Nota de autora: Me alegra mucho poder, por fin, publicar otro capítulo en esta historia. Además es la primera vez que publico un DÉCIMO capítulo. ¡Es una ocasión especial! Espero no haber cometido ningún error, llevo demasiadas horas sentada frente a la pantalla, y las palabras empiezan a sobreponerse. Espero que lo disfrutéis :)

Anuncio de responsabilidad: Todos los personajes pertenecen a Andrew W. Marlowe, a pesar de que han encontrado su propio camino a mi corazón.


10. (OMNI)PRESENTE


Martha cogió la botella casi vacía y sirvió lo que quedaba del vino en la copa que Kate sostenía en la mano.

—¡Oh, Martha! No más, por favor —Kate puso la mano encima de su copa pero la mujer ya la había llenado—. Es… —Kate giró la muñeca y miró la hora en el reloj de su padre—. Oh, vaya. ¡Es muy tarde! Debería irme ya.

Martha desestimó su comentario con un gesto de mano.

—¡Bobadas, querida! Te quedas a pasar la noche.

—Oh, no podría.

—¡Claro que puedes! Como bien has dicho, es tarde y hace un frío horrible ahí fuera. No, no. Tú te quedas aquí.

—Además —añadió Alexis, levantándose de la silla y empezando a recoger los platos de la cena—, Papá nos mataría si te dejáramos conducir en esta gélida tormenta.

Alexis había venido a pasar unos días con su abuela para hacerle compañía mientras su padre estaba fuera en una gira de promoción, y Martha había invitado a Kate a cenar con ellas. Como era sábado y no quería pasar la noche sola, Beckett había aceptado la invitación de su 'suegra'.

Kate abrió la boca para protestar pero Martha levantó una mano para acallarla.

—Insistimos.

Beckett sonrió derrotada.

—Supongo que no tengo elección —murmuró.

La segunda razón por la Beckett que había accedido a cenar en el loft era porque esperaban el regreso de Castle esa misma noche. Pero unas horas antes —y para su gran decepción—, éste había llamado para informarlas de que su vuelo se había retrasado debido al mal tiempo, y que llegaría a la mañana siguiente.

Castle llevaba fuera diez días viajando por todos los estados para promocionar su último libro Frozen Heat. La novela había salido a la venta un par de meses atrás, pero como había llegado a número uno en ventas en un tiempo récord, la edición de bolsillo se acababa de publicar, y la premier de la película era en pocas semanas, Castle había sido invitado para aparecer en diversos shows para entrevistas y para hacer firmas de libros por todo el país.

Pero a pesar de que había estado fuera más de una semana, en cierto modo, era como si no se hubiera marchado en absoluto. Para empezar, él y Beckett habían hablado cada día por teléfono. Ella compartía con él la evolución de los casos en los que estaba trabajando, y él, entre otras cosas, la ponía al corriente de las actividades en su calendario, y le contaba lo mucho que la echaba de menos. Ella se metía en la cama bajo las sábanas cada noche y, antes de que se fuera a dormir, él la llamaba para darle las buenas noches. A veces, Kate había tenido que esperar hasta tarde debido a la diferencia horaria, pero no le importaba, siempre y cuando pudiera oír la voz de Castle. Su frase de despedida había sido la misma cada noche.

—Ya queda un día menos —le decía él antes de colgar y terminar la llamada, deleitándola con la cuenta atrás de los días que le quedaban antes de volver a casa, y poder verla y tenerla entre sus brazos de nuevo.

El mismo ritual se repetía cada amanecer, cuando Castle la llamaba a la luz del alba sólo para asegurarse de que era su voz sensual lo primero que Kate oyera cada mañana al despertarse.

Además de las extensas horas al teléfono, Kate veía todos los shows en los que él aparecía. Si era emitido durante las horas de trabajo, se colaba en la sala de descanso para verlo, o, si el caso no se lo permitía, Beckett lo grababa y lo miraba en casa por la noche.

Incluso ahora, durante la cena de chicas con su familia, el tema principal había sido él.

Beckett sorbió algo de vino y Martha dijo:

—Bueno, ¿cómo ha ido tu semana?

—¡Dios mío! Ha sido tan larga —respondió Kate, sentándose erguida y apoyando los codos sobre la mesa. Martha le dedicó una sonrisa pícara—. Supongo que Alexis ya te habrá contado lo de los tres casos en los que hemos estado trabajando simultáneamente los últimos cinco días.

