Damas y caballeros, ¡aquí está el debut de nuestra protagonista!

Sin más dilación, ¡adelante, les ofreceremos una copa al finalizar!

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La música en el alma

Capítulo 10: Representación y alcohol

Dos días después,

Sábado, 21 de mayo de 1870

—Todo va a salir bien, ya lo verás —me decía Angeline mientras esperábamos nuestro aviso para acudir al escenario.

—Habéis practicado muchísimo —me animó otra corista a nuestro lado, sonriente.

—Todo el mundo se equivoca en algún momento —había dicho Armand.

—Eso no es de mucha ayuda —le regañé, viendo en los ojos azules del hombre colarse un brillo divertido.

Me apretó ligeramente el brazo.

—Todo va a salir tal y como hemos ensayado, no debes preocuparte. El señor Onetto tiene fe en ti y, sin duda, no ha fallado en quien ponerla.

Sentía tales espasmos que conseguía que me temblasen las manos, e incluso las piernas.

Había echado una simple mirada al auditorio, sorprendiéndome de la cantidad de personas que podría haber allí sentadas, aguardando por la actuación.

¿Qué demonios estaba esperando? ¿Qué no acudiese nadie?

Fue una mala idea; tendría que haber esperado a salir directamente y enfrentarme a la audiencia.

Con las luces del edificio apagadas y la música de la introducción comenzando, nos obligamos a esperar otros pocos minutos hasta que entrásemos y colocásemos para el despertar del inicio.

Nunca en mi vida había sentido tan terribles nervios; se me retorcía el estómago y quería huir de nuevo al pozo que era mi habitación, escondiéndome allí sin que nadie lo supiese, sin tener que enfrentarme a la realidad. Pero lo que quería era imposible, teniéndome que conformar con el agarre de Angeline sobre mi mano, tirando de mi pesado cuerpo para colocarnos en el suelo del escenario, con las cortinas cerradas.

Parecía como si mi visión la tapase un borrón negro y mi voz se sentía atrapada en la garganta, a pesar del calentamiento que habíamos hecho con anterioridad.

El telón se abrió, con el sonido de las cuerdas y poleas escuchándose únicamente. Un silencio descomunal cubrió la sala y, por un momento, pensé que el tiempo había decidido detenerse, dándome un respiro para asimilar el qué hacer; sin embargo el roce de los violines comenzó y pude sentir los pasos de los bailarines resonando en las madera, danzando con su gracia habitual entre la colocación de nuestros cuerpos, esperando para ayudar a ponernos en pie en la zona indicada.

Mantuve los ojos cerrados en aquella incómoda posición dormida, intentando parecer lo más relajada posible, pensando en mi subconsciente sobre las personas que nos estaban viendo. Pero, ¿era realmente importante eso? Venían a ver a los cantantes principales. Mas, algo que había aprendido a lo largo de los años era que, incluso la flauta más ligera que tocase, era importante y que alguien se fijaría en ella, quisiese o no.

"¡Con calma, Christine!" terminé por decirme a mi misma, prestando atención al cambio de compás, sintiendo como mis compañeros comenzaban a moverse, levantándose con ayuda de los que danzaban.

Al abrir los ojos observé a Gisèle, quien estaba esperando para tomar mis manos. Me alcé con ella, preparándome para las primeras notas que saldrían de mi boca, ajustando las respiraciones, consiguiendo que el primer conjunto de palabras fuese entonado como lo había estado ensayando. La chica delante de mí estiró la sonrisa y, llevándome con ella, me hizo hacerla girar sobre las puntas de los pies para después saltar hacia donde estaban los demás bailarines, preparándose para las siguiente cabriolas que tuviesen que hacer.

Armand me tomó del brazo en aquel momento, colocándose a mi lado y permitiéndome oír claramente su perfecta voz de barítono.

Observé sin miedo en esta ocasión la zona donde se encontraba el público, notando la cabeza sobre las nubes y el corazón todavía latirme descontrolado pero, aún así, toda temible sensación que tuviese hubo desaparecido, tornándose únicamente en concentración por lo que debía hacer.

Había estado practicando todos los movimientos de los dichosos bailes, y me sabía las partituras a la perfección; no debía sentir temor.

