Hola a todos. Una vez más lamento el atraso, pero mi año en la universidad se extendió un poco y no había tenido tiempo de revisar el capítulo y arreglarlo. También pido disculpas si hay faltas o luego hay cambios porque una de mis betas está con algunos problemas y no puede revisar el capítulo. Este capítulo va para ti Gaby!
Capítulo 10
"La mayor enfermedad hoy día no es la lepra ni la tuberculosis, sino mas bien el sentirse no querido, no cuidado y abandonado por todos"
Teresa de Calcuta
El sonido de risas estridentes y pasos poco discretos es lo primero que oye cuando puede volver en sí. Siente la boca amarga, está toda pegajosa y sudada, y definitivamente algo anda mal pues esta recostada sobre sábanas demasiado suaves y huele a un perfume femenino, sofisticado y adulto que no es suyo.
Abre los ojos y el color púrpura de un delicado edredón es lo primero que la hace espabilar y sentarse asustada, notando que está sobre una gran cama en una habitación a media luz que no reconoce.
En ese momento se abre la puerta y entra sonriente Madame Evenson con una bandeja color plata en sus manos. Isabella intenta moverse, pero sus piernas están demasiado débiles y solo puede hacer el amague de levantarse.
—Has despertado querida, ¿qué tal te sientes? —pregunta la mujer con voz dulce.
Nota que lleva puesta una camisola de raso escotada y larga color rosa pálido y una bata a juego sobre ella. Lleva el cabello castaño suelto y está sin maquillaje, viéndose mucho más dulce y joven. Nota que su rostro es pálido y que sus facciones son pequeñas, excepto los ojos que sobresalen de un expresivo color entre lila y violeta.
—Mejor, gracias —su voz está ronca y debe aclararse la garganta para volver a hablar —¿Qué ha ocurrido? —está desorientada, lo último que recuerda es estar limando las cutículas de una mujer y después nada.
—Te desmayaste —responde la Madame—. Todas estábamos muy preocupadas. Quise que viniera un médico, pero ninguno quiso, ya sabes que de noche esta zona es peligrosa —se excusa —. Sin embargo te he estado controlando la temperatura y te ha bajado la fiebre ya… nos diste un gran susto, cariño —Isabella asiente agradecida; nadie nunca se ha preocupado así por ella y concluye que se siente bien recibir cuidados de vez en cuando —. Te he hecho un caldo, espero que te guste.
—No debió molestarse, mada…
—Llámame Esme —interrumpe la mujer—; ese es mi nombre, lo de "madame" es para los clientes del burdel, nadie más me llama así.
Asiente y por una vez en la vida se deja mimar y acepta que la mujer le dé la sopa en la boca, temerosa a que el temblor de sus brazos la haga derramar líquido en el fino cobertor.
—Una vez que amanezca te llevaré a tu casa —dice Esme—; no te preocupes por el trabajo, te pagaré de todas formas y sobreviviremos sin ti esta semana… ya la próxima podrás volver a hacer maravillas con mis chicas.
Isabella siente que está a punto de ponerse a llorar. Jamás esperó tal comprensión de parte de la dueña de un burdel, mas entiende que casi siempre son los más postergados y discriminados los que primero tienden una mano cuando se tiene una necesidad.
—Gracias —murmura con poca voz.
—Eres muy joven, querida, y aun así trabajas y ayudas con los gastos de tu casa. Tu madre debe besar el suelo que pisas, se ha sacado la lotería contigo.
Recién ahí se acuerda de Renée y que no ha avisado dónde está. La única vez que se retrasó y no avisó a su madre, esta estaba vuelta loca llorando en casa pensando que la había abandonado y se había ido con Phil o con su padre.
—Necesito mi mochila —murmura haciendo un amague por levantarse.
—No te levantes, ya te la traigo yo —Esme se pone de pie y va hacia una silla que está frente a la cama, que es donde está la mochila.
Para su mala suerte el móvil está sin batería y su mala memoria no ha retenido el número de Renée, así que sin quererlo debe levantarse de una vez.
