Capítulo 10

El despertador sonó a las ocho menos cuarto de la mañana pero, en cuanto abrió los ojos, Ichigo decidió que ese día no iría a trabajar.

Todavía medio adormilado le escribió un mensaje a Tatsuki disculpándose por no poder impartir su clase ese día. Lo envió antes de pensar siquiera en lo que hacía, aunque no pudo evitar preguntarse, al menos durante un instante, durante cuánto tiempo seguiría Tatsuki consintiéndole sus caprichos y cuánto tardaría Renji en aburrirse de cubrir sus turnos. A ese ritmo acabaría en la calle antes de que terminase el mes.

¿Lo peor? Que ni siquiera le importaba. No demasiado.

Se incorporó muy lentamente, casi a cámara lenta, hasta quedar sentado en la cama. Le dolía todo el cuerpo; la sien derecha comenzaba a punzar, amenazando con una jaqueca incipiente, y notaba los músculos de la espalda agarrotados.

Quizá, solo quizá, la culpa la tuviera el hecho de que esa noche no había conseguido pegar ojo.

A la una de la mañana, todavía pensaba en el tal Byakuya Kuchiki, el hombre que aparecía en la fotografía, el hombre al que Renji tan bien parecía conocer.

Aunque su amigo se había negado a hablar de aquella extraña y sorprendente relación, Ichigo había podido percibir claramente el odio que emanaba de Renji cuando hablaba de él, el desprecio con el que se refería a él, llamándolo pijo aristócrata.

La actitud de Renji lo había sorprendido enormemente. A fin de cuentas, jamás habría podido imaginar que ese hombre volvería a cruzarse en su camino. Porque, oh, sí, Ichigo sabía muy bien quién era él. No habían hecho falta explicaciones por parte de Renji. Ichigo simplemente lo sabía. Conocía lo suficientemente bien a su amigo como para saber que Renji tan solo le guardaba verdadero rencor a dos personas.

El primero era su padre. Y, el segundo, el hombre que años atrás le había arrebatado, no solo su trabajo, sino también su reputación y que, con ello, le había empujado de nuevo a la vida de delincuencia de la que tanto había luchado por escapar.

Byakuya Kuchiki.

Ichigo no conocía a ese tipo, pero ya lo odiaba.

¿Y ahora…? ¿ Ahora ese hijo de perra iba a casarse con Rukia?

Joder.

A las tres de la mañana, seguía pensando en las marcas que alguien había dejado en la muñeca de Rukia, en la forma en la que ella había tratado de esconder su miedo mientras hablaba con él. Casi lo había logrado. Casi.

A las cinco de la mañana volvía a preguntarse si realmente había actuado de forma correcta al registrar las cosas de Rukia. Pensando en ello fríamente no podía evitar darse cuenta de que había sido, no solo una irresponsabilidad, sino una falta de respeto hacia Rukia.

Pero ¿qué podría hacer sino? Rukia se negaba a dar explicaciones, se negaba a dejarse ayudar.

Para Chad e Ishida, incluso para Renji, era más fácil. Ellos nunca habían perdido a nadie. Al menos, no de la manera en que habían estado a punto de perder a Rukia. Cualquier cosa, cualquier final, hubiera sido mejor. Ichigo lo sabía. Sabía que si tenía que revivir esa situación una vez más se volvería loco. Y no quería que sus compañeros descubriesen lo que era esa angustia, el no saber, la espera…

¿Y si ella volvía a desaparecer? ¿Y si la próxima vez no tenía la suerte de escapar con apenas unos moratones?

Déjala en paz, fue todo lo que le había dicho Ishida cuando le había contado lo que él y Renji habían descubierto en su cartera. E Ichigo no había podido creer sus palabras. No había querido hacerlo. No sabes lo que ha pasado. No sabes nada de ella.

Y era cierto. Ichigo nunca se había molestado siquiera en preguntar ni siquiera por qué se empeñaba en negar la existencia de su hermano, un tal Ganju, cuando él mismo había llamado para alquilar la habitación.

Por Dios, ni siquiera sabía dónde diablos estaba trabajando.

El pensar en ello solo lo hizo sentirse peor. Jodidamente peor.

Y le hizo tomar una decisión. Sí, haría lo que fuera necesario. Sin dudarlo.

Mientras se duchaba, le daba vueltas a todo ello una vez más. Quería pensar que había tomado la decisión correcta, que sería capaz de llevarla a término, con todas sus consecuencias. Quería pensar que estaba preparado para abrirse una vez más.

