Parte I - Capítulo 10
De repente se levanta..
—Vamos, tenemos que vestirnos… si quieres conocer a mi madre.
Sonríe, ella se levanta de la cama y se pone los vaqueros sin bragas y un sujetador. Intento incorporarme, pero sigo atada.
—Sophie… no puedo moverme.
Su sonrisa se acentúa. Se inclina y me desata la corbata, que me ha dejado la marca de la tela en las muñecas. Es… sexy. Me observa divertida, con ojos danzarines. Me besa rápidamente en la frente y me sonríe.
—Otra novedad —admite.
No tengo ni idea de lo que quiere decir.
—No tengo ropa limpia.
De pronto el pánico se apodera de mí, y teniendo en cuenta la experiencia que acabo de vivir, el pánico me parece insoportable. ¡Su madre! Maldita sea. No tengo ropa limpia y prácticamente nos ha pillado infraganti.
—Quizá debería quedarme aquí.
—No, claro que no —me contesta en tono amenazador.— Puedes ponerte algo mío.
Se ha puesto una camiseta y se pasa un cepillo por el pelo revuelto. Aunque estoy muy nerviosa, me quedo embobada. Su belleza es arrebatadora.
—Sian, estarías preciosa hasta con un saco. No te preocupes, por favor. Me gustaría que conocieras a mi madre. Vístete. Voy a calmarla un poco. —
Aprieta los labios.
— Te espero en el salón dentro de cinco minutos. Si no, vendré a buscarte y te arrastraré lleves lo que lleves puesto. Mis camisetas están en ese
cajón. Las camisas, en el armario. Sírvete tú misma.
Me mira un instante inquisitivo y sale de la habitación.
Maldita sea, la madre de Sophie. Es mucho más de lo que esperaba. Quizá conocerla me permita colocar algunas piezas del puzle. Podría ayudarme a entender por qué Sophie es como es… De pronto quiero conocerla.
Me dirijo a la cómoda de Sophie y busco entre su ropa interior un conjunto negro de sujetador y bragas Victoria Secret hay algo que odio es no llevar las bragas limpias.
Tomo mi camiseta, mis vaqueros y mis Converse. me visto a toda prisa.
Cojo la chaqueta, corro al cuarto de baño y observo mis ojos demasiado brillantes, mi cara colorada… y mi pelo. Dios mío… Las trenzas despeindas tampoco me quedan bien.
Busco un cepillo, me peino. Me recojo el pelo rápidamente, mirando desesperada la ropa que llevo.
Quizá debería aceptar la oferta de Sophie. Mi subconsciente frunce los labios y articula la palabra «ja».
No le hago caso.
Me pongo la chaqueta y me alegro de que los puños cubran las marcas de la corbata. Nerviosa, me miro por última vez en el espejo. Es lo que hay. Me dirijo al salón.
—Aquí está —dice Sophie levantándose del sofá.
Me mira con expresión cálida y agradecida. La mujer rubia que está a su lado se gira y me dedica una amplia sonrisa. Se levanta también. Va impecable, con un vestido de punto marrón claro y zapatos a juego, arreglada y elegante. Está muy guapa, y me mortifico un poco pensando que yo voy hecha un desastre.
—Mamá, te presento a Sian Powers. Sian, esta es Sally Trevelyan-Webster.
La doctora Trevelyan-Webster me tiende la mano. T… ¿de Trevelyan? Su inicial.
—Encantada de conocerte —murmura.
Si no me equivoco, en su voz hay un matiz de sorpresa, quizá de inmenso alivio, y sus ojos verdes grisáceos emiten un cálido destello. Le estrecho la mano y no puedo
evitar sonreír, devolverle su calidez.
—Doctora Trevelyan-Webster —digo en voz baja.
—Llámame Sally. —Sonríe, y Sophie frunce el ceño—. Suelen llamarme doctora Trevelyan, y la señora Webster es mi suegra. —Me guiña un ojo.
— Bueno, ¿y cómo os conocisteis? —pregunta mirando interrogante a Sophie, incapaz de ocultar su curiosidad.
—Sian me hizo una entrevista para la revista de la facultad, porque esta semana voy a entregar los títulos.
Mierda, mierda. Lo había olvidado.
—Así que te gradúas esta semana… —me dice Sally.
—Sí.
Empieza a sonar mi móvil. Apuesto a que es Tina.
—Disculpadme.
El teléfono está en la cocina. Me acerco y lo cojo de la barra sin mirar quién me llama.
—Tina.
—¡Dios mío! ¡Sian!
Maldita sea, es Noah. Parece desesperado.
—¿Dónde estás? Te he llamado veinte veces. Tengo que verte. Quiero pedirte perdón por lo del viernes. ¿Por qué no me has devuelto las llamadas?
—Mira, Noah, ahora no es un buen momento.
Miro muy nerviosa a Sophie, que me observa atentamente, con rostro impasible, mientras murmura algo a su madre. Le doy la espalda.
—¿Dónde estás? Tina me ha dado largas —se queja.
—En Seattle.
—¿Qué haces en Seattle? ¿Estás con ella?
—Noah, te llamo más tarde. No puedo hablar ahora. Y cuelgo.
Vuelvo con toda tranquilidad con Sophie y su madre. Sally está en pleno parloteo.
