Nueve
Sasuke atravesó el pasillo, abrió la puerta de su despacho y se encontró a Suigetsu sentado tras el antiguo escritorio de caoba, de espaldas a la puerta. El sillón reclinable de cuero negro crujió cuando se movió su Escudero, cuyos dedos volaban sobre el teclado del ordenador. Era una imagen cotidiana.
Suigetsu era un dios en Internet, lo que en terminología hacker significaba que podía entrar en cualquier sitio, sin importar lo seguro que fuese. Gracias a sus habilidades, junto a Chris Eriksson y Daphne Addams habían sido encargados del diseño y mantenimiento la web de los Cazadores Oscuros, lugar utilizado por los Cazadores y por los Escuderos.
Era bueno saber que a Suigetsu le servía la Universidad para algo más que para conocer a mujeres de moral cuestionable.
–Dime, ¿por qué has entrado a mi habitación sin permiso?
Suigetsu lo miró de soslayo con una sonrisa maliciosa.
–Tío, te habías quedado dormido. Era tarde.
–¡Vamos, hombre!
Con un bufido, volvió a prestar atención al ordenador, ya que acababa de recibir un mensaje.
–Eres el único hombre que conozco que puede tener un humor tan desagradable diez minutos después de haber echado un polvo con una mujer tan estupenda. Joder, ¿no sabes que el sexo sirve para que te sientas mejor?
Sasuke puso los ojos en blanco ante los comentarios; las normas e instrucciones le resbalaban y jamás había logrado intimidarlo. Ni siquiera la noche que le confesó qué tipo de criatura era en realidad.
–Suigetsu… –lo increpó a modo de advertencia.
–Vale, vale. Aquí está el mensaje de los Oráculos:
«De apolita y Daimon nacido será el que os mantenga en vilo.
Sangre de dioses corre por sus venas y la ira es su mejor compañera.
Si queréis a este ser controlar, un Cazador Oscuro con alma debéis encontrar.»
Sasuke frunció el ceño al escuchar el acertijo; la típica basura de los Oráculos. ¿Es que no podían, por una sola vez, decir lo que tuvieran que decir hablando en cristiano? Claro que no. No quisiera Zeus que los Oráculos los ayudaran de verdad a proteger a los humanos…
–¿Qué coño significa eso? –le preguntó a Suigetsu.
Su Escudero giró el sillón para quedar de frente.
–Según Kakashi, lo que quiere decir es que sólo un Cazador Oscuro con alma puede acabar con Orochimaru. Por eso ninguno de vosotros ha logrado matarlo antes.
–No existe ningún Cazador Oscuro con alma. Al menos, no con el alma en el cuerpo.
–Entonces, de acuerdo con los Oráculos y Kakashi, Orochimaru es invencible.
Sasuke dejó escapar un profundo suspiro.
–Eso no es lo que quería oír esta mañana.
–Sí; lo único que tengo que decir es que me alegro de no estar en tu pellejo. – frunció el ceño–. Tienes los ojos negros. ¿Qué te ha pasado?
–Nada.
Suigetsu ladeó la cabeza y lo miró con suspicacia.
–Algo sucede –dijo antes de coger el móvil–. ¿Tengo que llamar otra vez a Kakashi?
Sasuke le quitó el teléfono de las manos y lo miró con una furia.
–No lo metas en esto. Puedo arreglármelas solo.
–Más te vale. Eres un coñazo, pero no me gustaría nada tener que empezar a trabajar para otro Cazador Oscuro.
Sasuke soltó un bufido.
–¿Y eso qué significa? ¿Es una declaración de amor?
–No, de lealtad. No quiero verte caer como le sucedió a Streigar.
La idea hizo que Sasuke dejara las bromas a un lado. Streigar había sido un implacable Cazador Oscuro al que atraparon unos humanos, fanáticos de la caza de vampiros, que lo expusieron a la luz del sol. Su muerte había sobrecogido a Cazadores Oscuros y a Escuderos por igual.
–No te preocupes –le dijo para tranquilizarlo–, no voy a acabar dándole los buenos días al sol. Sé cómo arreglármelas.
–¿Qué te apuestas a que ésas fueron las mismas palabras de Streigar?
–¿No tienes clase hoy?
–Tío, soy un Cajun de los pantanos, no necesito ir a clase. –Se aclaró la garganta y dejó de utilizar el acento cajun–. Y no, hoy hay que hacer la matrícula. Tengo que pensar las asignaturas que voy a coger el próximo semestre.
–Genial, pero necesito que hagas unas cuantas cosas.
–¿Y qué tiene eso de nuevo?
Sarcasmo, tu nombre es Suigetsu.
–Quiero que lleves de compras a Hinata; necesita ropa. Los Daimons quemaron su casa y no tiene nada, excepto lo puesto.
–En ese caso, sus pertenencias son escasas porque me ha parecido que puesto, puesto… llevaba más bien poco.
Sasuke miró a su Escudero con los ojos entrecerrados.
–No te pongas histérico –dijo alzando las manos en señal de fingida rendición–. Ya sé que es tuya y jamás se me ocurría invadir tu terreno, pero tío, tampoco soy ciego.
–Un día de éstos… te convertiré en aperitivos para caimanes…
–Ya, ya. La amenaza tendría más peso si no supiera lo mucho que te gusta darme órdenes. Si no pudieses mangonearme a cualquier hora de la noche, te volverías loco.
