EL DESTINO

Gracias, ella123456. Todo se vera jeje

Un saludo a mis lectores, que disfrutéis de este capitulo.

La siguiente fase que afectó a la Casa de las tejedoras fue menos sorprendente para las empleadas que la anterior, pues la mayoría había llegado ya a la conclusión de que el nuevo nombre era para ocultar el verdadero propósito del edificio, en vista de la visita del doctor del cuartel. ¿Por qué habría ido allí si no para confirmar la adecuación de la casa como lugar de trabajo?

—Sí, como hospital —les dijo Meg—. Quieren utilizarlo.

—¿Tenemos opción? —preguntó Eneas, que era el menos entusiasta con la idea.

—No realmente. No estoy en posición denegarme, Eneas. Me temo que tenemos que cooperar. Podría ser mucho peor. Tendré que ir a reunirme con el emperador para saber más detalles, pero, como yo lo veo, necesitan un lugar cercano a mano y tan grande como éste para asistir a los pacientes. Ahora hay muchos más soldados y no hay suficientes camas en el hospital del fuerte para tratarlos a todos. Tampoco hay suficientes médicos. No os preocupéis, no tendréis que coser heridas ni amputar miembros. El doctor se encargará de eso.

—Lo llaman requisamiento —dijo el cínico Eryx—, aunque al menos tendremos que tratar con menos oficiales calientes para variar. ¿Verdad, señora?

—Probablemente —contestó Meg—, aunque no sé si tendremos oficiales o soldados rasos. Mientras tanto, necesitaremos todas las habitaciones de abajo. Vosotros os alojaréis todos arriba. Tal vez podamos empezar con eso ahora mismo.

—Su habitación no, ¿verdad? —preguntó Menestre. Meg sonrió y arqueó una ceja, recordando. Para ella había sido una noche energética en la que había saboreado la fuerza del tribuno y su grado de deseo por ella. Ahora ya sabía dónde se encontraba su deseo y cómo desatarlo.

—No, mi habitación no —dijo ella—. Ve a abrir la puerta, Eryx. Ya habrá muchas mujeres fuera esperando. Espero no tener que rogar para mantener mi consulta abierta. Sus miedos no fueron confirmados, pues el emperador Severus no era el tirano vicioso que le habían hecho creer.

En vez de eso, era un hombre alto, elegante y gentil, de piel oscura con pelo gris y un poco de barba. Oyó su tos reseca incluso antes de verse, y supo inmediatamente lo mucho que debía de dolerle. La vida había transcurrido con rapidez desde la última visita de Meg a los cuarteles, donde pareció que varios de los soldados de servicio la recordaban lo suficiente para reverenciarla a su paso. Junto a Hércules, caminó por el pasillo en el que se encontraban las monstruosas estatuas de Marte y Júpiter.

Rodeados por la Guardia Pretoriana, un grupo de hombres se encontraba junto a una tarima al otro extremo; uno de ellos era el doctor, otro iba envuelto con más túnicas de lo normal y una bufanda extra, los demás llevaban las túnicas militares cortas, calzones y capas. Meg pensó que eran centuriones, aunque cada vez costaba más reconocerlos con tantas versiones del uniforme corriente, dependiendo del país de origen.

La conversación cesó y todos se giraron para ver cómo se aproximaba junto al tribuno, seguidos de Menestre, Eryx. Uno de los hombres se aclaró la garganta.

Un hombre desaliñado y despeinado con barba negra se acercó a la luz, y Meg vio con cierta molestia que llevaba una de las capas que le había enviado al hijo del emperador. «Ya le ha dado una a un hombre así», pensó. «Menudo desperdicio».

El emperador, envuelto en muchas túnicas, saludó a Hércules y a Meg. Era un hombre práctico, un soldado ante todo sin pretensiones.

—Señorita Megara —dijo con un resuello. Incluso con un saludo tan breve, comenzó a toser incontroladamente.

—Señor —dijo Hércules dirigiéndose al individuo desaliñado—, le presento a la señorita Megara, dueña de la Casa de las tejedoras —entonces se giró hacia Meg —. Su excelencia Kaeso , hijo del emperador Severus Karus. "Qué desaliñado". Pensó Meg

—Excelencia —dijo ella.

—Señorita —dijo Kaeso—, ¿no lleva usted sus propias capas?

Hubiera sido guapo si se hubiera bañado, afeitado y peinado.

—No un día como hoy, señor. Estoy acostumbrada, y ahora estamos casi en verano. Pero es un honor que usted lleve la capa.

—Mmm. Es la mejor que he visto jamás. Llevo lo que es mejor para cada propósito, sin importar la moda. No tengo tiempo para arreglarme, pero sé si algo es bueno cuando lo veo. El tribuno Hércules parece estar de acuerdo conmigo —la sonrisa que se dirigieron pareció indicar que hablaba de algo que no era la ropa.

Durante las cortesías que siguieron, Meg observó al padre y al hijo juntos. A juzgar por el número de veces que el emperador se refirió a su esposa, que seguía en Roma, le quedó claro a Meg que echaba de menos el confort que le habría proporcionado.

—Oh, no… no —contestó a la pregunta de Meg sobre su pecho—. No es nada, señorita. Su medicina me está haciendo bien. Ah, veo que ha traído más. Excelente. Muchas gracias —antes de terminar de hablar, la tos lo atacó de nuevo.

Aprovechando eso como excusa para saltarse el protocolo, Meg corrió un riesgo que, pocos días antes, habría sido suicida. Una no tocaba a un emperador sin su invitación. Agarrándole el codo, lo condujo a un banco de piedra cercano y lo sentó mientras tosía.

—¿Permite que le ayude, señor? —preguntó ella mostrándole las manos vacías—. Creo que puedo.