—… y Tom me llamó para decirme que estabas por aquí… Hace dos semanas que no te veo, cariño.
—¿Tom lo sabía? —pregunta Sophie mirándome con expresión indescifrable.
—Pensé que podríamos comer juntos, pero ya veo que tienes otros planes, así que no quiero interrumpirlas.
Coge su largo abrigo de color crema, se lo pone y le acerca la mejilla. Sophie la besa rápidamente. Ella no le toca.
—Tengo que llevar a Sian a Portland.
—Claro, cariño. Sian, un placer conocerte. Espero que volvamos a vernos.
Me tiende la mano con ojos brillantes, y se la estrecho.
Taylor aparece procedente… ¿de dónde?
—Señora Webster…
—Gracias, Taylor.
La sigue por el salón y cruza detrás de ella la doble puerta que da al vestíbulo. ¿Taylor ha estado aquí todo el tiempo? ¿Cuánto lleva aquí? ¿Dónde ha estado? Sophie me mira.
—Así que te ha llamado el fotógrafo… Mierda.
—Sí.
—¿Qué quería?
—Solo pedirme perdón, ya sabes… por lo del viernes.
Sophie arruga la frente.
—Ya veo —se limita a decirme.
Taylor vuelve a aparecer.
—Señora Webster, hay un problema con el envío a Darfur.
Sophie asiente bruscamente haciéndole callar.
—¿El Charlie Tango ha vuelto a Boeing Field?
—Sí, señora. —Me mira e inclina la cabeza—. Señorita Powers.
Le sonrío torpemente, se gira y se marcha.
—¿Taylor vive aquí?
—Sí —me contesta cortante.
¿Qué le pasa ahora?
Sophie va a la cocina, coge su BlackBerry y echa un vistazo a los e-mails, supongo. Está muy seria. Hace una llamada.
—Ros, ¿cuál es el problema? —pregunta bruscamente.
Escucha sin dejar de mirarme con ojos interrogantes. Yo estoy en medio del enorme salón preguntándome qué hacer, totalmente cohibida y fuera de lugar.
—No voy a poner en peligro a la tripulación. No, cancélalo… Lo lanzaremos desde el aire… Bien.
Cuelga. La calidez de sus ojos ha desaparecido. Parece furiosa. Me lanza una rápida mirada, se dirige a su estudio y vuelve al momento.
—Este es el contrato. Léelo y lo comentamos el fin de semana que viene. Te sugiero que investigues un poco para que sepas de lo que estamos hablando. —Se calla un momento.
—Bueno, si aceptas, y espero de verdad que aceptes —añade en tono más suave, nerviosa.
—¿Que investigue?
—Te sorprendería saber lo que puedes encontrar en internet —murmura.
¡Internet! No tengo ordenador, solo el portátil de Tina, y, por supuesto, no puedo utilizar el de Clayton's para este tipo de «investigación».
—¿Qué pasa? —me pregunta ladeando la cabeza.
—No tengo ordenador. Suelo utilizar los de la facultad. Veré si puedo utilizar el portátil de Tina.
Me tiende un sobre de papel manila.
—Seguro que puedo… bueno… prestarte uno. Recoge tus cosas. Volveremos a Portland en coche y comeremos algo por el camino. Voy a vestirme.
—Tengo que hacer una llamada —murmuro.
Solo quiero oír la voz de Tina. Sophie pone mala cara.
—¿Al fotógrafo?
Se le tensa la mandíbula y le arden los ojos. Parpadeo.
—No me gusta compartir, señorita Powers. Recuérdelo —me advierte con estremecedora tranquilidad.
Me lanza una larga y fría mirada y se dirige al dormitorio.
Maldita sea. Solo quería llamar a Tina. Quiero llamarla delante de ella, pero su repentina actitud distante me ha dejado paralizada. ¿Qué ha pasado con la mujer generosa, relajada y sonriente que me hacía el amor hace apenas media hora?
—¿Lista? —me pregunta Sophie junto a la puerta doble del vestíbulo.
Asiento, insegura. Ha recuperado su tono distante, educada y convencional. Ha vuelto a ponerse la máscara. Lleva una bolsa de piel al hombro.
¿Para qué la necesita? Quizá va a quedarse en Portland. Entonces recuerdo la entrega de títulos. Sí, claro… Estará en Portland el jueves. Lleva una cazadora negra de cuero. Vestida así, sin duda no parece una multimillonaria.
Parece una chica descarriada, quizá una rebelde estrella de rock o una modelo de pasarela. Suspiro por dentro deseando tener una décima parte de su elegancia. Es tan tranquila y controlada… Frunzo el ceño al recordar su arrebato por la llamada de Noah… Bueno, al menos parece que lo es.
Taylor está esperando al fondo.
—Mañana, pues —le dice a Taylor.
—Sí, señora —le contesta Taylor asintiendo—. ¿Qué coche va a llevarse?
Me lanza una rápida mirada.
—El R8.
—Buen viaje, señora Webster. Señorita Powers.
Taylor me mira con simpatía, aunque quizá en lo más profundo de sus ojos se esconda una pizca de lástima.
Sin duda cree que he sucumbido a los turbios hábitos sexuales de la señora Webster.
