Disclaimer: Los personajes pertenecen a Stephenie Meyer, pero la historia es completamente mía. Está PROHIBIDA su copia, ya sea parcial o total. Di NO al plagio. CONTIENE ESCENAS SEXUALES +18.


Recomiendo: Stay the Night – Claptone (feat. Tender)

Capítulo editado por Jo Ulloa.

Capítulo 9:

Explosión

"(…) Porque estoy completamente perdido

(…) ¿Pasarás la noche?

(…) Sí, quiero conocerte

(…) Porque me gusta la manera en que me haces sentir fuera de control

(…) Pasa la noche ahora, nena

Dómame con tu encanto…"

Me sentía en una nube, cada vez más alta, cada vez más caliente. Sus manos en mi cintura parecían más grandes de lo que imaginé, haciéndome sentir pequeña y frágil, casi como si su fuerza fuera a quebrarme en pedazos. Y eso me excitaba hasta los huesos. Junto a sus besos se unió su lengua con la mía y yo sonreí con lascivia. Sabía tan bien, tal como lo imaginé. Yo busqué la suya, húmeda y ágil, y él gruñó con la respiración desacompasada. Mis manos comenzaron a bajar por su cuello, tocando lo que tanto deseé. Quise averiguar bajo su camiseta y él se rio, excitado.

Le había dado el mensaje que tanto necesitábamos.

Edward apretó mis caderas y yo estuve a punto de sentarme sobre sus piernas, olvidándome completamente de dónde nos encontrábamos. Mi pecho subía y bajaba, así como nuestro beso se hacía más demandante y furioso. Dios santo, besaba tan bien que podría tener un orgasmo ahora mismo.

Su fuerza me atrajo hacia su pecho y yo apegué mis senos a él. No quedaba distancia entre los dos. Nos miramos a los ojos, con nuestras narices chocando y nuestras lenguas rozándose en el momento.

Se me acababa la respiración.

De pronto, sentimos el sonido de la campana que provenía de la escuela, a menos de una cuadra de distancia. Los niños ya habían salido, pero yo no quería separarme de su lado, quería que me siguiera besando, porque me sentía en un infierno tan delicioso que sólo quería seguir probando las bondades de este demoniaco bombero.

Edward estaba excitado, podía verlo en sus cuencas deseosas de mí. Me sentía tan sexy ante sus ojos, tan mujer como jamás lo había percibido. Pero entonces recordé que los niños podrían vernos y, ante todo, debía actuar con la cautela de una pantera, hacerme desear tal como lo debía hacer una fémina con poder, para luego atacar y hacerlo mi presa.

Me separé para respirar y él mordió mi labio inferior, tan salvaje como lo pensé. Tuve que tomar aire y ser fuerte, porque estaba a punto de tomarlo de la mano y llevármelo hasta los arbustos para que me cogiera como demente.

—Los niños —jadeé.

—Lo sé —respondió al instante.

Tuve que tragar y separarme a duras penas, por lo que Edward me soltó a regañadientes, dejándome con la estela de sus huellas en mi piel, muy calientes. Mis pezones estaban endurecidos y sentía un calor bajo mi piel que no podía calmar, así que me puse a chupar del popote.

—Mal momento para hacer eso —susurró, levantándose del asiento.

Mis mejillas se pusieron rojas de desesperación, imaginando que aquel popote podía ser su…

Ay no, estaba que cortaba mis cables a tierra.

—Los niños estarán afuera, démosle la sorpresa. —Me tendió su mano y yo la tomé, aún sintiendo mi rostro rubicundo por él.

Nos mirábamos, conscientes de lo que habíamos sentido con un beso. No quería ni imaginarme lo que podría sucedernos con algo más.

—Vamos —susurré, volviendo a limitar nuestra distancia pero luego pasando por su lado para que pudiera sentir mi aroma.

Edward jadeó y yo pasé de largo, caminando con mi trasero en alto y mirando detrás de mi espalda cómo se metía las manos en los bolsillos para acomodarse algo entre las piernas.

Sonreí, sintiéndome increíblemente sexy. El bombero me deseaba y yo seguía queriendo saltar en un pie.

Cuando llegamos a la escuela tuve que tomar aire de manera profunda para que mis mejillas dejaran de estar tan rojas, mientras que Edward no dejaba de repasarme.

—Mira, ahí vienen —me susurró al oído, aprovechando de dejarme su aliento cálido cerca del cuello.

Sentí una electricidad por todo el cuerpo y él sonrió, muy consciente de sus juegos. ¿Era la manera de enfrentar mis intentos por dejarle con las ganas? Yo creía que sí. Lo miré con los ojos entrecerrados y Edward aprovechó la instancia para hacerme un guiño coqueto.

—¡Mami! —gritó Fred, alertando a Agatha, que estaba intentando amarrarse la bufanda roja alrededor de su cuello.

Cuando los niños se dieron cuenta que también estaba Edward, corrieron hacia nosotros con las manos hacia cada uno, muy felices.

Fue inevitable reírme.

—¡Vinieron! —exclamó Agatha mientras su papá la tomaba entre sus brazos y la ponía sobre sus hombros.

Mi hijo me abrazó desde la cintura, como siempre, y yo le besé los cabellos.

—Nos… encontramos por aquí y decidimos quedarnos juntos a esperarlos —exclamé para luego terminar de beberme el smoothie.

Eso era lo que necesitaba, algo frío para calmar el calor interior.

—Y como estoy de muy buen humor, quiero invitarlos a todos a comer —dijo Edward, mirándome especialmente a mí.

Volví a sentir electricidad.

—¡Di que sí, mami! —Fred tiraba de mi ropa mientras hacía un puchero manipulador.

¿Cómo podía negarme?

—Claro. ¿Se puede saber adónde? —inquirí mientras reprimía una sonrisilla.

—¡A Chuck E. Cheese's! —gritaron los niños, haciendo que los dos dejáramos de sonreír.

No era un lugar propicio para coquetear en absoluto.

—Bueno, iremos a Chuck E. Cheese's —bufó Edward.

.

—Ya llegamos —avisó Edward mientras estacionaba tranquilamente su jeep afuera de mi casa.

Agatha y Fred estaban algo somnolientos, así que se restregaron los ojos. Habían comido como posesos en el lugar más horriblemente ruidoso del mundo. Edward y yo no tuvimos ni un minuto para hablar a solas y repasar lo que habíamos hecho en el parque.

Él se soltó de su cinturón y ayudó a sacar a los niños del coche. Los dos salieron corriendo hacia mi casa para luego meterse al jardín para ver un nido de pajarillos que Fred había ayudado a proteger.

—¡No vayas a ensuciarte! —le grité.

Iba a salir, sacando un tacón hacia fuera del coche, pero un cuerpo grande me lo impidió, poniendo ambas manos contra el borde de la puerta, tensando los brazos como una cárcel a mí alrededor.

—Ni creas que escaparás tan fácil —susurró.

Me sentí estremecer con lo ronca que estaba su voz.

—¿Y si lo intento, qué harás?

Sonrió.

—Ni te lo imaginas —respondió.

Moví los labios para no echarme a reír de nervios.

—Creo que es mejor cuando la imaginación no es suficiente —jadeé.

Una mueca divertida se le dibujó en la cara.

—Gracias por hacerme pasar un mejor momento, has hecho de mi día uno difícil de olvidar.

Me repasó con suavidad.

—¿Aún te duele la muñeca? —inquirió, recordando lo que había pasado hace un rato con Jasper.

Negué, pero mentí, porque aún me dolía pero no quería causarle una batahola, especialmente, no ahora que estábamos en paz. La situación lastimaba, pero no por mí, sino por mi hijo, que no tenía idea de nada y jamás iba a hacerle saber las cosas que su padre había estado haciéndome últimamente. Bueno, parte de mi pasado, Fred jamás debía saberlo, por su bien y su felicidad.

—¿Estás segura? —Endureció su voz.

Suspiré.

—Sabes que si respondo de manera afirmativa vas a enfurecerte…

—Claramente lo estoy —bramó.

Me mordí la mejilla interna.

—No quiero que esto llegue a mayores.

—¿Por qué? —inquirió, como si estuviera pensando las cosas incorrectas.

—No es por él, Edward. —Su mirada se tranquilizó—. Es por mi hijo y porque Jasper no vale la pena.

Asintió con la mandíbula tensa.

—Tienes razón. Pero si vuelvo a saber que Ricitos de Oro vuelve a actuar como un imbécil lo haré picadillos, ¿de acuerdo?

Sonreí.

—Entendido. Qué bien se siente tener un guardaespaldas.

Entrecerró los ojos y luego se rio.

—¡El nido es inmenso, papá! —exclamó Agatha.

Edward rápidamente se separó de mí y yo pude bajarme.

—Fantástico, lo veré un día de estos —dijo su papá—. Tienes que ir a darte un baño, ya es tarde.

—Está bien.

Edward se despidió de mi hijo de forma cariñosa y luego subió a Agatha al coche.

—Dejaré a tía Bella en la puerta y luego nos iremos. ¿Bien?

Su hija asintió y se despidió de mí con un movimiento de manos.

—¡Nos vemos pronto, cariño! —exclamé, moviéndole la mano y enviándole un beso por los aires, lo que le hizo sonreír y mirarme de esa forma que a veces llamaba mi atención.

Caminé hasta mi puerta y la abrí para Fred, que fue corriendo hacia adentro para ordenar sus cosas para la escuela.

—Puedes pasar un momento, me quedaría más segura contigo dentro —susurré de manera coqueta.

Sus ojos llamearon.

Dejé la puerta entreabierta para despedirme, los dos en el vestíbulo, completamente a solas.

—Ha sido un placer estar contigo el día de hoy —señaló.

—Estoy completamente de acuerdo.

—Hasta pronto, Rompecoches.

