A partir de este capítulo, cuando Charles cambia de apariencia, me lo imaginé como el Charles de Apocalipsis: afeitado, con el cabello hacia atrás y la ropa entre formal y casual que usa.

Imperdonable

Capítulo Diez: El Ataque

Días después, cuando Charles y Erik decidieron hacer pública su reconciliación y el reinicio de la relación, tanto para Hank como para Sean era algo más que obvio. Sean bromeó sobre el hecho de que noche de por medio, oía cómo se abría la puerta de Charles y que había pensado en llamar a espiritistas temiendo que fuera el fantasma de algún habitante del pasado de Westchester. Hank acotó entre risas que efectivamente Erik había sido un habitante en el pasado de Westchester y que si no fuera por su ropa habitualmente oscura, pensarían que se trataba de una entidad ectoplasmática. Charles festejó con ganas el chiste ya que había tenido discusiones con su pareja acerca del vestuario, y Erik solo sonrió y se reservó cualquier réplica.

Así transcurrieron las semanas y llegaron hasta el veinte de marzo, el décimo aniversario de la tragedia de Sarah. Erik quería enseñarle el lugar donde la había enterrado pero como estaba fuera del estado, fuera del país y en otro continente, tuvo que desistir. No podían realizar ningún viaje largo teniendo al Gobierno buscándolo como fugitivo peligroso.

Charles no iba a dejar pasar una fecha tan especial y decidió preparar una breve ceremonia en el jardín entre los cuatro. Se vistieron de traje y corbata, no atuendos oscuros sino claros porque sabía que la niña era feliz en otra dimensión, y se reunieron en un espacio entre los árboles, cerca de los columpios que sabía que le hubiesen gustado. Él y Erik depositaron cada uno una rosa en la tierra, mientras que Hank leía en francés el poema "Mañana al alba, a la hora en que blanquea la campiña"* de Víctor Hugo. Hicieron un minuto de silencio y Hank y Sean se retiraron para que los dos pudieron estar a solas.

Mientras que Charles mantenía la mirada en las rosas, Erik permaneció con la cabeza gacha. Los dos se sentían afectados y tristes, sí, pero, algo extraño, no estaban desconsolados. No podían estarlo porque sabían que Sarah estaba contenta en otro sitio y cuando resolvieran el problema para que la mente de Charles pudiera viajar, podrían encontrarla. Pasado un momento, Erik alzó la cabeza y extendió la mano para tomar la de su amante. Charles parpadeó y levantó la vista hacia él. Los dos se miraron serios y con lágrimas.

"No quiero perderte otra vez" le suplicó Charles mentalmente. "Ahora me doy cuenta de cuánto te necesité todo este tiempo."

Erik le sonrió con una mezcla de tristeza y esperanza.

-Y yo a ti – murmuró.

…..

A las semanas les siguieron tres meses. Charles se sintió rejuvenecido y decidió cambiar el aspecto: se rasuró y peinó su cabello hacia atrás para quitarse el aire desmejorado y rebelde que había tenido durante los últimos años. También cambió las camisas vistosas y los vaqueros por camisas formales, suéteres y pantalones de vestir. Erik quedó fascinado con la transformación y festejaron con un encuentro sexual en la tina.

Erik no soportaba más el encierro después de haber vivido tanto tiempo en una celda pequeña y aunque la mansión era enorme, Charles decidió que podían comenzar a pasear por los lugares cercanos a la casa, mayormente desolados. Salían en uno de los coches los dos a pasar el día en algún sitio campestre y generalmente elegían lugares con muchos árboles o algún lago cercano. Se sentían seguros porque Charles podía manipular la mente de cualquiera que osara acercarse y camuflar la apariencia de Erik.

El embarazo de Sean marchaba sin dificultad. Con Charles pasaba la mayor parte del tiempo y el telépata sentía cómo con el correr de las semanas y los cambios que iba sintiendo, Sean se sentía más vinculado a la criatura. Eso lo alegró porque él mejor que nadie sabía lo que era separarse de un hijo. Cuando entró en el octavo mes, debió guardar reposo por precaución, y tanto Charles como Hank dejaron de lado sus actividades para atenderlo y preparar la "nursery".

Una semana antes de la cesárea programada, Charles invitó a su amante a pasar un día de campo. Como sabía que Erik detestaba los preparativos como preparar la comida y la bebida, él mismo se encargó de los arreglos y apenas el sol salió, partieron hacia un lago cercano para aprovechar al máximo la jornada. Erik condujo por un bosquecillo de pinos que adoraban porque les brindaba intimidad y aparcó a un costado, a la sombra de los árboles. Estando en el asiento del acompañante, Charles le pidió que bajara la cesta que estaba atrás con las bebidas y se fijara en lo que había traído.

A Erik le pareció extraña la petición y al abrir el baúl se encontró con vino, champagne, cerveza y jugo de manzana.

-Charles, ¿para qué trajiste esa botella de jugo? – reclamó confundido.

Charles respondió riendo con entusiasmo.

