto a que dejaras sin aliento a más de una –me dice, guiñando un ojo-. Vamos, es hora.
Portia me toma de la mano y salimos de mi cuarto. Pensé que nos reuniríamos con los demás aquí, en el ascensor, pero no hay rastro de Prim, ni de Cinna. Entramos en él y nos disponemos a bajar al Centro de Entrenamiento: las entrevistas se realizan, precisamente, en el lugar donde desfilamos.
Se abren las puertas del ascensor y vemos que los demás Tributos se ponen en fila para subir al escenario. Prim ya está formada, y se ve hermosa. Portia asiente, indicándome que tome mi lugar. Suspiro, trago saliva pesadamente y me coloco detrás de Prim; no hago intento alguno por hablarle o hacerle saber que ya estoy aquí. Aun no sé qué decir si me llegara a preguntar sobre Katniss.
Empezamos a desfilar por el escenario; caminamos de uno en uno hasta nuestros asientos, formaremos un gran arco durante las entrevistas, y ocupamos nuestros sitios.
Aunque ya cae la noche, son aproximadamente las ocho, el Círculo de la Ciudad está tan iluminado que parece de día. Me pregunto si mi familia verá las entrevistas; si bien, es "obligatorio", puede que hayan optado por quedarse encerrados en sus cuartos. ¿Cómo estarán? Si deciden estar al tanto, ¿qué pensarán? ¿Ya me habrán dado por muerto? ¿Mi papá y mis hermanos seguirán pensando que puedo hacerlo? Un sinfín de preguntas rondan mi mente, pero son interrumpidas por dos personas: una, Caesar Flickerman, el alegre conductor y realizador de las entrevistas, que entra en el escenario entre los vítores del público; la otra, Prim, quien me sujeta la mano, nerviosa. Estoy incrédulo por este acto suyo, pensé que quizá estaría enojada conmigo, pero no digo nada, me limito a entrelazar nuestras manos. Ella asiente y me regala una sonrisa, para después fijar su vista hacia el escenario, cambiando su semblante a uno serio.
Yo hago lo mismo, y cuando veo detenidamente a Caesar, me doy cuenta de su aspecto. Este año lleva el pelo de color celeste, y los labios y parpados pintados del mismo tono. No puedo evitar pensar en qué necesidad tendrán de tales extravagancias, pero, al mismo tiempo, debo aceptar que entre tanto caos y cosas raras, el Capitolio tiene unos toques realmente llenos de belleza. El presentador cuenta algunos chistes para animar a la audiencia, quién está encantada con él, y después… después se pone manos a la obra.
Las entrevistas comienzan ya.
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(Punto de vista: Katniss).
Sin habla. Así es cómo estoy. Tengo sentimientos encontrados, desde furia hasta un profundo agradecimiento, cargado de reproche contra mi misma, y un nudo en la garganta. Si en algún momento pensé que la mejor opción sería morir lentamente, en estos momentos desearía que un Agente de la Paz me diera un tiro en la cabeza por la vergüenza que siento.
Creí que el panadero vino a expresarnos su pena y compasión por la situación de Prim, me enojé tanto que salí de mi cama con la clara intención de gritarle que se fuera con su lastima a otro lado, pero cuando llegué a nuestro pequeño comedor, sólo estaba mi madre, junto a la puerta… con los ojos cristalinos. ¿Le habrá hecho algo? ¿La ofendió? ¿Se burló o dijo algún comentario hiriente sobre nosotras o sobre Prim? Después de varios días sin sentir más que una profunda tristeza, el coraje me invadió de nueva cuenta. Decir que tenía ganas de salir a buscarlo y patearle el trasero a él y a la bruja de su mujer, es poco. Sin embargo:
-¿Qué pasó? ¿A qué vino? ¿Te ofendió? –le pregunto a mi madre, con la misma delicadeza que utiliza el apestoso gato de Prim cuando me bufa.
