Capítulo 10

Bella salió a trompicones del baño, se arrastró hasta la cama y rezó para que aquel fuera el último ataque de náuseas matutinas. A la una de la tarde. El niño, al parecer, tenía el horario tan cambiado como el de ella. Se acostaba a las cinco y media de la mañana, dormía hasta el mediodía y luego vomitaba hasta las tripas durante la hora siguiente. «Qué manera de empezar el día», pensó, tendiéndose de espaldas.
Se tapó el vientre, cerró los ojos y mentalmente le suplicó al bebe que volviera a dormirse. Parecía que, desde el momento en que había averiguado que estaba embarazada, todos los síntomas habían empezado a machacarla.
El teléfono sonó, pero dejó que saltara el contestador. De todas formas, no podría formular una frase con un mínimo de coherencia. Al oír la voz de Edward, se espabiló inmediatamente.
-Bells, llámame. No puedo soportarlo. Ha pasado mucho tiempo. Te necesito.
«Te necesito. Nada de te quiero, no puedo vivir sin ti...». Cerró los ojos, incapaz aún de enfrentarse a él. Todavía trataba de hacerse a la idea de que finalmente estaba embarazada del hijo de Edward. Sabía lo que ocurriría cuando él se enterara. La apartaría como había apartado a las demás mujeres de su vida. Su fobia al compromiso formaba parte de su rechazo a la paternidad. Aun así, se sentiría obligado y ella no lo quería así. Quería su total entrega.
«No tiene sentido que lo deje para más adelante», pensó, incorporándose de golpe. El movimiento fue un error. Le sobrevino otra oleada de náuseas que apaciguó bebiéndose el vaso de agua que tenía en la mesilla. Después se sostuvo la cabeza entre las manos, pensando en Edward. Tenía que decírselo. Hoy.

Edward estaba contento porque ya era fin de semana y no tenía que estar de guardia. Su atención a los pacientes había dejado bastante que desear durante aquella semana. Necesitaba estar solo, aunque lo único que aquella tranquilidad estaba consiguiendo era volverlo loco. Se encontraba despaturrado sobre el sofá, haciendo zapping y bebiendo una taza de café. Finalmente apagó la tele y suspiró. Ni siquiera había querido levantarse esa mañana. Tener que enfrentarse a un nuevo día sin Bella le carcomía las entrañas. La había estado escuchando por la radio cada noche desde que se marchó de su casa. Solo con oír su voz se tranquilizaba. Se preguntó si ella lo estaría pasando tan mal como él. El teléfono sonó y pudo oír su voz dejando un mensaje en el contestador. Edward dio un salto hacia el teléfono y descolgó.
-¿Bells? -preguntó, ansioso.
-Hola, doctor. ¿Cómo estás? -a pesar de su tono alegre, Bella cerró los ojos por el placer de volver a escuchar su voz.
Edward dejó escapar un suspiro de alivio.
-Fatal. Te echo de menos, Bells.
-Yo también te echo de menos -dijo ella, con un nudo en la garganta.
-Entonces deja que te vea. Me siento como un adicto al que le han quitado la dosis. Eres como mi marca personal de heroína Bella.
Ella esbozó una sonrisa.
-Lo mismo digo.
Desde que él había vuelto de San Diego, nunca habían estado separados durante tanto tiempo, e incluso entonces se llamaban al menos dos veces a la semana.
-Podemos encontrar una solución, sé que podemos. Habla conmigo.
A Bela le molestó la determinación con que lo dijo. La única manera de solucionarlo era que el cambiara de idea respecto a los hijos.
-Puede que no te guste lo que tengo que decirte.
-Cariño, sea lo que sea, tiene que haber una solución. No puedo perderte.
-En el Plum's Café, en una hora, ¿de acuerdo?
Él echó un vistazo rápido al reloj de la chimenea.
-Allí estaré -contestó.
Parecía tan ansioso por verla... Bella tuvo ganas de llorar.
-Muy bien. Hasta luego.
Edward colgó y se dirigió a su cuarto para cambiarse. Se detuvo un momento a medio camino. Bella parecía preocupada, cansada, pensó. Y algo asustada.

Bella cruzaba la esquina mientras salía a la calle donde estaba la cafetería, cuando vio a Edward abrazar a otra mujer. Una mujer pequeña y rubia. Se paró en seco. Se le hundió el corazón a los pies sintiendo cómo la ira y los celos la invadían al ver cómo le sonreía, le decía algo que no pudo captar y le tocaba la mejilla. Dio un paso, porque no quería pasar por alto lo que había visto, pero luego decidió que no merecía la pena montar una escena delante de toda la ciudad. Se dio la vuelta.