-¿Cómo va tu memoria, Erik? – preguntó entre risas -. ¿Cuándo fue la última vez que me pillaste bebiendo eso?

Erik quedó boquiabierto. Cerró con fuerza la puerta del baúl y se metió en el coche.

-Charles – murmuró sin creérselo -. No puede ser.

-¿Por qué no? – cuestionó Charles con picardía -. No lo buscamos pero tampoco tratamos de evitarlo.

Erik lo miró a los ojos. Se observaron y rieron con frescura. Se abrazaron y Erik lo apretó tanto que Charles creyó que perdería algún pulmón. Después se besaron las mejillas, el cuello y la boca.

-¿Cómo te las arreglas para hacerme tan feliz? – le susurró Magneto al oído.

Charles lo separó apenas para mirarlo.

-Te amo.

Era la primera vez que se lo decía. Es verdad que Charles le demostraba su amor de múltiples formas pero confesárselo, decírselo de frente, era algo inusual. Por eso Erik lo besó de cuenta nueva y lo apretó más contra sí.

De pronto Charles percibió algo que lo hizo separarse por precaución. No olvidaba que estaban lejos de la casa en un campo aparentemente a solas.

-¿No oíste? – le preguntó, extrañado. Erik agudizó el oído -. Hay ruido de motores. ¿Sientes el metal? ¿No resuena nada?

-No percibo nada – respondió Erik y salió del coche con cautela para observar.

Motores sin metal sonaban a los vehículos que el ejército utilizaría si quisiera encontrarlo. En el cielo, a lo lejos, vio cómo se aproximaban centinelas. Por instinto, con un movimiento de dedos, Erik trabó el coche para proteger a Charles y corrió hacia los robots.

-¡Erik! – gritó Charles, mientras trataba de destrabar las puertas para ayudarlo. En realidad no había manera porque los centinelas no tenían mente, pero igual no podía dejarlo solo -. ¡Erik, por favor! ¡Déjame ayudarte!

Erik extendió ambos brazos y alzó cuanto material metálico hubiera cerca para lanzarlo sobre las máquinas. Los robots recibieron la lluvia de artefactos desde monedas y tubos hasta bancos y coches, pero los esquivaron y estos fueron a estrellarse en el campo y en el agua.

Desesperado, Erik se concentró en proteger el coche. Mantuvo las manos firmes hacia abajo para asir el vehículo al suelo e impedir que se moviera con brusquedad. También aseguró más las puertas para que Charles no saliera ni pudiera nadie tratar de sacarlo por la fuerza.

Tres centinelas volaron directo hacia Magneto. Charles contuvo la respiración preguntándose si iban a matarlo. ¿Acaso no debían capturarlo y someterlo a juicio? Pero el Gobierno había cancelado el programa y esto significaba que estaban atacándolos de manera ilegal, o, temió más todavía, podía tratarse de una operación ultrasecreta.

Desde el aire los robots soltaron sobre Erik cadenas de plástico irrompible que se adhirieron a la tierra para sujetarlo. Magneto quedó arrojado en el suelo inmovilizado de pies a cabeza. A lo lejos, detrás de los árboles, vio acercarse un ejército de hombres con el Mayor William Stryker a la cabeza. Tenía un rifle que no era de metal, Erik lo supo porque no podía sentirlo, con el que apuntó hacia el coche y disparó a Charles. Era un proyectil con sedante que hizo que el telépata perdiera el conocimiento.

-Xavier está fuera de combate, señor – informó Stryker por medio de un walkie talkie -. Magneto está inmovilizado.

Un desesperado Erik vio al militar pasar junto a él y seguir de largo para aproximarse con sus hombres al coche. Un soldado abrió la puerta de un disparo a la cerradura y Striker sujetó al desvanecido Charles para que no azotara el piso. Lo quitó del interior y lo cargó en brazos. Erik juraba mentalmente que no le alcanzaría la vida para vengarlo si ese militar le tocaba un pelo.

Un coche estacionó frente al de Charles. Erik sentía el metal y no podía moverse. De su interior salió Bolivar Trask con su traje a rayas y el control remoto que usaba para manejar los centinelas. Ahora tenía una pequeña pantalla desde donde se leía el número tres. Trask observó el artefacto y se volvió hacia Stryker.

-Aquí hay más de dos mutantes, mayor.

Stryker ordenó a sus hombres que buscaran.

-Espera – mandó Trask y acercó el control hacia Charles -. Esta máquina lee las células mutantes y estoy encontrando tres tipos diferentes de ADN. Erik Lehnsherr – apuntó hacia Magneto -. Charles Xavier – apuntó hacia Charles – y el tercero que está cerca puede ser – lo acercó hasta el vientre del telépata y sonrió triunfal -. Mayor, asegúrese de que Xavier venga con nosotros.

-Pero la orden era detener a Magneto.

-Me parece que Magneto pasará a un segundo plano – replicó en tono misterioso y observó a Erik con una sonrisa maligna.

Erik se sacudió desesperado. Esas cadenas lo retenían con tanta fuerza que estaban a punto de cortarle la piel. Quiso gritar, se sacudió como loco, pero solo consiguió lastimarse.