Con la cara roja y jadeando, el emperador asintió, secándose el sudor de la frente con la mano.

—Mi médico… —comenzó a decir.

—Obviamente es un incompetente, o ya habría solucionado esto hace tiempo —dijo Meg—. Estése quieto, señor. Puede que sienta calor, o puede que no. No hable, si lo desea. Necesito concentración —se colocó tras él y colocó las manos en su cintura, moviéndolas lentamente hacia arriba—. ¿Puedo quitarle la toga, señor? —preguntó, sabiendo que todos sus movimientos estaban siendo observados y que todos tenían la mano derecha sobre la empuñadura de una daga.

El emperador asintió, quitándose la toga exterior y la bufanda, casi exhausto con el esfuerzo de respirar. Una vez más, Meg colocó las manos en él y comenzó a deslizarlas hacia sus hombros y luego hacia abajo, masajeándole los pulmones. Luego se colocó frente a él, comenzando por el cuello y bajando hacia el pecho y manteniéndolas donde sabía que el dolor era más intenso.

El emperador tenía los ojos cerrados; el sonido de sus pulmones fue disminuyendo poco a poco; su respiración se relajó y el rojo de su piel se transformó en un color más normal. Abrió los ojos y la miró como si acabara de despertar de un sueño.

—¿Puedo sentarme, señor? —preguntó ella.

—Por favor, sí.

—¿Puedo examinar sus ojos?

—Por supuesto —se giró hacia ella como un niño y permitió que le levantara un párpado tras otro para verle los ojos.

—¿La lengua, señor?

Obedientemente, el emperador sacó la lengua.

—Gracias. Su dieta, señor. ¿Aceptará algunos consejos?

—Desde luego.

—Entonces, por el momento, evite la carne roja. El pollo, el pescado, el marisco y los huevos son buenos. Beba sólo leche caliente de cabra, no de vaca. Produce menos mucosidad y lleva menos enfermedades. Coma también manzanas. Una al día. Para beber, tome zumo de ortigas y agua de cebada. Se la enviaré todos los días. Bébasela toda. También le enviaré una pomada para el

pecho y prepararé más medicina para que tome por la mañana, y otra para la hora de acostarse y poder dormir bien. Mantenga el cuerpo caliente y no haga muestras de vigor, por el momento.

El emperador le dirigió una sonrisa y asintió. Luego respiró profundamente, como para probar sus pulmones, y sus ojos se llenaron de alivio.

—Señorita —dijo—, no puedo describirle lo que he sentido. El dolor se ha ido. Puedo respirar. Por todos los dioses.

—Y ahora, señor —dijo ella observando sus brazos pesados—, tal vez debiera seguir el ejemplo de Kaeso y llevar mangas largas y una capa caliente hasta que se acostumbre al clima. ¿Quiere que le mande una de lino y piel? ¿De castor? ¿De armiño de invierno?

—Sería un honor llevar una de sus capas, señorita, como hace mi hijo. Señores —dijo el emperador poniéndose en pie—. Señorita Megara recibirá lo que desee. Es una auténtica sanadora, no uno de esos que sólo hablan de orina. ¿La utiliza usted, señora?

—¿La orina? Bueno, sí, señor. Es un buen indicador.

—¿De qué?

—De problemas que haya dentro del cuerpo. Se pueden leer las señales.

—No he tosido —dijo el emperador—. ¡No he tosido!

—No, señor. No toserá. Pero también le enviaré calcetines. No puede andar por aquí con los pies fríos.

—¡Vaya, mujer! —exclamó echándose a reír—. Es usted tan mala como mi mujer. Tenga cuidado, Hércules. Aquí tiene a alguien que puede medirse con usted —le dio una palmadita a Hércules en la espalda—. Vamos, tenemos que hablar del nuevo hospital en esta casa. Está más que cualificada, tribuno. No tenía por qué preocuparse en ese sentido.

La mirada de rabia de Meg hacia Hércules fue interceptada por todos menos por él, que estaba mirando inocentemente hacia las vigas. De modo que las risas fueron previsibles.

Pero, tras sentarse y discutir sobre el número de pacientes, las infecciones oculares, los problemas respiratorios, los convalecientes y todo lo necesario, por fin Meg encontró la oportunidad de hablar en su favor.

En respuesta a la pregunta del emperador, dijo:

—Sí, señor, hay algo más que deseo.

—Sólo tiene que decirlo.

—Antes de comenzar a cuidar a sus hombres, me gustaría que liberase a los ciudadanos de Atenas que están prisioneros. El silencio cayó como un pesado manto a través del cual sólo pudo oír el trino lejano de los pájaros, el eco de las pisadas y un caballo relinchando en los establos

cercanos; y sintió cómo Hércules se agitaba incómodamente.

—Ah —dijo Severus—. ¿Y qué significan esos hombres para usted, señora?

—Son compatriotas, señor. Algunos son amigos, maridos de mujeres que trato, y algunos están emparentados con gente que trabaja para mí. Y no creo que dejar que se mueran de hambre sea la mejor manera de encontrar al hombre que busca.

—¿De verdad? —preguntó Severus—. ¿Y cuál cree que es la mejor manera de encontrarlo?

—Si permitiera dejar el asunto en mis manos, Severus, creo que podría descubrir dónde ha ido. Me cuesta creer que alguien ayudase a escapar al hombre que mató a mi ayudante personal. Admes era muy popular. No habrían hecho una cosa así. Habrían estado demasiado sorprendidos por lo ocurrido. Según tengo entendido, el hombre al que buscan es grande e imparable, y los hombres de Atenas no permanecerían callados defendiendo a un bárbaro capaz de defenderse solo. No es piedad lo que pido, señor, sino que pruebe un método diferente. Al fin y al cabo, eso es lo que he hecho yo con su persistente tos. He probado un método diferente. A veces eso trae resultados más rápidos. Es una apuesta. Requiere confianza.