Bueno, a sus excepcionales hábitos sexuales… ¿o quizá el sexo sea así para todo
el mundo? Frunzo el ceño al pensarlo. No tengo nada con lo que compararlo y por lo visto no puedo preguntárselo a Tina. Así que tendré que hablar del tema con
Sophie.
Sería perfectamente natural poder hablar de ello con alguien… pero no puedo hablar con Sophie si de repente se muestra extrovertida y al minuto siguiente distante.
Taylor nos sujeta la puerta para que salgamos. Sophie llama al ascensor.
—¿Qué pasa, Sian? —me pregunta.
¿Cómo sabe que estoy dándole vueltas a algo? Alza una mano y me levanta la barbilla.
—Deja de morderte el labio o te follaré en el ascensor, y me dará igual si entra alguien o no.
Me ruborizo, pero sus labios esbozan una ligera sonrisa. Al final parece que está recuperando el sentido del humor.
—Sophie, tengo un problema.
—¿Ah, sí? —me pregunta observándome con atención.
Llega el ascensor. Entramos y Sophie pulsa el botón del parking.
—Bueno…
Me ruborizo. ¿Cómo explicárselo?
—Necesito hablar con Tina. Tengo muchas preguntas sobre sexo, y tú estás demasiada implicada. Si quieres que haga todas esas cosas, ¿cómo voy a saber…?
—me interrumpo e intento encontrar las palabras adecuadas—. Es que no tengo puntos de referencia. Pone los ojos en blanco.
—Si no hay más remedio, habla con ella —me contesta enfadada—. Pero asegúrate de que no comente nada con Tom.
Su insinuación me hace dar un respingo. Tina no es así.
—Tina no haría algo así, como yo no te diría a ti nada de lo que ella me cuente de Tom… si me contara algo —añado rápidamente.
—Bueno, la diferencia es que a mí no me interesa su vida sexual —murmura Sophie en tono seco.
—Tom es un capullo entrometido. Pero háblale solo de lo que hemos hecho hasta ahora —me advierte—. Seguramente me cortaría las tetas si supiera lo que quiero hacer contigo —añade en voz tan baja que no estoy segura de si pretendía que la oyera.
—De acuerdo —acepto sonriéndole aliviada.
No quiero ni pensar en que Tina vaya a cortarle las tetas a Sophie.
Frunce los labios y mueve la cabeza.
—Cuanto antes te sometas a mí mejor, y así acabamos con todo esto —murmura.
—¿Acabamos con qué?
—Con tus desafíos.
Me pasa una mano por la mejilla y me besa rápidamente en los labios. Las puertas del ascensor se abren. Me coge de la mano y tira de mí hacia el parking.
¿Mis desafíos? ¿De qué habla?
Cerca del ascensor veo el Aud negro, pero cuando pulsa el mando para que se abran las puertas, se encienden las luces de un deportivo negro reluciente.
Es uno de esos coches que debería tener tumbada en el capó a una rubia de largas piernas vestida solo con una banda de miss.
—Bonito coche —murmuro en tono frío.
Me mira y sonríe.
—Lo sé —me contesta.
Y por un segundo vuelve la dulce, joven y despreocupada Sophie. Me inspira ternura. Está entusiasmada. La chica y sus juguetes. Pongo los ojos en blanco, pero no puedo ocultar mi sonrisa.
Me abre la puerta y entro. Uau… es muy bajo. Ella rodea el coche con paso seguro y, cuando llega al otro lado, abre la puerta y se sienta.
—¿Qué coche es?
—Un Audi R8 Spyder. Como hace un día precioso, podemos bajar la capota. Ahí hay una gorra. Bueno, debería haber dos.
Gira la llave de contacto, y el motor ruge a nuestras espaldas. Deja la bolsa entre los dos asientos, pulsa un botón y la capota retrocede lentamente. Pulsa otro, y la voz de Bruce Springsteen nos envuelve.
—Va a tener que gustarte Bruce.
Me sonríe, saca el coche de la plaza de parking y sube la empinada rampa, donde nos detenemos a esperar que se levante la puerta.
Y salimos a la soleada mañana de mayo de Seattle. Abro la guantera y saco las gorras. Son del equipo de los Mariners. ¿Le gusta el béisbol? Le tiendo una gorra y se la pone. Paso el pelo por la parte de atrás de la mía y bajo la visera, veo que Sophie hace lo mismo que yo.
La gente nos mira al pasar. Por un momento pienso que la miran a ella… Luego, una paranoica parte de mí cree que me miran a mí porque saben lo que he estado haciendo en las últimas doce horas, pero al final me doy cuenta de que lo que miran es el coche. Sophie parece ajena a todo, perdida en sus pensamientos.
Hay poco tráfico, así que no tardamos en llegar a la interestatal 5 en dirección sur, con el viento soplando por encima de nuestras cabezas. Bruce canta que arde de deseo. Muy oportuno. Me ruborizo escuchando la letra. Sophie me mira. Como lleva puestas las Ray-Ban, no veo su expresión. Frunce los labios, apoya una mano en mi rodilla y me la aprieta suavemente. Se me corta la respiración.
—¿Tienes hambre? —me pregunta.
No de comida.
—No especialmente.
Sus labios vuelven a tensarse en una línea firme.
—Tienes que comer, Sian —me reprende—. Conozco un sitio fantástico cerca de Olympia. Pararemos allí.
