Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, y la historia es una adaptación.
En el capitulo anterior…
Aunque aquel saludo fue de lo más agradable, Alice se puso de inmediato en guardia, porque sabía muy bien que las suegras jamás eran amigas de sus nueras.
CHAPTER TEN
Aliadas, tal vez, contra los hombres de la familia que inevitablemente grandes trastornos con sus imprudentes compras y botas sucias. Pero jamás de los jamases serían amigas. Alice había visto llorar a todas las hijas de su aya después de irse a vivir con sus maridos, cuando descubrieron que la suegra que antes de la boda insistía en que eran amigas del alma se había convertido justo en lo opuesto y hablaba mal de ellas a todos los criados y a todas sus otras nueras a la mínima oportunidad.
No, Alice sabía que jamás seria amiga de la viuda. Pero ni un ejército de guerreros zulúes habría arrancado la verdad de sus labios.
-Es estupendo –contestó Alice, todavía deseando que la señora la soltase-. Yo nunca he tenido madre, como ya debe de saber. Por lo menos, no me acuerdo de ella.
-Yo seré una madre para usted –le aseguró lady Malfrey dándole un apretón capaz de partirle las costillas-. ¡Una madre y una amiga!
-Será espléndido. –Alice pudo respirar por fin cuando la dama la soltó de pronto.
-¡No, no! Ahora no –dijo lady Malfrey con un tono cortante muy distinto del que había empleado con Alice-. Los pasteles vienen después de las chuletas de cordero!
La señora se dirigía a uno de los lacayos que llevaba una bandeja de plata cargada de diminutos pastelillos cubiertos de chocolate… unos pasteles que Alice, aunque sólo llevaba dos semanas en Londres, reconoció como provenientes de una de las mejores pastelerías de la ciudad.
Aunque era un honor que lady Malfrey hubiera recurrido a tantos gastos por ella, Alice sospechó que, después de la boda, le presentarían la factura de aquella pequeña fiesta. Había contado casi cincuenta invitados y cada uno consumiría por lo menos media botella de champán (porque a pesar de que estaba nublado, era un día bastante cálido). Y luego estaba el coste de contratar a los lacayos, por no mencionar la comida (las chuletas de cordero no eran precisamente baratas, como Alice sabía muy bien por sus conversaciones, ahora diarias, con la cocinera de los Cullen), y el alquiler de la plata…
Vamos, que no le sorprendería nada que el picnic costara más de cien libras. ¡Cien libras! Y se las gastaba una mujer que supuestamente no tenía ni un penique.
No, no. Definitivamente Alice y su suegra no iban a ser amigas. No cuando Alice comenzara la ardua tarea de obligar a James a economizar. Sus cuarenta mil libras no iban a durar mucho si aquél era un ejemplo típico de lo que gastaban los Witherdale.
-¿No te parece una fiesta preciosa? –le preguntó su prima con expresión soñadora una hora más tarde. Alice, que ya estaba harta de pasteles de cangrejo y ostras (por no mencionar a los amigos de lord Malfrey, que eran de lo más campechano y bullanguero), se había ido a pasear con su sombrilla cerca de la zona de picnic, alegando como excusa que quería bajar los efectos del champán, pero lo que en realidad quería era no perder de vista a los criados, que sospechaba que estaban birlando la plata.
-Sí –contestó sin haber oído en realidad la pregunta.
Había algo raro en los amigos de lady Malfrey. Muchos de ellos, como la propia dama, tenían el pelo teñido. Y su ropa parecía…bueno, demasiado vistosa. Todos habían sido encantadores con ella, pero lo cierto es que se le antojaban algo… vulgares. Ninguno de ellos aprecia tener trabajo, y Alice estaba segura de que varias mujeres llevaban polvos de maquillaje. Y habría jurado que una de las más jóvenes llegó con la falda mojada (a propósito, para que la tela se le pegara a las piernas, que había que reconocer que estaban muy bien formadas.
Alice sabía que su tía Esme le habría dado una apoplejía de haber visto algo así. Alice se alegraba mucho de que sus tíos tuvieran un compromiso previo que no les dejó asistir a la casi improvisada fiesta.
-¿Y sabes? –prosiguió Rosalie, haciendo oscilar alegremente su bolso mientras caminaba-. El señor McCarthy dice que es el picnic más encantador que ha visto nunca.
Alice no lo dudaba. También era probable que fuera el más caro.