No podía negarlo. Las noches se hacían especialmente tediosas y largas cuando no había Daimons que perseguir, y fastidiarlo a las tres de la mañana hacía que fuesen algo más entretenidas.
El Escudero sacó su Palm Pilot y comenzó a tomar notas.
–Vale. Misión secreta: llevar a la chica de compras. –Cuando acabó de escribir alzó la cabeza y miró a Sasuke–. Por cierto, quiero un plus de peligrosidad este mes. Odio los centros comerciales.
Sasuke se rió.
–No hay más que mirarte para darse cuenta.
Suigetsu fingió que el comentario le había dolido y lo miró ofendido.
–Perdóneme, señor Armani. Es que me gusta la moda grunge.
–Lo siento, siempre se me olvida que ahora está de moda vestirse como si acabases de salir de debajo de un contenedor de basura.
Continuó haciéndose el ofendido y le contestó con un fingido tartamudeo.
–¿Por qué no te vuelves a la cama de una puñetera vez y utilizas todo ese encanto con tu mujer? Porque si sigues fastidiándome voy a acabar clavándote una estaca… –y en voz muy baja añadió–…mientras duermes.
–Vale, te daré una paga extra, pero no te pases con ella. Los comentarios sarcásticos los reduces al mínimo.
–Sí, ¡oh gran Amo y Señor! –dijo al tiempo que añadía otra nota–: Ser agradable con la chica; mantener la boca cerrada. –Y volvió a mirarlo–. Por cierto, ¿algún límite de dinero para las compras?
–No. Todo lo que ella quiera gastar.
–Visitar tiendas pijas y Lord and Taylor. Muy bien, ¿algo más?
–Tráela de vuelta antes de que oscurezca o voy a usar tu pellejo cajun para dar de comer a los caimanes de Itachi.
El miedo chispeó en los ojos de Suigetsu. El muchacho odiaba a los caimanes.
–Vale, eso sí me ha asustado.
–También quiero que vayas a casa de Itachi y recojas un srad. Orochimaru no se imagina la sorpresa que vamos a darle.
Suigestu tembló ante la mención de las dagas circulares. Eran armas muy antiguas y, a su lado, un Ginsu parecía un simple cuchillo para untar mantequilla.
–¿Sabes cómo usar esas cosas?
–Sí –le contestó, respirando hondo–. Necesito dormir. Suigetsu, lo más importante es que cuides de Hinata.
Suigetsu apagó la Palm Pilot y la colocó en la funda del cinturón.
–Te gusta, ¿verdad?
Sasuke no contestó; no se atrevía. Ninguno de los dos necesitaba saber la respuesta. Dándole la espalda a su Escudero, salió del despacho y se dirigió al dormitorio.
…
Tras darse una ducha rápida, Hinata regresó en silencio a la habitación para vestirse, mientras Sasuke dormía en la enorme cama con dosel. El lugar estaba completamente a oscuras, la única luz provenía del baño. Resultaba imposible saber si era de día o de noche, aunque él siempre parecía saber el momento exacto en que salía el sol.
Se acercó a la cama para observarlo; la sábana le tapaba hasta la cintura, ocultando su desnudez. Podría pasarse todo el día mirándolo, sin cansarse de observar esa piel bronceada y exquisita que ansiaba explorar con los labios y las manos. ¿Qué había en él que le resultaba tan adictivo?
Estaba deseando volver a besar esos labios y enterrar las manos en ese cabello, pero no quería perturbar su sueño. Sasuke necesitaba recuperar fuerzas.
Salió de puntillas de la habitación y bajó las escaleras, camino de la cocina.
La luz del día se reflejaba sobre las superficies de mármol blanco, dando a la estancia un aspecto alegre y luminoso. Rosa estaba friendo beicon y Suigetsu ojeaba unos folletos informativos de la universidad.
De cuerpo esbelto y muy apuesto, el muchacho no aparentaba tener más de veinticuatro años. No le vendría nada mal un corte, pero había que reconocer que la melena a la altura de los hombros le sentaba muy bien a ese rostro de rasgos cincelados. Llevaba una sudadera ancha que había visto mejores días y unos vaqueros desgastados con un agujero en la rodilla.
–Oye, Rosa –increpó a la mujer sin levantar la vista del folleto–, si cojo español para el próximo semestre, ¿me ayudarás a estudiar?
–Sí, e imagino que Sasuke también te echará una mano.
–Genial –dijo con ironía–. Entre eso y la Historia de la Antigua Grecia me lo voy a pasar de puta madre.
–¡Suigetsu! –lo reprendió Rosa–. Ese lenguaje no es propio de un caballero.
–Lo siento.
La mujer puso un plato con beicon, huevos y tostadas delante de él y, al darse la vuelta, vio a Hinata de pie en la puerta.
–Aquí está, señorita. ¿Tiene hambre?
–Un poco.
–Venga –le dijo, señalándole el taburete vacío junto al joven–. Siéntese y le prepararé el desayuno.
–Gracias.
La mujer le contestó con una sonrisa.
Hinata se sentó junto al Escudero, que se limpió la mano en los pantalones y se la ofreció.