—Eres un bobo —susurré, pasando mi mano con suavidad por su pecho.

Él me miraba pasar la mano con fingida inocencia, a punto de atraparla entre sus dedos.

—Hasta pronto, Bomberito.

Se rio y negó.

Me empiné, poniéndome de puntillas para alcanzar su rostro. Hice la tentativa de besar sus labios y su respiración se volvió pesada, pero luego desvié mi camino hacia su mejilla, la que besé de manera húmeda y pasando suavemente mi nariz en su barba a punto de salirle.

Se tensó notoriamente.

Antes de que pudiera separarme, llevó uno de sus dedos a mi mejilla, la que delineó mientras me comía con la mirada.

—No me tientes, Isabella Swan —murmuró—. Te veo pronto, ¿no?

Me reí y me recargué en el umbral de la puerta, haciendo que mi cadera se viera más pronunciada ante sus hambrientos ojos.

—Puede ser, ¿por qué no?

—Ya veo —ronroneó.

Caminó de regreso a su coche y yo aproveché de verle el culo descaradamente. Cuando se metió dentro me tocó el claxon y derrapó con furia, sacándome un suspiro de puro deseo reprimido.

—Paso por paso —susurré.

Cerré la puerta detrás de mí y me arrastré con la entrepierna caliente. Aún sentía la hinchazón de sus besos y eso me estaba matando.

—¡Fred! ¡Tu abuela vendrá pronto! Ponte le pijama y métete a la cama, yo pronto tengo que ponerme a trabajar —exclamé, pasándome una mano por el cuello para calmar la lujuria.

No podía.

.

—No es ningún problema. Ahora que estoy buscando un nuevo trabajo tengo más tiempo de pasar con mi nieto. —Se acercó a mi oído—. Y tú aprovechas de escribir esas cochinadas.

Me reí, todavía roja como tomate. Mamá se dio cuenta de que algo pasaba, pero como Fred venía con su pijamita de los Ositos Cariñositos, simplemente lo dejamos pasar.

—¿Quién pasará la noche con la abuela? —le preguntó ella, abriéndole los brazos de par en par.

—¡Yoooooo! —exclamó él, abrazándola contento.

—Estaré en mi estudio, ante cualquier cosa, por favor avísenme, ¿sí?

—Tranquila, ve.

Antes de ponerme en acción me hice un té y me lo llevé junto a algunas galletas. Cuando me vi enfrentada a mi laptop, apagué las luces y puse música.

—Es mi momento —exclamé en medio de un suspiro.

Me bebí un sorbo y comí mientras pensaba cómo proseguir, pero enseguida recordé lo que había pasado con Edward, lo que instintivamente me puso a mil el corazón. Me puse a escribir de forma rápida, mis dedos se movían por todas las teclas como poseídos de un espíritu caliente y a punto de detonar.

Estaba al límite.

Mientras dejaba librar mi imaginación en esa página digital, rememoré la sensación de mis dedos en su piel, en cómo picaba esa barba tras mis yemas y cómo sus tatuajes parecían transmitir un mensaje que sólo para mí tenían un significado: peligro. Mis recuerdos pronto me llevaron a otro precipicio, uno aún mejor, que eran sus besos. La manera en que encajaban sus labios con los míos, eran una invitación completa al más oscuro camino. Y es que cuando unió su lengua a mi boca supe que iba a caer, que todo autocontrol había acabado.

Tuve que separarme de las teclas y mirar al frente, con la respiración agitada y las palmas calientes frente a mis más meros recuerdos.

—No puedo soportarlo —gemí, ocultándome los ojos tras las manos.

Una parte de mí moría por llamarlo y pedirle un momento sólo para tener una excusa y hacerlo mío cuanto antes, pero me abstuve porque él estaba con su hija y yo con el mío.

—Estoy pensando con el clítoris —susurré, cerrando la laptop mientras suspiraba, sujetándome la cabeza con la mano.

Salí del estudio tambaleando de deseo. Todo estaba oscuro, por lo que asumí que mamá ya se había quedado dormida junto a Fred.

—Necesito una ducha —me dije mientras me recargaba en la pared del pasillo.

Me desnudé frente a los azulejos y luego metí un pie en la regadera. Cerré los ojos, intentando borrar esos recuerdos fogosos que me estaban desquiciando, lo que por supuesto resultaba difícil dado que el dueño de eso estaba a poco más de 30 metros.

—Definitivamente estás loca, Isabella —me reproché mientras pegaba la frente a la pared fría.

Puse mis manos para que el agua cayera por mi espalda, cerrando los ojos en el intento. Entonces pensé en cómo me tomó de la cintura y cómo hizo que mi pecho hiciera contacto con el suyo, cerrando nuestra distancia y convirtiéndola en un estrecho e íntimo momento. Me jaboneé repasando esas sensaciones y adhiriéndole partes de mi imaginación. Jadeé al instante cuando mi propio cuerpo me hizo sentir la vibración de sus manos, pasando por mi cuello y luego por mis senos, que acaricié como si se tratara de Edward. Comencé a bajar tan rápido como la humedad me llevó al colapso, acariciándome en un intento por imaginar que era esa sexy bestia y no yo. Ahogué un grito cuando llegué a mi monte y luego dos dedos acariciaban los bordes de mi lado más íntimo. Me agarré de los azulejos e imaginé que sólo se trataba de él, que esos dedos fuertes y largos se iban abriendo paso en mi sexo. Apreté aún más los párpados cuando me atreví a acariciar mi clítoris, moviéndolo tal como quería que Edward lo hiciera. Me arqueé frente al placer y mis movimientos se hicieron más rápidos, con un dedo metiéndose en mi interior y la mano libre en mis senos.

Cómo quería que fuera él y nadie más.

—Edward —gemí, explotando tan rápido que ni tiempo tuve de taparme la boca o callarme.

El único sonido que pudo amortiguar mis gemidos fue el del agua cayendo.

Cuando el breve momento de máximo placer acabó, me apoyé en los azulejos con la espalda pegada a ellos, respirando de manera desacompasada.

—Me vas a matar, Edward Cullen —jadeé.

Lo último que hice fue meter la cabeza en el grifo y darle al agua fría, porque ni mi pequeña sesión de autoplacer fue suficiente para aplacar todas las ganas que le tenía al bombero.

Cuando ya estaba dispuesta a dormir, metida entre los edredones, sentí el vibrar de mi teléfono en la mesita de noche.

Mi corazón se desbocó.

En el momento en que vi el nombre de Sexy Bestia en la pantalla, sentí que parte de mi pecho estaba a punto de volar, convirtiéndome en una hiperventilada de mierda.

"Sexy Bestia: No dejo de pensar en lo que ocurrió en el parque. Quiero repetirlo".

Me mordí el labio inferior y me metí bajo toda la ropa de cama para gritar de emoción.

—Contrólate, debes hacerte desear —susurré, sacando la nariz para respirar.

Comencé a teclear con prudencia, manteniendo a esa sexy bestia interesado, dándole una pequeña probada.

"Bella: Mientras puedes fantasear con la idea. Ya habrá una repetición".

Él lo leyó enseguida y comenzó a escribir al instante.

"Sexy Bestia: Mmm… Llevo demasiado tiempo fantaseándolo. Una mujer difícil, mi favorita. Buenas noches, Rompecoches. Te haré caso, fantasearé".

Metí la cara en la almohada y me obligué a mantener los dedos alejados de cualquier otra frase que no fuera un "buenas noches" y un Emoji de un beso como respuesta.

—Así que te gusta que te la haga difícil —ronroneé.

.

.

.

—¡Y Agatha quiere invitarme a ver animales al bosque que hay detrás! —escuché decir a Fred.

Entré a la cocina bostezando y me encontré a mamá ya haciéndole el desayuno a mi retoño.

—Buenos días, dormilona —me dijo ella.

Me rasqué una nalga y me quité el cabello de la cara.

—Hola, mami.

Le besé la cabecita a mi pequeño y luego le di un beso en la frente a mamá.

—Al parecer dormiste bien —susurró, como quien no quiere la cosa.

—La verdad. —Me la pensé aunque ya tenía la respuesta—. Sí.

Renée se apoyó en la isla y me miró tras sus anteojos de lectura, dejando a un lado el cuaderno de su nieto.

—¿Qué? —inquirí, haciéndome la tonta.

Esperaba que no me haya escuchado gemir en la ducha.

Se encogió de hombros mientras me servía una taza de café.

—Es que alguien vino a verte —me contó sin mirarme a los ojos.

Fred tenía una galleta de avena en la boca, así que sólo nos miraba mientras masticaba con lentitud.

Dejé de hacer lo que hacía para quedarme un momento a la espera.

—¿Quién?

Se bebió un sorbo de café, despreocupadamente.

—El bombero del otro día.

Justo estaba echándole azúcar al café y la cuchara se me cayó en cuanto escuché la palabra bombero.

—Ya veo —se rio mamá.

Intenté limpiar, pero ella me quitó las manos de ahí y me pidió que me sentara.

—Cada vez que te pones nerviosa te vuelves más torpe, ya veo que la visita de esta mañana tiene bastante efecto en ti.

Me encogí de hombros, pero era imposible engañarla, me conocía como a la palma de su mano.

—¿Qué… quería? —inquirí, intentando demostrar menos interés del que sentía.

—Saber de ti. Un hombre muy madrugador—. Suspiró—. Es muy guapo, ¿no crees?

—Muy —susurré y ella se rio.

Se sentó a mi lado y se afirmó la barbilla con las manos, mirándome de manera pícara.

—Dijo que te tenía una sorpresa, no quiso comentarme qué, pero imagino que ese bomberito quiere algo contigo.

Le indiqué que guardara silencio mientras miraba a Fred, pues no quería que escuchara.

