Disclaimer: Ni Dragon Ball ni sus personajes me pertenecen.

Capítulo 10

Simultáneamente a que escribía unas cuantas anotaciones en el pizarrón, la profesora de literatura continuaba con sus explicaciones esforzándose por capturar el interés de sus aburridos alumnos. Y de los varios estudiantes allí reunidos, a cuatro en especial les resultaba imposible engancharse con la lección esperando con desesperación que la campana los liberara.

Ireza, garabateando líneas sin sentido en su libreta, le daba algunos vistazos a Videl y Shapner mientras repasaba mentalmente la plática que sostuvo con Videl horas antes. Conocía a Videl desde la primaria y esta fue la primera vez que la veía comportarse tan nerviosa, confundida e inclusive, con miedo. Suspirando desanimada, Ireza confiaba en que la fortuna de Videl mejoraría.

Gohan, por su parte, mantenía su vista clavada fijamente en la pizarra donde su maestra impartía su clase con normalidad. Sin embargo, muy internamente, Gohan sólo la miraba hablar y hablar sin importarle lo que estuviera diciendo. El breve interrogatorio que tuvo con Shapner lo inquietaba y por más que hubiese deseado pensar en otro tema, a Gohan no le era fácil hacerlo.

Fingiendo que tomaba un par de apuntes en su cuaderno, el hermano de Goten se reclinó sobre su escritorio observando con sigilo a Shapner, el cual, no emitía ni el más ínfimo ruido. El Shapner charlatán que conoció meses atrás, asiduamente interrumpía a los profesores con sus malos chistes y bromas pasadas de tono. Pero el Shapner que regresó del hospital distaba mucho de ese.

Comprobando la hora en su reloj de pulsera, Gohan se irguió en su asiento al percatarse que quedaba menos de un minuto para que la jornada de hoy se terminara. Y justamente cuando se daba cuenta de eso, el timbre que los miles de adolescentes rogaban escuchar se hizo notar retumbando en los oídos de cada uno de ellos.

– No olviden que la siguiente ronda de pruebas está muy cerca, así que prepárense bien–sabiendo que sus estudiantes pensaban únicamente en irse, la educadora les lanzó una advertencia que la gran mayoría ignoró.

– Ni me lo recuerde…

Escuchando a Ireza lamentarse por tener que estudiar, Videl se levantó como un resorte y guardó sus pertenencias en su mochila con una vertiginosa velocidad. Shapner, notando su evidente prisa por marcharse, se puso de pie sin decirle ni una sola sílaba pero logrando llamar su atención. Posando sus ojos en él, Videl asintió en silencio para empezar a caminar fuera del salón.

– Los veré en la biblioteca, espérenmele ahí.

Girando sobre sus talones, Videl les habló a Ireza y Gohan quienes venían caminando detrás de ella. Ireza, apurándose, se le acercó misteriosa diciéndole algo que ni Gohan ni Shapner alcanzaron a oír. Por otro lado, Shapner aguardaba por Videl con muchísima paciencia enfocándose casualmente en Gohan.

Sintiendo sobre él su atípica frialdad, Shapner observó a un serio Gohan que se cruzaba de brazos al reclinarse en un casillero luciendo una expresión indiferente. Alzando una ceja, Shapner se volteó a un costado tratando de no darle importancia. Podría sonar ridículo, pero el rubio tenía la sensación que no debía confiar en el pelinegro, tal y como no confiaba en el Gran Saiyaman.

Mirando nuevamente a Videl, el rubio la vio despedirse de Ireza quien le dio un último susurro previamente a dirigirse a la biblioteca junto a Gohan dejándolos solos a ambos. Y precisamente ese era el momento que con demasía tanto anheló Shapner; aunque desde un inicio las cosas no fluían con la naturalidad que él hubiese querido.

Durante su caminaba por los ya vacíos pasillos de la escuela, un profundo y sepulcral silencio los envolvió sin que ninguno se atreviese a decirse algo. Con la incomodidad ganando terreno, sus sombras eran las únicas en ser delineadas en las paredes entretanto los ecos de sus pisadas resonaban en el ambiente.

Allí estaban, cerca uno del otro sin que nadie pudiera detener o interrumpir su charla. Aún así, nada sucedía. Shapner, organizando sus ideas, buscaba la forma ideal de ser lo más claro y conciso posible con Videl aún sin saber por dónde comenzar. Por ello, constantemente, el rubio intentaba romper con esa burbuja silenciosa que los encerraba; desdichadamente para él, no lo conseguía.

El Shapner patán y arrogante de antes se hubiera equivocado como acostumbraba hacerlo, precipitándose aparatosamente llegando al imprudente extremo de querer besarla con fuerza al presionarla contra una pared. Y Videl, obviamente molesta, le habría respondido a tal osadía dándole una paliza que por el resto de su existencia jamás olvidaría.

Pero no, por muy tentadora que fuera esa posibilidad, Shapner le demostraría a Videl con sus acciones que su amor era más que solamente un capricho adolescente, sino, un genuino sentimiento en todos los sentidos. No obstante, para frustración del rubio, no hallaba la manera indicada para expresar sus sentires, cayendo en un profundo agujero que le impedía escapar.

Pensativo, Shapner miró el techo para ir bajando paulatinamente su mirada hasta ver el suelo notando, accidentalmente, que el calzado de Videl no era el mismo que solía usar. Sus conocidas botas verdes brillaban por su ausencia al ser reemplazadas por un par de simples zapatillas, y tal cambio, por más banal que fuere para los demás, para Shapner fue una razón más para intervenir.

– Creo que aquí está bien–recobrando milagrosamente su capacidad del habla, Shapner le afirmó a Videl–aquí podemos conversar con calma.

– Si no te molesta me gustaría que habláramos afuera, quiero tomar un poco de aire–sin detener su andar, Videl le respondió de inmediato al acelerar su caminar.

– Claro, como desees Videl.

Shapner lo percibía, lo notaba con sólo mirarla: Videl actuaba con desconfianza y recelo. Aquello, en el fondo, le dolía. Le dolía porque quería que ella confiara en él, que ella supiera que él la comprendía y, sobre todas las cosas, que él nunca la lastimaría. Pese a eso, Shapner prefirió esperar. Si fue capaz de esperar por dos largas semanas, unos segundos más no eran nada.

Finalmente, en un santiamén, ambos cruzaron la puerta principal de la preparatoria siendo recibidos por los rayos del sol, el cual, muy lentamente, iba acercándose al horizonte con la indudable intención de marcharse. Produciendo, consecuentemente, un bello atardecer que se esbozaba en el paisaje citadino de Ciudad Satán conformado por cientos de altísimos edificios.

Volteándose para observarla, Shapner atestiguó como las largas coletas de Videl bailaban con suavidad al ser mecidas por la brisa, dotándola de una hermosura casi angelical. Tragando saliva, un silente Shapner la contempló como si fuese una pintura digna de los más sublimes halagos. Sin la necesidad de maquillaje o ropa provocativa, Videl era poseedora de una lindura sin igual.

Y hechizado por su belleza, Shapner se armó de valor para ser él quien comenzase con la conversación hablándole con voz pausada:

– Antes de comenzar quiero disculparme contigo, Videl.

– ¿Disculparte? –Videl, frunciendo el ceño, le replicó–no entiendo, disculparte de qué.

– Por tomarte de la mano en el salón, fue muy atrevido de mi parte haberte acariciado de la forma en que lo hice–recordando como cedió ante el impulso de querer sentir su piel con sus dedos, Shapner se lamentaba con sincera humildad–sé que no es una excusa, pero no pude resistirme a hacerlo.

Aún sin decir nada al respecto, Videl recordaba con nitidez como los dedos de Shapner se pasearon impunes sobre la piel de su muñeca. En otra época tal hecho habría ameritado una reacción contundente y enérgica de su parte, pero tal reacción no sucedió. Videl ni siquiera protestó, permitiendo que Shapner continuara si bien esto la iba llenando de más y más culpa.