–Suigetsu Gautier –se presentó, con una sonrisa encantadora y llena de hoyuelos–. Más conocido como Suigetsu-mueve-el-culo-necesito-que-hagas… y ahí es donde la cosa varía.
–Es un poco mandón, ¿verdad?
–No lo sabes muy bien. – cogió el móvil, que llevaba en una funda sujeta al cinturón, y se lo ofreció–. Y hablando de él, me ha dicho que tienes que llamar al trabajo.
–Gracias.
Mientras Rosa le preparaba el desayuno, Hianta llamó a su jefe y le explicó lo ocurrido. Afortunadamente, el director se mostró muy comprensivo y le dio dos semanas libres para que se hiciera cargo de la situación.
Tan pronto como colgó, comenzó a sentirse mal por la pérdida de su hogar.
–No puedo creer que incendiaran mi casa.
–¿Su casa? –preguntó Rosa–. ¿Quién ha hecho eso?
–Las autoridades lo están investigando –contestó Sasuke desde el salón.
Hinata se giró y lo vio de pie en la puerta. Estaba muy pálido y parecía incómodo.
Rosa le sonrió.
–M'ijo, estás en casa. Suigetsu me dijo que ibas a salir.
–No me encuentro muy bien. –Aunque la expresión de su rostro era amable, miró a Rosa con los ojos entrecerrados–. Esta mañana llegaste a tu hora, ¿no es cierto?
Rosa hizo caso omiso de su pregunta.
–Ven y siéntate. Te prepararé algo de comer.
Sasuke observó la luz que entraba a través de las ventanas abiertas con una mirada cautelosa y retrocedió, internándose en la oscuridad del salón.
–Gracias, Rosa, pero no tengo hambre. Suigetsu, necesito hablar contigo. Sólo será un minuto.
El muchacho miró a Hinata con una sonrisa satisfecha.
–Por lo menos no me ha dicho que mueva el culo.
–Suigetsu –lo llamó–. Mueve el culo, chico.
Mientras Suigetsu salía de la cocina para hablar con Sasuke, Rosa colocó un plato delante de Hinata.
–Pobrecita, ¿qué vas a hacer sin tu casa?
–No lo sé. Supongo que tendré que llamar a la compañía aseguradora; encontrar un lugar donde vivir… –
Tendría que reemplazar toda su vida. Todo: el cepillo de dientes, los zapatos, los libros… hasta los teléfonos. ¡Ni siquiera tenía ropa interior!
¿Qué iba a hacer?
Suigetsu regresó y cogió el folleto informativo para mostrárselo a Sasuke, que esperaba en la puerta.
–Necesito que me hagas un favor. Tengo que matricularme a la una; si no estamos de regreso para esa hora, ¿podrías rellenar el formulario en la página web? Sé que necesitas dormir, pero tengo muchas ganas de coger Historia Griega el próximo semestre.
–¿Por qué?
–Las clases las dará el profesor Alexander y, según dicen, es muy bueno.
–¿Naruto Alexander? –le preguntó Hinata.
–Sí –le contestó, mirándola sobre el hombro–. ¿Lo conoces?
Ella intercambió una mirada con Sasuke.
–Ni la mitad de bien que Sasuke.
Nick fingió un escalofrío.
–Tío, otro de los vuestros no. Genial. Mátame ahora mismo y así me ahorrarás el sufrimiento.
–No me tientes –le dijo cogiendo el folleto–. A la una en punto. ¿Algo más?
–Sí; haz algo con esos ojos, me ponen la carne de gallina.
Sasuke alzó una ceja en señal de advertencia ante el tono altanero de su Escudero.
–Pasadlo bien.
–¿A qué se refiere? –preguntó Hinata a Suigetsu en cuanto Sasuke se hubo marchado.
Él se sentó de nuevo en el taburete antes de contestarle.
–Vamos de compras –le dijo, haciendo un mohín y temblando teatralmente al pronunciar la palabra.
–¿Qué tenemos que comprar?
–Cualquier cosa que usted necesite, señora. Abrigos de piel, diamantes… lo que sea.
–¿Diamantes? –repitió, riéndose ante la escandalosa idea.
–Paga Sasuke, así es que te aconsejo que vayas a por todas. Literalmente hablando.
Ella sonrió.
–No puedo permitir eso. Pagaré con mi propio dinero.
–¿Y para qué vas a gastarlo? No tienes ni idea de lo forrado que está. Te aseguro que si compras todo el centro comercial, ni siquiera lo notará.
Hinata no tenía la intención de seguir los consejos del Escudero pero, de cualquier forma, necesitaba algo de ropa.
–De acuerdo, ¿podemos parar un momento en casa de mi madre?
–Claro. Mi misión de hoy es complacerte… en todo lo que me pidas.
Ella meneó la cabeza al ver la pícara sonrisa en el rostro de Suigetsu. Se marcharon después de hacer una llamada a la compañía aseguradora para informarles del incendio.
Hinata no pudo evitar sentirse más y más frustrada cada vez que Suigetsu pagaba las facturas sin dejar que ella se gastase nada.
–Cumplo órdenes –le dijo el por quinta vez–. Tú compras, yo pago.
–¿Siempre obedeces sus órdenes?
–Siempre… pero sin dejar de quejarme.
