Capítulo 10: Bajo el umbral de la puerta
Cuando Yamato entró al cuarto de hospital, sintió que su corazón estaba encogiéndose a una velocidad descomunal por la escena de Sora sobre esa cama.
No había entrado nadie a verla aún... y qué bueno. Porque la Sora que estaba recostada no era la vital chica que desprendía cariño a todos.
-Hola. -susurró, acercándose a su lado.
-Yamato. -reconoció su voz y se enderezó de inmediato.
-¿Cómo te sientes?
-Bien, no fue tan doloroso como creía.
Siempre que ellos hablaban se veían a los ojos. Incluso en los días pasados en los que ella no podía ver, inconscientemente dirigía su mirada a la de él. Pero ahora, unas vendas los separaban.
-Me alegro.
Algunos momentos de silencio se apoderaron de la pareja. Por un lado, Sora intentaba sonreír y mostrarse fuerte, aunque por otro, Yamato no sabía cómo actuar.
-¿No me quieres abrazar? –suplicó temerosa.
Ese tono de voz y esa sensación de descuidar aspectos importantes entre él y su novia, le asustó. Sin hacer ningún tipo de ruido, se acercó y abrazó a Sora. Ésta correspondió el abrazo de inmediato. Rodeo su cuello colocó su cabeza sobre el hombro de Yamato.
-Estuve muy preocupado.- sinceró, llenando de ligeras lágrimas el camisón de Sora.
Al notar esa humedad en su cuello se retiró un poco de él y con cierto titubeo acunó su rostro con sus manos.
Yamato cubrió las manos de su novia, retiró una y la besó con suma ternura.
-Yo también estuve muy preocupada. Pero sabes… gracias a tu canción, fui capaz de encontrar ese valor y esas ganas de arriesgarme. Sin ti no habría tenido esa fuerza para abrir esa puerta.
Puerta
Estaba frente a la puerta y no sabía cómo actuar. Podía retirarse y hacer como si nada hubiera pasado (porque en realidad nada había pasado) o tocar la puerta y preguntar por Mayumi, pues ese día ella no había ido a la escuela.
¿Dónde estaba Tentomon cuando lo ocupaba?
Koushiro estaba muy afectado en realidad por la cantidad de emociones que se desataban en su interior. Leer sobre sus verdaderos padres lo había dejado "expuesto" a los sentimientos escondidos en su curiosidad, y necesitaba a alguien a quien contarle todo eso. Pero en realidad nadie sabía su secreto aún.
Creía que decirle a alguien –incluso a sus amigos- implicaría un cambio en su vida, y no quería que cambiara. No quería que sus amigos vieran de manera distinta a sus padres, ni quería que lo atiborraran de preguntas con respuestas dolorosas.
Y a pesar de eso, él seguía preocupado por una de sus más grandes amigas: Mayumi. Por eso es que estar frente a su casa, indeciso por sus actos, le causaba gran confusión.
Iba a marcharse.
Esa puerta aún no le correspondía tocarla.
¿Aún?
¿Y hasta cuándo no le daría pena hablar con ella?
¿Por qué le daba pena hablar con Mayumi si era su amiga?
¿Era su amiga? ¿No?
Por alguna extraña razón que iba más allá de su inteligencia, él necesitaba saber que May estaba bien. Pensar en ella causaba cosas de las que aún no tenía conocimiento… y tal vez había más miedo averiguar sobre lo que en realidad sentía por ella.
Estaba a punto de marcharse, pero en eso, la razón por la que él estaba allí apareció tras el umbral de la puerta con ojos llorosos.
Mayumi se asustó un poco al tener a Koushiro a fuera del departamento en el que vivía.
Se limpió las ligeras lágrimas que mojaban sus mejillas y se dedicó a atender al visitante pelirrojo.
-Izzy, ¿qué pasa?
Izumi no supo cómo reaccionar. Intentó hablar, pero no pudo hacerlo.
-¿Está todo bien?
Logró asentir.
Mayumi sonrió por la actitud de su amigo, provocando en él un sonrojo muy tierno.
-Sí, está todo bien. Sólo que venía a preguntarte por qué no fuiste al colegio hoy. –habló, con aparente tranquilidad.
-Oh, eso… pues… es que yo…
Cuando Koushiro comenzó a notar ciertas dudas en la pelinegra, intentó detenerla.
-No es necesario que me digas. Me basta con saber que estás bien.
May agradeció la prudencia del pelirrojo con una sonrisa.