Pero lo cierto es que se animó un poco al ver a su prima tan contenta. Alice llegó incluso a felicitarse puesto que aquello se debía exclusivamente a sus cuidadosos planes. Emmett McCarthy había resultado ser un pretendiente atento y apasionado. Y lo que era más importante, había resultado poseer una fortuna de cinco mil libras al año, que aunque no era tan impresionante como la de Jasper Whitlock, era sin embargo mucho más de lo que una joven con los modestos medios de Rosalie podía esperar en un pretendiente.
No había sido nada difícil convencer al señor McCarthy (que estaba bastante dispuesto a enamorarse) de los méritos de su prima.
Y todavía había sido más fácil lograr que Rosalie se olvidara de sus caprichos hacia cierto capitán del barco y pensara sólo en el señor McCarthy. Porque, como Alice sabía muy bien, nada hay más atractivo para una joven que la admiración de un apuesto caballero. Lo único que hizo falta fueron unos cumplidos oportunos y un ramillete de flores para que el señor McCarthy sustituyera al capitán Whitlock en el corazón de la señorita Cullen. Alice estaba segura de que no tardarían en quedar prometidos.
-Lady Malfrey parece una dama muy alegre –comentó Rosalie mientras pasaban cerca de la zona de picnic.
-¿Verdad? –Alice estaba pensando que lady Alice tenía todas las razones del mundo para estar tan alegre… Sus preocupaciones financiaras estaban a punto de evaporarse por completo.
-Yo espero que la madre de Emmett me acepte igual de bien –dijo Rosalie con una risita nerviosa. Porque como todavía no estaba prometida al señor McCarthy, era bastante atrevido llamarle por su nombre de pila-. Cuando llegue la ocasión, quiero decir.
-Estoy segura de que sí –contestó Alice-. ¿Qué madre no aceptaría encantada a una nuera como tú? Bordas de maravilla y jamás te he visto alzarle la voz a un criado.
-¡Espero que tengas razón, Ally! –Rosalie parecía muy complacida-. Pero el señor McCarthy y yo todavía no estamos prometidos, así que está muy mal que piense siquiera en estas cosas. Tú, sin embargo… ¡Ay, Ally! Es como un sueño, ¿verdad? ¡Cómo te adora lord Malfrey!
Alice tuvo que admitir que sí. A pesar de lo mucho que le irritaban los amigos de los Witherdale y lo mal que administraban James y su madre la limitada renta (porque lady Malfrey no era la única manirrota; su hijo también tenía parte de culpa), era difícil enfadarse con ninguno de ellos. James era de lo más tierno y romántico, le recordaba constantemente lo mucho que la quería y le robaba un beso cada vez que tenía ocasión. Incluso había llegado a gastar una parte del dinero que se había llevado a Lisboa para recuperar sus retratos familiares en un anillo de compromiso que Alice llevaba ahora en el dedo en lugar de su anillo de sello. Daba igual que la esmeralda fuera demasiado grande para ser considerada de buen gusto, y que James insistiera en que hacía juego con sus ojos, que en realidad eran de color avellana, un error que Alice estaba más que dispuesta a perdonarle. Lo cierto es que había sido un gesto encantador. Y en cuanto estuvieran casados, Alice recortaría la piedra hasta dejarla de un tamaño más modesto. ¡Y le quedarían un par de pendientes a juego!
James había conseguido incluso aplacar los miedos de los Cullen en cuanto a su inminente boda con su testaruda sobrina. Al convertirse en un invitado habitual en casa de los Cullen y llegar a conocer a todos los niños por su nombre logró encandilar a la tía de Alice. Y con sus frecuentes regalos de puros habanos se ganó también las simpatías de su tío. Los Cullen les dieron sus bendiciones y ahora que la madre de James parecía también encantada con la boda, lo único que quedaba era fijar la fecha. Alice prefería casarse un martes. Siempre le habían gustado los martes.
Estaba planeando la luna de miel en Venecia, que le habían dicho que era preciosa, cuando Rosalie se puso tensa a su lado y lanzó una exclamación.
-¡Pero bueno! ¿No es ése…? Mira, Ally. Me parece que… Sí, es él. ¡Es él! ¿Qué estará haciendo aquí?
