Un encuentro fortuito no retrasa a la chica del vestido rojo
Las farolas negras de Little Italy emitían un halo fantasmal de luz blanca que resultaba siniestra y triste a partes iguales, dándole a las maltratadas calles un aspecto más lamentable del que de por sí tenían.
La gente que caminaba por la acera lo hacía con miedo, tratando de ser abrazados por el manto de la noche y pasar desapercibida de los ojos silenciosos que vigilaban desde locales y ventanas. Evitaban cruzar los estrechos callejones en los que se amontonaban basura, ratas e indigentes por temor a encontrarse cosas peores a las mencionadas.
Little Italy por desgracia no contaba con luminosas y transitadas calles como Broadway o Park Ave, por lo que la gente trataba de evitar el barrio para no tentar a la suerte de lo que pudiera ocurrir allí.
Una sombra oscura parecía romper la calma tensa que se respiraba en la atmósfera. La tela roja de la parte inferior del vestido bailaba todo lo que las aperturas laterales le dejaban por cada zancada que daba. Eso y la pálida piel de sus perfectas piernas eran la única discordancia entre la intermitente oscuridad que las farolas ofrecían. Su pelo negro como el ébano y el liviano chal que descansaba sobre sus hombros la mimetizaban con la noche.
Chane corría a contrarreloj mientras calculaba cuál sería la ruta más rápida para llegar a Battery Park. Entró por uno de los afamados callejones con cuidado de no pisar nada ni a nadie y se apoyó en una escalera oxidada, que en su día debió de ser una salida de incendios, para poder impulsarse y pasar por encima de varias cajas de cartón. Cuando volvió a tocar el suelo maldijo en silencio por haber traído tacones.
Según giraba la calle comenzó a ver escaparates rojos de letras doradas adornadas con luces de papel de frágil consistencia. Atrás quedaban las tristes y cementadas calles de Little Italy y ante sus ojos reaparecía la vida y la actividad. Apenas había cruzado una calle cuando un hombre asiático la abordó en medio de la calle ofreciéndole un extraño buñuelo que olía a aceite y pulpo. Había llegado a Chinatown.
Relajó el paso para no llamar demasiado la atención pero manteniendo un ritmo acelerado en comparación con el resto de viandantes. La mafia china era un sector transgresor que se encontraba ahogado por la actividad ítalo-americana de la zona, aunque clandestinamente avanzaba para hacerse un hueco a la sombra de la ciudad.
Vio un grupo de hombres asiáticos que se replegaban en un círculo, intercambiando palabras y miradas recelosas. Chane les observó de lejos y ellos, al sentirse observados, se dieron la vuelta para ver cómo se acercaba. Eran unas miradas peligrosas que no presagiaban nada bueno. Al ver cómo abrían el círculo para observarla, ella cambió de acera y trató de perderlos entre los también iluminados callejones del barrio.
En cuanto encontró una calle vacía echó a correr de nuevo. Volvió a atajar por callejones y recovecos hasta que un brazo duro como el hierro impactó contra su abdomen, vaciando a la fuerza sus pulmones. Boqueó un par de veces, tambaleante, y cayó de rodillas.
–Hahaha. Hola mosquita muerta –se burló un hombre vestido de blanco, aunque aparentemente desarmado.
Otro tipo más bajo de aspecto nervioso la miraba con unos ojos enrojecidos y vacilantes.
–¿Es ella? ¿Eh? ¿Es ella?
–¿No ves que sí? Es morena y tiene esos ojos amarillos –razonó un tercero. Tenía una sombra de barba de tres días e iba despeinado–. ¿Qué hacemos con ella?
El primero sonrió con perversión.
–Se me ocurren varias cosas, hahaha.
–¿Pero no es peligrosa?
–Sí, lo es –intervino rápidamente el hombre con aspecto más demente–. Ladd... Ladd dijo que la matáramos. Tenemos que hacerlo ya, cuanto antes.