Ella solamente niega con la cabeza, sin hablar, lo que me pone de nervios. Y en vez de contestar a mi pregunta sólo se limita a sentarse y soltar sus lágrimas. Bueno, si no la ofendió, ¿qué demonios pasó? Si hay algo que nunca podré entender de mi madre es su debilidad… y su maldita manía de guardarse las cosas. Temo que de un momento a otro se hunda de nueva cuenta en su tristeza.
-Entonces, ¿qué pasó? No creo que llores de felicidad porque vino a visitarte, ¿o sí? –le escupo, con toda la ironía que soy capaz. Me doy cuenta que me fui de la lengua cuando mi madre me da una mirada llena de reproche; igual a las que alguna vez ella recibió de mi parte.
-Aunque no lo creas, sí, lloro porque vino a vernos, a ti y a mí –recalca esto último. Y caigo en la cuenta de que me mal interpreto. Pensó que le reclamé porque podría haber algo entre ellos; realmente no lo había pensado así. Si de algo estoy completamente segura, es que no habrá otro hombre en la vida de mi mamá más que mi papá, aunque él ya no esté-. Quería saber si estábamos bien, si necesitamos algo –suspira-. Y a traernos un poco de pan –dice, señalando hacia la mesa.
Miro hacia la mesa y las veo: dos rebanadas de pan. No chicas, ni medianas, son grandes, incluso más que las que Peeta me dio. Pero eso no hace más que acrecentar mi enojo, ¿quién se cree para tenernos lastima? ¿Quién se cree para pensar que necesitamos su ayuda? Nunca hemos necesitado de la caridad de nadie, ni siquiera de Gale, la única vez que acepté ayuda fue de Peeta, pero nada más. Desde ese momento pude sobrevivir yo sola. Estoy a punto de tomar las rebanadas e ir a regresárselas, pero mi madre se me adelanta:
-Ni se te ocurra, Katniss –me dice, seria. Me sorprende escucharla tan segura-. Si no quieres comerlas, está bien, lo entiendo, pero no voy a permitir que vayas y les hagas una grosería a los Mellark –sentencia-. Suficiente tienen con su pena como para que tú los insultes.
Si no lo veo, no lo creo. Nunca había visto a mi mamá así.
-No entiendes. Tú no entiendes –le digo, acusadoramente-. No necesitamos su lastima. Y por si no lo recuerdas, su pena es la misma que la de nosotras; el traernos las sobras del día de hoy, porque eso es lo que son, sobras, ellos nos están insultando…
-¿Eso crees? ¿Qué son las sobras de hoy? –me interrumpe. Yo sólo le sostengo la mirada, como diciéndole que sí, que eso es lo que creo porque es la verdad-. Bien, si no te la pasaras todo el día acostada, sin salir de casa, así como yo lo hice… -enfatiza-… te darías cuenta de lo que pasa.
-¿Ah, sí? Pues cuéntame qué es lo que pasa, muero de ganas de saberlo –le digo, con sorna, mientras me siento bruscamente. Cualquier sentimiento de reconciliación se terminó en este momento.
-Katniss, basta –me dice, tranquila. Tal vez ella no quiera discutir pero yo sí-. Vince no nos trajo las sobras… -¿Vince? ¿Quién demonios es Vince? Mi mamá parece darse cuenta de mi confusión-. El papá de Peeta. Él, desde el día del Desfile, nos ha traído pan.
Esa noche, cuando regresamos a casa, recuerdo que yo vine directamente a acostarme, mi mamá se quedó haciendo no sé qué en la cocina, tal vez un té. Traté de esperarla despierta pero el sueño y el cansancio ganaban la pelea a la vigilia; recuerdo vagamente que escuché que tocaban la puerta, pero lo atribuí a mi imaginación. Nunca pensé que fuera el señor Mellark.
-Me dijo que, seguramente, no irías a cazar hasta que Prim regrese, y que, mientras pasan Los Juegos, él nos ayudaría. O hasta que te sientas mejor –dice, mientras toma mi mano-. Katniss, no es lastima, es solidaridad. Ellos están pasando por lo mismo, no creo que tengan tiempo ni cabeza para "insultarnos" o "humillarnos" cuando su hijo está a las puertas de la muerte.