—Si no tuviera a una mujer excepcional como esposa, señorita Megara —dijo el emperador tras un silencio casi insoportable—, me costaría trabajo creer que esas mujeres existen más allá de nuestras fantasías. Son escasas en realidad. Una sanadora. Una mujer de negocios. Piensa como un hombre. ¿Qué más hace, señorita?

—¿Qué más, señor? Oh, también puedo pensar como una mujer, cuando tengo que hacerlo. Y ruedo encontrar una cura mejor para los problemas oculares de sus hombres que la que tienen actualmente. Si le garantizo curarlos en la mitad de tiempo, ¿liberaría a los prisioneros? ¿Hoy?

Sintió de nuevo cómo Hércules se alteraba. Nadie negociaba con el emperador y salía intacto.

—Señor, le pido perdón en su nombre —dijo él. Severus apenas lo miró.

—Kaeso —le dijo finalmente a su hijo—. Le he dicho a la señorita Meg que podría tener lo que necesitase. ¿Cómo catalogas esta petición? ¿Como una necesidad o como un ruego por ser laureada?

—Como ambos, señor —dijo Kaeso sin dudar—. Cualquiera, hombre o mujer, que pueda curar a mi padre con tanta convicción merece un reconocimiento de igual magnitud, sobre todo si es algo que nos cuesta tan poco. Y, si mis hombres vuelven a estar bien en la mitad de tiempo, merece más la pena que las vidas de esos prisioneros miserables. Liberémoslos para que sigan con su trabajo y que la señora Meg comience inmediatamente. Sí es tan eficaz en eso como

parece serlo en otros aspectos, obtendremos resultados enseguida.

—¿Crees que debemos imponer un límite de tiempo?

—No, señor. Con el debido respeto, a veces los límites de tiempo pueden ser contraproducentes. Megara no se aprovechará. No le interesa eso, ¿verdad? —se giró hacia Meg, mostrándole la crueldad latente en sus ojos.

Severus asintió y miró a Hércules.

—Tiene una mujer extraordinaria aquí, tribuno. ¿La consiguió con facilidad?

—Al contrario, Severus. No puede ni imaginárselo.

—Sí que puedo. Me alegra que esté con nosotros, no contra nosotros —se puso en pie sin saber el efecto que sus palabras habían tenido en ella—. Los prisioneros serán liberados, señorita, y comenzaremos a mandar pacientes a su casa en cuanto nos diga que está preparada.

El tema de los prisioneros comenzaba a perder interés, y el asunto de sus hombres ganaba prioridad. Sin embargo, el emperador era aún consciente de la reciente experiencia física que había colocado su poder personal en un contexto muy diferente, transformando su actitud inicial hacia Meg en la de un viejo marido indulgente.

Por tanto se mostró preocupado y sorprendido al ver en la distancia cómo el tribuno agarraba a su amante por el brazo y la arrastraba con fuerza detrás de una columna, donde sus voces se alzaron durante unos momentos. Un potente grito del tribuno acabó con la discusión, y entonces vio cómo Meg caminaba firmemente a su lado con paso militar.

Desde todos los puntos de vista, su encuentro con el emperador y su hijo había sido agotador, y terminarlo con una pelea con Hércules había sido demasiado para Meg. Contenta por haber conseguido más de lo esperado, también había logrado enfadar a Hércules negándose a admitir su temeridad. Aunque habría podido pasar sin su innecesaria censura.

Se había marchado con una cara de severidad que se había negado a suavizar incluso ante Eryx y, cuando Meg salió de su habitación más tarde y atravesó el jardín, éste se acercó a ella.

Meg se sentó en el muro del pozo mientras el ex gladiador se aproximaba.

—Los hombres serán liberados —dijo ella—. Y eso nadie me lo va a quitar. Sé que fue un riesgo, pero ha merecido la pena. Si has venido a decirme otra cosa, no quiero oírlo.

—Lo sé, señora, pero el tribuno parece no estar de acuerdo —dijo Eryx ignorando las órdenes—. Tal vez eso demuestre lo mucho que la valora. Estaba asustado, como todos.

—¿Asustado? ¿De ese viejo enfermo?

—Ese viejo enfermo y su hijo no toleran bien las ofensas al protocolo. El tribuno lo sabe tan bien como el resto de nosotros, y no es del emperador del que tiene miedo, sino de lo que puede ocurrirle a aquéllos que le llevan la contraria. Que es lo que hizo usted. Y además una mujer. Podrían haberla enviado también con los presos. ¿No se dio cuenta?

Meg se puso en pie, dispuesta a marcharse.

—Aun así habría merecido la pena el intento. Me debía un favor, Eryx. Él sabe lo importante que era al igual que su hijo, y lo que olvidas es que, como mujer, no represento amenaza para él. En ese momento, necesitaba una mujer, una curandera, y yo estaba allí. No me habría hecho daño.

—¿Le ha dicho eso al tribuno?

—Por supuesto que no. Lo único en lo que él podía pensar era en que no comprendo las formas, que nadie negocia con el emperador. Todos le tienen un miedo de muerte.

—No, señora. Ya se lo he dicho. Él tenía miedo por usted.

Había más cosas que no podían decirse. Meg se había ofrecido además a buscar a Adonis y a decírselo al emperador, y eso era algo por lo que Hércules había esperado obtener reconocimiento. Ella le había pasado por encima. No la había acusado, pero sabía que eso era lo que más le molestaba. Eryx se equivocaba, estaba segura.

—No, Eryx —susurró—. Tenía miedo por él, no por mí.

Eryx sabía que no debía discutir con su señora cuando estaba a punto de llorar.

