CAPÍTULO 18..
"En el que reaparecen el espantapájaros y la señorita
Angorian"


ABRIERON LA FLORISTERÍA al día siguiente. Como Howl había señalado, no podía
haber sido más fácil. Todos los días, por la mañana temprano, no tenían más que
girar el pomo con el púrpura hacia abajo, abrir la puerta y salir a la pradera a coger
flores. Pronto se convirtió en una rutina. Sophie cogía su bastón y sus tijeras y
avanzaba con cuidado, charlando con el bastón y usándolo para comprobar que el
suelo estaba firme o para alcanzar las rosas más altas y más hermosas. Michael salía
con una invención propia de la que se sentía muy orgulloso. Era una gran cubeta de
latón, con agua dentro, que flotaba por el aire y seguía a Michael por donde quiera
que iba entre los arbustos. El perro-hombre también los acompañaba.
Se lo pasaba en grande corriendo por los senderos de hierba húmeda, cazando
mariposas o intentando atrapar a los diminutos pajarillos de brillantes colores que se
alimentaban de las flores. Mientras el perro corría, Sophie cortaba montones de iris,
lirios, frescas flores de naranjo o ramas de hibisco azul, y Michael cargaba el barreño
con orquídeas, rosas, flores blancas estrelladas, de color bermellón o cualquier otra
que le llamara la atención. Todos disfrutaban del paseo.
Luego, antes de que el calor se hiciera demasiado intenso, volvían con las flores
del día a la tienda y las colocaban en un surtido de jarras y cubos que Howl había
encontrado rebuscando en el patio. Dos de los cubos eran en realidad las botas de
siete leguas. Sophie pensó que aquello demostraba cómo había perdido Howl su
interés en Lettie. Ahora no le importaba si Sophie usaba las botas o no.
Mientras ellos cortaban las flores, Howl solía desaparecer. Y después, el pomo de
la puerta solía estar apuntando hacia el negro. Casi siempre regresaba para tomar un
desayuno tardío, con aspecto soñoliento y todavía ataviado con su traje negro. No
quería decirle a Sophie cuál de los dos trajes era. Lo único que consiguió sacar al
respecto fue: «Todavía estoy de luto por la señora Pentstemmon». Y si Sophie o
Michael le preguntaban por qué siempre salía a aquella hora, Howl ponía expresión
ofendida y decía: «Si uno quiere hablar con una maestra de escuela, tiene que pillarla
antes de que empiecen las clases». Y luego desaparecía en el cuarto de baño durante
dos horas.
Mientras tanto Sophie y Michael se ponían su ropa elegante y abrían la tienda.
Howl insistió en lo de la ropa elegante. Dijo que así atraerían a más clientela. Sophie
insistió en que todos llevaran delantal. Y al cabo de unos días en los que los
habitantes de Market Chipping se limitaron a mirar por el escaparate sin entrar, la
floristería se volvió muy popular. Se extendió el rumor de que Jenkins tenía flores
que no se habían visto nunca. Gente que Sophie conocía desde siempre entraba en la
tienda y compraba flores en grandes cantidades. Nadie la reconoció, y aquello la
hizo sentirse muy rara. Todos creían que era la anciana madre de Howl, pero Sophie
ya se había cansado de ser su madre.
—Soy su tía —le dijo a la señora Cesari. Y desde entonces empezaron a llamarla
tía Jenkins.
Para cuando Howl llegaba a la tienda, con un delantal negro a juego con su traje,
solía encontrársela bastante ajetreada. Pero él conseguía que aumentara la actividad.
Entonces fue cuando Sophie empezó a pensar que el traje negro era en realidad el
traje encantado gris y escarlata. Cualquier señora a la que Howl atendía se marchaba
al menos con el doble de flores de las que había pedido. Casi siempre, Howl las camelaba
para que compraran diez veces más. Al poco tiempo, Sophie empezó a notar
que las mujeres miraban dentro de la tienda y decidían no entrar si veían que Howl
estaba allí. Y no le extrañaba. Si solo querías una rosa para la solapa, era una lata
verse obligada a comprar tres docenas de orquídeas. Así que cuando Howl empezó a
pasar horas en el taller al otro lado del patio, no se lo reprochó.
