Capítulo 10 – La silla del río

-Ni el mismo rey disfrutará tanto con la comida.

Richard soltó un gruñido de satisfacción y dejó el cuenco vacío a un lado, luego se recostó hacia atrás. Kate esbozó una sonrisa antes de dejar también el suyo e imitarlo. Ambos se miraron, hasta que él frunció el ceño.

-¿No recoges? -preguntó, señalando los cacharros esparcidos por la hierba, junto a la hoguera donde Kate había cocinado un jugoso pollo a las hierbas. Ella negó.

-Yo he cocinado.

-Tú eres la mujer -protestó. Ella se encogió de hombros. En su vieja casa jamás habría osado decirle a su padre o a sus hermanos que recogieran la mesa; tal como el cirujano afirmaba, para eso estaban las mujeres, pero ahora, tras conocer lo que era la libertad se sentía diferente. Cerró los ojos y esperó. El hombre de la casa, por no decir del carromato, resopló y se incorporó, cogiendo los cuencos y la olla de barro y se dirigió hacia al arroyo donde Altanero y Perro bebían. Tranquila y descansando sobre la hierba podía oír al cirujano rezongar.

-Tener una mujer para esto... será posible... estaba mejor solo...

Pero no pudo terminar sus protestas porque un viejo trapo sucio fue a parar a su cabeza. Se volvió para encontrar a su compañera con los brazos en jarras.

-Eso último no iba en serio -aclaró, tragando saliva. Ella entrecerró los ojos y tras dirigirle una última mirada enojada entró en el carromato. Richard sonrió. Quizás ella lo tuviera comiendo de su mano, pero él a ella también.

Tras una buena siesta y unas disculpas en forma de besos por parte del cirujano, salieron. Él se sentó delante y animó al caballo a continuar el viaje. Intrigado miró hacia atrás.

-¿No vienes? -preguntó, viendo que ella seguía tumbada en el carromato, sin interés en acompañarlo delante. Kate se mordió el labio y jugueteó con un mechón de su cabello antes de negar y mirar hacia otro lado. Richard volvió la vista al frente. Juraría que había notado un rubor en su hermoso rostro.

Richard no se equivocaba, Kate estaba ruborizada. No por vergüenza, o quizás un poco sí, pero en su mayor parte lo que sentía era un intenso calor, calor alimentado con los besos del cirujano. Inquieta se revolvió sobre su jergón antes de levantarse y empapar un paño en el cántaro del agua. Agobiada lo frotó por mejillas y cuello, pero poco la alivió. Delante, de espaldas a ella, Richard canturreaba de buen humor. Yo apenas puedo respirar y él tan tranquilo, pensó. ¿Los hombres no sienten igual que nosotros? Trató de pensar en otra cosa, se sentó y a pesar del traqueteo tomó sus escritos y continuó. Su letra, su bella letra, según el médico de Londres, cada vez era más clara y ya hasta se animaba a hacer alguna floritura.

"Siento calor cada vez que Richard me besa. A veces sólo necesito que me toque. Deseo que me toque. Ansío sus besos incluso cuando duermo. Sueño con sus manos y sus labios. Y su lengua. Su lengua es pecaminosa. Creo que ningún párroco alabaría mi comportamiento. Temo que estos pensamientos me lleven por mal camino."

-¿Kate? ¡KATE!

Sobresaltada miró hacia él. Richard parecía preocupado. -¿Estás bien? Dejó las riendas a un lado y se acercó a ella. Kate asintió.

-Estás temblando y tu corazón... -puso una mano en su pecho -... respiras muy rápido -murmuró.

Kate contuvo un jadeo, aquella mano sobre su pecho no ayudaba nada. Al contrario, avergonzada sintió como sus pezones reaccionaban y se endurecían. Ahogó un gemido y apartó su mano, levantándose de golpe y bajando del carro. Necesitaba caminar. No. Necesitaba sentir el viento en su cara. O bañarse en un lago y apagar ese ardor.

