Capítulo 8

A Saga le daba igual la mala impresión que pudiera dar, no tenía ninguna intención de dejar que Unity y compañía vieran a Camus así. Se levantó sin más preámbulos y tomo la camisa de Camus con una mano y el brazo del joven con la otra.

—Tenemos que hablar —le dijo al tiempo que le levantaba de un tirón.

Camus se tambaleó hacia él y el empresario dejó escapar un siseo cuando el pecho del menor entrara en contacto con su antebrazo. Tenía que vestirlo sin perder más tiempo.

—Ponte esto —dijo mientras le tiraba la camisa.

Los otros cuatro chicos se le habían quedado mirando sin decir nada.

Camus hizo caso omiso de la camisa y la dejó caer en la arena.

—Suéltame —dijo. Intentó soltarse pero Saga le sujetaba con firmeza por el antebrazo—. ¿Pero qué problema tienes? —Camus volvió a tirar otra vez y se tambaleó al perder pie.

Saga tropezó al recibir todo el impacto del peso del joven pero se las arregló para sujetarle antes de que cayeran los dos.

—Oh, eh, Unity, eh, chicos. —Camus se acababa de fijar en los cuatro chicos que subían por la playa y los saludó con el brazo libre. Los cuatro hombres llevaban gafas de sol pero los cristales oscuros no pudieron ocultar la expresión libidinosa que invadió las cuatro sonrisas cuando vieron que los chicos estaban desnudos.

Los celos retorcieron las tripas de Saga. Sabía que no debería importarle. Camus no era nada suyo. No debería importarle si quería enseñarle su cuerpo al mundo entero, pero fue incapaz de contener aquel impulso primitivo e irracional que se disparó cuando aquellos hombres lanzaron una mirada de deseo a aquel cuerpo que él consideraba suyo.

No, no es tuyo, nunca lo fue y nunca lo será. Y una reacción como esta es el ejemplo perfecto de por qué tienes que guardar las distancias. Cuanto más lejos de él, mejor. No obstante, Saga no podía quedarse allí sentado y dejar que otros cuatro hombres se comieran con los ojos a Camus. Así que se inclinó y, sin hacer caso de su chillido, le tomo por las piernas y se lo echó al hombro. Le rodeó con un brazo firme los muslos y le hizo un gesto a Shaka para que le pasara la camisa y el bolso de playa de Camus.

—Bájame ahora mismo, imbécil —chilló Camus mientras le aporreaba la espalda con el puño cuando Saga emprendió el camino que llevaba a la quinta del joven.

Saga le dio un azote firme en el trasero pero después no pudo resistir la tentación de rodear la nalga del menor con la palma de la mano para darle un buen apretón.

—¿Me estás metiendo mano?

—Cállate, ¿quieres que nos oiga todo el mundo? —le riñó Saga.

—Me da igual quién nos oiga, eres tú el que se está llevando a uno de tus huéspedes como si fueras un Neandertal. Seguro que eso no queda muy bien.

—Eh, que eres tú el que estás borracho antes de las doce de la mañana y el que anda por ahí desnudo. —Saga dobló la esquina.

—No estoy borracho.

Saga bufó.

—Te digo que no lo estoy. Y en cuanto a estar desnudo, no te oí quejarte de ninguno de los otros. Ay.

Saga le dio un par de empujones mientras buscaba la llave en su bolsa.

—¿Qué hace que mi cuerpo sea especialmente ofensivos?

Saga se tomó un momento para dejar que sus ojos se acostumbraran a la penumbra de la quinta. Pasó por la pequeña cocina y el salón y entró en el dormitorio, donde lanzó sin más cumplidos a Camus sobre el colchón gigante. Después le tiró la camisa pero el chico hizo caso omiso de él y dejó que la tela se deslizara por su cuerpo y cayera al suelo.

—Milo siempre pensó que eran demasiado simplón —dijo mirándose el pecho desnudo.

Aquel hombre seguía hablando de su cuerpo. Saga estuvo a punto de gemir de frustración.

—¿Crees que necesito operarme?

Saga tragó saliva en un intento de conseguir humedecerse un poco una boca que se le había quedado seca como el desierto. Le estaba tomando el pelo, ¿no? Pero cuando le miró a la cara, vio que a su manera, un poco borracho, por cierto, el joven estaba preocupado de verdad. Había fruncido el ceño, se había apoyado en los codos y había metido la barbilla para ver mejor.

—Creo que tu cuerpo es perfecto —dijo Saga al fin y la expresión de felicidad que cruzó el rostro del menor fue casi suficiente para hacerlo caer de rodillas allí mismo. ¿Cómo se había metido otra vez en la misma situación, a solas con un Camus Dumont casi desnudo y deseándolo tanto que la polla estaba a punto de hacerle estallar la bragueta, pero sabiendo sin sombra de duda que no debería hacer nada en absoluto sobre el tema?

—¿De veras? —insistió Camus.

Oh, Dios, aquel hombre tenía que dejar de hablar de su cuerpo y ponerse algo encima o él iba a volverse loco.

Saga intentó apartar la vista pero hasta su olor, aquella piel cálida y el bronceador con aroma de coco, era suficiente para tensarle la entrepierna.

—Por citar una de nuestras películas favoritas, «hay escasez de pechos perfectos en el mundo y sería una pena perder los tuyos».

La sonrisa de Camus se iluminó un poco más, si es que eso era posible.

—La Princesa Prometida. Hace años que no la veo.

—Bueno, Principito, si eres un niño bueno y no te quitas el bikini, podemos verla en mi casa antes de que te vayas.

—Me gustaría —respondió Camus en voz baja pero no hizo nada por cubrirse.

Incapaz de soportarlo más, Saga tomo de un manotazo la camisa del suelo y se lo puso alrededor. Pero antes de que pudiera erguirse, el brazo de Camus le rodeó el hombro y Saga sintió que los dedos del menor se le enredaban entre el pelo un poco húmedo de la nuca.