Me aprieta la rodilla de nuevo, su mano vuelve a sujetar el volante y pisa el acelerador. Me veo impulsada contra el respaldo del asiento. Madre mía, cómo corre este coche.
El restaurante es pequeño e íntimo, un chalet de madera en medio de un bosque. La decoración es rústica: sillas diferentes, mesas con manteles a cuadros y flores silvestres en pequeños jarrones. CUISINE SAUVAGE, alardea un cartel por encima de la puerta.
—Hacía tiempo que no venía. No se puede elegir… Preparan lo que han cazado o recogido.
Alza las cejas fingiendo horrorizarse y no puedo evitar reírme. La camarera nos pregunta qué vamos a beber. Se ruboriza al ver a Sophie y se esconde debajo
de su largo flequillo rubio para evitar mirarla a los ojos. ¡Le gusta! ¡No solo me pasa a mí!
—Dos vasos de Pinot Grigio —dice Sophie en tono autoritario.
Pongo mala cara.
—¿Qué pasa? —me pregunta bruscamente.
—Yo quería una Coca-Cola light —susurro.
Arruga la frente y mueve la cabeza.
—El Pinot Grigio de aquí es un vino decente. Irá bien con la comida, nos traigan lo que nos traigan —me dice en tono paciente.
—¿Nos traigan lo que nos traigan?
—Sí.
Esboza su deslumbrante sonrisa ladeando la cabeza y se me hace un nudo en el estómago. No puedo evitar devolvérsela.
—A mi madre le has gustado —me dice de pronto.
—¿En serio?
Sus palabras hacen que me ruborice de alegría.
—Claro. Yo le dije que era gay, pero siempre ha pensado que no era gay.
Abro la boca al acordarme de aquella pregunta… en la entrevista. Oh, no.
—¿Por qué pensaba que no eras gay? —le pregunto en voz baja.
—Porque nunca me ha visto con una chica.
—Vaya… ¿con ninguna de las quince? Sonríe.
—Tienes buena memoria. No, con ninguna de las quince.
—Oh.
—Mira, Sian, para mí también ha sido un fin de semana de novedades —me dice en voz baja.
—¿Sí?
—Nunca había dormido con nadie, nunca había tenido relaciones sexuales en mi cama, nunca había llevado a una chica en el Charlie Tango y nunca le había presentado una mujer a mi madre. ¿Qué estás haciendo conmigo?
La intensidad de sus ojos ardientes me corta la respiración.
Llega la camarera con nuestros vasos de vino, e inmediatamente doy un pequeño sorbo. ¿Está siendo franca o se trata de un simple comentario fortuito?
—Me lo he pasado muy bien este fin de semana, de verdad —digo en voz baja.
Vuelve a arrugar la frente.
—Deja de morderte el labio —gruñe—. Yo también —añade.
—¿Qué es un polvo vainilla? —le pregunto, aunque solo sea para no pensar en su intensa, ardiente y sexy mirada. Se ríe.
—Sexo convencional, Sian, sin juguetes ni accesorios. —Se encoge de hombros—. Ya sabes… bueno, la verdad es que no lo sabes, pero eso es lo que significa.
—Oh.
Creía que lo que habíamos hecho eran polvos de exquisita tarta de chocolate fundido con una guinda encima. Pero ya veo que no me entero.
La camarera nos trae sopa, que ambos miramos con cierto recelo.
—Sopa de ortigas —nos informa la camarera.
Se da media vuelta y regresa enfadada a la cocina. No creo que le guste que Sophie no le haga ni caso. Pruebo la sopa, que está riquísima.
Sophie y yo nos miramos a la vez, aliviadas. Suelto una risita, y ella ladea la cabeza.
—Qué sonido tan bonito —murmura.
—¿Por qué nunca has echado polvos vainilla? ¿Siempre has hecho… bueno… lo que hagas? —le pregunto intrigada. Asiente lentamente.
—Más o menos —me contesta con cautela.
Por un momento frunce el ceño y parece librar una especie de batalla interna. Luego levanta los ojos, como si hubiera tomado una decisión.
—Una amiga de mi madre me sedujo cuando yo tenía quince años.
—Oh.
¡Dios mío, tan joven!
—Sus gustos eran muy especiales. Fui su sumisa durante seis años y así me di cuenta de que soy gay.
Se encoge de hombros.
—Oh.
Su confesión me deja helada, aturdida.
—Así que sé lo que implica, Sian —me dice con una mirada significativa.
La observo fijamente, incapaz de articular palabra… Hasta mi subconsciente está en silencio.
—La verdad es que no tuve una introducción al sexo demasiado corriente. Me pica la curiosidad.
—¿Y nunca saliste con nadie en la facultad?
—No —me contesta negando con la cabeza para enfatizar su respuesta.
La camarera entra para retirar nuestros platos y nos interrumpe un momento.
—¿Por qué? —le pregunto cuando ya se ha ido.
Sonríe burlóna.
—¿De verdad quieres saberlo?
—Sí.
—Porque no quise. Solo la deseaba a ella. Además, me habría matado a palos. Sonríe con cariño al recordarlo. Oh, demasiada información de golpe… pero quiero más.
—Si era una amiga de tu madre, ¿cuántos años tenía? Sonríe.