Richard no la frenó, ni comentó nada. Empezaba a comprender que le ocurría a la joven. Él estaba igual. Volvió a su sitio y la observó. Caminaba a unos metros de la carreta. Instó a Altanero a bajar el ritmo y así amoldarse a sus pasos. Desde allí podía disfrutar del movimiento de sus caderas y su culo al caminar. Era bella. Y sensual. Sabía que no se lo proponía, pero le salía así, de forma natural. Suspiró. Llevaba varias noches durmiendo a pocos pasos de ella y la oía gemir en sus sueños. En esos momentos se debatía entre despertarla y hacer sus sueños realidad o permanecer donde estaba y desahogarse en silencio. Y por supuesto siempre ganaba la segunda opción. Porque no podía mancillarla... Aunque se supone que es mía... y ella lo desea. No. No podía hacerlo. Kate no era como aquellas mujeres con las que se calentaba durante sus viajes de pueblo en pueblo. Era una joven inocente y... no debía. Fin. Mejor pensar en otra cosa.

Kate caminó durante casi dos horas antes de que el cirujano parase la marcha y se apeara del carro, acercándose a ella. Para entonces su excitación ya había desaparecido.

-Kate -le habló con dulzura. Ella clavó sus ojos en el suelo antes de alzar la vista y enfrentarlo -. Vuelve dentro, estarás cansada. Tranquila, todo está bien.

Lo miró sorprendida. Hablaba como si la entendiera... ¿Y si era así? Richard la envolvió con una capa de lana antes de tomarla de la mano y llevarla hacia el interior del carromato. Allí la abrazó, besándola en el pelo. -Yo estoy igual -susurró, dejando que apoyara la cabeza sobre su pecho -. Lo sobrellevaremos -añadió, aunque los dos pudieron notar el tono de incertidumbre.

El siguiente destino era Canterbury y ello se notaba en los senderos. Pronto dejaron atrás los caminos vacíos y se vieron acompañados por peregrinos que se dirigían hasta la ciudad, aprovechando las pocas semanas que quedaban antes de que el frío y las lluvias volvieran. Richard acudía a la ciudad dos veces al año, una a principios de primavera, época en la que los romeros se ponían en marcha aprovechando el buen tiempo –aunque aquel año no había podido acudir debido a los percances con su nueva compañera -y otra a finales de verano, cuando los últimos enfermos y rogadores aprovechaban la última oportunidad para visitar al Santo Thomas Becket antes de quedar atrapados en sus hogares por la nieve. Eran muchos los que llegaban agotados y con yagas en los pies y aunque una pequeña herida no supusiera una fortuna para un cirujano, muchas de ella, sí. Además, a diferencia de las promesas de curación y salvación de los vendedores del Santo, él si podía ofrecer ayuda a aquellos que llegaban desde todo el reino llorando por los males que creían Dios les había enviado por sus pecados. Y cuando decía ofrecer ayuda, quería decir ofrecer su medicina. Ahí estaba el verdadero negocio.

-¿Alguna vez habías visto a un peregrino? –le preguntó él, señalando con la cabeza a un grupo de ellos. Sus ropas sucias, las heridas en pies y piernas y el cansancio en sus rostros los identificaba más que cualquier rosario o cruz. Kate negó.

-No, mi casa estaba un poco alejada de la aldea y nunca se acercó ninguno. A veces creo que incluso ellos sabían que Padre jamás les ofrecería cobijo.

-Una vez me planteé hacer el viaje, yo sólo, para pedir salvación por mi alma –comentó.

-¿Y qué pasó?

-Mi mentor me dio una bofetada que me tiró al suelo y me dijo "¿por qué Dios no ha impedido que te pegase?". Desde ese día mi interés por la salvación se redujo a una misa mensual.