-Falté porque toda la mañana hablé con mi madre.
"Madre", una palabra dura para Koushiro.
-¿Sobre qué?
Mayumi bajó la mirada.
-Mejor entra. No es agradable estar afuera, hace un poco de frío.
Entraron al hogar Minomoto y tras quitarse el calzado los adolescentes se sentaron en el sillón.
-¿Estabas haciendo un arreglo?
-Sí. –comentó viendo lo que su amigo señalaba. –Se lo quiero llevar a Sora.
-Está muy bonito. Tienes un don para esto.
-Gracias, la verdad me gusta mucho… me gustaría dedicarme a esto toda mi vida.
-Pues si lo haces, te aseguro que te irá bien.
Después de que la elegida de la paz le ofreciera algo de tomar, ella se dispuso a contarle la razón de sus lágrimas.
-Hoy falté a clases porque le dije a mi mamá lo que pasó con Mike. –susurró con algo de timidez.
-Ya veo.
-Inevitablemente lloré con ella. Y la sentí muy alterada.
-Es que no es algo tan sencillo de manejar May.
-La sentí muy nerviosa e incluso algo decepcionada.
-¿De ti?
-No, más bien dicho… de sí misma. Me empezó a decir que yo no debo dejar que los hombres me usen, ni que me deje de ellos… de una manera muy extraña sentí como si hablara de mi padre.
-¿Tu padre?... nunca has hablado de él.
-Porque no lo conozco. Pero sí sé que él le hizo mucho daño a mi mamá, y que contarle lo que Mike me hizo, pues provocó que ella volviera a recordar algunas cosas que aún no me confiesa.
-Lo hará en su momento May, no sufras antes de tiempo. –le sonrió con seguridad, ante lo que la pelinegra también le agradeció de la misma forma.
-Tienes suerte de tener unos padres tan buenos y que te quieren tanto.
Tenía suerte. Mucha suerte de que ellos fueran sus padres.
-Sí, creo que sí.
Sí
Sí sentía algo diferente por él.
Para qué negarlo.
No sabía por qué últimamente sentía un fuerte latir en su pecho o por qué siempre aparecía un sonrojo en sus mejillas.
Daisuke había sido su héroe. Él había hecho que no olvidara sus sueños y luchara por ellos.
Pero más allá de todo, Noriko lo admiraba; por alguna razón que ella no descifraba, pero lo hacía.
Mientras lo veía jugar con sus amigos, ella simplemente sonrió, y decidió que era momento de cerrar la puerta de sus miedos, y abrir la que la llevaba a su felicidad.
Felicidad
Una gran felicidad es lo que sentía en su vida cada vez que Takeru le sonreía. No sólo era paz y esperanza, era algo más, algo más que ni siquiera se atrevía a darle nombre por temor a descubrir algo desconocido para su corta edad.
Tenía trece años, pero Hikari no era nada tonta.
Sabía que no era simple amistad.
-Kari, ¿te encuentras bien?
La mencionada volteó a donde su amiga le llamaba.
-Sí, Miyako. No ocurre nada.
-¿Estás segura?, pusiste la misma mirada que mi hermana Momoe ha tenido estos días.
-¿Qué mirada? –preguntó de manera inocente.
-¡Esa! –señaló efusivamente. –Esa mirada de… de chica enamorada.
-¿Qué dices?
La portadora de la alegría la miró con suspicacia, sobretodo porque Yagami ya estaba sonrojada. -¡Bingo!, lo he descubierto. Estas enamorada. Por eso has estado distraída últimamente, das uno que otro suspiro y encuentras todo hermoso en la vida.
-No… no es así.
-¡Bingo!, claro que sí… ahora, dime quién es.
-No.
-Espera, no lo digas. ¿Es Takeru verdad?
-¿Qué? –espantada preguntó.
-¡Bingo!, lo volví a adivinar.
Hikari estaba completamente ruborizada y alterada.
-Miya…baja la voz. –pidió en una súplica.
-No hasta que me lo confirmes.
Con esa actitud determinante, Hikari se rindió.
-Ya lo has dicho tú. Creo que sí… estoy enamorada de Takeru.
-¡Bingo! –gritó emocionada sentándose ahora sí en la misma banca que la castaña. -¿Desde cuándo lo aceptaste?
Kari respiró hondo. –Supongo que desde que casi nos damos un beso.
-¡Ah! –exclamó a gran voz. –Sabía que era cuestión de tiempo para que lo confirmaras. Ahora, soy tu mejor amiga, y exijo saber cómo, cuándo, dónde y porqué casi se besan ustedes dos.