Me quedo sin aire. Es como si me hubieran dado un golpe en el estómago, y de paso, una bofetada. No lo entiendo del todo, pero sé que mi madre, en algo, tiene razón: Peeta, mañana, a estás horas podría estar muerto. Igual que Prim. Toda mi bravuconería se convierte en vergüenza: mientras yo me quedé sumida en mi tristeza y maldiciendo mi mala suerte, no pensé en el sufrimiento de los Mellark, que, a pesar de eso, no han dejado morir de hambre a mi mamá, porque ni siquiera me pregunté si había algo para llevarnos a la boca, que en mi caso no hace falta, ¿pero ella? Ni siquiera pensé en ir a recolectar algunas plantas para que ella pueda hacer su trabajo y sacar algo de dinero. La abandoné…
-¿Pe… pero cómo? ¿Por qué? –susurro, atónita.
-Él piensa que Prim va a regresar, y cree que no le gustaría vernos tristes ni desnutridas cuando eso pase –dice, soltando unas cuantas lágrimas-. Katniss –su tono cambia a uno serio. Tengo miedo-, no debería decírtelo, se lo prometí, pero me dijo que Peeta le pidió que estuviera al tanto de nosotras… hasta que acaben Los Juegos.
No puede ser. ¿Tienen mas fe en mi hermana que en su propio hijo? ¿Incluso Peeta cree que Prim puede ganar? Esto tiene que ser una broma, una burla. Pero, entonces, ¿no entiendo por qué le pidió a su papá que no nos dejará solas? ¿Es real? Todo es tan confuso pero al mismo tiempo tan claro: si yo misma creo que mi hermana no tiene posibilidades pero Peeta sí, ¿es normal que ellos piensen lo contrario? Pienso y pienso pero toda esta situación es tan… fantasiosa. Tiene que haber algo más dentro de este enredo, pero no logro descifrar el qué…
¡Buenas noches, ciudadanos de Panem! ¡Sean bienvenidos a nuestro programa especial de entrevistas, como preámbulo al inicio de los Septuagésimo Cuartos Juegos del Hambre!
Se enciende el televisor de repente y nos sorprende un contento Caesar Flickerman, vestido completamente de azul, desde el atuendo hasta los labios. Mi madre y yo nos miramos, con un deje de alegría, en cualquier momento veremos a Prim. Estrecho su mano con fuerza y ella hace lo mismo, lo que le agradezco, porque no sé si voy a poder soportar los nervios que se apoderaron de mí. Estoy ansiosa por ver a Prim, saber que aún está bien; pero también me aterra el imaginar lo que le hayan hecho en el Capitolio para la entrevista. ¿Y si sale desnuda, cubierta de carbón? ¿O peor, quizá la alteraron quirúrgicamente y le implantaron joyas, escamas o plumas en su delicado cuerpo? ¡Ojalá Prim pudiera salir primero! Pero por ser del Distrito 12, ella será la última, o la penúltima.
Por el momento, olvido todas mis conjeturas sobre los Mellark, ya que no puedo concentrarme por el ruido que emana desde nuestro televisor… y por los nervios. Caesar interactúa con el público presente, contando unos cuantos chistes, que de graciosos tienen lo que yo. Al menos, la gente de los Distritos no podemos encontrar divertido que el tema principal de sus chistes se centre en los tantos Tributos muertos en Los Juegos.
Después de unos minutos de verborrea capitolesca, la cámara ensancha la toma y enfoca a los Tributos, que se encuentran detrás de Caesar, sentados, formando un arco. Vuelco mí vista rápidamente a mi izquierda, ese es el lugar del Distrito 12, y los veo, por un instante, antes de que se centren nuevamente en el presentador, pero el suficiente para darme cuenta de algo: Peeta y Prim están tomados de la mano.
El día del Desfile me sorprendió y, hasta cierto punto, me emocionó verlos así, juntos. Pero hoy, es excesivo. Me enferma ver que los presentan como un equipo cuando dentro de unas horas, probablemente, estarán enfrentándose a muerte. Es injusto; pero no me podía esperar menos de esa gente.
Las entrevistas comienzan.
