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-Oye pianista, el tipo que vive contigo vino a verte.
Antonio alzó la cabeza por encima de su hombro para encontrarse con el rostro de Lovino. Se paró del banco desde el cual estaba tocando y logró ver al rubio con las manos en los bolsillos.
-Por cierto –continuó el mesero –Hay poca gente hoy. Si quieres, ya te puedes ir.
-¿seguro que está bien? ¿No les molesta que me vaya?
-Para nada, quizás hasta cerremos temprano.
El mayor sonrió ampliamente y fue hacia Arthur.
-¿llego en mal momento?
-para nada, me acaban de decir que ya me puedo ir.
-oh… entonces podemos regresar juntos a casa ¿te parece?
-en realidad estaba pensando en ir por un trago o algo.
-entonces dame las llaves y dejaré la puerta abierta.
-No seas tonto, me refería a que fuéramos los dos por un trago.
Se mantuvo en silencio, procesando la propuesta.
-¿me estas invitando a ir por un trago?
-sí.
-¿Por qué?
-¿Por qué no?
Luego de eso, no puedo encontrar alguna objeción.
Fueron a parar a un bar a un par de esquinas de ahí. Antonio decía que era un buen lugar y aunque Arthur ya no frecuentaba esa clase de lugares lo encontró cómodo. Solo había un pequeño detalle que no lo dejaba relajarse por completo y esa era la intención de Antonio para invitarle un trago. Es verdad que vivían en la misma casa y que convenía que tuvieran una buena relación, pero usualmente sus invitaciones de esa clase terminaban en su habitación.
-¿por qué tan serio?
Un par de cervezas aparecieron delante de él, antes de que Antonio tomara asiento en el pequeño sofá que había del otro lado de la mesa.
-solo estoy pensando.
-deja de preocuparte, hoy saliste para distraerte.
Dio un trago a su enorme vaso después de dedicarle una sonrisa con un deje de travesura.
-eso sí, no pienso embriagarme hoy
-me parece perfecto, va a ser más fácil regresar a casa si no tengo que ayudarte a caminar.
Trató de disimular su risa con un bufido y escondió su sonrisa detrás del vaso de cerveza.
-Idiota.
Le dejaron tomar un par de tragos antes de causarle que se atragantara.
-Entonces ¿Qué se siente ser soltero después de tanto tiempo?
-Ehm… Es… extraño. De alguna manera dejé algunas cosas pendientes con ella, así que no me siento tan libre como supongo que me tengo que sentir.
-Deberías buscar a alguien más aunque sea para pasar un rato agradable –Arthur le dedicó una larga mirada haciéndole saber que de alguna manera lo estaba juzgando. –y "con un rato agradable" me refiero a que puede ser solo una persona a quien le invites algo o tengas una conversación, no me mires así.
-No lo sé, no soy bueno comenzando conversaciones. Además tú me invitaste aquí, creo que sería descortés dejarte solo.
-Eso no es problema –dejó escapar una risa ligera, creando algo de sospecha en Arthur –Si quieres puedo hacerla de cupido. Hay muchas chicas muy lindas por aquí.
-no creo que sea necesario—
-también chicos… quiero decir, si te interesan. -Arthur se sonrojó y evitó su mirada, pero no podía escapar de los ojos del contrario -¿te interesan?
-En este momento no estoy interesado ni en chicas ni en chicos.
Antonio cruzó los brazos por sobre la mesa y paseó su mirada alrededor. Sus experimentados ojos podían encontrar a algún chico que pudiera devolver el interés.
-En lo personal, a mí no me importa. Una persona no tiene que ser un chico o una chica para parecerme atractiva.
-¿no tienes alguna preferencia?
Ambos se sorprendieron por la pregunta, pero Arthur parecía más apenado que Antonio como consecuencia.
-No realmente. –se alzó de hombros. –Todo tiene sus puntos buenos y sus puntos malos.
El murmullo del bar y alguna canción de rock'n'roll antigua amortiguaron el silencio.
-¿te puedo hacer una pregunta un poco personal ya que trajiste las intimidades a la mesa?
