-Mi amor, esto no puede seguir así. —dijo Melinda a su hija al terminar de leer la nota. Se dejó caer en el sillón y suspiró profundamente.
Aaron también estaba en casa, escondiendo una sonrisa maliciosa debajo de un recibo de la cuenta de la luz. Pero Hermione no se dio cuenta, estaba nerviosa.
-Creo que será mejor que Christopher no venga a casa por unos días. —concluyó la joven madre levantándose del sofá.
-¡Pero si él no ha hecho nada!—saltó Hermione.
-Precisamente por eso señorita, tu conducta con Witherspoon empeora notablemente cuando Chris está cerca de ti.
-Pero si nunca hacemos nada, es ella la que arma el lío siempre.
-Lo sé. Pero es mejor que tu y Chris la dejen en paz. Y con mayor razón que ahora tiene familiares hospedados en su casa, y escuché decir que uno se veía enfermo.
-Una.
-Lo que sea. Irás conmigo mañana al trabajo.
-Amor ¿no crees que esto es demasiado?—dijo Granger aún conteniendo su sonrisa.
-Si. Pero es necesario—bajo la mirada del rostro severo de su esposa, se le borró de la cara todo indicio de felicidad.
Esa tarde Hermione se plantó frente a su padre.
-¿Qué es ser muggle?
Su padre levantó la ceja.
-No tengo idea amor. Tal vez debas dejar de ver tanta televisión.
De igual manera trató con su madre, obteniendo casi la misma respuesta.
El lunes de la mañana siguiente, tal como había sido dispuesto, Hermione acompañó al trabajo a sus padres. En realidad no sabía realmente en qué consistía aquel empleo, solamente que eran encargados de dejar los dientes de las personas blancos y bonitos, y a ella misma le habían hecho limpiezas y chequeos varias veces en aquel lugar, pero solamente cuando no había consultas siguientes. Esa vez sería diferente, pues le tocaría ver desde fuera todo lo que sus padres hacían.
-Tengo una endodoncia a las 10:00 am. Creo que ahí se me irá el resto de la mañana, ese Señor tiene unas caries terriblemente profundas, tardaré bastante en sacar todo y rellenar. —dijo Aaron suspirando.
Yo tengo que colocar unos aparatos a una muchacha. Hermione quiero que esperes con la asistente, y que hagas todo lo que te pida—dijo la Sra Granger.
Hermione suspiró, hundiéndose más en el asiento trasero del coche.
Elizabeth, la asistente de sus padres era un hígado. Un dulce de leche cuando sus padres estaban cerca, y la colmaba de halagos y cariños, pero cuando ellos no estaban cerca, era bastante irritable. Era joven, rubia y ciertamente muy guapa pero sus ojos verdes carecían de gracia y encanto y sumado a su hipócrita comportamiento la hacían un ser despreciable para todo aquel que no fuera un superficial.
Pero los padres de Hermione parecían no darse cuenta de ello, ya que era una lame-botas profesional.
Al llegar a la clínica, tal como la nena había supuesto, Elizabeth la recibió con un abrazo y un beso frente a sus padres.
-¡Hola niña linda! ¿Qué te trae por aquí?—dijo con una enorme sonrisa fingida.
-Me castigaron. —dijo Hermione secamente.
-¿En serio? ¿Por qué habrían de castigar a una nena como tú? ¿Por ser demasiado encantadora será?
-Algo así—dijo Aaron con una gran sonrisa en su rostro. Hasta que sintió un duro golpe en el estómago.
-Queremos tenerla vigilada un rato, eso es todo. Así que necesitamos que nos la cuides mientras nos encargamos de los asuntos de hoy, que afortunadamente son pocos. ¿Te han confirmado la cita de las 8:30?
-Sí, llamó ayer en la tarde.
-Bien, entonces comenzaré primero que Aaron en media hora. Cuida de la niña.
-Será un placer hacerme cargo de este angelito.
Al decir esto Melinda se fue a dejar todo preparado con las herramientas de su consultorio y Aarón hizo lo propio con el suyo, que se encontraba del otro lado, aunque su próxima cita tardaría una hora más en llegar.
En la sala de espera, frente al pequeño escritorio y computador de la asistente, se quedaron solas Hermione y Elizabeth. De pronto, se dio cuenta que la mujer, buscaba rápidamente algo de un cajón y hablaba entre dientes.