Llaman a la chica del Distrito 1, Glimmer, y sube al centro del escenario con un provocador vestido transparente dorado y se une a Caesar para la entrevista. Hablan de todo y nada, durante los tres minutos que dura la entrevista, pero queda claro que ella es una de las favoritas, por ser de un Distrito Profesional y por el enfoque sexy con el que se presentó. Suena el zumbido que da fin a su participación y llaman al chico del 1, Marvel. Él no tiene un enfoque sexy, como su compañera, pero habla con tanta pasión sobre el orgullo de estar ahí que con eso ya se ganó a la audiencia.
Los chicos del 2, Cato y Clove, son unas verdaderas máquinas de matar. Se regodean tanto de sus capacidades y de que el ganador de este año será uno de ellos dos, que me recorre un escalofrío. Tengo miedo por Prim y por Peeta, no tienen posibilidad alguna contra ellos.
Estoy tan nerviosa que me muerdo el labio por dentro, ya comienzo a sentir el sabor a sangre, mientras los Tributos siguen pasando, 3, 4, 5, 6, 7, 8, 9, 10.
11. La pequeña niña, Rue, con un vestido de gasa y alas, revolotea hasta Caesar, quien la trata con dulzura y alaba el siete que sacó en los entrenamientos, una puntuación muy alta para alguien tan pequeño, comenta. El chico del 11, Tresh, es tan gigante que no entiendo cómo es que viene del mismo lugar que la pequeña Rue. Él hace caso omiso de los intentos de Caesar por bromear y responde sólo con monosílabos, o, simplemente, no dice nada.
Y ahora llaman a Primrose Everdeen.
La veo caminar hasta Caesar, saludando a la audiencia y sonriendo. La gente grita, emocionada.
Me siento como en un sueño. Prim está hermosa, con un vestido blanco que le llega poco arriba de las rodillas, perfecto para una niña, nada sexy o algo así. Es liso, sin mangas, hasta la cadera; a partir de ahí, parece como si hubieran puesto una pequeña pero esponjosa nube a su alrededor con pequeñas joyas plateadas, incrustadas dispersamente. Es demasiado sencillo para lo que me imaginé. Su cabello está peinado en una alta coleta que se agita lado a lado mientras camina. Parece una pequeña vela. Elegante, inocente y delicada, así la puedo describir.
Caesar le ofrece la mano y la sostiene mientras ella se sienta. La audiencia se desvive en aplausos. La quieren, les gusta.
-¡Hola, Primrose! ¿Cómo estás? –pregunta Caesar, con dulzura.
-Sentada –responde Prim mientras le regala una inocente sonrisa. Pero esto sólo hace que la audiencia se ponga eufórica. Todos ríen, ríen de verdad, incluso Caesar, que suelta una risotada.
-Bueno, eso es evidente –dice Caesar después de reponerse de su ataque de risa-. Así que disculpa mi tonta pregunta. Te lo preguntaré otra vez de la forma correcta. ¿Cómo te sientes en el Capitolio?
-Muy bien, Caesar. Todos aquí son muy amables.
-Eso es cierto. Tienes mucha suerte de estar aquí –afirma Caesar, mientras yo pienso en lo idiota que es-. Pero, cuéntame, ¿qué es lo que más te gustaba hacer en tu Distrito?
-Me gustaba ir a la escuela y jugar con mis compañeros, todos son muy divertidos. Pero lo que más me gustaba era ayudar a mi mamá a curar gente –me remuevo incomoda de la silla, no quiero llorar, mientras mi madre seca sus lagrimas.
-¿Tu mamá es doctora? –pregunta, sorprendido.
-Algo así. Las personas del Distrito siempre van con ella para que los cure –responde, orgullosa-. Así que, si gano Los Juegos, pienso convertirme en una gran doctora para ayudar a la gente que lo necesite. Saber que aquí en el Capitolio son tan buenos y bondadosos, me motiva. Quiero ser como ustedes—afirma, sonriendo hacia el público, quienes suspiran y dan grititos de alegría. Prim se los ha ganado completamente. Aunque me da asco imaginarme lo "bondadoso" que es el Capitolio, sé que tiene que mentir.