Mientras cantábamos para despertar al borracho de Tepsis, pude ver la sonrisa que me dedicaba Meg desde su postura inclinada en el suelo, sacándome incluso la lengua. Ella trató de animarme mientras nos vestíamos, mucho más contenta que yo por encontrarme donde estaba, asegurándome que me acostumbraría a las obras. Siempre era un consuelo hablarla sobre mis miedos; su vivacidad y confianza eran inverosímiles pero reales.

Todo continuó sin incidentes; entrabamos y salíamos del entablado, reíamos y hacíamos burla a Platea, alabábamos y cantábamos para Amor, reíamos con Júpiter y desesperábamos un poco al ver a La Carlotta siendo una Juno celosa. Estaba segura de que su voz podría escucharse a través de las paredes del edificio, llegando seguramente hasta las calles, en un tono cristalino.

Cuando tuve que ir a cambiarme el vestido para el acto final me encontré con Madame Giry, quien estaba ayudando a preparase al resto de mujeres, colocando los trajes y entregándoles las flores que debían llevar en las manos.

Se acercó para darme las mías, con un reflejo particular en los ojos.

—En los primeros momentos de la obra pensé que te desmayarías, querida —se burló mientras sacaba un alfiler del moño que tenía hecho y escondía uno de mis rizos rebeldes.

—Creo que en mi vida he estado tan nerviosa —la dije, notando como mis mejillas se encendían.

—Es entendible, pero lo estás haciendo muy bien. Monsieur Onetto debe de estar encantado.

Notando como una sensación de júbilo y orgullo me cubría el pecho, sin pensarlo demasiado, y en un movimiento rápido, me acerqué a ella y la hundí entre mis brazos, apretando fuerte el agarre.

—Muchísimas gracias por esta increíble oportunidad, Antoinette.

Percibí de forma débil que me daba unos cuantos golpes en la espalda con la mano izquierda, habiendo encerrado entre nuestros cuerpos la derecha que mantenía los ramilletes.

—Nada, nada —articuló mientras la soltaba sonriente, dando un pequeño beso en su mejilla antes de separarnos del todo—. Niña tonta, sal de nuevo ahí antes de que consigas que me enternezca.

Corrí hacia donde habían marchado mis compañeras, esperando a la señal de la música para terminar con la ópera.

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El aplauso final fue atronador, haciendo que me retumbase en el pecho.

A pesar de no ser uno de los cantantes importantes, me sentía como si fuese a echar alas y a volar tan lejos como pudiese. Al salir a despedirnos había sentido como una pequeña tuerca en mi mente hubiese sido bien colocada en aquel preciso momento, no sabiendo muy bien lo que debía de haber cambiado pero, sin duda, cambiando algo.

Era increíble pensar que hacía solo tres días los gerentes me habían hecho admitir y firmar el contrato que nos uniría hasta que alguno no necesitase más lo acordado, asegurándome el puesto de trabajo en el mejor lugar de todo Paris.

Nunca imaginé que podría sentir tal felicidad, y eso que todavía nos quedaba otra actuación por la tarde.

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El resto del día pasó volando entre risas, nervios y palabras de ánimo.

Nada consiguió salir fuera de lo normal y las personas de mí alrededor continuaban siendo las mismas de siempre, al igual que yo, a pesar de sentirme como si estuviese caminando entre las más ligeras plumas.

Meg parecía más que orgullosa por como había logrado hacer las actuaciones, y Antoinette simplemente reía o hacía comentarios sarcásticos acerca de nuestro aparente infantilismo.

Habiendo terminado de cenar, encontrándonos sentadas en el pequeño sofá frente a la chimenea, habló la rubia, dirigiéndose expresamente a la señora.

Maman —la llamó—. Algunas compañeras y yo hemos decidido salir esta noche.

Antoinette simplemente la miró, con el rostro repentinamente inescrutable.

La rubia pareció entender su expresión más que yo, no dándola si quiera tiempo a contestar.

—¡Mamá, por favor! Solo será un paseo y no tardaremos mucho, ¿verdad? —rogó mientras me miraba, introduciéndome de lleno en la conversación.

—¿He sido invitada? —tuve que preguntar.

Abrió los ojos y frunció los labios.