—¿Qué más te da que otros hombres me vean así, Saga?

Camus tenía los labios rosados y separados y si él no pudiera oler la ya leve dulzura del ron en su aliento, se habría inclinado más para saborearla.

—¿Estás celoso? —lo picó él.

Le causó un dolor casi físico estirar la mano y desprender con suavidad la mano de Camus de su cabello. Aquel chico lo estaba matando, se le hizo un nudo en las tripas cuando su cerebro conjuró un torrente de imágenes de los dos, desnudos, pasando el resto de la tarde envueltos en una vigorosa maraña de miembros entrelazados.

Pero Camus estaba borracho y eso estaba alimentando sus coqueteos. Y le gustara a Saga o no, el mismo instinto protector y los celos que hacían que quisiera ocultarle de los ojos de otros hombres era lo que evitaba que se olvidara de su sentido común y se derrumbara sobre esa cama con él. Eso y saber que si le volvía a tomar, sobre todo borracho como estaba, solo terminaría complicándole a él la vida todavía más.

—Es solo que no quiero que te metas en una situación que no puedas manejar, Cam —dijo al fin. Era una excusa patética, ¿pero qué otra cosa iba a decir? ¿Que con solo pensar que otro hombre pudiera verle desnudo le apetecía atravesar una pared con el puño? ¿O que la sola idea de que estaba celoso lo confundía y cabreaba más de lo que lo había estado en toda su vida?

Camus sacó el labio inferior con un puchero enfurruñado.

—No soy ningún niño. —Al joven le pesaban los párpados cuando lo miró entre las pestañas inclinadas.

—Eso ya lo sé. Es solo… Digamos que me cuesta romper con las viejas costumbres.

El joven puso los ojos en blanco, igual que el adolescente hosco que afirmaba no ser.

—De acuerdo, Saga, voy a hacer un trato contigo. Yo no me quito el bikini y no me acerco a ti, si eso es lo que quieres. Pero tú tienes que relajarte un poquito y dejar que me lo pase bien.

Saga frunció el ceño de repente.

—Jamás he dicho que no quería que te acercaras a mí.

—Idioteces.

Saga no pudo contener la sonrisa. No sabía si llegaría acostumbrarse a oír groserías en boca de Camus.

—Dios, deberías haberte visto la cara cuando aparecí aquí. Estabas muerto de miedo, como si esperaras que sacara del bolso un conejito hervido o algo así.

Saga hizo una mueca pero no intentó defenderse.

—Me lo pasé muy bien contigo, Saga, y creí que tú lo habías pasado bien también —dijo Camus en voz baja—. Pero sé de sobra que no hay que confundir un sexo estupendo con el verdadero amor. Sobre todo contigo.

Eso sí que lo golpeó como la proverbial estaca en el corazón. Saga contuvo el aliento por un instante, dolido, cuando el casual comentario del joven dio en el blanco de lleno. Por desgracia para él, Saga no estaba dispuesto a ser su juguetito personal de la semana. Y aunque la idea lo ponía físicamente enfermo, no tenía ningún derecho a detenerlo si quería buscarse un sustituto.

—Está bien, de acuerdo. Yo me relajo. Pero tú ten cuidado. —Cuando Camus abrió la boca para protestar, Saga le silenció tapándole la boca con la mano—. Mira, sé que eres un hombre adulto y que quieres pasártelo bien, pero eso no cambia el hecho de que hasta ahora has llevado una vida bastante protegida. Así que no te vuelvas loco. No todos los tipos son buenos chicos como yo.

—Está bien, papá —dijo Camus de mal humor. Y después, con un tono más cordial—: ¿Significa eso que somos amigos otra vez?

—Sí, supongo que sí.

Camus volvió a dejarse caer entre las almohadas y cerró los ojos. Saga se inclinó sobre él y depositó un beso en la piel suave de la frente del joven.

Antes de que Saga pudiera reaccionar, Camus le deslizó los brazos por los hombros y levantó la cabeza. Abrió los suaves labios sobre los de Saga y sacó un poco la lengua para incitar la piel resbaladiza de la boca de su amigo.

Con un suspiro, Saga se dejó llevar por el beso. Camus sabía tan asombrosamente bien, dulce y cálido, con el matiz picante del ron por debajo. Al tiempo que el cerebro le chillaba que parase, que se apartase, que se levantara de aquella cama, Saga le recorrió el brazo con la mano. Deslizó la palma por la piel sedosa del vientre y fue subiendo bajo la camisa con el que le había envuelto.

Camus dejó escapar un pequeño gemido cuando la mano del mayor le envolvió un pezón, después deslizó las manos por la espalda de Saga e introdujo los dedos por la cinturilla de sus pantalones cortos. Saga gimió al saborear la sensación de tenerlo entre sus manos, al sentir el sabor de aquel hombre en su boca, al percibir el calor apenas contenido que se frotaba contra sus pantalones.

Un golpe seco resonó en la puerta de la quinta.

El ruido le devolvió a Saga el sentido común con una sacudida. Se apartó de Camus y se sentó tan rápido en la cama que le dio vueltas la cabeza.

—Vete —exclamó Camus.

—¿Cam? Soy Shaka. Solo quería ver…

—Estoy bien, vete —repitió Camus. Se puso de rodillas e intentó atraer a Saga otra vez a la cama—. Bueno, ¿dónde estábamos?

—Cam, debería irme. —Saga intentó desprenderse con suavidad de los brazos que le rodeaban el cuello pero el joven lo envolvía como un pulpo—. No podemos hacerlo —dijo con una mueca ante su propia falta de convicción.

—¿Por qué no? No es como si no lo hubiéramos hecho antes. Y estuvo taaan bien —murmuró Camus mientras lo torturaba con mordisquitos incitantes por el cuello y las orejas—. No he dejado de pensar ni un momento en lo bien que me sentía cuando me follabas hasta el fondo, con tanta fuerza.