Aunque, quizá, necesitara un pequeño empujoncito para ello y las circunstancias apropiadas. Estaba decidido a hacer un poco de trampa, y esperaba que Rukia pudiese perdonárselo.

Así que al salir del baño se vistió, cogió su bolsa de deporte negra y se asomó a la cocina. Rukia estaba allí, acurrucada en uno de los sofás, con una taza de café hirviendo entre las manos.

Ambos se miraron en silencio durante unos instantes, con expresión indescifrable. Ninguno de los dos quería dar el primer paso; Ichigo temía traicionar sus intenciones, Rukia no quería propiciar un nuevo interrogatorio. Pero, a fin de cuentas, era inevitable hacerlo.

—Buenos días —fue todo lo que dijo ella.

—Buenos días —repitió él—. ¿Qué tal te encuentras?

Rukia sintió cómo su espalda se tensaba involuntariamente. ¿Cuándo se había torcido todo? ¿Y por qué tenía que haber ocurrido?

Era consciente de que desde su primer día en aquella casa había tenido que mantener sus secretos ocultos. Pero… ¿y ahora? Ahora cada palabra parecía traicionarla, parecía convertirse en una puerta que llevaría a Ichigo directo a la clave de su misterio.

—Bien, gracias —respondió tras una pausa.

¿Por qué todo había tenido que cambiar tanto en tan poco tiempo?

Esperaba que Ichigo no siguiese hablando, no se sentía con fuerzas de mantener una conversación en ese preciso instante. Por suerte, Ichigo pareció notarlo.

—Bueno, pues… —Se encogió de hombros y alzó la bolsa de deporte para que ella la viera—. Me voy.

Y se marchó. Así, sin más. Un segundo estaba allí, y al siguiente había desaparecido.

Rukia le dio un sorbo a su café, tratando de no preguntarse por qué diablos no se sentía tan aliviada como debería haberlo estado.

En realidad, por mucho que le avergonzara reconocerlo, la respuesta era obvia. A pesar de la asfixiante curiosidad de Ichigo, su presencia era reconfortante. Transmitía una sensación de seguridad que Rukia había perdido hacía mucho tiempo.

Su móvil vibró, iluminándose suavemente. Lo cogió con dedos temblorosos, pero el mensaje no era de Ganju. Ni de Kaien. Lo último que había sabido de ellos era que habían logrado sacar a Kaien de casa de Aizen sin problemas. Nada más. Y ella quería saber. Quería conocer hasta el último de los detalles, lo necesitaba con toda su alma. Pero no se atrevía a llamar, como si eso pudiera estropearlo todo. Como si, de repente, Aizen estuviera al tanto de su relación y pudiese leer sus mensajes.

Sabía que no era posible y, a pesar de todo, decidió esperar. Sabía que Ganju se pondría en contacto con ella cuando lo creyese oportuno.

El mensaje era de Orihime, diciéndole que no hacía falta que aquel día fuera a trabajar. Sin embargo, Rukia decidió ignorarlo. Su compañera se había preocupado mucho cuando Rukia la había llamado para asegurarle que se encontraba bien. Por culpa de la imprudente reacción de Ichigo, Rukia no había podido ocultar su desaparición. Y, aunque trató de quitarle importancia e Inoue parecía haberse tragado sus excusas, seguía angustiada.

La verdad era que eso, la preocupación, la compasión incluso, que despertaba en aquellos que la rodeaban la ponía enferma. La hacía sentir débil, desprotegida. Diminuta. Y odiaba esa sensación.

La puerta del piso se abrió con un chasquido, sacándola de sus pensamientos y tan solo un par de segundos más tarde Renji se desplomó a su lado en el sofá, pasándole un brazo sobre los hombros. En el suelo, entre sus pies, dejó una bolsa del supermercado, de la que asomaban un par de paquetes de ramen instantáneo y unos pimientos.

—¿No tienes que trabajar hoy? —Le preguntó Rukia tras darle un nuevo sorbo a su café. Todavía quemaba.

—Entro a las doce. —Se encogió de hombros. No dejaba de mirarla, pero Rukia sabía que no haría ninguna comprometida. No era el estilo de Renji. Por alguna extraña razón, Renji respetaba su silencio. Y, aunque estaba segura de que él deseaba que compartiera sus pensamientos con él, nunca la presionaba. Quizá porque tampoco a él le gustaba que lo presionasen.

Mientras ambos se miraban en silencio, Rukia no pudo evitar fijarse en que, a pesar de que Renji e Ichigo se parecían en muchos aspectos, también eran muy diferentes entre sí. Rukia sospechaba que esas diferencias procedían, principalmente, del mismo lugar del que procedían sus semejanzas: el motivo por el que habían llegado allí, a ese horrible piso en uno de los más inmundos barrios de Tokio.