Sí, culpa. Culpa por ser tan cobarde y no decir la verdad. Culpa por engañarse a sí misma con mentiras. Y, principalmente, culpa por darle falsas ilusiones sabiendo que no le correspondería con sinceridad. Consciente del daño que le haría, Videl no dejó de equivocarse enterrándose debajo de los muchos errores que, poco a poco, se convertirían en su irremediable perdición.

– No te preocupes, no es necesario que te disculpes por eso, Shapner–Videl, restándole gravedad a lo ocurrido, le argumentó queriendo sacar de su mente tal recuerdo–de todos modos yo no te dije nada. Si hubiera querido que te detuvieras sencillamente te lo habría dicho. Así que despreocúpate.

Como si estuviese representando un papel en una obra, Videl, con gran maestría, logró reflejar una falsa imagen de tranquilidad que engañó, totalmente, a un cegado Shapner víctima de su idilio por ella. Sin ese peso encima, Shapner respiró aliviado preparándose para retomar la palabra. Y lleno de esperanza y valentía, el rubio extendió una de sus manos para sujetarla de un hombro.

– No te mentiré, me alegra escucharte decir eso–le aseguró Shapner muy sonriente–por un instante creí que me darías un puñetazo en la cara o tal vez una patada en el estómago.

Con una escueta media sonrisa, Videl le contestó.

– Tengo la corazonada que también quieres hablar de lo mismo que yo, estoy seguro que sí–cambiando el tema radicalmente, Shapner dibujó un semblante más serio–sé que lo que pasó en el hospital el día que me visitaste fue muy precipitado, admito que actué demasiado impulsivo y discúlpame si te sentiste incómoda o presionada.

Videl pretendía decirle algo cuando Shapner se le adelantó.

– Imagino que vas a decirme que no me disculpe, pero de todas maneras lo hago: discúlpame por haber actuado como lo hice–cerrando la brecha entre los dos, Shapner se colocó a ínfimos milímetros de ella–pero en ese momento, cuando te tuve frente a mí otra vez luego de lo que sucedió en aquel bar, simplemente no pude resistirme. No pude.

– ¿Por qué no pudiste?

– Esa respuesta ya la sabes, Videl. Te lo dije ese día en el hospital.

– No importa, quiero escucharla. Dime por qué no pudiste.

– Porque te amo, Videl. Te amo–espontáneo y honesto, Shapner se derretía ante la diosa que capturó su corazón–te he amado desde que comprendí lo que era estar enamorado, fuiste y eres mi primer amor. Sé que te lo dije muchas veces antes, pero nunca te lo había dicho del modo correcto hasta que te vi en el hospital aquel día.

Ahí estaba otra vez, la misma historia que se repetía sin fin año tras año. Por ende, esperando no ser rechazado de nuevo, Shapner se esforzaba por hacerla entender que no le mentía. Y no queriendo dar ni un paso atrás, Shapner intensificó sus esfuerzos rogándole al cielo que éste le sonriera concediéndole un milagro.

– No es necesario que te diga más, en el hospital te demostré lo que siento por ti, Videl–le alegó Shapner con firmeza–te podría decir que te amo mil veces, pero el beso que compartimos es más claro que cualquier palabra.

– El beso…

– Sí, el beso.

– De eso mismo quería hablarte, tenemos que poner en claro muchas cosas, Shapner–deseando aclarar el turbio caos en su interior, Videl se dispuso a darle unas cuantas verdades superficiales, cuyo fondo, era una cruel mentira–cuando me besaste en el hospital debí haberte dado una golpiza, debí haberlo hecho.

– Pero no lo hiciste–vehemente, Shapner le declaró veloz.

– Correcto, no lo hice–frotándose su frente sudorosa, Videl luchaba por poder expresarse–todavía me cuesta aceptarlo pero no te detuve porque…

– Porque…

Anestesiándola, sin que pudiese impedirlo, Videl evocó como los labios de Shapner suprimieron todo mal recuerdo protagonizado por el superhéroe enmascarado. La decepción, la rabia y la amargura que el Gran Saiyaman sembró en ella, se disiparon gracias a aquel beso lleno de ímpetu que el rubio le obsequió. Él, al mejor estilo de un caballero andante, la rescató de su desdén.

Esa dosis de dicho somnífero ahondó tanto en su mente que lo recordaba cada vez que pensaba en el Gran Saiyaman; no obstante, para Videl, no era suficiente con meramente recordarlo. Ella, como si fuese una adicta, buscaba el modo para recibir otra cucharada de ese sedante sin importarle que esto sólo trajera dolor para ella y Shapner.

– Porque me hiciste sentir bien, sentí una tranquilidad que no sentía desde que él apareció–habiendo soltado la bomba, Videl se giró levemente para caminar mientras seguía hablando–por un instante lo sacaste de mi cabeza, lo desapareciste por completo. No sé cómo demonios lo lograste, pero cuando nos besamos el Gran Saiyaman dejó de existir para mí.

Al escucharla decir eso, algo dentro de él explotó. No sabía describir con precisión qué era, pero Shapner sabía que ese estremecimiento que recorría su cuerpo no era una casualidad. Y apeteciendo más de ella, Shapner corrió para alcanzarla colocándose delante de Videl cerrándole el paso.

– ¿Lo dices en serio, de verdad sentiste eso? –Conteniéndose, él quería oír una confirmación–Videl te lo ruego, respóndeme con honestidad. Discúlpame si sueno desesperado pero tienes que comprenderme, he esperado por años escucharte decir algo así.

– Quisiera mentirte, quisiera decirte en tu propia cara que no sentí nada cuando me besaste pero no puedo. Me guste o no, así fue–mirándolo directo a los ojos, Videl le dio la respuesta que él anhelaba escuchar–no entiendo muy bien qué me está pasando, no tengo ni idea de qué pensar. Nunca me había sucedido algo así y él culpable eres tú, Shapner.

Mudo, incapaz de formular ni una sencilla frase, Shapner no supo cómo responder a tal afirmación.

– ¿Y todo esto qué significa, adónde nos lleva? –Cuestionándole un punto muy crucial, Videl abanicó sus manos al gesticular–sí, nos besamos; pero…

– Pero te hice sentir bien, acabas de admitirlo–interrumpiéndola, Shapner se inclinó sobre ella–dame una oportunidad, te lo suplico Videl. Eso es lo que más deseo desde que estábamos en la primaria, no puedes imaginar cuántas veces fantaseé que ambos teníamos una cita y nos divertíamos juntos.

– ¿Piensas invitarme a salir otra vez, eso es lo que pretendes? –recordando los miles de intentos de Shapner por cortejarla, Videl supuso que eso le propondría.

– Sí, quiero invitarte a salir; pero también quiero más que sólo tener una cita contigo, Videl–loca y perdidamente enamorado de ella, Shapner dejó fluir sus sentimientos–quiero verte pelear como antes, quiero que estés orgullosa de quién eres y quiero que la Videl que siempre he adorado regrese.

– Shapner…

– Déjame hacerte feliz–impetuoso, Shapner no desistió–déjame ayudarte a ser la que siempre has sido. Por favor, dame una oportunidad. No me rechaces otra vez, Videl.

– Shapner, todo esto es nuevo para mí. Nunca he vivido algo así, por eso te pido que no me presiones y me dejes sobrellevar esto con calma.

– Yo te juro que no te presionaré, en lo más mínimo. Sólo quiero hacerte feliz y amarte como siempre lo he deseado–elocuente, Shapner le aseguró–te prometo que no te arrepentirás.

Aturdida por tal declaración, Videl se giró dándole la espalda tirando de su cabello. No tenía nada más que meditar, ella sabía a la perfección lo que estaba a punto de hacer. La otrora heroína de Ciudad Satán, ahora se convirtió en una damisela en apuros que huía de sus problemas escudándose detrás de un hombre que, ciegamente, haría cualquier cosa por ella.

Y justo ahí, cuando la sensación de culpabilidad se tornaba más pesada todavía, la chispa de la arrogancia se encendió provocando un incendio que, metafóricamente, ardió dentro de Videl quemando hasta el más pequeño vestigio de arrepentimiento. Con ello, aquellas llamas que la devoraban la empujaban, más y más, al borde del precipicio estando a milímetros de caer en él.