—Antes de que preguntes, estoy preparando defensas contra la bruja —dijo—.
Cuando haya terminado, no habrá manera de que entre por ninguna parte.
A veces las flores que sobraban eran un problema. Sophie no soportaba verlas
marchitarse durante la noche. Pero descubrió que aguantaban más tiempo si les
hablaba. Desde ese momento, habló mucho con las flores. Hizo que Michael le
hiciera un conjuro para la nutrición de las plantas y experimentó con cubos en el
fregadero y barreños en la alcoba donde solía adornar los sombreros. Así supo que
podía mantener a las plantas frescas varios días. Así que, naturalmente, decidió
experimentar un poco más. Limpió el hollín del patio y plantó cosas en él,
murmurando sin cesar. Así consiguió cultivar una rosa azul marino, lo cual le
produjo gran placer. Los capullos eran de un negro azabache y sus flores se abrían
volviéndose cada vez más azules hasta que adquirían el mismo color que Calcifer.
Sophie estaba tan contenta que cogió raíces de todas las hierbas que colgaban en las
vigas de madera y experimento también con ellas. Se dijo a sí misma que no había
sido más feliz en toda su vida.
Pero no era verdad, no se sentía bien, y ni siquiera ella misma sabía por qué. A
veces pensaba que la causa era que nadie en Market Chipping la conocía. No se
atrevía a ir a ver a Martha, por miedo a que tampoco su hermana supiera quién era.
No se atrevía a vaciar las botas de siete leguas e ir a visitar a Lettie por la misma
razón. Tampoco podría soportar que sus hermanas la vieran como una anciana.
Michael salía a ver a Martha con ramos de flores cada dos por tres. A veces
Sophie sospechaba que aquello era lo que la molestaba. Michael estaba tan contento,
y a ella la dejaban en la tienda sola cada vez más tiempo. Pero tampoco parecía ser
eso. A Sophie le gustaba vender flores ella sola.
A veces el problema parecía ser Calcifer. Estaba aburrido. No tenía nada que
hacer, excepto mantener el castillo deslizándose suavemente por los senderos de
hierba verde y alrededor de las varias charcas y lagos, y de asegurarse que cada
mañana llegaban a un sitio distinto, con flores nuevas. Su rostro azul se asomaba
siempre a la chimenea cada vez que Sophie y Michael entraban con flores frescas.
—Quiero ver cómo es ahí fuera —dijo. Sophie le trajo hojas aromáticas para
quemar, con lo que la sala olía tan bien como el cuarto de baño, pero Calcifer dijo que
lo que quería de verdad era compañía. Ellos se iban todo el día a la tienda y lo
dejaban solo.
Así que cada mañana Sophie dejaba solo a Michael en la tienda una hora
mientras ella iba a hablar con Calcifer y se inventaba acertijos para mantenerle
entretenido cuando ella estaba ocupada. Pero Calcifer seguía descontento.
—¿Cuándo vas a romper mi contrato con Howl? —le preguntaba cada vez más a
menudo.
Y Sophie le daba largas.
—Estoy en ello —le decía—. Ya no falta mucho.
Aquello no era del todo cierto. Sophie había dejado de pensar en ello, si podía
evitarlo. Al relacionar lo que le había comentado la señora Pentstemmon con lo que
Howl y Calcifer le habían dicho, se le ocurrieron algunas ideas concretas y terribles
sobre ese contrato. Estaba segura de que romperlo significaría la muerte para los dos.
Puede que Howl lo mereciera, pero Calcifer no. Y como parecía que Howl estaba
esforzándose mucho para escaparse del resto de la maldición de la bruja, Sophie solo
quería ayudar.
A veces le parecía que era el perro-hombre el que la desanimaba. Era una
criatura tan patética. El único momento en que lo veía divertirse era cuando corría
por la hierba entre los arbustos cada mañana. Durante el resto del día, seguía a
Sophie con expresión lúgubre, suspirando profundamente. Como tampoco podía
hacer nada por él, se alegró cuando el tiempo se fue haciendo más caluroso a medida
que se acercaba el día del solsticio y el perro-hombre se limitaba a tumbare a la
sombra del patio, jadeante.