—Oye, cariño, ¿qué tal si vas a ver qué ropa ponerte hoy? Recuerda que Agatha vendrá a buscarte para ver a los animalitos del bosque.

Mi hijo asintió muy entusiasmado y corrió hacia la habitación.

—¡Ten cuidado! —exclamé—. No quiero que Fred se haga ideas que no son.

Levantó las manos.

—Sí, fue mi error y tienes razón, pero es que estoy tan emocionada. Es tan encantador y tan varonil, ni parecido a ese imbécil que tuviste de esposo.

Me reí yo esta vez.

—Es su cuñado.

Abrió los ojos de sopetón.

—Hermano de Alice.

—¿La chica que se casará con Jasper?

Asentí y me bebí el café.

—¿Qué?

Mamá me miraba fijamente.

—Entonces más te apoyo, estoy segura que ese mequetrefe debe estar teniendo una úlcera en el fondo del estómago al saber que tú y ese bomberito son muy amigos.

Dios, la amaba.

—¿Sabes? Ni siquiera me importa. Por mí que se pudra.

Carcajeó.

—Pues te doy la bendición. Disfruta, ahora estás soltera y ese hombre estaba bastante interesante en mostrarte su… sorpresa. —Me movió las cejas de manera pícara.

—Basta ya, mamá.

Sonrió y me besó la coronilla para entonces levantarse y limpiar un poco.

Como era sábado, mamá aprovechó la tarde para ir a ver a Phil a su trabajo. Su novio era un vendedor de coches y hoy ambos tenían libre, por lo que estaba demás decir que iban a disfrutar su día juntos.

—Envíale saludos a tu galán —le dije, apoyada en el umbral con los brazos cruzados.

Mamá iba a decirme algo mientras se disponía a marchar, pero justo llegó Edward, que venía con Agatha en su bicicleta. Renée me miró y apretó los labios para no ponerse a reír mientras yo me ponía tensa como las adolescentes frente a su galán.

—Mierda, justo ahora que me veo como una vagabunda —susurré.

Sólo llevaba unos pantalones cortos de pijama y una camiseta apretada con mil años de antigüedad.

Mamá no pudo aguantarse una sonrisa burlona y yo le di una mirada de pocos amigos.

Intenté peinarme mientras lo veía caminar hacia nosotras junto a su hija, pero era en vano.

—Hola —saludó, mirándome de pies a cabeza.

Ay no, debía pensar que me veía fatal y diferente a la guapetona de todos los otros días.

—¡Hola! —exclamé dos octavas más altas de lo que quería. Carraspeé—. Qué genial verte por aquí.

Quiso sonreír, pero se aguantó.

—Hola de nuevo —dijo mamá, tomándole la mano para saludarlo con picardía.

Edward se la apretó de manera amigable, ignorando por completo la mirada de mi mamá.

—¡Qué linda bicicleta, cariño! —comenté, acercándome a Agatha para calmar mi extraña hiperventilación.

Me sentía como cuando tenía 15 años y el primer chico que me gustó fue a buscarme a casa para el baile de primavera. ¡Ya no estás en edad, Bella Swan!, pensé.

—Papi me la regaló hace unos días —respondió con mucha alegría.

—A Fred le encantará saber que tiene una compañera para ir a echar una carrera.

Sentía los ojos cálidos de Edward en mi costado, mirándome mientras mamá intentaba no ser evidente y pedirle que se acercara a mí.

—Bueno, yo ya me voy, ¡que tengan una linda tarde! Ha sido un gusto verte de nuevo —se despidió Renée, moviendo los dedos para despedirse de todos.

Justo cuando le dio la espalda a Edward, ella me hizo un gesto con las cejas, muy sonriente.

—Tu madre es muy divertida —me comentó.

Le sonreí de manera fingida.

—Si supieras cómo es cuando se toma una copa de vino —susurré—. ¿Quieren entrar…?

—¡Agatha! —gritó Fred, saliendo con su casco en la mano.

—¿Ya habían planeado ir de carreras sin decirme nada? —les pregunté a los dos, poniéndome las manos en la cintura.

Ambos asintieron y se miraron de forma traviesa.

—A mí tampoco me dijeron. Creí que sería una sorpresa para Fred, pero veo que estos dos están más de acuerdo de lo que creí. —Edward los miró con la ceja alzada y ellos se pusieron a reír.

—¿Podemos ir a dar un paseo, papi? ¡No nos meteremos en el bosque esta vez!

—Sí, mami, por favor. —Fred tiró de mi camiseta y yo suspiré, imposible de negarme.

—Claro, ¿qué dices, Edward?

Él me miró tras sus ojos verdes, que brillaban con el inmenso sol que hacía hoy.

Mis piernas temblaron.

—Sí, no tengo ningún problema, así aprovecho de mostrarte la sorpresa que te tengo. Imagino que tu madre te comentó que vine a buscarte hace poco para mostrarte algo que tengo para ti.

Me reí divertida y entusiasmada.

—Pues sí.

Suspiró mientras nos mirábamos a los ojos.

—¡El primero en llegar al otro extremo es Martin Smith! —gritó Agatha, subiéndose a su bicicleta rápidamente.

Fred se puso a reír como cerdito y la acompañó, poniéndose el casco mientras intentaba pedalear.

—¡Tengan cuidado! —vociferé mientras los veía desaparecer por el parque.

Cuando Edward y yo nos quedamos a solas, el silencio se cernió sobre los dos, pero era tan cómodo como siempre, sólo que mi vientre parecía contraído, casi como si un fuego intenso viviera en mi interior.

—Al fin solos —murmuró.

Apreté las manos para calmar el ardor que sólo su voz me provocaba.

—Tu sorpresa. —Sonrió, caminando hacia atrás para traer algo entre sus manos, algo muy pesado que se encontraba detrás del muro de mi casa.

Era una batería de auto nuevecita.

—P-pero…

Estaba perpleja.

—Noté que se te ha hecho complejo adaptarte al taxi y en vista de que no has podido comprar la batería de tu auto… te he traído una para poner en marcha tu precioso Mercedes.

—Edward —dije con un puchero.

—¿Qué ocurre? —me preguntó divertido.

Me pasé una mano por la frente, aquejada por esto.

—Ya te debo dinero, no puedo…

—Eso es aparte. Sé que te ha sido complicado todo y… Bueno, es mi forma de ayudar a mi vecina favorita, ¿no crees?

Me reí.

—¿De verdad?

Levantó las cejas, aún con la batería entre sus manos.

—¿Tienes alguna duda? Aunque déjame decirte que me costó decidirme por mi vecina favorita, la anciana de al lado es bastante guapa.

Puse los ojos en blanco mientras me reía más fuerte.

—Me encanta tu risa, Isabella.

Apreté los labios y respiré hondo para no dar un paso más y darle un beso.

—Puedo ayudarte a instalarla, la verdad, no tengo nada que hacer hoy, además le vendría bien una pulida a la carrocería. —Miró a mi coche, que era rojo oscuro.

Iba a aceptar cualquier excusa que lo mantuviera aquí.

—¿De verdad harías eso por mí? —le pregunté, acortando nuestra distancia.

—¿Te cabe alguna duda?

Suspiré.

—Gracias, Edward, por todo nuevamente.

Me atreví a darle un abrazo inocente, pero una de sus manos me apegó a su cuerpo desde la espalda baja.

—De nada —susurró.

Respiré hondo.

—¿Comenzamos? ¿O tienes algo que hacer? —inquirió.

Negué.

—La verdad, hoy tampoco tenía mucho que hacer. Es sábado.

Sonrió y me soltó poco a poco, como si le costara. Finalmente se arremangó la camisa, mostrándome sus tatuajes y sus brazos tan fuertes.

—Lamento que me hayas encontrado con el peor pijama —me reí, apoyada en uno de los árboles mientras lo veía abrir el capó para inspeccionar toda la mecánica de mi auto.

Yo era un asco para eso.

—¿Bromeas? Me gusta —soltó, mirándome sutilmente las piernas.

Me sonrojé.

—También me gusta cuando te sonrojas —añadió.

No supe qué contestar y él sólo me regaló otro de sus guiños coquetos que me desarmaban por completo.

—¿Hace cuánto no le das una revisada a tu coche? —me preguntó.

—Mmm… Hace año y medio, ¿por qué?

—Debe ser más seguido. Espero que no te moleste que lo deje como nuevo, disfruto bastante con la mecánica cuando se me da la oportunidad.

Sonreí.

—Claro, yo puedo ayudarte, aunque acabaré siendo un estorbo muy pronto, no soy muy buena en estas cosas.

Se rio.

—Dudo mucho que seas un estorbo en algo —señaló con picardía.

—¿Quieres algo para beber mientras?

—Tranquila, invítame a beber algo luego de esto… Más tranquilos y solos —susurró.

Ay Dios, ¿cómo podía decirme esas cosas?

Edward se puso a colocar la batería y a revisar que todo estuviera en orden con mi coche, por lo que pronto le dio calor, sacándose la camisa. Mis ojos se desorbitaron tal como siempre que me mostraba parte de su piel.

—¿Asustada nuevamente? —inquirió, sin mirarme.

—¿Asustada? —Enarqué una ceja.

—Siento ser tan desvergonzado.

Me recargué en el capó, echando el culo hacia atrás. Él desvió rápidamente su mirada hacia la curva, gloriosa ante sus ojos.

—Ya estoy acostumbrándome a tu desvergüenza.

—Falta mucho para que eso ocurra, Bella.

¿A qué se refería?

Él comenzó a trabajar en la máquina, instalando todo con la fuerza de sus dedos, manos y brazos. Yo tenía mi labio entre los dientes, mirándolo moverse en el entorno viril que le encantaba.

