El Compromiso
Mientas más se acercaba la fecha de su compromiso más irascible estaba Jade. No con Tori, por supuesto, pero sí con el resto del mundo. Esa tarde, por ejemplo, cuando uno de los lacayos del reino de Northridge se chocó contra ella se limitó a apartarlo de un empujón sin mirarlo siquiera, convirtiéndose de golpe en uno de esos nobles que despreciaban al servicio que ella tanto odiaba. Pero cómo iba a notarlo, si tenía los nervios a flor de piel.
En esos últimos dos días habían llegado al palacio los dirigentes de los países vecinos, y una cantidad ingente de la más selecta nobleza de Hollywood. El alboroto que caracterizaba Arts esos días parecía intensificarse por momentos y llevaba horas y horas de reuniones a sus espaldas. Era una mentirosa nata, una actriz excelente y poseía una labia que muchos envidiaban, por lo que salir indemne de todas ellas le había resultado pan comido. Pero eso no significaba que no fueran agotadoras, que siguiera considerando a todos esos nobles como un puñado de estirados pomposos y repelentes y que, en general, siempre había sentido un odio poco comedido por la humanidad.
Cuando ella y Beck habían pasado años mirando desde su pequeña y sucia guarida las paredes brillantes de palacio jamás imaginaron que tras ellas se encontrara un mundo tan intenso y complejo lleno de mascaradas, intenciones ocultas y amplios debates políticos que más veces que menos llevaban a ninguna parte. En este momento la adrenalina de correr delante de los guardias para conseguir una simple hogaza de pan le parecía mil veces más emocionante.
La fuerte mano del rey reverberó sobre su omoplato y Jade no pudo más que agradecer la fuerza adicional que le conferían sus músculos masculinos. Aunque la piel dolía de igual forma.
-Esta noche es el gran día, chico. ¿Nervioso?- le dijo el rey David con una sonrisa deslumbrante que Jade estaba empezando a odiar muy deprisa. ¿Cómo se atrevía a estar tan pletórico por algo que a ella la llenaba con tanta ansiedad?
-Uno debe estar ya acostumbrado a este tipo de eventos, mi señor- respondió esa actriz tan buena que se cobijaba en su interior-. ¿Pero quién no se sentiría nervioso si fueran a concederle el honor de desposarse con vuestra hija?
-Muy bien dicho. Muy agudo. Vas a ser un gran rey. ¡Ah, muchacho! En dos meses serás oficialmente el príncipe de Hollywood.
Y eso causó un escalofrío terrible en el falso príncipe. Nota a sí mismo; la próxima vez que vayas a pedirle el ridículo deseo de convertirte en hombre y en príncipe a un genio loco salido de una lámpara mágica para salvar a la mujer a la que amas piensa primero en todas las consecuencias que eso conlleva después de conseguir a la chica. Porque, contrariamente a cómo hubiera pensado sentirse si conseguía a Tori, ahora lo que sentía era apenas poco más que un amasijo de nervios, culpa y mal humor que se revolvía en su estómago todo el tiempo.
-¿Rey?- le habló Jade a la fuente silenciosa desde una de las barandas que daba a los jardines-. ¿Quieren que yo sea rey?
-¡Aquí está nuestro gran conquistador!- bramó Beck a su espalda.
-¡Bueno! Y ahora que tienes el corazón de la princesa, ¿qué vas a hacer?- lo secundó André.
Jade tan sólo suspiró, ignorándolos mientras pasaba entre ellos para entrar nuevamente a sus aposentos. Los chicos compartieron una mirada algo preocupada antes de seguirla. El nuevo príncipe se lanzó boca abajo sobre el gran cojín que hacía las veces de sillón en su dormitorio, incapaz de acallar su mente.
-¡Ey, venga! Los nervios se irán- intentó tranquilizarla su mejor amigo-. Lo importante es que tienes a Tori y ella está a salvo de ese Ryder. Lo demás saldrá solo.
-Sí, ya verás que ser rey no es tan difícil. No es una habilidad que venga en la sangre. Si escuchas y aprendes lo harás bien.
