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John cerró los ojos al leer los mensajes en su móvil: era la misma redacción que solía utilizar Sherlock cuando quería que le acompañara. El extranjero había cruzado la línea con esos mensajes así que decidió ponerle fin a la extraña relación que había entre ellos dos. Al entrar en el salón de la casa de Klaus se lo encontró sentado junto a Mycroft.
-Ah, John. Ya estás aquí. –dijo Mycroft
-Klaus, no he venido a charlar – dijo John ignorando a Mycroft – He venido a decirte que esto termina aquí. Ya hemos destapado la verdad sobre Sherlock y cada uno debe seguir su camino.
-Te dije que esos mensajes eran excesivos, has conseguido perturbar a John. – Mycroft y Klaus se miraban como si estuvieran discutiendo sin palabras.
-Eso parece. –dijo Klaus con una media sonrisa. –Siéntate, por favor. Quiero contarte algo.
El doctor se sentía muy irritado y los juegos que se traían Mycroft y Klaus no ayudaban nada.
-No me pienso sentar. No entiendo el tipo de relación que hay entre ustedes dos ni quiero saberla. Sólo quiero irme y que me dejen en paz. Quiero estar solo. Vine para agradecerte la ayuda que me prestaste para limpiar el nombre de Sherlock y para decirte adiós. Sólo para eso. Me voy.
-John, ¿no quieres saber cuál es el regalo que te dije que era el mejor de todos?
Watson se paró en seco y recordó las palabras que Mycroft le había dicho hacía unos pocos días "Y a ti, John, te haremos el mejor regalo de todos." Se dio la vuelta y miró al mayor de los Holmes con una mirada confusa, tratando de descifrar lo que sus palabras ocultaban. Mycroft al darse cuenta sonrió y se dirigió a Klaus.
-Creo que ya es hora de revelarle la verdad. Ha pasado mucho tiempo. –se volvió de nuevo a John- Te dejo con tu regalo. Yo me voy. Las cosas de las que tienen que hablar son… intensas.
Cuando Mycroft se marchó, John miró a Klaus con el ceño fruncido. Por más que trataba de entender lo que estaba ocurriendo sus conclusiones no tenían sentido.
-Klaus…
-Siéntate, John. –le interrumpió- Creo que estar de pie no va a beneficiarte con lo que tengo que contarte.
-Me quedaré de pie. Cuéntame lo que sea, podré soportarlo. No hay nada que puedas decir que pueda causarme un shock tan grande como el presenciar la muerte de Sherlock.
En los ojos de Klaus se podía divisar compasión.
-Sí, lo siento por eso pero era necesario que presenciaras el suicidio. De otra forma las cosas no podían salir bien.
-Klaus, ¿pero de qué estás hablando? Las cosas que dices no tienen sentido.
John empezaba a creer seriamente que el extranjero estaba desvariando. Quizás saber tanto de Sherlock y la relación que tenía con el doctor había hecho que fuera asumiendo paulatinamente algunas cosas y aspectos.
-Cierto, empecemos por el principio. Antes que nada, te tengo que mostrar la verdad. Después de todo, viste caer el cuerpo. Es lo que dicen ¿no?: "una imagen vale más que mil palabras".
-¿Qué…?
Klaus ya no hablaba con acento alemán. Se levantó y empezó a quitarse lo que parecían lentillas, luego la peluca y finalmente unas prótesis de la cara que hacían que pareciera más viejo. Cuando volvió a mirar al doctor a los ojos, Klaus había desaparecido. Ahora quien le miraba con una gran intensidad no era otro que Sherlock Holmes.
John sintió una oleada de pánico, alegría, conmoción, tristeza y mil emociones más que se agolpaban en su corazón. Tenía los ojos abiertos de par en par y las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas. Sintió que las piernas le fallaban y el aire no entraba en sus pulmones. Se sentía tan débil de repente que se dejó caer al suelo y quedó de rodillas pero en ningún momento dejó de mirar al hombre que tenía delante: sus ojos eran ahora entre verdes y azules, su pelo era rizado y castaño oscuro y su cara era tersa sin presencia alguna de arrugas. Los recuerdos se le agolpaban en la mente pero el más persistente era el cuerpo de Sherlock cayendo de la cornisa del hospital y su impacto en el suelo. Sus ojos le decían que Sherlock estaba delante de él pero su cerebro se negaba a creerlo.
-Sherlock, Sherlock, Sherlock… no puede ser… Sherlock… -de su boca no dejaba de salir el nombre de la persona por la que más había sufrido.
Sherlock se acercó a él y lo cogió por los brazos sin dejar de corresponder con la mirada los ojos de John. Pocas veces había visto el doctor al pequeño de los Holmes mostrar las emociones que tanto reprimía.