-Con todo lo que tengo que hacer y todavía me ponen de niñera, si no fuera porque no encontré empleo en otro lado, no seguiría aquí…-de pronto sacó un libro polvoriento—ten esto, y mantén la boca cerrada que tengo mucho que hacer.
-Sólo quiero hacer una pregunta. ¿Qué es ser un muggle?
-¿Y yo como habría de saberlo? No creo que esa palabra ni siquiera exista.
Y de inmediato se puso a telefonear con una tal "Viviana" y a contarle un montón de tonterías que a ella no le interesaban.
Hermione levantó aquel libro con sus pequeñas manitas: un libro para colorear, pero no había ningún plumón por ningún lado. Hizo el libro a un lado y fue con su madre.
-¿Mami, me puedo quedar aquí contigo, viendo lo que haces?
-No mi amor, no es algo lindo. Ve con Elizabeth.
-Pero es que ahí no tengo nada que hacer. Por favor, no causaré ningún problema. sé como se llaman todas esas cosas de ahí, te las puedo pasar si me lo pides.
-¿Y tú como lo sabes?—dijo subiendo una ceja.
-Leí un libro viejo tuyo que tenías en la universidad cuando estabas estudiando para dentista.
-Pero amor, aún no entras al colegio, nadie sabe leer antes del colegio.
-Yo sí.
-Muéstrame.
-Hermione sonrió ampliamente.
-Sé como se llaman las partes de los dientes: Vestibular: la que vemos cuando alguien sonríe. Lingual: Es aquello que queda hacia la lengua. Oclusal: con la que se mastican los alimentos. Apical: la dirección que se toma para llegar al ápice que es la punta de la raíz…
Melinda veía a su hija admirada y confundida, pues sin equivocarse recitaba todo aquello con naturalidad y fluidez. De pronto sintió una ráfaga de remordimiento en el estómago. ¿Qué clase de madre era? Que ni siquiera se había dado cuenta de que su pequeña ya leía ¿Cuántas cosas más se habría perdido de ella? Era su única niña, la misma que había deseado desde hacía tanto tiempo, incluso desde antes de casarse la había querido con todas sus fuerzas ¿Cómo podía ahora ser tan descuidada?
-Te creo hija, con eso es suficiente. ¿Me podrías esperar aquí sentadita un ratito?—la nena asintió con la cabeza, y Melinda se encerró en el baño a sollozar quedito. Después se limpió la cara y se volvió a su hija, que estaba preocupada por no haber hecho nada malo.
-¿Qué tienes mami? Nada amor, es que me has tomado por sorpresa eso es todo. Claro que puedes estar aquí conmigo si así lo quieres.
Durante esa semana y la siguiente, Hermione estuvo acompañando a sus padres a su trabajo. Ningún paciente se había quejado por que la pequeña hija de la Doctora Granger fuera su mini doctora auxiliar, incluso les causaba ternura a la mayoría, y felicitaban a la Sra Granger por tener una niña tan linda e inteligente. Y a todo paciente que llegaba, le preguntaba qué significaba aquella palabra. Que además que nadie sabía la respuesta, no podían contestar, al tener los aparatos en la boca abierta.
Pero Hermione sabía que algo andaba mal, Elizabteh estaba ahora demasiado atenta y amable la mayoría del tiempo, y su padre se encerraba en su consultorio desde que apenas llegaban a la clínica dental. Y no dejaba entrar a nadie al menos que fuera algún paciente.
-Papi ¿Puedo entrar?—preguntó la niña una mañana.
-Adelante princesa.- Su padre no tenía ningún paciente a aquella hora, pero estaba esmerándose en dejar todo impecablemente limpio para el próximo, aunque realmente no necesitaba más arreglo, Hermione supuso que a su padre le gustaba estar ocupado todo el tiempo.
Hermione se dejó caer en el sillón electro-hidráulico y suspiró
-Mamá no me dejó estar con ella esta vez. Dice que esa cirugía es algo sangrienta y no me quiere tener en su cama todas las noches.
-¿A sí? ¿Y sólo así viene mi niña a visitarme?
-No te quejes, siempre tienes la puerta cerrada.
Aaron sonrió, pero no era una sonrisa satisfactoria y franca como Hermione había visto siempre en él, si no una sonrisa de medio lado, que se veía hasta cierto punto, que le costaba un poco de trabajo. Por primera vez en algunos días, la puerta de su consultorio estaba abierta. Elizabeth entró de pronto con una gran sonrisa que se borró al momento de ver a la nena sentada con su padre. Aaron frunció el ceño. Y su hija lo miró asombrada, nunca había visto el rostro de su padre tan enfadado.