Gritándose internamente, Videl se decía que ella controlaba su vida y que podría hacer con ésta lo que quisiese. Ya se sentía harta de ser usada como ejemplo de rectitud, harta de ser vista como la perfecta e ilustre hija del campeón mundial. Deseaba quitarse esas gruesas cadenas, gozando de la libertad que sanaría las heridas que le provocaron sus muchas derrotas ante el Gran Saiyaman.

Era una cobarde por usar a Shapner.

Era una cobarde por no encarar las adversidades.

Era una cobarde por no aceptar la realidad y aprender de ésta.

– Está bien Shapner, está bien. Tú ganas–girándose de nuevo hacia él, Videl le dijo–tendremos esa cita que tantas veces me pediste, saldremos cuándo quieras. Y si las cosas marchan bien, quizás…

– ¿Quizás…?–acercándosele, Shapner la tomó suavemente de un brazo al interrumpirla.

– Creo que entiendes lo que trato de decir, sé que sí comprendes.

– Sí, comprendo. Comprendo perfectamente, Videl–feliz, verdaderamente feliz, Shapner veía incrédulo como logró atravesar aquel muro, con el cual, siempre se estrellaba al invitarla a salir.

– Bien, ese caso será mejor que regrese adentro–disponiéndose a dar por terminada la conversación, Videl se ladeó ligeramente–se suponía que estudiaría con Ireza y Gohan, ya los hice esperar demasiado.

– ¡Espera, no te vayas aún! –Shapner, con elegancia y delicadeza, la haló hacia él ansioso por repetir aquel mágico momento que compartieron semanas atrás– ¿puedo besarte otra vez, Videl?

– ¡Qué!

– Ya me oíste, Videl–sintiendo como su pulso cardíaco se incrementaba, Shapner le acotó con naturalidad– ¿puedo besarte de nuevo?

Desde siempre, Videl se caracterizó por ser una chica que no sucumbía ante los burdos intentos de cualquiera por conquistarla. Gracias a su rígida indiferencia, muchos otros simplemente se rindieron creyendo que nadie ablandaría el corazón de la hija de Mr. Satán; pero Shapner, siendo el único que aún persistía, vio recomenzada su perseverancia al oírla decir un simple y lacónico:

– Sí…

Su respuesta no fue la de una chica enamorada; al contrario, su voz sonó con una apatía y desgano que resultaban extraños en ella. Sin embargo, era tal la emoción de Shapner, que éste no le prestó atención en lo absoluto a la actitud de Videl. Ciego de amor, Shapner fue subiendo su mano por el brazo de Videl alcanzando la cima de su hombro para seguir escalando por su coleta izquierda.

Perdido en el azul de los ojos de Videl, Shapner ascendió por su oscura cabellera llegando a sujetarla con suavidad de la nuca. Videl, en contraste, no experimentaba ninguna chispa romántica como él sí lo hacía. Meramente cerró sus párpados quedándose inmóvil en su sitio, esperando por lo que inevitablemente vendría justo en el instante en que aquel sedante nublara su cabeza.

¿De dónde sacaba el Gran Saiyaman su fuerza sobrehumana?

¿Cómo el Gran Saiyaman lograba surcar por los cielos como si fuere un ave?

¿Estaba el Gran Saiyaman relacionado con los individuos misteriosos del Torneo de Cell?

Esas y otras interrogantes se desvanecieron en el acto cuando, finalmente, los labios de Shapner se posaron sobre los suyos presionándolos con lentitud. Aquello era justamente lo que necesitaba: apagar su juicio olvidándose de resolver un misterio que con fervor trató de aclarar. Un misterio que, fatalmente, la atrapó en un laberinto siguiendo indicios que nunca la llevaron a ningún lugar.

Asimismo, ese roce produjo otro efecto en ella que apaciguó su remordimiento. Con esa caricia se silenciaron las crueles voces que, incesantemente, señalaban los defectos y debilidades que le impidieron evitar que Shapner arriesgara su vida al protegerla. No sabía cómo era posible, pero el rubio conseguía tranquilizar su cordura aliviando sus pesares y recriminaciones.

Y Videl, buscando más de aquel tóxico veneno, se aferró a la chaqueta de Shapner como si este fuera un salvavidas que la mantenía a flote en un mar repleto de acusaciones. No hubo pasión ni desenfreno, sólo eran dos jóvenes compartiendo un modesto beso que para él tuvo sabor a gloria y que para ella fue un placebo que le permitió seguir mintiéndose a sí misma.

Permanecieron así hasta que se agotó el aire en sus pulmones obligándolos a separarse, y al hacerlo, ambos lucían rostros con matices muy distintos uno del otro: Shapner no podía esconder la inmensa felicidad que lo invadía por tenerla sólo para él. Videl, sencillamente, miró al piso sin tan siquiera sonreír pensando que Ireza y Gohan debían estarse preguntando por ella.

– Tengo que irme ya, nos vemos mañana–distanciándose de él, Videl se despidió de Shapner enrumbándose de regreso a la escuela a toda velocidad.

– ¡Videl, aguarda un segundo! –sintiendo un extraño vacío en el ambiente, Shapner gritó su nombre por instinto.

– ¿Sí? –lejos de Shapner, Videl le vociferó en la distancia.

– ¿Te parece bien si tenemos nuestra cita mañana después de las clases? –muy impaciente, Shapner no quería perder ni un segundo más.

– Claro, no hay problema–y sin más que alegar, Videl corrió como si el demonio la persiguiera desapareciendo al cruzar la puerta de la escuela dejando a un solitario y meditabundo Shapner.

Apurándose en llegar a la biblioteca donde Gohan e Ireza la esperaban, Videl miraba su reflejo en los cristales de los pasillos comprendiendo de un hecho que, drásticamente, le dio un vuelco total a sus reflexiones: ella tenía una gran deuda con Shapner. De no haber sido por él y su milagrosa intervención, hubiese muerto en aquel bar al recibir ese disparo que iba dirigido hacia ella.

Shapner no sólo le ayudaba a olvidarse del Gran Saiyaman; sino también, que él era el motivo por el cual aún continuaba viviendo. Videl era capaz de enumerar, una por una, todas las ocasiones en que Shapner se esmeró en persuadirla con el fin de invitarla a salir. Y en cada una de esas oportunidades, Videl lo ignoró desterrándolo a la fría tierra del desamor.

A pesar de sus buenas intenciones, no cabía duda que Shapner no era la elección correcta para ella. Aún así, y sabiendo que no miraba a Shapner como éste la veía, Videl le restó importancia a su obvia incompatibilidad dispuesta a saldar su cuenta pendiente con él, a su vez, que rehuía de los fantasmas que cierto héroe plantó en ella al no conseguir resolver el enigma de su identidad.

La lástima y la soberbia eran, innegablemente, una destructiva combinación.


Hija, déjame decirte algo–recordando sus propias palabras, Mr. Satán se escuchó a sí mismo en su cabeza–además de tu apariencia, te pareces muchísimo a tu madre en el carácter. Y como ella, en ocasiones, tomas decisiones muy extremas. Aún eres muy joven, hija, muy joven como para que ya tengas remordimientos atormentándote. Todo eso pasará, pasará y lo superarás, aunque me digas que no, así será. Te lo aseguro no porque sea tu padre, sino, porque ya estoy viejo y he pasado por lo mismo. Es sólo cuestión de tiempo, Videl…

Caminando lentamente y sin rumbo por su gigantesca mansión, el campeón mundial continuaba sumergido en aquella desazón que lo embargaba desde que regresó a casa y se enteró de lo sucedido con Videl. Por más que trató de buscar la forma de remediar tal situación, Mr. Satán no lo lograba sintiéndose frustrado al chocar, literalmente, contra una gruesa barrera invisible.