Mientras tanto, las raíces que había plantado Sophie se estaban volviendo
bastante interesantes. La cebolla se había convertido en una pequeña palmera y daba
frutos con olor a cebolla. Otra raíz creció hasta volverse una especie de girasol rosa.
Había una que tardaba mucho en crecer. Cuando por fin brotaron dos hojas verdes,
Sophie estaba impaciente por ver en qué se transformaría. Al día siguiente parecía
que podría ser una orquídea. Tenía hojas puntiagudas con motas malvas y un tallo
largo que brotaba en medio de ellas con un capullo muy grande. Al día siguiente,
Sophie dejó las flores frescas en un barreño con agua y corrió a la alcoba para ver
cómo evolucionaba.
El capullo se había abierto y se había convertido en una flor rosa parecida a una
orquídea escurrida. Era plana y se unía al tallo justo bajo una punta redondeada. De
un botón redondo y liso salían cuatro pétalos rosados, dos apuntando hacia abajo y
otros dos más o menos hacia arriba. Mientras Sophie la miraba, un intenso aroma a
flores primaverales le advirtió que Howl había entrado y estaba detrás de ella.
—¿Qué es esto? —preguntó—. Si esperabas una violeta ultravioleta o un geranio
infrarrojo, te ha salido mal, Doña Científica Loca.
—A mí me parece una flor de esas que tienen como un hombrecillo en la raíz

—dijo Michael, que había venido a mirar.
Y era cierto. Howl le lanzó a Michael una mirada de alarma y cogió la flor con la
maceta. La levantó de la maceta en la mano, donde separó con cuidado las raíces
blancas y delgadas, el hollín y los restos del conjuro de abono, hasta que descubrió la
raíz marrón bifurcada que Sophie había plantado.
—Debí haberlo imaginado —dijo—. Es una raíz de mandrágora. Sophie ataca de
nuevo. Se te da bien, ¿a que sí, Sophie?
Colocó la planta en la maceta con cuidado, se la pasó a Sophie y se marchó con el
rostro pálido.
Ahora sí que se había cumplido casi toda la maldición, pensó Sophie mientras se
dirigía a arreglar las flores frescas en el escaparate de la tienda. La raíz de
mandrágora había tenido un niño. Solo faltaba una cosa: el viento para impulsar una
mente honesta. Sophie pensó que si eso significaba que la mente de Howl tenía que
ser honesta, había una posibilidad de que la maldición nunca se cumpliera. Se dijo a
sí misma que a Howl le estaba bien empleado, por ir a cortejar a la señorita Angorian
todas las mañanas con un traje encantado, pero aun así se sentía alarmada y culpable.
Colocó un ramo de azucenas en una de las botas de siete leguas. Se encaramó al
escaparate para colocarlas mejor y entonces se oyeron golpes que venían de la calle.
No era el ruido de los cascos de un caballo. Era el sonido de un palo al chocar contra
las piedras.
El corazón de Sophie empezó a hacer cosas raras incluso antes de que se
atreviera a mirar por la ventana. Y allí, como esperaba, apareció el espantapájaros,
avanzando lentamente pero con decisión por el medio de la calle. Los jirones que
colgaban de sus brazos extendidos eran menos y más grises, y el nabo de su cara
estaba arrugado con una expresión decidida, como si llevara saltando desde que
Howl lo arrojó a lo lejos hasta haber conseguido regresar.
Sophie no era la única que se había asustado. Los pocos que estaban levantados
tan temprano corrían alejándose del espantapájaros tan aprisa como podían. Pero él
no les hacía caso y seguía avanzando a saltos. Sophie se escondió de él.
—¡No estamos aquí! —le dijo con un murmullo intenso—. ¡No sabes que
estamos aquí! No puedes encontrarnos. ¡Vete saltando ahora mismo!
El golpeteo del palo saltarín se hizo más lento a medida que el espantapájaros se
acercaba a la tienda. Sophie quería gritar para llamar a Howl, pero lo único que fue
capaz de hacer fue repetir:
—No estamos aquí. ¡Vete enseguida!
