Capítulo 10
Supuse que Sasuke no volvería al hotel después de aquello. Y no volvió.
Me lo encontré unos días más tarde en el bar de Sai. Antes de entrar atisbé a través de la puerta que estaban discutiendo. Mi amigo estaba de brazos cruzados detrás de la barra, serio, y Uchiha lo señalaba con un dedo amenazador desde el otro lado, aunque no pude verle la cara.
Entré extrañado al bar, pero en cuanto oyeron la puerta los dos se volvieron sin decir una palabra. Sai sonrió sin alegría alguna y Sasuke soltó un gruñido con el ceño arrugado. Le echó una última mirada furibunda a Sai antes de marcharse en silencio pisando firme.
Lo seguí con la vista hasta que la puerta se cerró, y después me acerqué a la barra desconcertado.
–¿Qué le pasa? –le pregunté a mi amigo sentándome.
–Ha vuelto a beber más de la cuenta y no tiene dinero para pagarme todo lo que me debe –contestó sin inmutarse.
–Ya… –murmuré mirando otra vez hacia la puerta.
Dos días después volvió a aparecer, pero estaba sentado tan tranquilo en la barra, escribiendo algo en un periódico, que incluso me sorprendió.
Yo estaba enfadado. Casi había conseguido que me echaran del trabajo –el cual estaba dispuesto a dejar en cuanto encontrara otro– y para colmo, al llegar al hotel, descubrí con desagrado que mi cámara de video no funcionaba.
Cuando me acerqué a la barra Sai sonrió a modo de saludo. Me senté.
–Se me ha roto la cámara, ¿sabes? –le dije con el ceño fruncido, sin mirar siquiera al hombre que había a mi lado. Sai se encogió de hombros.– Me la había regalado mi abuelo –añadí.
–Cómprate otra –dijo Sai.
–¿Cómo puedes ser tan insensible? –pregunté levantando la voz.
–Si estás de morros no lo pagues conmigo –dijo sabiamente mi amigo.
Me crucé de brazos susurrando un "bah" apagado y, acto seguido, le ordené que me trajera una sopa de fideos. Sai levantó una ceja, pero acató la orden.
–¿Y tú vas a estar enfadado toda la vida? –le pregunté a Sasuke con tono de reproche, volviendo la cabeza hacia él.
Dejó de escribir (estaba haciendo sudokus) y me miró sin levantar la cabeza. No dijo nada, sino que volvió a concentrarse en el periódico pocos segundos después.
Suspiré sonoramente, dejé caer los brazos sobre la barra y la frente sobre las manos. Poco después escuché el sonido que hacía el bolígrafo al friccionar el papel y volví de nuevo la cabeza hacia Sasuke, sin levantarla.
–Eso, tú ignórame –dije entre dientes.
Esta vez levantó la cabeza y me miró con una ceja alzada.
–¿Qué quieres que te diga?
–Oh, sí, Naruto, hasta que no me pidas perdón no se me va a alegrar la cara –dije levantando la cabeza y haciendo muecas exageradas mirando a todas partes.
–Qué infantil eres, Uzumaki –resopló. Cerró el periódico y se levantó del asiento.
–¿Infantil, yo? Por favor… –dije poniendo los ojos en blanco–. No soy yo el que se ha enfadado por nada –añadí señalándome con el dedo índice.
Sasuke me ignoró, dobló el periódico y pasó por mi lado, dirigiéndose a la puerta. Terminé de incorporarme y volví la cabeza para mirarlo.
–Idiota –le dije cuando lo vi abrir la puerta.
–Imbécil –contestó antes de que ésta se cerrara.
Bufé molesto, esperando la comida, y cuando mis fideos llegaron los devoré con ansia, aunque el caldo ardiera de tal manera que me dejó la lengua insensible.
–No pienso pagarle el café –le dije a Sai cuando terminé, señalando la taza vacía con el entrecejo fruncido.
–Ya lo ha pagado –dijo Sai sonriendo.
–Bah…
Comencé a contarle mi discusión con el jefe, y hasta que no terminé de maldecir a aquel hombre no me di por satisfecho. Sai escuchó con una sonrisa divertida. Después hizo lo peor que podría haber hecho aquella noche: darme de beber.
Estaba lo suficientemente ebrio cuando me levanté del asiento y anuncié que iba a buscar al capullo de Uchiha. No se puede decir que estuviese tan borracho que no pudiese razonar, pero no miento si digo que no pensé nada de lo que iba a hacer. Simplemente me abroché la sudadera y me fui.
Una vez delante del portal de Sasuke, me dejé caer encima de la puerta con todo mi peso. Estaba abierta, así que no tuve que insistir para entrar. La portería estaba vacía y no había una sola luz en toda la escalera.