Saga estuvo a punto de correrse con solo oír eso, escandalizado e insoportablemente excitado por aquel lenguaje tan poco propio de Camus. Cerró los ojos. Estaba deseando rendirse a la lógica del menor pero sabía que se odiaría, y Camus también lo odiaría, si lo hacía.

—Solo porque hayamos cometido un error una vez no significa que tengamos que volver a cometerlo.

Camus dejó caer los brazos y se derrumbó de nuevo en la cama.

—Muy bien. Supongo que tendré que arreglármelas solo. —Con una sonrisita picara estiró los dedos y deslizó la palma de la mano por el vientre desnudo. Mientras Saga le miraba, paralizado de lujuria, deslizó la mano bajo la cinturilla del bikini y se arqueó para acoger los dedos con un gemido ronco. Saga tenía mil razones para no volver a caer jamás en el anhelo que le inspiraba Camus pero en ese instante no se le ocurrió ni una sola, porque toda la sangre de su cuerpo huyó a su entrepierna. La verga le palpitaba mientras observaba los dedos del menor que se movían bajo la tela sedosa del bikini. Se le secó la boca cuando Camus capturó su propio pezón entre dos dedos y lo apretó un poco.

El empresario había intentado ser bueno con todas sus fuerzas, hacer lo que debía. Pero el aguante de un hombre tiene un límite.

A los pocos segundos estaba en la cama al lado de Camus, cubriendo con su mano la del joven, que se acariciaba y masajeaba el pecho. Camus abrió los ojos de repente y después los labios en un jadeo sorprendido al sentir la caricia. Saga aprovechó la oportunidad para envolverle la boca con la suya y hundir la lengua para saborearlo y atormentarle. Deslizó la palma de la mano por el vientre plano y bronceado del joven y se detuvo solo un momento para deslizar un lado del bikini.

Tragó saliva al ver aquellos dedos esbeltos que se habían enredado en su sexo despierto. Su miembro era una mora roja perfecta, jugosa y bañada por su propia humedad, Camus se acariciaba, se rodeaba con los dedos con un ritmo firme y constante, y gemía. El sonido envió oleadas de calor que hicieron crepitar directamente los testiculos de Saga y este supo que no iba a aguantar ni un segundo más sin tocarle.

Trazó con dos dedos la jugosa ranura. Los dedos del joven se quedaron inmóviles.

—No pares —susurró él entre un beso y otro, besos húmedos con los que le cubrió el pecho entero—. Enséñame cómo te corres tú solo.

Camus emitió un suspiro estremecido y continuó acariciándose. Saga deslizó los dedos por la entrada del joven y provocó otra oleada de humedad que bañó el sexo del menor al presionar en su interior. Se le cerraron los ojos y dejó escapar un gemido al sentir los músculos resbaladizos que le rodeaban los dedos. Camus se fundía a su alrededor como miel caliente, azúcar líquido que bañaba su mano en su dulce calor al arquearse e incitarlo para que metiera más los dedos.

El también movía los dedos más rápido, con más firmeza, así que Saga cruzó los suyos y empezó a meterlos y sacarlos, retorciéndolos para que la sensación fuese extrema. Lamió las gotas de sudor que perlaban el pecho del menor y después siguió subiendo, acariciando la piel de Camus con la lengua hasta que le capturó el pezón duro como un erecto. Le succionó el pecho con fuerza y estuvo a punto de correrse cuando el joven se tensó contra él y dejó escapar un grito penetrante. El sexo del menor se estremeció alrededor de los dedos de Saga en oleadas, apretándoselos en su presa resbaladiza. Tenía que penetrarlo. Ya.

Se peleó un momento con el botón de los pantalones y después le sonrió al colocarse sobre él. Camus tenía los ojos cerrados y los labios separados y su respiración se iba ralentizando. Después emitió un ruidito que hizo gemir a Saga. Pero no de placer.

Estaba roncando. Se había quedado frito. A Saga le hubiera gustado llevarse el mérito de haber hecho que se corriera hasta el punto de desmayarse pero sabía que el único responsable del estado inconsciente del joven era el bueno del Capitán Morgan.

El sonido de los suaves ronquidos lo torturó mientras salía del chalé. Apretó las protestas de su verga con una mano, intentando hacer bajar aquella dureza dolorosa. Eso era lo que pasaba cuando hacías el tonto con chicos borrachos.

Camus se despertó de repente. Levantó la cabeza de la almohada, abrió los párpados llenos de lagañas y miró por la habitación. ¿Pero qué hora era? Miró la franja de luz que se colaba por las cortinas. Estaba anocheciendo, supuso.

Sacó las piernas de la cama e hizo una pequeña mueca cuando sintió el cerebro agitándose dentro del cráneo. ¿Cómo se le había podido ocurrir? Ponerse a beber a las diez de la mañana y para colmo sin haber desayunado. Tenía un sabor asqueroso en la boca, como si hubiera estado comiendo sándwiches de tierra.

Se levantó con cierta vacilación y miró el reloj de la radio que tenía en la mesita. Cinco y media. Se acercó a las puertaventanas que llevaban al patio de la quinta y retiró las cortinas. Qué raro. Estaba inusualmente oscuro para la hora que era.

Encendió la luz del baño y guiñó los ojos cuando la asaltó el fulgor. Se examinó por encima del vaso mientras se tomaba unos cuantos tragos de agua. Qué mono. Tenía el pelo de punta, parecía Medusa, y llevaba un rastro de saliva seca en la mejilla. Le gruñó el estómago cuando tragó el agua.

Servicio de habitaciones y a la cama otra vez.

—Sí, me gustaría pedir algo de cenar —dijo cuándo contestó la operadora.

—¿Cenar? Señor, todavía estamos abriendo para servir el desayuno.

