Era navidad y todos estaban allí incluido Inglaterra (para sorpresa de todos), hacia mucho que no venía a verlos y aunque todavía estaban enfadados por los impuestos lo dejaron pasar. Era navidad y querían estar juntos en paz.
—Tío Canadá este estofado está delicioso—Rhode Island le chillaba a su plato.
Matthew le sonrió a su sobrina—Gracias Grace, celebro que te guste—
—Si está muy bueno ¿donde conseguiste la receta?—preguntó James con la boca llena.
—James no hables con la boca llena—le reprendió Inglaterra.
—Bueno es una que aprendí de Francia—contestó en canadiense.
Se hizo un silencio tenso.
—Bueno pues esta riquísimo ¿y las patatas?—dijo Georgia, intentando cambiar de tema.
—¡Yo!—dijo Maggie.
—Esta delicioso—dijo Elizabeth—Pero no entiendo por que no me habéis dejado entrar en la cocina, podría haberos ayudado—
—Es cierto a mi tampoco me habéis dejado—Inglaterra estaba algo enfurruñado.
—Eh...bueno...veréis—Alfred intentaba encontrar una buena excusa. Antes de que empezaran a preparar la cena las otras colonias vinieron a el suplicándole que ni Virginia, ni Inglaterra pusieran un pie en la cocina y America estuvo de acuerdo con ellos, ni loco dejaría a esos dos entrar.
Massachusetts fue al rescate—Ya había mucha ayuda y con los platos que hemos traído iba a sobrar—
Tanto Elizabeth como Arthur parecieron tragar ese farol.
Virginia asintió—Bien pero la próxima vez cocinamos ¿de acuerdo?—
—Por supuesto Eli—dijo sonriente Alfred, pero cuando Inglaterra y Virginia no miraban América miró al resto de colonias aterrorizadas y les negó con la cabeza para tranquilizarlos de que los dos no cocinarían. Alfred tendría que buscar otra manera de que ninguno de los dos cocinara en la próxima reunión.
La cena terminó y todos se pusieron a cantar o jugar. Hacía tiempo que no se lo pasaba tan bien, Matthew se reía con su hermanos y sobrinos. Y Arthur se olvidó de todo mientras intentaba cantar de forma desastrosa.
Los días siguientes los pasaron igual jugando en la nieve y pasándoselo bien, pero como todo lo bueno no dura para siempre y todos tuvieron que irse, prometiendo reunirse pronto.
Unos meses después Alfred empezó a sentirse mal, vomitaba por las mañanas y con cambios de humor. Descubrió lo que pasaba, había tenido trece hijos para reconocer rápidamente que eran esos síntomas .
América estaba feliz y rápidamente escribió a Inglaterra, a sus hijos y a Canada que fue a su tierra a pasar un tiempo allí. Estaba seguro de que se alegrarían cuando se enteraran.
Londres, Inglaterra.
—Lord Kirkland una carta para usted—
Arthur dejo la taza de té en la mesa y aceptó el sobre del sirviente.
—Gracias puedes retirarte—el hombre asintió y se fue.
Inglaterra le dio la vuelta al sobre para averiguar de quién era y vio que se trataba de Alfred. Sonrió y empezó a abrir el sobre.
—¿Atendiendo la correspondencia proveniente de tu querida América?—preguntó una voz detrás suya.
Arthur se volvió y vio que se trataba de Irlanda, quien estaba inclinado y miraba el sobre.
—¿No te han dicho que es de mala educación mirar desde detrás la correspondencia ajena?—Inglaterra estaba molesto, no necesitaba que el idiota de su hermano estuviera allí molestándolo. Cuando no era uno, era otro de sus hermanos parecían que se ponían de acuerdo en turnarse para fastidiarle.
—Si es cierto, pero me salto los buenos modales por que se lo mucho que te irrita—contestó Brian sonriente, el hombre se sentó en el sofá enfrente de su hermano menor.
Arthur torció el gesto y continuó abriendo el sobre, preferiría leerlo a solas pero si se marchaba eso sólo incitaría a que Irlanda lo persiguiera. Saco la carta y empezó a leer mientras bebía su té.
De repente Arthur escupió el té, se atragantó y empezó a golpearse el pecho, intentando recuperar el aire mientras miraba incrédulo la carta que había dejado caer en la alfombra.
—¿Oye que diablos te pasa?—Brian miró furioso a Inglaterra, le había escupido el té por toda la cara.
Arthur no le contestó recogió la carta, e Irlanda pudo ver distintas emociones pasando por la cara de su tonto hermano, shock, sorpresa, conmoción y al final alegría pura y sin adulterar. Era algo inquietante para Irlanda ver a su normalmente gruñón hermano mostrar alegría.
—¿Que sucede Arthur? por la cara que pones es como si en esa carta por fin te estuvieran felicitando por tu comida—se burló.
Pero la nación no le hizo caso, se apresuró a levantarse y coger sus cosas.
—¿Que estás haciendo?—Brian cada vez entendía menos su errático comportamiento ¿que habría en esa carta?
—Nada es que me ha surgido un imprevisto y me tengo que ir a América—
—¿Ahora?—preguntó escéptico Brian.
—Si no te preocupes hablaré con el rey y el primer ministro, ellos lo entenderán—sin darle tiempo a contestar a Irlanda Arthur se fue a toda prisa, dejando al irlandés con la palabra en la boca.
—¿Y a ese que le pasa?—Irlanda no entendía nada, era leer la carta de su colonia y ponerse como loco.
Brian se acercó a la chimenea encendida, el idiota de su hermano con la prisa, hecho la carta en el fuego y después se fue, sin asegurarse de que se hubiera quemado completamente.
Agarró el Poker de la chimenea y alejo la carta de las llamas, por suerte no se había quemado del todo.
Con un pañuelo cogió con cuidado la carta, gran parte de lo que se escrito se había perdido pero todavía distinguir algunas palabras, te hecho de menos.
Brian resopló, era obvio por las palabras dirigidas a su hermano que Inglaterra y su colonia tenían una relación, continuó intentando leer hasta que dos palabras hicieron que Irlanda ampliara los ojos de forma imposible y se frotara los ojos.
Estoy embarazado.