No podía negarlo. Igual que ellos sentían curiosidad hacia su pasado, también Rukia estaba intrigada por la situación de sus compañeros. De sus amigos.

—Kurosaki está muy cambiado, ¿no te parece? —Dejó caer como quien no quiere la cosa.

Renji guardó unos instantes de silencio.

—Bueno, es normal, ¿no te parece? —Se frotó la ceja, haciendo que la piel tatuada de su frente se arrugase—. Nos diste un susto de muerte.

Ella no pudo reprimir una sonrisa.

—Sí, ya. Pero él apenas se preocupaba por mí. Y ahora, de repente…

Renji se encogió de hombros.

—Tiene sus motivos.

—¿Su madre? —La sorpresa en el rostro de Renji fue claramente perceptible, al menos durante unos segundos—. ¿Todo esto es por su madre?

Una pausa. Renji hurgaba con el índice en un agujero del sofá.

—¿Te ha hablado de su madre?

Ella sacudió la cabeza en un gesto indefinido que podía interpretarse tanto como un 'sí' como un 'no'.

—Yo sigo siendo la misma persona de siempre. Sé que desde hace unas semanas nos llevamos mejor, no digo que no… —No sabía cómo seguir—. Pero, de repente, se preocupa demasiado… Yo soy la de siempre —repitió, sin saber muy bien si Renji comprendía lo que quería decirle—. En realidad lo que sea que le pasara a su madre no tiene que ver conmigo…

—¿En serio piensas eso? —La interrumpió Renji.

Pero ella calló, esperando a que él continuara. Lo hizo.

—Ichigo adoraba a su madre. Cuando le pasó aquello… —¿El qué?, quiso preguntar Rukia, pero sabía que él no respondería a la pregunta. Solo Ichigo tenía ese derecho, y ambos lo sabían—. Lo cambió por completo, ¿entiendes? Por completo. ¿Crees que podía quedarse de brazos cruzados, esperando a que lo mismo volviese a ocurrir delante de sus narices?

—Pero yo…

—Sí, lo sé. Sigues siendo la misma, ¿no? —La mirada de Renji la atravesaba—. O, al menos, eso dices. Pero yo creo que no. Al menos no para nosotros. No para Ichigo.

Otra pausa, más larga en esta ocasión.

—Supe que tenías un secreto desde el primer día que llegaste aquí. —Rukia trató de mantenerse impasible, de no dejar que él comprendiese que sus palabras la habían tomado por sorpresa—. Pero una cosa muy distinta es saberlo y otra… comprobarlo.

Ahora era Rukia la que metía el dedo en el agujero del sofá que, sin darse cuenta, Renji había agrandado. Ishida se enfadaría cuando lo viera.

—Todos los que estamos aquí tenemos nuestra historia. Una historia complicada, que la mayor parte de la gente ahí fuera no comprendería. —A pesar de lo rasposa que era, su voz sonaba sincera. Demasiado sincera—. Y ahora Ichigo se ha dado cuenta de tú eres exactamente igual que nosotros.

Ella lo observó en silencio, sin comprender lo que trataba de decirle. Él suspiró. Parecía avergonzado.

—No lo entiendes, ¿verdad? —Ella negó con la cabeza, muy despacio—. Lo de Ichigo… Lo de Ichigo es como un grito de socorro, ¿comprendes? Llevamos solos mucho, muchísimo tiempo… Y cada vez que encontramos a alguien como nosotros…

Rukia tragó saliva.

Es como un grito de socorro, repitió ella mentalmente. Conocía la sensación.

—Somos una familia. Y tú ahora eres parte de ella, te guste o no. —Renji parecía muy serio. Cualquier otra persona se habría sentido intimidada por su expresión, pero Rukia solo podía sentirse agradecida por sus palabras—. Cuando llegaste… Ichigo solo trataba de protegernos. No te quería aquí, porque no pensaba que pudieras comprendernos. Pero ahora… Ahora se ha dado cuenta de que, quizás, tú eres una de esas personas que necesitan comprensión.

Silencio. Silencio durante larguísimos minutos.

Lo único que se oía era el tictac del reloj de pulsera de Rukia, que siempre había resultado anormalmente sonoro.

—Bueno… —carraspeó Renji al fin. Todavía parecía avergonzado por su arrebato de sinceridad—. Debería irme a trabajar.