Por toda respuesta obtuvieron un bufido. Beck decidiendo que tal vez cambiar de tema aligerara un poco el ánimo cogió la lámpara de dentro del turbante de Jade, recostándose a su lado y examinándola con ojo crítico y pensativo
-He estado pensando en mi deseo. Pero es muy difícil decidirse, ¿sabes? Siempre que decido algo no puedo evitar pensar que tal vez lo voy a necesitar en el futuro y la haya fastidiado. ¿Me entiendes?
¿Qué?, pensó Jade con alarma.
-Hombre, si te soy sincero prefiero que te decidas cuanto antes- comentó André-. Mientras antes consumas el segundo deseo antes seré libre.
De pronto el corazón de la antigua mujer se precipitó en una estampida aterrada. ¿Qué iba a hacer ella sin André? No podía continuar con todo aquello sin ayuda. No podía gobernar un reino ella sola. No era un príncipe, no sabía de política, no era nada. Todo de lo que Tori se había enamorado era simplemente una ilusión creada por la magia de André. Sin ellos, sin André, sin la red de seguridad que le tendía su magia, era sólo Jade. Y Jade no había sido capaz de proteger a la princesa.
-No, no. ¡No puedo!- saltó Jade, arrebatándole la lámpara de las manos.
-¿Qué?- soltaron ambos chicos sorprendidos.
-¡Oye lo siento! Pero quieren convertirme en rey. ¡No! Quieren convertir al príncipe Jay Ababwa en rey. Y sin esto- dijo agitando el objeto aunque su tono sonara más bien rendido-, sólo soy Jade.
-¡Pero Tori te quiere!- rebatió André.- Ya no tienes de qué preocuparte.
-¡Por lo que hiciste tú! Sólo creen que valgo la pena por lo que ¡tú! me has dado. ¿Pero qué pasa si se enteran de que no soy un príncipe, de que no valgo para esto? No puedo arriesgarme. No puedo hacer esto yo sola.
-No vas a estar sola- intentó animarla Beck colocando una mano sobre su hombro, pero él la apartó con brusquedad.
-¡Tori no está a salvo todavía! No puedo arriesgarme a perderla.
-¡Teníamos un trato, Jade! ¿Es que todo esto te parece poco acaso? ¡Eres un príncipe, tienes un reino y estás a punto de casarte con la mujer a la que amas! ¿No tienes suficiente?
-¡Claro que sí! Esto no es por avaricia, Beck. No necesito más, sólo a Tori. ¿Pero y si algo sale mal y la pierdo? Ella me quiere por esto, no por lo que soy. No puedo arriesgarme a perderla. Lo siento. No… no puedo concederte el segundo deseo. Ni a ti tu libertad.
André detuvo a Beck, que iba a continuar con la pelea.
-Déjalo. Al fin y al cabo, el príncipe Jay Ababwa es el amo de la lámpara- dijo con voz fría pero remarcando el título que ¡él! le había dado con ironía-. No podemos hacer nada. Para que tú te hicieras con el control de la lámpara tendrías que desear de verdad arrebatársela, pero al contrario que ella tú sí sabes lo que es guardarles lealtad a los amigos. Aun cuando estos te traicionan.
Jade sólo bajó la cabeza mientras ambos se marchaban.
-¡Perdone!- exclamó el sirviente que acababa de tirarla a suelo, con la cabeza gacha y una voz cargada de urgencia.
Este se acercó a tomar al príncipe del brazo y ayudarlo a incorporarse, pero Jay lo apartó de un manotazo. Lleno de cólera y apenas conteniéndose de descargarla entera sobre el pobre criado.
-¿Qué demonios haces?- bramó el príncipe arreglándose el jubón oscuro
-Lo lamento mucho, señor. Lo siento. No miraba…, no…
-¡Sal de mi vista!- le gritó para aliviar la tentación de soltar un puñetazo.
El criado continuó disculpándose, agachando la cabeza mientras se precipitaba a escapar del heredero colérico. Aunque Jay no lo escuchó ni le prestó más atención, pues en ese momento sus ojos habían encontrado los de la Tori, que la miraba desde el otro lado del pasillo con los brazos cruzados y el enfado reflejado en cada milímetro de su cuerpo.
-¿Es así como tratas a los sirvientes? ¿Te crees con derecho a castigar a todo el que te desagrada? ¿Ese ese acaso el rey que piensas ser?