Desde cierta perspectiva comprendía lo que Videl sentía. Podía experimentar en carne propia la impotencia y la angustia que su hija debió sufrir al no ser capaz de hacer algo por proteger a su amigo. Asimismo, entendía la frustración que abrumó a Videl por no lograr solucionar la incógnita de quién se escondía bajo el ridículo casco del Gran Saiyaman.

– Necesito un trago–hablándose con un murmullo, Mr. Satán se frotó el rostro con sus manos para luego tomarse de su frondoso cabello–mejor que sean dos…

Mr. Satán, erróneamente, dio por sentado que todo era maravilloso en su vida: su carrera como artista marcial iba en crecimiento, sus finanzas eran mejores que nunca y su imagen era el ícono que llenaba de esperanza y paz a la Tierra al considerarlo su héroe y salvador. Aún así, un deber tan elemental como velar por la felicidad de su primogénita, quedó relegado a un tercer plano.

Suspirando con desconsuelo, Mr. Satán detuvo su caminaba en uno de los numerosos pasillos de su residencia, dándose cuenta de un hecho que Videl varias veces le recalcó: ese lugar era demasiado grande para una familia de tan sólo dos miembros. Dicha observación era más que obvia, más que notoria; pero él, enceguecido por sí mismo, nunca se percató de ello.

Mientras Videl dormía en una sección de la edificación, él lo hacía justo en el sector opuesto quedando separados, uno del otro, por más de doscientos metros. Y si bien un inmenso batallón de sirvientes residía junto a ellos, incontables habitaciones permanecían desocupadas sin que ni una sola alma las habitara.

Aquel vacío resultaba ser, cruelmente, la metáfora perfecta para representar lo distanciados que por mucho tiempo lo estuvieron Videl y él. Y justo en ese instante, al tenerla en sus pensamientos, Mr. Satán alzó la mirada descubriendo que, por accidente, se encontraba a unos cuantos pasos de la recámara de Videl. La cual, muy tentadoramente, le llamaba en silencio una y otra vez.

Pese a que no le gustaba la idea de husmear dentro, como padre que era, tenía la necesidad y la obligación de hacerlo. Marchando firme e imparable, el campeón se aproximó a la puerta en cuya superficie se observaba el nombre tallado de su hija. Sujetando el pomo y accionando la cerradura, Mr. Satán se aventuró a entrar asegurándose que ninguno de sus criados lo estuviera viendo.

Una vez en el interior de la alcoba, Mr. Satán se congeló al ver sus alrededores. Aquello, en cierto modo, era como haber entrado en un mundo completamente desconocido. Los muebles y los demás objetos allí colocados daban la impresión de no pertenecerles a Videl, o al menos, a la Videl que se despidió de él semanas atrás antes de irse de viaje.

– ¿Dónde está el saco de boxeo? –Mr. Satán, al no hallar lo que buscaba entre el decorado del aposento, se cuestionó– ¿dónde está?

Aunando a eso, Mr. Satán tampoco encontró una serie de antiguas fotografías donde aparecían su esposa fallecida, él y Videl cuando ésta era una niña. Igualmente, el campeón notó la ausencia del cinturón que Videl recibió como premio por haber ganado el torneo infantil de artes marciales hace unos cuantos años. Trofeo que, tanto para ella como para él, era motivo de orgullo.

Mr. Satán, desconcertado, no resistió el impulso de buscar en cada rincón de la habitación como si estuviese buscando el fantasma de una Videl que, tristemente para él, parecía que no volvería jamás. No obstante, por más intensa y desesperada que fue su búsqueda, Mr. Satán se sentó en la cama de Videl dibujando un rostro desanimado al fracasar miserablemente.

– Las cosas no desaparecen por arte de magia, deben de estar en algún sitio–esforzándose por razonar, Mr. Satán se reclinó apoyando sus codos sobre sus rodillas–todo esto es culpa mía, nada de esto habría pasado si me hubiera preocupado más por Videl.

Y como si la providencia misma desease torturarlo aún más por sus pecados, la voz de Videl resonó en su mente robándose por completo su atención:

Ya te lo dije, no puedo continuar. Tengo demasiada culpa por dentro, demasiada frustración y enojo–el tono de voz de Videl además de sonar punzante y agresivo; sonaba lleno de amargura y tristeza–no puedo seguir luego de no poder hacer nada para rescatar a un amigo que casi muere por mi exceso de confianza. Siempre me creí la mejor, que no había situación que no pudiera manejar, que la suerte me sonreiría eternamente, pero al ver las consecuencias de mi incapacidad de reaccionar me convencí que nadie en esta ciudad me necesita.

Haciéndolo sentir más culpable todavía, las evocaciones no se detuvieron.

Si el Gran Saiyaman hubiese estado en ese momento, estoy segura que él hubiera controlado sin problemas aquel predicamento. Pero él no estaba allí, la que estaba era yo y fallé, fallé–pese a ser un recuerdo, Mr. Satán podía ver con claridad a Videl recriminándose a sí misma frente a él–entiéndeme, por favor papá, necesito alejarme de todo por algún tiempo, necesito olvidarme y arrancar esa sombra de heroísmo que han colocado sobre mí. Necesito ser alguien normal, alguien que cuya existencia sea irrelevante.

– ¿Olvidar? –Cuestionando ese punto en las afirmaciones de Videl, Mr. Satán frunció el ceño al tratar de dilucidar lo que ella quiso decir con eso– ¿alejarse de todo?

Sintiendo un electrizante chispazo, Mr. Satán se levantó en un santiamén tirándose al piso teniendo una fuerte corazonada. Y dejándose guiar por ese augurio, el campeón dio un vistazo debajo la cama de Videl palpando con sus manos el suelo hasta toparse, finalmente, con un viejo baúl de madera que con sinceridad no recordaba.

Mr. Satán, halándolo hacia afuera, se arrodilló ante éste ansioso por mirar su misterioso contenido. Y al abrirlo, vio justamente lo que esperaba ver cuando entró en el dormitorio de Videl. Frente a sus ojos se encontraban aquellas pertenencias que con anterioridad decoraban las paredes, eran posesiones irreemplazables con un gran valor sentimental para para él y Videl.

Con sus palmas envejecidas fue sacando, uno por uno, tales tesoros que la mismísima Videl al ser víctima de un intenso ataque de furia, deseó arrancar de su ser desterrándolos al olvido. Escudriñando con más calma y profundidad, Mr. Satán se topó con otras cosas que él nunca antes había visto y que le hicieron enmudecer al sumergirlo aún más en sus cavilaciones.

– ¿Qué es todo esto?

Si bien, una enloquecida Videl destruyó muchísimas de las evidencias que recolectó para descubrir quién era el Gran Saiyaman, algunas de éstas lograron salvarse sin que Videl lo notara. Y Mr. Satán, lleno de curiosidad, las examinaba imaginándose a su hija estudiándolas, una a la vez, como si su propia existencia dependiera de resolver tal acertijo.

De entre los pocos recortes de periódicos que sobrevivieron a ser destruidos, Mr. Satán le prestó más cuidado a una página de un diario cuyo titular decía: Lo hizo de nuevo, el Gran Saiyaman salva el día. Dicha publicación, era ilustrada por un retrato del superhéroe que le sonreía ampliamente a la cámara, y en el artículo que acompañaba la imagen se elogiaban las habilidades del justiciero.

Sin embargo, los comentarios halagadores del reportero no le interesaron al campeón, sino, que fueron las anotaciones escritas por Videl lo que sí se apoderó de la atención de Mr. Satán. Con un bolígrafo rojo Videl señaló algunos detalles del reportaje, a los cuales, les lanzaba innumerables cuestionamientos muy razonables y lógicos que, al parecer, sólo le importaban a ella.

¿Quién demonios eres?

Esa frase en particular se repetía múltiples veces por toda la extensión de esa hoja de papel, como si ésta fuera una especie de catarsis que ayudaba a Videl a liberar parte de su rabia acumulada. Anteriormente, Videl le comentó sobre su cruzada personal por desenmascarar al Gran Saiyaman, y Mr. Satán, conociéndola, imaginó la pasión que la motivó a hacer tal cosa.

