Capítulo 10
Inexorablemente el tiempo fue pasando, cruentísimas batallas tuvieron lugar en todos los reinos para poder repeler a las fuerzas invasoras.
En el norte, a pesar de que la mayoría de los jarls habían muerto, la devastación causada por las tropas de Poseidón había comenzado a revertirse ya que con la ayuda de los caballeros atenienses, los guerreros de Asgard lograron rescatar a Hilda. La reina se puso junto a su hermana al frente de sus soldados para continuar con la lucha a pesar del enorme dolor que le causó el recibir la noticia de la muerte de su esposo y sobre la incierta suerte que sus hijos corrían. Se sentía agradecida a Hera por haberles dado asilo pero odiaba estar separada de ellos, aunque en las circunstancias en las que se encontraban fuera absolutamente necesario porque primero debía asegurar la reconquista de su reino y convertirlo de nuevo en un lugar seguro.
Mientras tanto Creta sufrió una terrible devastación y el rey Minos se hallaba en paradero desconocido, presumiblemente muerto. No obstante, no faltaba quienes dijeran que lo habían visto por diferentes lugares ya que su cuerpo no aparecía por ningún lugar.
Minos era particularmente odiado por Cronos puesto que a pesar de que mantuvo las apariencias de amistad hacia él y Hades, se confabuló con su esposa e hijastra para dar asilo al príncipe Zeus, lo cual suponía una falta totalmente imperdonable en sus ojos. Cronos siempre había tenido muy pendiente aquella profecía que especificaba que algún día un hijo suyo lo derrocaría y tenía miedo, o más bien, sentía horror de que Zeus se le hubiera escapado de las manos gracias a unos poderosos aliados y que era muy probable que tal designio fuera a cumplirse.
Cerca de las costas del reino de Chipre se estaba librando una ferocísima batalla marítima entre Cronos y el ejército de la reina Afrodita, a cuya cabeza marchaba su mejor general: su esposo, el príncipe Ares. La reina estaba haciendo preparativos para la defensa de su isla pues no iba a tolerar de ninguna manera que nadie le arrebatara lo que era suyo por derecho propio y llamó a su presencia a Zeus, a quien había dado asilo por mucho tiempo y se había convertido en un hombre joven, apuesto y valiente.
—Alteza, debéis partir de mi reino cuanto antes, pronto las fuerzas de vuestro padre rodearán la isla y os será imposible escapar.
—Majestad —respondió el muchacho—, no es momento de huir.
—¿Huir?. No, Zeus, no es eso. Eres la esperanza de Titania.
—Señora, con todo el debido respeto —dijo el joven en voz firme y decidida—, debo desobedeceros.
—Zeus —respondió ella mirandolo con un profundo cariño —, debes salir de aquí y no sólo porque ya no puedo garantizar tu seguridad.
—No es necesario, Majestad. Ya es hora que ponga de mi parte.
—Entiendo —dijo ella asintiendo—, por eso deseo que te vayas.
—Señora...
—iEscucha!, no te lo pido enteramente por tu bien... necesito que alguien lleve a cabo una misión peligrosísima.
Afrodita llamó a un hermoso niño de cabellos rubios y rizados.
—Mi hijo, el príncipe Eros, no está seguro en Chipre. Confío en que Ares sea capaz de detener a nuestros enemigos, pero...
—Vuestro esposo es un general y estratega excelente.
—Lo sé, mi querido príncipe, lo sé —respondió lánguidamente— pero el resultado de la batalla no está garantizado. Suponiendo que lograran derrotar a mis soldados en el mar e invadieran la isla, sé perfectamente que su siguiente objetivo sería este palacio, capturarme ya fuera viva o muerta y también a mi hijo.
—Entiendo... no es necesario que añadáis más. ¿Cuándo partimos?
—Lo antes posible.
La soberana y el príncipe discutieron los detalles necesarios para llevar su plan a la acción y al amanecer, los dos príncipes partieron en el barco que los llevaría a su destino.
En el reino ateniense las cosas no iban mejor, depleto de varios de sus guerreros que habían sido enviados para ayudar a sus aliados asgarianos y de los enviados por su soberana como agentes dobles al campo enemigo, los soldados de Hades aprovecharon la oportunidad para atacar. El primer castillo atacado fue el de un joven noble llamado Mu, quien logró derrotar a dos caballeros que otrora habían sido fieles servidores a Sasha y que se llevó la sorpresa de su vida al encontrarse cara a cara con el hombre que fue su mentor y a quien amaba como a su propio padre: el regente Shion, vestido con una armadura con el emblema de Hades.
Las luchas se fueron sucediendo con resultados mixtos, Mu se salvó debido a que otro caballero tomó su lugar y se enfrentó a Shion. En camino hacia las almenaras vio que varios de los castillos que separaban el suyo del de la reina estaban ya siendo atacados, en el más próximo al suyo, su buen amigo el conde Aldebarán acababa de morir debido a que fue atacado por la espalda por uno de los soldados de Hades.
En Olimpia Hera esperaba ansiosa noticias de su esposo, a quien había visto intermitentemente durante aquellos años; durante el tiempo de su primera forzada separación, la salud de la reina estuvo bastante mermada y le había llevado varios meses el poder recobrarse. Afortunadamente contaba con Hestia y Rhea, quienes fueron y seguían siendo un apoyo valiosísimo.
Desde que se vio totalmente recuperada se encargaba de que su reino permaneciera seguro, tanto por el bien de sus súbditos como del de aquellos a quienes había prestado asilo.
"Shaka, amor mío, vuelve pronto..."
La reina se quedó parada en el jardín mirando el punto exacto donde oyó a Shaka cantar aquellos hermosos versos que tiempo atrás compuso especialmente para ella y donde se confesaron su amor mutuamente. Una lágrima cayó por su mejilla y la secó rápidamente pues no deseaba tener que dar explicaciones acerca de su estado de ánimo a nadie, a pesar de que era un secreto a voces el que añorara a su marido. Su único consuelo en el plano afectivo era tener a su familia a su lado.
Tras unos raros y absolutamente necesarios momentos de soledad se encaminó hacia el interior del castillo con paso firme y decidido. Sus ojos verdes brillaban con el fulgor y la determinación de siempre.