—¿Desayuno? —dijo Camus como si fuera tonto.

—Sí, pero no empezamos a servirlo en las habitaciones hasta las seis. Pero si quiere hacer su pedido ahora, será un placer llevárselo tan pronto como nos sea posible.

¿Desayuno? ¿Era posible que…? Camus miró su reloj. Sí, así era, según la ventanita que mostraba la fecha era lunes por la mañana. De alguna manera se las había arreglado para dormir casi dieciocho horas seguidas.

—¿Señor?

La voz de la operadora la sobresaltó y lo devolvió a un estado semiconsciente.

—Sí, quiero decir, no, no quiero desayunar ahora mismo.

Debe de pensar que soy un auténtico idiota. O un auténtico borracho.

Claro que la operadora del servicio de habitaciones era el menor de sus problemas, ¿no? Dadas sus hazañas del día anterior, había varias personas que seguramente pensaban que era idiota.

Empezando por Saga.

—Ay, Dios —gimió al recordar de forma vaga que su amigo le había llevado hasta su habitación. Y después… ay Dios, los momentos que pasaron hasta que él se quedó dormido. Los dedos de Saga sobre su cuerpo, y dentro, haciendo que se corriera casi hasta… No, espera, se había desmayado, sin casi. Camus cerró los ojos con todas sus fuerzas y lo embargó la vergüenza cuando recordó lo que había dicho, lo que había hecho. ¡Oh, Dios bendito, pero si se había tocado justo delante de él! Se había metido las manos en el bikini y había empezado a masturbarse en un intento de incitarlo.

Como era obvio, había funcionado hasta cierto punto, pero hasta qué punto Camus no estaba del todo seguro. Se devanó los sesos e intentó recordar qué había pasado luego, si es que había pasado algo. ¿Se habían acostado? ¿O él se había ido después de ponerlo a mil?

Quizá, si tenía mucho cuidado, podría arreglárselas para evitarlo durante los siguientes cinco días.

Se le hizo un nudo en el estómago cuando su cerebro emitió unos cuantos fragmentos más de la mañana anterior, como el tráiler mal editado de una mala película. El último daiquiri de plátano. Saga echándoselo al hombro y llevándoselo de la playa.

Sacudió la cabeza y se hizo una taza de café. En su noche de bodas se había jurado que el nuevo Camus iba a animar las cosas. Al contrario que el hijito bueno y obediente que siempre había sido, el nuevo Camus no tendría miedo de armar la gorda, de ser el centro de atención y de provocar algún que otro escándalo.

Pero emborracharse, desnudarse en público y que se lo llevaran de un sitio delante de sus nuevos amigos no era precisamente lo que tenía en mente cuando hizo sus votos.

¿Qué podía decirle a Saga, «Siento haberme arrojado entre tus brazos como una chica de una peli porno»? Siempre se había reñido por llevar una vida tan aburrida, pero el aburrido Camus, el que nunca se desviaba del buen camino y nunca se saltaba las reglas, ese Camus jamás había tenido que enfrentarse a una situación parecida.

Y prácticamente intimidar a Saga para que se acostara con el cuando era obvio que él no quería reanudar su amistad no entraba en absoluto en ninguno de sus planes.

Para empeorar las cosas, Camus le había demostrado que tenía razón, ¿no? Después de todas sus protestas diciendo que no había viajado hasta allí con ninguna expectativa concreta, se había pegado a él como una lapa a la primera de cambio.

Solo porque hayamos cometido un error una vez no significa que tengamos que volver a cometerlo. Aunque el resto de la conversación había quedado envuelta en una espesa niebla, esas palabras resonaron con claridad en su mente. Un error. Para él eso era lo que había sido acostarse. No unas cuantas risas, no un buen rato que merecía la pena repetir, sino un error. ¿Qué más daba que al final se hubiera rendido el día anterior? él estaba medio desnudo —¡tocándose, por el amor de Dios!— y prácticamente rogándole que se lo follara. Camus no se consideraba ningún experto en hombres, desde luego, pero hasta él sabía que le había hecho una oferta que cualquier hombre soltero tendría que estar casi muerto para resistir. Recordó entonces que, antes de que él hubiera sacado la artillería pesada, él se había apartado.

Solo había una solución. Alejarse todo lo posible de Saga durante el resto de su estancia.

Volvió a mirar el reloj. Las seis de la mañana. Algo le daba vueltas en la cabeza. Algo que se suponía que tenía que hacer ese día.

Hizo otra mueca cuando lo recordó. Bucear. Iba a ir a bucear con Unity esa mañana. No tenía muchas ganas de ir pero Unity le había parecido tan sincero al decir que quería ayudarle a superar su aversión que le sabía mal rechazarlo.

Si acaso, al menos en un par de horas tendría garantizado que no se tropezaría con Saga.

Miró fuera, al sol que en ese instante derramaba su luz amarilla como la de un limón por toda la playa. Se había deshecho de la resaca gracias al agua y al café y sintió que le invadía una energía inquieta. Sin duda uno de los efectos secundarios de dormir casi un día entero.

Decidió que una buena carrera era lo mejor para matar un poco el tiempo y deshacerse de paso de unas cuantas toxinas, así que se puso las zapatillas de deporte y salió.

Una hora después se sentía reanimado y un poquito mareado de correr con el estómago vacío. Dio un rodeo por el restaurante de la piscina para pedir un batido de frutas.

Mientras esperaba a que le mezclaran el potente batido de proteínas de melocotón, la mirada de Camus se clavó en el hombre que hacía unos largos en la piscina. Le sorprendió ver a otra persona levantada tan temprano. Quienquiera que fuera, era asombroso. Tenía una espalda fuerte y bronceada que resplandecía bajo la superficie del agua y los brazos se estremecían al empujarlo por el agua sin aparente esfuerzo con unas brazadas impecables.

