Dorcas Meadowes siempre destacó por su diferencia. Aparte de talentosa, brillante y hermosa, con el cabello rubio como el oro y los ojos azules cielo, era totalmente inmune a los efectos de Sirius Black y él mismo, testarudo, de un momento a otro consideró que su retorno a la orden era una oportunidad para volver a ser lo que era antes, un rompecorazones. No le bastó con las mil y un negativas de la joven auror sino que haría el esfuerzo por última vez y por McKinnon, para que la dejaran de fastidiar y dejara de ser el centro de los rumores, era lo que menos necesitaban ambos en ese momento de sus vidas.
La morena era su amiga, es decir, su amiga de verdad. Sentía que en parte todo lo que estaba haciendo en ese momento con el atrevido plan de volver a acercarse a Dorcas a penas regresara era para contentarla, para que estuviera feliz otra vez, pero intentaba no recordarlo muy a menudo.
Dorcas fue el auror que había aceptado el riesgo de infiltrarse entre los mortífagos sin titubeos ni peros, de hecho, si mal no recordaba, fue ella misma quien se ofreció para el puesto y como nadie lo deseaba, así fue. Cuando dejó de lado sus planes de conquista y le pidió ayuda respecto a Regulus, accedió con algo de reticencia, decía que no tenía nada que ver en asuntos familiares de otros, pero él le dijo que si no estuviera tan desesperado no le hubiera sido necesario pedirle absolutamente ningún favor como ese. Desde ese entonces hasta el presente estuvo enviándole una escueta información sobre el menor de los Black al hermano mayor, siempre con ese tono de profesional, y jamás hizo preguntas sobre lo que se veía obligada a informar. Ella había hecho un voto de confidencialidad que no rompió por nada del mundo, y Sirius estaba impresionado.
¿Era realmente una persona confiable o por fin había bajado la guardia? Nunca se lo preguntó, estuvo demasiado ocupado con McKinnon desde que pisó la orden para preguntárselo, pero ahora era el momento, ¿Por qué no? Dorcas anunció aquella semana festiva y de súbito que la situación se volvió insostenible en el otro lado y que sin la marca tenebrosa en el brazo la haría desaparecer pronto. La orden de hacerla volver fue inmediata, estaría llegando antes de año nuevo, presumiblemente el último día.
Habían sido ocho meses lejos de casa y ahora volvía de la misión más peligrosa que puede tocarle a un auror tan joven. La admiraba, sí, su valentía era digna de un Gryffindor, como diría James, aunque ella fuera de la casa amarilla, Hufflepuff.
Sirius había decretado que ese fin de año sería el fin también de un interminable círculo vicioso con su familia y su apellido. Dejando ir a Regulus, como alguna vez se lo sugirió Marlene, dejaría ir también a todo su linaje, que lo borraran del árbol como al tío Alphard le daba exactamente igual, Regulus era lo único que le hacía volver a esa horrenda casa de locos. Sus primas y el resto eran mortífagos detestables y Walburga estaba en las últimas. Que se muera, pensó el muchacho con desagrado. Si se muriera antes del esperado 1980 podría contarse entre las personas más felices del planeta, y si Dorcas le seguía el juego mucho mejor, era lo más favorable para su causa.
¿Su causa? Nuevamente volvía a pensar que alejar a los idiotas de McKinnon era la prioridad, no su propia búsqueda de la felicidad con alguna chica decente como diría Remus si le diera la oportunidad de expresar su opinión.
— ¿En qué piensas, Canuto? —lo despertó James mientras él se encontraba bebiendo un tazón de café con crema en el comedor y sin compañía. El joven de gafas se sirvió un té en otro tazón y se sentó a su lado.
— Dorcas —Potter casi escupe todo lo que llevaba en la boca.
— ¿Qué? Pero no que tú estabas con…
— Ahora veo a lo que se refería —susurró Sirius. Bebió un poco de café antes de chasquear la lengua y mirar a James con decepción—. Me sorprende verte creyendo rumores, Cornamenta. El Blackinnon es totalmente falso —se mofó el ojigris instantáneamente, juntando su apellido con el de McKinnon de broma.