-¿Qué?- preguntó él confuso- No, Tori. ¡No!
Pero las palabras no llegaron de verdad a ella, que se dio la vuelta dispuesta a batirse en retirada sin cruzar palabra con aquel que en apenas unas horas se convertiría oficialmente en su prometido, porque en ese momento solamente podía pensar en una Jade con la mejilla cuarteada por la mano de un noble que la había golpeado por el mero hecho de ser "mejor" que ella. Si la hubiera conocido hubiera comprobado que poca gente podía ser merecedora de más respeto que Jade, con su coraje y voluntad, con la persona fuerte y confiada que había conseguido sobrevivir en su vida de desgracias. Pero jamás se hubiera concedido el deshonor de molestarse en conocer a Jade, porque ella no era nadie, no merecía la pena, igual que ese pobre criado que se había echado a temblar bajo la ira de Jay.
-¡Tori, espera!
-¡No! Tal vez es bueno que conozca ahora esta parte de ti- continuó ella-. Ahora que aún no es tarde. Ahora que…
-¡Tori!- llamó por última vez el príncipe prendiendo su muñeca con determinación pero con la mayor suavidad posible.
Y cuando le dio la vuelta la mano de la chica salió lanzada contra su mejilla. Jay la miró perplejo, apretándose la piel adolorida. De los ojos de Tori corrían como intrusas no invitadas las lágrimas que ella había sentido llegar.
-Jay…- susurró ligeramente arrepentida.
-No. No importa- luchó por llamar a la calma, pues las últimas palabras de la joven la habían asustado de verdad. No podía perder a Tori-. Soy yo quien se disculpa. Esta… este no soy yo. Bueno. En realidad sí lo soy. Pero no por la razón que tú piensas.
-Explícate entonces.
-Ya en una ocasión te dije que era una persona fácil de enfadar. Y esa es la verdad. Y ese es el motivo de que haya gritado a ese sirviente, pero por ser él quien se ha topado conmigo en el momento menos preciso. Si en lugar de un criado hubiera sido vuestro padre mucho me temo que el resultado hubiera sido el mismo. Para mi desgracia- añadió con una pequeña sonrisa.
Tori lo miró por unos momentos, largos y perpetuos desde su lado de la mirada, para luego concederle una tenue sonrisa de perdón.
-¿Y qué te tiene tan enfadado si puede saberse?
-En realidad no es enfado. Más bien… nerviosismo.
-¿Nervioso?- rio ella.
-Aterrado en realidad. Esta noche nuestro compromiso será público y llevo tanto tiempo esperando por ello que tengo los nervios a flor de piel. ¿Quién puede reprochármelo?- dijo Jade antes de limpiar las lágrimas de sus mejillas con los pulgares y una tierna caricia-. Tienes razón. Apenas nos conocemos. E iremos descubriendo errores el uno del otro hasta pasado largo tiempo me temo.
-Yo soy perfecta.
Jade rio, recordando a la misma Tori que había conocido meses atrás.
-Eso me temía. ¿Me perdonas?
Recibió un solo beso como respuesta.
Jay se colocó por enésima vez el jubón negro y dorado sobre la camisa esmeralda. Se aseguró de que la capa, de los mismos tonos, colgara perfecta de sus hombros. De que las hebillas de oro de sus botas brillaran con la luz a cada paso. Y después se peleó consigo mismo por conseguir respirar como si no tuviera una piedra alojada en cada pulmón. Podía hacer esto. Podía enfrentarse a esto. Ya lo había conseguido. Ya había ganado. Ya había salvado a Tori.
¡Malditas piedras viviendo dentro de sus bronquios!
-¿Sobrevivirás a esta noche?
-¡Beck!- levantó la cabeza con una mezcla de entusiasmo y culpa.
-No pareces estar pasándolo muy bien.
-En menos de una hora será oficial. ¿Cómo pretendes que me sienta?
-¿Feliz?- bromeó el muchacho colocando una mano sobre su hombro.
-Más bien como si me pasearan atada por un pasillo de guardias que apuntan sus armas hacia mí ante los ojos irrisorios del resto del mundo.
-Atado- le corrigió-. Ahora eres un príncipe.
-Lo que sea.