Después gimió cuando se dio cuenta de quién era.

—¿Es que un chico no puede respirar tranquilo ni un momento?

—¿Cómo dice, señor? —preguntó la camarera, que estaba muy ocupada limpiando la barra.

—Oh, nada —dijo Camus—. Solo estoy esperando mi batido.

¿Qué pasaba, es que habían ido a recoger los melocotones a la huerta? Camus le lanzó una mirada furtiva a Saga, todavía absorto en sus brazadas. Camus rezó en silencio para poder salir de allí sin que él se diera cuenta. Sabía que al final tendría que dar la cara pero en ese momento temía morirse de vergüenza allí mismo.

Durante una décima de segundo se planteó la posibilidad de saltarse el desayuno del todo y pedir algo al servicio de habitaciones pero temía seriamente desmayarse por un bajón de azúcar antes de llegar a su quinta.

Lanzó un suspiro de alivio cuando apareció por fin la camarera con un gran vaso de plástico lleno de un espeso batido.

Sigue nadando. Por favor, que aquel hombre siguiera nadando.

Dejó escapar un ruidoso suspiro cuando se dio la vuelta justo a tiempo de ver a Saga saliendo de la piscina. El agua chorreó por el torso musculoso cuando se apuró para levantarse. Todavía no le había visto, estaba muy ocupado secándose la cara y el pelo. Todavía podía escapar.

Por desgracia, los pies se negaron a obedecerle y no pudo echar a correr. En su lugar se quedó allí plantado, con la saliva manchándole sin duda la camiseta sin mangas y bebiéndoselo con los ojos. Incluso después de la noche que había pasado conociendo a Saga de una forma tan íntima y personal, la visión de aquel cuerpo medio desnudo era suficiente como para que se le doblaran las rodillas.

Siguió con los ojos las gotas de agua que le recorrían los abdominales estremecidos y tuvo que hacer un esfuerzo para contenerse y no tirarlo al suelo para secárselas con la lengua.

—Ah, hola, Cam. Te has levantado temprano.

La mirada de Camus regresó de pronto a la cara de Saga, sorprendido de ver lo que solo se podía describir como una sonrisa cordial en su rostro. Qué raro, después de lo del día anterior, esperaba que le evitara como si fuera la peste.

—¿Cómo te encuentras? —le preguntó Saga cuando él siguió sin decir nada.

—Estoy bien. ¿Por qué lo preguntas? —Camus tomó un largo sorbo de su batido y saboreó la dulzura helada que se deslizaba por su garganta. No era solo la carrera lo que le subía la temperatura.

Los hombros de Saga se estremecieron cuando se secó los brazos y la espalda con la toalla.

—Me pareció que tendrías un pequeño dolor de cabeza.

Camus lanzó una carcajada nerviosa. Por la razón que fuera, Saga estaba siendo muy agradable esa mañana pero decidió no darle demasiadas vueltas.

—Bueno, sí tenía resaca, supongo que la dormí entera. No sé a qué hora me quedé dormido pero desperté hace más o menos hora y media.

Saga dejó escapar un silbido bajo mientras se reunía con él en el bar. Le dio las gracias a la camarera que de inmediato le colocó delante dos vasos gigantes, uno de agua y otro de zumo de naranja.

—Estabas más borracho incluso de lo que pensé.

A Camus se le pusieron los pelos de punta.

—No estaba tan borracho. —Evitó la mirada de su amigo fingiendo que colocaba la pajita antes de tomar otro trago.

—Ya, por eso perdiste el conocimiento dieciocho horas seguidas…

—No perdí el conocimiento. Últimamente no he dormido nada bien y…

—Justo después de intentar aprovecharte de mí —terminó Saga con una irritante sonrisa de satisfacción.

Camus creía que era imposible tener más calor pero la temperatura de su rostro aumentó unos diez grados. Ja, si Saga pensaba que él estaba como una cuba la noche anterior, ¿por qué no seguirle el juego?

—Estaba tan borracho que ni siquiera sé de qué estás hablando. —Su anfitrión le había proporcionado la estrategia perfecta: dejarlo correr como si no se acordara de nada.

Saga se echó a reír pero el tono burlón que Camus temía no apareció.

—Bobadas. No estabas tan borracho.

—Pero acabas de decir…

—Sí, porque sabía que te ibas a cabrear y eres una monada cuando pierdes los papeles. ¿Has ido a correr esta mañana?

El súbito cambio de tema fue demasiado para la mente de Camus, todavía un poco entumecida, así que todavía tardó un momento en contestar.

—Sí. Quería ir antes de que hiciera demasiado calor. Y no soy ninguna monada.- Lo de «monada» era algo que llevaba persiguiéndolo toda su vida. Por una vez quería que le describieran llamándolo sexy.

—Eres adorable. Y sé a lo que te refieres, yo también intento hacer ejercicio antes de que el sol llegue al punto de ebullición. Por no mencionar que tampoco me apetece mucho que todos mis huéspedes me vean así. —Saga señaló con un gesto los ceñidos pantalones cortos de lycra que llevaba a modo de bañador—. A menos que seas Lance Armstrong, los pantalones de lycra no son una prenda que un hombre deba ponerse a la ligera.

Camus se quedó mirando la prenda en cuestión. Por el modo en que se adaptaba como una segunda piel a aquellos muslos atléticos y lustrosos y al extraordinariamente apretado y fantástico trasero que cubría, Camus no pudo menos que estar de acuerdo. Por no mencionar que no hacía mucho por ocultar los más que impresionantes bienes que Saga tenía entre las piernas.

El empresario carraspeó un momento.

Oh, Dios, se le había quedado mirando a la entrepierna. Bueno, tampoco era culpa suya. Había sido él el que le había empezado a hablar de su cuerpo y el modo en que los pantalones se aferraban con ternura a todas sus… partes.