-¡Bella!
Continuó caminando y aceleró el paso hacia el coche. Edward corrió tras ella, y justo cuando ella metía la llave en la cerradura, él la alcanzó.
-¿Por qué te vas? ¿No me oías?
-Te oía y te vi. -lo miró enfadada, luego desvió la vista hacia la mujer y volvió a mirarlo-. Sabía que el compromiso no era tu fuerte, Edward, pero, vaya, esto debe ser un récord. Incluso para ti.
-¿Qué? -se giró para mirar a la rubia y luego a ella-. No lo has entendido, cariño.
-¿En serio? Te pido que quedemos y te veo con otra mujer.
Bella abrió la puerta del coche, obligándolo a apartarse, pero él la agarró y la sacó. Se dio cuenta de que estaban llamando la atención. Caminó hasta su coche, abrió la puerta del pasajero y gruño:
-Entra.
Con el ceño fruncido, ella se montó en su coche.
-Estás celosa -dijo Edward, una vez encendido el motor.
-Desde luego que sí.
-No tienes ninguna razón para estar celosa. Y eres tú la que te libraste de mí.
-Lo sé. No quería.
Él le lanzó una mirada ardiente.
-Entonces no lo hagas.
-Tienes una reputación con la que estoy bastante familiarizada, Edward. He oído hablar de cada una de tus conquistas. ¿Qué se supone que debo pensar si te veo abrazando a otra mujer?
Edward se giró para mirarla.
-Se supone que debes confiar en mí, como lo has hecho durante quince años -la expresión de Bela se ablandó-. Y esa era la madre de un paciente. Me estaba dando las gracias por salvar la vida de su hijo.
Ella se sintió culpable.
-¿Un paciente?
-Sí -dijo, acercándose a ella-. Eres la única mujer que quiero abrazar, Bells.
El corazón de Bella dio un brinco y luego se hundió de nuevo al recordar lo que tenía que decirle.
-Lo siento. Es que desde que no nos vemos, apenas puedo pensar en otra cosa, en que hemos cometido una equivocación.
-No, maldita sea, no es así -y luego la besó.
Y los días fríos de separación se disolvieron en el calor del momento. Ella se inclinó y él la apretó contra su cuerpo mientras la besaba fervientemente. Sus labios y su lengua se adueñaron de su boca, seduciéndola, mostrándole cuánto la había echado de menos, cuánto la necesitaba. Se besaron con ansiedad, tratando de acercarse lo máximo posible, la mano de él introduciéndose bajo la blusa, y la mano de ella palpando sus pantalones. Edward emitió un gruñido de frustración al sentir su caricia. Abruptamente, él la puso en el asiento y maniobró el coche, uniéndose por fin al tráfico. Condujo el coche a toda velocidad. El volvo tomó las curvas como si fuera por raíles. Cambió de marcha, con la vista fija en la carretera, mientras su mano se deslizaba por debajo de su falda, abriéndole los muslos.
-¡Edward!
-Ábrete a mí, cariño, necesito tocarte.
La fuerza de voluntad de Bella se evaporó y abrió las piernas. Sus dedos se deslizaron por debajo de las braguitas y entre los pliegues de la húmeda carne. Ella contuvo el aliento, arqueando las caderas mientras él jugaba con una intención que no dejaba lugar a dudas. No le importó. No podía pensar en nada más.
-Cambia de marcha -ordenó.
Ella obedeció, sin querer que se detuviera, y para cuando él se metió por el camino de grava y aparcó finalmente en el garaje, ella estaba dispuesta a hacer el amor allí mismo, inmediatamente.
Cuando se cerró la puerta del garaje se quedaron en la más completa oscuridad, pero en pocos segundos él abría la puerta del pasajero y la sacaba del coche para besarla de nuevo. Al notar el frío acero en las piernas, Bella sintió que la urgencia, la devoraba.
Edward respondió a su demanda levantándole la falda. Enganchó la fina goma de las braguitas con los pulgares y tiró de ella, desgarrándolas. Antes de que Bella pudiera reaccionar, la tendió sobre el capó, introdujo las manos bajo las nalgas y le levantó las caderas. La miró a los ojos, con una sonrisa torva y sexy, antes de saborearla.
-¡Edward!