—Los suficientes para saber lo que se hacía.
—¿Sigues viéndola?
—Sí.
—¿Todavía… bueno…? Me ruborizo.
—No —me dice negando con la cabeza y con una sonrisa indulgente—. Es una buena amiga.
—¿Tu madre lo sabe?
Me mira como diciéndome que no sea idiota.
—Claro que no. La camarera vuelve con sendos platos de venado, pero se me ha quitado el hambre. Toda una revelación. Sophie, sumisa… Madre mía. Doy un largo trago de Pinot Grigio… Sophie tenía razón, por supuesto: está exquisito. Dios, tengo que pensar en todo lo que me ha contado.
Necesito tiempo para procesarlo, cuando esté sola, porque ahora me distrae su presencia. Ella es tan irresistible, tan hembra alfa, y de repente lanza este bombazo. Ella sabe lo que es ser sumisa.
—Pero no estarías con ella todo el tiempo… —le digo confundida.
—Bueno, estaba solo con ella, aunque no la veía todo el tiempo. Era… difícil. Después de todo, todavía estaba en el instituto, y más tarde en la facultad. Come,
—No tengo hambre, Sophie, de verdad.
Lo que me ha contado me ha dejado aturdida. Su expresión se endurece.
—Come —me dice en tono tranquilo, demasiado tranquilo.
La miro. Esta mujer… abusaron sexualmente de ella cuando era adolescente… Su tono es amenazante.
—Espera un momento —susurro. Pestañea un par de veces.
—De acuerdo —murmura. Y sigue comiendo.
Así será la cosa si firmo. Tendré que cumplir sus órdenes. Frunzo el ceño. ¿Es eso lo que quiero? Cojo el tenedor y el cuchillo, y empiezo a cortar el venado. Está delicioso.
—¿Así será nuestra… bueno… nuestra relación? ¿Estarás dándome órdenes todo el rato? —le pregunto en un susurro, sin apenas atreverme a mirarla.
—Sí —murmura.
—Ya veo.
—Es más, querrás que lo haga —añade en voz baja.
Lo dudo, sinceramente. Pincho otro trozo de venado y me lo acerco a los labios.
—Es mucho decir —murmuro.
Y me lo meto en la boca.
—Lo es.
Cierra los ojos un segundo. Cuando los abre, está muy seria.
—Sian, tienes que seguir tu instinto. Investiga un poco, lee el contrato… No tengo problema en comentar cualquier detalle. Estaré en Portland hasta el viernes, por si quieres que hablemos antes del fin de semana. —Sus palabras me llegan en un torrente apresurado.
—Llámame… Podríamos cenar… ¿digamos el miércoles? De verdad quiero que esto funcione. Nunca he querido nada tanto.
Sus ojos reflejan su ardiente sinceridad y su deseo. Es básicamente lo que no entiendo. ¿Por qué yo? ¿Por qué no una de las quince? Oh, no… ¿En eso voy a
convertirme? ¿En un número? ¿La dieciséis, nada menos?
—¿Qué pasó con las otras quince? —le pregunto de pronto.
Alza las cejas sorprendida y mueve la cabeza con expresión resignada.
—Cosas distintas, pero al fin y al cabo se reduce a… —Se detiene, creo que intentando encontrar las palabras—. Incompatibilidad. Se encoge de hombros.
—¿Y crees que yo podría ser compatible contigo?
—Sí.
—Entonces ya no ves a ninguna de ellas.
—No, Sian. Soy monógama. Vaya… toda una noticia.
—Ya veo.
—Investiga un poco, Sian.
Dejo el cuchillo y el tenedor. No puedo seguir comiendo.
—¿Ya has terminado? ¿Eso es todo lo que vas a comer?
Asiento. Me pone mala cara, pero decide callarse. Dejo escapar un pequeño suspiro de alivio. Con tanta información se me ha revuelto el estómago y estoy un poco mareada por el vino.
La observo devorando todo lo que tiene en el plato. Come como una lima. Debe de hacer mucho ejercicio para mantener la figura. De pronto recuerdo cómo le queda el pijama…, y la imagen me desconcentra. Me remuevo incómoda. Me mira y me ruborizo.
—Daría cualquier cosa por saber lo que estás pensando ahora mismo —murmura.
Me ruborizo todavía más.
Me lanza una sonrisa perversa.
—Ya me imagino… —me provoca.
—Me alegro de que no puedas leerme el pensamiento.
—El pensamiento no, Sian, pero tu cuerpo… lo conozco bastante bien desde ayer — ella me dice en tono sugerente.
¿Cómo puede cambiar de humor tan rápido? Es tan volátil… Cuesta mucho seguirle el ritmo.
Llama a la camarera y le pide la cuenta. Cuando ha pagado, se levanta y me tiende la mano.
—Vamos.
Me coge de la mano y volvemos al coche. Lo inesperado de ella es este contacto de su piel, normal, íntima. No puedo reconciliar este gesto corriente y tierno con lo que quiere hacer en aquel cuarto… el cuarto rojo del dolor.
Hacemos el viaje de Olympia a Vancouver en silencio, cada una sumida en sus pensamientos. Cuando aparca frente a la puerta de casa, son las cinco de la tarde.