Los saltos se aceleraron, justo como ella había ordenado, y el espantapájaros pasó
saltando por delante de la tienda y atravesó Market Chipping. Sophie pensó que le
iba a dar un ataque, pero solo había estado aguantando la respiración. Respiró
hondo y tiritó aliviada. Si el espantapájaros regresa, podría volver a decirle que se
marchara.
Cuando Sophie entró al castillo, Howl se había marchado.
—Parecía muy alterado —dijo Michael. Sophie miró hacia la puerta. El pomo
señalaba hacia el negro.
«¡Tan alterado no estaría!», pensó Sophie. Aquella mañana Michael también se
marchó a Cesari. Hacía mucho calor. Las flores se marchitaban a pesar de sus
conjuros y no había mucha gente que quisiera comprar flores. Entre eso, la raíz de
mandrágora y el espantapájaros, Sophie estaba al límite. Se sentía totalmente
desolada.
—Puede que ya esté por aquí la maldición, lista para cazar a Howl —les dijo
suspirando a las flores—, pero creo que es por ser la mayor. ¡Miradme! Salía para
buscar fortuna y he terminado exactamente donde empecé, y sigo siendo tan vieja
como las colinas.
En ese momento el perro-hombre asomó su rojo hocico por la puerta hacia el
patio y lloriqueó. Sophie suspiró. No pasaba ni una hora sin que el bicho apareciera a
controlarla.
—Sí, estoy aquí —dijo—. ¿Dónde iba a estar?
El perro entró en la tienda. Se sentó y estiró las patas hacia adelante. Sophie se
dio cuenta de que estaba intentando convertirse en hombre. Pobre criatura. Intentó
portarse bien con él porque, al fin y al cabo, el animal estaba todavía peor que ella.
—Haz un esfuerzo —le dijo—. Concéntrate en la espalda. Puedes ser un hombre
si lo intentas.
El perro se estiró, enderezó la espalda y lo intentó con todas sus fuerzas. Y justo
cuando Sophie estaba segura de que o lo dejaba o se iba a caer hacia atrás, consiguió
levantarse sobre sus patas traseras y se irguió tomando forma de una hombre
pelirrojo con aspecto atormentado.
—Me da envidia... Howl —jadeó—. Lo hace... tan fácil. Yo era ese perro en la
cerca... tú ayudaste. Dije a Lettie, te conozco, te cuido. Estuve aquí, antes cuando... —
empezó a doblarse otra vez y a convertirse en perro y aulló de nuevo, ¡Con la bruja
en tienda! —aulló y se cayó sobre las manos, mismo tiempo que le crecía abundante
pelo gris y blanco.
Sophie se quedó mirando al gran perro lanudo que tenía delante.
—¡Estabas con la bruja! —dijo. Ahora lo recordó. El pelirrojo nervioso que la
había mirado con expresión de horror. ¿Entonces sabes quién soy y que estoy bajo un
conjuro? ¿Lo sabe Lettie también?
El perro asintió con la cabeza.
—Y te llamó Gastón —recordó Sophie—. ¡Ay, amigo, sí que te lo ha puesto difícil!
¡Todo ese pelo con este calor! Será mejor que te eches en algún sitio fresco.
El perro volvió a asentir con la cabeza y se alejó lastimeramente hacia el patio.
—¿Pero por qué te mandó Lettie? —se preguntó Sophie. Se sentía totalmente
desconcertada e intranquila por este descubrimiento. Subió las escaleras y atravesó
el armario de las escobas para hablar con Calcifer, pero no le sirvió de mucha ayuda.
—No importa cuánta gente sepa que estás bajo el poder de un conjuro —le dijo—.
Al perro no le ha ayudado mucho, ¿verdad?
—No, pero... —empezó Sophie, pero justo entonces se abrió la puerta del castillo.
Sophie y Calcifer se quedaron mirando. El pomo estaba todavía con el negro hacia
abajo, y esperaban encontrarse con Howl. Fue difícil de decir quién de los dos se
quedó más sorprendido, cuando la persona que se deslizó con mucho cuidado por la
puerta resultó ser la señorita Angorian.