Sonrió inconscientemente. Su amiga no la dejaría hasta que diera lujo de detalles todo lo que había pasado un par de días atrás.
-Está bien. Te lo diré.
Inoue se acercó más a ella y colocó sus manos sobre sus mejillas, apoyando sus codos en las rodillas como si fuera una pequeña niña quién estaba a punto de escuchar un cuento.
-Esta va a ser una buena historia.
Historia
La historia de su pasado no era la que cualquier persona quisiera escuchar.
Haber ido al cementerio y ver la tumba de su padre no era algo que había estado en sus planes, pero algo le dijo que lo hiciera.
Hiromi Kawasaki no podía superar por completo lo que su padre les hizo, sin embargo, no le guardaba rencor. Ella misma había pedido justicia, y como respuesta, una enfermedad mató a su progenitor.
No era nada sencillo vivir con la idea de no tener un padre, de hecho, él no estuvo tan presente en su vida, pues con largos viajes y con cierto desinterés en sus cosas, realmente fue su madre Sumire quien se encargó de educarla. Lo que ella era se lo debía a su mamá.
Si tan sólo hubiera una persona que estuviera en su misma condición.
Dejó de sentirse así en cuanto escuchó un veloz trote venir tras de sí.
-¡Espera Hiromi! –gritó el niño.
La mencionada se detuvo y volteó a ver qué es lo que ocurría.
-Olvidaste esto en la escuela. –dijo Hida.
-Caray… debo ser más cuidadosa. –comentó tras ver que había dejado su chaqueta. –Gracias por entregármela Iori.
La niña hizo una reverencia.
-No me des las gracias a mí. Fue Upamon quién se dio cuenta. –señaló el niño enseñando en su mochila al pequeño digimon.
-¡Trajiste a Upamon a la escuela! –exclamó.
Cody se ruborizó. –Es que si lo dejo en la casa se queda muy triste.
-Eso es contra las reglas.
-Pero me porto bien. –comentó el digital.
-Lo sé, por eso yo no me traigo a Cloudmon. No quiero problemas. A penas iba a ir por ella al Digimundo.
-Nosotros también vamos en unas horas ¿no quieres venir? –invitó Upamon sin preguntarle a su compañero.
Hiromi sonrió con esperanza, aceptando la invitación.
Tal vez no tenía una bonita historia de su pasado. Pero en su futuro había sueños, felicidad… había esperanza.
Esperanza.
La esperanza había sido su único alimento en ese tiempo. El amor de Yamato había sido también un sustento fuerte, pero sobretodo la confianza que había depositado en sí misma habían sido claves para muchos.
El tiempo de la recuperación había finalizado.
Ya estaban de vacaciones de Navidad, pronto sería un aniversario de ella e Ishida. No quería estar así de convaleciente. Quería saber lo que pasara, fuera bueno o fuera malo.
Su madre estaba allí con ella, de igual modo su padre.
Sus inseparables amigos la apoyaban y esperaban resultados de la cirugía.
Y el que no podía faltar, era Yamato. Tan callado y reservado, pero incondicionalmente a su lado.
Alrededor todo estaba con algo de oscuridad.
-Empecemos. –musitó el doctor.
Sora estaba sentada en la silla del consultorio.
Haruhiko apretó la mano de su esposa, quien la sintió flaquear.
Mimi se abrazó a Taichi.
Taichi le dio un codazo a Yamato para que se comportara y no estuviera tan tenso.
Ambos sonrieron con complicidad.
Sólo faltaba esperar.
Poco a poco el médico fue quitándole las vendas a Sora.
Parecía una eternidad con cada vuelta que se le daba.
Cuando la pelirroja en cuestión sintió la frescura nuevamente en su frente… abrió los ojos lentamente.
No escuchaba nada.
Esperó y esperó.
Pero todo siguió igual… todo siguió oscuro.
-No funcionó… no veo nada.
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Notas de la autora:
Gracias por leer, perdón por tardar en actualizar, lamento si quedó muy corto, pero he tenido muchos problemas para la realización de este fic.
Por más que escribo y escribo termino borrando las escenas porque no me convencen del todo.
Bueno, el próximo capi, a menos que cambie de opinión, será el último.
La operación de Sora no resultó, ya veremos qué más se le hace XD
Gracias por leer
Dios los bendiga
**Amai do**
6 de mayo de 2013
