Amor Crítico
Dos hermosos jóvenes se encontraban echados al pie de una cascada mientras observaban el cielo.
_ Atenea, ¿qué hace que este mundo sea tan precioso para ti?
La nombrada cerró los ojos y se hundió a lo profundo de sus pensamientos.
_ La paz (gaviotas volando sobre el mar en un atardecer), la guerra (bomba nuclear), la alegría (unos niños riendo), la tristeza (una mujer llorando dejada en el altar), la luz (un amanecer), la oscuridad (llegada de la noche), la vida (un bebé nacer), la muerte (un anciano falleciendo en un hospital), el éxito (un hombre en su hogar millonario), el fracaso (un negocio en la quiebra), los valores (un niño ayudando a una anciana a cruzar la calle), los pecados (un niño robando alimento)… y sobretodo el amor de unos a otros (una pareja abrazándose desesperadamente bajo la lluvia). – Saori abrió sus ojos y se sentó a mirar el agua caer del paisaje. – El balance hace que este planeta sea precioso para mí.
_ Te falto algo muy importante, querida prometida.
Ella volteó a verlo fijamente, esperando su respuesta.
_ La esperanza. – ella rio.
_ Tienes razón.
_ Eso es lo que yo más valoro de los humanos.
_ Hefesto, eres admirable a comparación mía. Cada guerrero del fuego que tienes a tu merced, está vivo porque les diste una razón, una nueva vida.
_ Digamos que… me gusta salvar personas. – el Dios de la herrería sentó la mitad de su cuerpo y sonrió apenado. – Los actos injustos encienden mi deseo de protección.
_ Tus caballeros son muy devotos a ti, morirían si se los pidieses.
_ Me imagino que una persona tan bondadosa como tú, Atenea, ha de tener caballeros que posean las mismas cualidades a tu causa.
Ella lo miró tristemente y él dejó de sonreír.
_ ¿Dije algo que te lastimó?
_ No, no es eso. Siento que las guerras deberían ser simplemente asuntos de los Dioses, sin tener que incluir a los humanos.
_ Yo vivo con ese mismo deseo.
_ Hermano. – La Diosa se lanzó a abrazarlo. - ¿Realmente estás contento con esta unión?
El ambiente se tensó, las hojas pasaban por aquel lugar. Él se sonrojó para después verla mientras analizaba cada detalle del perfecto cuerpo de su Diosa.
_ Estoy perdidamente enamorado de ti.
El silencio se hizo notar, Hefesto fijaba sus casi verdes ojos, de manera determinada a la azul y profundamente triste mirada de Atenea.
_ ¿Tú no me amas, verdad Atenea? – tras un minuto sin contestar; él, que era capaz de crear cualquier materia al instante; hizo una arma, se quedó viéndola y se la ofreció a su compañera.
_ Toma esto.
Una daga, mortal para un cuerpo humano, tal como él era: Una reencarnación humana.
_ Acaba con mi vida para que te libres de este matrimonio.
*flashback*
Una hermosa italiana estaba besando a un hombre de rasgos latinos, pero él la empujó sorprendido e indignado por lo que acababa de pasar.
_ ¿¡Qué haces!? – se libró Seiya de las garras de Ofiuco.
_ ¿¡Por qué no puedes corresponderme!? , ¡Ella nunca va a poder estar a tu lado, es una deidad, Seiya! Yo soy una humana de carne y hueso dispuesta a hacer lo que sea por ti.
_ ¡Basta!
_ ¡Mi vida y mi cuerpo son tuyos, te lo estoy ofreciendo todo! – La amazona se acercó amenazantemente al caballero de Pegaso.
_ ¡Shaina, basta! ¡No puedes hacer estas cosas! Debes conseguir un hombre que te ame y te respete. – el castaño se giró.
_ ¡Seiya! – gritó a sollozos.
_ Lo siento, no puedo cambiar mis sentimientos. – él corrió dejándola arrodillada y sola entre lágrimas.
_ Has hecho tu elección. A pesar de todo este tiempo, te esperé para saberla, Seiya. – rio amargamente. - Un amor como el tuyo a Atenea… es admirable. – se paró de aquel filo de acantilado en el que estaba sentada. – Espero algún día alguien me ame de esa manera, no hay duda que la diosa de la guerra es muy afortunada.
Se paró y se fue, siendo la luna el único testigo de aquel beso.
Un grito de frustración se oyó en medio de la playa.
_ ¡Ahora estoy más confundido que antes!... Si tan solo estuviera Seika, conmigo. Seguro me aconsejaría. ¡Qué cosas digo! Ella me ha traicionado, por ella estoy pasando todo esto. – se agarró la cabeza desesperado.