Suspiró y dijo a la pequeña:
-Amor, ¿por qué no vas a la sala de espera para atender al paciente que llegará enseguida? Dile que en un segundo puede entrar al consultorio.
Hermione se levantó, y con mueca de sospecha barrió a Elizabeth de arriba abajo, después fue hacia donde su padre le había indicado. La paciente llegó, una señora amable de unos 40 años que necesitaba solamente su limpieza anual. La niña le dijo que se sentara y tomara un poco de agua, pero no soportaba la tentación de saber que pasaba adentro y por qué su padre se veía tan enfadado y Elizabeth tan satisfecha de sí misma. Se disculpó diciendo que iba al baño y pegó la oreja al consultorio de su padre.
-¡Ya déjame en paz Elizabeth! ¿Qué clase de persona crees que soy? Yo no le haría algo así a mi única hija ni a mi esposa. Las amo demasiado.
-No. Lo que pasa es que eres débil de carácter, me has estado evadiendo, eres patético. Pero claro que puedes hacerlo, solo cierra los ojos y déjate llevar.
-¡Estás enferma de la cabeza!
-Ya sabes lo que pasaría si no accedieras a hacer lo que te pido. Así que piénsalo.
-Estúpida. Los dos sabemos que ese niño no es mío, nunca ha habido ni lo más mínimo entre nosotros dos, y Melinda no se creería algo así, ella sabe que no es verdad. Tratas de poner en juego mi matrimonio, pero no lo permitiré, hay mucho que perder.
-Pues hay maneras de hacer que Melinda se lo crea. Y a tu hija ya casi la tengo en la bolsa. Me adora.
Hermione se tapó la boca para no gritar.
-Ya me hartaste, quedas despedida.
-Ya te advertí sobre lo que pasaría si hicieras eso.
Ahora la niña estaba furiosa. Abrió la puerta y vio, como esperaba, a Elizabeth tratando de besar a su padre. Hizo como si no se hubiera dado cuenta.
-Papá ya llegó la paciente. Ha estado esperando mucho. ¿Le digo que entre?
-Corriendo, si es posible—dijo el doctor. Elizabeth le sonrió a Hermione y ella le devolvió una amplia sonrisa fingida.
Durante la cena. Todo fue un completo silencio. Melinda estaba muy cansada y Hermione y su padre muy preocupados. La niña sentía un revoloteo en el estómago muy incómodo y unas inmensas ganas de llorar. ¿Qué pasaría si aquella horrible mujer se salía con la suya? ¿Le pasaría a ella lo que le pasó a Christopher y tendría que ver a sus padres por separado? Casi no comió. Terminada la cena, salió a escondidas de su casa y se puso a correr y correr escondiendo el rostro lloroso entre sus manitas. De pronto sintió que chocó con algo, y cayó de espaldas hacia el césped.
La reconoció, era Minerva, la hermana de Witherspoon.
-¡Oh! ¡Lo siento mucho señora! Tendré más cuidado. —dijo mientras se levantaba.
-Ya niña. Ten un pañuelo. ¿Porqué tanto drama? ¿No se te hace un poco tarde para andar rondando sola y sin ver a dónde vas?
-Necesitaba siento mal
-¿Y a qué se debe eso?
-Es algo que no puedo decir.
La anciana sonrió. Parecía realmente sincera, así que Hermione sonrió también.
-Siéntate niña. —Dijo con un tono extrañamente amable. Hermione obedeció.
-¿Ya te ha llegado la carta de Hogwarts?
-¿La qué? Ah sí, lo siento. Aun eres muy pequeña. Olvida lo que te dije… ¿Qué me dirías niña, si te digo que sentí exactamente lo mismo que tú cuando tenía tu edad?
-¿A qué se refiere?
-Haces cosas que otras personas no pueden. ¿Verdad?
A Hermione se le borró la tristeza casi de golpe.
-Pues, a veces. No lo controlo todo. ¿Usted también puede hacerlo? ¿Es normal?
-Depende de qué punto lo veas.
-¿Usted sabe lo que es ser un muggle?
-Son personas que no pueden hacer lo que nosotras.
-¿Y nosotras qué somos?
-HERMIONE QUÉ SUSTO ME HAS DADO. VEN ACÁ. —Dijo furiosa la señora Granger.