Chane se recompuso como pudo, pero se mantuvo agazapada mientras los tres hombres discutían sobre su destino. Con lentitud, se llevó una mano a la apertura de su vestido, dejando entrever una de sus pálidas y suaves piernas.
–Pero Ladd no tiene por qué enterarse de lo que hagamos con ella antes de matarla –rebatió el primer hombre. Bajó la vista y vio el recorrido de la mano de Chane, que se perdía bajo las vaporosas telas de su vestido–. ¿Veis? Lo está pidiendo a gritos.
Acercó su mano al cuerpo de Chane, pero se detuvo súbitamente con un gemido ahogado. La morena giró sobre sí misma y levantó su larga pierna lo justo para que el tacón se le clavara en el cuello, rompiéndole la tráquea. Su movimiento fue tan preciso y letal como el aguijón de una avispa, logrando que de su garganta sólo saliera un lastimero quejido y un reguero de sangre a presión.
–¡Maldita zorra! –gritó el tercer hombre a la vez que sacaba un revólver que escondía bajo su americana blanca. Apuntó con ella a Chane, pero ni siquiera tuvo tiempo para apretar el gatillo. Como si de una pantera se tratase, estiró los músculos de sus piernas para ponerse en pie con una agilidad felina y, mientras que con una mano apartaba al hombre que tenía tras ella, con la otra clavó una cuchilla plateada en la muñeca del que la apuntaba con la pistola.
El tipo del arma gritó de dolor y se vio obligado a soltar el revólver al tiempo que Chane retorcía la cuchilla en su brazo. La morena notó cierto movimiento tras ella.
–Te... te tengo –El loco la apuntaba con una escopeta mientras una sonrisa perturbada se dibujaba en su rostro.
Con la velocidad de un suspiro, Chane sacó una nueva cuchilla y se volvió sobre sí misma. Levantó con fuerza una pierna hasta la altura de la cabeza, dándole una patada a la escopeta y haciendo que se disparase hacia el oscuro cielo. Encadenando un movimiento tras otro, le lanzó la cuchilla al ojo, haciendo que éste se volviera un amasijo de fluidos blanquecinos y sangre. Un triste grito de agonía terminó de romper la calma que se aferraba a las negras esquinas del callejón.
Se volvió de nuevo al hombre que se dolía de su brazo, pero cuando fue a rematarlo, éste le dio un tremendo puñetazo en la cara con su mano "buena", rompiéndole el labio. Gimió de dolor algo aturdida al tiempo que trataba de equilibrarse y no caer al suelo. Se quitó la sangre que empezaba a salir de su labio con la muñeca y, cuando sintió el sabor del cobre en la boca, algo parecido al fuego pareció prenderse en su interior.
Con fuerzas renovadas, se quitó el chal y se lo tiró a la cara del hombre, ganando así el tiempo justo para quitarle la cuchilla del brazo y clavársela bajo la oreja. No se detuvo a contemplar su trabajo hasta que sacó una tercera y la dejó incrustada en la frente del último hombre, silenciándolo al instante y librándolo de su agonía.
Con la respiración aún agitada, se volvió a uno de los cadáveres y recuperó el chal para ponérselo sobre los hombros. Prefería sus dos cuchillos que esas pequeñas cuchillas plateadas, pero como no tenía espacio en el vestido, se conformó con limpiar un par de ellas en la ropa de sus agresores y guardarlas de nuevo. Sin dedicarle un segundo más a los cadáveres, siguió corriendo calle abajo.
Sólo aminoró la marcha cuando el repiqueteo de los tacones quedó silenciado bajo el césped de Battery Park. Como una sombra nocturna, se abrió paso entre los árboles hasta llegar al embarcadero y la oficina de los ferris. Vio a un hombre algo agitado que trataba de amarrar una lancha a una madera que sobresalía y se acercó a él con lentitud. Él sólo notó que estaba allí cuando sintió cómo un frío trozo de metal besaba la parte baja de su cuello.
El pobre hombre separó ambos brazos tratando de mostrarse desarmado.