Aún así, el campeón no le daba crédito al exagerado ímpetu que Videl le depositó a tal propósito. Y ahora, al atestiguar tal tenacidad, a Mr. Satán le era aún más fácil asimilar porqué a Videl el sabor del fracaso la golpeó tan profundamente, llegando a desmoralizarla al grado de querer renunciar a facetas que ya formaban parte íntegra de su vida y de su personalidad.

Empero, aún quedaban más descubrimientos por realizar. Dejando a un lado aquel documento, Mr. Satán se pasmó al ver abandonados en ese cofre dos elementos fundamentales que definían a Videl: sus botas y sus guantes. Esas prendas de vestir eran inseparables para ella, siempre las llevaba consigo negándose a reemplazarlas.

– ¿Qué le han hecho a mi niña? –afligido, el campeón mundial apretó con fuerza el par de guantes negros que Videl solía usar.

Obsequiándoles una mirada nostálgica, Mr. Satán fue transportado a una época que yacía en el lejano pasado. Un pasado que le hizo revivir buenos y felices momentos en compañía de su esposa e hija. Cuando ellas, y solamente ellas, eran lo único que le bastaba para ser verdaderamente feliz. Un pasado donde, el dinero y las riquezas, aún no surgían para corromperlo y enceguecerlo.

Tratándose de un sencillo trabajador en una fábrica de fundición de metales, el futuro campeón caminaba por las atestadas avenidas citadinas sin provocar ni un alboroto, pasando desapercibido por los demás transeúntes. De todos modos, en aquel entonces, su principal preocupación era ser el pilar que sostuviera a su creciente y pequeña familia.

Era muy joven cuando contrajo matrimonio, y si bien sintió temor al enterarse que se convertiría en padre, Mr. Satán fue amoldándose a sus nuevos deberes sabiendo que éstos valían la pena al volver a casa y ser recibido por un par de amplias sonrisas. Aquella estampa se repetía cada noche: Videl lo esperaba mientras su madre peinaba con delicadeza sus largos cabellos azabaches.

Ya llegué…

¡Papá!

Hija…

Saliendo disparaba hacia él, Videl se arrojó a sus brazos que la apretaron con vigor al abrazarla. Su esposa, por su parte, se le aproximó dándole un beso suave en los labios invitándolo a sentarse en la mesa para cenar. No importaba que su salario no fuera muy alto, ni tampoco que vivieran en una módica vivienda rentada. Una taza de sopa caliente y la cercanía de ambas, era suficiente.

Era afortunado en demasía, más de lo que sospechaba. Y tristemente para él, lo comprendería ya muy tarde.

¿Otra vez estás tosiendo? –Interrumpiendo la cena, un insistente tosido obligó a Mr. Satán a preocuparse por su esposa quien tomaba un abundante vaso de agua buscando alivio–esa tos tan insistente me preocupa, no creo que sea un simple resfrío. Será mejor que visitemos a un médico.

No te alarmes, sólo es un poco de tos. Ya verás que sólo es algo pasajero.

¿Estás bien, mamá? –Videl, mirándola, le consultó.

Sí hija, sigue comiendo.

Saboreando otra cucharada, Mr. Satán guardó silencio confiando ciegamente en las palabras de su esposa. Aunque, en el fondo, le era imposible evitar sentir una punzada en su pecho que daba la impresión de ser un mal presagio. Y ella, conociéndolo, notó su rostro pensativo llevándola a cambiar el tema de conversación para restarle relevancia a su recurrente malestar.

Hija, tengo un regalo para ti–su madre, idéntica a ella, sacó de entre sus ropas un pequeño paquete decorado con un listón rojizo–te conozco muy bien, Videl. Sé que no eres como las otras niñas que sueñan con juguetes y mascotas. Y esta mañana, cuando salí de compras, te compré algo que va más acorde con tu forma de ser.

No sabiendo de qué se trataba dicho regalo, Mr. Satán presenció cómo Videl abría el paquete con gran impaciencia descubriendo su contenido. Dentro, Videl halló un par de guantes de cuero negro que, instantáneamente, le dibujaron una gran sonrisa a la niña quien se apresuró en colocárselos descubriendo que le quedaban grandes.

Sé que no son de tu talla, pero los compré así para que puedas usarlos por muchos años–sonriente, su madre le explicó–algún día, cuando hayas crecido un poco más, te ajustarán a la perfección.

Gracias mamá.

De nada, hija.

Mr. Satán, enfocándose en su primogénita, la vio juguetear con su obsequio confirmando lo señalado por su mujer: Videl no era como las demás niñas. Ella poseía una mezcla de cualidades que la volvían una en un millón, pero más importante aún, tal carácter la transformaba un verdadero tesoro para él. Y queriendo lo mejor para ella, él se animó a confesarles un secreto.

Quisiera decirles algo a las dos, no lo había mencionado antes porque primero quería estar seguro.

¿Qué pasa, ocurre algo malo?

No, no. No es algo de qué preocuparse, puedes estar tranquila.

¿Entonces? –su esposa, interrogándolo con suspicacia, lo miró con su penetrante mirada. Una mirada que Videl, en su adolescencia, emplearía como su arma más letal–explícate, qué ocurre.

Años atrás, cuando nos conocimos, te dije que siempre deseé tener la oportunidad de participar en un torneo de artes marciales–haciendo a un lado su plato vacío, Mr. Satán era escudriñado por dos pares de curiosas retinas azules–de niño veía los torneos por la televisión fantaseando con ser uno de los muchos participantes que competían allí. Y bueno, como bien sabes, desde hace unos meses, he estado practicando y entrenando mucho porque al fin haré realidad mí sueño.

¿Qué? –Incrédula, ella no sabía qué decirle– ¿hablas en serio, no bromeas?

Te aseguro que no es una broma, hablo con toda honestidad.

No entiendo–Videl, perdida en la charla, se giró hacia su padre quien la invitó a acercársele.

Luego de ahorrar dinero por mucho tiempo, tengo pensado pagar la cuota de inscripción del siguiente torneo de artes marciales y participar–sentando a su hija en sus piernas, él se volteó a ver a su esposa quien aún no reaccionaba–sé que todo suena muy repentino, pero confía en mí, lo he estado planeando desde hace mucho.

Sigo sin saber qué decirte, me tomas por sorpresa con esta noticia–reclinándose en la mesa de madera, ella no disimuló sus inquietudes–no me malinterpretes, sé muy bien que siempre has querido participar en un torneo de artes marciales pero dentro de unas semanas debemos pagar el alquiler; además, hay una larga lista de cuentas pendientes que no hemos pagado.

Lo sé, lo sé–extendiendo un brazo sobre la superficie de la mesilla, él la tomó de la mano acariciando el anillo de matrimonio que le colocó en su boda–no sólo hago esto por mí, sino también por ustedes dos. Tal vez no consiga ganar el primer lugar, pero si logro entrar entre los primeros tres lugares ganaría mucho dinero. Pagaríamos las deudas que tenemos y podríamos comprar una casa propia.

No sé, no sé–insegura, le devolvió el apretón de manos– ¿pero y si pierdes, si no consigues entrar entre los tres primeros lugares, qué haremos?

Lo haré, ya lo verás. Lo haré.

Tal vez habían pasado muchos años desde aquella plática, pero Mr. Satán no olvidaba el semblante que su esposa le ofreció al entregarle toda su confianza. Una confianza que, semanas más tarde, se vería recompensada cuando un auténtico milagro se produjo ante los millones de espectadores que asistieron para presenciar aquel torneo.

¡Ganó, ganó! –Una frenética y ruidosa Videl, gritaba a los cuatro vientos viendo a su padre en la televisión– ¡mi papá ganó, él es el nuevo campeón!

Teniendo el apoyo de su mujer e hija, Mr. Satán entrenó arduamente en el jardín de su modesta morada recordándose a él mismo que su apuesta era muy arriesgada; aún así, se mentalizó solamente en triunfar. Mr. Satán, ilusionado, no consideraba ni remotamente dar marcha atrás y mucho menos al ver a una curiosa Videl mirándolo entrenar, día tras día, al volver del trabajo.