De pronto percibió una presencia atrás de él, a lo que volteó sintiéndose amenazado a lanzar un puño a aquella sombra.
_ ¿¡Quién está ahí!?
_ ¿Así saludas a tus amigos? – Su voz le ocasionó una profunda tristeza…
¡… quería recordarla! Pero no sabía de quién provenía. De esa oscuridad, la persona empezó a caminar para acercarse a él, esos segundos que para el corazón de Seiya eran una eternidad. De ahí paró hasta que pudo identificar quien era.
_ ¿Te… conozco?
(lado del dragón)
No supo cómo reaccionar ante el encuentro, si preguntar qué había hecho estos dos años, el por qué no los había contactado, si acaso se había rendido… Pero todo se borró de su mente cuando vio lo sano que estaba su amigo y lo mucho que había crecido y cambiado. Las lágrimas corrieron por el rostro del dragón a lo que el castaño lo miró sin saber qué decir. Ambos estaban parados hasta que Shiryu decidió darle un abrazo muy fuerte. Seiya se quedó inmóvil, no sorprendido, sino un poco frío ante la situación y confundido.
_ Te hemos buscado tanto Seiya… Supe que perdiste la memoria, que has estado perdido con tu hermana. Soy Shiryu, ¿me recuerdas? Soy tu amigo de la infancia.
_ Lo lamento. – El castaño se sintió apenado por su ignorancia ante sus recuerdos.
_ ¡Crecimos juntos, Seiya! – el dragón lo sujetó de los hombros. – ¡Batallamos juntos hasta casi morir! ¡Nos despedimos incontables veces cuando pensábamos que la muerte nos atraparía! – de pronto su tono de voz se suavizó y se sintió perdido. - … Creímos unos en otros juntos en todo momento, elevamos nuestro cosmos hasta el infinito por el bien de tierra, Seiya.
_ No lo recuerdo.
_ ¿Y a Hyoga? ¿O Shun? ¿O Ikki? ¿Te acuerdas de ellos? ¡Éramos imparables juntos, Seiya! ¡Debes recordarlo!
Los azul marino ojos de Shiryu miraban con determinación a los grandes ojos marrones de su amigo. Quería que vea reflejado aquel sentimiento de amistad que permanecía desde hace casi 14 años de su vida.
_ ¡Lo he intentado, pero no recuerdo nada! Créeme, dragón… Estoy desorientado, sin saber qué debo hacer, a quién debo seguir, no sé… quien soy. – El caballero de Pegaso miró el piso triste, mientras Shiryu cambió sus expresiones a una determinación total.
_ ¿Y a Saori? ¿La recuerdas?
Un aire helado cubrió el lugar, mientras las lágrimas caían por las mejillas del castaño. Aunque los recuerdos no estuvieran presentes en su cabeza, su corazón a gritos sentía ese dolor del olvido.
_ ¿Estoy… llorando? – la voz se le quebró.
_ Seiya…
_ ¡Kanon, hemos ubicado a Atenea! – gritó Jabu mientras corría hacia la casa de géminis junto a Ban, Ichi, Nachi y Geki.
_ ¿¡Qué dices!?
_ Está en un bosque escondido en Japón, parece que está junto a Hefesto, el Dios de la forja.
_ ¿Es en contra de su voluntad?
_ Dudo que la señorita Saori, haya aceptado tal situación en cautiverio. – expresó fastidiado por la pregunta, Jabú.
_ ¿Quién te ha dado esa información?
_ Dragón Marino. – se oyó una voz por detrás de él, subiendo hacia aquella casa del zodíaco.
Los ojos de Kanon se abrieron rápidamente para voltear y encontrarse con nada más y nada menos que Julián Solo yendo por la escalera junto a Sorrento. Ni bien se dio cuenta que era el hombre al que sirvió antes, se arrodilló ante él.
_ Poseidón…
_ Llámame Julián.
_ Disculpa que pregunte, ¿pero cómo sabe si es verdadera esa información?
_Todo esto fue plan de los Dioses, mandé unas pistas al santuario, moví la memoria de Pegaso de la misma manera, mas las reacciones de todos ustedes han sido lentas. Atenea va a casarse con Hefesto dentro de unos días, no puedo permitirlo. – sin más preámbulos, Kanon se paró.
_ ¡Jabu, Ban!
_ Sí, mi señor.
_ Por favor, certifiquen cómo es que tienen a nuestra Diosa atrapada, así planearemos el rescate… "Atenea, quiero redimir mis errores, me salvaste la vida y ahora quiero protegerte."
_ Nunca te quitaría la vida.
_ Haz tu elección, o tomas mi vida ahora o te casarás conmigo. Te estoy dando la oportunidad que elijas tu destino, si fallezco en este cuerpo reencarnado quiero que sea en tus manos, Atenea.