No sabía si era realmente él el que había traído la vida privada de Antonio a la mesa, no sabía si seguían hablando de su preferencia sexual o en la vida práctica, y sin embargo asintió sabiendo que se exponía al hacerlo.
-después de que nos conocimos por primera vez… ¿estuviste con algún otro hombre?
Tuvo suficiente tacto como para hablar en voz baja y con un tono discreto, pero el rostro de Arthur se había puesto rojo.
-no realmente.
Fue su única respuesta antes de beber varios tragos grandes de cerveza. El castaño pensó en que no era tan diferente a ese joven que conoció hace años. Era tentador seguirlo molestando para ver sus reacciones casi inocentes.
-¿jamás? ¿Nunca hiciste nada con otro—
-yo no dije eso… –levantó la mirada lentamente, aun con las mejillas coloradas aunque con una mirada un poco más segura. Ahora fue Antonio el que no supo cómo reaccionar. –Ahora por favor cambiemos de tema.
-está bien, está bien. Cambiemos de tema. ¿De qué quieres hablar?
-No sé… ¿Por qué tu hermana te llama tanto? Yo no recibo llamadas de mis hermanos incluso después de terminar con la chica con la que se supone que me iba a casar y terminar sin techo.
-¿tienes hermanos?
-demasiados.
-¡¿de verdad?!
-¿Por qué te sorprende tanto?
-Nunca hablas de ellos.
-No nos llevamos muy bien. –miró su vaso antes de dar un trago. –Siempre he querido tener una familia linda, pero en su lugar tuve la suerte de nacer en mi familia.
-Mira el lado bueno, aun puedes comenzar tu propia familia.
Arthur se rio de si mismo.
-Va a ser un poco más difícil ahora que no voy a estar viendo a Marianne.
-Ya llegará alguien más.
-¿tú nunca quisiste tener hijos?
La pregunta le tomó por sorpresa.
-De hecho… Linda y yo estábamos tratando de tener hijos antes de que encontráramos algo malo con ella. –Miró la expresión arrepentida de Arthur –ya, no pongas esa cara. Al menos tengo a Isabel que es casi lo mismo que tener un hijo. Aunque hubiera sido agradable tener un niño en casa, me encantan los niños. ¿A ti te gustaría tener hijos?
Acabó la cerveza que quedaba en su vaso.
-Te puedo decir que tener un montón de hijos bajo un mismo techo no es algo que tenga mucho mérito. Yo no quiero tener hijos, yo quiero tener una linda familia que me haga sentir en casa. Es lo que más deseo. –Alzó la mirada solo para encontrarse con una mirada extraña de parte del castaño –¿qué?
-No, nada. Creo que es lo más honesto que me has dicho sobrio. –Miró el vaso –casi.
Arthur empezó a reír.
-Cállate.
Habían pasado una noche agradable. La cerveza se había gastado con demasiada rapidez para la opinión de ambos, aunque compartieron confesiones y risas entre muchas otras palabras. Sin importar lo íntimo que fuera el tema, la conversación seguía fluyendo de manera natural.
Salieron del lugar y un viento frio les alcanzó tratando de llamar un taxi. Arthur se cruzó de brazos y se alzó de hombros, queriendo deshacerse de un escalofrío. Sin embargo, un discreto sonrojo permanecía en sus mejillas, al igual de una sonrisa.
-¿sabes? aun pienso en el día en que nos conocimos por primera vez.
Decía la primera vez, como si hubiera conocido a una persona diferente en cada ocasión.
-¿en qué?
-en todas las cosas que hice esa noche, todas las estupideces que dije…
Antonio también estaba sonriendo a pesar del frío, frotándose los antebrazos y mirando al rubio.
-¿y qué piensas de eso?
Arthur se rio para sí mismo.
-creo en toda mi vida, jamás he hecho algo tan absurdo e impuls—
En el momento que dirigió sus ojos a Antonio, este había atrapado los besos entre los suyos. Su mente se quedó en blanco, justo como su expresión cuando el contrario se alejó. Un taxi se había detenido frente a ellos sin que Arthur lo hubiera notado. Ambos subieron y se quedaron en silencio todo el camino.