Pero él la aprisionó entre sus brazos y su lengua devoró su sexo con avidez, penetró en su interior con determinación, torturándola incansablemente, haciendo que ella se arqueara sobre el frío metal. Después le abrió los muslos e introdujo dos dedos en ella. Bella encontró el paraíso instantáneamente y emitió un grito que reverberó en las paredes del garaje. Él continuó empujando hasta que su cuerpo se calmó y entonces la bajó del coche y la arrastró hasta la casa.
-No puedo creer que le hicieras eso a mis braguitas -dijo ella, aún temblando.
-Sí, lo sé -gruñó él, besándola con ferocidad-. Y también necesito quitarte esto, ya -añadió, antes de desabotonarle la blusa, desabrocharle el sujetador y abarcar sus pechos con las palmas de las manos.
Bella se apretó contra él, empujándolo hacia atrás.
-Tú también.
Luchó con los botones de su camisa mientras los dos se quitaban los zapatos. La blusa y el sujetador cayeron en la alfombra, dejando un reguero sensual desde el garaje hasta la entrada. Impaciente Edward la empujó contra la pared más cercana y la besó. Y volvió a besarla.
No podía contener su desesperación. La necesitaba a ella, no solo su cuerpo, la deseaba tanto que no podía soportar la idea de volver a estar sin ella. Nunca se había sentido más perdido. En sus brazos dentro de su cuerpo, quería probarle que estaban hechos el uno para el otro. Separado de ella, estaba vivo a medias; con ella, se sentía entero y humano. Mirándola a los ojos, pudo ver su futuro, la vida con la que había soñado de niño. Un lugar al que llamar hogar.
No iba a permitir que se marchara, nunca. Eso era lo que su beso le transmitió mientras se sacaba la camisa y la apretaba contra la pared. Le bajó la falda, le abarcó las nalgas con las manos y la presionó contra él con dureza, susurrando que no podía esperar a estar dentro de ella, a sentir que su cuerpo lo envolvía.
-Entonces necesitamos menos ropa -dijo ella, apartando su falda de una patada.
Luego, le abrió los pantalones apresuradamente y su mano se cerró en torno a su masculinidad. Él gimió en voz alta empujando su erección contra su palma mientras le acariciaba los pechos. Ella se deslizó por la pared, arrastrando los pantalones en el movimiento, y envolviéndolo de nuevo, se lo metió en la boca. La mente de Edward quedó en blanco. Apenas pudo permanecer en pie, tuvo que apoyarse con los dos brazos en la pared mientras cada roce de su lengua iba haciéndole perder el control. Sabía que estaba gimiendo como un loco, pero no podía evitarlo.
-Bells, Bells, cariño.
Ella hizo caso omiso de su súplica y continuó con su dulce ataque. Al borde del abismo, él la agarró por las axilas y la levantó. Se lanzó sobre ella, devorando su boca, sus pechos. Comenzó a alejarse de la pared, llevándola con él, hacia el dormitorio. Los pantalones quedaron en el camino. No dejaron de tocarse y besarse frenéticamente, descubriendo nuevas sensaciones. Mientras la acorralaba contra uno de los postes de la cama. Edward sacó un pequeño paquete del cajón y lo abrió. Al verlo, Bella sintió una punzada de culpa, que desapareció cuando él sumergió un pezón en el calor de su boca, y luego trazó un sendero de besos por su cuerpo, marcado en la curva de la cadera, en el vientre, y cuando la hizo girar, en las nalgas y en la esbelta columna. Ella echó la cabeza hacia atrás y se aferró al poste al sentir que sus dedos se hundían entre los muslos. Tocó su cuerpo como un experto violinista que tensa y afina las cuerdas de su violín.
-Edward, por favor -suplicó ella, apretándose contra su erección.
Él no pudo contener un ramalazo de anticipación al ver cómo ella se agachaba ligeramente, abriendo confiadamente el calor húmedo de su vulnerabilidad. La llenó por completo, profundamente. Se aferró a sus caderas y cerró los ojos. El sentimiento de plenitud que lo invadió le robó el aliento y dio paso a una pasión turbulenta. Se retiró lentamente. Ella emitió un gemido, casi un ronroneo, y él respondió a su llamada, vibrando cuando los delicados músculos se tensaron, envolviéndolo como un guante. Bella sintió que su alma se partía en dos, dividida por la necesidad desesperada que tenía de él. Edward percibió su impaciencia y la sostuvo con fuerza, empujando una y otra vez, deseando que aquello nunca terminara. De repente se apartó, provocando un grito de frustración que él ahogó con un beso, mientras la hacía girar y la levantaba. Volvió a casa con un movimiento suave y fluido, tendiéndola sobre la cama sin romper el ritmo sinuoso de las caderas. Dobló ligeramente la pierna, reclinado sobre ella, sonrió al ver sus hermosos ojos, y la penetró con firmeza.