— Le diste el anillo de Alphard. El anillo de oro con diamante, Canuto —le repitió su amigo con los ojos bien abiertos y un tono de voz gracioso. Sirius se estiró en su silla y enarcó una ceja mientras lo escuchaba—. Además, Dorcas te rechazó más de veinte veces en la escuela de aurores y, si mal no me equivoco, en Hogwarts. No tienes oportunidad.
— ¿Quieres saber algo que no le he dicho a nadie? Meadowes me estuvo pasando información mientras estaba lejos y se preocupaba mucho de mí, creo que sí tengo oportunidad, siento como si nuestros lazos se hubieran vuelto más fuertes con aquello —le rebatió Black con tranquilidad, bebiendo un poco más de su café. No se molestaba en mentirle o no a James, al final siempre terminaría descubriendo la verdad, pero en ese caso ni él mismo sabía qué era la verdad, solo que había exagerado un poco en eso de los inexistentes lazos que tenía con Dorcas para darle el toque dramático y verosímil a la historia. Era lo que usualmente hacía con cada mujer que salía, en realidad, incluso en Hogwarts.
James alzó una ceja con gracia y decidió ignorarlo olímpicamente.
— ¿No tienes nada que decir sobre el anillo? —preguntó.
— McKinnon es una buena amiga y se lo di porque ya no lo usaba.
— Dios, qué convincente, Canuto. Tú dejando de usar el anillo de Alphard, sí claro —Potter entornó los ojos, divertido—. Dime qué diablos quieres, no comiences a bromear como siempre —fue al grano, recordando que Lily le había comentado algo sobre Marlene, protegerla de Sirius y una sarta de tonterías al respecto, y no es que a él no le importara pero creía que la morena era más que inteligente como para darse cuenta de que Sirius no era lo más conveniente, así como el susodicho también de que Marlene no era una más del montón.
— Cornamenta, McKinnon no es un juego, es un ser humano magnífico y merece el anillo como yo cuando Alphard me lo dio, y seguirá siendo mi amiga aunque sigan inventando mierdas en este lugar como viejas sin vida propia —le afirmó con dureza—. Oh, y quiero a Meadowes, por supuesto.
James suspiro y se dedicó a terminar su té con calma. Quiere a Dorcas como juego, pensó luego, identificando claramente todo lo que sucedería hasta que su amigo se aburriera de pretender, pues la única verdad que le escuchó decir en toda esa charla fue que Marlene jamás sería un juego para él.
Marlene ordenaba su ropa recién lavada sobre su cama cuando una cabeza pelirroja apareció por su puerta, tocando tres veces aunque estuviera abierta, ya que como la morena no se había pronunciado desde el día en el que charlaron sobre Sirius, Lily no sabía cómo se encontraban las cosas entre ellas.
— Pasa —bufó la dueña de la habitación al verla, aún un poco disgustada por lo que había ocurrido hace unos días en navidad aunque sinceramente ya no tenía ganas de pelear ni de hacer algo al respecto. Habían pasado tan solo seis días desde aquel en el cual Sirius le aseguró que se haría cargo de la situación y todo lo que había sucedido o más bien lo que había percibido en ese tiempo había sido una ridícula lejanía entre ambos autoimpuesta por el merodeador.
Una solución muy madura, pensó con ironía cuando él dejó de escuchar música con ella, de hablarle al desayunar, de buscarla en la biblioteca por las tardes y de pedirle que lo acompañara a fumar al pórtico cuando anochecía.
Lily entró y cerró con cuidado, avanzando en silencio hacia su amiga.
— Lo siento, Lene —murmuró—. Entiendo tus razones, créeme. Tan solo me dejé llevar por el rumor de pacotilla y pensé que te gustaría que estuviera ahí para ti —explicó con tristeza. Marlene continuó doblando su ropa con cuidado pero la miraba de reojo de vez en cuando—. Además, lo del anillo me parece un buen gesto… —anunció sin mucha seguridad.
La morena no tuvo que esforzarse mucho para llegar a la conclusión de que Lily seguía pensando exactamente lo mismo, pero seguía sin ganas de volver a pelear por ello, se había prometido que no lo haría y que confiaría en Sirius aunque sus planes no le funcionaran.