Antonio comenzaba a arrepentirse. Quizás había mal entendido. Quizás no era eso a lo que Arthur quería llegar cuando dijo que aún pensaba en esa noche, aunque a decir verdad, Arthur no estaba pensando cuando lo dijo. Se sentía ridículo al no poder controlar a su corazón y hacerle tener un ritmo casual. Quería hablar, pero no sabía ni qué decir ni si eso serviría de algo. No quería armar una escena en el taxi.
No fue hasta llegar frente a su casa y girar la llave mientras le daba la espalda a Arthur que tuvo la seguridad para hablar sin que su voz fuera a sonar vacilante.
-Oye… disculpa. Creo que me apresuré a sacar conclusiones que no eran…
Quiso fingir una risa, pero a su parecer había sonado patética. Dio un paso dentro de su hogar y sostuvo la puerta para dejarle pasar, aprovechando para ver la expresión que antes no había podido encontrar dentro del taxi. La luz llegaba desde la calle haciéndole imposible ver su rostro. Debió haber encendido las luces antes, pero no hacía más que demostrarse su torpeza. Arthur cerró la puerta tras de sí y se acercó más, tomándole el rostro y plantándole un beso en los labios. En medio de la oscuridad, Antonio se preguntaba si aquello realmente había sucedido.
Unas manos le rodearon por la cintura y él despegó las manos de su cuerpo, encontrándose con su pecho y acariciándolo con delicadeza, sintiendo sus hombros antes de abrazarle el cuello.
Era como la primera vez. Como si regresaran a ser jóvenes y torpes. Arthur no sabía si tenía las manos demasiado por debajo de su cintura. Antonio no sabía si una mordida en los labios había sido demasiado. Ambas narices toparon y sus dientes chocaron alguna vez. Ninguno se dio cuenta de quién lo empezó pero así como las manos más morenas se empezaron a enredar en el cabello rubio, así con ambas lenguas, haciendo que se olvidaran incluso en donde estaban parados.
Solo la falta de oxígeno pudo separarlos. Arthur vio Antonio y Antonio a Arthur. Incluso en la oscuridad, ya podían distinguir sus siluetas. Arthur retrocedió un paso y miró hacia el suelo, buscando alguna palabra que decir. Ni después de haber leído tanto ni haber escrito toda su vida encontró una manera de expresarse. Se sentía pequeño y vulnerable, pero no tenía miedo de ser lastimado. Sentía más miedo por hacer algo tonto, por haber hecho demasiado, por no haber hecho suficiente.
Una mano le tomó de la muñeca con delicadeza, casi con cariño. Comenzó a guiarle y escuchó sus pasos por la sala y por las escaleras. Entonces lo entendió. Él era ahora esos pasos que acompañaban a Antonio después de medianoche. Él era el visitante nocturno al que el pianista había dejado recostarse en su cama. Arthur le sintió sentarse encima, a la altura de la cadera y sintió como si hubiera sufrido un golpe de calor.
Ahora fue Antonio quien dudó. No se había quejado, no había dicho nada en realidad. Quién sabría si lo estaba disfrutando, si eso era lo que quería, si no le estaba presionando demasiado. Las manos que sintió sobre su cadera ayudaron a despejar su mente de dudas. La caricia era tímida y ligeramente temblorosa mientras alzaba lentamente su camisa. Tomó ambas manos y las guió como la primera vez, haciéndole saber que no solo les permitía tocar su piel, sino que lo deseaba tanto como el contrario.
Las manos comenzaron a explorar por sus costados y su abdomen, alzando su camisa, la cual luego retiró para no estorbarles. Recorrían su cuerpo no como si lo estuvieran conociendo, más como si estuvieran recordando cada detalle en él. Era solo otra noche y otra persona. No entendía a que se debía tanto calor en su cabeza, que incluso le había hecho sentir las mejillas ligeramente entumecidas. Se apoyó de Arthur y se inclinó para darle otro beso, obedeciendo las exigencias de su cuerpo. Movió también la cadera, con intenciones de provocar al de Arthur. Con forme fue abriendo cada uno de los botones de su camisa, fue dejando al descubierto su clara piel, a merced de pequeños besos.