Antoinette seguía mirándola con ojos inquisidores, haciendo que me decidiese por entrometerme en la petición de su hija.

—Pero, por supuesto que sí. Solo será un paseo, mañana tenemos cosas que hacer —intenté convencerla de forma esporádica, mirando de una mujer a otra.

—Eres pésima Meg —habló al fin la señora, todavía de buen humor—. ¿Qué es lo que queréis celebrar?

—No hay nada que celebrar. El tiempo es bueno y la noche clara, así nos despejaremos.

Arqueé una ceja en su dirección, no sabiendo si decía la verdad o simplemente mostraba un cuento. ¿Por qué querían salir a tales horas? ¿A caso no estaban cansadas?

—Bueno, supongo que podrías ir a dar una vuelta entonces, pero tened cuidado, ya sabéis que a los gerentes no les gusta que el personal se mueva por las noches en el interior de la ópera —aceptó, dejando en sus palabras un rastro de verdadera advertencia.

Meg no pareció notarlo, levantándose pronto entre saltos y palabras de agradecimiento, dirigiéndose de nuevo distraída hacia su cuarto para tomar su capa y cambiarse de zapatos.

Al quedarnos solas la mujer me miró, con los labios convertidos en una línea. Una tensión nos recubría, notándola espesa y pegajosa, y lo que más deseaba era salir corriendo de la habitación donde estábamos.

¡Qué extraño! Con lo fácil que había sido mostrarle mi gratitud horas atrás y ahora solo deseaba evitar su presencia.

—No tenía ni idea del plan —la confesé al final, queriendo relajarme.

Ella dio una carcajada seca, inclinándose contra los cojines del sofá, cruzando los brazos sobre su pecho.

—No lo dudo, querida. —Suspiró—. Algunas veces salen, no es como si pudiese encerrar a las bailarinas en esta jaula de oro.

Un sonido vino desde el cuarto donde estaba Meg, escuchándose también algunas pocas palabras de ira.

—Por lo general es Sorelli quien se ocupa de que no hagan demasiadas necedades, pero no sé si irá con vosotras, por lo que te agradecería si las vigilases y no las permitieses originar nada absurdo —continuó, pareciendo verdaderamente inquieta.

—¿Qué podrían hacer? Quieren dar un paseo y yo no estoy con muchos ánimos de ir muy lejos —intenté confortarla.

—En una ocasión estuvieron corriendo por encima del escenario de madrugada, y en otra consiguieron romper uno de los ventanales más altos —me advirtió, haciendo que se me abriese la boca ligeramente—. Bueno, ahora soy yo la que te está preocupando —rio levantándose de donde se encontraba sentada, viendo a su hija salir del cuarto ya con el manto puesto y otro entre las manos, de color azul oscuro.

—He traído este para ti —me dijo mientras me obligaba a cogerlo.

Deduje que no nos molestaríamos en ir por mi habitación.

Merci.

—Tened cuidado entonces y no volvías muy tarde —volvió a sugerirnos su madre mientras bajábamos las escaleras y cerraba la puerta a nuestras espaldas.

Eran más de las nueve de la noche y, raramente, no se oía a nadie por los pasillos.

Meg me tomó del brazo, charlando alegremente sobre lo bien que nos lo íbamos a pasar y las pocas veces que hacían esto.

Al llegar a la habitación de las bailarinas, Angeline estaba ya esperando; parecía que había entonado a la perfección en nuestro grupo de amistad. Nos sonrió al vernos, adelantándose un par de pasos.

—No sabía que solíais hacer estas cosas —habló antes de llegar—. Me han dicho que salen en nada —dijo señalando a la puerta tras su espalda.

—Solo de vez en cuando; hoy celebraremos la primera actuación de Christine —rio Meg, apretando más su agarre contra mi brazo.

—¿Hacer el qué? —pregunté, siendo callada por el sonido de los pasos de las demás mujeres que aparecían desde la habitación, con dos grandes cestas colgadas de sus manos.

Abrí la boca sorprendida.

Entre todas formábamos un grupo de al menos diez individuos, todas vestidas con nuestras respectivas capas. Un murmullo se instaló a nuestro alrededor, y no fui capaz de volver a preguntarlas hacia dónde nos dirigíamos en realidad. Por lo menos entre nosotras se encontraba Sorelli, quien parecía feliz también de romper la rutina nocturna en la que vivíamos.