-Eso es realmente hermoso, Primrose –dice Caesar, agitando su mano para alejar las lágrimas. Realmente está conmovido-. Y dime, ¿tienes hermanos? –pregunta, un poco más repuesto.
-Sí. Una, su nombre es Katniss.
-¿Tiene edad para La Cosecha? –pregunta Caesar. Prim asiente-. ¿Sabes por qué no se presentó como voluntaria? -¡estúpido! ¡Es un idiota! ¡¿Cómo se atreve a preguntarle eso?! Siento mis lágrimas caer por el enojo, la impotencia y la frustración. Pensé que Prim se iba a quebrar ante este comentario, como yo, pero me sorprende su fortaleza.
-Sí. Tiene dieciséis años –suspira y sigue, normal-. No se presentó como voluntaria porque se desmayó; ese día amaneció un poco enferma y se sentía mal.
-Muy mala suerte –responde Caesar.
-Quizá. Pero por eso haré lo posible por regresar; quiero verla de nuevo y decirle que no es su culpa –más lágrimas se desbordan sobre mí. Mi pequeña Prim está luchando por su vida, por regresar por mí, mientras yo la doy por muerta. En estos momentos me siento más diminuta que ella.
-Y a mí me gustaría entrevistarte de nueva cuenta –dice Caesar, besando la mano de Prim mientras ella se sonroja. Entonces suena el zumbido-. El tiempo se ha terminado. Te deseo la mejor de las suertes, Primrose Everdeen, Tributo del Distrito 12.
Prim va hacia su lugar de la misma forma en que subió al escenario, sonriente y agitando la mano hacia el público. Los aplausos continúan mucho después de que se sienta. Me siento un poco mejor, Prim logró cautivar a la audiencia y eso sólo significa una cosa: patrocinadores. Obtuvo un cinco de puntuación, no sé qué habrá hecho, pero es una buena calificación. Alguien tiene que estar dispuesto a patrocinarla; eso no significa una victoria total, pero ayuda.
Mi madre y yo nos juntamos, y nos abrazamos. Ver a Prim fue como un bálsamo para nuestra situación. Caesar cuenta unos cuantos chistes durante un par de minutos antes de pasar con Peeta. Pensar en él, en saber cómo le irá durante la entrevista, saber qué dirá, hace que sienta un intenso cosquilleo en el estómago. Siento una morbosa fascinación por verlo y escucharlo. Por verlo sonreír…
-¡Recibamos con un fuerte aplauso a nuestro último Tributo, Peeta Mellark! –chilla Caesar, agitando a la audiencia.
Peeta se levanta de su asiento y sube al escenario. Lleva un traje negro, impecable, con adornos de llamas en las mangas, a la altura de las muñecas. Eso es todo. Simple, misterioso y elegante. Mentiría si no dijera que se ve impresionante; y, más aún, sonriendo, es perfecto.
-¡Buenas noches, Peeta! ¿Cómo estás? No me digas que sentado –advierte Caesar, travieso. Peeta sólo sonríe.
-No, para nada –responde-. Estoy bien, gracias.
-Bien. ¿Cómo encuentras el Capitolio, Peeta? –pregunta Caesar, animado.
-Con un mapa –responde. Decir que el público reacciona de igual forma que con Prim, es poco. Están completamente fuera de sí; ríen, gritan, patalean. Es una locura. Hasta yo le regalo una tonta sonrisa.
Esto es raro. El Distrito 12, desde que yo recuerdo, había pasado desapercibido desde el Desfile hasta los mismos Juegos; excepto por el segundo Quarter Quell, el cual ganó Haymitch Abernathy. Pero nadie nunca habla de eso, así que no sé cómo fue.
-Parece que este año nos tocaron unos Tributos demasiado cómicos. ¡Me encanta! –grita Caesar, claramente emocionado-. Bueno, Peeta, el Capitolio debe de ser un gran cambio, comparado con el Distrito 12 –duda un momento, antes de seguir, como buscando las palabras adecuadas para que no le conteste con otro chiste-. ¿Qué es lo que más te ha impresionado desde que estás aquí?