-Quizás debiera hacer el resto del camino a pie, como ellos –murmuró ella, pensativa -. Puede que así Dios perdone mis… -Calló, incapaz de mirar al cirujano a la cara. Él le cogió la mano, se la acarició y la llevó a sus labios, dándole un casto beso en los dedos.

-Dios no tiene nada que perdonarte, pequeña. Estoy seguro de que tiene cosas más importantes en las que pensar que en el deseo de una muchacha inocente.

-Richard, no digas esas cosas –le pidió. Él la soltó, no sin antes darle otro beso, esta vez más largo.

-Ojalá hubiera nacido en al-Andalus –suspiró -. Dicen que allí el placer del cuerpo y el alma es un modo de llegar a Dios.

-Eso es impensable –masculló ella. Pero no lo era, pues aunque por fuera fingiera, por dentro también ella tenía la pequeña esperanza de que lo que sentía no fuera un pecado.

Al fin, pocos días después, pues Londres estaba cerca pero habían alargado el viaje deteniéndose en pequeñas aldeas para hacer negocio y abastecerse de alcohol, cuando apenas quedaban un par de horas para que cayera la noche, llegaron a la ciudad, bulliciosa, bella. La catedral era magnifica, pensó Kate, admirada, aunque Richard no pensaba lo mismo.

-Sólo el hombre puede criticar al que osa ponerse a la altura de Dios y a la vez hacer construcciones que toquen el mismo cielo.

-Son obras para Él –repuso ella.

-Son obras que estropean la suya.

-¿Dónde dormiremos? –preguntó, cambiando de tema, agotada por el viaje. Necesitaba dormir un poco y asearse, quitarse la mugre y el polvo del camino. Richard no pudo evitar esquivarla, pensando con tacto lo que debía decir.

-Verás… siempre que vengo me alojo en casa de una mujer que…

-¿Una amante? –lo interrumpió.

-No. Bueno, yo no la consideraría como tal.

-¿Entonces como la consideras?

-Es una vieja amiga. Ella accederá a que duermas tú también en su casa, pero no sé si tú estarás dispuesta… -esto último lo dijo en voz muy baja, tanta que a Kate le constó entenderlo. Ella se cruzó de brazos, sopesando sus opciones. La primera era dejarse llevar por el orgullo: dormir el carromato y dejar que el cirujano se hospedara en la casa de aquella mujer que seguro no era una buena cristiana. La segunda era ceder al impulso de sus celos e ir con él.

-¿Acaso tengo otra opción? –dijo al final, su voz teñida de frialdad. Él la tomó del brazo y le rogó:

-No te enceles, apenas recuerdo la última vez que Kyra y yo…

-¿Kyra? Tiene nombre de mujer de mala vida –masculló.

-Es una buena mujer –la defendió -. Es viuda y a su cargo viven dos pequeños… hospeda a hombres a cambio de…

-No me interesa –volvió a interrumpirlo -. Sólo vayamos.

Así finalizó la discusión y aunque sabía que ella estaba enojada, Richard se sintió aliviado. No se habría sentido seguro de dejar a Katherine en la posada para mercaderes, lugar donde se había hospedado años antes de conocer a Kyra. Además, dudaba mucho que le hubieran permitido quedarse allí. Siempre podría haber dormido en una posada para peregrinos, pero aquellos lugares no eran seguros. Eran muchos los enfermos que acudían a Canterbury para curarse y sabía Dios que podrían contagiarle. No, mejor estaba con él aunque hirviera de rabia.

Kyra era una hermosa mujer como Kate pudo comprobar nada más llegar a su hogar. La joven fue presa de los celos cuando la viuda se acercó, feliz al ver al barbero-cirujano y lo abrazó con efusividad, sin ningún reparo. Apenas se percató de la presencia de la muchacha y a punto estuvo de cerrarle con la puerta en las narices antes de que él señalase hacia atrás y la presentara. Esta es Kate, me acompaña desde hace unos meses. Necesita alojamiento, al igual que yo, te pagaré el doble. Y nada más. La viuda había aceptado aunque había aclarado que ella era una mujer decente y su casa era un hogar decente en el que no se aceptaban amancebamientos. Kate había abierto la boca, indignada, pero Richard había sido rápido calmando a la mujer. Y la chiquilla se había tenido que conformar con dormir en la misma cama que Kyra. Maldito seas, Richard.