Y fue justo allí, cuando un espíritu apasionado y ardiente por los combates germinó en ella, motivándola a sumergirse de lleno en aquel mundo. Imitándolo y con inexperiencia, Videl lanzaba furiosas patadas al aire ganándose la admiración de su orgulloso progenitor. El cual, sumamente feliz, compartió con ella sus conocimientos descubriendo que Videl era un diamante en bruto.

Atónito, Mr. Satán presenció como Videl, si bien con leves fallos, lograba realizar los movimientos que él le instruía al practicar juntos. Su esposa, viéndolos desde una ventana, también se alegraba al ver a Videl disparando puñetazos al viento como si estuviese peleando contra un enemigo invisible. Con tal imagen, él se lo reafirmaba en sus adentros: Videl era especial.

Aquello, sólo era una pincelada de la futura justiciera de Ciudad Satán. Una justiciera que, en la actualidad, parecía haberse esfumado para siempre.

¡Qué! –su madre, oyendo sus gritos, se le acercó congelándose al ver la pantalla del televisor– ¡no lo puedo creer, no lo puedo creer!

Llegada la hora y con muy poco en sus bolsillos, él se marchó esperando ganar lo suficiente para retribuirle la fe que ambas depositaron en él; sin embargo, jamás sospechó lo que terminaría sucediendo sobre la amplia plataforma del torneo. Y al recordarlo, aún sentía como su piel se erizaba al evocar el momento más glorioso y sublime de su carrera deportiva.

¡Sí, papá ganó…ganó!

¡Tu papá es el campeón, es el campeón!

Robándose los elogios y el asombro de todos en aquel estadio, un novato Mr. Satán fue avanzando en las diversas fases de clasificación consiguiendo escalar hasta la gran final, donde se enfrentaría con el vigente campeón. No fue nada fácil, nada. No obstante, al mantener en su mente las caras de Videl y su esposa, su fuerza se multiplicó por veinte permitiéndole tocar la gloria.

Cientos, miles de personas celebraron el nacimiento de una nueva leyenda. Todos lo hacían, todos menos el mismísimo Mr. Satán quien apenas iba asimilando lo ocurrido. A partir de ese instante, para bien y para mal, dejó de ser un don nadie. Aquel título trajo consigo las bendiciones que esperaba, y a su vez, otras maldiciones disfrazadas de fortunas que tocaron a su puerta.

La prensa, en primer lugar, asiduamente lo buscaba para que contara su historia. Y con los diarios publicando su imagen, los patrocinios llenaron su billetera haciendo que pudiera comprar lo que su imaginación quisiese. Las deudas y las cuentas atrasadas se desvanecieron de su horizonte, convenciéndolo de hacer lo que fuese gracias al poder del dinero.

¿Aquí vamos a vivir?

Sí Videl, este será nuestro hogar.

Después de su inesperado triunfo y con su reputación creciendo exponencialmente, Mr. Satán cumplió su promesa dándole a su familia el hogar que él siempre quiso ofrecerles. Pero no se conformó con una residencia común, no, él compró la mansión más grande que existía en la ciudad deseoso que ésta fuera el reflejo de su ascendente prestigio.

¿Qué te parece, no es una belleza? –Abrazando a su esposa por los hombros, él le preguntó al besarla en una mejilla–nunca más nos volveremos a preocupar por pagar un alquiler, ni por pedir dinero prestado para pagar deudas. Ahora viviremos como lo merecemos.

Todo esto ha sido como un sueño, no termino de creerlo.

Créelo, mi amor, créelo. Y esto es apenas el comienzo.

Y así lo fue. Aquello era como un cuento de hadas, como si una bruja o un mago hubiese chasqueado los dedos concediéndoles cualquier cosa que deseasen. Aunque Videl no se maravillaba de tal infinita riqueza como sí lo hacía su padre. Ella, sin cambiar su forma de ser, ignoraba tales comodidades dedicándose sólo a mejorar y pulir su estilo de pelea.

Tratándose del flamante campeón, a Mr. Satán le agradó que Videl deseara convertirse en una luchadora, así se construiría un nuevo linaje de artistas marciales que orgullosos llevarían el apellido Satán. Si bien su esposa temía que Videl sufriera algún accidente por sus intensas sesiones de entrenamiento, él la tranquilizaba diciéndole que Videl era una señorita de acero.

Señorita.

¿Cuándo fue que empezó a usar ese término para describirla?

¡Videl…Videl!

¡Estoy aquí, papá!

Videl, a pesar de estar notoriamente agotada, pateaba sin parar un pesado saco de boxeo llenando el ambiente con el sonido de sus potentes puntapiés. Entrando poco a poco en su pubertad, a Mr. Satán le dolía admitir que ya no era su niña. Videl, a pasos agigantados, se iba convirtiendo en toda una mujer igual de hermosa que su madre.

Ella dedicaba todo su tiempo a entrenar y a nada más. No se le veía salir con amigas ni divirtiéndose como lo hacían otras chicas de su edad. No. En la cabeza de Videl no existía nada más que volverse más fuerte superando sus límites. Mr. Satán, por su parte, no se lo impidió. Al contrario, constantemente buscaba rivales para ella pusiera a prueba sus habilidades.

Videl, al fin te encuentro.

Hola papá.

Imagino que has estado entrenando mucho–viéndola disparar incontables patadas, le comentó.

–jadeante, Videl no dejó de acelerar su ritmo.

Ya veo, venía a decirte que el cocinero ya preparó la cena. Tu madre ya está en la mesa, vamos.

¿Por qué viniste a decírmelo tú? –Le cuestionó Videl, al detenerse para voltearse a mirarlo–pudiste habérselo pedido a una sirvienta.

Ni siquiera intentaré inventar una excusa, aunque lo intentara descubrirías que no es verdad–riéndose levemente, Mr. Satán sacó a relucir la astucia de su hija–vine a buscarte porque tengo un regalo para ti.

¿Un regalo? –Desconfiada, frunció el ceño al observar la caja que él sostenía en sus manos– ¿no se tratará de otro de esos horribles vestidos que quisiste comprarme aquella vez, o sí?

No, no se trata de ningún vestido–entregándole la caja, Mr. Satán le sonrió–te prometo que es algo que te gustará, tu madre me ayudó a escogerlas.

¿Qué es? –abriendo la tapa, la pelinegra lo interrogó pero su voz se esfumó al ver lo que había ahí adentro.

Ojalá te gusten, esas zapatillas que usas ya están muy viejas–mirándola boquiabierta por su regalo, Mr. Satán se cruzó de brazos dibujando una sonrisa–seguí otro de los consejos de tu madre, las compré de una talla más grande para que puedas usarlas por más tiempo.

¡Están fantásticas, gracias papá!

No se trató de un elegante atuendo ni de unas costosas joyas, sino que se eran de un par de botas que no lucían ni casualmente femeninas. Eran un calzado más robusto y pesado, perfecto para una guerrera como ella. Impaciente, Videl se quitó sus zapatos para colocarse aquellos botines sintiendo como estos se volverían más que inseparables para ella.

Ahora vamos a cenar, tu mamá nos espera.

Lastimosamente para ambos, aquella sería la última vez que cenarían juntos.

Perdóname, nunca me preocupé lo suficiente por ti.

No, la culpa es mía. Siempre te dije que no le prestaras atención a mis padecimientos, no tienes porqué sentirte culpable.

Lo que años antes inició como una leve tos, se agravó llegando al extremo de provocar la inmediata hospitalización de su esposa al ver como su vida se apagaba sin remedio. Los médicos, examinándola en el acto, descubrieron que se trataba de una infección tan avanzada que ya los antibióticos y medicamentos eran ineficaces e inútiles.

Furioso, poseído por la negación, Mr. Satán se resistió a la idea de dejarla ir. Por ello, y usando su chequera al máximo, contrató a los galenos más reconocidos del mundo esperanzado en revertir tan lúgubre pronóstico. A pesar de sus millonarios esfuerzos, la negligencia y la despreocupación cobraron una inalcanzable factura que dolosamente no era capaz de costear.

