Las apuestas
Marco era consciente de que no le había sucedido nada interesante en los últimos tres días, y eso, era bastante preocupante. El hecho de que hubieran sonado varios cañonazos (aunque no los suficientes como para darle la victoria), aquel grito que había resonado por toda la arena y que los vigilantes no hubieran hecho nada todavía, dejaba a Marco en mal lugar delante de los patrocinadores. Le había llegado un paquete plateado, que contenía una tarjeta que decía: "Lo siento chico, pero estás sólo en esto". Eso no era buena señal. Se preguntó si era posible quedarse sin mentor...
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El pelo de Draco, perdía color a través de la pantalla de una televisión. Pero aun así, no impedía que las chicas suspiraran por él. Su mentor había montado una oficina improvisada para poder administrar y guardar el dinero de todos sus patrocinadores. Había dos chicas sentadas en un sofá discutiendo, cuando una cámara enfocó al Draco de la pantalla. Su rostro se contrajo en una mueca de sorpresa y dolor, y llevandose una mano a la barriga calló al suelo, dejando pasó a la imagen de Bianca, impasible, con una furia asesina en su mirada, que realmente hizo estremecer a las chicas del sofá. Estas se levantaron sin decir palabra y se fueron de la oficina
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A Nighthosphere, el mentor de Marceline, le habían pasado tres cosas realmente preocupantes aquel día . La primera, había vomitado un plátano de color amarillo chillón (el amarillo le traía mala suerte), estuvo a punto de darle un ataque al corazón al ver que su pequeña mosntruita había estado a punto de morir y los tres patrocinadores que habían llamado a su puerta, no tenían cara de buena gente. Es más, no tenían cara.
-Ho.. hola.-dijo.
El patrocinador más fornido dejó (haciendo mucho ruido) una bolsa encima de la mesa.
-Todo esto va para tu tributo. Si muere por cualquier motivo que no sea una lanza en su estómago, pagarás las consecuencias. -Sin decir nada más, salieron de la habitación. Tiempo me falta para contar lo rápido que cogió el mentor el teléfono para llamar a una farmacia...
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El mentor de Bianca era un hombre pálido, gordo, calvo y borracho. Lo de borracho se deducía por el olor a alcohol que destilaba de su ropa.
La fila de personas bien vestidas, que no dejaba de armar barullo, llamaba a dicho apartamento. Una mujer corpulenta, ataviada con la piel de un zorro al rededor de su cuello y vestida de rojo estaba sudando justo en el ecuador de la cola:
-Oigan -empezó a decir- podría... ¿podría alguien... decirle al mentor... que se de... prisa?
No dejaba de jadear. Con un rápido movimiento llevó la mano hasta un minúsculo bolso y sacó de él un abanico, que se puso a agitar violentamente. La cola empezó a avanzar, y mientras esperamos a que el mentor de Bianca atienda a esta señora tan singular, deberíamos hacer un travelling por las brillantes calles del Capitolio que refulgían de cristal y acero.
Ah bien, aquí es justo dónde teníamos que acabar.
Una pequeña casa situada al sur del estado de Panem. Luce el sol y se respira paz y tranquilidad. Hay un prado que refulge de amarillo de tantas amapolas...
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"Estos juegos están batiendo los récords de audiencia -empezó la chica de pelo azul eléctrico-. Tras tantos cambios y un grupo tan pequeño de profesionales, los corredores de apuestas están echando humo sobre quien ganará. Y, por primera vez, la favorita es del distrito 12. Con un cuarenta por ciento más de votos que todos los demás. Pero, si algo hemos aprendido, es a no fiarnos de las apariencias, porque la pequeña niña Evelyn no está en una posición tan alejada de la favorita como se podría pensar –miró el reloj de su muñeca y alzó la vista, concluyendo–. Y ahora con todos ustedes, el tiempo, con Dereck Storm."
La televisión se apagó con un fundido en negro. Ferdinand, se quedó mirando la pantalla oscura unos minutos, mientras se masajeaba las sienes. Tras unos segundos haciendolo, levantó la cabeza y se sacó una pequeña pantalla del bolsillo (hecha de Grafeno (TM)) marcó un número y se lo llevó a la oreja.
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Ahora, nos encontramos en el nuevo bar Snob de la esquina con la cuarta. En este preciso momento el cocinero está friendo un pollo y nuestro protagonista está viendo los juegos en la enorme pantalla de televisión. Es un hombre alto, de pelo castaño tirando a pelirrojo. Tiene la cara llena de pecas y lleva un elegante traje plateado. Comparte mesa con otros dos individuos y los tres están bebiendo algo azul.
– Yo digo, que va a ganar la chica del doce – dijo uno de ellos.
– No no, es del doce ¡Por dios! Seamos lo que esperan que somos, no debemos apoyar a semejante escoria – hubiera escupido de no ser porque la dentadura de oro que habría salido disparada.
– ¡Ahg! Siempre estás igual. No hay quien te entienda.
– Pues yo – susrró nuestro protagonista – creo que estos juegos van a cambiar nuestra forma de ver el mundo en el que vivimos, y nos van a hacer darnos cuenta de la sociedad distópica en la que vivimos...
Los otros dos detuvieron su discusión y le miraron extrañados.
– ¿Qué dices?
– Que se aliarán todos contra los profesionales.