-Duérmelo – ordenó Trask.

Stryker disparó otro proyectil y Erik perdió el conocimiento.

….

Charles se encontró de pie en el jardín lleno de flores y pájaros trinando. Alzó la vista y vio a Sarah que corría a su encuentro. Se agachó para recibirla y tras besos y un prolongado abrazo, se separó apenas para observarla de frente. La niña se veía radiante y feliz como la última vez, pero su padre captó una sombra de preocupación en sus ojos.

-Papá, el científico loco y su ejército de robots los capturaron – avisó, frunciendo el ceño -. Querían a mi otro papá pero ahora que saben que esperas un bebé, te quiere también a ti.

-¡Dios mío, Sarah! – suspiró Charles. Estaba asustado por el ataque pero alegre de haber regresado con ella -. ¿Cómo es que volví aquí contigo? ¿Cómo puedo ayudar a tu padre a escapar?

-No lo entiendes, ¿verdad? – rio la niña -. Durante el embarazo estuvimos muy conectados todo el tiempo, a toda hora. Tú me buscabas, decías que sentías mis ondas, ¿lo recuerdas?

-Lo recuerdo.

-Papá, esa conexión nunca se cortó y aunque nos separamos, seguimos uno en la mente del otro. Mi mente no desapareció sino que se trasladó a esta dimensión y aquí crecí y vivo. ¿Cómo crees que sé tanto de ti y de cosas que no podría conocer si no viví en la Tierra?

-Entonces, la información que recogiste, lo que tienes, lo que sabes, lo que sientes – miró Charles a su alrededor maravillado -. Todo eso te lo estuve enviando yo a través de mi mente.

-Menos durante el tiempo que anulaste tu don – acotó Sarah -. Cuando dejaste de sentir tu poder, cortamos la conexión pero después lo recuperaste y pudimos volver a contactarnos.

-Por eso te soñé a las pocas horas de haber recuperado mis poderes.

Sarah asintió.

-Debes controlar tu mente en los sueños, papá, y podrás venir cuántas veces quieras. Cuando tienes emociones muy intensas como ahora, puedes viajar, pero después aprenderás a hacerlo sin ellas.

-Controlar mi mente, sentir emociones fuertes – Charles tomó nota -. ¡Mi Sarah! – y volvió a abrazarla con fuerza.

-Papá – lo llamó para que le prestara atención -. Ahora tenemos que encontrar la forma de que escapen de ese científico. Tienes que alertar a tus amigos para que los ayuden.

-¿Alertarlos?

-Sí, con tu mente. Háblales mentalmente, conéctate con ellos.

-No puedo, mi niña – suspiró su padre -. Todos ellos están muy lejos y no tengo a Cerebro.

-Pero me tienes a mí – replicó Sarah con astucia. Le atrapó la mano y lo llevó hasta un banco de granito -. Sentémonos aquí, papá. Escúchame. Entra en mi mente y úsala para enviar mensajes a tus amigos. No hay mente con la que estés más conectado que con la mía y desde este lugar, yo puedo trasladar mi imaginación a cualquier lugar de la Tierra.

-Usar tu mente como un medio de transporte – reflexionó Charles y asintió -. Tiene sentido.

-Piensa a quiénes vas a llamar para que el viaje sea rápido y directo – sugirió la niña.

-Claro, vaya que eres lista – observó su padre con orgullo -. Debo llamar a Raven, a Logan, a Alex y también necesito a Hank, aunque sería mejor que él se quedara con Sean.

-No te preocupes – contestó Sarah -. Sean está bien. Hank puede venir.

-Si tú lo dices – sonrió Charles.

-Solo quiero algo a cambio – solicitó Sarah, poniéndose seria.

-Dime – concedió.

-Una vez que hayas llamado a tus amigos, deja que yo use tu mente para poder saludar a mi otro padre. Está nervioso y nos necesita.

Charles rio, feliz.

-Erik va a morir cuando te vea. Bien, Sarah. Adelante. Vamos a concentrarnos.

Charles apoyó ambas manos en las sienes de su hija y cerró los ojos. Sarah cerró los suyos y entraron en trance.

*A este poema de Víctor Hugo, lo conocí hace tiempo en un examen de francés. Era el punto del examen que correspondía a comprensión lectora y recuerdo que quedé tan fascinada, que apenas me concentré en el resto. Aquí está una traducción que encontré en google.

Mañana, al alba, a la hora en que blanquea la campiña,
partiré. ¿Ves?, sé que me esperas.
Iré por el bosque, iré por la montaña.
No puedo permanecer lejos de ti por más tiempo.

Caminaré con los ojos fijos en mis pensamientos,
Sin ver nada de fuera, sin oír ningún ruido,
Solo, desconocido, con la espalda encorvada, con las manos cruzadas,
Triste, y el día para mí será como la noche.

No miraré ni el oro de la tarde que cae,
Ni las velas a lo lejos que descienden hacia Harfleur,
Y, cuando llegue, pondré sobre tu tumba
Un ramillete de acebo verde y de brezo en flor.