-Vamos, Jade, no hay más pretendientes, Tori te ha escogido a ti y el rey ha accedido a concederte la mano de su hija esta noche. A estas alturas no creo que ni siquiera tú pudieras fastidiarlo. ¿Qué puede pasar?
-¡Genial! Acabas de gafarlo, ¿lo sabes, no?
Beck rio, como lo había hecho siempre, sin molestia, sin enfado sin rencor. Tan sólo el muchacho callejero que había estado a su lado siempre. Incluso todas aquellas ocasiones en las que ella no lo merecía. Ocasiones como esa.
-Beck, yo…- trató de decir.
-No. No digas nada. No ahora. Esperemos a que esta noche pase. Una vez tus nervios se pasen veremos si no sigues comportándote como una idiota.
-Un idiota- lo corrigió con una sonrisa arrepentida.
Y Beck rio.
-Príncipe Jay- interrumpió uno de los guardias de palacio tras tocar a su puerta-. Lo están esperando.
-Vamos a por tu dama.
El gran salón que hacía las veces de recepción ese día refulgía como nada que los chicos de la calle hubieran visto ante. Las paredes y columnas brillaban bajo la luz de un millar de velas que se suspendían de todas partes, incluidas las inmensas y esplendorosas lámparas de araña que pendían del alto techo. Las mesas dispuestas en los rincones repletas de manjares que ellos no sabían ni nombrar y el centenar de comensales con ropajes tan radiantes y costosos que una sola pieza hubiera valido para sustentar a una familia entera en el barrio que Jade había nacido durante un año como poco. Y todos los presentes, salvo aquellos que desplazaban bandejas y vasijas de un lado a otro, sostenían los mentones tan altos que ninguno de ellos hubiera sabido decirte de qué color era el mármol que decoraba el suelo.
-Respira- le susurró Beck con sorna a pesar de tener la intención de calmarla.
-Fácil para ti decirlo- le devolvió molesta- ¿Has visto a André?
-No desde esta mañana.
Jade se encogió de hombros, intentando sacudir la culpa. André no era Beck, que la amaba incondicionalmente, era un nuevo conocido con quien se estaba labrando el camino a la amistad. Un camino que ella había traicionado de forma egoísta.
Ya se había arrepentido de sus palabras, ese ataque de egoísmo en el que se había refugiado presa del pánico. Seguía aterrada con la idea de verse sola en todo aquello, en no tener la magia como resguardo, pero André y Beck la habían apoyado en toda esa mascarada, ya les debía demasiado. A partir de ahora tenía que resolver las cosas sin magia, pero para disculparse debía encontrar primero al genio. Dejó escapar el enésimo suspiro. Tal vez después de esa noche, cuando todo se hubiera calmado, al menos por un par de días antes de iniciar los preparativos para la boda, podría pedirles perdón como era debido.
Pero hoy, en ese momento, Tori hizo su aparición en la sala, luciendo un hermoso vestido de seda de color turquesa que hacía refulgir el moreno de su piel y brillaba con cada uno de sus movimientos bajo las llamas de las candelas. Sus finos brazos y su vientre al descubierto, en ese estilo tan propio de la estética de Arts, deleitando el hambre que Jade sentía por la princesa.
-Y parecías tonta- comentó Beck por lo bajo compartiendo la belleza de Tori.
-Tonto- corrigió Jay por fuerza de costumbre antes de registrar realmente sus palabras y darse cuenta de que en realidad lo propio era propinarle un golpe-. ¡Ey!
-Es verdad- rio el muchacho frotándose el brazo dolorido-. Mira la mujer que vas a llevarte.
Yo no, Jay, pensó ella con ironía.
Tori tomó su brazo. Jade ni siquiera se había dado cuenta de que el rey había empezado a hablarles a los comensales hasta que no sintió cómo la princesa lo arrastraba hacia la plataforma que elevaba el trono por encima del resto de la sala.
-Como bien saben todos, nos hayamos hoy aquí para el anunciamiento oficial del compromiso de mi hija Tori Vega de Hollywood, primogénita y única heredera al trono de Hollywood, con el príncipe Jay Ababwa de Sherwood- el rey colocó una mano en su hombro, presentándolo ante el resto de comensales e instándolo a dar un paso al frente, aun sujeto del brazo de Tori-. Hoy le concedo al príncipe Jay la mano de mi hija en matrimonio y mis bendiciones, con todo el honor con el que un padre puede conceder tal cosa. Pido que desde este instante y en adelante se le presente el respeto acorde a tal título al príncipe.
