Han pasado dos años... HUUUUUUUUUUUUUUUUUH PERDÓN! Mi vida tuvo varios extreme makeovers que me dejaron pensando en mil millones de cosas diferentes y totalmente alejadas de todo. No tengo más excusas. Disfruten la última instancia antes de la Batalla de la Torre de Astronomía. Gracias por el apoyo y los alientos para que lo continuara. En estos años raros, me pasaba para ver los reviews en un intento de darme fuerza. Ahora con la cabeza despejada puedo volver a escribir. En serio, ojala lo disfruten. -Mihara


"Porque yo entiendo."

Mihara Emiko


-10- Oblimens


Neville no entendía como todo su mundo podía dar una vuelta de 360 grados en un sola noche. Solo había pasado un día desde que hablara con Harry. Había creído que este entendía –al menos un poco- lo que le pasaba a Draco y porqué él estaba intentado ayudarlo.

Ahora estaba de pie en el patio central de Hogwarts, apoyado y sostenido por Luna. Todos los estudiantes y profesores estaban ahí, viendo arriba, el cielo iluminado por el resplandor de la Marca Tenebrosa. Los tintes verdes lo manchaban todo a su alrededor, incluso el cuerpo sin vida de Albus Dumbledore.


Harry estaba sentado aun junto a su cama, en silencio. Luego de que Neville le dijera que ellos podían estar en la misma posición de Draco, el chico-que-vivió se había quedado callado y no había agregado nada más. Los ojos claros de Neville- no, en realidad uno solo de sus ojos, porque el otro estaba oculto por los vendajes todavía. Ese ojo miraba con cuidado el rostro de su amigo, buscando si es que por fin había logrado que comprendiera... Pero no encontró nada.

¿Harry? ―lo llamó, pero el chico no levantó la mirada y todo quedo en la nada cuando la cortina que los rodeaba fue corrida por Madame Pomfrey.

La medimaga los miró por un segundo y le dijo a Harry que fuera a su cama porque necesitaba revisar a Neville y darle algunas pócimas. Harry se puso de pie, sin mirar a Neville y le dijo a Madame que se sentía bien, que quería irse. La mujer lo observó y Neville notó la expresión preocupada que tenía. Ella poso su mano sobre el hombro de Harry y le dijo que luego de revisar a Neville lo atendería y tal vez pudiera irse. Madame desapareció junto a Harry y fue entonces que, con la cortina abierta, Neville notó el resplandor del sol en el piso frente a su cama. Todavía le dolía todo, pero hizo el esfuerzo de estirarse y correr la cortina más cercana a la cama. No recordaba haber visto nunca antes un amanecer tan rojizo como ese. Era hermoso, pero al mismo tiempo le dejaba un sabor raro en la lengua, casi metálico.

Bien Sr. Longbottom ―interrumpió sus pensamientos la medimaga y sacando su varita comenzó a revisarlo. No pareció importarle que abriera la cortina. ¿Tal vez era temprano todavía? La mujer tenía reglas muy estrictas en cuanto a la privacidad de los pacientes: si ella colocaba las cortinas, estas tenían que mantenerse cerradas -aunque estos no lo quisieran-.

Luego de unos minutos revisándolo con su varita, Madame le dijo que regresaría en un momento con sus pócimas. Quedándose solo, otra vez Neville se perdió en pensamientos, sintiéndose levemente preocupado por Harry y aún más preocupado por Draco. Le gustaría poder tener la libertad de ponerse de pie y correr, recorrer toda la escuela de ser posible, para buscarlo.

¿Neville? ―escuchó una voz amable, casi en un murmullo y pestañeó una vez, como alejando la imagen de Draco de su mente.

Profesor Dumbledore ―pronunció el nombre del director y este le sonrió suave.

Siempre le había sorprendido como, aún con la espesa barba blanca, podías notar cuando el profesor sonreía. ¿Tal vez era porque siempre que lo hacía era real? Sus ojos sonreían también, desde atrás de los lentes de medialuna.

¿Cómo te sientes? ―preguntó el mago mayor, acercándose a la cama.

Neville tomó aire profundo, tratando de mantener a raya su emoción. La única vez que el profesor le hablara- No, en realidad ni siquiera esa vez le había hablado a él, solo había dicho su nombre, regalándole los puntos que le faltaban a Gryffindor para ganar la copa de las casas en primer año... Y ahora que recordaba eso se daba cuenta de lo injusto que había sido todo. Es decir, los Slytherins habían trabajado todo el año por sus puntos y por la copa y... ellos también, claro que sí, pero esos últimos puntos que les dieron la victoria habían sido... huh. Estaba divagando otra vez, ¿verdad?

¡Ah! Es―estoy bien. Me siento bien ―aseguró, sintiéndose algo rojo por no estar seguro de si había mantenido al profesor esperando por una respuesta por mucho tiempo. Su expresión no le mostraba enojo, incluso le sonreía aún, con sus ojos y todo, pero de la nada se puso serio y miró sobre su hombro.

Dumbledore se giró un poco y cerró la cortina a sus espaldas, haciendo que la tela blanca brillara por un segundo con un resplandor plateado, justo después de tocarla con la punta de los dedos. Cuando se giró para encararlo de nuevo, Neville notó que el profesor mantenía su otra mano oculta con la larga caída de la manga de su túnica verde agua. Le llamó la atención en ese instante, pero la voz y las acciones del mago lo hicieron olvidarlo casi de inmediato.

Me alegro que te sientas bien ―dijo el director, dando otro paso hacia la cama, viendo a todos lados menos a Neville, estirando la misma mano de dedos largos hasta la mesa junto a la cama, donde aún descansaba la varita del estudiante. Dumbledore tomó la varita, inspeccionándola tan de cerca que le rozaba la punta de la nariz. Neville se quedó callado por un segundo, sintiéndose raro porque, bueno, era su varita. Era algo suyo. Muy personal.