—Es usted la mujer más valiente que conozco —dijo—. Los comandantes siempre gritan a sus hombres después de muestras de coraje a causa del riesgo. Es miedo. Créame. Y resulta que yo sé que el tribuno la admira —no le dio opción de responder. Para cuando Megse hubo recuperado de la sorpresa, ya estaba alejándose por el jardín, haciéndole gestos a Eneas, que se aproximaba, para que se mantuviera alejado.

Las noticias no tardaron en expandirse, y aquélla a la que más le gustaban los chismes era Alcina. Conocía a Meg personalmente. Sería la primera en hacerle una visita, afirmando una asociación que aumentase su reputación como dama de la alta sociedad. Meg estaba en la consulta mezclando grasa de pato con tuétano en un cuenco, con una imagen muy alejada de la de su refinada amiga. Se limpió las manos en el delantal cuando entró Alcina.

—Alcina, querida —dijo—. Adelante.

—¿Qué diablos estás haciendo? —preguntó Alcina arrugando la nariz.

—Un ungüento para el pecho. Es urgente.

—No puedo creerlo —dijo su amiga echándose hacia atrás tras echar un vistazo al ungüento rosáceo—. Todo el mundo está hablando de ti, Meg. ¿Sabías que eres la heroína local?

—¿Cómo se ha enterado la gente?

—Mi Tito —dijo Alcina cerrando los ojos con orgullo— fue el encargado de liberarlos. Él estaba allí cuando exigiste al emperador que los dejase ir. ¿Lo viste?

—¡Dios, Alcina! —exclamó Meg agarrando a su amiga por hombros—. Yo no lo exigí. ¿Es eso lo que va contando a la gente? Por el amor de Dios, harás que me arresten. Díselo, Alcina.

Alcina se rió.

—No, querida, soy yo. Ya sabes cómo exagero. Pero aun así has conseguido que los liberasen. Los tendrás aquí haciendo cola para darte regalos en cualquier momento. Dividida entre el alivio y el miedo ante la visita de su amiga, Meg decidió aprovecharse de su popularidad, por breve que fuera, y le habló a Alcina de Hércules y de los desagradables acontecimientos desde su último encuentro. Se frotó las manos y comenzó a llenar un tarro de madera con el ungüento con el emperador.

— Alcina, querida—dijo—, no digas tonterías. No harán eso. Escucha, llevo tiempo queriendo contarte algo… algo que te afecta a ti… y a mí —no iba a ser fácil.

Tendría que ofrecerle a su amiga algo para aliviar su decepción.

—Si se trata del tribuno Hércules no sé qué, puedes ahorrarte las molestias — dijo Alcina—. Me olvidé de él enseguida. Le gritó a mi Tito y a mí no me gusta la gente que grita. Puedes irte con él, Meg, querida.

—¿Entonces lo sabes? ¿Cómo?

—¿Cómo? —preguntó Alcina frunciendo el ceño—. Tengo los ojos y los oídos abiertos, nada más. Y mi Tito me cuenta lo que ocurre. Además, todo el mundo sabe que el tribuno está loco por ti, y que no podía seguir viniendo a una casa de mujeres, así que hizo que la cambiaran por…

—¡Alcina, para!

—¿Qué?

"No, deja que continúe", pensó Meg. "Puede que ya no tengamos que informar a Hemón de los chismes de los oficiales, pero aún están los de las mujeres. Y los de Alcina. Deja que hable".

—No repitas esa tontería, por favor —dijo ella mentándose junto a su amiga—. No es así en absoluto.

—¿Entonces cómo es?

—Es un acuerdo de negocios, más bien. El cuartel necesita mi casa como hospital y piensa que yo necesito su protección, como tu Tito piensa que necesitas la suya. Y yo no quiero negarme porque es útil para mí, como ayudar al emperador y poder pedirle un favor. La relación sólo durará hasta que el tribuno termine su trabajo aquí. Me sentiré aliviada cuando se vaya. Nunca deseé que ocurriera nada de esto, Alcina.

—No, nunca has deseado a un hombre, ¿verdad? No como yo —dijo Alcina riéndose—. Yo deseo uno todo el tiempo. Puede ser muy embarazoso. Pobre Tito.

—¿Quieres que te dé algo que te ayude?

—Oh, sí —dijo su amiga riéndose—. ¿Podrías? Me gusta que Tito lo haga con la armadura, pero me produce rozaduras. Mira… aquí —se levantó la túnica y le mostró a Meg unas marcas rojas en la cara interna del muslo—. ¿Tienes un ungüento para esto?

Meg aún estaba riéndose una hora después con las historias sexuales de Alcina sobre los barracones, cortesía de Tito, así como de otros cotilleos sobre la ciudad y detalles sin importancia que enviar a Tebas. Cuando su amiga se hubo ido, los regalos ya habían comenzado a llegar: un corte de ternera enviado por la mujer del carnicero, dos ánforas de vino del bodeguero, una caja de velas de cera de abeja del cerero y una visita de la mujer del zapatero, que llevó su cinta métrica para medirle el pie a Meg.

Otros fueron y vinieron con palabras de agradecimiento y tributos mientras que Meg luchaba por resolver sus siempre conflictivas lealtades, pues ninguna parecía merecer la atención que les estaba dando.

Su hermano, había demostrado ser descuidado, despiadado y poco de fiar. Y, ahora que Telémaco ya no era el mensajero, no parecía haber razón para no dejarlos a su suerte, como ellos parecían estar haciendo con ella.