—Pues yo creo que estás muy… bien —dijo Camus. Y acompañó la afirmación con un trago tan grande de su batido que de inmediato tuvo que cerrar los ojos y sujetarse la cabeza cuando estuvo a punto de sufrir una congelación cerebral instantánea.

Una carcajada profunda resonó en el pecho masculino del mayor.

—Dios, Cam, contigo me parto. Solo tú podrías ser tan educado mientras te comes con los ojos el paquete de un tipo.

Camus ahogó un grito.

—No me estaba comiendo con los ojos tu… tu paquete.

—Oye, que no es una queja. Escucha, Camus, en cuanto a ayer…

—La verdad es que no quiero hablar de ello. No estoy muy seguro de lo que pasó —mentiroso— pero no voy a darle mayor importancia a las intenciones o falta de ellas que puedas tener. Sé que actué de un modo de lo más inapropiado y estoy muy avergonzado. Te prometo que no volveré a arrojarme en tus brazos en lo que queda de semana, y si lo hago, puedes mandarme a casa sin devolverme el dinero siquiera, ¿de acuerdo?

—Camus, no me refería a…

¿Por qué no podía dejar el tema de una vez?

—No puedo evitar que seas un tipo francamente guapo y disfruté mucho cuando me acosté contigo pero —Camus levantó las manos cuando él abrió la boca para interrumpirlo— también entiendo que no te interese acostarte otra vez conmigo y voy a respetar tus deseos, por mucho que me emborrache.

Saga no dijo nada, solo se quedó allí de pie, mirándolo con expresión un tanto confusa.

—Y ahora, si me disculpas, tengo que irme. —Camus le dedicó una sonrisa triste al mirarlo—. Voy a bucear con Unity. Sin duda para ti será un alivio saber que ya tengo a alguien que me distraiga y que no voy a acosarte más.

El joven la tomo del brazo cuando se dio la vuelta para irse.

—No tienes que avergonzarte de nada. No estoy disgustado…

Camus se soltó de un ligero tirón. Solo Dios sabía lo que era capaz de hacer si aquel hombre seguía tocándole. Después hizo un esfuerzo por recomponer la serena apariencia que siempre le había servido tan bien antes de hablar.

—Pondré todo mi empeño en no causarte más molestias durante el resto de mi estancia.

Camus se permitió una última mirada, tan ávida como discreta, al pecho de Saga antes de darse la vuelta y alejarse. ¿Quién sabía cuándo volvería a estar tan cerca de un espécimen masculino de semejante perfección?

Pondré todo mi empeño en no causarte más molestias durante el resto de mí estancia. ¿Quién diablos hablaba así?, pensó Saga mientras se terminaba el agua y el zumo.

Camus. Camus hablaba así. Camus, cuando se sentía amenazado o incómodo, siempre corría a refugiarse tras la armadura de la cortesía y los cumplidos.

Era una monada, tanto cuando escogía con todo cuidado esas ridículas expresiones como cuando se cabreaba de verdad.

Pero sí bien a Saga siempre le había encantado tomarle el pelo e intentar echarle un vistazo a su aparentemente inexistente genio, no le gustaba verlo avergonzado.

Saga regresó andando a su casa mientras se iba secando con la toalla. Por no mencionar que aquel chico estaba de vacaciones. Camus había pagado lo que hasta él admitía que era una cantidad obscena de dinero para alojarse allí y, fueran cuales fuesen sus razones para haber viajado hasta Eliseos, se merecía pasárselo bien como quisiese.

El empresario frunció el ceño. Pero no si su idea de diversión incluía coger la gran borrachera y desnudarse delante de cualquiera que quisiera contemplar su cuerpo perfecto.

En menudo puto problema se había metido. Apenas había podido dormir la noche anterior mientras intentaba contener el impulso de salir corriendo, forzar la puerta del chalé de Camus y follárselo como era obvio que aquel chico quería. Tampoco había sido capaz de hacer nada en la oficina. En lo único que podía pensar era en la sensación del sexo dulce y ardiente de Camus en su entrada ciñéndole los dedos, lo magnífico que hubiera sido deslizar su pene por los suaves labios de aquella cueva oscura. Una y otra vez hasta que no le quedó más remedio que irse a casa y hacerse una paja solo para poder concentrarse después.

Y verlo así, sudado y ruborizado tras la carrera, lo ponía a mil, hasta tal punto que tuvo que ponerse la toalla alrededor de la cintura para no escandalizar a algún inocente miembro del personal o a algún cliente.

En lo único que podía pensar él era en volver a estar dentro de Cam y resultaba que él se iba a pasar la mañana con Unity. Unity, con su cara bonita de surfero y su impaciencia de buen chico, sin duda había podido echarle a Camus un buen vistazo el día anterior, antes de que Saga se las arreglará para devolver a Camus a su quinta.

Fantástico, joder. El futuro éxito de Eliseos dependía de su capacidad para llevar a buen puerto aquella estúpida boda y gracias a un hombre de pelo verde-azulado y menudo con un pecho perfecto y un culito descarado, él era incapaz de concentrarse ni un minuto.

Tal y como él había temido, Camus representaba la mayor distracción del mundo en un momento de su vida en el que no podía permitirse el lujo de distraerse. La pregunta era, ¿cómo diablos se suponía que debía solucionarlo? La respuesta obvia era ponerlo de patitas en el ferry. Pero ni siquiera él era tan estúpido y además, ¿qué imagen daría de Eliseos si él se hacía famoso por echar a sus huéspedes sin razón aparente?

Y aunque detestaba admitirlo, tampoco estaba listo para despedirse de aquel hombre todavía.

Horas más tarde seguía sin saber qué hacer y Rada tampoco lo ayudaba mucho.