Rukia asintió y él, tan rápidamente como había llegado desapareció camino de su habitación. Cuando volvió llevaba una bolsa de deporte como la de Ichigo, aunque de color rojo, en la mano.

Le hizo un gesto con la mano y se dirigió hacia la puerta.

—¿Renji? —Él no volvió a asomarse, pero Rukia supo que se había detenido a escuchar, porque el ruido de pasos cesó de repente—. Gracias —fue todo lo que dijo.

Pensó que no iba a recibir respuesta, pero unos segundos después la voz de Renji llegó hasta ella, baja y ronca, casi como un gruñido.

—Espero que sepas guardar el secreto, Rukia. Esta conversación es tan solo asunto nuestro, ¿de acuerdo?

No pudo reprimir una sonrisa al recordar una situación parecida, tantos días atrás, en su primer día en el piso. En aquella ocasión era a Ichigo a quien se dirigía Renji, pero el tono de su voz era el mismo.

—De acuerdo.

La puerta se cerró detrás de Renji y ella se sorprendió pensando en que aquella casa estaba llena de chicos duros que, en realidad, parecían extremadamente frágiles. Heridas del pasado, supuso. A fin de cuentas, Rukia sabía bien qué era eso.

La bolsa que Renji había traído había quedado olvidada a un lado del sofá, así que fue ella quien colocó las cosas.

Las palabras de su amigo resonaban en su cabeza, negándose a abandonarla. Durante horas fue incapaz de pensar en otra cosa, excepto en lo lento que avanzaba el reloj. Su turno en el Maid no empezaba hasta las tres de la tarde y la soledad del piso era asfixiante.

Picoteó unos rollitos de sushi, trató de leer un poco, se puso a limpiar la cocina… Y el reloj seguía avanzando con extremada lentitud.

Cuando por fin le llegó la hora de acercarse al Maid, salió de casa con el corazón en un puño. A fin de cuentas, la última vez que había abandonado el piso sola, había acabado temiendo por su vida. Aunque, desde luego, eso no iba a detenerla. No pensaba quedarse en casa, compadeciéndose de sí misma.

A pesar de ello, se detuvo un momento en el portal, mirando a ambos lados, tratando de descubrir alguna figura sospechosa a lo largo de la calle. No vio nada, así que salió del portal con la cabeza gacha y prácticamente corriendo.

Unas calles más allá le pareció escuchar un rumor de pasos a su espalda, pero cuando se volvió la calle estaba completamente vacía, a excepción de un par de gatos que se asomaban desde la entrada de un callejón rebosante de basura.

No seas paranoica, maldijo mentalmente. Recorrió el resto del camino con el corazón acelerado, muy a su pesar. Apenas se dio cuenta de que había llegado al Café. Entró automáticamente y compuso una sonrisa.

—¡Buenos días!

Matusmoto la miró con curiosidad desde detrás de la barra e Inoue parecía descolocada. Se acercó hacia ella haciendo un puchero, con una bandeja llena de mini sándwiches en la mano. Por un instante, Rukia temió por ellos. Orihime era bastante torpe y Rukia tuvo que ayudarla a enderezar la bandeja cuando se detuvo a su lado. Los sándwiches se salvaron de milagro.

Inoue hizo un puchero.

—¡Pero si te dije que no hacía falta que vinieras hoy!

Rukia sacudió la cabeza, tratando de restarle importancia al asunto.

—Yo también me alegro de veros —respondió, en cambio. Y, sin dejar de sonreír, cruzó la sala para cambiarse. No se le escapó la mirada que intercambiaron sus dos compañeras pero, a pesar de todo, decidió ignorarla.

En cuanto salió del almacén, ya vestida con su uniforme, Matsumoto hizo una seña con la cabeza hacia una mesa, en la que se sentaban los dos chicos a los que había atendido en su primer día en el Café. Keigo y Mizuiro se habían convertido en clientes asiduos de Rukia.

—¡Buenos días, Amos! —Rukia se inclinó para recoger los platos vacíos. Mizuiro le dedicó una sonrisa tímida. Ella le devolvió una radiante, que había perfeccionado desde que había comenzado a trabajar en el Café.

Al principio había temido que se notase lo falsa que era, había temido que la máscara con la que se cubría y detrás de la cual encerraba su verdadera personalidad hubiera resultado demasiado obvia. Había temido que los clientes la rechazasen, pero no había sido así. En absoluto. Desde el principio la habían tomado por una chica dulce y muy alegre, lo que a ella no dejaba de resultarle gracioso.