La multitud entonces soltó un largo y entusiasta aplauso, un aplauso que Jade podía asegurar que era en parte fingido, o al menos más por el placer de hacer teatro que por verdadera devoción al tan ansiado compromiso de la heredera de Hollywood. Lo podía ver en la cara de algunos, que seguramente pertenecieran a la familia de aquellos a los que la princesa había rechazado en el pasado y lo veía en los cotilleos y murmullos poco discretos que se dirigían otros, preguntándose seguramente qué reino era Sherwood o quién diablos era aquel muchacho que había salido de la nada para ganarse la mano de la princesa de la noche a la mañana.
Pero entonces la mano de Tori encontró la suya, apretándosela con fuerza para llamar su atención. Miró a los ojos de la que era ahora su prometida, que le sonreía como si acabaran de prometerle el mundo, consiguiendo que gran parte de su inquietud y sus dudas se disiparan. Incluso si Tori amaba a Jay y no a Jade, incluso si tenía ahora que demostrarles a todos aquellos nobles que Sherwood era un pueblo respetable y a la altura, incluso si tenía que aprender a ser rey en lugar de la persona que siempre había sido.
Lo haría. Por Tori. Y por seguir viendo esa sonrisa dibujada en los labios de su princesa.
Y entonces, cuando el barullo de la multitud se fue apagando, sonaron un par de palmas que chocaban con una lentitud cargada de ironía. De entre un corro de personas que se apartaron para dejarle paso a aquel que aplaudía con tanto sarcasmo apareció Ryder. Seguido de un pequeño séquito que lo rodeaba con las manos puestas sobre las empuñaduras de sus espadas.
-Muy emotivo. Apunto han estado de saltarme las lágrimas ante tan conmovedor discurso. Disculpad la rudeza de mi interrupción, pero tengo muy buenos motivos que exponer del porqué este compromiso no puede oficializarse.
-¡Ryder!- exclamó un hombre de edad ya avanzada que lo miraba con dura advertencia.- ¡Esto es inaudito! ¡Ordeno que te retractes en este momento! No sigas perpetuando este ridículo…
-¡Callaos, padre!- ordenó agitando un báculo dorado con la forma de la cabeza de una cobra que había sostenido entre sus manos hasta ese instante.
Y el rey calló de pronto, abriendo los ojos de forma desmesurada mientras se llevaba las manos a los labios como si intentara apartar de su boca una mordaza invisible.
-Mejor, quiero que todo el que no pertenezca a las casas reales de Hollywood, Northridge y Sherwood- pronunció enfatizando en el reino de Jay-. Desaparezcan de inmediato de mi vista. Salvo mis leales seguidores. Y los del príncipe Jay, por supuesto.
Y, de pronto, la multitud como presa de un encanto irguió la espalda y comenzó a retirarse de la sala sin mirar atrás ni un solo instante, incluyendo a los guardias que custodiaban las entradas de la sala. La reina Holly apretó el brazo de su marido. Tori se pegó más al cuerpo de su prometido. Quien Jade supuso que debía ser la esposa del rey de Northridge se acercó a otro muchacho que, por sus galas y fisionomía, podía ser perfectamente el hermano mayor de Ryder, quien se llevaba ahora la mano al pomo de su espada mientras seguía mirando con preocupación a su padre y temeridad a su hermano. Un par más de los asistentes, de los que Jade no conocía el nombre se quedaron también, y supuso que debían ser los familiares más cercanos de los reyes.
Ryder alzó el báculo y lo acarició con la palma de su otra mano con reverencia.
-¿Te gusta mi primer deseo, príncipe Jay? ¿O cómo he de llamarte?