Hinata soltó una carcajada mientras salían de la tienda y continuaban caminando por los pasillos del centro comercial. Suigetsu cargaba con todas las bolsas.
–¿Cuánto hace que trabajas para Sasuke? –le preguntó cuando llegaron a las escaleras mecánicas.
–Ocho años.
Ella lo miró con la boca abierta.
–Pues no pareces tan mayor.
–Sí, bueno. Es que tenía sólo dieciséis años cuando empecé.
–¿Se puede ser un Escudero a esa edad?
Suigetsu volvió la cabeza para echar un vistazo a una joven muy atractiva, vestida con una estrecha minifalda, que bajaba junto a ellos y le dedicó su típica sonrisa plagada de hoyuelos antes de contestarle.
–No me enteré de lo que era hasta mucho después. Al principio, creía que no era más que un tío podrido de dinero con el complejo de «vamos a ayudar al chico pobre».
Hinata lo miró con el ceño fruncido al tiempo que llegaban a la planta baja y se encaminaban por el pasillo.
–¿Y por qué te dio esa impresión?
–Señora, tiene junto a usted al hijo de un criminal reincidente. Mi padre murió en Angola, hace ya once años, durante un motín en la prisión.
Hinata hizo una mueca al pensar en lo doloroso que debía ser perder a un padre de esa manera.
–¿Y tu madre?
–Era una bailarina exótica en uno de los garitos de Bourbon Street. Crecí en la parte trasera del club donde trabajaba, ayudando a los gorilas a echar a los clientes.
–Lo siento.
–No te preocupes. Puede que mi madre haya cometido errores, pero es una madre estupenda; una señora de armas tomar. Hizo todo lo que pudo con lo que teníamos. Mi padre la abandonó cuando sólo tenía quince años y mi abuelo la echó de casa. Así es que nos quedamos ella y yo y, mientras tanto, mi padre se dedicaba a entrar y salir de la prisión. Nunca tuvimos gran cosa, pero siempre me ha querido mucho.
Hinata sonrió al percibir el amor que destilaba la voz de Suigetsu. Era obvio que adoraba a su madre.
–¿Y cómo conociste a Sasuke?
Se detuvo unos instantes, como si estuviese sopesando el mejor modo de contarlo.
–Cuando llegué a la adolescencia, estaba ya harto de ver a mi madre agachar la cabeza, avergonzada; de ver cómo se quedaba sin comer para que yo tuviese un poco más. Recuerdo que la acompañaba al trabajo y veía el hambre que se reflejaba en su rostro cada vez que miraba los escaparates de las tiendas –dijo, suspirando–. Esa mirada hambrienta nunca la abandonaba.
El rostro de Suigetsu adoptó una expresión dura antes de continuar.
–Mi madre es la mujer más dulce y con mejor corazón que Dios ha puesto en este mundo y no podía soportar ver cómo se degradaba para que yo tuviese un plato de comida; ni cómo los hombres la buscaban a todas horas; ni la expresión de sus ojos cada vez que deseaba algo que jamás podría tener. A los trece años, decidí que no podía más y comencé a robar.
Hinata sintió que el corazón se le encogía. No podía felicitarlo por lo que había hecho, pero tampoco iba a condenarlo.
–Una noche, los chicos de la pandilla con la que me movía decidieron asaltar a una pareja de turistas y me negué. Una cosa era robar en las tiendas y entrar en las casas de los ricos, y otra muy diferente hacer daño a la gente. No estaba dispuesto a hacerlo.
–¿Qué sucedió? –le preguntó.
–Los chicos se enfadaron y decidieron que no les iría mal practicar unos cuantos golpes conmigo. Me tumbaron en el suelo y comenzaron a aporrearme; pensé que iba a morir allí mismo pero, de repente, lo único que vi fue la mano de un tío que me ayudaba a levantarme y me preguntaba si estaba bien.
–¿Era Sasuke?
Suigetsu asintió.
–Me llevó al hospital y pagó la factura. Me cosieron las heridas de los navajazos y las brechas de la cabeza. Se quedó conmigo hasta que llegó mi madre y, me preguntó si quería trabajar para él, haciendo encargos después de las clases.
A Hinata le resultaba muy fácil imaginarse al adolescente enterado y sabelotodo que había sido. Haber sido capaz de penetrar en esa personalidad tan cáustica y ver lo bueno que había debajo, decía mucho a favor de Sasuke.
–¿Y accediste?
–Al principio no. No estaba muy seguro de querer estar cerca de un tío que tenía todo el dinero del mundo. Además, mi madre sospechaba de él. Aún lo hace. No le entra en la cabeza por qué me paga tanto por hacer prácticamente nada –dijo con una carcajada–. Todavía cree que nos dedicamos al tráfico de drogas.
Ella resopló por la ocurrencia. Pobre mujer.
–¿Y qué le has dicho?
–Que Sasuke es un Howard Hughes con complejo de Dios. –Al instante se puso serio y la miró con gravedad–. Le debo la vida. No sé dónde estaría ahora mismo si no me hubiese encontrado aquella noche. Bueno, seguro que no sería un estudiante de derecho de la universidad de Loyola ni conduciría un Jaguar. Puede que sea un capullo de primera, pero debajo de esa fachada hay un tío decente.
