X - Lancel
Se arrodilló ante el altar de la Vieja y musitó una breve plegaria. Un haz de luz blanca, más blanca que la nieve, se filtraba a través de la cúpula de cristal y oro del Gran Septo de Baelor impactando directamente sobre su figura encogida. Lancel lo observó unos segundos, maravillado ante la magnificencia de la arquitectura del septo y la grandiosidad de lo que estaba contemplando.
Los Siete le enviaban una señal desde los cielos. El camino que había escogido era el adecuado, había hecho lo correcto. Renunciar a su título y tierras, abandonar a Amerei y unirse a la Fe Militante. Los dioses lo habían querido así y su palabra era ley.
Encogiéndose, se concentró en la oración. A veces todavía se preguntaba si la decisión que había tomado era la mejor, si no sería más feliz repitiendo la historia de generaciones y generaciones de familias nobles: crecer, formarse, entrenarse, casarse, engendrar hijos, luchar y morir como un hombre honorable. ¿Y cómo iba a hacerlo?, se decía entonces, ¿cómo lo haría sin ofender a los dioses que lo habían mantenido con vida cuando sólo le quedaban jirones de ésta?
Al final, la Fe era lo único que tenía.