—¿Qué quieres decir con que no pasó nada? —dijo Rada cuando Saga le puso al corriente de lo que había pasado después de que Camus y él dejaran la playa—. ¿Te lo llevaste como si fueras un gorila de montaña y no pasó nada? Pero si estaba prácticamente desnudo. —Rada se recostó en su sillón y se cruzó de brazos, indignado.

—Estaba como una cuba…

—Y arrojándose en tus brazos, aunque no sé muy bien por qué, teniendo en cuenta lo imbécil que has sido con él…

—No quería aprovecharme de él.

—Oh, por favor, has aceptado las ofertas de cientos de mujeres y hombres igual de borrachos.

—¡No tantas!

—Esta bien, docenas.

Saga hizo un cálculo mental rápido y no discutió.

—Docenas de mujeres y hombres —continuó Rada — y jamás has sentido el menor escrúpulo por sus estados de embriaguez. —Rada hizo una pausa y un pequeño ceño le arrugó la frente—. Bueno, eso no es del todo verdad, jamás te he visto irte con alguien en peligro inminente de ponerse a vomitar.

Lo que decía Rada era verdad y, demonios, le dolía. Saga jamás había sentido ningún escrúpulo por su comportamiento.

—Ninguna estaba tan borracha como para no saber lo que estaba haciendo. —Era un argumento bastante endeble pero por primera vez en su vida a Saga le estaba costando justificar su comportamiento.

—¿Y Camus?

—¿Y Camus qué?

El tono de Rada se hizo más exasperado todavía.

—¿Estaba tan borracho como para no saber lo que estaba haciendo?

Saga pensó bien la pregunta antes de contestar. No cabía duda de que Camus había bebido demasiado pero, sí tenía que ser sincero consigo mismo, tenía que admitir que había sido más bien un caso de pérdida de inhibiciones que de que Camus hubiera hecho algo que no habría hecho de ninguna otra manera.

Igual que en la noche de bodas del joven. Saga sintió una tensión conocida en el estómago cuando recordó las horas que había pasado con él en aquella gran cama del Sanctuary. Lo había hecho suyo de todas las maneras que se le habían ocurrido y, con todo, seguía empalmado y ansiándole cuando se había subido al avión que lo había devuelto a Eliseos.

Igual que en ese mismo instante, al recordar la sensación del pecho de Camus, desnudo y perfecto, bajo su mano.

Pero no había estado bien aprovecharse de la falta de inhibición de Camus en su noche de bodas, igual que tampoco habría estado bien si se hubiera acostado con él, el día anterior.

—Después de todos los putos sermones que me has echado sobre mi comportamiento en el pasado, se diría que estarías orgulloso de mi contención.

Rada puso los ojos en blanco.

—Muy bien, por una vez no se te escapó de los pantalones. ¿Qué quieres, una medalla?

Saga intentó lanzarle una mirada asesina pero sin gran resultado.

—Lo único que digo es que es obvio que le deseas. Y aunque él intenta mantener la compostura, está claro que el sentimiento es mutuo. Así que no veo por qué te sigues torturando. Por no hablar de como me atormentas a mí, que tengo que cargar con tu perpetuo mal humor.

—No es buena idea, Rada.

—¿Pero qué problema hay? ¿A qué le tienes tanto miedo?

—¿Miedo?—se burló Saga—. Yo no le tengo miedo a nada —dijo, quizá con demasiada pasión porque Rada se recostó en su sillón y lo miró con los ojos entrecerrados con esa expresión tan suya.

—Te gusta, ¿verdad? —dijo al fin con un brillo en los ojos, como si acabara de descubrir algún gran y oscuro secreto.

—Pues claro que me gusta…

—No, te gusta pero de verdad. Sigues suspirando por é, como cuando ibas a la universidad.

—Yo jamás…

Su primo continuó, aplastando cualquier protesta que él pudiera haber hecho.

—Estabas loco por él en aquel entonces. En tus emails siempre era «Camus y yo hemos hecho esto, Camus y yo hemos hecho lo otro…».

—Sí, y siempre estaba saliendo con otra persona.

—Siempre te estabas tirando a otra persona —lo corrigió Rada—. Pero a él que deseabas de verdad era a Camus.

—Solo éramos amigos.

—Sigo sin entender por qué nunca le entraste —dijo Rada sin advertir la tensión que agarrotaba cada músculo del cuerpo de Saga.

—Dejemos el tema —dijo Saga. Fue más duro de lo que había pretendido pero al menos su primo cerró la boca con un arqueo sorprendido de las cejas.

Saga regresó al ordenador e intentó quitarse a Camus de la cabeza pero los comentarios de Rada le devolvieron todos aquellos desagradables recuerdos del instituto, cuando se había ido a vivir con su padre. Por aquel entonces estaba fuera de control, bebía, iba de juerga en juerga y no paraba de meterse en líos. Casi quince años después veía su comportamiento como lo que era. Una llamada de atención hacia un hombre que veía su breve matrimonio con su madre —por no hablar del propio Saga— como un error. Shion Stefhanos apenas se había quedado con la madre de Saga, una camarera de Athenas, el tiempo suficiente para dejarla embarazada.

Si bien la había dejado con una compensación, más que generosa, durante la mayor parte de la vida de Saga su contacto con su hijo se había limitado a unas cuantas tarjetas de Navidad y cumpleaños (siempre acompañadas de un gran cheque) y una visita al año, de vez en cuando dos.

Cuando Saga cumplió los diecisiete años y hacía el último curso en el instituto, su madre, que ya no soportaba más el comportamiento cada vez más alocado de Saga, lo había enviado a vivir con Shion. Había llegado el momento, le había dicho, de que su padre hiciera algo más que poner dinero para solucionar el problema.

Pero solo porque Saga estuviera viviendo en la misma casa eso no significaba que Shion o la que entonces era su mujer se involucraran en su vida. La pareja, al igual que Milo, que era cinco años mayor, solo aparecía en la gigantesca mansión de Marseilla durante unos minutos entre el trabajo y las obligaciones sociales. Con todo, Saga se las había arreglado para meterse en líos de sobra pero descubrió que cuando a nadie le importaba, la cosa perdía bastante gracia.