La señorita Angorian se quedó igual de impresionada.
—¡Ah, perdone usted! —dijo—. Pensaba que el señor Jenkins se encontraba aquí.
—Ha salido —dijo Sophie secamente, y se preguntó dónde habría ido Howl
puesto que no estaba con la señorita Angorian.
La señorita Angorian soltó la puerta, a la que se había agarrado por la sorpresa.
La dejó abierta hacia la nada y se acercó con gesto suplicante hacia Sophie, a quien
no le quedó más remedio que levantarse y acercarse a ella. Parecía que su intención
era cerrarle el paso.
—Por favor —dijo la señorita Angorian—, no le diga al señor Jenkins que he
estado aquí. Si le digo la verdad, la única razón por la que le alenté fue con la
esperanza de obtener noticias de mi prometido, Ben Sullivan. Estoy segura de que
Ben desapreció en el mismo lugar por el que el Señor Jenkins desaparece una y otra
vez. Pero Ben no regresó.
—Aquí no hay ningún señor Sullivan —dijo Sophie. Y pensó: «¡Es el nombre del
Mago Suliman! ¡No me creo ni una palabra!».
—Sí, ya lo sé —dijo la señorita Angorian—. Pero tengo la impresión de que es el
lugar correcto. ¿Le importa que curiosee un poco para hacerme una idea del tipo de
vida que lleva Ben ahora?
Se pasó la melena de pelo negro detrás de la oreja e intentó seguir avanzando.
Sophie se interpuso. Eso obligó a la señorita Angorian a alejarse de puntillas en
dirección a la mesa de trabajo.
—¡Qué antiguo es todo! —dijo, observando las botellas y los tarros—. ¡Qué
ciudad más pintoresca! —siguió, al mirar por la ventana.
—Se llama Market Chipping —respondió Sophie, y avanzó para dirigir a la
señorita Angorian de nuevo hacia la puerta.
—¿Y qué hay en el piso de arriba? —preguntó la señorita Angorian, señalando a
la puerta que daba a las escaleras.
—La alcoba privada de Howl —dijo Sophie con firmeza, obligando a la señorita
Angorian a caminar de espaldas.
—¿Y qué hay al otro lado de la puerta? —preguntó la señorita Angorian.
—Una floristería —dijo Sophie y pensó que era una cotilla.
A la señorita Angorian no le quedaba más remedio que chocarse con la silla o
salir por la puerta. Se quedó mirando a Calcífer con una expresión vaga y perpleja,
como si no estuviera segura de lo que estaba viendo, y Calcifer se limito a aguantarle
la mirada sin decir ni una palabra. Aquello hizo que Sophie se sintiera mejor por
haber sido tan antipática. Solo las personas que entendían a Calcifer eran realmente
bienvenidas en casa de Howl.
Pero ahora la señorita Angorian hizo un quiebro y descubrió la guitarra de Howl
apoyada en su rincón. La cogió con una exclamación de asombro y le dio la vuelta,
abrazándola contra su pecho con un gesto posesivo.
—¿Dónde ha encontrado esto? —preguntó con un tono grave y emotivo—. ¡Ben
tenía una guitarra igual! ¡Podría ser la suya!
—Oí que Howl la compró el invierno pasado —dijo Sophie. Y volvió avanzar
hacia la señorita Angorian, intentando echarla de la esquina hacia la puerta.
—¡A Ben le ha ocurrido algo! —dijo la señorita Angorian con voz temblorosa—.
¡Nunca se separaría de su guitarra! ¿Dónde está? Sé que no puede estar muerto. ¡Mi
corazón lo sabría si así fuera!
Sophie dudó si decirle a la señorita Angorian que la bruja había capturado a su
prometido. Lanzó una mirada en dirección a la calavera. Por un momento se le
ocurrió ponérsela delante a la señorita Angorian y decirle que era la del mago
Suliman. Pero la calavera estaba dentro del fregadero, oculta tras un cubo de
helechos y azucenas, y sabía que si iba hacia allí la señorita Angorian volvería a
meterse en la habitación. Además, sería algo desagradable.