Jade se llevó la mano al turbante que pendía todavía de su cinto, observando que en su interior no se encontraba la lámpara y odiándose internamente por no haberse dado cuenta hasta ese momento. Esa mañana la tenía ahí, después de gritarle a André. Levantó entonces mucho la barbilla, tomando una amplia bocanada de aire a través de sus fosas nasales, intentando inspirar una confianza que no sentía. Fue entonces cuando Rex se lanzó sobre el muchacho, pero Ryder giró de nuevo su arma y el mono quedó congelado en el aire, cayendo al suelo con una calma absoluta.
-¡Ah! Tu pequeña mascota astuta. El diablillo que le arrebató la lámpara a Steven. Sin este bicharraco las cosas hubieran sido mucho más fáciles y no hubiera necesitado montar este numerito. Pero he de admitir que me sentí tan ridiculizado porque una sucia rata callejera hubiera conseguido quitarme a la princesa que no podía dejar esto pasar sin cobrarme mi pequeña venganza. Así que no pulverizaré a tu mono. No todavía.
-Ryder, ¿qué significa esto? ¡Exijo que te expliques ahora mismo!- intervino con enfado el rey David.
-¡Oh, su excelentísima majestad! Va a quedar deleitado al enterarse de la forma tan ridícula en la que le han tomado el pelo. Cuando sepa quién es en realidad esa sucia rata a quien le acabáis de prometer la mano de vuestra hija.
-¿Qué estupidez es esa?- exigió la reina Holly.
-¿Jay?- escuchó la voz temblorosa de Tori a su lado.
-Tori, quería decírtelo…- respondió él mirándola lleno de culpa.
-¡No! ¿Por qué no mejor agilizamos un poco las cosas?- llamó Ryder, sacando la lámpara de detrás de su capa y frotándola.
André apareció al instante, deslizándose desde la boca con sus ropas de genio, los brazos cruzados y las piernas transformadas en esa cola brumosa que lo conectaba con su peculiar cárcel, como una cadena perpetua. Una cadena que Jade se había negado a romper.
-Genio- pidió con deliberada lentitud, como si saboreara cada palabra-, deseo que todo se muestre tal y como ha de ser. Que la bruma de los espejismos causados por la magia se disipe en esta sala.
-Como desee, mi amo- pronunció el chico con voz neutra, aunque en sus ojos brillaba con fuerza la tristeza de la culpa.
Jade se separó de Tori, invadida por el mismo cosquilleo intenso, envuelta en la misma cortina de humo de olor dulzón. Y después nada, no pasaron más de dos segundos y, para cuando la nube se hubo disipado no era más él.
Era nuevamente ella. Era Jade. La huérfana ratera. La rata callejera, con los mismos ropajes y la misma cara sucia que cuando había salido de la cueva.
-Jade- susurró Tori con voz tomada e incrédula, cubriéndose la boca con manos temblorosas y mirándola detrás de un velo de lágrimas- ¿Es eso posible? ¿Cómo has podido? ¿Me has estado engañando todo este tiempo?
La princesa se sentía estúpida y furiosa. Jay… Jade la había traicionado, la había engañado y tomado por una estúpida. Se había burlado de ella cortejándola bajo la apariencia de otra persona. La había cautivado utilizando tácticas y argumentos que sólo le había confiado a Jade, cuando eran amigas, cuando había bajado la guardia para permitirse enamorarse de ella. Y ahora esa confianza había sido traicionada y usada para hacerle creer que podía enamorarse de nuevo.
La había hecho quedar como una estúpida a la que una muchacha sin nombre había engañado para hacerse con su reino.
-Lo siento, Tori- se apresuró a aclarar Jade-. No tuve otra opción. Intenté decírtelo pero no querías escucharme. No podía permitir que te casaras con él. Esto es lo que él quería desde el principio. El poder para hacerse con el control de ambos reinos.
-¿Cómo pudiste, Jade? Yo confiaba en ti y tú me has engañado.
-¡No, Tori! ¡Sólo he querido protegerte!
-¿Y tomarme por idiota es una opción mejor? ¿Te ayuda a dormir acaso justificar esta traición bajo el velo del honor de haber estado mintiéndome y burlándote de mí por mi propio bien?
-No.
-¿Tan estúpida y desvalida soy que este burdo engaño está justificado?
-No.
-Creía…-siguió Tori sin poder evitar que el llanto le quebrara la voz- creía que me amabas.
-¡Y te amo! Es porque te amo que no podía permitir que Ryder te hiciera nada malo- gritó Jade al fin, rota por la emoción en los ojos de su princesa.