El rubio respondió rápidamente. Ahora sus manos buscaban más piel por debajo de su cintura, deshaciéndose de cada prenda con la que se encontraban en el camino. No quería generar algún sonido, no quería dejarle saber cuánto placer le regalaban esos labios sobre su cuello, pero la tarea se hacía más difícil conforme los besos se hicieron más profundos, hasta convertirse en mordidas. Estaba perdiendo la razón.
Se alzó de un golpe e hizo caer al castaño de espaldas sobre la cama. Haciendo una pausa y poniéndose de rodillas sobre el lecho, comenzó a quitarse la ropa, quedando en iguales condiciones que el contrario.
Antonio había girado hasta quedar recostado sobre su estómago, dándole la espalda, además de una vista espectacular. Creía que le estaba provocando, fingiendo ignorarle, hasta que escuchó el cajón cerrarse. Dejó una botella y unos pequeños paquetes cuadrados a su lado.
-Tienes que usar eso si realmente piensas seguir.
Había una pequeña amenaza implícita en la voz ronca de Antonio que estaba haciéndole perder la poca cordura que le quedaba. Haría lo que pidiera si le seguía hablando así.
La botella estaba abierta y el juego de preservativos incompleto. No había sido el primero en estar en ese lugar. No era el primero al que Antonio había guiado hasta su cama con gentileza ni al cual había provocado tendiéndose en la cama sin alguna prenda para cubrirse. Posiblemente no sería el último. No tenía idea de qué pasaría cuando el sol se alzara de nuevo. No sabía si despertaría en su habitación como si todo hubiera sido un sueño. No sabía si despertaría y todo sería diferente.
La misma voz ronca se escuchó, utilizando su nombre como queja. Mañana tendría suficiente tiempo como para meditar todo aquello. Ahora se ocuparía de preparar su entrada con el lubricante. Antonio no recordaba sus manos tan seguras ni sus dedos tan con tanto acierto. Dejó escapar un quejido y hundió el rostro en una almohada a lo que el otro respondió con una sonrisa maliciosa.
Apoyándose de sus rodillas alzó más la cadera y comenzó a mecerla, impaciente. Arthur se puso de rodillas y le acarició desde la nuca, pasando por toda su espalda hasta su cadera, la cual tomó con firmeza. Dio una primera estocada y se quedaron ahí un momento. El castaño regresó a mecer su cadera, aunque en esta ocasión de manera más trabajosa. Sentía el aliento de Arthur sobre su cuello y hombros antes de que comenzara a besarlo, devolviéndole posiblemente como venganza aquellas mordidas que le había dado.
Su voz se había convertido en gemidos agudos e irreconocibles, y parecía que mientras más fuerte dejaba su voz escapar, con mayor fuerza el rubio golpeaba su interior. De nuevo sus manos le rodearon detallando cada pedazo de piel que no habían tocado antes. Jugaban y acariciaban sus pezones, tomaban su miembro y lo masturbaban antes de aumentar el compás. Podía escuchar los gemidos de Arthur junto a su oído, coreando los suyos.
Se arqueó un poco más y apoyó la cabeza en las almohadas, aferrándose de todo lo que podía. Tocó un punto en su interior y como si fuera un interruptor, su mente se apagó. No podía ver ni escuchar nada, pero podía sentir todo. Cada parte de su cuerpo se tensó en placer y se quedó así por lo que nunca le parecería suficiente. El placer pareció llenar de la misma forma al rubio mientras daba un par de trabajosas estocadas.
Se detuvieron a tratar de recobrar el aliento. Aún faltaba mucho para el amanecer.
N/A: Mis manos resbalaron y escribieron este capítulo en menos de una semana. Ay que cosas.
Mil gracias a las personas que han decidido seguir esta historia y dejarle review últimamente. Me motiva muchísimo recibir notificaciones de FF en especial con esta historia que se que es larga y que tiene un comienzo algo tedioso. Un millón de gracias.
PD. Voy a estar escribiendo en mi perfil spoilers de los capítulos que están por seguir.