Era inevitable que Edward me pusiera más lasciva de lo que alguna vez pensé estar por un hombre, era cosa de mirarlo. Jamás había conocido a alguien tan guapo y tan varonil al mismo tiempo, ¿y lo mejor de todo?, no se comportaba como un asno. Era un camino a la perdición por completo.

—¿Te molesta si le doy una encerada? Lo lavaré rápidamente, así puedes ayudarme.

—Qué comprometido estás con esto.

—No puedes negarte, asúmelo.

Me reí y caminé hacia la manguera para dar el agua. Sus ojos seguían mi camino.

—Ten. —Se la pasé y caminé hacia la llave.

Quise hacerle una travesura y, mientras esperaba despreocupado, sin darme aún la orden para que permitiera el paso del agua, simplemente abrí con toda potencia, haciendo que la manguera saltara entre sus manos, derramando agua como si se tratara de una fuente.

Edward quedó completamente mojado, mirando perplejo lo que había pasado. Yo me reí a carcajadas, tomándome el vientre en el intento.

—Mira lo que te has atrevido a hacer —murmuró, haciéndose el molesto.

Apreté los labios y me tensé, preparada para correr.

—Deberías saber que no debes bromear con Edward porque pago el doble.

—Oh no.

—Oh sí.

Me eché a correr alrededor de mi coche y él tomó la manguera como buen bombero, accionando el agua al máximo.

—¡No te atrevas a…!

No alcancé ni siquiera a advertirle, me había mojado completamente y sin remordimiento. Me quedé tensa y con la boca abierta.

—Eres un bobo —gruñí.

—A tu servicio.

Quise quitarle la manguera, pero él aprovechó de volver a mojarme. Fue inevitable que me pusiera a reír mientras el agua me caía por los pies como si me hubiera lanzado a una piscina.

—La venganza es un plato que se sirve frío, Edward Cullen —murmuré, metiéndome entre sus brazos para sacarle la manguera.

Cuando fue posible, él intentó mantenerla consigo y finalmente los dos nos quedamos empapados como miserables. Al instante nos volvimos a reír a carcajadas y a los segundos nos quedamos mirando con los espasmos de la alegría, pero con los ojos oscurecidos, especialmente los suyos, que dejaron de ser verdes. Su mirada comenzó a bajar y tragó con dificultad, por lo que instintivamente me miré, descubriendo que mi camiseta blanca de tirantes dejaba ver todo mi cuerpo gracias a la humedad. La tela estaba pegada a mí y no llevaba sujetador.

—¿Quieres ir a secarte adentro? Puedes resfriarte. —Sonreí de manera coqueta y él comenzó a ver reflejado su deseo gracias al aumento de su respiración.

Finalmente asintió y yo caminé hacia la puerta, invitándolo con mi mirada. Sentí sus pasos detrás de mí y mi corazón se sentía rápido tras mi tórax debido a la ansiedad.

—Hey —me llamó y yo paré para darme la vuelta.

En cuanto me giré topé con su pecho, más cerca de lo que imaginé.

Sus ojos se transformaron.

Antes que tuviera cualquier intención por preguntarle qué ocurría, Edward me besó de manera tan apasionada que se escapó un gemido desde lo más profundo de la garganta. Yo lo abracé del cuello, empinándome para pegarme a él y no separarme, debía estar loca para siquiera pensarlo. Edward me sujetó de la cintura, su lugar favorito, al parecer, y me elevó un poquito sin hacer mucho esfuerzo. Uní mi lengua en su boca y me recibió con una necesidad apremiante por sentirme, derramando la humedad de nuestro contacto. Mis manos bajaron por sus hombros, esta vez desnudos, y fui trazando un camino por esos tatuajes que me volvían loca.

—Que manos tan curiosas —me dijo contra los labios.

Sonreí y esta vez fui yo quien le mordió el labio inferior, mirándolo a los ojos con deseo.

Nos sumergimos rápidamente con la batalla de nuestras lenguas, pero Edward separó el contacto para besarme la barbilla y luego pasar su nariz por mi cuello. Cerré los ojos con fuerza; se me hacía complejo no deshacerme entre sus brazos. Edward me sujetaba cerca de mi trasero y yo quería que lo agarrara con todas sus fuerzas o que me golpeara tan rápido que no pudiera sentarme por al menos tres días.

Me estaba convirtiendo en la mujer que dejé ir luego de tantos años. Me sentía tan viva.

Fruncí el ceño cuando sentí el sonido de mi teléfono profesional, el que usaba para contactarme con mi editora y mi trabajo en la universidad. A los segundos cedió la llamada a la contestadora y la voz de Jasper retumbó en toda la sala.

Bella, sé que he sido un idiota durante este tiempo y no me puedo la culpa. Luego de la última vez no he dejado de sentirme una mierda por lo que te hice pasar. ¿Podemos hablar? Bella… Lo siento tanto… La rabia me nubló y si te hice daño quiero que me perdones…

Edward gruñó y los dos nos separamos con nuestras respiraciones rápidas y agitadas, envueltos en el deseo y la rabia de vernos interrumpidos por la persona que menos queríamos escuchar.

—Tenía que ser él —refunfuñó mientras mi ex marido seguía pidiéndome perdón con un extenso mensaje que apenas escuchaba.

Nada me importaba respecto a Jasper porque tenía a Edward al frente, tomándome desde las caderas con fuerza.

—Contesta, puede ser importante… por Fred —susurró, juntando su nariz con la mía.

Me mordí el labio y Edward me miró hacerlo.

Aprovechemos de llevar esta situación en paz, especialmente para mañana, que debo buscar a Fred para irnos juntos este fin de semana. ¿Podemos hacerlo? Por el niño, por su bien. Quiero comenzar a hacer las cosas bien…

Mierda. Lo había olvidado.

—Demonios —gemí, sujetándome de sus brazos fuertes.

Me tomó la barbilla con sus dedos y luego me acarició los labios con el deseo aún reprimido.

—Se va con él, ¿no?

Asentí.

—Entonces contéstale —me instó.

Nos separamos a regañadientes y en cuanto caminé hacia atrás, aún mirándolo, lo vi repasarme con el deseo en las cuencas, otra vez pendiente de cómo mi camiseta se me pegaba a los senos.

—Hola —respondí, cortándole el discurso de minutos.

Lo sentí respirar hondo, como si estuviera aliviado de que haya contestado.

Bella, gracias al cielo contestaste.

—Di lo que tengas que decir, no estuve pendiente de tu discurso, muy largo, me aburro.

Sé que me merezco este trato de tu parte y por esa misma razón haré todo lo que me pidas.

—Perfecto, entonces sé claro y conciso.

Suspiró.

Edward caminó hasta mi lado y yo me estremecí ante el calor que se desprendía de él. Le miré los tatuajes y estuve tentada a tocarlo sin remedio.

Quiero comenzar de nuevo, por Fred. No creas que esta situación no está afectándome. Alice ya sabe que me exalté contigo y ambos no podemos más de la vergüenza.

—¿No crees que primero deberías enfatizarle a esa pobre mujer que el único que debe sentir vergüenza eres tú y no ella? —Fui dura.

Lo sé, pienso lo mismo, pero sabes cómo es.

Puse los ojos en blanco y Edward elevó una ceja, interesado en lo que pudiera estar ocurriendo.

Mañana es un día importante para mí, ver a mi hijo es lo que he estado deseando por todos estos días. Espero que mañana, cuando vaya a buscarlo, tú y yo podamos hablar.

Suspiré y me pasé una mano por el cabello para guardar compostura.

—Había olvidado que venías, la verdad.

Oh, claro, lo entiendo.

—¿Qué harás entonces? ¿Lo llevarás a algún lado especial?

Planeo aprovechar hasta el lunes o martes, si puedes permitírmelo. Sé que tiene escuela, pero uno o dos días más con su papá no es malo, ¿no?

—Claro —susurré—. ¿A dónde lo llevarás?

Alice y yo queremos llevarlo a una cabaña cerca de Chicago. Hay un lago cerca y…

—Está bien —le corté el rollo—. Podemos dejar todo claro mañana.

Edward se cruzó de brazos mientras mantenía los ojos entrecerrados.

—Tengo que cortar.

No hay problema, espero que mañana podamos hablar mejor. Que tengas buena tarde, Bella.

No le contesté, así que simplemente corté y me quedé mirando el aparato unos segundos.

La verdad, parecía muy sincero.

—Disculpándose me imagino, ¿no? —me dijo Edward.

Asentí.

—Ya veo por qué Alice parecía querer hablar de Jasper ayer —murmuró con los dientes apretados.

—Vaya que hace mucho por él.

—¿Y? ¿Todo bien entre ustedes?

Lo escruté con mi mirada y me crucé de brazos tal como estaba ahora, sólo que los míos eran tres veces más pequeños que los suyos.

—En realidad, sólo hablábamos de su rol.

—¿Su rol? —Dio un paso hacia mí, levantando la barbilla con los ojos nuevamente oscurecidos.

—Se llevará a Fred este fin de semana.

—Ya veo. Así que quedarás sola todos estos días.

Enarqué una ceja.

—Sola por completo —murmuré.

—Primera vez que Jasper hace algo bueno en este momento.

—¿Por qué lo dices?

—Quiso contactarse conmigo, pidiéndome hablar cuando fuera a la discoteca.

—¿Y?

—No acepté y lo dejé plantado —me respondió despreocupado—. Supongo que es lo que intentó hacer también contigo.

Me encogí de hombros.

—Me importa muy poco lo que haga y, la verdad, no me interesa hablar de él en este momento.

Sonrió de forma coqueta y en un segundo me apegó a su pecho. Me reí excitada y jugué con su pecho desnudo, fascinada con los colores de sus tatuajes y su torso duro.

—¿Y en qué tienes puesta la cabeza ahora, Rompecoches?

—En lo que dejamos a medias —susurré, sintiéndome rubicunda por el deseo.