Las luces están encendidas, así que Tina está dentro, sin duda empaquetando, a menos que Tom todavía no se haya marchado. Sophie apaga el motor, y
entonces caigo en la cuenta de que tengo que separarme de ella.
—¿Quieres entrar? —le pregunto.
No quiero que se marche. Quiero seguir más tiempo con ella.
—No. Tengo trabajo —me dice mirándome con expresión insondable.
Me miro las manos y entrelazo los dedos. De pronto me pongo en plan sensiblero. Se va a marchar. Me coge de la mano, se la lleva lentamente a la boca y me la besa con ternura, un gesto dulce y pasado de moda. Me da un vuelco el corazón.
—Gracias por este fin de semana, Sian. Ha sido… estupendo. ¿Nos vemos el miércoles? Pasaré a buscarte por el trabajo o por donde me digas.
—Nos vemos el miércoles —susurro.
Vuelve a besarme la mano y me la deja en el regazo. Sale del coche, se acerca a mi puerta y me la abre. ¿Por qué de pronto me siento huérfana? Se me hace un nudo en la garganta.
No quiero que me vea así. Sonrío forzadamente, salgo del coche y me dirijo a la puerta sabiendo que tengo que enfrentarme a Tina. A medio camino me giro y la miro. Alegra esa cara, Powers, me riño a mí misma.
—Ah… por cierto, me he puesto un conjunto interior tuyo.
Le sonrío y tiro de la goma de las bragas para que la vea. Sophie abre la boca, sorprendida. Una reacción genial.
Mi humor cambia de inmediato y entro en casa pavoneándome. Una parte de mí quiere levantar el puño y dar un salto. ¡SÍ! La diosa que llevo dentro está encantada.
Tina está en el comedor metiendo sus libros en cajas.
—¿Ya estás aquí? ¿Dónde está Sophie? ¿Cómo estás? —me pregunta en tono febril, nervioso.
Viene hacia mí, me coge por los hombros y examina minuciosamente mi cara antes incluso de que la haya saludado.
Mierda… Tengo que lidiar con la insistencia y la tenacidad de Tina, y llevo en el bolso un documento legal firmado que dice que no puedo hablar. No es una saludable combinación.
—Bueno, ¿cómo ha ido? No he dejado de pensar en ti todo el rato… después de que Tom se marchara, claro —me dice sonriendo con picardía.
No puedo evitar sonreír por su preocupación y su acuciante curiosidad, pero de pronto me da vergüenza y me ruborizo. Lo que ha sucedido ha sido muy íntimo. Ver y saber lo que Sophie esconde. Pero tengo que darle algunos detalles, porque si no, no va a dejarme en paz.
—Ha ido bien, Tina. Muy bien, creo —le digo en tono tranquilo, intentando ocultar mi sonrisa.
—¿Estás segura?
—No tengo nada con lo que compararlo, ¿verdad? —le digo encogiéndome de hombros a modo de disculpa.
—¿Te has corrido?
Maldita sea, qué directa es. Me pongo roja.
—Sí —murmuro nerviosa.
Tina me empuja hasta el sofá y nos sentamos. Me coge de las manos.
—Muy bien. —Me mira como si no se lo creyera—. Ha sido tu primera vez. Uau… Sophie debe de saber lo que se hace.
Oh, Tina, si tú supieras…
—Mi primera vez fue terrorífica —sigue diciendo, poniendo cara triste de máscara de comedia.
—¿Sí?
Me interesa. Nunca me lo había contado.
—Sí. Graeme Proctor. En el instituto. Un atleta gilipollas. —Encoge los hombros—. Fue muy brusco, y yo no estaba preparada. Estábamos los dos borrachos. Ya sabes… el típico desastre adolescente después de la fiesta de fin de curso. Uf, tardé meses en decidirme a volver a intentarlo. Y no con ese inútil. Yo era demasiado joven. Has hecho bien en esperar.
—Tina, eso suena espantoso.
Parece melancólica.
—Sí, tardé casi un año en tener mi primer orgasmo, y llegas tú… y a la primera.
Asiento con timidez. La diosa que llevo dentro está sentada en la postura del loto y parece serena, aunque tiene una astuta sonrisa autocomplaciente en la cara.
—Me alegro de que hayas perdido la virginidad con una mujer que sabe lo que se hace y sabes que no me incomoda que seas gay. —Me guiña un ojo—. ¿Y cuándo vuelves a verla?
—El miércoles. Iremos a cenar.
—Así que todavía te gusta…
—Sí, pero no sé qué va a pasar.
—¿Por qué?
—Es complicado, Tina. Ya sabes… Su mundo es totalmente diferente del mío.
Buena excusa. Y creíble. Mucho mejor que «tiene un cuarto rojo del dolor y quiere convertirme en su esclava sexual».
—Vamos, por favor, no permitas que el dinero sea un problema, Sian. Tom me ha dicho que es muy raro que Sophie salga con una chica.
—¿Eso te ha dicho? —le pregunto en tono demasiado agudo.
¡Se te ve el plumero, Powers! Mi subconsciente me mira moviendo su largo dedo y luego se transforma en la balanza de la justicia para recordarme que Sophie podría demandarme si hablo demasiado. Ja… ¿Qué va a hacer? ¿Quedarse con todo mi dinero? Tengo que acordarme de buscar en Google «penas por incumplir un acuerdo de confidencialidad» cuando haga mi «investigación».