-Ahí puedes lavarte –le dijo, señalando una pequeña tinaja -. Traje el agua del río esta misma mañana.

Su casa se situaba junto al río Stour, las pequeñas ventanas daban al agua. Tras lavarse, aunque aquello no apagara para nada su enojo, se acercó a uno de los vanos y contempló el paisaje, si es que aquello se le podía llamar así. Justo enfrente, al otro lado del río había otra cosa, igual que la de la viuda. Sin embargo, si miraba un poco más a la izquierda podía ver un extraño instrumento situado sobre el agua. Era una especie de silla de madera atada a un largo palo.

-Es una silla para brujas –explicó la viuda, al ver su mirada confusa -. A veces cogen a una desgraciada a la que acusan de ser bruja y la sientan ahí. Después bajan la silla y la ahogan. A la mujer sólo le queda dos opciones: ahogarse o confesar. El espectáculo suele ser divertido –añadió, con aburrimiento – quizás puedas ver alguno antes de dejar mi casa.

Dios mío, pensó.

Kate no sabía mucho de la persecución a las brujas. Viviendo en una casa alejada, cercana a una aldea también alejada, nunca habían tenido problemas de brujería ni había sabido de nada que fuera condenado por hechicero. Tampoco conocía las prácticas con las que obligaban a confesar a los infelices -sobre todo a las infelices, que eran acusados. Por ello, al oír las explicaciones de la mujer un estremecimiento la recorrió de arriba abajo y se hubiera caído al suelo si Richard no hubiera entrado en la habitación en ese momento y la hubiera sostenido. -¿Qué te ocurre? –le preguntó, asustado.

-Pobre niña –se apiadó la mujer más mayor -. Debe estar agotada, una vida de caminos y viajes no es recomendable para una muchacha, Richard, tú deberías saberlo.

Richard la ignoró; bien sabía él que Kate no era precisamente frágil. Angustiado, la dejó suavemente en la cama y tocó sus mejillas y frente. Estaba muy fría. Y pálida. -¿Qué le has dicho? –acusó a la otra, que apretó los labios, ofendida.

-¿Cómo qué que le dicho? Apenas le hablé de la silla de las brujas y entonces se pudo blanca.

-Maldita seas –gruñó, tomando el paño mojado que la propia Kate había usado antes y mojando su rostro con él.

-¿Cómo te atreves? –Kyra no daba crédito. ¿Cómo osaba el cirujano, el mismo hombre con el que había compartido el lecho varias y satisfactorias veces, hablarle de aquella manera? Su mirada pasó de la espalda del cirujano a la muchacha que yacía en la cama sobre la que él estaba inclinado –Quiero que tú y tu ramera os marchéis. Ahora.

Al oír aquella ofensa Richard se enervó y cogió a la mujer por el cuello, que ahogó un grito. Sus ojos se llenaron de lágrimas cuando el cirujano empezó a apretar, advirtiéndole –No te atrevas a hablar así de ella. ¿Me has oído?

Kyra lloró y asintió como pudo, aterrada. Un charco amarillo empezó a formarse bajo las faldas de la mujer y entonces él la soltó. En silencio, sorprendido por lo que había hecho se apartó de ella.

-Sal de mi casa –le ordenó la mujer con la escasa valentía que le quedaba. Richard no respondió, tomó en brazos a la joven que seguía desmayada y salió de allí. Con ella en brazos, bajo la mirada asombrada de los vecinos de la ciudad se dirigió hacia la posada de mercaderes, donde sin decir nada a los dueños recogió sus cosas y partió, para dejar el carromato a las afueras de la ciudad. Para entonces, Kate ya había despertado y miraba confusa a su alrededor.