–¿Eres la chica que buscaba el pelirrojo loco? –Chane abrió los ojos con sorpresa y asintió lentamente, aunque tras ver que el hombre seguía de espaldas a ella, lo liberó de su agarre y se metió en la lancha de un salto, encarándolo y volviendo a asentir. –Entiendo... –susurró él al mismo tiempo que deshacía su intento de amarre y volvía a ir en dirección a Liberty Island.
Apenas tardaron un cuarto de hora en arribar a costa, pero a Chane el viaje se le hizo eterno. Pese que había tardado más en ir desde el local de los Martillo hasta Battery Park que desde el embarcadero a la isla, la sensación era la opuesta. La razón era que la primera mitad del viaje la había hecho corriendo, por lo que sentía cuánto se desplazaba y la capacidad que tenía ella de controlar la situación; en cambio, al estar sentada en una barca surcando un río tranquilo, sin poder moverse y con el aliciente de tener restos de adrenalina corriendo por su sangre a causa de su inesperado incidente, tuvo que reprimir varias veces el impulso de saltar por la borda y seguir nadando, así que cuando sus pies volvieron a pisar tierra sintió como si hubieran dado el pistoletazo de salida.
Avanzó por una plaza yerma con varios cadáveres esparcidos por el suelo. Lo que más le llamó la atención fue el silencio que reinaba en la zona, como si todo ser viviente se hubiera puesto de acuerdo en no hacer ruido, si es que quedaba alguno. Las grandes farolas de hierro forjado iluminaban con fuerza toda la isla recordando a un parque de atracciones vacío.
Levantó la vista al notar movimiento en el gran coloso de acero, pero lo único que pudo distinguir fue la gran silueta de la estatua fundiéndose con el cielo estrellado. Forzando la vista, vio que había movimiento en los ventanales de la corona iluminados por una fuerte luz amarilla. Sin pensárselo dos veces salió corriendo hacia las escaleras.
Tuvo que hacer varias pausas por el camino, parando en algún tramo de la eterna escalera de caracol, que rotaba sobre sí misma como una espiral, para poder coger aire y descansar. Una vez más, le sorprendió lo desangelado que estaba el panorama. «¿Por qué no hay nadie? ¿Quién ha matado a la gente de abajo?», se preguntaba mientras iba subiendo peldaño a peldaño la interminable escalinata con destino a la cabeza.
Cuando llegó a la parte más alta, se agazapó entre dos escalones y levantó la cabeza con cuidado. En esa ocasión sí notó movimiento. Ladd Russo estaba de espaldas a ella, mirando por el ventanal mientras apoyaba su recortada sobre el hombro. Con total discreción, sacó un par de cuchillas de la cinta de cuero que tenía atada en la pierna y las colocó entre dos de sus dedos, procurando estar lo más cómoda posible para lanzárselas al rubio sin que éste se diera cuenta, sin hacer ruido alguno.
Contuvo la respiración un segundo y lanzó su mortal estocada. La cuchilla cortó el aire sin zumbar, pero justo antes de llegar a su destino fue desviada por una enorme llave inglesa. Specter Graham apareció de pronto a un lado con una mirada peligrosa. Sin dudar, Chane lanzó la cuchilla que le quedaba, obligando a Graham a mover la cabeza varios centímetros. No obstante, ésta consiguió arañar superficialmente su mejilla.
Ladd se dio la vuelta sonriendo arrogantemente.
–¿Chane? Así que al fin has llegado... –Entonces su sonrisa se congeló y pasó a una mueca de ira. –¿Cómo cojones es que has llegado? ¿Acaso todos los imbéciles de esta isla te han dejado pasar? –Chane ladeó la cabeza sin entender. «¿De la isla? Pero si no había nadie...». Specter se acercó con pasos vacilantes a ella, haciendo que se pusiera en tensión y sacara la última cuchilla que le quedaba. –¡Para! –gritó Ladd. Specter se detuvo en el acto y miró a su mentor–. Es mía. Tú baja a ver qué ha pasado.
Chane lo siguió con la mirada hasta que desapareció tras las escaleras, entonces clavó sus ojos dorados en Ladd.