¿Cómo podía resultar tan sencillo engañar a la gente? La Rukia del Café apenas tenía nada que ver con la Rukia verdadera. No tenía ninguno de sus miedos, no cargaba ninguno de sus traumas ni vivía atemorizada por sus demonios internos. No se sobresaltaba cada vez que la puerta se abría, no temía a cada instante que su pasado fuera a entrar por ella para devolverla a la casa de la que había huido.

Se esforzaba tanto por fingir ser una persona que no era que, en ocasiones, hasta se engañaba a sí misma. Pero, a fin de cuentas, ¿no era eso de lo que se trataba? En el Maid había perfeccionado su fachado pero, antes de llegar allí, ya llevaba muchos años construyéndola, poniéndola en práctica.

Suspiró. Fuera a donde fuera, parecía condenada a vivir fingiendo.

—¿Rukia? ¿Te encuentras bien? —Keigo la miraba con preocupación y Rukia se dio cuenta de que se había quedado inmóvil unos instantes de más.

—Oh, sí. Discúlpenme, Amos. —Tuvo la decencia de ruborizarse, algo que no era nada común en ella. Comenzó a amontonar los platos unos sobre otros con rapidez, pero Keigo no la dejó marchar. Le dirigió una sonrisa deslumbrante y, antes de que pudiera alejarse, la agarró por la muñeca. La muñeca herida.

Rukia soltó un gruñido e instintivamente apartó la mano del chico, con tanta brusquedad y tan mala suerte que los platos que había estado recogiendo cayeron al suelo y se hicieron añicos con un estrépito ensordecedor, que detuvo por unos instantes todo el movimiento de la sala.

La porcelana yacía completamente destrozada a sus pies y su simple visión bastó para hacer que a Rukia se le formase un nudo en la garganta.

—Lo siento, yo… —Apenas escuchaba las palabras de Keigo. Mizuiro se agachó para tratar de recoger el estropicio, pero ella no se movió.

Volvía a pensar en la mano del hombre sobre su muñeca. Le habría gustado decir que no tenía miedo, pero lo cierto es que estaba aterrada. Todavía no estaba preparada para enfrentarse a sus decisiones.

—¡Rukia! —En esta ocasión fue Mizuiro la que le cogió la mano, con mucha delicadeza y todavía agachado en el suelo—. Estás herida —afirmó con sorpresa, en un susurro que pareció resonar en el Café. Efectivamente, por culpa de la brusquedad con la que se había apartado de Keigo, la manga del uniforme se había arrugado y la venda asomaba ahora bajo ella.

Las palabras de Mizuiro parecieron poner en marcha de nuevo el Café.

Orihime empezaba a acercarse a ella cuando Matsumoto la adelantó. En apenas unos segundos estaba a su lado, mirándola con preocupación y haciéndola sentir incluso peor.

—Lo lamento… —Hizo ademán de agacharse para ayudar a recoger el estropicio, pero Matsumoto no se lo permitió. Le sonreía, pero con cautela.

—Creo que es mejor que vayas a cambiarte. Deberías irte a casa a descansar.

Rukia negó con la cabeza y la expresión de Matsumoto se endureció.

—Ahora, Rukia.

Se dio la vuelta, sintiéndose completamente derrotada y odiándose por ello.

Y, cuando creía que las cosas no podían ir peor, se escuchó el chasquido de la puerta al abrirse y la campanilla que estaba atada a ella anunció la llegada de un nuevo cliente.

Rukia se volvió, pensando que podría intentar ayudar un poco antes de marcharse para compensar su error. Y, cuando lo hizo, se quedó helada.

—¿Qué coño…? —fue todo lo que le salió.

Y es que allí, en la puerta del Maid Café y con el ceño más fruncido que nunca, estaba Ichigo.

Continuará…

Bueno, como siempre lamento el retraso. Sé que esta vez he tardado más que nunca. No tengo disculpa, pero es que he estado bastante enferma estos últimos meses. Todavía no me he recuperado, pero hoy es el primer día que me veía con algo de ánimo para escribir, así que quería traeros el próximo capítulo. Lo he terminado de forma un poco apresurada y, si os digo la verdad, he tenido que releer por encima los capítulos anteriores porque apenas recordaba de qué iba la historia.

Si soy más sincera aún tengo que reconocer que no sé qué diablos pintaba Tōsen en todo esto. Sí, lo sé. Soy un desastre. Tenía las ideas apuntadas en un papel, pero ese papel ha desaparecido. Mi madre y su manía de poner orden en mi desorden. Aún así, seguro que se me ocurre algo para sacar la historia adelante.

Una vez más, mis disculpas por lo mucho que he tardado con este capítulo. Y millones de gracias por vuestros reviews.