-¿Dónde estamos? –preguntó, al toparse sus ojos con la muralla. Él sonrió al verla despierta.

-Me has asustado, pequeña.

-Pero…

-Shhh… descansa. Mañana tenemos que dar un espectáculo –le recordó, señalando las cintas de colores que adornaban las crines de Altanero.

-Esa mujer… me habló de bruj…

-Duerme, Kate. Aquí no hay brujas. Las brujas no son malas, pensó, no hay que temerles a ellas.

Kate no respondió, aún presa del cansancio y a pesar de no haber comido nada desde el almuerzo, cerró los ojos y volvió a caer en un profundo sueño.

A la mañana siguiente los peregrinos y los ciudadanos de Canterbury corrieron sonrientes tras el carromato, gritando como locos. El bueno de Richard había vuelto para deleitarles con sus juegos, pensaban los niños. Podré librarme de este bastardo, callaban algunas mujeres, temerosas de que alguien sorprendiera sus adulterios. Al fin tendré más de esa medicina, suspiraban los hombres.

Kate había empezado a formar parte del espectáculo. No hacía mucho, pues no tenía habilidad con los juegos malabares y apenas hablaba, así que tampoco podía contar historias. Pero con su bella sonrisa atraía las miradas de los hombres jóvenes y los no tan jóvenes. Richard además aprovechaba la belleza de sus dientes y de su rostro, algo inaudito para una campesina.

-Mirad, mis queridas señoras, mirad que belleza. Quién tuviera siempre esta juventud, ¿verdad? Pues la podéis tener, mis bellas damas, sólo necesitáis esto. –Y entonces mostraba el pequeño frasquito. –Una cucharada de esto antes de dormir y vuestros esposos presumirán pronto de tener más hijos que dientes. Aunque seguro estoy de que algunas no lo necesitáis –dijo, guiñándole el ojo a una joven que parecía recién casada. La mujer sonrió, ruborizándose.

Pronto vendió todos los frasquitos y entonces empezó a atender a los heridos. Como había imaginado muchas eran heridas simples, pero hubo un caso que lo inquietó. Se trataba de un hombre un poco mayor que él, treinta como mucho, que había viajado desde el sureste de Francia, soportando muchos días de camino sólo para rogarle al Santo que le devolviera la movilidad a sus brazos, inútiles tras un incendio en la carpintería donde trabajaba. Pero las heridas estaban infectadas y él hombre deliraba de fiebre, poco podría hacer por él y así trató de decírselo a quien supuso era su hermano. Pero este sólo hablaba en francés. Al final simplemente le entregó un frasco de medicina y negó con la cabeza cuando el galo quiso pagarle.

-Pobre hombre –suspiró. Kate se acercó a él, su mirada fija en el hombre que arrastraba los pies, apoyándose como podía en su acompañante -. Sólo podía aliviar su sufrimiento.

-No puedes hacer milagros.

-Lo sé –repuso, aunque aceptó el beso como premio de consolación que ella le ofreció. No pudo evitar sonreír; Kate últimamente no sólo no rechazaba sus besos, sino que a menudo los iniciaba ella.

La mañana pasó así, entre curas, gritos de dolor y posteriores agradecimientos hasta que el barbero decidió que necesitaban un descanso. Cerró la ventana del carro y miró la cesta de la comida, en la que apenas había un par de huevos. –Creo que una buena pata de cordero nos sentará mejor que esos dos –señaló. Ella asintió, entusiasmada -. Espera aquí, iré a comprar uno a la calle de los carniceros.