Busqué algún interruptor palpando la pared, y cuando di con él advertí que la bombilla estaba fundida y no se encendía. Gruñí en la oscuridad, pero comencé a subir con los ojos muy abiertos, agarrado a la balaustrada.
Una vez en la segunda planta miré las dos puertas, una a la izquierda y otra a la derecha, preguntándome cuál de ellas era la de Sasuke. Traté de recordar la última vez que había estado allí, aquella vez que Uchiha me había salvado del atracador y luego me había amenazado. Me entraron escalofríos. Derecha, tenía que ser la de la derecha.
Di un par de pasos hasta estar frente a la puerta. Me inflé de valor y alcé el puño, dispuesto a llamar. Y habría llamado de no ser por la mano silenciosa que me tapó la boca y el frío cañón que sentí pegado en la sien en el momento siguiente.
–No se te ocurra hacer ningún ruido –susurró una voz en mi oído. Sasuke hablaba tan bajo que apenas lo escuché.
Asentí y apartó la pistola de mi cabeza y la mano de mi boca, bajándola hasta el codo izquierdo.
–Vamos –susurró tirando de mí hacia las escaleras.
Comenzamos a subir haciendo el menor ruido posible. Estaba asustado, quería una explicación y además iba bebido.
Cuando llegamos a la última planta –la quinta, diría– Sasuke abrió una puerta pequeña, no recuerdo cómo, y salimos a la azotea. Fuera el aire era fresco y soplaba una brisa suave. Sasuke empujó la puerta de la azotea, pero la dejó entrecerrada y se volvió hacia mí.
–Tienes que irte –dijo en voz baja.
–¿Qué pasa? –pregunté con temor en el tono. Tenía la garganta seca.
–Echa a correr en cuanto yo entre por esa puerta –continuó sin hacerme el menor caso–. A unos siete metros de aquí la azotea se eleva un piso. Hay escalera, súbela lo más rápido que puedas y sigue corriendo –dijo hablando rápido.
–No entiendo nada, ¿qué pasa aquí? –pregunté tragando saliva.
–Haz lo que te digo –ordenó haciendo ademán de irse.
Le agarré un brazo para que no se fuera.
–¿Tú adónde vas?
–Vete, no me hagas perder más el tiempo –insistió impacientándose y elevando la voz.
–Sasuke…
–¡Vete de una vez! –dijo soltándose de un tirón.
Se escabulló por la puerta antes de que me diera tiempo a protestar y la cerró con sigilo.
Me quedé solo, con el viento removiéndome el pelo y la vista fija en la portezuela de metal. Resoplé con fuerza, me di la vuelta y eché a correr. Antes de llegar a la elevación de la azotea me caí de bruces y me hice daño en la palma derecha y las rodillas –más tarde vi que había sangrado–, pero me levanté con un quejido y seguí.
Subí la escalera de mano todo lo rápido que pude y seguí corriendo por la segunda azotea, que era bastante más larga que la primera. Estuve a punto de volver a caerme antes de llegar al borde del tejado.
Cuando finalmente llegué y miré hacia abajo me di cuenta de que no podía seguir avanzando. Había una escalera de incendios, pero estaba por lo menos un piso por debajo de mí y no podía saltar. Me maldije mentalmente por haber bebido y giré la cabeza hacia atrás para tratar de buscar alguna otra vía de escape.
Había una pequeña elevación, semejante a una caseta con el tejado puntiagudo en uno de los laterales de la azotea. Me acerqué a toda prisa. Era la puerta que daba a la escalera que había debajo de mis pies. Traté de forzarla, pero estaba cerrada. Me oí a mi mismo soltar un pequeño grito de frustración y seguí mirando a mi alrededor.
A pocos metros de mí había otra puerta. Corrí hacia ella, pero estaba tan cerrada como la anterior. Le di un puñetazo enfadado y nervioso y seguí buscando con la mirada. No había nada más a la vista, y si algo había estaba demasiado oscuro para verlo.
Me llevé las manos a la cabeza y me revolví el pelo comenzando a caminar de un lado para otro con la vista fija en el suelo. Cuando levanté la cabeza pude distinguir las siluetas de unos bidones altos detrás de la caseta cuya puerta acababa de intentar abrir. Me acerqué a ellos y los miré con los ojos desorbitados para ver en la oscuridad (aunque eso no me ayudó a ver mejor).
Sin pensarlo un segundo más comencé a colocarlos de tal manera que conseguí crear una especie de escondite. Me medí detrás de uno de los barriles, pegado a la pared, y me quedé allí agazapado, con el corazón en un puño y la respiración aún agitada.
No sé cuanto tiempo pasé escuchando los latidos de mi corazón y el ruido de la ciudad, pero se me hizo francamente eterno.