Ese caso múltiple había sido cerrado ese mismo día, y había sido precisamente la intervención a larga distancia de Castle la que finalmente le había dado a Beckett y a su equipo la pista final que los llevó a atrapar al asesino. Así que, incluso a más de 4000 kilómetros de distancia, la ayuda de Castle había resultado esencial para resolver el caso.

—Oh, sí. Alexis me lo ha contado —Martha le dio un ligero apretón a la mano de su nieta antes de volver a mirar de nuevo a Kate—. Pero no hablemos de trabajo. Lo que quería decir es, ¿cómo ha sido tu semana sin…? —Martha dejó el resto sin decir a la vez que sus ojos se movían brevemente hacia la oficina de Castle.

—Oh, bueno… —Kate no sabía qué decir. Aunque, desde hacía unas semanas, su relación con Castle ya no era un secreto entre los miembros de su familia; fuera de las paredes del loft, afortunadamente, nadie se había enterado aún de su romance. Para Kate, el poder ser abierta y sincera acerca de sus sentimientos hacia Castle con terceras personas era todavía algo recientemente nuevo, por lo que a veces le resultaba un poco raro poder compartir esta clase de momentos personales con la madre e hija de su novio.

—Le has echado de menos —insinuó la mujer con toda naturalidad. A pesar de que Beckett conocía perfectamente la frívola y carismática personalidad de Martha, a veces sus audaces comentarios la dejaban sin habla. Kate se había quedado un poco sorprendida, especialmente con Alexis sentada frente a ella. La joven pelirroja, tan perceptiva como siempre, le dirigió una sonrisa amable y comprensiva antes de que su abuela continuara—. ¡Oh, cariño! ¡Lo llevas escrito por toda la cara! Y es totalmente comprensible —Martha comenzó a reír y luego añadió—, No le gustaría a él ver a tres hermosas mujeres, las tres chicas más importantes en su vida, hablando de lo mucho que le echan de menos después de sólo una semana.


Pasaba ya la media noche cuando finalmente rompieron la fiesta y se levantaron de la mesa. Alexis ya estaba subiendo las escaleras hacia su habitación cuando Kate vaciló. ¿Debía dormir en la habitación de invitados o...?

Martha vino por detrás, puso sus manos sobre los hombros de Kate y le dio un ligero empujón en dirección al dormitorio de Castle, tomando la decisión por ella.

—Buenas noches, querida —la actriz agitó el brazo teatralmente mientras ascendía las escaleras.

—Buenas noches, Martha.


Dejando la puerta ligeramente entreabierta, Kate cruzó el dormitorio en dirección al cuarto de baño. Cogió el cepillo de dientes lila de la taza que también contenía el azul de él y, mientras se cepillaba los dientes, se paseó por la habitación y terminó en la oficina. Se sentó en el sillón de piel y, con la punta de los dedos de su mano libre, siguió las líneas de la suave madera del escritorio. Empezó a preguntarse cuántas largas horas, en los últimos cuatro años y medio, se había pasado Castle en esa silla, en esa oficina, pensando, imaginando, fantaseando, y escribiendo sobre ella. Sólo de pensar en ello se le despertaba un cosquilleo en el interior y sentía sus rodillas debilitarse. Y siguiendo esa línea de pensamiento, otra pregunta cruzó por su mente. ¿Cuánto, exactamente, de lo que había escrito, había Castle imaginado que realmente sucedería algún día? Kate sacudió la cabeza, despejando su mente de ese pensamiento. Una larga semana con múltiples casos, cortas horas de descanso nocturno, sumado a una velada con demasiado vino, estaban empezando a pasarle factura.

Beckett volvió al cuarto de baño, se enjuagó y aclaró la boca, y se desmaquilló. De nuevo en el dormitorio, se desnudó, quedándose en ropa interior. Colgó cuidadosamente su ropa sobre el respaldo de un sillón y abrió los cajones de la cómoda en busca de algo cómodo para dormir. Al no encontrar su pijama de repuesto, cogió una camiseta de manga larga de Castle. Caminó hasta la cama, dejando caer la camiseta sobre un cojín, y comenzó a tirar del edredón y de las sábanas, las cuales estaban amontonadas y enrolladas en una bola en el suelo al pie de la cama. Muy probablemente, con las prisas al marcharse la semana anterior, Castle no se había molestado en hacer la cama. Y, aparentemente, Martha tampoco se había preocupado de ello. Cuando Kate estiró el edredón sobre la sábana, sus ojos se posaron sobre una camiseta azul marino de manga corta escondida entre los pliegues del edredón. La cogió y se la llevó a la cara, inhalando el olor de Castle en ella. Reconfortada por la noción de que nadie se enteraría, se olvidó de la camiseta de manga larga, prefiriendo dormir con la camiseta usada de su novio, simplemente porque olía a él.