—Me tengo que ir —le dice a la mujer.
—De ninguna manera. Son las cinco de la mañana y eres una niña… cuando amanezca te llevo a casa.
—Mi teléfono no tiene batería y no me sé el número de mi madre… ella debe estar muy preocupada y ni siquiera le avisé donde estaría.
—¿Ella no lleva una agenda de sus clientes? —pregunta la mujer.
—Sí —susurra desanimada.
Con las prisas se había dejado la agenda sobre la cama, así que Renée seguramente no se preocupó en su momento y después ni ha notado que no está en casa. —Debe haber pasado la noche fuera— piensa luego, aludiendo a eso la razón por la que no ha aparecido en el lugar a buscarla.
Ya no debería molestarle, pero a veces le cuesta darse cuenta que ella podría estar en un peligro real y recién un par de días después alguien se preocuparía por ella… entiende que entre más adulta sea, más así será y se resigna porque siempre ha sabido que sería así.
—¡Le dicen que está cerrado! —el grito de una mujer interrumpe sus pensamientos y Esme se levanta y corre hasta la puerta, cerrándola tras de sí.
Escucha algunos gritos y entre las voces, una demasiado familiar sobresale azorada.
No puede ser, debo estar volviéndome loca.
—Ella está bien — escucha decir a Esme con voz calmada—. Se ha desmayado y no teníamos como avisarle a su madre.
—Sé bien como trabajan ustedes, seguramente creyeron que no tenía familia y que podían quedársela —lo escucha gritar y siente unos pasos bruscos hasta que abren la puerta y lo ve en todo su esplendor mirándola como si inspeccionara que no le falte nada.
—Edward, ¿qué haces aquí? —pregunta incrédula pues de todas las formas en que imaginó que lo volvería a ver, está segura que la habitación de un burdel no se pasó por su mente.
—Vine a buscarte. Renée está histérica llorando en tu casa y Carlisle me envió a ver si estabas aquí.
—¿Y por eso debes armar todo este escándalo? —se sonroja cuando nota que hay al menos diez mujeres con poca ropa tras él, mirando el intercambio de palabras.
—Ellas me negaban la entrada.
—Te dijeron que vendrían a preguntarme antes —le corrigió Esme
—¿Puedes ponerte de pie o te cargo? —pregunta más calmado.
—No me iré contigo —de pronto se siente furiosa porque él prácticamente la echó de su casa, no se ha comunicado en días y ahora llega dando órdenes como si fuera su padre.
—No es negociable, Isabella —replica él con voz neutra—. Te levantas o te levanto.
El sonido de una guitarra les interrumpe y Edward se sobresalta y se metie la mano al bolsillo para sacar un teléfono móvil.
—La he encontrado —dice en cuanto lo pone en su oído—. Está bien —agrega—. La llevaré en un momento —termina la llamada y la mira alentándola a levantarse.
No quiere dar su brazo a torcer, pero tampoco quiere armar un escándalo en el lugar por lo que con ayuda de Esme se pone de pie y camina hacia la puerta de la habitación sin mirar a Edward.
Al salir, la brisa la hace temblar y se abraza a sí misma. Camina por inercia hacia su coche, pero Edward la toma del brazo y la hace retroceder bruscamente.
—Mi camioneta está del otro lado —le mira enojada y él la suelta.
Vuelve a temblar y en pocos segundos Edward le pasa su chaqueta de cuero por los hombros. Está tan enojada que eso no le provoca sino más rabia y respira profundo para no gritarle unas cuantas verdades que seguramente la pondrían en evidencia.
El teléfono de él vuelve a sonar cuando ella está subiendo a la camioneta. Aunque trata de escuchar la conversación, Edward habla demasiado bajo y desde dentro no se oye nada. Se envuelve mejor con la chaqueta y el aroma de Edward la relaja un momento, al menos hasta que él sube y vuelve a comportarse como un padre: —Ponte el cinturón —ordena casi gruñendo y le da gas a la camioneta, acelerando y haciéndola ir hacia atrás.