¿Profesor? ―lo llamó y este pareció despertar de sus pensamientos.

Oh, lo lamento. Es solo que hacía tiempo desde que viera una varita con pelo de unicornio ―aseguró y Neville lo miró extrañado. ¿Acaso el director podía ver el núcleo de su varita?

¿Cómo―? ―balbuceó y Dumbledore dejó la varita donde estaba, con cuidado.

Además, hacía mucho desde que viera una varita que tuviera rastros de un Juramento Inquebrantable.

Neville sintió que se quedaba blanco de repente, como si la poca sangre que aún tenía en el cuerpo desapareciera de un solo jalón.

Los Juramentos no están prohibidos, Neville. Solo me pregunto que necesita jurar un joven de 16 años que amerite tanta seriedad y compromiso. Conozco magos adultos que nunca han tomado uno... Y un chico tan joven... ―siguió hablando.

Neville quería desaparecer entre las sábanas de la cama. Seguía sintiendo que el juramento de Draco había sido lo correcto, pero aun así, la presión de este era muchísima. No se arrepentía, nunca lo haría. Solo deseaba poder hacer algo más, pero nada le venía a la mente... incluso el juramento había sido idea de Draco, no suya. Desearía que el rubio Slytherin apareciera y le pidiera algo más, algo que le permitiera probar lo mucho que quería ayudarlo.

Bueno, estamos en tiempos... difíciles ―se atrevió a decir y sintió la garganta seca. No sabía si era por haber hablado tanto con Harry o si era el juramento advirtiéndole que cuidara sus palabras.

Dumbledore asintió apenas, como si entendiera lo que Neville le decía y al mismo tiempo, parecía como si supiera lo que no le decía. Neville nunca había hablado con el Director, pero en ese momento entendió el por qué Harry lo tenía en tan alta estima.

Aunque no fueran tiempos difíciles, hay cosas que siempre merecen el riesgo ―le dijo suave, mirando el tono rojo que aún teñía los ventanales por culpa del amanecer. Por unos segundos el reflejo en los cristales de los lentes no le permitió a Neville ver los ojos del profesor, aunque toda la expresión de su rostro era seria.

¿Quécosas valen el riesgo, profesor? ―le preguntó despacio― ¿La amistad?

Dumbledore volvió a mirarlo como antes y asintió, sonriendo.

Todas las formas que toma el amor. Todas merecen el riesgo ―aseveró. Además, a veces es gracias al riesgo que tomamos o que hacemos tomar a otros, que descubrimos cosas que no sabíamos de nosotros mismos. Cosas importantes. Cosas que merecen la pena ser sabidas y sobre todo, sentidas.

Neville creyó que esa respuesta era mucho más grande que las simples palabras que la formaban. Como una revelación. ¿Un permiso? ¿Aprobación? Siempre había creído que el profesor sabía más de lo que ellos pensaban. Como si pudiera ver a través de ellos. Como si pudiera saber cosas que ellos mismos ignoraban.

Profesor... yo... ―quiso decirle todo, aunque luego el juramento le arrancara la vida. Si podía ayudar a Draco, detenerlo antes de que intentara algo más...

¡Oh, Albus! Una cosa son los estudiantes metiéndose a hurtadillas, ¿pero tú? ―apareció Madame Pomfrey, cargada de botellas de vidrio llenas de distintos líquidos coloridos. Dumbledore la ayudó a pasar a través de la cortina, a pesar de haber sido regañado.

Lo siento, Poppy. Quería ver como estaba el Sr. Longbottom. Y te vi tan ocupada con esas pócimas...

El Sr. Longbottom tiene por delante un largo tratamiento para recuperar toda la sangre que perdió ―le dijo y Neville se sorprendió de enterarse de esa manera de su estado. No se sentía mal.

Bueno, bueno... no podemos dejar de ayudar a alguien que lo necesita ―habló de nuevo el director y mirando a Neville, guiño un ojo.

Otra vez Neville sintió que había un sentido más profundo a las palabras del director. Sentía que había otra razón para decir aquello, ¿o solo imaginaba cosas? ¿Podía ser que...? ¿Acaso sabía sobre Draco? ¿Sabía que Neville intentaba ayudarlo? ¿De impedir, de detener lo que el rubio Slytherin intentaba hacer? No- no intentaba, tenía que detenerlo y... Él era el único que podía, ¿verdad? Detenerlo y protegerlo de las represalias...

¿Longbottom? Tienes que beber estas si no quieres que te las de a la fuerza ―le habló Madame Pomfrey y Neville se dio cuenta de que el profesor se había ido.


Neville tuvo varios intentos de levantarse ese día y para cuando llego la media tarde, Madame Pomfrey lo había amenazado con petrificarlo en la cama si no se estaba quieto. Él entendía que debería de quedarse calmado, pero desde la visita de Dumbledore se sentía todo menos eso. Estaba inquieto, intranquilo y nervioso hasta la medula. Tenía un terrible presentimiento arremolinándose en su estómago y no lo podía ignorar.

«Draco», pensó una y mil veces y en una ocasión que Madame Pomfrey se acercó a revisarlo, tuvo que morderse la lengua para no caer en el error de pedirle a la medimaga que fuera a buscar al Slytherin.

¿Neville?

Alguien pronunció su nombre y sintió algo de alivio y calma gracias a la voz que lo pronunciaba.

Luna ―sonrió como pudo y la rubia Ravenclaw se acercó a la cama. Casi de inmediato, Neville percibió la preocupación en los ojos de la chica―. Me veo mucho peor de lo que me siento ―le aseguró en un intento de tranquilizarla, tomando suavemente su mano.

¿Tan mal? ―preguntó la rubia y pasaron solo unos segundos antes de que una carcajada estallara de los labios de Neville.