Subimos hasta la tercera planta entre pequeñas voces y silbidos para indicar silencio, al parecer, no queriendo llamar la atención de nadie; sin embargo, el humor nos rodeaba, dando poca seriedad a los pasillos lúgubres que cruzábamos.

Era tan diferente a cuando me movía sola.

Además, podía empezar a imaginarme lo que haríamos allá escondidas.

A la primera oportunidad, una de las gemelas Aubriot, me preguntó acerca de la actuación, curiosa de cómo había hecho mi papel. Parecía haber intentado entablar una conversación conmigo anteriormente, habiéndola visto mirarme en varias ocasiones hasta que decidió hablar.

—Solo me equivoqué en tres ocasiones —la dije, no pudiendo contar mucho más.

—Tienes una voz muy bonita. Cuando me acercaba a ti bailando pude escucharte con claridad; tu voz es muy dulce y das la sensación de que sea fácil cantar así. —Me miró de una manera tierna—. Como si cualquiera pudiese llegar a tales notas.

Tuve que reírme ante aquello.

—Llevo cantando desde que sé leer, tal vez por ello te parezca que es fácil —suspiré. Perfectamente podría aparentar ser sencillo—. Es como vosotras, viéndoos parece que todo el mundo pudiese andar sobre los dedos de los pies pero, sin duda, no lo probaría.

Varias bailarinas más rieron, uniéndose a nuestra charla, diciendo lo que era fácil o difícil, mientras que Angeline y yo discutíamos sobre lo que era más costoso a la hora de entonar, intentando mostrar cual de los dos ejercicios era más cansado o aburrido en algunas ocasiones.

Pronto llegamos a uno de los laterales de la planta más alta, estando este oculto por una cortinilla gris, muy parecida a los muros de piedra que nos rodeaban. Al descorrerla vi que allí tenían varios cojines y en las paredes había pequeñas ventanillas semi-abiertas, dejando que el ligero aíre de la noche pasase desde fuera.

Entramos en el rincón, sentándonos apoyadas contra las paredes, y algunas en un gran poste de madera que parecía sujetar cierta zona del tejado. El espacio era lo suficientemente pequeño como para poder vernos todas las caras y mantener conversaciones en común.

Las chicas comenzaron a sacar lo que llevaban escondido en los cestos, dejándome ver platos llenos de queso, jamón frío y frutas, dispuestos sin ningún orden aparente, siendo colocados en el suelo con cuidado, avisándose de que no fuesen golpeados. Lo segundo que apareció entre sus manos fueron cinco botellas medio transparentes llenas de lo que parecía ser vino; ciertamente no reacias a beberlo. Sacaron recipientes y a cada pareja se nos asignó uno.

Pude escuchar a Sorelli rogarlas que no tomasen demasiado, preocupada por el cómo iban a bajar si ni si quiera eran capaces de levantarse, pero todas reían alegres mientras llenaban ya sus cuencos, sin escuchar advertencias.

Meg, quien estaba a mi lado, descorchó la botella con facilidad, vertiendo su contenido para comenzar a beber.

¿En algún momento pensé que iba a acabar con un grupo de trabajadoras de la ópera en un mustio lugar tomando alcohol? Si me lo hubiesen dicho hace un mes habría reído, o llorado, por tan absurda suerte. No obstante aquí estaba, mirando los ojos de mi compañera expectante, esperando a que ingiriese el líquido de una vez.

Depositó el vaso entre mis manos, y al dar el primer trago el sabor amargo me quemó la garganta, siendo este un vino bastante desagradable.

—No es el que bebimos aquel día en el restaurante, pero es lo que nos podemos permitir aquí. La próxima vez traeré uno un poco más suave solo para ti —dijo Meg, burlándose al ver mi cara de asco.

—Así que vino dulce, ¿eh Christine? Que delicada —habló Elinore.

—Después de unos tragos se te olvidará incluso el sabor —concluyó Emilie.

—Sí, sobre todo cuando se te suba a la cabeza —se rio Sorelli a mi izquierda, al lado de Angeline.