—¿Puedo llevarme la guitarra? —preguntó la señorita Angorian con voz ronca,
aferrándose a ella—. Como recuerdo de Ben.
El temblor en la voz de la señorita Angorian molestó a Sophie.
—No —dijo—. Y no hay por qué tomárselo tan a la tremenda. No tiene ninguna
prueba de que sea la suya.
Se acercó cojeando a la señorita Angorian y agarró la guitarra por el cuello. La
señorita Angorian la miró fijamente con los ojos muy abiertos llenos de angustia.
Sophie dio un tirón. La señorita Angorian resistió. La guitarra profirió un acorde
horrible y desafinado. Sophie la arrancó de los brazos de la señorita Angorian.
—No sea boba —le dijo—. Y no tiene derecho a entrar en los castillos de la gente
y llevarse sus guitarras. La le he dicho que el señor Sullivan no está aquí. Ahora
vuelva a Gales. Vamos —concluyó, y usó la guitarra para empujar a la señorita
Angorian hacia la puerta abierta.
La señorita Angorian retrocedió hacia la nada hasta que la mitad de su cuerpo
desapareció.
—Es usted muy dura —le reprochó.
—¡Pues sí, lo soy! —respondió Sophie, y le cerró la puerta en las narices.
Giró el pomo con el naranja hacia abajo para evitar que la señorita Angorian
pudiera regresar y soltó la guitarra en su rincón con un rasgueo firme.
—¡Y no se te ocurra decirle a Howl quién ha estado aquí! —le ordenó a Calcifer
de forma no del todo razonable—. Seguro que vino a ver a Howl. Lo demás era una
sarta de mentiras. El mago Suliman vivía aquí desde hace años. ¡Seguramente vino
para escapar de su horrible voz temblona!
Calcifer soltó una risita.
—¡Nunca había visto cómo echaban a alguien con tanta rapidez! —dijo.
Su comentario logró que Sophie se sintiera cruel y culpable. Después de todo,
ella también había llegado al castillo más o menos de la misma manera, y había sido
el doble de curiosa que la señorita Angorian.
—¡Bah! —dijo.
Entró enfadada en el cuarto de baño y miró su rostro marchito en los espejos.
Cogió uno de los paquetes en el que decía PIEL y lo volvió a dejar en su sitio. Incluso
cuando era joven y bonita, no creía que su rostro pudiera compararse con el de la
señorita Angorian.
—¡Batí! —refunfuñó—. ¡Buah!
Regresó cojeando rápidamente y cogió los helechos y las azucenas del fregadero.
Los llevó goteando hasta la tienda, donde los metió en un cubo con un conjuro de
nutrición.
—¡Sed narcisos! —les ordenó con voz enfadada, irritada y ronca—. ¡Sed narcisos
en junio, bichos feos!
El perro-hombre asomó la cara lanuda por la puerta del patio, pero retrocedió a
toda prisa al ver el vapor que rodeaba a Sophie. Cuando Michael entró contentísimo
con un gran pastel un minuto después, Sophie le lanzó una mirada tan furibunda,
que Michael recordó inmediatamente un conjuro que Howl le había pedido y salió
huyendo por el armario de las escobas.
—¡Bah! —rebufó Sophie a sus espaldas. Se volvió a inclinar sobre el cubo—. ¡Sed
narcisos! ¡Que seáis narcisos! —gritó enronquecida.
Aunque sabía que se estaba comportando de una forma ridícula, no por ello se
sintió mejor.


CAPÍTULO 19..
"En el que Sophie expresa sus sentimientos con
herbicida"


HOWL ABRIÓ LA PUERTA de la tienda al final de la tarde y entró silbando
alegremente. Parecía haberse repuesto de lo de la raíz de mandragora. Sophie no se
sintió mejor al descubrir que después de todo no había ido a Gales. Le lanzó su
mirada más furibunda.
—¡Cielo santo! —dijo Howl—. ¡Casi me convierto en piedra! ¿Qué pasa?
Sophie replicó enfadada:
—¿Qué traje llevas puesto?
Howl se miró la ropa de color negro.
—¿Acaso importa?