Me empiné y lo besé sin miedo. Él me recibió de forma salvaje, su marca personal. Le quedaba tan bien el sobrenombre que pronto acabé hecha añicos entre sus brazos.

En medio de nuestras llamas perdí total conexión con la realidad y boté una de mis plantas por accidente, causando un estruendo digno de película. Edward se puso a reír y me respiró contra los labios, manteniéndose con los ojos cerrados.

Sentimos unos pasos por el porche y nosotros nos separamos de forma abrupta. Me agaché para fingir que recogía la tierra y los pedazos de cerámica de mi pobre planta y enseguida vi entrar a Victoria con su cabello aleonado y rojo como el fuego.

—¿Bella? La puerta estaba abierta y…

El aire se le había escapado al ver a Edward con el pecho desnudo en medio de la sala, a escasos centímetros de mí.

—¿Estoy interrumpiendo algo?

Edward y yo nos miramos.

¡Sí! ¡Maldita sea, Vicky!, pensé.

—No —mentí con descaro—. En realidad, tuve uno de mis tantos accidentes mientras ayudaba a Edward a secarse. Tuvimos un accidente con la manguera mientras lavábamos mi coche…

—¿A qué manguera te refieres? —inquirió mi amiga de manera descarada.

Estaba claro su doble sentido y Edward simplemente sonrió, bajando la mirada para no carcajear con fuerza.

—A la del agua, Vicky —dije con la mandíbula apretada.

Elevó una ceja porque no me creía nada.

—Sí, ya veo. —Me miró los pechos, que seguían transluciéndose.

—Iré a ver a los niños. Le falta una encerada al coche y todo estará perfecto, pero puedo ayudarte mañana… o cuando quieras, curiosamente, estos días estaré libre.

Moví los labios para no sonreír como un demonio.

—Perfecto —respondí—. Cualquier cosa que ocurra con mi retoño, pues me dices.

—Claro.

Salió, aún con el pecho desnudo, y se puso la camisa afuera bajo mi atenta mirada devoradora. Antes de irse me guiñó un ojo, su coqueta marca personal, y finalmente se marchó, dejándome con mi cuerpo a punto de combustionar.

Victoria cerró la puerta detrás de ella con dramatismo y enseguida se puso a reír.

—¿Qué?

—Perra sucia, se besaron, ¿no?

Me mordí una uña y luego apreté los labios.

—¡Bella! ¡Me muero! ¡Te besaste con él!

Corrió hacia mí como una loca, brincando como si tuviéramos 18 otra vez.

—Estoy…

—Volando, ¿no?

Asentí.

—No sabes cuánto te envidio, maldita babosa.

Le mostré la lengua.

—¿Y qué tal? —Me movió las cejas, tal como hacía mi madre.

Tuve que respirar hondo, porque ya me había llevado tres besos suyos en menos de dos días.

—Besa tan bien —susurré—. Es difícil que me concentre ahora, no dejo de pensar en lo mucho que quiero tenerlo entre las piernas.

Vicky sacudió las manos, hiperventilada y emocionada.

—Hazlo, perra, ni un pero, que te haga todo lo que quieras, te lo mereces.

Me mordí el labio inferior.

—¿Crees que esté bien?

—¿Desde cuándo quieres hacer las cosas bien?

—No lo sé, quizá desde que pasó todo esto último…

—Abre la mente, amiga, sé que aún guardas a esa ninfa preciosa que se dejó pisotear por ese imbécil que tanto quiso.

Me reí.

—Siempre he sido esa ninfa preciosa.

—¡Lo sé! Pero ahora eres libre y estoy segura que un polvo loco te hará rejuvenecer como te mereces. ¿A quién carajo le importa el amor? Un poco de diversión estará excelente, ya son amigos, ¿no?

Me reí, entusiasmada con la idea que tanto me había rondado la cabeza desde que Edward le dio un giro a mi mundo.

—Ah, vaya, así que lo has estado pensando.

Esta vez fui yo la que le movió las cejas.

—Ten por seguro que lo disfrutaré, sólo… viviré el momento —murmuré, recargándome en el mueble, pensando en ese hombre tan divino.

Luego de mi momento de ensoñación, por fin pude volver al mundo real. Vicky venía a verme porque Rose había ido a verla a su trabajo.

—¿Por qué fue a buscarte? —inquirí mientras cerraba la puerta de la nevera.

Se encogió de hombros.

—Apenas le saqué información. Venía de la oficina de Royce King Jr.

—¿Habrán discutido?

—Es lo más probable —dijo con la boca llena de mantequilla de maní.

Me preocupé. Ellos rara vez discutían porque Rose aceptaba todo como un mueble, situación de la que yo estaba harta pero por la cual no podía hacer nada.

—Quizá no encontró nada mejor que buscar a la amiga más próxima. —Suspiró—. Es tan raro que no te haya dicho nada.

—¿Por eso has venido para acá?

—Sí. Venía de verla y me encontré con la sorpresa de que estaba dándole órdenes a unos hombres que le habían traído unos muebles nuevos y finos.

—Siempre compra de forma compulsiva cuando tiene un problema. ¿Sabes qué es lo peor? Que no lo soltará hasta que explote.

Mi amiga asintió y siguió comiendo mantequilla de maní mientras se sujetaba la cabeza con la mano libre.

.

.

.

Jasper y Alice debían estar por llegar.

Fred estaba de mal humor. No había querido desayunar su ración de siempre y parecía más callado que de costumbre. Para el dolor de mi corazón, yo ya sabía la razón: no quería ir con su papá.

Yo no sabía qué hacer.

Mientras alistaba la maleta de mi hijo, cabizbaja como yo sola, sentí el sonido del timbre. Era seguro que Jasper y Alice habían llegado ya. Mi hijo también lo asumió, porque en cuanto escuchó simplemente bajó la mirada.

No, no iba a permitir que se fuera aunque eso significara que mi ex marido hiciera un escándalo y malentendiera todo otra vez.

Fui a abrir, preparando ya el discurso que iba a darles, pero grande fue mi sorpresa al ver que eran Edward y Agatha. Él sostenía una mochila pequeña color calipso, lo que llamó mucho mi atención. ¿Iban a algún lado?

—Hola —saludé, un poco sorprendida.

Edward me miró y enseguida sonrió, complacido de verme usar mi tenida de domingo: unos simples jeans y suéter, nada especial, al menos comparado con su lindo abrigo negro que hacía juego con su mirada siempre verde y coqueta. Se veía más sabroso que de costumbre.

—Hola —saludó con las manos en los bolsillos—. Tenemos una sorpresa que queríamos compartir con Fred, ¿no es así, Pulgarcita?

Agatha me abrazó desde la cintura como lo hacía Fred mientras Edward nos miraba con el ceño levemente fruncido, como si la imagen le llamara la atención. Yo no dudé en recibirla a pesar que estaba sorprendida por su gesto, acariciando su cabello enloquecido como el de su padre, percibiendo su calidez tras mi tacto.

—¿Agatha? —inquirió Fred, caminando rápidamente hacia nosotros.

Sus ojos grandes y tan parecidos a los míos parecían querer salirse de sus órbitas.

Cuando se vieron se abrazaron, era como si lo único que pudiera mejorar el ánimo de mi hijo fuera su increíble mejor amiga.

Edward y yo conectamos visuales, conmovidos y extrañamente estremecidos por el contacto de nuestros hijos.

—Veníamos porque…

Edward fue interrumpido por el fuerte sonido de la puerta de un coche. Los dos miramos hacia la puerta abierta, viendo expectantes a Alice y a Jasper caminar hacia nosotros. El sonido había provenido de mi ex marido, que en cuanto notó con quién me encontraba, no pudo ocultar su evidente molestia. El tatuado cobrizo bajó un poco el rostro, tensando su mandíbula con fuerza.

—¡Edward! —exclamó la hermana mientras se colgaba el bolso en uno de sus hombros.

Él acomodó su mordida y fingió una sonrisa para ella.

—¡Alice, hermana, qué bueno volver a verte!

La mujer hizo un puchero y se le colgó del cuello, situación que hizo a Jasper tener un momento para mirarme muy molesto. Yo enarqué una ceja, sorprendida de que su discurso de ayer haya cambiado tan de repente con sus expresiones que no iban a lugar.

—Hola, mi vida, tanto tiempo sin verte —señaló Alice, agachándose para saludar a su sobrina.

—Hola, tía Alice —respondió la niña.

Jasper se acercó a nuestro hijo y se agachó para saludarlo, así como hizo su prometida. Fred me agarró la mano, dolido de ver a su padre luego de tantos días sin responder por él. Los niños siempre se daban cuenta de las cosas y yo no podía lavarle la cabeza para que quisiera a su padre si evidentemente Jasper no demostraba su preocupación.

—Hola, Freddie, ¿estás listo para irnos? —preguntó con voz suave.

—Hola, papá —respondió en voz baja. Luego me miró a mí, como si me dijera "mamá, quiero quedarme contigo".

Se me estrujaba en corazón.

Jasper suspiró y acercó su mano a la mejilla de mi pequeño.

—Lamento no haber venido antes. A veces los adultos nos volvemos tontos.

Fred bajó la mirada, sin creer mucho en lo que decía.

—Quiero hacer las cosas bien, por ti, de verdad —insistió su padre.

Todos estaban en silencio observando la situación. Mientras Edward tenía los brazos cruzados, Alice llevaba lágrimas en sus ojos. Yo no sabía qué posición tomar.

—La pasaremos muy bien. Al lugar al que iremos es magnífico, ¿y sabes qué es lo mejor? —le dijo ella, acercándose a mi hijo, que la miraba curioso mientras seguía tomándome la cintura—. Que Agatha nos acompañará.

Jasper frunció el ceño y la miró, muy sorprendido.