—Prefiero el dulce, sin duda —admití—. O el champán.

—Tal vez podíamos conseguir brandy en la siguiente ocasión.

—¡Algo suave, muchacha!

—Siempre podríamos comprarlo.

Un recuerdo se estancó en mi mente.

—Cuando estaba en el conservatorio —comencé—, una noche, un grupo de estudiantes robaron al menos doce botellas de anís —relate—. Todavía me acuerdo de lo terrible que es emborracharte con eso. Tiendes a tiritar —las dije, rememorando lo espantosamente mal que lo había pasado aquella madrugada, a pesar de haber estado varias horas de juerga antes—. Y por supuesto el día siguiente no fue mejor. —Volví a carcajearme de mi propia absurdez—. Acabamos deduciendo que si queríamos beber lo que nos diese la gana deberíamos pagar por ello.

Tenía que admitir que aquellas pequeñas fiestas que conmemorábamos para nosotros mismos habían sido una parte divertida de estar en aquel centro.

Woo, ¿anís? Sin duda erais muy finos.

—Era lo que había en las cocinas —me excusé—. Hubiese preferido este vino, créeme, sobre todo cuando me desperté al día siguiente.

Tomando de nuevo el recipiente de la mano de Meg di otro trago, apreciando en esta ocasión un poco más su sabor a pesar de que fuese todavía un tanto agrio.

Los minutos acabaron por transformarse en horas, estando allí sentadas, arropadas con nuestras capas, comiendo los alimentos y dando sorbos al líquido que comenzaba a enredar ligeramente las lenguas y a soltar las mentes. Había conseguido no hacerme sonrojar con los comentarios vulgares acerca de las relaciones que mencionaban algunas. Sin embargo, para mí no fue suficiente bebida, dejándome simplemente con un ligero rubor en las mejillas y una sensación caliente en el pecho, permitiéndome oír todo lo que decían sin distraerme u olvidarlo. Meg tampoco parecía haber bebido demasiado, cerrando la botella con más de un cuarto en su interior cuando la indiqué que no quería más.

Repentinamente, cuando estaba casi todo acabado, una de las gemelas se puso tensa, levantando las manos y dándonos indicaciones de que nos mantuviésemos con las bocas cerradas, haciendo que todas nuestras respiraciones se quedasen en el interior de nuestros pulmones.

Miré a Meg con cara interrogante, a lo que me contestó levantando simplemente las cejas y encogiendo los hombros.

—¿Qué es? —preguntó al final su hermana, acercándose a ella junto a la tela que nos ocultaba, intentando entender lo que le había hecho mandarnos callar.

—Alguien sube —declaró.

—¿Quién…? —fue de nuevo a cuestionarla cuando, de forma veloz, dos pares de manos salieron entre la cortina entre varios alaridos y gruñidos, consiguiendo que el resto de nosotras gritásemos por el susto.

Me llevé la mano a la boca, agarrando con la otra el brazo de mi compañera.

Los gemidos que emitían se convirtieron pronto en un estruendo de risas, apareciendo de la nada las cabezas de Víctor y Fabian, con los ojos llenos de lágrimas tras su despreciable broma.

—Genial —murmuró Meg a mi lado, apoyándose de nuevo contra la pared tras haberse inclinado hacia delante por el sobresalto.

La miré de reojo, sin saber muy bien quién de ellos podría molestarla, aunque la broma también tuvo que ponerla de mal humor. Parecía apreciar a Víctor, pero el señorito Pinaud era trigo de otro costal.

Tenía que recordar el preguntarle por qué tal odio hacía él aunque, según pude ver, en la actualidad ninguna de las presentes parecía apreciar la visita de los dos hombres.

—Sorpresa —exclamó Fabian con una sonrisa que mostraba sus dientes, dándole un aspecto encantador.

Dirigió la vista alrededor de la habitación, parando sus ojos sobre los míos, dándome una pequeña inclinación de cabeza, reconociendo mi presencia.

—Por supuesto que es una sorpresa. No esperábamos a nadie por aquí a estas horas —gruñó una, ciertamente enfadada.

—Diego os vio subir hacía ya mucho rato, y sentíamos curiosidad por lo que estabais haciendo —habló Víctor—. No sabía que teníais tan buen escondite —pareció alabarnos, estudiando la estancia.