Hércules era romano y enemigo, sin importar los sentimientos que tuviera hacia él, y la utilizaba con propósitos ambiciosos y esperando que traicionara a su gente. ¿Pero seguían siendo su gente? ¿Cuánto le importaban a ella los habitantes de Tebas? ¿Acaso seguía importándole lo que le ocurriera Adonis? ¿Por quién se preocupaba más? Y, aunque aún tenía los medios para enviarle información a Hemón, ¿debería faltar a la palabra que le había dado a Hércules y hacerlo? ¿Se enteraría él? ¿Y qué había de la información que había prometido encontrar para el emperador? Recordó la mirada amenazante de Kaeso, dándose cuenta con tristeza de que, a cada momento, su propia conciencia quedaba a un lado a favor de los hombres y los acontecimientos.

Llevó al recibidor de la entrada el paquete con las medicinas, el ungüento y las bebidas y lo colocó junto a una capa de lino que en principio había reservado para ella de cara al otoño. Encima yacían dos pares de calcetines grises de lana.

—Busca una cesta para poner esto —le dijo a Menestre—, y que Eneas compruebe las etiquetas. No quiero que haya errores. Luego Eryx y tú podréis llevarlo a la casa del emperador.

Sus preocupaciones con respecto a la promesa sobre el paradero de Adonis eran moderadas mientras Eryx se alejaba con los regalos para el emperador Severus.

Lentus, el comerciante, saludó a los dos mensajeros y siguió su camino escaleras arriba hacia la entrada. Miró a su alrededor, observando la ropa de cama y el ajetreo de sirvientes.

—¿Qué sucede aquí? —le preguntó a Meg en el comedor.

—Mi querido Lentus —contestó Meg, que ya estaba acostumbrándose a la pregunta—, bienvenido a la Casa de las tejedoras.

—¿La casa de qué?

Con una sonrisa, Meg se acercó para darle un beso en las mejillas.

—Lo siento, mi buen amigo —dijo ella—. A nosotros también nos ha pillado por sorpresa. Ven aquí. Bebe algo de vino conmigo y te lo contaré.

AChilles y un esclavo llevaron galletas y vasos, una jarra con vino, un par de zapatillas para Lentus y un cojín extra para su espalda, y Meg le contó lo que había ocurrido durante su ausencia más allá de la muralla recogiendo pieles de sus suministradores.

Lentus se quedó a cenar con ellas, y aún estaban riéndose con sus historias cuando Achilles se acercó y le susurró un mensaje a Meg. Ésta se excusó y lo siguió hasta el recibidor de la entrada, tratando de disimular los gestos de risa de su cara, aunque podía oírse desde donde estaba su invitado.

En el momento del encuentro, las risas de Lentus alcanzaron un volumen exagerado, seguidas de las de Eryx y Menestre.

—¿Hércules? —dijo Meg.

—Tienes invitados —dijo él mirando más allá—. No debería haber venido. Como una madre con su hijo, quiso reconfortarlo, pero aún estaba triste y confusa por lo que había oído desde la mañana, y su orgullo femenino no encontró razón alguna para mostrarse compasiva.

—Sí —dijo sin más.

—Entonces me iré, señorita Megara —dijo con voz desprovista de emoción, mientras se daba la vuelta para irse.

"Hércules, vuelve. Vuelve".

Su capa ondeó tras él, y ver cómo se alejaba con la cabeza alta. Meg ya no se molestaría en curar otra herida causada por él; ni por su bien, ni por el de Hércules. La había malinterpretado.

Se agarró a la pared para evitar ir tras él y, cuando reapareció Achilles, sin necesitar una explicación para la brevedad de la visita, Meg se bebió el vaso de vino que le ofreció de un solo trago y regresó junto a sus amigos y su invitado.

Aquella noche, el dolor en el pecho fue intenso, llenándola de terror. Pero se dijo a sí misma que sería mejor acostumbrarse, pues así sería siempre: desearlo, odiarlo, amarlo…

Había llovido mucho durante la noche y, los chubascos habían ido acompañados de un gran vendaval que había levantado los tejados, desenganchado las verjas y tirado los árboles, llenando los caminos de barro.

Dos mujeres habían caminado durante la noche y, al amanecer, se habían subido a un carro lleno de vasijas con aceite de oliva y salsa de pescado, llegando Atenas cuando los tenderos luchaban con las puertas de sus comercios, medio inundados por la lluvia, que no era más cálida en mayo que en diciembre.

La más joven de las dos mujeres sólo había tenido que preguntar una vez dónde encontrar la casa de señorita Megara, pero el esfuerzo de caminar esos últimos metros por la calle había sido demasiado para la mayor, y el propio comerciante de los aceites la había llevado a través del patio hasta la terraza.

Eryx, sin tener idea de sus identidades, estaba a punto de dirigirlas hacia la nueva consulta al lado del patio cuando la más joven, sin aliento por el cansancio, consiguió levantar la voz por encima del viento.

—La madre de Meg —gritó tapándose con la capa—. Yo soy su hermana. Por favor, déjenos pasar.

Sin mayor dilación, Eryx tomó a la mayor en brazos junto con sus pertenencias y las introdujo en la casa, dando instrucciones a un atónito Achilles.

—Ve a buscar a la señora, rápido. ¡Son su madre y su hermana!

No había habido tiempo de preguntas entonces, pues Eurídice estaba demasiado enferma y Adriana demasiado aliviada como para hablar con dientes temblorosos. Y Meg entro asustada y sorprendida a la vez.

—Toallas calientes —les dijo a sus sirvientes—, mantas y leche caliente.

Preparad las camas en la habitación doble que hay junto a la mía. Achilles, trae braseros, y lámparas también. Menestre, necesitan comida. Algo suave, por favor.

—Me encargaré de ello —dijo Menestres—. Eryx, trae a la mujer por aquí. Vamos, señora, deje sus zapatos mojados aquí. Alguien los secará.

—Tienes un bonito lugar aquí —susurró Adriana—. ¿Es todo tuyo, Meg?

Meg eligió no contestar a eso.