Físicamente no se sentía mal: no tenía dolores ni nada gracias a las pócimas... pero su cabeza era otro cuento y deseaba con toda el alma poder simplemente desenchufar su cerebro -o algo parecido, no estaba seguro de cómo lo decían los muggles-.

Estoy bien ―trato de mentir, aun con un tono de risa en la voz. Sabía que Luna se daba cuenta enseguida cuando no decía la verdad. A veces sentía la curiosidad de preguntarle cómo lo hacía, pero siempre se quedaba callado: no quería aprender a mentir bien.

Está bien que te sientas mal, Neville. Todos nos sentimos mal a veces ―le aseguró la Ravenclaw.

La sonrisa de Luna le entibió el pecho y fue entonces que Neville se dio cuenta de que aún le tomaba la mano. Aflojó el agarre, pensando no en su propia vergüenza, sino en la posible incomodidad de la rubia... pero Luna solo afianzó el agarre, tomando la mano de Neville con su otra mano también.

Como le dije a Ginny más temprano: tienes que tener paciencia ―asintió lento con su rostro―. Si Bernerice McFaters no hubiera tenido paciencia, nunca hubiera encontrado el polvo de snargle que la guió al nido bajo su casa ―le explicó con seguridad.

Neville no sabía quién era Bernerice McFaters, pero si sabía quién era Ginny y no entendió porque necesitaba paciencia.

¿Le paso algo a Ginny? ―pregunto despacio. Si hubiera sido algo de cuidado, estaría en la enfermería, ¿verdad? Neville no hablaba tanto con la pelirroja como lo hacía con Luna, pero la consideraba su amiga -además de que habían ido al baile de Navidad juntos y eso tenía que contar para algo, ¿no?-.

Oh, estaba buscando a Harry hace un rato. Parecía muy preocupada porque no había regresado a la torre Gryffindor.

La expresión de Neville debió cambiar de alguna manera, porque la rubia Ravenclaw soltó una de sus manos para buscar en el bolsillo de su túnica.

Nos llamó con esto ―le mostró a Neville el galleon falso que usaban el año pasado para las reuniones del E.D.

Neville abrió los ojos enormes. No creía que alguien aun conservara los galleons mágicos del año anterior. O sea, él tenía el suyo en el bolsillo todo el tiempo pero... él era él.

¿Quiénes aparecieron?

Ron y Hermione. Ginny, claro, fue ella quien nos reunió. Yo ―dijo mirando arriba, como recordando, soltando la mano de Neville para llevar una de sus manos hasta su mentón, en gesto pensativo―. Sabíamos que tú habrías venido, pero estabas aquí ―explicó la rubia.

Harry también estaba ―murmuro Neville―. Hoy en la mañana, seguía también aquí ―aseguró, recordando como Harry había pedido irse esa mañana―. ¡Madame Pomfrey! ―levantó la voz repentinamente y la medimaga no tardó más que unos segundos en aparecer― ¿Cu―cuando se fue Harry? ―preguntó, un poco intimidado por la expresión de la bruja.

Sr. Longbottom, no grite en mi enfermería a menos que este bajo extremo dolor ―le advirtió primero, pero enseguida suspiró―. El Sr. Potter se retiró esta mañana junto al Director ―respondió la pregunta, acercándose a la cama para checar a Neville con un toque de su varita antes de irse otra vez.

Entonces Harry esta con Dumbledore ―repitió Luna―. Solo supimos, gracias a Ron, que se había ido y que nos pedía estar atentos. ―pensó en voz alta.

Neville asintió a todo lo que la rubia decía. Tenía sentido... Harry les había dicho que Dumbledore lo había llevado a buscar a Slughorn antes de que empezaran las clases, tal vez... se habían ido de nuevo a... otra cosa y...

Luna, ¿crees poder ayudarme? A levantarme.

La chica asintió y ayudó a Neville a sentarse en la cama. El chico respiró profundo varias veces mientras se ponía una túnica de abrigo que había junto a la cama... le quedaba chica. ¿no era la suya? No estaba vistiendo su túnica cuando paso el incidente y...

¿Neville?

¿Eh? Ah, sí... perdón ―se disculpó al ver que Luna lo miraba, esperando para ayudarlo a bajar de la cama.

Era trabajoso y dolía caminar. Los vendajes estaban hechizados para mantenerse en su lugar, pero solo funcionaban dentro de los confines de la enfermería. A medida que se alejaban, perdían magia y se resbalaban de su lugar. Claro, a pesar del dolor y la dificultad, Neville no apoyaba su peso en Luna, solo la dejaba creer que si, inclinándose un poco sobre ella, rodeándole los hombros con uno de sus brazos.


¿El baño de Myrtle? ―murmuró Ron, entrando, seguido de Hermione y Ginny, todos con sus galleons del E.D. en la mano.

Neville estaba sentado en el banco del fondo, detrás de los lavabos, junto a Luna.

Bienvenidos... pensé en la sala de menesteres, pero no pude subir las escaleras, perdón ―se disculpó.

El aspecto de momia de Neville seguía casi intacto, salvo los pocos vendajes en su cabeza que se habían corrido lo suficiente para descubrir su otro ojo. La buena noticia era que veía, la mala era que estaba todo teñido de carmín.

¡Neville! ¡Deberías estar en la enfermería! ―levantó la voz Ginny y el león supo que si no estuviera vendado, la pelirroja lo estaría golpeando en ese mismo instante.

¡Esto no puede esperar! Y no podíamos hablar ahí... ―explicó.

Ya había hablado un poco con Luna mientras esperaban, pero no había sido muy específico.

Harry está con Dumbledore ―les dijo a todos, y le llamó la atención como solo algo de la tensión en los rostros ajenos se aflojaba.

¿Para eso nos llamaste? ―preguntó Hermione, que estaba más despeinada de lo usual y con sombras negras bajo los ojos. No parecía haber dormido bien― Habíamos supuesto eso. Harry no se iría de la escuela con nadie más, ni por nada más... Menos temiendo que algo fuera a pasar. ―pareció recordarles a todos el pedido del niño-que-vivió: estén atentos.