Alice miró en la dirección que Rosalie señalaba. Por el camino se acercaba un hermoso caballo zaino con el cuello bien arqueado, y sobre él iba el capitán Whitlock…, cuyo nombre, Alice estaba del todo segura, no aparecía en la lista de invitados de lady Malfrey. De hecho ella misma había insistido en que no apareciera.
-Vaya por Dios –murmuró, bajando la sombrilla para taparse con ella la cara. Probablemente era un gesto inútil, pero siempre cabía la posibilidad de que el capitán no la hubiera reconocido todavía. Además, la sombrilla ocultaba también el rubor que subía a las mejillas de Alice (una cosa inexplicable y del todo irritante) cada vez que se encontraba con Jasper Whitlock.
Lo cual era ridículo, porque ella estaba enamorada, enamoradísima del noveno conde de Malfrey. La única razón de que se sonrojara cuando Jasper Whitlock la miraba era sin duda que el capitán Whitlock era un hombre muy atrevido. Al fin y al cabo parecía saber lo que era mejor para ella y no tenía reparo en decírselo sin más.
Aunque Alice intentó no moverse (igual que un conejo sorprendido por una cobra), Jasper Whitlock la vio de todas formas, puesto que pronto aparecieron ante ella un par de cascos de caballo.
-Buenas tardes, lady Alice, señorita Cullen –saludó el capitán con su irritante tono burlón.
Alice no tuvo más remedio que alzar la sombrilla y sonreír mirando aquel rostro de tan insufrible petulancia.
-Capitán .respondió, aunque su voz serena estaba muy en desacuerdo con el rubor de sus mejillas.
Rosalie, a quien Alice consideraba curada de su enamoramiento anterior hacia el capitán, demostró que éste no era el caso. Se había puesto tan colorada como Alice y parecía no saber dónde mirar. Alice buscó frenética con la vista al señor McCarthy, pero el muy egoísta estaba enzarzado en un juego y ni siquiera se volvió un instante hacia ellas.
-No es un día muy prometedor para un picnic –observó el capitán echando un vistazo al cielo plomizo.
-Por lo menos no hace frío –replicó Alice. Aunque para sus adentros la respuesta no fue ni mucho menos tan optimista. "¿Pero estás hablando del tiempo con él? ¿Con este hombre insufrible que se cree que sabe qué es lo mejor para ti y que probablemente le ha roto el corazón a tu prima para siempre? ¿Pero qué te pasa? Dile que dé media vuelta y se largue…"
-¿Es aquélla lady Malfrey? –preguntó el capitán Whitlock, mirando hacia la futura suegra de Alice.
-Así es –contestó ella.
-Bien. –El capitán observó desde su silla al abigarrado grupo de invitados sobre las sábanas blancas y a los lacayos que se movían entre ellos con sus cuencos de fresas y sus bandejas de champán. Alice rezó para que Jasper Whitlock no alcanzara a ver a la joven de la falda mojada-. Qué agradable.
¿Agradable? ¡Agradable! ¿Eso era todo lo que tenía que decir? Pues si eso era todo, ¿por qué no se marchaba de una vez? ¿Por qué se quedaba allí mirando el picnic como un maharajá supervisando sus tropas?
En ese momento Rosalie lanzó un grito sobresaltada.
-¡Mi bolso!
Alice se volvió y vio nada menos que a un andrajoso ladrón (al parecer era varón, aunque era difícil determinarlo debajo de toda la mugre que llevaba), que se había acercado a la carrera para arrebatarle el bolso a su prima.
El grito de Rosalie había sobresaltado al caballo del capitán (tal como esperaba el ratero, porque de otro modo no habría osado emprender una acción tan descarada a plena luz del día…bueno, lo que en aquel húmedo país llamaban luz del día). Aun así, Jasper Whitlock dominó el caballo con admirable habilidad.
-¡Alto, ladrón! –gritó, mientras se las arreglaba para no caerse.
Pero la ayuda del capitán, aunque apreciada, no fue estrictamente necesaria. Alice no tuvo más que tender la pierna y poner la zancadilla al obstinado jovencito, y luego apoyar la rodilla en mitad de su espalda.
Nada podía haber sido más sencillo. Pero el caso es que también acudieron a la escena el conde y el señor McCarthy, junto con el resto de los invitados, como si ellos también pudieran hacer algo.
¡Desde luego!, pensó Alice disgustada. ¡Aquellos londinenses armaban un alboroto por cualquier tontería!
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Saludos,
Christina.