—Y esperamos que siga siéndolo —agregó Meg, quien continuaba sin mirarles, prestando atención al exterior a través de una de las ventanitas.

—Claro —dijo este, frunciendo el ceño.

—El único que puede hablar sobre este lugar y sobre lo que hacéis es el Fantasma, señoritas —se rio Fabian, no percibiendo el malestar que ahora nos acompañaba—. Seguro que se quejará a los gerentes.

¿Nos estaba amenazando?

Tuve que saltar a la defensiva.

—Los fantasmas no existen; no al menos los que van diciendo tonterías a los jefes —argumenté.

—¿Todavía no lo has visto? —me preguntó con un brillo excitado en la mirada—. Tal vez tú y yo podría…

—Escucha, si no quiere creer en cuentos absurdos no tienes por qué asustarla —le atacó Meg en medio de su frase, con los ojos llenos de ira.

El vino hacía que mis miembros se sintiesen pesados y, en la actualidad, dudaba un poco de donde se encontraban mis pies, pero aún así, no pude pasar por alto las tonterías que estaban diciéndose entre ellos.

Unos discutían acerca de la creencia y otros les debatieron, comenzando a sentirse la habitación ligeramente cargante por los comentarios crípticos y malhumorados de algunas.

—¿Vosotras le habéis visto? —tuve que preguntarlas, intentando que mi razón fuese mayor que todo esto.

Fue Sorelli la primera en explicarse:

—Algunas veces va a los ensayos. Se mueve rápido como los rayos, a pesar de lo grande que es —había dicho—. Lleva una gran capa negra y parece que siempre viste traje.

—Pero, sin duda, lo mejor de todo es la máscara que le cubre la cara —habló Fabian mucho más bajo en esta ocasión—. Se dice que sus ojos brillan en la oscuridad, como los de un gato, de un color naranja, como las llamas del infierno —terminó con la voz ronca.

Un escalofrío me recorrió la espina dorsal; ¿qué estaba pasando allí?

—Christine —me llamó Angeline—, no debes asustarte por esas tonterías que te dicen, yo nunca lo he visto.

—¡Pero sí le has oído! —le acusó Emilie—. Su voz es increíble; algunas veces suena desde un sitio y rápidamente se mueve a otro, e incluso son diferentes.

—Yo creo que hay más de un fantasma.

—Sería lo que faltase.

—Dicen que es, más bien, como un esqueleto.

Una risa seca las hizo callar a todas, providente de la chica rubia a mi derecha.

—Será mejor que nos vayamos, no soporto hablar sobre cosas así —gruñó Meg, levantándose del suelo, recogiendo los bártulos que nos rodeaban, guardando la comida restante y los platos en sus respectivas cestas.

Todas las seguimos fieles, sintiendo desaliento por la inconveniente intromisión de los dos caballeros que ahora nos esperaban al salir.

Aún así, nadie se atrevió a decirles que nos habían molestado. Tuve que deducir que, no por lo menos Fabian quien nos aguardaba todo encantador, Víctor sí pareció notarlo, siendo el primero en bajar por el recorrido sin decir una sola palabra. Ni si quiera había abierto la boca para hablar sobre el Fantasma en la agitada tertulia.

Intenté asimilar lo que me habían narrado allí arriba, mientras paseaba con cuidado por las relucientes baldosas, escuchando subirse los ánimos de algunas de mis compañeras, a diferencia de otras que iban con los ceños fruncidos.

—No dejes que te asusten, ¿de acuerdo? —me había dicho la rubia casi al oído, con una expresión preocupada.

—No estoy asustada —mentí en gran medida.

Pero mis miedos no iban dirigidos a ese ser espectral, sino más bien a la persona que parecía manejarlo, aprovechándose del pavor de algunos.

—Lo creas o no, no te hará daño. —Pareció susurrar algo más para sí misma, pero preferí no hacer hincapié. Tal vez ella sí estuviese alarmada por dicho fantasma.

Bajamos los tramos de escaleras lentamente, deseando llegar de una vez por todas, notando mi cabeza menearse con sueño.