No los llamé solo por eso, yo... necesito ayuda.

Estaba decidido. Aunque el juramento le arrancara la vida, era la única manera que tenía para detener a Draco. Tal vez si lograba explicarles de la misma manera que a Harry, ellos también entenderían el porqué de la situación del Slytherin.

Hay alguien en peligro... Alguien a quien he estado ayudando y... A quien he tratado de hacer entrar en razón. He tratado de mostrarle que hay otra manera, que no está solo... pero presiento que el tiempo se agota ―explicó lento, viendo a los ojos de cada uno de sus amigos, deteniéndose un segundo en los ojos de Ron. Sintió que el pelirrojo quería hablar, interrumpirlo de alguna manera.

Ron se relamió los labios y desvió la mirada.

Si quieres ayuda, habla rápido, Neville ―fue Hermione quien finalmente lo interrumpió y Neville volcó su atención en ella, disculpándose.

Sí, lo siento, es que... es algo delicado ―trató de aclarar―. Prometí silencio... lo juré.

El color se le fue de la cara a todo el mundo.

¿Un juramento? Neville, eso... ―habló Ginny, impresionada. Su rostro estaba más blanco que de costumbre, lo que hacía resaltar sus pecas y sus pestañas rojizas.

Lo sé: estúpidole quito el pensamiento a la pelirroja señalándose a sí mismo, con una sonrisa suave para que vieran que estaba bien―. Era la única manera para que hablara conmigo ―explicó―. No me arrepiento... lo que ahora necesito es que lo encuentren. Necesito hablar con él antes de que sea tarde.

¿Con quién, Neville? ―preguntó Luna con suavidad.

Draco Malfoy.


A Ron no se le daba fingir. Se le notaba a la legua cuando ocultaba algo. Era demasiado transparente... lo único que había logrado ocultar con éxito era su enamoramiento -pero tal vez solo era que él creía que no se notaba-. Por eso tenía pintado en la cara un gesto de inconsciente terror mientras Neville hablaba más y más, explicándoles todo lo que Malfoy le había dicho.

Contrario a las chicas que los acompañaban en el baño de Myrtle, la cara de Ron no se debía a la preocupación por la inminente muerte de Neville ante el Juramento Inquebrantable.

No, él sabía que ese juramento ya no pesaba sobre el alma del león.


De alguna manera había atravesado todo el séptimo piso sin encontrarse con Filch. Seguramente continuaba en alguno de los pisos de abajo o incluso, con suerte, ya no estaba haciendo sus recorridos esa noche. Ron estaba llegando al pasillo en donde estaba el tapete que tanto se había cansado de ver el año pasado y miró la pared.

«Mmhh... un lugar para esconder algo... un lugar para esconder algo... un lugar para esconder algo...», pensó mientras caminó de un lado a otro del pasillo. Justo en la tercera vez, una enorme puerta apareció y sin dudarlo un segundo, la empujó para entrar.

Había entrado muchas veces al salón de menesteres, pero nunca a esta versión. Era un almacén gigantesco. Creía que debía de tener el mismo tamaño que el lago o incluso más aún. No podía ver el final y los pasillos eran tantos que podría perderse si no tenía cuidado.

Supongo que puedo dejarlo en cualquier sitio se habló a sí mismo, quitándose la capucha de la capa para mirar alrededor.

Ahora que comenzaba a caminar y prestaba atención a lo que lo rodeaba, había algo extraño. Pese a que parecía haber miles de cosas, algunas tan antiguas como para haber pertenecido a la primera generación de Hogwarts, unas parecían en peor estado que otras. Incluso podía sentir... ¿olor a quemado?No tiene sentido. Incluso el fuego es mágico apuntó entre murmullos, mirando el techo y algunas paredes que estaban a la vista. Los candelabros tenían velas con fuego mágico, como las que flotaban en el gran comedor: fuego que iluminaba, pero no quemaba.

Ron terminó de quitarse la capa, haciéndola un bollo para guardarla en su bolsillo. Por alguna razón que se le escapaba se sentía observado, como si no fuera el único en ese lugar. ¿Alguna vez lo han sentido? Como un peso en el estómago, un cosquilleo raro en la nuca, algo que simplemente te hace mirar sobre tu hombro, aun cuando estés dándole la espalda a una pared de ladrillos. Eso era lo que sentía Ron, todo junto en el mismo momento. Ni siquiera en el pasillo se había sentido como ahora. Todos sus sentidos le decían que tuviera cuidado, que estuviera atento, que no se distrajera.

Y sobre todo, que no soltara el libro. No aún.

El león caminó por un pasillo que parecía más iluminado que los otros. Los muebles estaban apilados de manera imposible: armarios sobre sillones, que estaban sobre bibliotecas llenas de libros, que se tambaleaban sobre baúles, apilados uno sobre otros y todos sobre una pila de lámparas y abrigos. Ron dudaba que todo lograra mantenerse en su lugar si no fuera gracias a la magia del cuarto -que debía de ser muchísima ahora que lo pensaba-.

«Extraño», pensó, dándose cuenta que caminaba casi de puntas de pie. Tal vez era por culpa de esa sensación, aún latente en su nuca. No podía dejar de sentirla aun cuando se dijo varias veces que no podía haber nadie ahí o no podría haber entrado... O así se suponía. Cuando estaban en el E.D. siempre entraban a la sala multipropósito estando ya ocupada... Funcionaba porque todos pensaban en lo mismo para entrar, ¿verdad? «. Entonces, si hubiera alguien... sería alguien que, no solo sabe de la sala, sino que... busca ocultar algo».