No, esto no puede estar sucediendo. No puede ser.

Tienes que escucharme, escúchame–respirando con una inmensa dificultad, ella se esforzaba por hablarle con claridad si bien su voz iba apagándose–quiero que me prometas que cuidarás a Videl, que estarás con ella siempre. Dentro de unos años será toda una mujer, por eso aconséjala, mantente cerca de ella y guíala. Videl no es ninguna chica indefensa, ella sabe cuidarse sola pero aún así debes estar con ella.

Yo te prometo que la cuidaré; pero por favor, no te despistas. No lo hagas.

Confío en ti, cuida a nuestra hija–mirándolo al rostro, le brindó una última sonrisa–no lo hayas a olvidar nunca: ella es tu mayor tesoro…

No te vayas, quédate. Te lo suplico, quédate.

Sufriendo una aplastante impotencia, Mr. Satán no pudo hacer nada más que mirar como la mujer que le entregó su corazón en su juventud se desvanecía ante sus ojos humedecidos. Y allí, frente al cuerpo inerte de su esposa, Mr. Satán le reclamó a todas las deidades del universo por su desdicha pero eso no remedió su dolor. Ella se fue dejándole un vacío que sus riquezas no llenaban.

Fue tal su zozobra por su pérdida, que Mr. Satán trató de llenar con licor aquel agujero en su alma. Buscó refugio en los brazos de otras mujeres, pero estas sólo le daban falsa felicidad al solamente interesarle su dinero. Videl, por otro lado, al sentirse abandonada por su padre, sanó a su manera la herida que la muerte de su madre dejó en ella, encerrándose en sí misma con cruel dureza.

– Y ahora por mis descuidos, Videl está perdida por culpa de ese maldito Gran Saiyaman.

Observando de nuevo los guantes y botas que significaron tanto para ella alguna vez, Mr. Satán se puso de pie dándole al techo un vistazo suplicante.

– Cómo desearía que estuvieras aquí con nosotros, tú nunca hubieras permitido que esto ocurriera.

Se sentía desesperado y frustrado, no tenía ni la más mínima idea de cómo quitarle a Videl aquel remordimiento que cargaba en su espalda. Pensó y pensó pero no ningún pensamiento claro se cristalizaba en su mente, y al maldecir en su interior, una imagen mental se plasmó en su cabeza haciéndole recordar lo dicho por Videl el día anterior al confrontarla.

– Debo hablar con ese chico, tal vez él pueda ayudarme–pensando en Shapner, Mr. Satán se acercó a una ventanilla cercana contemplando el atardecer en la lejanía–ya no puedo seguir perdiendo el tiempo lamentándome, tengo que hacer algo. Y al final, ese charlatán disfrazado de payaso de circo pagará las consecuencias. No dejaré que salga impune de esto.

Evocar el pasado revivía antiguos pesares; aún así, por más doloroso que fuese, hacerlo también ayudaba a curar los males del presente.


Lo intentaba, realmente lo intentaba, pero por más que se esforzaba no lo entendía. Ireza, al borde de tirar la toalla, mordía con fuerza el lápiz que sujetaba entre sus dientes. Su mirada permanecía clavada en su cuaderno analizando, una y otra vez, el problema matemático que Gohan le pidió resolver luego de darle unos cuantos consejos.

Desesperada, ansiosa por hallar la respuesta a tal acertijo aritmético, la rubia consultó en sus apuntes descubriendo, para su infortunio, que seguía sin comprender. Tal cosa le recordó que la prueba se realizaría en unos días más, si reprobaba de nuevo sus padres la matarían. No tenía duda de ello. Necesitaba sacar una buena calificación; de lo contrario, le diría adiós a su mesada.

– ¡Diablos! –Ireza exclamó con gran molestia–si no apruebo ese maldito examen no podré ir de compras al final del mes.

Golpeando la mesa con enojo, Ireza volteó su vista hacia el reloj que colgaba en una de las paredes de la biblioteca. Comprobando la hora, la jovencita de cabellos dorados constató que ya habían pasado treinta minutos desde que Gohan, ansiosamente, se retiró al sanitario prometiéndole que no se demoraría mucho en regresar. Sin embargo, él aún no volvía.

– ¿Dónde demonios se metió Gohan? –Rabiosa, la chica se cruzó de brazos–se suponía que me ayudaría a estudiar.

Suspirando con resignación, Ireza se reclinó sobre su asiento tratando nuevamente por solucionar el desafío ante ella. No obstante, toda su atención se desvió hacia la entrada cuando varios pasos frenéticos llenaron de ecos el ambiente. Videl, llegando muy apresurada y agitada, se presentó en el lugar encaminándose hacia la solitaria rubia que se alegró al verla.

– ¡Videl, gracias al cielo llegaste! –Levantándose de su silla, Ireza se le acercó–ya me sentía muy sola aquí, el muy desconsiderado de Gohan se fue hace mucho y no ha regresado.

– ¡Qué dices! –Jadeante por haber corrido, Videl respiraba con rapidez–y yo que me apresuré porque creí que los estaba retrasando.

– No te preocupes, de todos modos sigo sin entender nada de nada–con tristeza mezclada con rabia, Ireza le afirmó–estudiar con Gohan era mi última esperanza, pero creo que reprobaré el examen. Las matemáticas no son lo mío.

– ¿Y adónde se fue Gohan? –Videl, quitándose su mochila y colocándola junto a la de Ireza, se puso cómoda en una butaca vacía.

– Dijo que iría al baño.

– Dale tiempo, ya sabes que cuando va al baño se desaparece por una eternidad.

– Cierto, recuerdo cuando me decías que creías que él era el Gran Saiyaman.

Ireza, sin quererlo ni planearlo, con ese comentario tocó una fibra sensible en su amiga provocando que, antiguas sospechas e ideas que ya daba por muertas, resucitaran por un santiamén. Dichas sospechas, ganando un ímpetu sobrehumano, se esparcían por sus pensamientos como si se tratasen de un tsunami que arrasaba con todo a su paso.

Las miles de evidencias que recolectó por meses estremecieron su memoria al pensar en ellas, haciéndola recordar cuán empecinadamente persiguió cualquier indicio que aquella escurridiza sombra dejaba detrás de sí. Las analizó y las estudió con pasión, unió incontables cabos sueltos ansiosa por descubrir quién era el individuo que se escondía debajo de aquel disfraz tan ridículo.

Y allí, ensimismada y callada, las voces dentro de ella regresaron para torturarla con más preguntas:

¿Por qué Gohan se evaporaba sin explicación con tanta frecuencia?

¿Cómo lograba viajar desde tan lejos sin usar una aeronave?

¿Acaso él sí era el Gran Saiyaman?

¡Basta!

Explotando, Videl gritó llena de furia ordenándoles a esos murmullos que se callaran. Pero tal cosa no funcionó obligándola, irrentablemente, a recurrir al único método que conocía que sí conseguiría silenciarlas: Shapner. Y al recordar el más reciente beso que compartieron hacía un momento, Videl sucumbió ante el efecto somnífero que él producía al apagar su sensatez.

– ¿Videl, estás bien? –Notando su repentino comportamiento introvertido, Ireza le cuestionó con preocupación–te pusiste muy pálida de repente.

– ¡Ahh, sí…sí, estoy bien! –Girándose para que Ireza no la viera, Videl la eludió buscando sus libros de texto dentro de su mochila–continuemos nosotras dos.

– Pero necesito que Gohan regrese pronto–Ireza pensaba concentrarse de nuevo en sus estudios cuando, instantáneamente, recordó la conversación entre Videl y Shapner queriendo saber qué sucedió–Videl, ahora que lo recuerdo… ¿cómo te fue con Shapner?

– Ya se me hacía extraño que no me preguntaras al respecto–tomándose de su larga melena azabache, Videl le replicó.

– Me conoces–Ireza se carcajeó un poco–además, luego de lo que hablamos más temprano, definitivamente quiero saber cómo terminó todo.