Hinata reflexionó sobre las palabras de Suisetsu mientras salían del centro comercial y colocaban las bolsas en el maletero de su flamante Jaguar negro. Nada más sentarse en el asiento, se colocó el cinturón de seguridad antes de seguir con la conversación.
–¿Cuándo te dijo la verdad?
Suigetsu puso en marcha el coche y salió del estacionamiento.
–Cuando me gradué en el instituto y me hizo la oferta de ser su Escudero de forma permanente.
–¿Qué es exactamente un Escudero?
Se incorporó al tráfico y, al cambiar de marcha, vio en su mano derecha un curioso tatuaje, con una extraña inscripción en griego que se asemejaba a una tela de araña, y comenzó a preguntarse si todos los Escuderos tendrían la misma marca.
–Nuestro trabajo consiste en proteger a los Cazadores Oscuros durante el día y en proporcionarles cualquier cosa que necesiten. En una época montábamos guardia, literalmente hablando, delante de las criptas donde dormían; y de ahí proviene el mito de que los vampiros duermen en ataúdes. Como la luz del sol es su mayor enemigo, solían dormir en cuevas o en cámaras ocultas que no tuvieran el más mínimo resquicio por donde pudiera pasar la luz. Como recompensa por nuestros servicios, ellos nos proporcionan apoyo financiero.
–Entonces, ¿cada Cazador Oscuro tiene un Escudero?
–No. Algunos prefieren estar solos. Yo soy el primero que Sasuke ha tenido en los últimos trescientos años.
Hianta se encogió al pensar en la soledad que debía haber sufrido Sasuke durante todo ese tiempo. Se lo imaginaba vagando por su mansión, como un espíritu incapaz de encontrar el descanso, buscando un consuelo que nunca llegaba.
–¿Y si quisieras abandonarlo? –le preguntó ella.
–No es tan sencillo. Hay una organización muy compleja alrededor de los Escuderos; como la del Hotel California… puedes entrar cuando quieras, pero no puedes marcharte jamás. Si alguien abandona su puesto, es sometido a vigilancia durante toda su vida y si traiciona a los Cazadores Oscuros o a los mismos Escuderos, no vivirá mucho para arrepentirse.
La funesta declaración consiguió que se le pusiera la carne de gallina.
–¿En serio?
–Sí, claro. Algunos de mis compañeros provienen de familias cuya antigüedad como Escuderos se remonta a miles de años atrás.
–Pues a mí me parece una especie de esclavitud –.
–No. Si quiero puedo dejarlo en cualquier momento, pero no puedo romper el juramento que he hecho como Escudero. Una vez se hace, es inquebrantable y eterno. El día que me case mi esposa no sabrá nada de la verdadera naturaleza de Sasuke ni de lo que hago para él, a menos que ella también haya hecho el juramento. Cuando mis hijos se conviertan en adultos, tendré que decidir si entran a formar parte de esto o no. Si elijo contarles todo, tendrán que presentarse ante Kakashi y Artemisa; ellos estudiarán las solicitudes y decidirán si sirven o no.
Eso sí que resultaba aterrador ya que, mientras lo escuchaba, se le ocurrió algo espantoso.
–¿Y qué pasa conmigo? No irán a pensar que soy una amenaza, ¿verdad?
El rostro de Suigetsu adoptó una expresión mortalmente seria cuando la miró, tras detenerse en un semáforo.
–Si así lo consideraran, uno de los Escuderos acabaría contigo.
–Eso no es muy reconfortante.
–No pretendo que lo sea. Nos tomamos nuestras obligaciones muy en serio. Los Cazadores Oscuros son los únicos que garantizan que la humanidad no sea esclavizada o extinguida. Sin ellos, los apolitas o los Daimons acabarían dominándonos.
…
Sasuke estaba tumbado en la cama, haciendo todo lo posible para conciliar el sueño pero, una y otra vez, sentía a Hinata en su interior. Estaba viendo los restos de su casa. Lo sabía. Sentía sus lágrimas, su ira y su desesperación.
Cómo deseaba poder estar junto a ella en esos momentos para consolarla. Nunca antes le había molestado el hecho de no poder salir a la luz del día, pero ahora lo fastidiaba. Si no fuese un Cazador Oscuro podría estar con ella y ofrecerle su fuerza y su apoyo.
Cerrando los ojos, respiró hondo e intentó alejar el dolor. Había elegido su destino en un momento en que se encontraba cegado por la rabia y la angustia, y ahora no podía escapar a él. Artemisa guardaba su ejército celosamente y había puesto tan alto el listón que sólo se sabía de tres Cazadores Oscuros que hubieran recuperado su alma en todos esos años.
El resto había muerto en el intento.
–¿Y, de todos modos, para qué necesito el alma? –se preguntó en voz baja al tiempo que abría los ojos y fijaba la mirada en el dosel de tonos dorados y marrones que cubría la cama–. Lo único que hace es debilitar a un hombre.
Su vida tenía una razón de ser. Un propósito.
¿Y entonces por qué deseaba a Hinata en lo más profundo de su ser y tan desesperadamente?
Era una sensación que no había experimentado desde hacía siglos y, en la única ocasión en la que había sentido algo así, acabó traicionando a todos los que le habían amado.
–No volveré a ser débil –susurró. No es que es pensara que pudiera hacerle daño intencionadamente, no. Lo que temía es que una vez le entregara su corazón y su lealtad, para él no habría marcha atrás.