—Vamos, querida, ahora estás a salvo. Has venido al lugar indicado. En cualquier caso, aquello era tan diferente a lo que Adriana estaba acostumbrada que iba con cuidado de no pisar las caras de los mosaicos del suelo.

Mientras la lluvia seguía, a Meg y a sus ayudantes les quedó claro que la huida de su madre y de su hermana . Las metieron en la cama, les dieron de comer. Se quedó dormida poco después.

Cuando Adriana estuvo con la cabeza recostada en la almohada, el pelo limpio y la cara tranquila, contemplando cada detalle con sus ojos violetas, Menestre y los demás se dieron cuenta de lo mucho que se parecía a Meg. Salvo por la complexión más delgada, unas pocas canas grises y unas cejas muy finas.

De hecho, era dos años mayor que Meg, aunque la vida dura y las disputas emocionales con su marido le habían echado varios años encima. Su único hijo, le había sido entregado a su hermano Hemón en adopción, como era costumbre, pero ya no había tenido más hijos y no le habían permitido ponerse en contacto con él.

Cuando su madre, había ido con ella desde Tebas tras la muerte de Creonte, las cosas se habían vuelto más fáciles. Pero la salud de Eurídice había empeorado y su hermana no tenía las habilidades curativas de Meg.

Tras realizar el último vendaje de la mañana. Meg comenzó a limpiar la nueva consulta, ordenando que preparasen más infusión de ortigas para la medicina diaria del emperador. Los fuertes vientos, empeñados en arrancar las flores del árbol del jardín, provocaron una tormenta de pétalos que giraban violentamente sobre los guijarros del suelo y bajo las pezuñas de un enorme caballo blanco, cuyo jinete saltó al suelo antes de que el animal se detuviese.

Le pasó las riendas a uno de sus esclavos, subió los escalones de la terraza y desapareció

dentro de la casa.

—Será mejor que vaya —dijo Meg quitándose el delantal.

Hércules se giró bruscamente cuando entró. Tenía la cara empapada y el pelo y los hombros oscurecidos por la lluvia. A primera vista, le quedó claro a Meg que su humor no había variado, que la rabia seguía latente entre ellos como si nunca hubiesen sido amantes, como si hubieran caminado hacia atrás, cuando apenas sabían nada el uno del otro.

Con arrepentimiento, Meg se dio cuenta de que sabía tan poco de él como había sabido entonces, salvo que nunca sería suyo. Habría ido con alguna información que darle, o con más exigencias, y tendría que rezar a los dioses para poder hacerlo sin atragantarse con la mentira.

—¿Hércules? —dijo apartándose el pelo de los ojos.

—Saludos, señorita Megara —le entregó la capa húmeda a Achilles mientras hablaba con la impaciencia que Meg estaba aprendiendo a ver como característica, como si no pudiera estarse quieto el tiempo suficiente para un saludo cortés. Ella hizo lo mismo, lanzando su capa con una floritura aún más dramática.

—Saludos, Hércules —dijo ella pasando frente a él. Sus sandalias mojadas volaron por el suelo hasta aterrizar bajo un sofá—. Eres bienvenido. Por favor, entra. Habrás venido por mis noticias, claro. Dale al tribuno algo de vino, Achilles.

Se dirigió al otro extremo del comedor. No era propio de ella mantenerse enfadada tanto tiempo, ni responder ante las pequeñas provocaciones. Agarró un chal de lana del respaldo de su silla y se lo puso sobre los hombros, negándose a darse la vuelta ante los pasos tranquilos y pausados que Hércules debía de pensar que no podría oír. Podría haber oído el estornudo de un murciélago o el suspiro de un sapo; podía sentir su intransigencia, pero no se atrevió a hablar primero; ella, que siempre había sabido qué decirle a un hombre.

—He venido para decirte —dijo él— que lo he arreglado todo para que vayamos a Atica y al cuartel que hay más allá de la muralla para visitar los hospitales con el doctor. Puede que no sea conveniente para ti, pero…

—No es conveniente —dijo ella—. Tengo invitados.

—Sí —dijo él—. Eso he descubierto. ¿Se han quedado toda la noche estos invitados?

—Eso es asunto mío —dijo ella. Hércules le colocó la mano en el hombro con fuerza, girándola para que mirara sus ojos brillantes en los que, a pesar de toda su sensibilidad, no reconoció el dolor de los celos.

—Entonces tendrá que ser también asunto mío —dijo él—, dado que recordarás un acuerdo que harías mal en ignorar. ¿Quiénes son los hombres que han pasado la noche aquí?

Furiosa, levantó el brazo y le quitó la mano de encima.

—¿Acuerdo? ¿Así lo llamas? Bueno, entonces será mejor que oigas la verdad, aunque desee algo más excitante. Los dos hombres que cenaron aquí fueron Eryx y el comerciante Lentus, al que ya conoces. ¿Ahora lo entiendes? Los dos invitados que han llegado al amanecer eran mi madre y mi hermana.

Como verás, mi virtud está intacta. Han acudido a mí buscando cobijo después de que se les acabara su alquiler —pensando con rapidez, esperó que Hércules no intentara verificar su historia y que su hermana confirmase haber ido a Atenas de una ciudad desconocida—. Mi madre está enferma y mi hermana está agotada. Están allí… —señaló con la cabeza hacia la puerta—… durmiendo. No puedo dejarlas para ir a ver hospitales. El doctor tendrá que decirme lo que necesite saber.

—Te pido perdón —dijo él mirando hacia otro lado—. Pensé que… pensé…

—Me sorprendes —dijo ella—. Podría haber jurado que no. Tal vez debas dejar los pensamientos a otros si eso es lo mejor que puedes hacer.

En vez de contraatacar, que era lo que pensaba que haría, Hércules pareció digerir su comentario y, cuando se quedó mirando hacia la ventana sin hablar, fue como si por fin hubiera desaparecido un obstáculo y pudieran seguir hacia delante.