No era una suposición tan descabellada, pero aun así no dejaba de sentirse extraño. Algo le decía que no quería encontrarse con quien estuviera ahí. Harry le había pedido que no le dijera a nadie, entonces debería de evitar encontrarse con alguien, ¿verdad? Si, eso debía hacer. Avanzar con cuidado, silenciosamente. Esconder ese maldito y estúpido libro para luego largarse de regreso a la torre de Gryffindor y olvidarse de todo. Era perfecto, un buen plan...

«Mejor ponerme de nuevo la ca», no pudo terminar de pensar cuando detuvo sus pasos de repente al escuchar una voz. ¿Había escuchado bien?

Solo quiero... olvidarme de todo sentenció una voz, al otro lado del pasillo en el que Ron estaba. Parecía que su dueño estaba ahogado por el llanto o muy angustiado, aunque el pelirrojo no estaba seguro de si conocía a quien estaba hablando. ¿Es mucho pedir? Estaría... más tranquilo así continuó hablando la voz, suave y despacio, como si temiera que alguien pudiera oírlo.

Ron sabía. Una parte de él le gritaba que escondiera el libro y se fuera de ahí, pero a pesar de que esa voz en su cabeza sonaba extrañamente como Harry, el pelirrojo no hizo caso a las advertencias de su consciencia. Caminó algunos pasos, tratando de ser lo más silencioso posible y terminó asomándose apenas desde detrás de una biblioteca. Pudo ver una melena rubia, despeinada, antes de escuchar de nuevo la voz y tener que esconderse otra vez detrás del mueble:

Si solo... pudiera olvidarme de todo volvió a hablar en tono lastimero. Ya no sentiría... esto aseguró y su voz fue acompañada con el pesado ruido de ropa.

Ron calculó que debía de haberse puesto de pie y antes de pensarlo se arriesgó a asomarse de nuevo y mirar. El pelo rubio, ahora peinado atrás por el movimiento de delgados y gráciles dedos; la ropa ceñida al cuerpo delgado, no tan alto como el propio; los colores gris y verde de la corbata mal anudada al cuello y el sweater arrugado... Draco Malfoy. ¿Quién lo diría? No él, seguro que no... Aunque recordaba que Harry le había dicho algo sobre esto: Malfoy desaparecía del Mapa del Merodeador porque entraba al cuarto de Menesteres, ¿verdad?

Acallando la voz de Harry en su memoria, el pelirrojo miró de nuevo. Lo que más lo impactó fue ver como el rubio aristócrata se limpiaba el rostro lloroso. Debía de proponerse reordenar sus prioridades porque eso lo afectó más que la Marca Tenebrosa en el brazo blanco del rubio.

No hay salida escuchó que Malfoy hablaba de nuevo, con la varita en su mano.

Repentinamente Ron se preguntó si no estaría hablando para distraerlo, mientras Goyle o Crabbe, o incluso Zabini, lo atrapaban; pero mirando sobre su hombro por algunos segundos, lo pensó mejor. No había hecho un solo sonido desde que entrara al salón... Bueno, había hablado un poco, pero no tanto como para que lo escuchara, no desde aquí al menos. Además, tenía la capa en el bolsillo. Podía desaparecer si trataban de atraparlo.

«Estoy a salvo», se aseguró pese a que esa molesta voz, que hablaba desde el fondo de su nuca, le seguía repitiendo una y otra vez que escondiera el libro y se fuera de ahí. En lugar de molestarse con la voz de su conciencia por lo que le decía, comenzaba a preocuparse cada vez más porque sonaba como la voz de Harry. No era extraño escuchar las voces de sus amigos en su cabeza: en época de exámenes su consciencia se dividía entre copiar la voz de su madre y la voz de Hermione. Pero seguía siendo raro. Sentía que la voz de Harry acallaba otra voz. ¿Tal vez su verdadera consciencia?

Draco levantó su mano temblorosa, sosteniendo su varita. Uno de los fuegos cercanos chisporroteó y la luz de la llama hizo que la sombra del rubio se estirara y alargara sobre el suelo de piedra, casi hasta donde Ron se encontraba. El pelirrojo sintió la necesidad de volver a esconderse detrás de la biblioteca, pero luego de mirar a Malfoy por un minuto más, se dio cuenta que el aristócrata no había reparado en su presencia: parecía demasiado afectado para darse cuenta de que ya no estaba solo y estaba siendo observado por el león.

Lo que estoy haciendo... está bien se dijo Draco a sí mismo, cerrando los ojos y tomando su varita con ambas manos. Era una imagen extraña: las manos de dedos delgados de Malfoy, rodeando el mango de la varita, apuntándola contra su pecho, como si fuera una daga a punto de atravesarle el corazón.

Ron se tensó. No podía imaginar lo que realmente estaba pasando, pero sabía que nunca era bueno que un mago se apuntara con su propia varita. Sin siquiera pensar, movió su mano dentro de su túnica, rebuscando. La voz en su cabeza era cada vez más difícil de ignorar y su mano se detuvo cuando sus dedos se cerraron alrededor del mango de su varita.

«Es una trampa», escuchó la voz de Harry hacer eco en su cabeza y gracias a la duda que creó, ya fue muy tarde para detener a Malfoy.


Entonces, es... supongo que es... ―parecía que las palabras costaban salir― comprensible ―terminó de decir al fin Ginny, despacio, luego de que Neville dejo de hablar. La expresión de la pelirroja dejaba ver que parecía estar acomodando todo en su cabeza, como piezas de un rompecabezas gigante que no querían enganchar entre sí.

Entonces Harry tenía razón ―murmuro Hermione.

Había tratado tan mal a su amigo. Casi lo había creído loco por pensar tanto de Malfoy.

Solo está tratando de proteger a su familia... Todos sabemos lo peligroso que es estar contra Voldemort, pero... solo podemos imaginar lo terrible que es estar bajo sus órdenes ―murmuró Neville, olvidando por unos momentos el hecho de que se suponía que ya no debería de estar respirando siquiera.