Subió a la cama y se metió bajo las sábanas. Alargó la mano hacia la lámpara de noche, apagó la luz y se trasladó al centro del colchón. Se puso cómoda, rodeada del olor de Castle que desprendían la ropa de cama y la funda de la almohada bajo su cabeza, y cerró los ojos, pensando en que cuándo se despertase a la mañana siguiente, él volvería a casa.


Todavía faltaban unas horas para que amaneciera cuando Castle entró en el loft. Dejó la maleta a un lado junto al armario de la entrada, y se quitó el abrigo y la chaqueta. A continuación se descalzó, pudiendo por fin mover y estirar los dedos de los pies después del largo vuelo.

De camino a su dormitorio, encendió la pequeña lámpara de pared en la antesala de su habitación y abrió despacio la puerta. La suave luz se proyectó sobre el oscuro suelo de madera y reptó sobre la mitad inferior de la cama, resaltando una sutil figura bajo el edredón. Castle siguió la perfecta línea con sus ojos, empezando al pie de la cama, y que fluía en una delicada curva en medio del colchón. El cabecero de la cama estaba oculto entre las sombras así que Castle abrió más la puerta —el haz de luz ensanchándose poco a poco— para revelar la identidad de la persona que había invadido su cama. Cuando su mirada cayó sobre la masa de suaves rizos castaños sobre la almohada, Castle sonrió y sintió que su corazón se hinchaba ante tan extraordinaria estampa. Kate estaba acurrucada en su lado de la cama, donde se había ido desplazando inconscientemente mientras dormía. Castle también vio que tenía ligeramente abrazada su almohada contra su pecho, y llevaba puesta su camiseta.

Rick se sentó en el borde de la cama y encendió la lámpara de la mesita. Con el cuerpo vuelto hacia ella, alargó el brazo y pasó su mano sobre la frente de Kate con suavidad, apartando los rizados mechones de pelo que habían caído sobre sus ojos, ocultando la mitad de su rostro. Ante su delicada caricia, Kate arrugó la nariz y respiró profundamente. Entonces entreabrió los ojos y parpadeó hasta que sus pupilas se acostumbraron a la intensidad de la luz, y se encontró con el rostro sonriente de él.

—Ho... —su voz salió ronca y seca, y Kate se aclaró la garganta—. Hola —susurró.

—Hola —rió él suavemente. Le acarició la mejilla y puso la mano sobre la almohada, junto a la cabeza de Kate—. No esperaba encontrarte aquí.

—¿Qué hora… es? —ella bostezó, levantando los brazos delante suyo y estirando los músculos. Un segundo despúes sus dedos se movieron alrededor del cuello de Castle.

—Son las cuatro de la mañana —respondió él en voz baja—. Todavía es temprano.

—¿Cómo has llegado? —Kate le rascó ligeramente los cortos pelos de la nuca con las uñas.

—Bueno, he volado —se rió entre dientes—. Pudimos despegar antes de lo previsto.

—Debes de estar cansado —comentó Beckett, sonando más alerta, sus ojos ya completamente abiertos y despiertos.

—Un poco, aunque siento como si hubiera perdido la noción del tiempo. El jet lag tiene la culpa —Castle se inclinó y rozó suavemente sus labios sobre los de ella. Cuando se apartó, sonrió y dijo—, Llevas puesta mi camiseta de dormir favorita.

Ella le sostuvo la mirada durante un largo rato y luego, con una expresión en su rostro que no revelaba nada, Kate levantó los brazos por encima de la cabeza; una invitación para que él le quitara la camiseta. Castle arqueó las cejas y sus labios se curvaron en una sonrisa torcida antes de quitarle lentamente la camiseta a Kate.

—Te he echado de menos —murmuró él en voz baja junto a su oído mientras Kate le atraía sobre ella. La única respuesta que le dio la detective fue un profundo gemido de placer en el interior de su boca.


Espero que os haya gustado, hasta pronto!