— No te preocupes, Lily —dijo brevemente.
— Bueno —la pelirroja también sabía que su amiga no se sentía tan segura sobre su respuesta, así que decidió pasar a otro tema—. Venía a… a decirte algo más —titubeó.
Marlene se detuvo y la miró. Extrañamente, Lily se veía muy nerviosa como para haber pasado solo a pedirle disculpas por el percance del otro día, había algo más, así que comenzó a interesarse en ello.
— Escucho.
— Creo que el cuartel entero lo sabrá mañana, pero quería que lo supieras primero, incluso antes que James —habló la pelirroja con mucha seriedad, tomando grandes bocanadas de aire—. No sé ni cómo se lo irá a tomar, pero lo solucionaré luego —añadió un poco taciturna.
— Lily, no me estás diciendo nada —la interrumpió Marlene, un poco impaciente.
— Estoy embarazada —balbuceó la ojiverde, dejándose ver al desnudo con esas dos palabras, vulnerable. McKinnon comprendió de inmediato todo, con los ojos abiertos como dos platos y la boca también. Luego del impacto inicial dejó todo lo que estaba haciendo definitivamente y abrazó fuertemente a su amiga, un abrazo apretado que duró largos segundos en completo silencio.
— ¿Cuántos meses? —preguntó la morena cuando se separaron.
— Dos —Lily ya tenía los ojos llenos de lágrimas para ese entonces—. Tú sabes que soy un poco exagerada, apenas vomité de la nada y tuve otros síntomas extraños pedí a un médico mientras James estaba en el ministerio hace una semana y bueno… Tengo suerte, en el mundo mágico son mucho más eficientes y certeros desde el primer minuto.
— Lils, a James le encantará la noticia —la tranquilizó McKinnon, acariciando su espalda—. Ya quiero ver su cara, de hecho, se morirá de amor —añadió con una sonrisita, haciéndola sentir mejor e incluso sonreír junto a ella ante el pensamiento, pero aun así estaba tan asustada y tenía tantas preguntas en su interior. Quizás debieron tomárselo con más calma, quizás debieron esperar, quizás debió cuidarse y no dejar que eso pasara jamás. Había tantos "quizás".
— No lo sé —la ojiverde se separó de su compañera y la miró entre lágrimas mientras se pasaba una mano por la cara para apartarlas—. Es difícil ¿Sabes? Es un riesgo.
Marlene comprendió parte de sus dudas y miedos, estaban en un contexto en el que, si bien no era ideal tener hijos pues la vida de todos corría peligro, lo que estaba hecho se quedaría así. Lo que lo único que le quedaba a sus amigos como pareja era enfrentarlo y no de la peor forma, ellos tendrían que aprender a ver a ese hijo como una luz en medio de la oscuridad.
— Háblalo con James, todo estará bien —le aseguró nuevamente—. Ese niño o niña va a ser muy amado y no solo por ustedes ¿Lo sabías? No puedes dejarlo todo porque sea un riesgo o porque el tiempo no es el adecuado…
Lily sonrió levemente con gratitud.
— Gracias por estar aquí, realmente necesitaba de esto —susurró y volvió a abrazarla, Marlene asintió en silencio, acariciándole la espalda con parsimonia.
Por la mañana de año nuevo, Remus y Marlene compartían un gran pedazo de chocolate blanco sentados en el pequeño pórtico trasero del cuartel. Se habían quitado los zapatos y habían sacado mantas para abrigarse, todo con el propósito de poder mirar un rato la nieve mientras comían y no morir de frío en el intento. Ambos se habían encontrado al desayuno y, como las cosas andaban lentas y no había reuniones programadas por la gran festividad que tenían planeada para la noche, decidieron pasar juntos el rato y charlar. A la castaña le encantaba discutir con Remus sobre cualquier tema porque él era como un profesor, no se burlaba de nada, era paciente y le enseñaba cosas que ella no sabía, así que su pequeña junta se extendió por horas sin que se dieran cuenta.
— ¿Cuántas chicas hay en la orden, Remus? —preguntó ella con curiosidad, tras un silencio luego de haber terminado de discutir sobre constelaciones. Se había fijado que solo ella, Lily y Alice eran las que más rondaban por la orden, y se negaba a creer que no hayan admitido a más mujeres jóvenes allí.