Es como si me hubieran puesto deberes. Quizá hasta me saco un título. Me ruborizo recordando mi sobresaliente por el experimento en la bañera de esta mañana.
—Sian, ¿qué pasa?
—Estaba recordando algo que me ha dicho Sophie.
—Pareces distinta —me dice Tina con cariño.
—Me siento distinta. Dolorida —le confieso.
—¿Dolorida?
—Un poco.
Me ruborizo.
—Yo también… Webster —dice con una mueca de disgusto—. Son como animales.
Nos reímos las dos.
—¿Tú también estás dolorida? —le pregunto sorprendida.
—Sí… de tanto darle.
Y me echo a reír.
—Cuéntame cosas de Tom —le pido cuando paro por fin.
Siento que me relajo por primera vez desde que estaba haciendo cola en el lavabo del bar… antes de la llamada de teléfono con la que empezó todo esto…
cuando admiraba a la señora Webster desde la distancia. Días felices y sin complicaciones.
Tina se ruboriza. Oh, Dios mío… Tina McIntyre se convierte en Sian Powers. Me lanza una mirada ingenua. Nunca antes la había visto reaccionar así por un hombre. Abro tanto la boca que la mandíbula me llega al suelo. ¿Dónde está Tina? ¿Qué habéis hecho con ella?
—Sian —me dice entusiasmada—, es tan… tan… Lo tiene todo. Y cuando… oh… es fantástico.
Está tan alterada que apenas puede hilvanar una frase.
—Creo que lo que intentas decirme es que te gusta.
Asiente y se ríe como una loca.
—He quedado con él el sábado. Nos ayudará con la mundanza.
Junta las manos, se levanta del sofá y se dirige a la ventana haciendo piruetas. La mudanza. Mierda, lo había olvidado, y eso que hay cajas por todas partes.
—Muy amable por su parte —le digo.
Así lo conoceré. Quizá pueda darme más pistas sobre su extraña e inquietante hermana.
—Bueno, ¿qué hicisteis anoche? —le pregunto. Ladea la cabeza hacia mí y alza las cejas en un gesto que viene a decir: «¿Tú qué crees, idiota?».
—Más o menos lo mismo que vosotras, pero nosotros cenamos antes —me dice riéndose—. ¿De verdad estás bien? Pareces un poco agobiada.
—Estoy agobiada. Sophie es muy intensa.
—Sí, ya me hice una idea. Pero ¿se ha portado bien contigo?
—Sí —la tranquilizo—. Me muero de hambre. ¿Quieres que prepare algo?
Asiente y mete un par de libros en una caja.
—¿Qué quieres hacer con los libros de catorce mil dólares? —me pregunta.
—Se los voy a devolver.
—¿De verdad?
—Es un regalo exagerado. No puedo aceptarlo, y menos ahora.
Sonrío, y Tina asiente con la cabeza.
—Lo entiendo. Han llegado un par de cartas para ti, y Noah no ha dejado de llamar. Parecía desesperado.
—Lo llamaré —murmuro evasiva.
Si le cuento a Tina lo de Noah, se lo merienda. Cojo las cartas de la mesa y las abro.
—Vaya, ¡tengo entrevistas! Dentro de dos semanas, en Seattle, para hacer las prácticas.
—¿Con qué editorial?
—Con las dos.
—Te dije que tu expediente académico te abriría puertas, Sian.
Tina ya tiene su puesto para hacer las prácticas en The Seattle Times, por supuesto. Su padre conoce a alguien que conoce a alguien.
—¿Qué le parece a Tom que te vayas de vacaciones? —le pregunto.
Tina se dirige hacia la cocina, y por primera vez desde que he llegado parece desconsolada.
—Lo entiende. Una parte de mí no quiere marcharse, pero es tentador tumbarse al sol un par de semanas. Además, mi madre no deja de insistir, porque cree que serán nuestras últimas vacaciones en familia antes de que Joe y yo empecemos a trabajar en serio.
Nunca he salido del Estados Unidos continental. Tina se va dos semanas a Barbados con sus padres y su hermano, Joe. Pasaré dos semanas sola, sin Tina, en la nueva casa. Será raro. Joe ha estado viajando por el mundo desde el año pasado, después de graduarse. Por un momento me pregunto si lo veré antes de que
se vayan de vacaciones. Es un tipo majísimo. El teléfono me saca de mi ensoñación.
—Será Noah.
Suspiro. Sé que tengo que hablar con él. Levanto el teléfono.
—Hola.
—¡Sian, has vuelto! —exclama Noah aliviado.
—Obviamente —le contesto con cierto sarcasmo.
Pongo los ojos en blanco.
—¿Puedo verte? Siento mucho lo del viernes. Estaba borracho… y tú… bueno. Sian, perdóname, por favor.
—Claro que te perdono, Noah. Pero que no se repita. Sabes cuáles son mis sentimientos por ti.
Suspira profundamente, con tristeza.
—Lo sé, Sian. Pero pensé que si te besaba, quizá tus sentimientos cambiarían.
—Noah, te quiero mucho, eres muy importante para mí. Eres como el hermano que nunca he tenido. Y eso no va a cambiar. Lo sabes.
Siento hacerle daño, pero es la verdad.