En su lugar intentó centrarse en los estudios y se ganó la distraída aprobación de su padre cuando consiguió sacar todo sobresalientes sin demasiado esfuerzo. Pero incluso entonces, Saga nunca tuvo la sensación de que aquella era su casa, nunca sintió que su padre y Milo fueran su familia de verdad. Por no hablar ya de los amigos de la familia, que jamás habían sabido qué pensar de él.

Todo el mundo había sido muy agradable con él pero había oído rumores suficientes. Especulaban sobre su madre, cotilleaban que era una stripper o, peor aún, una prostituta que había engatusado de alguna manera a Shion Sthefanos para que se casara con ella y le diera millones de dólares.

Saga jamás se había molestado en intentar convencerlos de la verdad. Que Hestia Geminis Sthefanos era una jovencita ingenua de veintidós años cuando Shion Sthefanos la había conquistado. Que se había enamorado de verdad de Shion y que habría devuelto los millones en un abrir y cerrar de ojos a cambio de la oportunidad de tener una familia de verdad con él.

Solo Camus llegó a saber la verdad. El joven había visto a Hestia unas cuantas veces cuando esta había ido a visitar a Saga a la universidad. Camus fue la única persona del presumido círculo social de su padre que tuvo el valor suficiente para preguntarle sin rodeos por los rumores. Cuando él le dijo la verdad sobre el matrimonio de sus padres, Camus se había limitado a sonreír.

—Sabía que tenía que ser una mujer agradable. Mira cómo saliste tú —le había dicho.

Pero a pesar de toda su dulzura, Camus jamás iba a ser suyo. Lo que no había impedido que él lo deseara con todas sus fuerzas. Para cuando cumplió los veinte años y Camus tenía dieciséis, Saga ya había disfrutado de unos cuantos chicos malos pero entonces le había echado un vistazo a Camus, con su piel cremosa y aquellas curvas jóvenes y frescas, y se había preguntado qué haría falta para, hacer que un chico bueno como Camus se portara mal.

Sus cavilaciones debieron de ser bastante obvias por que Ares Dumont no había perdido el tiempo: lo habían arrinconado y lo había desengañado de cualquier idea que Saga pudiera tener sobre Camus. Puede que seas el hijo de Shion, le había gruñido. Pero no eres uno de nosotros. No te acerques a Camus.

Saga nunca supo si Ares le había hecho la misma advertencia explícita a Camus pero en la Academia Delfos fue obvio que él chico quería mantener en secreto su creciente amistad.

Saga se había planteado durante un tiempo la idea de seducirle para vengarse, para desquitarse de unas personas que, a pesar de la poco entusiasta aceptación de su padre, jamás lo llegarían a aceptar como uno de los suyos. Pero muy pronto se dio cuenta de que Camus le gustaba demasiado para hacerle eso.

¿Así que Rada quería saber por qué no le había entrado nunca? Jamás lo admitiría ante él pero podía admitirlo para sí. Porque había sido un cobarde, así de simple. Porque siempre había sabido que cualquier relación con Camus terminaría reduciéndose a una sencilla elección: o él o su familia. Y siempre había sabido que perdería él.

Y como el idiota que era, durante un tiempo, tras licenciarse, había intentado conseguir la aceptación de su mundo trabajando duro para su padre y Ares en S&D, intentando demostrar que era uno de ellos, alguien digno de un chico como Camus. Se había pasado tres años golpeándose la cabeza contra el muro antes de espabilar de una vez y abandonarlo todo para construir Eliseos.

—Si él está dispuesto, no sé por qué no te lanzas y te lo quitas de una vez de la cabeza —dijo Rada, sacándolo de repente, de su desagradable viaje por la calle de los recuerdos.

Saga se frotó los ojos con la esperanza de que eso devolviera al primer plano los números de la hoja de cálculo.

—Te he pedido que dejaras el tema. Además, los dos sabemos que ahora mismo no me puedo permitir distracciones.

—¿Es que ahora no estás distraído? — respondió Rada—. ¿Sabes? Quizá si te lanzaras y te lo quitaras de encima, podrías concentrarte en esto de una vez.

Saga no se molestó en decirle a Rada que ya había hecho suyo a Camus una vez y que eso no había hecho mucha mella en el deseo que sentía por él.

—No es tan fácil.

—¿Qué es lo peor que podría ocurrir? —Maldita fuera, aquel hombre era como un perro con un hueso.

¿Lo peor? Que Camus se fuera y regresara al seno de su familia, dejándolo a él solo y con todos aquellos patéticos anhelos que había vuelto a despertar. Básicamente, lo inevitable. Por fortuna sonó el teléfono antes de que Saga se viera obligado a pensar una respuesta. Mientras Rada sostenía otra conversación llena de tensión con el jefe de seguridad de Pandora Heinstein, Saga regresó al siempre creciente presupuesto de la boda.

Pero por mucho que intentara concentrarse, no podía quitarse a Camus de la cabeza, cosa que, como bien había señalado Rada, ya era una enorme distracción sin ni siquiera haberse acostado con é otra vez. Dios, en ese momento estaba sufriendo todas las consecuencias que más temía pero sin ninguno de los beneficios.

Y si lo pensaba bien, llevaba años obsesionado con una versión idealizada de Camus. Un Camus que jamás lo habría utilizado para vengarse, que jamás le habría propuesto a un tipo una aventura casual. En los cinco años transcurridos desde la última vez que la había visto, Camus se había convertido en una persona diferente. Quizá si Saga tomaba una dosis de realidad, del hombre real en el que Camus se había convertido, podría enterrar aquella obsesión de una vez por todas.

Pero primero le iba a enterrar a él, en una cama. Y empezando esa misma noche.