-John…- su voz se quebró al decir su nombre y por sus mejillas rodaron unas lágrimas que mostraban el dolor que sentía por dentro y que le era imposible reprimir. –John…
Sherlock abrazó a John y cerró los ojos. Por fin había llegado el momento que tanto tiempo había estado esperando. John rompió en sollozos cuando sintió el abrazo de su amigo y le agarró con toda la fuerza de que fue capaz: en parte para constatar que realmente no era un espejismo y en parte por la necesidad que sentía de volver a tener la amistad que ya creía enterrada bajo tierra.
-John… me pediste en el cementerio que lo detuviera y eso hice. Todo ha acabado. Siento mucho haberte hecho pasar por el infierno que has sufrido pero tenía que ser así…
John seguía llorando compulsivamente, era un llanto profundo y lleno de toda la angustia y el dolor que guardaba su corazón. Empezó a mecerse para delante y para atrás mientras seguía aferrado al detective. Los dos siguieron un rato de rodillas en el suelo sin separarse el uno del otro.
-Sherlock, has vuelto… Estás vivo.
-He vuelto. Sigo vivo, John.
-No estoy desvariando o soñando, entonces.
-Ni estás desvariando ni estás soñando.
-Eres real.
-Soy real.
John se apartó del abrazo de Sherlock y le miró a los ojos: los ojos que tantas veces había visto emocionados por un caso inquietante ahora estaban llenos de lágrimas y dolor. Se permitió memorizarlos porque era la única vez que Sherlock no se molestaba en esconder lo que sentía.
Se levantaron lentamente sin dejar de estar cogidos de los brazos y quedaron ambos de pie uno frente al otro. John se dio la vuelta y se pasó una mano por la cara.
-Has estado todo este tiempo conmigo haciéndote pasar por otro. No te dignaste a decirme la verdad y cortar cuanto antes el dolor que estaba padeciendo.
-Lo sé, John. Lo siento… Aunque reconoce que te dejé unas buenas pistas: cuando te dije que era de Suiza y te mencioné Reichenbach, cuando te daba datos muy personales de nuestra amistad…
El Sherlock arrogante que conocía había vuelto a aparecer.
-Vi tu cuerpo caer de una altura más que importante y vi cómo te dabas un gran golpe contra el suelo. ¿Cómo esperas que me dé cuenta con eso de que seguías vivo? Eso sin mencionar la caracterización de viejo extranjero que hiciste.
En la voz de John se podía distinguir una rabia creciente.
-Lo sé, sé que la imagen de aquél día fue lo suficientemente convincente como para no poder hacer pensar que no estaba muerto.
-Te hicimos un funeral. Te lloramos. ¡Maldita sea! ¡No tenías derecho a hacerme vivir así! ¡No tenías derecho a arrancarme el corazón de esta manera! ¡No sabes lo mucho que he sufrido pensando en ese día, soñando con ese día! ¡No sabes lo que he sufrido por ti! - cada palabra que decía estaba cargada de un profundo dolor.
-Lo sé, John.
-No, no lo sabes. ¡Jodido arrogante! El corazón me sangraba día a día, te tenía presente a cada segundo, iba a tu tumba a depositar flores cuando mi alma no me oprimía tanto, había días que pensaba que tendría que ser ingresado en alguna clínica porque el dolor que se había apoderado de mi cuerpo era tan insoportable que pensaba en quitarme la vida pero seguía adelante por ti. Has sido el centro de mi vida desde que llegué de la guerra: tanto cuando vivías como cuando pensamos que habías muerto. ¿Nunca te diste cuenta? Te convertiste en parte de mí. Te llegué a querer tanto… eras el amigo que en mis años de vida jamás pude encontrar.
John tenía la cara bañada en lágrimas y sus ojos albergaban una rabia que Sherlock nunca antes había visto. Al menos, no siendo Sherlock. Al detective le habían invadido emociones que hacía mucho que no sentía. La única persona que había dejado verdaderamente entrar en su vida le había hecho bajar la guardia y allí estaba, siendo un humano más, sintiendo lo que se había prohibido sentir durante la mayor parte de su vida.
-¡Te vi caer! ¡Te vi morir! Y contigo morí yo también. Me convertí en un muerto en vida, Sherlock. Mi corazón latía , mis órganos funcionaban y mis piernas caminaban pero yo no estaba aquí. Yo desaparecí contigo.
No sabía qué decirle a John. No encontraba las palabras para describir todo lo que sentía así que se limitó a ponerle una mano en el hombro pero el doctor se zafó de ella en un abrir y cerrar de ojos y terminó pegándole un puñetazo a Sherlock que terminó tirado en el suelo mirando a John desconcertado. A juzgar por la expresión del propio John, él tampoco se esperaba la reacción que tuvo.
-Déjame en paz, Sherlock. No me busques.