Meg fue a sentarse y se sintió aliviada cuando Achilles llevó el vino y el agua, dándoles tiempo para recomponerse mientras lo servía.

Hércules dio un trago y dejó su vaso.

—Dices que tienes noticias del hombre que buscamos —dijo evitando su nombre—. ¿Lo sabe ya el emperador?

—Aún no. Puedes decírselo tú, si quieres. Realmente no importa.

Se sentó frente a ella al borde de un sofá, apoyando los brazos sobre los muslos.

—Pensé que sí importaba —dijo—. Fue parte de tu acuerdo con él. Tu información a cambio de la liberación de los prisioneros.

—Así es. Pero, si eso hace que te sientas mejor, que venga de ti. No creo que le deba nada después de lo que hice ayer.

—No se trata de hacer que me sienta mejor —dijo él mirando por encima del hombro para asegurarse de que estaban solos—. Y sigues sin entender el peligro que corriste ayer. Bueno, ahora que nos hemos calmado, te lo diré, aunque no pretendía que lo supieras. Después de marcharnos, hizo que azotaran a una mujer hasta que murió. ¿Te digo su crimen?

Meg abrió los ojos desmesuradamente. Sin palabras, asintió.

—Su hijo pequeño salió corriendo bajo las pezuñas del caballo de Kaeso e hizo que retrocediera. El niño fue ejecutado por un miembro de la Guardia Pretoriana y Kaeso hizo que arrestaran a la madre y la golpearan. Ése es el tipo de hombre al que sirvo, Meg. Y, si mis críticas se hacen públicas, correré un destino peor. Mucho peor. Y no me digas que no puede hacer eso, porque sí puede, y lo hace. Y Severus no hará nada por evitarlo porque su hijo y él comparten el poder. Hay un hermano pequeño. Deberías ver lo mal que se tratan. Jamás lo creerías. Por eso los padres los mantienen separados, pero sólo los dioses saben lo que ocurrirá cuando muera Severus. Probablemente se matarán. Ni el padre ni el hijo tienen compasión, cariño. Y, si piensas que ser curandera, mujer y mi amante te salvará si cruzas la línea, te equivocas. No te salvará. No te enfrentas a hombres razonables, sino a emperadores y, si me hubiera salido con la mía, jamás los

hubieras conocido. Fue el doctor quien les habló de tus habilidades y de tu casa. Yo tuve poco que decir en el asunto.

—¿El medico…? Pensé que eras tú quien lo deseabas.

—Jamás deseé que conocieras a ese vastardo. Vi como te miraba.

De modo que Eryx tenía razón. Hércules tenía tanto miedo por su seguridad que se había sentido tremendamente aliviado incluso antes de abandonar el edificio. Recordó entonces la crueldad en los ojos de Kaeso, esperando que cometiese el más mínimo error, cosa que había estado a punto de hacer. Sintió cómo la sangre se le iba de la cabeza, cómo la habitación comenzaba a dar vueltas y su cuerpo temblaba por el miedo.

—Ven —dijo él ofreciéndole el vaso de vino—. Bebe.

Ella obedeció, colocando las manos sobre las suyas y sintiendo el horror ante la muerte, la brutalidad y el dolor. No comprendía cómo podían ocurrir esas cosas cuando ella había pasado años tratando de mantener sanas a las mujeres y a los niños. ¿Y qué pasaba con el mensaje que tenía que enviarle al emperador, y en el que se suponía que había de revelar el paradero de Adonis a cambio de curar la tos del anciano? ¿Lo habría aprobado Admes, habiendo dado su vida por salvar la de Adonis?

—El mensaje —dijo ella echándose el pelo hacia atrás—. ¿Podrías ayudarme a escribirlo? Luego podrías llevárselo a Severus y mostrarle que mantengo mi palabra.

—Creo que eso sería lo mejor.

Mandó a buscar tablillas de cera y un estilete y, mientras dictaba, Hércules escribía que le habían llegado noticias de muy al norte del muro de que el hombre al que buscaban, conocido como Adonis, había sido hecho prisionero recientemente. Se decía que la cabellera rubia de Adonis ya decoraba el recibidor del rey de Esparta. Hércules se detuvo.

—¿Es eso cierto? —preguntó.

—Sí —contestó Meg sin mirarlo—. Ya está fuera de nuestro alcance — atravesó la sala y regresó poco después con un gran brazalete de oro y esmeraldas que había llevado consigo desde que se marchó de Tebas, el último regalo inútil de su padre. Tenía la marca de Tebas grabada en el diseño—. Mira — añadió entregándoselo a Hércules—. Esto es lo que he recibido como prueba. Adonis lo llevaba en el brazo. ¿Te acuerdas?

—Sí, lo recuerdo bien —dijo Hércules tras examinarlo de cerca—. Al menos, eso es lo que diré —la miró fijamente a los ojos, dejando claro que sabía cuál era la verdad. Después terminó de escribir el mensaje, ató las tablillas y las guardó junto con el brazalete—. ¿Has visto a tu hermanastro desde que se marchó? —preguntó acto seguido.

—No. Telémaco no ha vuelto.

—Cuando lo haga, tal vez puedas decirle que has oído que el emperador está preparándose para dirigir a su ejército más hacia el norte, y que los pueblos locales no serán molestadas a no ser que den problemas. Significaría, por supuesto, lo contrario.

—Se lo diré —dijo ella.

—Bien. ¿Ahora podemos volver a ser amigos?

—¿Es cierto que van a dejar en paz a Hemón? —preguntó ella a modo de respuesta.

—Sí. Eso parece.

—¿Y tú? ¿Tú te irás con el ejército del emperador?