-Eres mía, Bells. Siempre lo has sido -susurró-. Y siempre lo serás.
-Sí -murmuró ella junto a sus labios-. Sí, siempre. Oh, Edward.
Oleadas de placer los engulleron mientras sus cuerpos se fundían y separaban al unísono, y a través de sus ojos verdes ella pudo leer en las profundidades de su alma. Jadeó, tratando de respirar, rodeándole con las piernas, latiendo por el éxtasis espléndido de su unión. Observó cómo el placer de él iluminaba sus rasgos, cómo perdía el aliento, sin dejar de mirarlo a los ojos mientras se hundía en ella una vez más, y la ola del clímax lo elevaba a lo más alto y rompía en su interior.
-Bells, Bells.
-Lo sé, cariño, lo sé.
La sorprendía cada vez que hacían el amor. El poder y la fuerza de las sensaciones que se encadenaban clamando una liberación que solo él podía darle.
Se besaron, abrazados y temblorosos, renuentes a volver a la realidad. Porque ella sabía que tendría que enfrentarse a su problema, y revelar el secreto que guardaba a salvo en las entrañas.
Edward dormitó perezosamente, sonriendo al oír a Bella buscando su ropa por toda la casa. Abrió un ojo cuando entró en la habitación. Llevaba puesta su camisa y no podía parecer más sexy.
Ella le arrojó los pantalones a la cara.
-No tengo bragas.
Él sonrió de oreja a oreja. Estaba tan graciosa, con los brazos en jarras y la camisa abierta mostrando el valle entre sus pechos y los suaves rizos entre los muslos.
-¿No te dije que mi fantasía era dejarte sin bragas cuando estuvieras conmigo?
-¿Qué diferencia puede haber si enseguida me las quitas?
-Entonces no te las pongas nunca.
Bella le echó tan solo una ojeada mientras recogía la falda del suelo, frunciendo el ceño al ver lo arrugada que estaba.
-Voy a parecer la golfa del pueblo si voy así a casa.
-No es verdad. Vas a parecer una mujer que ha sido amada apasionadamente durante toda la tarde -dijo, dando unos golpecitos en la cama-. Quédate.
Ella no lo miró, negando con la cabeza mientras examinaba la blusa, que estaba poco más o menos igual de arrugada.
-Tengo que ir a trabajar antes de lo habitual para grabar algunas ráfagas publicitarias para un nuevo promotor.
Quitándose la camisa, se puso el sujetador y la blusa. Edward notó que las manos le temblaban al subirse la falda. Y que rehuía su mirada.
-¿Bells? -se bajó de la cama y se puso los pantalones.
-¿Sí? -se subió la cremallera de la falda, metiéndose la blusa por dentro.
Él recordó entonces cómo había empezado el día, cuando hablaron por teléfono. Se acercó a ella y le levantó la barbilla para que lo mirara a los ojos.
-Dime qué sucede, Bella. Noto que algo te inquieta.
Ella supo que el momento que había temido tanto había llegado.
-Se supone que iba a tener la primera operación esta semana.
Edward se tensó.
-Y al parecer no lo has hecho -dijo, en tono de interrogación.
Bella meneó la cabeza. Edward se sintió fatal sabiendo cuánto lo deseaba ella.
-He cambiado de idea. Increíble, ¿no? -lanzó una carcajada seca-. Después de toda mi palabrería, no pude hacerlo, no si corría el riesgo de perderte.
Edward se sintió a la vez triste y complacido.
-Quiero una vida contigo, Edward, y si lo hiciera, sé que te perdería.
-No, cariño, no me perderías. Nada va a impedir que estemos juntos. Solo tenemos que encontrar una solución.
-Eso espero -dijo ella, apartando la vista.
-Te estás callando algo, Bella -ella lo miró y la pena que vio en sus ojos le sorprendió-. Dímelo. Dios mío, parece que se haya muerto alguien.
-Cuando el médico entró en el despacho con el resultado de los análisis, ya había tomado la decisión. Me marchaba para venir a verte. Entonces me dio los resultados y ... -tomó aire y espetó-: ...era demasiado tarde. Ya estoy embarazada.
Él la miró fijamente mientras digería las palabras.
-¿Embarazada? Pero si no te hicieron la operación...
-Vamos a tener un niño, Edward. El bebé es tuyo.