Tras visitar los restos de la casa de Hinatay detenerse unos momentos en casa de su madre, Suigetsu condujo hasta el corazón del Barrio Francés y aparcó en una calle lateral, cerca de Chartres, hacia donde se dirigieron a pie. El Escudero guió a Hinata a través de la concurrida zona comercial y se detuvo frente a una tiendecita llamada Dream Dolls and Accesories.
–¿Qué hacemos aquí? –le preguntó mientras él le abría la puerta para dejarla pasar.
–Vamos a ver a la señora que hace las muñecas.
Normal, si haces una pregunta estúpida…
Ella lo miró con escepticismo.
–¿Sabes una cosa? No creo que haga Barbies de tamaño real.
–No estoy buscando ninguna Barbie y este encargo no es para mí. Es para Sasuke.
Ahora sí que estaba preocupada.
–¿Por qué?
Antes de que el Escudero contestara, una señora mayor que estaba sentada en un banco de trabajo situado junto a la puerta, llamó la atención de Hinata. Sostenía una Barbie a la que estaba retocando el rostro.
La mujer llevaba un extraño artefacto de color naranja en la cabeza, con un pequeño reflector y una lente bifocal. El artilugio le cubría el pelo, totalmente blanco, que llevaba recogido en un apretado moño. Sus ojos marrones eran alegres y brillantes.
–Sui, chiquitín –le dijo con tono maternal–. ¿Qué te trae por aquí en una tarde como ésta y con una acompañante tan hermosa? Espera, creo que es la primera vez que te veo con una chica. –Mientras hablaba lo señalaba con un diminuto pincel–. Una chica que bien merece la pena llevar al lado. Es guapísima, y no me refiero a su aspecto físico; tú ya me entiendes.
Suigetsu se mesó el cabello y, avergonzado, miró a Hinata.
–Liza, amor mío –le dijo casi a gritos, dedicándole su pícara y encantadora sonrisa–. ¿Es que necesito una razón para venir a ver tu encantador rostro?
La anciana rió ante el comentario.
–Puede que sea vieja, pero no soy estúpida –dijo dándose unos golpecitos en la cabeza que hicieron que el artefacto se agitara–. Mi vieja antena aún funciona y, si mal no recuerdo, hace ya más de un siglo que un hombre como tú vino a hacerme una visita por gusto. Ahora, acércate y dime al oído lo que necesitas.
La obedeció y Hinata comprendió que la señora estaba sorda. De hecho, el Escudero le hablaba tan alto que podía escuchar todas y cada una de las palabras.
Hasta escuchó cómo le pedía explosivos plásticos.
–Recuerda –le dijo él–. Sasuke quiere uno exactamente igual al de Itachi.
–Ya te he oído –le contestó pacientemente–. ¿Acaso crees que estoy sorda? –le preguntó mientras miraba a Hinata y le guiñaba un ojo.
–¿Cuándo vengo a por todo? –le preguntó Suigetsu.
–Dame un día o dos, ¿vale? –Alzó la muñeca que tenía en las manos y lo amonestó–: Una Barbie no espera, ni siquiera por un Cazador Oscuro.
–Claro Liza, gracias.
Camino de la puerta, la anciana los detuvo.
–¿Sabes, querida? –le dijo a Hinata, acercándose a ella. La señora apenas medía metro y medio. Le dio unas palmaditas en el brazo y continuó–: Tienes un aura muy especial. Como la de un angelito.
–Gracias.
Liza se alzó las lentes y se acercó a una estantería colocada junto a la puerta. Se puso de puntillas y cogió una Barbie que había restaurado ella misma. La muñeca tenía el pelo largo, rizado y negro, unas diáfanas alitas de ángel e iba vestida con un hermoso vestido blanco bordado con perlas.
Hinata jamás había visto nada tan hermoso y delicado.
Liza se la ofreció.
–Se llama Starla. Le pinté el rostro como el de una señora que viene muy a menudo por aquí. –Se acercó la muñeca al oído, como si la Barbie le estuviera hablando; asintió y se la dio–. Dice que quiere irse a casa contigo.
–Gracias, Liza, pero no puedo aceptarla –rehusó, intentando devolvérsela.
Liza hizo un gesto con la mano, negándose a aceptar la muñeca de nuevo.
–Es tuya, cariño. Necesitas un ángel que cuide de ti.
–Pero…
–Está bien… –le dijo Suigetsu, indicándole con un gesto que saliera de la tienda. En voz baja añadió–: Si la rechazas herirás sus sentimientos.
–Gracias, Liza. La guardaré como un tesoro.
Estaban ya en la puerta cuando Liza los detuvo de nuevo y cogió a Starla de los brazos de Hinata.
–Se me olvidaba una cosa –les dijo–. Starla es muy especial. –La anciana sujetó a la muñeca por las piernas y presionó la cabeza hacia abajo. De los pies de la Barbie surgieron dos finas hojas metálicas de unos ocho centímetros de largo.
–Especialmente diseñadas para los Daimons –anunció, tirando de la cabeza de la muñeca para que las hojas volvieran a ocultarse–. La belleza, si es letal, resulta mucho más práctica.
La anciana le devolvió la muñeca de nuevo y le dio unas palmaditas en el brazo.