— Lily, tú, Alice, Andrómeda, la prima mayor de Sirius…
— ¿Y dónde está ella? —saltó la joven sin dejarlo terminar.
— Bueno, lo que pasa es que hace un par de años se casó con Ted… Ted Tonks, y tuvieron una hija, Nymphadora, que ahora ya tiene seis años —sonrió, esa niña crecía a pasos agigantados y él aún recordaba cuando tan solo era un bebé—. El asunto es que ahora que la guerra se ha puesto un poco más brava acordamos entre todos que no se aparezcan mucho por aquí, incluso tuvieron que faltar a la boda de Lily y James debido a esto, Bellatrix no la deja en paz — continuó el ojimiel. Aquella historia le parecía trágicamente injusta. Desde que conoció a Andrómeda tuvo que admitir que la familia de Sirius era incluso más horrible de lo que el mismo merodeador la había descrito una millonada de veces, y a los Tonks les había tocado pagar con creces por los Black.
— ¿Bellatrix? —Marlene tenía una vívida imagen mental de la bella y cruel prima de Sirius porque muchas veces salió en el periódico cuando este no era controlado por su mismo grupo. Cabello negro, párpados gruesos, cintura esculpida por algún talentoso de la antigua roma, una serpiente siempre rodeada de serpientes.
— Bellatrix es la hermana de Andrómeda —continuó Remus, cortando otro pedazo de chocolate para seguir engullendo como si lo necesitara para vivir—. Cuando supo que se casó con Ted en secreto y, peor aún, que tuvo una hija con él, se convirtió en su sombra. Su objetivo era simplemente joderla, porque le daba vergüenza que su propia hermana la ridiculizara de ese modo entre sus amigotes al casarse con un sangre sucia —finalizó con mucha limpieza. En los labios de Lupin ninguna palabra escandalosa sonaba ofensiva, es más, Marlene lo percibió como una burla, como si el auror pensara que eso de clasificar a las personas en "sangre sucia" fuera lo más estúpido del mundo.
— Oh… —Marlene suspiró.
— Andrómeda te agradaría. Se parece mucho a Bellatrix físicamente, tanto que llega a espantar si es que eres corto de vista, pero es una excelente auror y amiga, muy buena —sonrió, McKinnon le sonrió de vuelta, se notaba que Remus tenía una muy buena relación con ella y que extrañaba que estuviera por allí—. También está… bueno, Emmeline. Emmeline Vance, no sé si la conoces —prosiguió y su voz tuvo un ligero cambio al mencionarla, cambio que Marlene no notó en el momento.
— ¿Emmeline? Woah, a ella la conozco como a la vida misma, pero ¿Dónde está? ¿Por qué no la he visto jamás por aquí? —se sorprendió la muchacha.
Remus le sonrió vagamente, una sonrisa muy floja y nostálgica que esta vez Marlene si notó, pero no quiso pecar de entrometida, es por eso que esperó su respuesta en silencio, sin hacer alguna pregunta imprudente.
— Está fuera del país, ella y otros aurores viajan por los países más importantes estableciendo alianzas y tratos. Volverán pronto, si es que todo sale bien —respondió y Marlene asintió con una renovada sonrisa, Emmeline fue para ella una amiga muy cercana en Hogwarts y pese a que se distanciaron un poco por diferentes motivos luego de terminar su colegiatura, ansiaba verla y poder charlar con ella durante horas como cuando eran dos adolescentes aburridas del mundo—. Olvidé a alguien —escuchó a Remus y lo miró con interés—. Dorcas Meadowes.
— ¿No juegas? —Marlene abrió los ojos como dos platos y se cubrió la boca con una mano.
— ¿La conoces?