De repente comencé a oír algo que no tenía nada que ver con la ciudad: pasos. Alguien corría por la azotea. Mi corazón volvió a acelerarse descontroladamente y aguanté la respiración, rezando para que, quienquiera que fuese, no me encontrase.
Los pasos se pararon no muy lejos de mí. Ahí estaba, me iba a pillar y me iba a matar, estaba seguro de ello. Justo cuando tragaba saliva lleno de temor y con lo ojos fuertemente apretados escuché mi nombre.
Abrí los ojos. Era la voz de Sasuke.
–Estoy aquí –mascullé, aunque lo dije tan bajo que no me oyó–. Aquí –repetí más fuerte, moviéndome para salir de mi escondrijo.
Volví a oír pasos y la silueta de Sasuke apareció por uno de los laterales de la garita, con la pistola aún en la mano.
–Vámonos –dijo dándose la vuelta y comenzando a caminar.
Me incorporé y lo seguí hasta el borde de la azotea, donde estaba la escalera de incendios a la que yo no había podido acceder.
–Por aquí no se puede –le dije.
Ni bien terminé de pronunciar aquellas palabras, Sasuke se guardó la pistola, saltó el pequeño muro del borde y se enganchó a él con las dos manos; acto seguido, se dejó caer.
–Vamos –oí su voz desde abajo.
–No –negué–. No puedo.
–Vamos, no tenemos tiempo que perder. Salta de una vez –dijo insistente.
–Me voy a caer. Hay mucha altura…
–No dejaré que te caigas…
–He bebido –añadí sin escucharlo–. Me voy a matar.
–Uzumaki, ¿desde cuándo eres tan gallina? –preguntó Sasuke con tono burlón.
Miré hacia él con el ceño fruncido. No era un gallina, era un estúpido por contestar a sus provocaciones. Hice lo que él había hecho, con la diferencia de que yo no salté por encima del muro, sino que pasé las piernas cuidadosamente, con los brazos fuertemente enganchados a los ladrillos. Me dolían las palmas de las manos, especialmente la derecha, pero no me dejé caer hasta que no estuve seguro de que no iba a caer al vacío. Entonces, estiré las piernas y me solté.
Caí de pie, y Sasuke me sujetó por las axilas antes de perder el equilibrio. Me liberó del agarre y comenzó a bajar la escalera de incendios a toda prisa. Cuando estuvimos en el suelo, al fin, avanzamos por una callejuela pequeña. En la desembocadura a la calle principal, Sasuke observó ésta durante unos segundos antes de salir, cruzar, e internarse en otra pequeña arteria, conmigo pegado a su espalda.
–¿Adónde vamos? –me atreví a preguntar.
No contestó, así que volví a preguntar.
–Cierra el pico –contestó tajante.
–No quiero.
Le cogí un brazo y tiré para que parara y se diera la vuelta, y me hiciera caso de una vez por todas.
–No voy a ninguna parte hasta que no me digas qué coño pasa aquí –dije. Aunque la voz aún me temblaba un poco estaba totalmente serio y algo más sereno.
–Te persiguen –respondió. Se dio de nuevo la vuelta, pero tiré de él otra vez.
–¿Quién?
–Eso es lo de menos.
–¿Por qué me persiguen? –cuestioné ansioso.
–Para dar conmigo –dijo entre dientes.
–¿Por qué te persiguen?
–Eso es asunto mío –concluyó soltándose y dándose la vuelta.
Comenzó a caminar de nuevo y lo seguí, tratando de encajar aquella escasa información. Entonces se me ocurrió otra cosa, y volví a obligarlo a pararse.
–¿Desde cuándo me persiguen? –le pregunté.
–Bastante –contestó mirando alrededor–. Por aquí –añadió aprisionándome una de las muñecas, obligándome a avanzar por otra calleja desconocida.
Diez minutos más tarde estábamos sentados en la parte de atrás de un taxi, en silencio. Sasuke le había dado una dirección que no recuerdo al taxista, y el hombre conducía con toda su atención fija en un programa nocturno de la radio. Eran las dos de la madrugada.
Cuando nos apeamos, estábamos en una zona solitaria, llena de bloques de pisos destartalados. Sasuke caminó hasta llegar a un pequeño hotel con los neones fundidos y pagó por adelantado por una habitación pequeña con dos camas en el último piso, sin dar ningún tipo de dato o información personal.
Subimos al cuartucho de paredes amarillentas y colchones desgastados. Desde el mismo momento en que pisamos el hotel supuse que sería una noche larga.
…
Volví. Empieza a haber un poco más de acción en la historia y cada vez estoy con más ganas de escribir esto. Así que espero que disfrutéis el capítulo y, de no ser así, me hagáis saber si algo falla :)