Ron pestañeo, como si saliera de entre sus recuerdos y su atención se focalizo de nuevo en el ahora, en lugar de recordar cosas que pasaron la noche anterior.

Entonces fue por eso ―dijo de repente. Aunque ya lo sabía, se suponía que apenas ahora se enteraba, ¿no? ―. Harry... Te maldijo por eso, ¿no? Descubrió que estabas ayudando a Malfoy.

Neville se mantuvo estático por unos segundos y finalmente asintió.

Creyó que lo había traicionado ―explico más simple.

Estabas intentando ayudar a alguien en apuros ―aclaro Luna con su voz comprensiva, y Neville apenas llegó a sonreír suave antes de que Ron hablara de nuevo.

Que creas que algo está bien no lo hace correcto ―aseguró el pelirrojo y Neville sintió que esas palabras estaban salpicadas de todo el rencor que parecía tener el Weasley hacia el Slytherin.

Si hubiera sido cualquier otro... cualquier otrorepitió Neville, para enfatizar―, Harry hubiera sido el primero en ayudarlo. Si hubiera sido cualquiera de nosotros... si nuestros padres estuvieran en peligro, amenazados, y nosotros fuéramos obligados, para mantenerlos a salvo... ―sintió un nudo en la garganta y la voz se le entrecorto― ¿No haríamos lo que fuera para ayudar? ¿No haríamos lo que se necesitara para sacarlos del peligro?

¡Son los Malfoy! ¡Se merecen lo que sea que les esté pasando! ―estallo Ron, mitad fingiendo, mitad de verdad.

¡RON! ―gritaron Ginny y Hermione, sosteniéndolo y tratando de ponerse entre él y Neville. Por alguna razón el pelirrojo no se había dado cuenta de que había tomado a Neville de la poca ropa que tenía puesta... Lo soltó enseguida, retrocediendo.

No estoy... No estoy excusando lo que ellos hicieron, Ron ―hablo Neville muy calmadamente, tal vez demasiado, considerando la situación―. Solo pienso que no es justo para nadie perder a sus padres... ni siquiera para Draco.

Ron ya no dijo más nada. Se limitó a cruzarse de brazos, y alejarse unos metros, apoyando la espalda en una pared. Su cabeza bullía como un caldero sobre fuego alto, listo para recibir los ingredientes de la segunda fase de una poción. En su caso, los ingredientes, eran las cosas que aún le faltaba entender. Hasta hacía poco más de una hora, había tenido una cara del sickle, una parte de la historia: Malfoy. Ahora tenía la otra cara, Neville, pero todavía le costaba asimilar que estaba hablando de lo mismo. Una misma historia, un mismo sickle.

Ron era muy terco. No por nada había estado tanto tiempo enfadado con Harry en cuarto año, con todo ese asunto del Cáliz de Fuego y el Torneo de los Tres Magos. Apenas se enteró de los dragones supo que su amigo le había dicho la verdad y no había sido quien pusiera su nombre en el cáliz, pero en ese momento, no había tenido idea de cómo disculparse.

Ahora le estaba pasando lo mismo otra vez, pero era incontables veces más difícil. No puedes simplemente tirar y quemar en la chimenea seis años de enemistad acérrima, solo porque ahora conoces el lado blando de tu peor enemigo. Seguía sorprendido por haber descubierto que Malfoy tenía corazón -el pensamiento aún le resultaba horriblemente ajeno y desconcertante-: se preocupaba por su familia, tenía miedo como cualquiera de ellos lo había sentido cientos de veces ya; pero cada vez que pensaba que podría olvidarse de todo y darle una oportunidad de redimirse, el pensamiento era reemplazado por la voz de Harry. Escuchaba a su mejor amigo relatar todas las veces que Malfoy los había delatado, los había insultado… Le costaba mucho superar los incidentes con la Brigada Inquisitorial. Cualquier cosa que tuviera que ver con la cara-de-sapo, Umbridge, era difícil de olvidar. Sin darse cuenta se masajeó el reverso de la mano donde, a veces, todavía sentía el escozor de los cortes que la pluma de castigo le había hecho. Todos los miembros del E.D. tenían marcas aún, pero quien peor la había pasado era Harry.

Claro, todo se reducía a eso. Estaban en guerra -o casi- y había dos bandos: Harry y Voldemort; la Orden del Fénix y los Mortifagos; blanco y negro; luz y oscuridad. Malfoy era un Mortifago, había elegido.

«Pero lo obligaron... no le dejaron opción», pensó y sintió de nuevo un nudo en el estómago al pensar en que haría él si Voldemort tuviera a sus padres cautivos y le pidiera que le jurara lealtad a cambio de sus vidas, «Lo haría. Mil veces y sin pensar», se aseguró en pensamiento, apretando los labios hasta que no fueron más que una línea en su rostro, y cerrando los ojos, dejando salir todo el aire de sus pulmones por la nariz.

Neville, ¿no deberías haber? ―empezó a hablar Ginny, luego de esos largos minutos de silencio en los que no habían hecho otra cosa que mirarse unos a otros. El chico estaba sentado de nuevo, mirándose las manos, vendadas, moviendo apenas los dedos.

No lo entiendo ―aseguró Neville, levantando la mirada hasta la pelirroja. Miró a Hermione, luego a Luna y finalmente a Ron, que se mantenía algunos metros alejado todavía. La mitad de su mundo seguía teñido de carmín―. Debería de haberSe supone que yo... ―trataba de hablar, pero las ideas se entremezclaban en su mente: le dolía la cabeza― El juramento era perfecto.

Tal vez no ―trató de interrumpir Hermione, pero ella misma tuvo que quedarse callada cuando Ron se acercó para hablar.

¿Alguna vez habías hecho un Juramento Inquebrantable? ―interrogó a Neville y este negó apenas con su rostro. Entreabrió los labios para decir algo, pero Ron siguió preguntando, sin darle espacio para decir una sola palabra― ¿Alguna vez habías visto a alguien hacer uno? ¿O a alguien morir a causa de uno?