Kate mientras tanto empezó a buscar ramas para encender una hoguera. Además soltó al caballo y le ofreció dos manzanas jugosas, aprovechando que Richard no podría regañarla –Te las has ganado –le dijo, acariciándolo. Avivaba el fuego cuando un grito le heló la sangre:

-Ha sido ella, ella lo ha matado. Hasta que ella llegó el cirujano nunca había fallado.

-¡Es una bruja!

-¡Prendedla!

Kate miró a su alrededor, viendo como la turba la señalaba con el dedo. Aterrada buscó un lugar para escapar, pero era imposible. Todos habían formado un círculo que la encerraba.

-¡Coged a la bruja!

Indignada ante tales acusaciones empezó a lanzar patadas y golpes contra aquellos que querían sujetarla. Uno de ellos era el hermano del quemado al que Richard no había podido ayudar. El francés. Fue este el que le escupió en la cara y gritó algo en su idioma. Kate, horrorizada negó con la cabeza pero fue en vano. Entonces volvió a defenderse con piernas y puños, pues su voz había vuelto a desaparecer. Además, seguramente no la habrían escuchado.

-Cogedla –gritaban las mujeres – que no escape.

-Ha estado cerca de nuestros hijos –dijo una -. ¡Quién sabe lo que les habrá hecho!

-Mi hija estaba sana y desde esta mañana no para de rabiar, diciendo que siente un horrible dolor –añadió otra, una mujer que se parecía mucho a una chiquilla que había sollozado y suplicado al cirujano para que le diera un abortivo.

-Eres una bruja –le gritó un hombre -¡Confiesa!

Pero por toda respuesta ella le dio una patada en la pierna, con todas sus fuerzas. El acusador gritó de dolor y cerrando el puño la golpeó en la cara, con tanta fuerza que Katherine cayó al suelo, inconsciente.

-o-

Kate sentía que se ahogaba. Bebía más agua de la que su cuerpo podía soportar, moriría, ella lo sabía. Agitaba la cabeza, cerraba la boca, tratando de contener la respiración, pero poco podía hacer ante la sinrazón de aquellos que la acusaban de bruja. Tres veces la habían metido en el agua y tres veces habían esperado una confesión. Pero no iba a dárselas. Ella no era una bruja. No había hecho daño a nadie. Aunque su cuerpo suplicaba porque les dijera lo que todos querían oír y acabara así esa horrible tortura. Poco a poco sentía que la vida se le escapaba…

Aire. Un pequeño respiro que para ella significaba aferrarse a la vida. Volvía a estar en lo alto, sobre el río que iba a ser su patíbulo. Atada a aquella silla poco podía hacer para defenderse. No después de que la hubieran golpeado, maltratando su cuerpo con una brutal paliza que había dejado su hermosa piel llena de marcas y de sangre. Las heridas dolían, pero nada era comparable con el dolor que sentía al quedar sin aire. Vomitaba agua, aquella fuente de vida que para ella sin embargo sería la muerte.

-¿Confiesas que eres bruja, mujer? –le preguntó el que minutos u horas antes le había asestado el primer golpe. No respondió, ya apenas era consciente de lo que ocurría. Sólo quería que todo terminara. Y sólo había un pensamiento en su mente. Richard.

-Dejádmela a mí –gritó otro, haciendo reír a los demás –Veréis como así confiesa.

Llevaba en la mano un hierro ardiente; si Kate no hubiera permanecido en un estado de seminconsciencia habría visto que se trataba de un marcador para el ganado. –Bajad un poco la silla –pidió el hombre, hasta tener a la joven a su alcance. Entonces le levantó el vestido mostrando sus piernas, que manoseó con descaro. –Es una pena que seas una bruja –le dijo con lujuria –Tienes que tener un coño prieto entre esas bonitas piernas. –Entonces, cuando a ella ya apenas le quedaba un soplo de vida, él verdugo alzó el brazo y con él, el hierro.

-¡DETENTE!


En el próximo capítulo

-No… Kate por favor no… despierta… despierta mi amor.