—¿A-Agatha? —tartamudeó—. No me habías dicho nada, cariño.

Edward sonrió de forma malévola.

—Fue decisión de último minuto. Quería que fuera una sorpresa. Además, me haría bien pasar unos días con mi sobrina, hace tanto que no disfruto con ella —dijo Alice, abrazando a la pequeña.

—Fue idea mía, espero que no moleste —comentó Edward, dando un paso hacia adelante.

¿Qué planeaba este demonio?

Miré a Fred y su expresión había cambiado. Al parecer, lo único que podía entusiasmarlo era la posibilidad de estar junto a su mejor amiga.

—¿Lo ves? La pasarás muy bien —le susurré, alternando mi mirada en él y en Edward, que enseguida me regaló otro de sus guiños sensuales y coquetos.

El corazón se me desbocó.

Íbamos a estar solos.

—¡Podremos jugar por el césped todo el día! —canturreó Agatha, tomándole la mano a mi hijo.

Jasper se levantó, muy molesto.

—Ya veo que podrán liberarse de la carga paterna por el fin de semana —señaló Alice, lo que empeoró la expresión de mi ex marido.

Estaba claro que no le molestaba la niña, sino la posibilidad de que tanto Edward como yo viviéramos a pocos metros y que por dos noches estuviéramos completamente solos.

—Son… muy amigos ustedes —señaló Jasper.

—Sí —respondió Edward en un segundo.

Jasper apretó los labios y asintió.

—Creo que te debo una disculpa. Y bueno, a Bella se la debo en persona.

Alice nos miró y sonrió como una madre viendo cómo su hijo hizo todo lo que ella dictó como correcto.

—Ahórratelos, quedó en el pasado, al menos para mí —afirmó Edward, aunque muy poco amable, la verdad.

Alice volvió a sonreír, suspirando de por medio.

—Yo no quiero hablar de eso —susurré—. Bien, cariño, tu maleta está lista. ¿Quieres agregar algo más?

Jasper se descompuso, pero no le di importancia.

—¡Sí, mamá! Acompáñame a buscar mi juguete —le dijo a Agatha.

Los dos corrieron hacia adentro, dejándonos a los adultos en medio de un incómodo silencio.

—Iré a calentar el auto —informó Jasper, saliendo rápidamente de mi casa, la casa que él compró y que tanto ayudó a decorar junto a su dominante madre.

—Revisaré las cosas de Agatha —se disculpó Edward.

Alice y yo nos quedamos a solas y ella rápidamente me tomó el brazo.

—Siento lo que ocurrió el otro día. Me he quedado preocupada.

Suspiré.

—No tienes que sentir nada, el que cometió el error de insistir cuando él y yo ya no estamos juntos fue precisamente tu novio. Mantente alejada de esto, ¿sí? —ordené con franqueza.

Alice pestañeó y bajó la mano, de nuevo intimidada por mi tono de voz.

—¡Ya tenemos todo listo! —exclamó Fred, corriendo con Agatha a las espaldas.

Me distraje con sus caritas alegres y Alice se fue caminando hasta la puerta. Edward venía con la mochila de su hija, asegurado de que no faltara nada para ella. Desde lejos escuchamos el sonido de Jasper tocando el claxon, pidiendo con brusquedad que se subieran ya a su coche. Edward no ocultó la expresión de desagrado y yo me acerqué suavemente a él, esperando que no se molestara en vano. Jasper era una causa perdida.

—Te echaré de menos —le dije a mi hijo, agachándome para abrazarlo.

—¿Me llamarás? —inquirió con los ojos tristes.

Pocas veces nos separábamos.

—Por supuesto que sí, en la noche. Duerme temprano y compórtense, ¿sí?

Asintió y me abrazó.

—Te amo, cariño —susurré para luego besarle la frente.

—Te amo, mamá —respondió.

Cuando nos separamos vi que Edward tenía a su hija en sus brazos y que algo le decía mientras ella lo abrazaba. Los ojos verdes del guapo bombero también destilaban lo que cualquier padre que ama a sus hijos podían expresar: nostalgia ante la inminente separación.

Alice se despidió de mí con un poco de timidez y luego lo hizo de su hermano, que le preguntó qué haría durante el fin de semana. Yo caminé detrás para escuchar, aprovechando que quería dejar a mi hijo en el coche. Jasper esperaba afuera, mirando a Edward con los ojos entrecerrados y repentinamente destilando el odio más intenso que alguna vez vi en sus cuencas.

—Súbanse. Pasaremos a comer en un rato, ¿qué quieren para cenar? —exclamó mi ex marido, intentando sonar amigable con los niños mientras los ayudaba a subir a su coche de último modelo.

Tuve que haber estado bien borracha para haber confundido el deportivo gris y soso de Jasper con el negro y rudo Mustang de Edward, pensé.

—Estaré todos estos días en el cuartel haciendo guardia de 24 horas —informó Edward, mirándome de reojo.

Mis hombros decayeron.

¿Estaría ocupado a tiempo completo? Oh no, ¿entonces no íbamos a vernos? Quise hacer un puchero, pero me abstuve.

—Edward, sabes que a papá y a mamá no les gusta que te la pases en el cuartel…

—Ellos olvidaron que tengo 34 años, Alice, además necesito hacerlo, nadie puede cubrir el mando y por esa misma razón no quería que Agatha se quedara sola o con Sophie, que sólo puede ir a cuidarla los días de semana.

Suspiré con pesar.

Así que este sería un fin de semana aburrido, sin Edward y sin mi hijo. Al menos podría avanzar en mi libro.

Jasper había escuchado y ya tenía implantada media sonrisa en la cara, gesto que Alice parecía asociar con los niños, pero yo no era tan ingenua. Él estaba feliz de que no hubiera posibilidad de que Edward y yo estuviéramos cerca.

Maldito mugroso.

—¿A dónde vas ahora, cuñado? —le preguntó Jasper, amistoso como nunca.

Edward enarcó una ceja.

—Al cuartel, necesito buscar un par de cosas para luego volver —respondió con recelo.

—Perfecto, nosotros pasaremos a dejarte, no creo que haya problema, ¿no, amor?

Alice sonrió.

—Pero por supuesto que no, ¡es mi único hermano! ¡Vamos!

Edward suspiró y no tuvo más remedio que aceptar, parecía no resistirse mucho a la alegría de su hermana menor.

—Hasta pronto, Bella, espero verte cuando nos traigan a nuestros pequeños. —Sonrió de forma tensa y me tendió su mano.

Yo se la apreté de mala gana, ansiando poder acortar nuestra distancia y besarlo de la forma en que lo hicimos tan solo ayer. Su tacto me estremeció, pero nos separamos más rápido de lo que quería, por lo que me llevé la mano al vientre.

—Que se diviertan —dije, sacudiendo mi mano para despedirme de los niños mientras veía a Edward meterse con ellos en el coche.

Mi hijo se despidió mientras el vehículo avanzaba, mirándome tras el vidrio trasero.

Casi cuando se perdían en el horizonte, noté que Edward fijaba sus cuencas en mí, como si quisiera decirme algo.

.

Eran las 7 de la tarde y yo ya había llamado a mi retoño, asegurándome que todo estuviera bien con él en el inmenso chalet de los Whitlock.

Ya segura y tranquila hasta mañana, me senté en el sofá con la laptop sobre la mesa de café. Llevaba horas sin poder avanzar, un poco desanimada de que Edward tuviera que trabajar durante todos estos días a tiempo completo. Era inevitable que me sintiera como una niña pequeña a la que le acaban de prohibir un dulce apetitoso e imposible de resistir.

Pura y llana desilusión.

—¿No pudiste trabajar otro día? ¿O al menos tener uno libre?

Suspiré y me dejé caer en el respaldo, mirando hacia las luces de lágrimas, completamente deshecha desde que probé esos labios pecaminosos.

—No dejo de pensar en él —me conversé a mí misma—. Es que besa tan bien.

Casi cuando decidía abstraer mi mente viendo algo en Netflix, sentí una llamada entrante. Corrí como desesperada hasta el otro sofá y vi la pantalla.

—Es él —gemí.

Esperé a que sonara un poco y luego contesté, carraspeando con seriedad.

—Hola, Rompecoches —me saludó.

Sonreí con las tripas retorcidas de nervios.

—Hola, Edward.

—Mmm… Qué aburrido. Dime de la forma en la que lo haces con tus amigas.

Me reí.

—Ni en tus sueños.

—Algún día te sacaré el secreto apodo y sé que te molestaré todo lo que pueda.

—Veamos cómo. Aunque dudo mucho que sea pronto, ya que tienes tanto qué hacer.

Carcajeó, notando el tono de mi voz.

—Auch. ¿Te ha molestado que tenga tanta ocupación?

Suspiré.

—Un poco.

Apostaba a que sonreía.

—Pues, te contaré un secreto: mentí.

¿Qué?

—Tengo hasta el martes libre, nada de cuartel y nada de responsabilidades paternas, especialmente esta noche, que la he guardado con entusiasmo.

Me mordí el labio inferior mientras pensaba si estaba escuchando el mensaje correcto.

—¿Para qué la has guardado? —pregunté con un hilo de voz.

—Para nosotros.

Sentí el calor crecer desde mi barriga y luego llevar un camino profundo hasta mi cabeza y mis pies.

—¿Qué me tienes preparado?

—No te lo diré hasta que lo veas. ¿Qué me dices?

Apreté los párpados y luego los dientes, queriendo saltar de emoción.

Otra vez me sentía como una quinceañera.

—Por supuesto —respondí con calma—, dime la hora y estaré ahí.

—A las 10 de la noche, ¿te parece?

Dios mío, no quedaba mucho.

—Claro, espérame con un vino, ya sabes que me gusta.

—Ni siquiera tienes que recordármelo. Nos vemos en la noche.

—Nos vemos.