¡Era perfecto! ―repitió Neville, empezando a temblar― Las palabras fueron... Las palabras me ataron por completo y no... No es posible liberarse. Por eso se lo llama―

Juramento Inquebrantable. ―dijo Ron, asintiendo. Si nadie decía nada tendría que ser él quien lo dijera y eso podía ser problemático. Aún tenía demasiadas dudas y no quería cometer el error de ayudar a Malfoy para luego terminar por arrepentirse.

Pero… ―empezó a hablar Hermione y todos los ojos se posaron sobre ella― Bueno, no lo leíen un libro, pero... ―dudó de nuevo y Ginny la sujetó del hombro.

¡Vamos! Si sabes algo solo dilo. ―la presionó.

Neville la miró expectante, igual que Ron.

Bueno, técnicamente, es aquel que jura quien puede quebrar un juramento... ―empezó a explicar― Pero quien pide un juramento, no lo quiebra, ¿entienden?

Todos se miraron entre sí, tratando de entender lo que la chica estaba tratando de explicar. Ginny abrió la boca varias veces, pero finalmente no dijo nada. Neville cerró los ojos unos momentos, intentando pensar. Ron trató de fingir desconcierto, rascándose la nuca y alborotándose el cabello. Iba a tener que hablar...

Entonces, todo se limita a la gramática del Juramento. ―habló Luna, para alivio del pelirrojo, que no quería decir nada, y de Hermione, que pensó que tendría que explicarlo ella― Tiene sentido, ¿verdad? Como dice Hermione, si tomas un Juramento Inquebrantable, estas obligado a cumplirlo: no puedes quebrarlo, ni romperlo. De ahí su nombre. Pero la persona que te hizo jurar- Claro. La persona que te hizo jurar no lo está quebrando, solo te lo está quitando. Te está liberando.explicó.

Neville abrió los ojos enormes y repentinamente recordó lo que Dumbledore le había dicho esa mañana: Además, a veces es gracias al riesgo que tomamos o que hacemos tomar a otros, que descubrimos cosas que no sabíamos de nosotros mismos. Cosas importantes. Cosas que merecen la pena ser sabidas y sobre todo, sentidas.

Fue él ―murmuró Neville, para luego levantar la voz y la mirada, con una leve sonrisa en los labios―. Draco me quitóel Juramento.

No podemos estar seguros ―Ron trató de hacerse el escéptico y al parecer lo logró porque Neville se puso de pié, logrando sujetarse del brazo del pelirrojo para no perder el equilibrio.

¿Quémás necesitas? ―le preguntó¿No es suficiente con lo que estás viendo ahora mismo? ¡Estoy vivo! No debería de estarlo, el JuramentoSi decía cualquier cosa, si repetía algo de lo que Draco me dijo… ―jadeó― Pero estoy vivo. Y la única explicación es que me liberaran del Juramento. Fue él quien me hizo jurar ―les recordó―. Él era el único que podía.


Empezaba a sentirse muy incómodo con todo. Incluso su propia piel se sentía ajena, como si una parte de él le gritara con todas sus fuerzas, tratando de lograr que su mente se diera cuenta de lo que estaba mal, pero no lograba nada. No sabía exactamente lo que era, no podía poner su dedo sobre aquello que se sentía extraño, fuera de lugar, ajeno; solo sabía que algo no estaba bien. Algo dentro de él y a su alrededor, y no, no era solo el estar vigilando el pasillo del séptimo piso para entrar en la Sala de Menesteres sin que nadie lo viera.

Le dolía la cabeza. No era igual que siempre: esa angustia que le apretaba la garganta y le daba vueltas el estómago. No se trataba de ese dolor conectado al miedo, a la ansiedad por las cosas que tenía que llevar a cabo, por las responsabilidades que lo habían obligado a soportar en sus hombros. No, era distinto: era algo tan diferente que Draco no podía estar seguro de que fuera algo real. Se sentía como en un sueño, como si su mente estuviera jugando con él.

No recordaba cuándo había regresado a la sala común, o cómo. Recordaba haber estado varias horas intentando reparar el armario evanescente; recordaba una preocupación extraña, un sentimiento muy fuerte en su pecho; podía oír la voz del señor oscuro, resonando en su cabeza y el dolor que le había infringido. Recordaba todo eso y al mismo tiempo no estaba seguro de que realmente hubiera pasado... No después de abrir los ojos y ver el fuego en la chimenea de la Sala Común. Se había despertado sintiendo que una inmedible cantidad de tiempo había resbalado de su memoria. Durante los primeros minutos sintió la cabeza... No, todo el cuerpo ligero, como fuera de sí mismo. Luego aparecieron los alumnos de primer año y esa ligereza quedó olvidada en un rincón de su consciencia, así como todas las sensaciones irreales, atribuidas a sus sueños.

Sabía lo que tenía que hacer y no tardó nada en enviar la señal. Encerrado en uno de los cubículos del baño, se remangó la camisa y apoyó la punta de su varita sobre la Marca en su antebrazo. La tinta se movió sobre su piel blanca, como un dibujo mágico sobre pergamino. Ardía. No lo había hecho por sí mismo antes: era la primera vez que llamaba a otros Mortifagos. Cerró los ojos y echó la cabeza hacia atrás, apoyándola contra la pared. La mano con la que sostenía la varita empezó a temblar y apretó los dedos en un intento de no soltarla. Su otra mano también se cerró en un puño. Sentía que este dolor era terrible, pero al mismo tiempo lo aliviaba sentirlo. Era como si las preocupaciones se diluyeran.