–Tened mucho cuidado.
–Lo tendremos –le contestó Suigetsu y, en esta ocasión, consiguieron llegar a la calle.
Hinata no podía dejar de mirar la muñeca, sin saber muy bien qué pensar. Suigetsu se estuvo riendo de ella todo el camino de regreso al coche.
–Liza es una Escudera, ¿verdad? –le preguntó Hinata, al tiempo que entraba en el Jaguar y colocaba a Starla, con mucho cuidado, en su regazo.
–Está retirada, pero sí. Ha sido Escudera y uno de los Oráculos durante treinta y cinco años, hasta que dejó el cuidado de Xander a manos de Brynna.
–¿Liza es quien fabrica las botas de Sasuke?
Él negó con la cabeza mientras ponía en marcha el motor.
–Las armas más grandes las fabrica otro Cazador Oscuro; las espadas, las botas y ese tipo de material. Liza hace armas pequeñas, como colgantes con explosivos. Es una artista consumada a la que le encanta transformar joyas y otros objetos de aspecto inofensivo en armas letales.
–En serio, dais mucho miedo.
El comentario hizo que Nick soltara una carcajada antes de mirar el reloj.
–Son casi las tres. Aún tenemos que ir a casa de Itachi y tengo que llevarte de vuelta antes de que oscurezca, así es que hay que darse prisa.
–Vale.
Salieron de la ciudad y tardaron unos cuarenta minutos en llegar a los pantanos.
Tras descender por un largo y sinuoso camino sin asfaltar, llegaron a una enorme y vieja construcción que se asemejaba a un cobertizo. Si no hubiera sido por las cerraduras que aseguraban las puertas, Hianta habría creído que hacía por lo menos un siglo que no se utilizaba. Bueno, por eso y por el extraño buzón que había en frente.
–Itachi es raro –le dijo al ver cómo ella miraba fijamente el buzón–. Cree que tener un buzón atravesado con clavos es divertido.
Abrió la puerta del cobertizo con el mando a distancia y, cuando entraron para aparcar el Jaguar, se quedó boquiabierta. El interior, hecho de ladrillos y vigas de acero, albergaba un Viper, una colección de cinco Harley Davidsons y un pequeño catamarán, amarrado en el muelle que había en la parte trasera del edificio.
–¡Guau! –balbució al fijarse en una Harley que estaba apartada del resto, negra y reluciente bajo la tenue luz. Obviamente, era una preciada posesión y recordó que era la moto que Itachi montaba la noche anterior. –¿Es que vive en el interior del pantano? – le preguntó a Suigetsu al acercarse al pequeño embarcadero, limpio y despejado, con espacio de sobra como para albergar otra embarcación más.
La ayudó a subir al catamarán y fue a abrir la puerta que daba al pantano.
–Sí, siendo un antiguo celta, le encanta la naturaleza. Aunque sea espantosa.
–¿De verdad es un antiguo celta?
–Ajá. Del siglo V o VI d.C. Era jefe de un clan. Su padre era un Sumo Sacerdote Druida y su madre lideró al clan antes que él.
–¿En serio?
Asintió mientras soltaba las amarras del bote y saltaba a su interior. Una vez Hianta se acomodó, Suigetsu arrancó la embarcación.
–¿Cómo se convirtió en Cazador Oscuro? –le preguntó ella a voz en grito para hacerse oír sobre el ruido del motor.
–Los miembros del clan lo traicionaron –le contó al tiempo que salían del cobertizo y se internaban en el pantano–. Le dijeron que necesitaban sacrificar a alguien de su sangre. La elección estaba entre él o su hermana. Él se ofreció pero, tan pronto como lo tuvieron atado, mataron a su hermana delante de sus narices. Se volvió loco pero, puesto que estaba atado, no podía hacer nada. Cuando se acercaron a él para matarlo juró vengarse de todos ellos.
¡Jesús!, ¿es que ninguno de ellos había tenido una vida feliz?
–¿Mató a todos los miembros del clan? –le preguntó.
–Supongo.
Hianta permaneció en silencio, pensando en lo que acababa de escuchar. Ni siquiera podía imaginar lo horrible que sería ver cómo asesinaban a una de sus queridas hermanas delante de sus ojos. Puede que estuvieran todo el día fastidiándola, pero lo eran todo para ella.
El horror que ese hombre debía haber presenciado aquel día… Aún debía torturarlo.
Suigetsu siguió internándose en el pantano hasta que llegaron a una cabaña increíblemente pequeña. Hinata dudaba que llegara a los doscientos cuarenta metros cuadrados. El exterior parecía aún más destartalado que el cobertizo donde habían dejado el coche. Los toscos tablones de madera eran de un color grisáceo y daba la sensación de que podía derrumbarse al soplo de la más ligera brisa. Según se aproximaban, vio un embarcadero detrás de la cabaña, con dos generadores enormes y otro catamarán.
–¿Cómo se las apaña en la época de los huracanes? –preguntó Hinata.
–Pues muy bien. Como uno de sus poderes es el de controlar el clima, no corre peligro alguno. Pero siempre existe la posibilidad de que el lugar se desplome a la luz del día, mientras él está desprevenido, durmiendo… y acabe frito.
–Les gusta el peligro, ¿no es cierto?