— ¡Claro! —apartó la mano de súbito—. Hufflepuff, prefecta, la mejor compañera que tuve en aritmancia, de hecho, si no hubiera sido por ella yo repruebo esa maldita clase —explicó, manteniéndose ensimismada en su recuerdo de la joven. El sedoso y largo rubio de su cabello con unas ondas naturales que daban a envidiar más ese rostro de porcelana tan blanco se hizo presente en su cabeza como una visión, atontándola. Marlene siempre creyó, en sus interiores solamente, que Dorcas Meadowes era la mujer más hermosa del planeta—. ¿Dónde está? Primero Emmeline y ahora Dorcas, bueno, Dorcas y yo no somos tan cercanas pero me agradaría saber que está bien ¿Entiendes?
— Bueno, es usual que algunos miembros de la orden ni se conozcan así que le resté importancia. Todos estamos aquí para servir a un propósito, no para ser amigos, pero lamentablemente ya lo somos ¿No, Marlene? —Remus la miró con cara de perro mojado y ella rio asintiendo, entonces él se aclaró la garganta y su semblante cambió un poco—. Dorcas es la primera y única infiltrada en el otro lado, entre los mortífagos.
— ¿Pero qué…? ¿Cómo fue que la enviaron a ella? ¿Por cuánto tiempo? ¡Podría morir!
— Ella se ofreció. Ha permanecido ocho meses en la misión y no ha muerto, Lene, por favor.
De pronto escucharon un gran alboroto adentro y Marlene se volteó para mirar por la ventana a ver si podía captar algo de lo que estaba sucediendo, pues como estaban en el pórtico no podían enterarse de mucho. Al no conseguir ver nada se volteó nuevamente hacia Remus, quien le miraba con cara de saber algo que ella no sabía.
— Vamos adentro —la apuró, tomando lo que restaba de chocolate y su manta.
Marlene lo imitó con rapidez y entraron.
— ¿Qué es, Remus? —insistió ella.
— Camina, camina —la apuró el joven sin dejar de sonreír.
— Pero Remus —se quedó un poco atrás porque se pinchó una astilla en el pie gracias a andar solo en calcetas y cuando finalmente llegó al vestíbulo del cuartel, que era en donde se concentraba el alboroto, pudo verla o verlos, mejor dicho:
Sirius se encontraba besando el dorso de una de las manos de Dorcas Meadowes, la misma rubia que había imaginado hace tan solo unos instantes, y la miraba de un modo que a Marlene le costaba describir con palabras, pues nunca había sido mirada de ese modo, ni menos por él; Meadowes, por su lado y como respuesta, le ofrecía una sonrisa un poco ausente y una mirada mucho más confusa que su sonrisa, era como si estuviera viendo a un fantasma en el ojigris y no pudiera escapar de él. No lo comprendió.
¿Estaba perdiéndose algo?
— ¿Marlene? ¿Eres tú? —fue así como no se dio cuenta de cómo había llegado a tenerla en frente si hace un momento estaba en otro lugar y con Sirius tomándola de la mano suavemente. Dorcas tocaba las puntas de su cabello como si fuera algo maravilloso mientras la miraba con una sonrisa ancha y mucho más clara que la que vio con anterioridad. La morena supuso que su compañera estaba un poco confundida, considerando que se habían conocido cuando ella tenía el cabello largo, liso y un flequillo escolar recto del que ahora se avergonzaba—. ¿Marlene? —insistió la rubia nuevamente. Era una agradable sorpresa volver a verla, no habría olvidado su rostro en años, así como tampoco olvidaría la primera vez que la vio y que se hablaron en Hogwarts…
Hacer trabajos en equipo con compañeros que no había visto jamás en su vida, con lo distraída que era, le causaba un poco de duda, pero cuando vio que le habían asignado como compañera a una Ravenclaw, supuso que estaría todo bien, aunque esperaba que no estuviera intentando opacarla con su gran inteligencia durante el resto de la clase, pues ese era el defecto que más odiaba de los de la casa azul. La chica de ojos color chocolate se dejó caer a su lado con mucho pesar mientras ella seguía con las ecuaciones que la profesora había anotado en la pizarra. Estaba a punto de terminarlas cuando su compañera por fin encontró el habla. Ya estaba preocupándose.
— ¿Cómo le haces? —se giró ante la pregunta.
— ¿Qué cosa? —le preguntó entonces.