—Entonces, ¿sales con ella? —me pregunta con desdén.
—Noah, no salgo con nadie.
—Pero has pasado la noche con ella.
—¡No es asunto tuyo!
—¿Es por el dinero?
—¡Noah! ¿Cómo te atreves? —le grito, atónita por su atrevimiento.
—Sian —dice con voz quejumbrosa, en tono de disculpa.
Ahora mismo no estoy para aguantar sus mezquinos celos. Sé que está dolido, pero ya tengo bastante con lidiar con Sophie Webster.
—Quizá podríamos tomar un café mañana. Te llamaré —le digo en tono conciliador.
Es mi amigo y le tengo mucho cariño, pero en estos momentos no estoy para aguantar estas cosas.
—Vale, mañana. ¿Me llamas tú?
Su voz esperanzada me conmueve.
—Sí… Buenas noches, Noah.
Cuelgo sin esperar su respuesta.
—¿De qué va todo esto? —me pregunta Tina con las manos en las caderas.
Decido que lo mejor es decirle la verdad. Parece más obstinada que nunca.
—El viernes intentó besarme.
—¿Noah? Sian, tus feromonas deben de estar haciendo horas extras. ¿En qué estaba pensando ese imbécil?
Mueve la cabeza enfadada y sigue empaquetando.
Tres cuartos de hora después hacemos una pausa para degustar la especialidad de la casa, mi lasaña. Tina abre una botella de vino y nos sentamos a comer entre las cajas, bebiendo vino tinto barato y viendo programas de televisión basura. La normalidad. Es bien recibida y tranquilizadora después de las últimas cuarenta y ocho horas de… locura.
Es mi primera comida en dos días sin preocupaciones, sin que me insistan y en paz. ¿Qué problema tiene Sophie con la comida?.
Tina recoge los platos mientras yo acabo de empaquetar lo que queda en el salón. Solo hemos dejado el sofá, la tele y la mesa. ¿Qué más podríamos necesitar? Solo falta por empaquetar el contenido de nuestras habitaciones y la cocina, y tenemos toda la semana por delante.
Vuelve a sonar el teléfono. Es Tom. Tina me guiña un ojo y se mete en su habitación dando saltitos como una quinceañera. Sé que debería estar escribiendo su discurso por haber sido la mejor alumna de la promoción, pero parece que Tom es más importante.
¿Qué pasa con los Webster? ¿Qué los hace tan absorbentes, tan devoradores y tan irresistibles? Doy otro trago de vino.
Hago zapping en busca de algún programa, pero en el fondo sé que estoy demorándome a propósito. El contrato echa humo dentro de mi bolso. ¿Tendré las fuerzas y lo que hay que tener para leerlo esta noche?
Apoyo la cabeza en las manos.
Tanto Noah como Sophie quieren algo de mí. Con Noah es fácil, pero Sophie… Manejar y entender a Sophie es otra cosa.
Una parte de mí quiere salir corriendo y esconderse. ¿Qué voy a hacer? Pienso en sus ardientes ojos azules eléctricos, en su intensa y provocativa mirada, y me pongo tensa.
Sofoco un grito. Ni siquiera está aquí y ya estoy a cien. No puede ser solo sexo, ¿verdad? Pienso en sus bromas amables de esta mañana, en el desayuno, en su
alegría al verme encantada con el viaje en helicóptero, en cómo tocaba el piano, esa música tan triste, dulce y conmovedora…
Es una mujer muy complicada. Y ahora he empezado a entender por qué. Una chica privada de adolescencia, de la que abusa sexualmente una malvada señora
Robinson… No es extraño que ella parezca mayor de lo que es.
Me entristece pensar en lo que ella debe de haber pasado. Soy demasiado ingenua para saber exactamente de qué se trata, pero la investigación arrojará algo de luz.
Aunque ¿de verdad quiero saber? ¿Quiero explorar ese mundo del que no sé nada? Es un paso muy importante.
Si no la hubiera conocido, seguiría tan feliz, ajena a todo esto. Mi mente se traslada a la noche de ayer y a esta mañana… a la increíble y sensual sexualidad que
he experimentado.
¿Quiero despedirme de ella? ¡No!, exclama mi subconsciente… La diosa que llevo dentro, sumida en un silencio zen, asiente para mostrar que
está de acuerdo con ella.
Tina vuelve al comedor sonriendo de oreja a oreja. Quizá esté enamorada. La miro boquiabierta. Nunca se ha comportado así.
—Sian, me voy a la cama. Estoy muy cansada.
—Yo también, Tina.
Me abraza.
—Me alegro de que hayas vuelto sana y salva. Hay algo raro en Sophie —añade en voz baja, en tono de disculpa.
Sonrío para tranquilizarla, aunque pienso: ¿Cómo demonios lo sabe? Por eso será una buenísima periodista, por su infalible intuición.
Cojo el bolso y me voy a mi habitación con paso desganado. Los esfuerzos sexuales de las últimas horas y el total y absoluto dilema al que me enfrento me han dejado agotada. Me siento en la cama, saco con cautela del bolso el sobre de papel manila y le doy vueltas entre las manos.
¿Estoy segura de que quiero saber hasta dónde llega la depravación de Sophie? Ella resulta tan intimidante… Respiro hondo y rasgo el sobre con el corazón en un puño.