Hércules se levantó con un movimiento rápido y se acercó a la ventana, tensando los hombros y haciendo evidente el conflicto que tenía en su interior. Un terror amenazante se apoderó de Meg al recordar una pesadilla, mientras más allá de la oscura silueta de Hércules, los árboles se balanceaban como espíritus atormentados.

En algún momento, en el futuro, correrían peligro los dos. Él necesitaría su ayuda y ella se vería obligada a quedarse mirando sin poder hacer nada. La premonición estaba en el aire; luego se disipó y Meg sintió el miedo cuando una enorme urraca se posó en la barandilla de la terraza, buscando cobijo del viento. Era una profecía de desastre evidente.

—Que los dioses tengan piedad —susurró ella

—. ¿Qué pasa? —se acercó a él, colocándose detrás para abrazarlo, colocándole las manos en el pecho y sintiendo los latidos de su corazón—. Algo va mal. ¿Adonde vas?

Hércules colocó las manos sobre las suyas y, como no negó sus preguntas ni fingió no saber nada al instante, Meg supo que él era tan consciente de la amenaza como ella.

—Creo que no me voy a ninguna parte —dijo finalmente.

—¿Entonces no te vas con el emperador Severus?

—Es difícil —dijo él acariciándole las muñecas.

—¿Difícil? ¿Quieres decir peligroso?

—¡No! No me refiero a ese tipo de dificultad. Lo difícil es la elección. Marcharme y luchar con Severus y gobernar parte de su ejército es lo que me dará los laureles. Pero mi vida… —suspiró.

Meg se colocó frente a él y le acarició la mandíbula con la mano.

—Piénsalo —susurró—. No hables, sólo piensa. Déjame ver de qué va todo esto.

Hércules no podía detener sus pensamientos, pues habían comenzado hacía meses en la Galia a amargar lentamente sus victorias. Allí, la desilusión había comenzado una vez más a devorar sus ideales desde la llegada de Severus y de su hijo, pero era sobre todo la intolerable depravación de Kaeso y su total falta de respeto por la vida humana los que habían hecho que se replanteara sus ideas de justicia, hasta llegar a cuestionarse cuánto tiempo podría seguir sirviendo a semejante monstruo. Muchos hombres lo hacían, pero eran descerebrados u hombres cegados por la necesidad de poder que no tenían escrúpulos, y Hércules no estaba entre ellos. Ambicioso sí, pero no a cualquier precio.

No si significaba pisotear a gente inocente y quitarles la vida por diversión. Ni siquiera el propio hermano de Kaeso estaba a salvo de él. Algunos de los hombres habían comenzado a murmurar su disconformidad. Otros habían desertado, arriesgándose a recibir una muerte horrible como castigo. Hércules era más afortunado.

—Me darán a elegir —dijo—. Eso es lo único que puedo decirte.

—No tienes que decírmelo —susurró ella—. Puedo verlo. ¿Necesitas ayuda?

—¿Para decidirme? —preguntó mientras la abrazaba—. Oh, cariño… eres una sirena que conduce a los hombres a lagunas profundas con tu canto. Te oigo. No puedo resistirme a ti —deslizando la mano por su pelo, susurró las palabras en sus labios, saboreando su dulzura, recordándole lo que perdería—. ¿Me estás ofreciendo tu ayuda?

—Estabas hablando de lagunas profundas —dijo ella—. Yo conozco una. Tal vez te ayude a aclarar tus dudas.

Hércules la tomó en brazos y la llevó a los baños, donde Meg le quitó la ropa húmeda mientras trataba de zafarse de sus manos. Luego, protestando levemente ante la falta de preparación, fue transportada a la piscina humeante, donde lo rodeó con brazos y piernas, rogando en silencio que nunca se marchara, que nunca le mintiese como se estaba viendo obligada a hacer ella con él.

La superficie quedó quieta, salvo por las delicadas ondas de los dos amantes, mientras se perdían en el calor del agua y en los ritmos primitivos que les hicieron olvidar, aunque fuera por un momento, la premonición anterior y la profecía de la urraca solitaria.

Si Telémaco hubiera seguido con ella, Meg lo habría enviado inmediatamente a Tebas con las noticias de Alcina y las buenas noticias de Hércules. Pero, por razones que no podía explicar ni justificar, no lo hizo, estando a punto de cambiar de opinión varias veces durante el día mientras recordaba el creciente distanciamiento de Hemón. Finalmente, pareció ser menos importante para ella que la nueva responsabilidad que tenía con su madre y su hermana pequeña que hasta Achilles se dirigió a la mujer equivocada.

Meg descubrió que su hermana estaba de acuerdo con la idea de aceptar cualquier cambio que tuviera que hacer, siempre que pudieran quedarse juntas en Atenas. Adriana estaba deseando ayudar como pudiera, aceptando alegremente la oferta de llevar la vieja consulta de la calle. Si Meg quería que dijeran que procedían de otro sitio que no fuera Tebas, no había problema, siempre que le contase algo sobre el lugar.

Aquello no fue lo único que Meg le dijo a su hermana, sino que también le habló de la captura de Adonis, de la lucha contra Admes, de su escape hasta Tebas. Su hermana estaba triste y tenía miedo, pero se mostró filosófica. Le dijo a Meg:

—Algo que ocurrirá seguro ahora es que mi marido no tendrá excusa para retrasar su ataque a Tebas. Lleva años queriéndole quitar a Hemón su influencia. Ahora que nuestro hijo está a salvo con él, mi marido llevará allí a sus guerreros y, después de lo que me has contado sobre nuestro hermano, no será más que lo que merece. Hemón te ha tratado mal, hermana. Hiciste bien en irte.

—¿Incluso aunque eso me lanzara en los brazos del tribuno?

—Eso habría ocurrido de todas formas.