Él no pronuncia ni una sola palabra luego de eso, vuelve a ser el Edward callado y abstraído que ella vislumbró el domingo, aunque ahora parece un poco más relajado y por ende más hermoso… —no, no puedo dejarte vagar otra vez por esos pensamientos— se dice a sí misma. Pensar en lo atractivo que es Edward no la ayudará luego cuando él desaparezca otra vez.
La camioneta se detiene entonces y ella mira a su alrededor en busca de algo familiar, pero no es su calle y definitivamente no es su departamento lo que ve, sino que un hospital.
Mira a Edward frunciendo el ceño, pero él la ignora y baja para acercarse hasta su puerta y abrirla, dejando entrar la brisa del amanecer que está un poco más fría que de costumbre.
—Edward, a riesgo de parecer fastidiosa pregunto: ¿Qué mierda hacemos aquí? —dice mientras lee el letrero empotrado tras él:
"Mount Mitchell Home
Compton, Ca"
—Te desmayaste, es obvio que necesitas un médico.
—¿Por qué haces esto? —pregunta realmente intrigada; no entiende por qué de pronto él vuelve a ser amable.
Él se queda en silencio como pensando realmente en la pregunta, luego la mira y le tiende la mano para ayudarla a salir del vehículo.
—Carlisle me lo ha pedido.
"Carlisle me lo ha pedido" repite irónicaente en su cabeza. Por un momento creyó que él se había preocupado y había querido ir por ella y asegurarse que estuviera bien, pero resultaba ser que es Carlisle el que se las quiere dar de padre sustituto —para agradar a Renée— y Edward solo está haciéndole un favor.
—Estoy bien, solo llévame a casa —pide cansada sin moverse del lugar. Él arruga el entrecejo y respira fuerte, conteniéndose seguramente de volver a darle una orden o lo que es peor usar la fuerza para obligarla a bajar—. En serio —afirma ella para dar veracidad a su estado y calmarlo—; ni tú ni yo queremos estar aquí, llévame a casa y ya te puedes olvidar de que alguna vez nos vimos —susurra lo último con temor a que su voz suene a decepción.
Él relaja su rostro como entendiendo algo que ella no, pero no se mueve ni un centímetro ni cierra la camioneta para volver a su sitio tras el volante. Después de algunos eternos segundos se mueve, pero no como ella espera, sino que se acerca más a ella como si quisiera contarle un secreto.
—Sé cómo se siente, Isabella — dice con voz suave. Ella abre mucho los ojos, extrañada; no entiende a qué se refiere y no está segura si quiere escucharlo—. Quizás no he vivido en la precariedad como tú, pero toda mi vida he tenido que cuidar de mi madre, evitar que haga un escándalo, evitar que escape, estar pendiente de su medicación y cada dos meses teniendo que rogarle a su enfermera que no se vaya. Sé la rabia que acumulas y sé lo mucho que debes odiar el sentirte vulnerable.
Es la primera vez que le oye decir tantas palabras juntas, también es primera vez que usa ese tono suave y abierto que expresa realmente lo que su cuerpo dice con los gestos.
—Y sé también —continúa él— lo mucho que debes desear que por un día alguien cuide de ti —susurra como si no estuviese seguro de revelar aquello—; eso es lo que estoy haciendo y no lo hago solo porque Carlisle me lo pidió, lo hago porque he estado en tu lugar y hubiese deseado que alguien se preocupara por mí si estuviese temblando como lo estás haciendo tú.
Dicho eso se acerca un poco más y desabrocha el cinturón de seguridad, tendiéndole la mano otra vez para ayudarla a bajar. Se siente confundida y algo desorientada. Las palabras de Edward realmente le han llegado y el nudo que se está formando en la garganta se niega a retroceder.
Sabe que no está bien y que debería protestar —después de todo no quiere la lástima de nadie—, pero sigue temblando y sudando demasiado, y siente que con todo lo que él ha dicho ya no tiene escusas para negarse a salir del vehículo.
Tampoco tiene excusas para no sentir lo que siente por Edward…
Trataré de subir antes del 25 otra vez =). Espero sus impresiones. Nos leemos