Al vislumbrar a los cuartos donde debíamos separarnos, me hicieron saber que debía guardar las cestas en mi casa no queriendo dar explicaciones a nadie de cómo había llegado todo aquello hasta sus manos. Así que, con ayuda de Meg y tras despedirnos de los hombres y de las mujeres con pocas palabras, nos dirigimos hacia donde estaba mi habitación.

—No saben donde resido, ¿verdad? —la pregunté, apoyando la cesta en mi cadera.

—No sé si quieres decírselo, además, mamá me pidió que fuese discreta.

Y en realidad agradecía que no hubiesen dicho nada a nadie, prefiriendo la intimidad de mi cuarto para mí sola.

Meg me acompañó hasta la entrada, guiándonos con la luz en mi mano, haciendo malabares para abrir la puerta y dejar las cestas en una esquina donde no me molestasen. Antes de volver a salir la pregunté si podría ir sola hasta su casa, preocupada por que se encontrase a alguien no deseado.

—Estoy bien. Esos dos han hecho que toda la diversión que obtuvimos se me haya bajado a los talones.

—No fue tan terrible, además, Víctor pretendió ser servicial —intenté defenderles.

—No es él quien me molesta —bajó los hombros—. Las miradas de Fabian me parecen repulsivas.

—Es un hombre prescindible, créeme, todas esas sonrisas que nos lanza y pestañeos provocadores caen en ojos ciegos

Se dio la vuelta, enfrentándose a mí en casi la mitad de la sala de los decorados.

—Se dedica a hacer daño con su galantería.

—No lo dudo —le acusé sin miedo.

—Hoy solo intentaba asustarnos, hablando del Fantasma quiero decir. —Volvió a darse la vuelta, empezando a subir los primeros escalones que la llevarían a la planta superior—. No es tan horrible como dicen.

—Tú… ¿lo has visto? —la cuestioné.

—Lo justo, pero no… —dudó—. No es como si nos hubiésemos enfrentado. Algunos de los que trabajan aquí podrían contarte más cosas que yo.

Pero yo solo tragaría cualquier cosa que ella me dijese. En el poco tiempo que habíamos pasado juntas se había mostrado tan servicial y encantadora, a diferencia de las muchas personas que había conocido a lo largo de los viajes con mi padre; además de comenzar a ser alguien a quien confiar mis terribles temores y tristezas.

Siempre estaría agradecido a mis parientes de que hubiesen trabado amistad con la familia Giry.

—Creo todo lo que dices, Meg. Confió en ti, de verdad —murmuré en un tono bajo, empezando a cerrar la puerta—. Además, sigo sin tragarme esos disparates, y seguiré así hasta que algún acto me cambie de opinión.

Pareció querer decir algo, moviendo la boca con cierta vacilación y dirigiéndome una mirada entristecida pero, a pesar de ello, lo único que salió de entre sus labios fue una suave despedida, dejándome rápidamente, cerrando con llave en cuanto la vi desaparecer.

Parecía que ese espectro jugaba con cualquier persona, sin importar su rango o dedicación. Mas, lo que me había llamado verdaderamente la atención, era la mención de su voz, sintiendo la creciente necesidad de hacer que se comunicase conmigo, que me hablase. Tal vez así podría intentar deducir si se trataba de alguno de los trabajadores, aunque puestos a ello, si supiesen de quién se trataba ya le habría cogido y, muy seguramente, detenido. Además, ¿habían dicho que eran varias voces?

Entre todo ese mogollón nuevo de pensamientos me desvestí, alegrándome al fin de quitarme las nuevas botas, y me metí en el interior de la tupida cama, sin ni siquiera encender el fuego en la chimenea, dejando una única lámpara con una pequeña llama para que me acompañase al despertar.

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Aahhh… molestos muchachos. Al menos uno de ellos se dio cuenta de que sobraba.

Espero que os haya gustado este capítulo, porque yo admito que me ha encantado. Me gusta pensar que las bailarinas tienen ese sitio al que ir a divertirse, para pasar unas horas en la noche ellas solas y, por supuesto, que no lo conozca el otro bando de mujeres que trabajan en su mismo oficio. A esas arpías las quiero lejos.

Un besazo y hasta el próximo capítulo!

¡Aquí tiene su copa de vino!