– No sé por dónde empezar.

– Sólo di lo más importante, ve directo al grano.

– Pues, en ese caso–titubeó con vergüenza; aún así, Videl prosiguió–hablamos del beso que nos dimos en el hospital, le expliqué que no me sentía del todo segura sobre qué significado tenía y…

– ¿Qué te dijo Shapner? –Interrumpiéndola con impaciencia, Ireza se moría por tener más detalles.

– Me dijo lo mismo que siempre me ha dicho: que está enamorado de mí desde la primaria, que quiere que salgamos juntos–irremediablemente, un tenue sonrojo se adueñó de la tez de sus mejillas sin que pudiera evitarlo–no me dijo nada nuevo ni diferente.

– ¿Y qué le dijiste luego? –Curiosa y muy chismosa, como es su naturaleza, Ireza fue intensificando el interrogatorio– ¿le explicaste que querías tiempo para pensar las cosas?

– Sí, se lo dije. Shapner me aseguró que no pretende presionarme, me rogó que le diera una oportunidad para estar con él–jugueteando con una de sus coletas, la otrora justiciera de Ciudad Satán intercambió miradas con su amiga blonda–se comportó igual que en el hospital, fue amable y muy tranquilo. Ya no se parece en nada al Shapner que conocí hace mucho, es otro hombre completamente.

– Sí, es otro Shapner. Es obvio que haber recibido ese disparo lo cambió, es la única explicación que se me ocurre para este comportamiento.

– Pienso lo mismo.

– ¿Pero dime, de qué más hablaron?

– No mucho, para ser sincera–humedeciendo sus labios secos, la pelinegra siguió platicándole–le confesé que el beso, por muy inesperado que fue, no me desagradó. Y eso lo alegró mucho, tanto que me invitó a salir mañana en la tarde después de clases.

– ¿En serio? –Sumamente intrigada, Ireza se quedó boquiabierta–yo sospechaba que te pediría algo así pero no tan pronto.

– Yo imaginaba lo mismo, pero al final terminé aceptando su invitación luego de besarnos de nuevo–comprendiendo ya muy tarde que habló de más, Videl blasfemó mentalmente.

– ¡Espera un segundo, espera un segundo! –Agitando sus manos, Ireza la señaló con un dedo– ¿estás diciendo que volvieron a besarse, se besaron otra vez?

– Sí, pero no subas la voz–apenada, Videl revisó sus alrededores deseando que nadie haya escuchado los gritos de Ireza–aunque admito que no fue como el beso del hospital, ese estuvo mejor.

– ¡Lo veo y no lo creo! –Omitiendo su petición, la rubia volvió a hablar con mucha fuerza al no poder contenerse–Videl Satán hablando de besos y chicos, debo anotar la fecha de hoy, sin duda es un día histórico.

– ¡Ireza!…–una pizca de su sarcasmo natural se percibió en ella al pronunciar su nombre, aquello era un vestigio que hacía sospechar que la Videl de antaño aún existía muy dentro de ella.

– No te enojes, no te enojes. Sólo bromeaba.

– Lo sé, pero por ahora no quiero bromas.

– Discúlpame, ya no lo haré más–dibujando una expresión seria en sus facciones, la rubia suspiró al darle una hojeada a su cuaderno–voy a decirte lo mismo que te dije cuando me contaste lo que pasó en el hospital, así que perdóname si sueno como un disco rayado: sabemos que Shapner está loco por ti, lo sabemos de toda la vida pero quién realmente me inquieta eres tú, Videl.

– ¿Yo?

– Sí amiga, tú. No eres la primera ni la última mujer en el mundo que no sabe qué hacer con un chico, a todas nos pasa. Pero, de todo corazón, espero que te sientas mejor contigo misma–empática y comprensiva, Ireza le afirmaba con suavidad–ya aceptaste darle una oportunidad, y no lo veo nada mal. Haz el intento, sólo así te darás cuenta cómo son las cosas en realidad. Piénsalo, tal vez Shapner y tú tengan una bella relación que dure muchos años o toda la vida, pero no lo sabrás a ciencia cierta si no lo intentas.

– Lo entiendo, lo entiendo. Tienes razón.

Con falsedad, Videl le regaló una inocente sonrisa que logró engañar a Ireza haciéndola creer que todo iba por buen camino. En contraste, la ojiazul le pedía perdón en sus adentros por no confesar toda la verdad. Volteándose con rapidez, Videl fingió que leía una de sus libretas donde varias ecuaciones matemáticas se apoderaron de su atención.

Su vida era, precisamente, como una ecuación. Una de las variables era el Gran Saiyaman, un individuo cuya existencia la forzaba a plantearse infinitas interrogantes que no sabía responder. El otro factor a considerar era Shapner, quien al estar enceguecido por su amor por ella anulaba al superhéroe al sacarlo de su cabeza, logrando así, aliviar su culpa y sus remordimientos.

Ellos eran las representaciones perfectas de ideales irreconciliables, y a la vez, ambivalentes. Dos fuerzas que chocaban una contra la otra luchando por destruirse mutuamente, y en el proceso, convirtiéndola a ella en parte del daño colateral. Y siendo tal cosa, Videl aceptó comprobar personalmente si era cierto que el fin justiciaba los medios. Por muy cruel que eso sonase.

En su corazón no había ningún lugar reservado para Shapner, nunca lo hubo ni lo habrá. Sin embargo, indiferente de las consecuencias, Videl fingiría que sí lo tenía.

– ¡Dónde diantres está Gohan!

Ireza, sin imaginarlo, ignoraba que en ese preciso instante Gohan ya no existía más. Iracundo, él le cedió su puesto a su álter ego. La capa roja del Gran Saiyaman ondeaba tranquila al ser movida por la brisa, y descendiendo lentamente hasta tocar el suelo con sus pies, el heroico personaje salido de las historietas caminó pausado y firme hacia el chico que le miraba sin miedo ni vacilación.

Shapner, sintiendo cómo su odio hacia él maduró por completo, fue acercándosele hasta pararse frente a él al encontrarse cara a cara con el superhéroe. El rubio no se preguntaba de dónde salió ni cómo supo que estaba allí, solamente clavó su mirada en él esperando que éste diera el primer golpe que sería el principio del fin.

– Tú y yo tenemos que hablar.

– Sí, es cierto. Ya es hora de aclarar muchas cosas.

Y fue allí cuando la fiebre se transformó en ira, una ira que volvía a los más nobles en hombres crueles.

Fin Capítulo Diez

Hola, muchas gracias por leer otro capítulo de este fic, se los agradezco mucho. Estoy seguro que varios de ustedes ya pueden ver con más claridad las intenciones de Gohan, Videl y Shapner. Cada uno de ellos siente culpa, furia y frustración por diferentes factores que, al irse acumulando, los han enceguecido tanto que quieren resolver sus problemas del modo equivocado.

El mayor ejemplo de esto es Videl, ella está tropezando con la misma piedra una y otra vez. Como dije en el primer capítulo, esta historia es el hermano gemelo del fic: Lo malo de ser un héroe. En ese fic Gohan se deja llevar por sus emociones cometiendo actos que, en el fondo, le producen un gran conflicto ético y moral. Pero sobre todo, personal.

Y ahora, con Tras la sombra de un indicio, trato de hacer el mismo experimento pero siendo Videl quien tenga ese conflicto interno. Ella, a pesar de sus grandes cualidades, es un ser humano. Y como tal tiene defectos, y por lo tanto, comete errores. Videl es mi chica favorita por su gran heroísmo y valentía, por ello; aunque se vea extraño, quiero verla levantándose y reivindicándose.

Me duele tratar así a Gohan y Videl, pero no todas las historias sobre ellos tienen que ser un lecho de rosas. Espero que este bizarro fic les guste, ojalá que sí. Ya para irme, les doy las gracias a Vanessa neko chan, Guest, HnW, ScarDreamer, Ferunando, Majo24, y a Linkyiwakura por sus comentarios en el capítulo anterior.

Gracias por leer y hasta la próxima.