–Sí, hay que tener bastante coraje para hacer lo que ellos hacen. Y coquetear con la muerte es un requisito básico.
El Escudero salió del catamarán y le advirtió que no se moviera. Caminó con mucha precaución a lo largo de un antiguo y estrecho sendero que llevaba desde el embarcadero hasta la puerta de la cabaña , y luego le hizo un gesto para que se reuniera con él.
–Atrás, Beth –le espetó a un caimán que había comenzado a acercarse a Hinata.
Ella regresó al bote de un salto.
–No pasa nada –la tranquilizo–. Protegen a Itachi durante el día. Mientras estés conmigo no te harán nada.
–No estoy muy segura –le dijo mientras bajaba otra vez de la embarcación sin muchas ganas.
Cuatro gigantescos caimanes le lanzaron malévolas miradas y empezaron a seguirla de camino a la puerta. Sintió que el miedo le impedía respirar cuando vio al más grande de los cuatro reptiles subir al porche tras ella.
–Cállate Beth –lo reprendió Suigetsu–, o te juro que me haré unas maletas muy bonitas contigo. –Se dio la vuelta y llamó a la puerta.
–Todavía no ha oscurecido, Suigetsu –se escuchó la voz de Itachi, con ese acento tan marcado, del otro lado de la puerta; Hinata no pudo evitar preguntarse cómo sabía que eran ellos–. ¿Qué quieres?
–Necesito tu srad para Sasuke antes de que se ponga el sol.
Hinata escuchó unos ruidos en el interior de la cabina. Segundos después, sonó la cerradura y la puerta se movió, dejando una estrecha abertura. Suigetsu la abrió del todo e invitó a Hinata a entrar.
Ella intentó ver algo en la oscuridad que reinaba en la estancia, pero no lo consiguió hasta Suigetsu encendió una lamparita de escritorio. Cuando vio la habitación, se quedó helada. Las paredes estaban pintadas de negro y aquello parecía el centro de control de una instalación militar. Había ordenadores y equipos electrónicos por todos lados. Aunque el lugar y el aspecto externo del edificio no dieran muestras de ello, ese tipo era un adicto a la tecnología.
Al mirar a Itachi, su mandíbula estuvo a punto de desencajarse. El tío estaba completamente desnudo. Y tenía un cuerpo increíble.
Tenía tatuada toda la parte izquierda del torso –por delante y por detrás– y todo el brazo con unos extraños símbolos celtas en color rojo y negro. El enorme colgante, que representaba una cabeza de dragón, brillaba en la pálida luz. Obviamente, disfrutaba del fantástico espectáculo que tenía delante pero se dio cuenta de que no lograba acelerarle el corazón como Sasuke. Ni siquiera le despertaba el más leve deseo sexual.
Por otra parte, Itachi no parecía sentirse avergonzado por su desnudez.
Suigetsu la miró con una sonrisa jocosa.
–Debería haberte advertido que los guerreros de la antigüedad ven el nudismo como algo natural. El hecho de llevar ropa es una costumbre moderna que ninguno de ellos parece haber adoptado del todo –dijo mirando a Itachi–. Celta, ponte algo antes de que le dé un pasmo.
–¿Para qué? Me vuelvo a la cama. Coge lo que necesites y cierra con llave cuando os marchéis. –Se detuvo junto al futón, situado en la pared del fondo de la estancia, y echó una mirada hambrienta a Hinata–. Claro que, si quieres dejar aquí a Hinata, es posible que hasta me quede levantado y me muestre sociable.
–Joder, Itachi ¿es que no puedes estar una hora sin una mujer?
–Una hora no es problema, pero cuando pasan dos o tres empiezo a ponerme nervioso. –Se recostó en el futón negro, se dio la vuelta hasta quedar de costado y cerró los ojos.
Por lo menos hasta que sonó el teléfono. Lanzando una maldición, Itachi salió de la cama y contestó mientras Suigetsu se acercaba al enorme armario donde estaban las armas y cogía dos dagas de forma circular y aspecto letal.
–Wulf, ni siquiera estoy despierto todavía –masculló Itachi–. Me da igual. Y además, ¿para qué me preguntas a mí sobre la antigua Grecia? ¿Viví yo allí, acaso? Coño, la respuesta es no… no lo sé; no me importa… Cuelga. –Se dio la vuelta–. Suigetsu, ¿sabes algo del culto de Pólux?
Suigetsu lo miró por encima del hombro.
–Deberías llamar a Sasuke o a cualquiera de los griegos.
–¿Lo has oído? –Itachi escuchó a su interlocutor un segundo antes de volver a hablar con Suigetsu–. Kakashi está de paseo, Brax, Jayce y Kyros están desaparecidos en combate y Sasuke no contesta al teléfono. Wulf dice que es muy importante.
Ambos comprendieron a la vez la relevancia de lo que Itachi acababa de decir.
Itachi volvió a hablar con Wulf:
–¿Cuándo llamaste a Sasuke por última vez?
Entretanto, Nick cogió el móvil y marcó el número de Sasuke.
–Puede que esté en la ducha –sugirió Hinata.
Suigetsu meneó la cabeza en forma de negativa.
–Aunque lo estuviera, Rosa contestaría al teléfono.
Tras un minuto de espera, Suigetsu soltó el móvil.
–Algo va muy mal.