-Las duchas, definitivamente –afirma.
-¿Las duchas? –pregunta Caesar, sorprendido.
-Así es, Caesar. Desde que llegué aquí he tenido problemas con las duchas… -comienza a relatar- tienen tantos botones que no sabía qué hacer. Cuando por fin me decidí, apreté un botón al azar, ¿y sabes qué pasó?
-¿Qué? –pregunta Caesar, intrigado.
-¡Me roció completamente de jabón con olor a rosas! ¡Lo puedes creer, olía mejor que Effie Trinket! –risas y gritos por todos lados. Caesar Flickerman no soporta más y llora de risa-. Dime, Caesar, ¿todavía huelo a rosas? –le pregunta, y se pasan un rato olisqueándose por turnos, lo que hace que la gente siga muerta de risa. Peeta tiene al público en sus manos. Y a mí también. Es tan natural que es inevitable no quererlo, digo, que no te agrade.
-Basta, Peeta –súplica Caesar, entre risas-. Estás haciendo que pierda la compostura. Ahora es mi turno de ponerte en aprietos. A ver, dime, ¿dejaste alguna novia en casa?
Peeta vacila y después sacude la cabeza, aunque no muy convencido. ¿Tendrá novia? No sé por qué pero pensar en eso me descoloca.
-¿Un chico guapo cómo tú? ¡Miren esa cara! –-dice a la audiencia, ellos sólo sueltan suspiros, en señal de que Caesar tiene razón-. Tiene que haber una chica especial. Venga, ¿cómo se llama?
-Bueno, hay una chica –responde, suspirando-. Llevo enamorado de ella desde que tengo uso de razón, pero estoy completamente seguro de que ella no sabía nada de mí, hasta ahora que estoy en Los Juegos –la multitud expresa su simpatía: comprenden lo que es un amor no correspondido. ¿Quién será? Estoy ansiosa por saber.
-¿Tiene a otro?
-No lo sé. Espero que no –dice, forzando una sonrisa. Realmente se le ve triste, y siento pena por él.
-Entonces te diré lo que tienes que hacer: gana y vuelve a casa. Así no podrá rechazarte, ¿eh? –lo anima Caesar.
-No lo sé. Es complicado, ¿sabes?
-¿Por qué? –pregunta Caesar, perplejo.
-Porque… -empieza a balbucear Peeta, ruborizándose-. ¿A quién crees que Katniss Everdeen, la hermana de mi compañera de Distrito, quiera ver de regreso, a mí o a Primrose?
Durante un momento, las cámaras se quedan clavadas en la mirada cabizbaja de Peeta, mientras todos asimilan lo que acaba de decir. El silencio es tal, que traspasa hasta mi casa. Volteo a ver a mi madre, boquiabierta, no lo puedo creer, ¡soy yo! ¡Se refiere a mí! Aprieto los labios y regreso la vista al televisor, con la cara ardiendo, y esperando esconder la emoción que siento.
-Vaya, Peeta, no sé qué responderte. Sólo se me ocurre decir que eso sí que es mala suerte –dice Caesar, y parece sentirlo de verdad.
La multitud le da la razón en sus murmullos y unos cuantos sueltan grititos de angustia. De repente, la cámara enfoca también a Prim, quieren ver su reacción. Su cara es una mezcla de dolor y tristeza, tiene los ojos llorosos, pero su mirada está fija en Peeta, no en la cámara. Creo que no se ha dado cuenta que la están enfocando. Parece realmente afectada. ¿Ella ya lo sabía?
-No es bueno, no –coincide Peeta. Ya no se le escucha animado.
-¿Ella no lo sabía? –pregunta Caesar, con un deje de tristeza, angustia… o pena.
-Hasta ahora, no –responde Peeta, sacudiendo la cabeza.
-Es una lastima –dice Caesar, solemne. Entonces suena el zumbido-. Bueno, te deseo la mejor de las suertes, Peeta Mellark, Tributo del Distrito 12, y creo que hablo por todo Panem cuando digo que te llevamos en el corazón.