Cuando corté tuve que pestañear unas cuantas veces para recobrar el sentido de la realidad y ponerme en acción.

—Hoy comerás la manzana prohibida —susurré, lamiéndome el labio inferior.

.

Me puse perfume mientras me miraba en el espejo de cuerpo completo.

Ya me había dado un baño de espuma, donde las fantasías corrían por mi cabeza, y me masajeé con algunas esencias especiales que tanto deseé ocupar pero jamás me di el tiempo de hacerlo. Ahora era el momento y mi piel olía a flores frescas.

Sacudí mi cabello, que caía en mis hombros semidesnudos, perfectamente peinada, con las ondas cubriendo mis pechos.

—Perfecta —mascullé mientras me frotaba los labios para dejar uniforme el labial borgoña, color que hacía juego con mi piel blanca y mi vestido color vino tinto.

Me di una vuelta y me sorprendí de mí misma. No iba a mentir, sí me había esmerado, pero me veía tan guapa, viva, casi otra.

Suspiré.

Me había decidido por uno de mis vestidos favoritos, el que siempre lograba mis propósitos. Hoy iba con una meta y era cazar a esa bestia.

El vestido me llegaba a la mitad del muslo y tenía un escote pronunciado a nivel de mis senos, mostrando sutilmente el canal en todo esplendor. Era de manga larga, algo vaporoso, con amarras a nivel de la cintura para estrecharla más y ampliar mis caderas. Junto a este, me había decidido por un collar negro y pegado al cuello, como la amarra de una dominatrix, elemento que combinaba perfectamente con mi atuendo inferior: unas botas de tacón fino, tan largas que llegaban a mis muslos descubiertos.

Miré el reloj y me sorprendí de lo tarde que se me estaba haciendo. La idea era ponerlo ansioso, no ser maleducada.

Me calcé las botas y acaricié toda la longitud negra de ellas, suaves y sensuales, llegando, tal como creí, a mis muslos.

Sonreí.

—Pecarás, Edward Cullen —susurré.

Me puse mi abrigo largo y tomé mi pequeño bolso, donde llevaba todo lo necesario. Antes de salir, respiré hondo, porque hace más de cuatro años no me proponía hacer fechorías con otro hombre que no haya sido Jasper.

—Por Dios, qué tonta —me reí, dándome cuenta de todo lo que me perdí por encapricharme de él, un hombre que no valía en absoluto la pena.

Pensar en Edward, en ese hombre que me traía loca desde el minuto uno, me hizo sentir cosquillas en la barriga, esas cosquillas que sólo el deseo podía provocar. Era el momento de liberar todas las ataduras que me atraían al mundo real, a ser la mujer que dejé atrás cuando el mal amor me condujo a una esclavitud desafiante. Los grilletes ya estaban desatados, ahora sólo quedaba el paso final.

Cuando llegué a la casa de Edward, tomé aire y caminé hasta la puerta principal. Las luces no se traslucían por las amplias ventanas, así que imaginé que estaba atrás, cerca de la cocina. Toqué el timbre y a los segundos sentí sus pasos, por lo que la ansiedad hizo estragos en mí. En cuanto me abrió me quedé boquiabierta, porque se veía muy bien. Edward vestía una chaqueta delgada de color marrón claro, prenda que se pegaba muy bien a lo entallado de su cuerpo y a su camiseta blanca, que no dejaba mucho a la imaginación de ese pecho duro. Sus piernas fuertes estaban cubiertas por un pantalón negro y entallado, el que de seguro le moldeaba el culo como los dioses. Mis favoritas eran sus botas militares, que hacían juego con todo el conjunto.

Edward me miraba de pies a cabeza, una y otra vez, sin parar, parecía no saber qué decir.

—Vaya… Uau —exclamó, medio sonriente.

Sonreí.

—Siete minutos tarde, Isabella Swan —dijo, mirando su reloj con fingido reproche.

—Ups —fue lo único que pude decir, de pronto, toda mi atención se había ido a un pequeño mechón de cabello que le había caído por la frente.

—Pasa, siéntete como en casa.

En cuanto di un paso al frente sentí la calidez de la chimenea y el de su pecho cerca de mi espalda.

—Dámela —susurró, quitándome el abrigo poco a poco.

Cerré los ojos y respiré hondo, imaginándolo quitarme prenda por prenda hasta dejarme desnuda.

—¿Quieres algo para beber? —inquirió con la voz ronca.

—Vino —señalé—. Ya deberías saberlo.

Lo sentí reír.

—Ven conmigo.

Tomó mi mano con seguridad y me instó a continuar el camino hasta la sala trasera, lugar que no había tenido oportunidad de conocer hasta ahora.

—Vaya, le has puesto un bar —susurré—. Parece el lugar ideal para celebraciones masculinas.

Sonrió.

—Fue idea de mi padre. Sabe que me gusta pasar con algunos amigos y encontré el lugar perfecto para instalarlo.

Caminé mientras miraba.

Había una isla en medio que estaba conectada al bar, eran de madera oscura y reluciente, la que hacía juego con los taburetes altos de colcha roja. Las paredes tenían lucecitas agrupadas en fila, que ahora estaban tenues junto a las repisas traseras, que también brillaban con colores pasionales e intensos, mostrando los diferentes alcoholes, sellados celosamente.

—Un hombre gustoso por el alcohol —comenté, mirando detrás de mi hombro al hombre que me acompañaba.

Noté que me estaba mirando, atraído a cada movimiento que hacía.

—Algo así, aunque no tengo el vicio implantado —respondió.

Seguí caminando por los sofás que había más allá, masculinos y modernos, perfectos para una reunión de amigos salvajes como él.

—Comeremos aquí. —Caminó hasta una mesa, la que se encontraba cercana a una amplia ventana que daba al jardín y a la piscina iluminada.

Era maravillosa, ya puesta para dos.

—Me encanta —susurré.

—Te traeré vino.

Me mordí el labio mientras lo veía desaparecer, porque tal como pensé, su culo se veía increíble en esos pantalones.

Me di un par de vueltas por el lugar, maravillada de como poco a poco iba tomando su identidad. Era tan atractivo todo lo que venía de él.

—Creo que te gustó —exclamó, sacándome un respingo—. Hey, ¿por qué tanta tensión?

Sonreí.

—Solo tú puedes llegar de golpe y sacarme un susto —murmuré, tomando la copa que me tendía.

Venía con la botella y otra copa para él, la que depositó en el bar mientras nos sentábamos frente a frente.

—Prefiero sacarte otra cosa. —Fue sincero.

Me sonrojé de deseo.

—¿Qué?

—Pronto lo descubriremos.

Mi vientre se apretó y yo cerré las piernas bajo su atenta mirada.

—Prueba el vino.

Me llevé la copa a los labios y bebí el cabernet, que era suave pero con un dulzor digno de un buen vino.

Magnífico.

—Mmm… —me saboreé, tentándolo a seguir mirando—. Me ha encantado.

—Salud. —Chocó el cristal de las copas y bebió también sin dejar de mirarme.

—Creí que me querías con los cinco sentidos bien puestos —susurré, jugando con el fuste para calmar el temblor de la ansiedad.

—Pues sí, cuidaré de que tus cinco sentidos estén indemnes para esta noche.

—¿Por qué? —inquirí, haciéndome la tonta como bien sabía hacerlo.

—Ya podremos descubrirlo —insistió.

Sonreí y bajé la mirada.

—Cociné para ti.

Levanté las cejas, imaginándomelo usando sólo un delantal y debajo nada…

Por Dios, qué sucia era.

—¿De verdad?

—Quería que probaras mi talento.

Y que me des de tu otro talento también, pensé.

—Un talento que me imagino has sabido explotar muy bien.

Se rio.

—Algo así. Pienso que haber viajado tanto valió la pena.

Apoyé mi barbilla en una de mis manos, interesada en todo lo que pudiera decir.

—Cuéntame de eso —le pedí.

—Claro, pero primero comamos, es más interesante cuando tienes tu paladar preparado para disfrutar —ronroneó, acercando su rostro al mío.

Cerré los ojos, esperando a que me besara, pero él se alejó tan rápido como había limitado nuestra distancia. Antes de perderse por el umbral de la puerta hacia el pasillo, me guiñó un ojo, tan coqueto como siempre. Segundos después comencé a sentir un aroma increíble junto con una música ambiental proveniente desde el fondo. Edward había puesto algo de R&B, un gusto exquisito y magnífico para esta noche.

—Espero que te gusten los sabores grecos —señaló, entrando con una charola y un cuenco inmenso de panecillos con queso y frutos secos con miel.

—Jamás los he probado —susurré, interesada por lo que tenía para sorprenderme.

—Es momento de que lo hagas —dijo mientras atenuaba aún más las luces, asimilando la iluminación de las velas—. Siéntate.

Me tenía una silla preparada y yo acepté su petición, sentándome con el estómago pidiendo esta delicia. Edward depositó su creación frente a mí y enseguida me sirvió más vino, para luego sentarse frente a mí.

—Así que Grecia.

—Uno de todos esos lugares. Podría decirse que fue parte de mis favoritos.

El plato estaba muy bien decorado y qué decir del aroma, era magnífico. ¿Quién iba a decir que Edward era el paquete completo de un hombre diseñado para enloquecerte?

Demonios, y a mí que me gustaba tanto comer.

—Pruébalo.

Sonreí y sus ojos se iluminaron en cuanto comenzó a ver los detalles de mi vestido, en especial mi cuello y escote puestos para todo su disfrute.

Me llevé un panecillo a la boca y el sabor inundó mi paladar. De la masa escurría un leve toque de oliva que acompañaba a la miel, el queso de cabra y los frutos secos.

Estaba increíble.

—Vaya, qué sorpresa.

Sonrió entre dientes.

—Te ha gustado.

