Epílogo.
Algunos copos de nieve seguían cayendo sobre el Santuario, en esa tarde del veinticinco de diciembre anormalmente fría. A lo lejos y apartado del bullicio de los niños, se podía sentir el cosmo de Acuario, suavemente encendido.
Un montón chicos pasaron corriendo y gritando, lanzándose sendas bolas de nieve, seguidos de Seiya y Shun.
Varios sonrieron, aunque se mantenían como simples espectadores.
A pesar de que llevaban años celebrando la Navidad, nadie había pensado, hasta ese año, hacer algo para los niños de Rodorio.
La convocatoria había sido abierta, pero la gran mayoría que acudió eran chicos de familias muy pobres, para los que esa oportunidad era la única de divertirse… y tener un regalo.
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Aioria, Milo y Mu, un trío que desde la guerra contra Hades se había vuelto inseparable, miraban divertidos a los chicos de bronce y a las muchachas, que guiaban a los niños en la construcción de muñecos de nieve; tan absortos los tres, que se sobresaltaron ligeramente al escuchar la peculiar voz de Virgo a sus espaldas, saludándolos.
- Caballeros…
- ¡Shaka! – exclamaron a modo de saludo los tres, volviéndose.
- Dioses, Virgo… llegas tarde…
El aludido arqueó una ceja.
- Me dijeron que los cuentos comenzarían al atardecer… - torció su rostro, los ojos cerrados como siempre, en dirección del sol y frunció las cejas -. El sol apenas comienza a bajar…
- Nooo, Shaka, no es a eso a lo que llegaste tarde – rio Aioria.
- ¿Entonces…?
- Te perdiste del Patriarca repartiéndole regalos a los niños… - Milo no pudo evitar soltar una carcajada antes de continuar -… vestido de Papá Noël.
- Sí, un Papá Noël demasiado delgado y con lunares en vez de cejas – agregó Aziz, sentado al lado de Mu, con los ojos entrecerrados por la risa y esa libertad que le daba no ser un miembro de la Orden.
- No sé quién le metió esa idea a mi Maestro… – la cara de pena de Aries también resultaba graciosa, así que Shaka rio.
- Dohko, lo más probable – respondió Virgo, riendo suavemente aún.
Permanecieron en silencio un buen rato, mirando dulcemente los juegos de los niños y sintiendo que preservar escenas cómo esa, compensaba plenamente cualquier sacrificio.
Faltaba poco para que el sol se ocultara cuando los chicos se cansaron de los muñecos y Seika los guio hacia un rincón abrigado, con antiquísimas columnas acomodadas a modo de anfiteatro.
- Caballeros, si me disculpan – la voz del hindú volvió a romper el silencio, un destello de humor brilló en esos ojos azules, abiertos ahora -, tengo unos cuentos que ilustrar.
Y mientras se alejaba siguiendo a la muchacha, su cosmo dorado comenzó a arder cálidamente, y al poco rato la explanada al pie de la colina de los Doce Templos desapareció y se transformó en un desierto dónde una larga caravana de camellos, algunos montados por unos hombres ricamente vestidos, otros cargados y tirados por muchachos de negro cabello, cruzaban la escena de lado a lado, siguiendo el destello de una estrella brillando en el cielo del Oeste.
FIN.
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Muchas gracias por leer.