-Gracias. –murmura Peeta y regresa a su asiento.
El rugido de la multitud es ensordecedor; Peeta borró a todos los Tributos al declarar su amor por mí. Empieza a sonar el himno, todos se levantan y alzan la cabeza (es una muestra obligatoria de respeto), pero en la pantalla sólo aparece la imagen de Peeta y Prim, separados por unos cuantos centímetros, y no puedo evitar imaginar lo que están pensando los espectadores: pobre Distrito trágico. Quizá, en algún momento, tendrán que enfrentarse, a causa de la misma persona, para tener la oportunidad de estar con ella.
La televisión se apaga, inmediatamente, en cuanto termina el himno. Se volverá a prender dentro de una hora, cuando pasen la repetición de las entrevistas.
Mi casa se hunde en un triste silencio. La situación es todavía peor.
Peeta Mellark, enamorado de mí. Mi hermana está con él. Solamente uno sale con vida. Y, quizá, no sea ninguno de ellos. Mis lágrimas brotan, a montones; siento un dolor indescriptible en el pecho. No puedo más que maldecir mi suerte: después de ver a Prim, luchando por regresar, me contagió su fuerza, y la leve esperanza de tenerla de regreso surgió nuevamente en mí. Pero, al mismo tiempo, sigo deseando que Peeta regrese. ¡Maldición! Si tan sólo… si sólo existiera la posibilidad de traerlos a los dos de vuelta, haría lo imposible por hacerlo. No quiero perder a Prim, y, aunque él no es parte de mi vida, tampoco quiero perderlo.
-Katniss, Katniss, cálmate –me ruega mi mamá. Se me había olvidado que estaba aquí.
-No… no puedo –sollozo-. No quiero que a ninguno de los dos les pase algo –le digo, desesperada. Y antes de que pueda hablar, salgo disparada a mi cuarto.
Es aún más doloroso cuando te quitan a dos personas y no puedes hacer nada por evitarlo. Esto que siento no puedo describirlo. Sonará estúpido pero es como si me hubieran quitado alguna parte de mi cuerpo, una pierna, un brazo, algo. Algo que me hace falta para funcionar completamente. Me doy cuenta que no hay esperanza. Estoy perdida, de una forma u otra.
Me duele el cuerpo, el corazón… incluso, duele respirar.
El sueño y el cansancio se apoderan de mí, y en un valle de lágrimas, no alcanzo a terminar mi último pensamiento antes de caer rendida.
"No van a…"
Vale-Misty Cullen: Querida, bruja (XD): Espero que está vez también hayas adivinado que actualizaría. Muchas gracias por tus comentarios; ojalá te agrade el capítulo. Y sí, la puntuación de Peeta aún no la sabrán (muajaja); quizá en uno o dos capítulos.
Hadelqui: Mil millones de gracias por leer mi historia. Espero que te siga encantando. Un abrazo.
XkanakoX: Pues, ya me dirás qué te pareció *se come las uñas hasta sangrar de los nervios*. Muchas gracias por leerme. Un beso.
Neo GS: Jajajaja, a mí también, en un principio, me pareció imposible imaginarme así a la señora Mellark, pero, ¡vaya!, la historia original es contada desde el punto de vista de Katniss, y ella odiaba o pensaba mal de todo mundo, ¡hasta de su propia madre! Y, en un momento, de mi querido y bonachón Peeta. Supongo que la mamá de Peeta no andaba derrochando dulzura ni amor por todos lados, pero mala, lo que se dice mala, a mí parecer, no era. Definitivamente, pienso que algún atisbo de cariño habrá demostrado. Eso sí, de que era una amargada, lo era. Pero bueno, son sólo teorías nuestras, la verdad solamente la sabe Collins. Lastima que no profundizó en los demás personajes.
En fin, gracias por tu comentario y el apoyo. Un abrazo y mil besos. Espero tu comentario/crítica sobre este capítulo.
Muchas gracias a todos los lectores anónimos que me leen. Ojalá les agrade el capi y se animen a enviarme sus observaciones.
