Advertencias: puede parecer lago one-sided.

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Equipaje

Marcharse de la Orden significaba no mirar atrás. Partir era olvidar todo lo que sucedió en medio de sus batallas, las pocas amistades que ganó, las victorias, las derrotas, lo que hizo y lo que no. Todo. Significaba dejar atrás aquello que le había hecho volver a creer en el futuro, en la bondad, en la vida, y en que alguna vez fue vez supo lo que era ser humano.

Eso era bastante. Desde un principio, dudó. Después de todo, ¿Qué ganaba con volver a su anterior estilo de vida? ¿Qué tanto perdía al separarse de la Orden?

¿Por qué le era tan difícil dejar solo al boy scout?

Es un niño grande, se recordaba. Ya no me necesita.

Debo derrotar a Justice. Debo ponerle fin a todo esto.

Cuando supo que la Fueenken no se había perdido, se dio cuenta de que aún le quedaba una oportunidad. Pero también sabía que la Orden jamás se la entregaría a las buenas, dudaba que Ky le quisiera apoyar en su plan. Así que hizo lo más lógico en esa situación.

—¿Cómo pudiste?

Cuando Ky se enojaba con Sol, el francés solía demostrar su descontento abiertamente. Nunca ruidoso, pues tenía una imagen qué mantener ante sus subordinados y las tropas, pero llegaba aquel punto en que él no se podía contener y atacaba.

Durante mucho tiempo fue así, Kiske exigiendo la espada de vuelta, atacando sin pensarlo dos veces. Solo para perder y terminar malherido, inconsciente o ambos.

Sin embargo -como todo-, llegó un límite.

Pasaron los meses y Sol no volvió a saber de él. Nada de recompensas por su cabeza a nombre de la Fuerza Policíaca Internacional, ni uno solo de los dichosos policías exigiéndole que se entregara, nada de nada.
Sol jura que cuando se encontraron nuevamente fue pura casualidad, y la sola idea era inaudita.

—Kiske.

El susodicho no dijo nada. Se limitó a mirarle fijamente, pero aún con aquel autocontrol tan característico de su persona, Sol pudo percibir cómo su mano se retorcía ligeramente por desenfundar su espada.

Tan predecible.

—¿Qué es lo que quieres?

—Yo podría preguntar lo mismo.

—Nunca me diste lo que necesitaba, ¿por qué seguir perdiendo mi tiempo?

Es inevitable sorprenderse.

—¿Ya olvidaste a la Fueenken?

Kiske no respondió. Entrecerró la mirada, como si no se pudiese creer que Sol preguntara tal cosa, como si la espada no hubiese sido la única razón por la cual invirtió tanto tiempo en perseguirlo.

Estaba equivocado.

—No Sol, ya te olvidé a ti.