-¡Ja!- se burló Ryder entonces, decidiendo que ya le comenzaba a cansar aquella escena.- Tan estúpida eres, chiquilla, como para creerte con el derecho de enamorarte de una princesa.
Jade apretó los puños, devolviéndole toda su atención al noble, sin notar cómo se colocaba delante de Tori en ademán protector, aunque a la princesa le hiciera poca gracia y volviera a ponerse a su lado casi con indignación.
-¿Cómo se puede ser tan idiota y ridícula como para enamorarse de la princesa? Tú, una ladrona inmunda del tres al cuarto, con los delirios de grandeza como para proclamar su amor por la heredera de Hollywood, de otra mujer, por encima de todo. ¿Creías acaso que tenías alguna oportunidad? ¿Qué toda esta mentira iba a salirte bien?- escupió el príncipe-. Y seguro que la princesita te dio pie a tal cosa. Tan inocente, tan atenta, escondiéndote en los jardines creyendo que era capaz de burlar a todos. ¿Creíste acaso que te amaba también? ¿Qué te deseaba como tú a ella? ¿Lo hacías, Tori?
-¡Calla, Ryder! ¡No te atrevas a deshonrar a mi hija con tales insinuaciones!
Pero Tori ni pudo aguantar la mirada acusadora de Ryder, ni evitar que las palabras de su padre le malhirieran el corazón. Pero Holly sí lo vio. Igual que lo hizo el príncipe de Northridge.
-¡Ja! ¡Qué vergüenza! La princesa de Arts enamorada de una mujer, una de la más baja cuna encima. Tus ancestros deberán estar revolviéndose en su tumba.
-¿Cómo lo supiste?- dijo Jade, volviendo a intentar recuperar un poco de ese espíritu combativo que sabía que poseía. Tori levantó la vista, alarmada, así que se apresuró a aclarar su pregunta.- ¿Cómo supiste quién era yo realmente? Qué tenía una lámpara mágica en mi poder.
Ryder se cernió sobre ella, impetuoso y amenazante. No paró hasta que sus rostros se hallaran apenas a un palmo de distancia, donde su mirada pudiera caer sobre la muchacha. Pero Jade no se movió un ápice, ni dejó de erguir la espalda ni levantar el mentón. Ryder no iba a intimidarla, no cuando todavía tenía que proteger a Tori.
-¿Cómo iba a olvidar esa mirada arrogante tuya? La misma con la que me miraste esa mañana en el mercado creciéndote con la idea de estar haciendo algo noble defendiendo a dos renacuajos irrespetuosos. Los mismos con los que me recibió aquel primer día el "príncipe Jay Ababwa", esa mirada repugnante que tienes ahora mismo- le contestó utilizando un tono grave pero confiado, destinado igualmente a amedrentarla, dejando caer su aliento húmedo sobre sus mejillas, pero sin obtener todavía mayor rendición por su parte-. Arrancarte los ojos será lo primero que haga cuando arregle todo este asunto del trono, de eso no te quepa duda. Entonces Steven, que debía conseguir esa lámpara ¡para mí!, me contó cómo había permitido que una muchacha de cabello negro y ojos de esmeralda, acompañada de un muchacho y su mono, tal como tu sirviente y este atrevido animalejo, le arrancaran la lámpara de los dedos. Por todo eso vas a pagar, Jade, Rata Callejera. Por tu impertinencia en el bazar, por atreverte a soñar con ser más que una marginada en el corazón de la princesa, por haberme quitado la lámpara, por haberme humillado conquistando a Tori por encima de mí y por haber interferido en mis planes todo este tiempo. Pero ahora…
Con otro ademán del bastón hizo que entran los guardias por la puerta, hipnotizados de la misma forma que los invitados, y los rodearon sin el menor atisbo de duda cuando Ryder les ordenó apresarlos y transportarlos a las mazmorras del palacio.
-Un báculo con el poder de doblegar a todo el mundo a mi voluntad. Es poderoso este genio tuyo. Más que la media- lo escuchó mientras la arrastraban a través de la puerta-. Una pena que no me permita matar a nadie, pero por suerte no me hace falta un genio para eso.