Las lágrimas caían por el rostro de la Diosa, no podía imaginarse haciendo un acto tan egoísta. Aunque si lo matara, recuperaría su poder, puesto a que en aquel collar de roca preservada en el pecho de su prometido estaba guardado; podría volver al santuario y pelear contra tantos Dioses, ahora que Hefesto la entrenaba podía ser más fuerte en batalla, capaz de ser una líder.
Pero, ¿era realmente lo que quería? El hecho de casarse con el Dios de la forja y el fuego, le garantizaba la victoria en cualquier guerra santa. Además, él compartía sus ideales y sus sentimientos hacia los humanos eran de un profundo amor. No importaría que Apolo, Ares y Artemisa hicieron algo en su contra, con él a su lado sería capaz de vencerlos sin sacrificar muchas vidas.
Pero había un hecho más en todo esto: ¿Qué es lo que la Saori humana quería? Ese hombre era el candidato perfecto para un matrimonio donde sólo haya felicidad. ¿Ella lo merecía? ¿Ella quien moría de amor por un humano? Sólo pensar en el caballero de Pegaso que sacrificó tanto por ella, quien dio su vida a sus manos al igual que Hefesto lo estaba haciendo, la hacía hundirse en una culpa increíble…
¿Qué elección tenía?
Incluso su padre podría amenazar con acabar con su vida tras haber matado a otro hijo suyo. Aunque ella no se diera cuenta, poco a poco estaban creciendo sentimientos por su prometido… Después de todo lo que él hizo por ella ¿Traicionarlo? Atenea sólo deseaba ayudarlo, después de que él ha sido tan rechazado por todos… No, no quería perderlo. Él se había convertido en parte de ella, no podía imaginarse matándolo.
_ No quiero que mueras… No quiero que te alejes de mi lado. ¡Has rescatado a tanta gente, ¿pero alguien te ha rescatado a ti, Hefesto?! ¡Quítate esa idea de morir de le cabeza, yo estaré a tu lado! - El Dios del fuego se sorprendió. - Te salvaré de ese vacío que te ha dejado tanta tristeza. – tomó su mano y dejó caer la daga. – No puedo permitir que sigas hundido.
_ ¿Por qué?
_ Porque te amo, Hefesto.
Aunque aquel amor al que se refería Atenea era tal como el de una hermana a un hermano, era obvio que el mensaje para el receptor era otro. A pesar de mentir a su propio corazón, sabía que hacía lo correcto.
_ Te amo. – se quebró la voz de la Diosa.
Él no pudo resistir más y ante las lágrimas la sujetó para besarla desesperadamente. Beso que fue correspondido con la misma desesperación por ella. Ambos habían sufrido muchísimo, ella al ver a tantos soldados caídos a su merced y él al ser traicionado tantas veces. Atenea sujetaba su cabello marrón casi negro y él la agarraba de la cintura, apretándola hacia él.
_ No te perderé, Atenea. No puedo perderte. – la sujetó del rostro para apreciar su belleza y ambos chocaron frentes para estar pegados al otro.
_ Tengo que salvar a Saori de ese matrimonio, tengo que impedirlo.
_ ¡Seiya! ¡Seiya! – se oyeron dos gritos a lo lejos, para después aparecer Hyoga y Shun.
_ Amigo… - ambos se lanzaron a abrazar al Pegaso, cosa que él tampoco correspondió.
_ ¿Quiénes son ustedes?
_ ¿Seiya, no nos recuerdas? – se alteró Shun. – Somos tus amigos, del orfanato.
_ Tus compañeros de armas, caballeros de Atenea.
_ Los vi en un cuadro en mi casa y en algunas memorias mías, pero no los recuerdo. Lo lamento. – Seiya se volteó indiferente para irse.
_ ¡Espera! – lo sostuvo Hyoga. - ¿No nos vas a preguntar nada?
_ Por ahora sólo me interesa salvar a Saori
_ ¿¡Saori está en peligro!? – se exaltó Shun.
_ Chicos, Atenea está comprometida con el Dios de la forja, Hefesto. Y van a casarse en unos días. – Explicó Shiryu a sus perdidos amigos.
_ ¿¡Qué!? Eso no puede ser posible.
_ No, yo voy a evitarlo. – dijo desesperado Seiya.
_ No Seiya, tendrás que matarme para que te deje impedirlo. – Dijo Shiryu.
La cosmoenergía del Pegaso y el Dragón se hicieron notar rápidamente. A lo que el cisne y Andrómeda se miraron intranquilos. Se iba a desatar una pelea entre los mejores amigos que por dos años estuvieron separados uno del otro.