«Falta poco», se dijo a si mismo, en pensamiento, sin darse cuenta de la triste sonrisa en sus labios «, falta tan poco, puedo sentirlo. Todo se terminará esta noche. Mis padres estarán a salvo, yo estaré a salvo y…» su pensamiento se cortó repentinamente, como si hubiera sentido algo, pero no recordara que. Como si hubiera estado a punto de pensar en alguien más que necesitaba estar a salvo.

«No hay nadie más», se aseguró, deshaciéndose de la sensación y el sentimiento, como si no fuera para nada real.

Aun en el largo recorrido por los pasillos y escaleras hasta el pasillo del séptimo piso, la sensación siguió tomándolo por sorpresa, obligándolo a detenerse varias veces. Necesitaba cerrar los ojos para recuperar la concentración, para recordar lo que estaba haciendo, lo que tenía que hacer. Pero cada vez que hacia ese vacío a un lado, sentía que la cabeza le dolía más, y su pecho se sentía peor.

Entró a la Sala de Menesteres, poco tiempo después de que anocheciera. Recorrió los pasillos del infinito almacén, no entendiendo el porque se distraía con los objetos que colgaban y se apilaban mágicamente. Incluso se detuvo por varios minutos frente a una biblioteca ennegrecida, observando inquisitivo una pequeña caja de metal en el estante más alto.

«Eso no estaba ahí antes», dijo en tono seguro, aunque solo en pensamiento. Recordaba perfectamente que esa biblioteca había sido uno de los tantos muebles que sufrieran por su falta de control sobre si mismo, y también recordaba perfectamente como todo lo que contenía se había vuelto cenizas, «. Es nuevo» pensó con seguridad y se acercó al mueble. Aunque se puso en puntas de pie, no llego siquiera a rozar el estante. Golpeó la biblioteca en un intento de lograr que la caja resbalara, pero solo logró enviarla más atrás, casi perdiéndola de vista.

Draco maldijo internamente su estatura y por un segundo, al estirar el cuello en un intento de ver la caja, sintió que había hecho lo mismo con alguien. Había mirado a alguien más alto que él y lo había empujado de la misma manera que había empujado la biblioteca y…

Huh… ―se quejó, teniendo que sostenerse la cabeza con una de sus manos por el terrible dolor que atacó una de sus sienes. Cerró los ojos hasta que vio blanco en sus parpados y al abandonar del todo la idea de la biblioteca y la caja y quien fuera que había empujado, el dolor cesó.

El príncipe tuvo que sostenerse de algo para no perder el equilibrio y solo se movió al escuchar un golpe seco, no muy lejos. Abrió los ojos, sintiéndose desorientado por unos segundos, hasta que otro golpe resonó en el silencioso almacén.

«Están aquí», fue todo lo que pasó por su cabeza.

Le costó mucho ignorar las ganas que tenía de correr, de alejarse lo más rápido que pudiera de ese lugar, de ese armario... Pero no podía correr. La seguridad de sus padres, su propia vida estaba en juego. No había lugar en donde esconderse de Él. Mejores magos, mayores que él, lo habían intentado. Karkarov solo había conseguido esconderse por pocos meses. Incluso había oído a su padre decir que el único lugar seguro para un Mortifago, era Azkaban... Pero eso había sido antes, años atrás, cuando los Dementores aún obedecían al Ministerio.

Otro golpe, esta vez seguido de una risita maniática, impaciente. Draco conocía bien esa risa, por eso mismo se apresuró, casi tropezando en el camino, para alcanzar el maldito -si, maldito- armario y abrir la puerta.

¿Por qué la tardanza, Draco? ―preguntó Bellatrix, inclinando su cabeza sobre uno de los hombros, mientras jugaba con un mechón de su desarreglado cabello.

Draco no respondió, solo tragó, sintiendo la boca seca muy de repente. Dio un paso atrás, luego otro, y otro, hasta chocar con una pila de sillones y baúles, justo frente al armario. Bellatrix sonrió, mostrando los dientes sucios y algo torcidos, enmarcados por los labios delgados y agrietados. Salio del armario con un salto grácil, el golpe de sus tacones haciendo eco en la gigantesca habitación. Se giró, haciendo que el vestido que traía, negro y gris, se moviera con ella en una curva rara. Draco sintió un revolcón en el estómago al darse cuenta que le recordaba al fantasmal movimiento que tenía la túnica de los Dementores. Algo maléfico siempre ensombrecía y rodeaba a su tía.

Y él la había dejado entrar en la escuela.

La puerta del armario se cerró bajo las manos de Bellatrix y la bruja se apoyó contra la madera, poniendo su cabeza de lado para escuchar con atención. Golpeó la superficie con sus uñas, en un tamborileo irritante y luego dio varios golpecitos con los nudillos, casi de manera delicada. Luego de unos instantes, el armario tembló y un puño hizo temblar la madera de la puerta. Bellatrix soltó otra de sus risitas y se hizo a un lado, dejando salir a Fenrir Greyback.

Draco deseo haber seguido su primer deseo y correr lo más rápido que pudiera, lejos de ahí. Si su tía estaba rodeada de un aura maléfica, Greyback era peor: el hombre lobo olía a sangre y muerte.

Las náuseas del rubio solo se incrementaron al ver como de uno en uno los Mortifagos salían del armario: los Carrow, Alecto y Amycus; Yaxley; Rowle y Gibbon.

«Siete», contó Draco, tragando y sintiendo por primera vez que Voldemort era algo supersticioso, incluso para estas cosas. El pensamiento no duró nada en su mente, porque el movimiento de la Marca en su brazo le recordó la presencia de su padrino en la escuela, «. Además, estoy yo también», trató de darse seguridad. Claro, él era un Mortífago.

Cuando todos estuvieron listos, Bellatrix se acercó a Draco, tomándolo de las mejillas, sonriéndole.

Es la hora, Draco ―le murmuró, mirándolo a los ojos. Por un instante Draco creyó que la bruja tenía nuevas órdenes, contra él, pero no pudo preguntarle. No logró reunir el valor.


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