— Todo eso, tengo el cerebro inflamado con esta clase. Disculpa, ahora debes pensar que te asignaron a una tonta como compañera de proyecto y que tendrás que hacer todo por mí, pero ayudaré en lo que pueda —le prometió. La sonrisa en el rostro de Dorcas se ensanchó de a poco, le parecía sumamente curioso que una chica de aquella casa asumiera que no se le daba algo naturalmente, eso sí que era algo nuevo y llamativo. Más que pensar todo eso que había descrito, ahora era todo lo contrario. Estaba maravillada.
— ¿Quieres que te ayude a estudiar luego de clases? Quizás así luego nos será más fácil avanzar en nuestro proyecto —le propuso con amabilidad.
— ¿Harías eso por mí? —la morena pareció revivir con aquella simple propuesta—. Oh, muchas gracias. Mi nombre es Marlene, por cierto —estiró su mano para que su compañera la estrechara.
— Dorcas —la rubia extendió la suya, encantada.
Dorcas sacudió su cabeza y McKinnon también, ambas volvieron al cuartel de inmediato y al parecer tan solo habían pasado unos segundos.
— ¡Hola! —la castaña abrió sus brazos de una manera incómoda y tras unos segundos Dorcas la abrazó.
Si bien no habían sido amigas tal y como Marlene lo era con Lily o con Emmeline, Dorcas era una buena persona y así es como la recordaba su compañera. Un poco reservada, sí, ya que nunca le contaba lo que pasaba por su mente a nadie si es que no lo quería, Marlene en especial nunca supo más allá que las cosas básicas de su vida más algunas anécdotas graciosas que Meadowes solía contarle mientras estudiaban aritmancia en las grandes cocinas de Hogwarts, ambas cómodas con la compañía de los elfos y la comida. Fue difícil conocerla, pero una vez que llegó a ello se le hizo una experiencia grata. Y pensar que la gente solía decir cosas como que era pedante, superficial y extraña cuando se referían a ella.
— ¿Cómo estás? —McKinnon tuvo que admitir que reaccionó mejor luego del abrazo—. ¿Es verdad que te infiltraste con ellos? —susurró luego, recordando lo que le había contado Remus.
La rubia asintió y su sonrisa se apagó un poco. Marlene no pudo pasar por alto que algo ocurría con la joven. Meadowes se sentía cansada, no quería más preguntas al respecto, sin embargo todo lo que quedaba era intentar seguir sonriendo y contestar porque seguirían haciéndoselas. La tarea de infiltrarse no había sido una obligación sino que ella la había escogido por motivos personales y la había cumplido con responsabilidad —si no lo hubiera hecho probablemente estaría muerta—; y pese a que no había sido una experiencia agradable, para nada, ahora que estaba en un lugar seguro podía sentirse satisfecha de su trabajo, dejando de lado sus emociones, desconectándose de ellas.
— Me alegra que estés bien —Marlene le acarició distraídamente un brazo.
— Te cortaste el cabello… era lo que más recordaba de ti —apuntó la recién llegada.
— Bueno, son cambios mínimos, sigo siendo la misma —le afirmó su compañera.
— ¿Y te vas a quedar aquí en el cuartel, Dorcas? —Sirius apareció tras la ojiazul, haciendo que ambas perdieran la concentración en su conversación. Meadowes se volteó, aún con esa mirada extraña que solo le dirigía a él, y suspiró.
— Tengo un apartamento, si es que no lo recordabas, Sirius —respondió cortamente.
Justo cuando Black comenzaba a mostrarle una sonrisa de medio lado a la recién llegada, a pesar de haber frustrado un poco su plan al no quedarse en el cuartel, Marlene, tras ella, lo comprendió todo. Sí, en realidad conocía esa mirada, de hecho, la conocía muy bien, la había visto en Hogwarts, cuando él miraba a sus amigas, a las amigas de sus amigas o a quien fuera, él solo miraba a las chicas así para una sola cosa: Conquistarlas. Es por eso que ella sintió esa clase de vacío cuando lo vio por primera vez, porque él jamás la miró a ella de ese modo.
¿Ese era su gran plan maestro o realmente quería volver a ser el patán que es con una chica tan buena como Dorcas?
De pronto comenzó a sentir algo arder en su interior, arder con rabia, con impotencia, no creía que fuera justo. No lo era.