—Mucho.

—Lo aprendí durante un mes en Grecia. A Agatha le encantaba y con el paso del tiempo olvidé lo bien que me quedaba.

—Es bueno saber que conmigo te has decidido a devolverte a un país que te gustó mucho.

Él tenía una mano sobre la mesa, a escasos centímetros de la mía.

—A veces me pasa, sobre todo cuando algo me inspira a conocer el placer de la vida.

—¿Algo?

—Más bien… alguien.

Mi corazón comenzó a latir más rápido y yo volví a comer, devastada con el sabor increíblemente delicioso. Edward me acompañó, usando la fuerza de su mandíbula marcada y masculina. Yo rápidamente perdí toda atención a mi alrededor y lo miré justo ahí, donde la barba parecía más larga y más áspera.

—¿Y qué tal es Grecia? Siempre he querido conocerlo.

Sus ojos se fueron hacia un viaje de ensoñación y enseguida se alegró.

—Te encantaría conocer Mykonos, es fascinante. Y Santorini, sus colores son increíbles.

Yo lo escuchaba hablar muy atenta, casi perdida en él.

—Entonces tendré que ir.

—Te verías hermosa ahí, con el agua cristalina cerca de ti —susurró.

Jadeé.

—En realidad, creo que te verías preciosa en todos lados, así como estás ahora. ¿Te he dicho que me encantan los colores rojos? Creo que nunca me han gustado tanto desde que te veo con ellos.

Me mordí el labio, quebrada por la manera en la que me hablaba.

—Es mi color favorito —respondí.

—Una ventaja para ambos, ¿no crees?

Asentí con la respiración pesada.

Entonces iba a gustarle mi ropa interior.

—Creo que me ha gustado la idea de ir a Grecia.

Dio un mordisco al bocado que tenía entre sus dedos y sonrió en el momento.

—Soy un excelente guía de viajes, por cierto.

Me reí.

—¿Y qué otro lugar has conocido? Digo, para saber tu experiencia como guía.

Se apoyó en el respaldo de manera despreocupada, comiéndose mi figura tras esos ojos verdes.

—Te lo diré cuando conozcas el otro plato.

Suspiré, entusiasta.

—Ahora come —ordenó con su mirada entrecerrada.

Me llevé el bocado a los labios y comí mientras lo miraba, dándole un mensaje: así te morderé en cuanto te tenga en mis manos, Edward.

.

Habíamos terminado de comer la entrada a los sabores luego de un rato de grata conversación, buena música y un sinfín de sonrisas llenas de promesas. Estaba tan relajada como nunca antes.

—Traeré el plato principal —informó, levantándose con la charola y los platos vacíos.

—Claro —susurré.

Me apoyé en la mesa, saboreándome de placer.

Para matar la ansiedad de saber qué más tenía para mí, me puse a revisar mi teléfono para apagarlo, encontrándome con una llamada de Jasper desde hace 10 minutos.

Me reí.

—Perdiste. Adiós.

Apreté el botón de apagado y me olvidé del mundo, y aunque fuera un poco irresponsable para mi corazón de madre sobreprotectora, también de Fred. Hoy era solo esa mujer coqueta y sexy que llevaba conmigo y en la sangre, y por qué no, quizá en realidad éramos él y yo, solos al fin.

—¿Tan aburrida estás que quieres mensajearle a alguien? —bromeó, trayendo consigo el aroma irresistible del grillado.

Me reí.

—En realidad, estaba apagándolo para no ser interrumpida por nadie más.

—Hice lo mismo hace un rato. Hoy no tengo a Agatha.

Sonreí entre dientes.

—Y yo no tengo a Fred. ¿Soy muy mala madre?

—En absoluto —me susurró, casi juntando su nariz con la mía—. A veces es bueno olvidarnos de los demás.

Jadeé nuevamente y él me miró los labios.

Pasó hacia su silla, no sin antes depositar el plato que tanto esperaba.

—Brochetas de langostino, especias y la salsa especial de Turquía.

—¿¡Turquía!? —exclamé, abriendo la boca ante mi sorpresa.

Se sentó frente a mí, esperando a que probara.

—Estambul tiene muchas luces. A Agatha no le gustaba, aunque bueno, apenas tenía 3 años.

—Con razón es una niña tan fuerte.

—La verdad, sí, en muchas ocasiones temí que fuera a afectarle, pero aquí está, siendo una niña fuerte y con una visión amplia de las cosas.

—Estás haciendo un excelente trabajo.

Sonrió, pero con un dejo de inseguridad.

—Yo creo que quien ha hecho el mejor trabajo eres tú.

—Créeme que me he equivocado.

—Como todos —respondió—. Ahora, pruébalo y olvidémonos de que somos padre y madre, ¿sí?

—Lo siento —me reí.

Chocó su copa con la mía y bebimos.

Tomé una brocheta de metal, ansiando poder llevarme el inmenso langostino a la boca. Era largo y grueso, para pesar de Edward, bastante viril.

—¡Mmm! —exclamé, saboreando lo jugoso y explosivo de su sabor.

La sonrisa de Edward creció más de lo que alguna vez creí ver.

—¿Tú hiciste esto? —le pregunté.

—Por supuesto —respondió—. ¿No me crees capaz?

Me saboreé el labio.

—Subestimamos a los hombres rudos, la cocina tiene algo de ternura y dedicación que, al menos yo, no suelo asociar con tus tatuajes.

Acercó su tronco mientras alzaba una ceja.

—Muchos prejuicios en tu cabeza, Rompecoches.

—Lo siento, me has enseñado más de lo que imaginas.

—Puedo enseñarte más si quieres.

—¿En qué sentido?

Se bebió el vino y no me contestó a propósito. Parecía instarme a averiguarlo mientras se comía el langostino.

.

Debía ser franca. Edward cocinaba estupendo. Agatha tenía razón cuando decía que su papá lo hacía perfecto en todo, menos en la repostería.

—¿Qué otro país conociste? —le pregunté, terminándome mi segunda copa de vino.

—Italia, Indonesia… —Se levantó de la silla para caminar hacia mi lado y tenderme su mano—. Podría narrarte cada experiencia con un plato diferente, conocí 17 países, Bella, todo es mejor con los sentidos muy bien puestos en la aventura del relato.

—Me gusta la idea —señalé, mirándolo hacia arriba.

Me tendió su mano y yo deposité la servilleta de tela sobre la mesa.

—Bailemos. Ahora no estás borracha, lo que es perfecto.

Puse los ojos en blanco y tomé su mano mientras se reía de mí.

—Vaya que insistes en verme sobria esta noche.

—Ya te dije que todo es mejor así —susurró, tirando de mí para irnos hacia la sala principal, donde las luces seguían siendo tenues.

La música era perfecta, como si el destino nuevamente nos quisiera juntos, a la espera de una explosión poderosa y que ya nadie podía impedir.

—Entonces demuéstrame todo tu esplendor —jadeé.

La voz de ese hombre resultaba francamente lasciva, estirando cada frase en una avalancha de emociones, en las que primaba la desesperación por tocar, situación que compartía en plenitud.

—Como ordenes, Rompecoches.

—Basta de decirme así —gruñí con diversión.

Me hizo chocar en su pecho y rápidamente bajó las manos por mi espalda baja, lugar donde mi piel estaba al descubierto hasta al menos el comienzo de mis vértebras lumbares.

—¿Y cómo quieres que te diga? Podríamos inventar uno para esta noche.

Sonreí.

—¿Un apodo secreto?

Sentí su respiración en mi rostro y la frecuencia de la mía comenzó a aumentar.

—Secreto —jadeó.

—Deberás inventarlo tú.

Se mordió el labio inferior y me giró, poniendo su nariz entre mis cabellos.

—Ahora simplemente me costará hacerlo.

—¿Por qué? —le pregunté en un hilo de voz.

—No puedo concentrarme contigo. Tu aroma es fascinante.

Cerré los ojos.

—Disfrútalo —dije.

—¿A ti? —inquirió mientras su mano me tomaba la quijada para delinearme el cuello y el hombro.

—Lo que quieras.

Otra mano curiosa se unió a mí, acariciando mi vientre para subir con lentitud.

—Entonces te diré algo.

Me giré para mirarlo y Edward me sostuvo la barbilla con sus dedos.

—Puedes hacer lo que quieras conmigo también… En realidad, estaría encantado de ver qué tienes en mente.

Era lo que necesitaba escuchar.

Llevé mis manos a su pecho amplio y abrí su chaqueta para dejarla caer mientras nos mirábamos, deseosos el uno del otro.

Y sin más, atraídos por el rumiante demonio dentro de cada uno, nos besamos con deseo y desesperación, él gruñendo y yo gimiendo a la espera de poder gritarle su nombre sin miedos. Edward apretó mis caderas, pero tan pronto como se unió a ellas, fue bajando lentamente hasta mis nalgas, las que estrujó a su antojo y las usó para impulsarme y subirme a sus brazos, tomándome sin esfuerzo para llevarme adonde sea que considerara correcto.

—Edward —gemí contra su boca, sintiendo su lengua junto a la mía, húmeda y deliciosa.

Su mano recorrió mi espalda hasta el cierre de mi vestido para bajarlo tan lento como el fuego, abriendo paso a una explosión errática y profunda que probablemente nunca iba a olvidar.


Buenas noches, les traigo un nuevo capítulo de esta historia que está recién calentándose. En serio. ¿Qué les ha parecido esta explosión entre Edward y Bella? ¿De verdad creyeron que Edward iba a perder esta oportunidad? Y Bella casi muere de desilusión, imaginando que tendría un fin de semana aburridísimo. Estaba tan equivocada. Ni se imaginan lo que viene, porque sí, ¡en el próximo capítulo hay POV Edward! Uff, esos pensamientos viniendo de él son un total manojo de salvajismo

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