—¡Sí! —gruñó Sophie—. ¡Y no me vengas con monsergas de que estás de luto!
¿Cuál de los dos es en realidad?
Howl se encogió de hombros y levantó una de las mangas como si no estuviera
seguro cuál de los dos era. La miró con expresión desorientada. El color negro se
corrió hacia abajo desde el hombro hasta el extremo de la manga puntiaguda. El
hombro y la parte superior de la manga se tornaron marrón y luego gris, mientras
que la punta se fue tornando cada vez más negra, hasta que Howl quedó vistiendo
un traje negro con una manga azul y plateada cuyo extremo parecía haber mojado en
un bote de alquitrán.
—Ese —dijo, y dejó que el negro volviera a extenderse hasta el hombro.
Por alguna razón Sophie se sintió más enfadada que nunca. Soltó un gruñido de
ira sin palabras.
—¡Sophie! —dijo Howl, con su mejor humor, intentando razonar con ella.
El perro-hombre abrió con el hocico la puerta del patio y entró. Nunca dejaba
que Howl hablara mucho tiempo con Sophie.
Howl se lo quedó mirando.
—Ahora tienes también un perro pastor alemán —comentó, como si estuviera
contento de tener una distracción—. Vamos a necesitar mucha comida para
alimentar a dos perros.
—Solo hay uno —dijo Sophie irritada—. Está hechizado.
—¿Ah, sí? —dijo Howl, y se dirigió al perro con una velocidad que demostraba
lo aliviado que se sentía de alejarse del Sophie. Aquello era lo último que quería el
perro-hombre, por supuesto. Retrocedió. Howl saltó y lo agarró con las dos manos
por su larga pelambrera antes de que pudiera llegar a la puerta—. ¡Es verdad!
—siguió, arrodillándose para mirar a los ojos del perro pastor—. Sophie, ¿por qué no
me lo has dicho antes? ¡Este perro es un hombre! ¡Y está en un estado terrible!
—Howl se giró sobre una rodilla, todavía sujetando el perro.
Sophie se encontró con la mirada de cristal de Howl y se dio cuenta de que
estaba enfadado, muy enfadado. Estupendo. Le apetecía una buena pelea.
—Podías haberte dado cuenta tú mismo —dijo, devolviéndole la mirada y
retándole a lanzar un ataque de lodo verde—. Además, el perro no quería...
Howl estaba demasiado enfadado para escuchar. Se levantó de un salto y
arrastró al perro sobre las baldosas.
—Sí, me hubiera dado cuenta si no hubiera estado pensando en otras cosas
—dijo—. Ven, voy a llevarte a ver a Calcifer —. El perro plantó las cuatro patas
peludas y Howl tiró de él, con mucho esfuerzo—. ¡Michael! —lo llamó a gritos.
Aquel grito en particular poseía ciertas características que hicieron que Michael
llegase a la carrera.
—¿Tú sabías que este perro es en realidad un hombre? —preguntó mientras
arrastraban entre los dos al gran perro escaleras arriba.
—No es un hombre, ¿no? —preguntó Michael, sorprendido y conmocionado.
—Entonces te has librado y la culpa es solo de Sophie —dijo Howl, arrastrando al
perro a través del armario de las escobas—. ¡Las cosas de este estilo son siempre
culpa de Sophie! Pero tú sí lo sabías, ¿verdad, Calcifer? —preguntó mientras
colocaban al perro delante de la chimenea.
Calcifer se retiró hasta quedar doblado hacia atrás sobre los troncos.
—No me lo preguntaste —respondió.
—¿Es que te lo tengo que preguntar todo? —protestó Howl—. Vale, debería
haberme dado cuenta yo solo. ¡Pero cómo eres, Calcifer! Comparado con cómo trata
la bruja a su demonio, tú tienes una vida asquerosamente fácil, y lo único que pido a
cambio es que me mantengas informado de las cosas importantes. ¡Ya van dos veces
que me dejas en la estacada! ¡Ahora ayúdame a devolverle a esta criatura su verdadera
forma ahora mismo!
Calcifer tenía un tono enfermizo de azul, inusual en él.
—Está bien —dijo enfurruñado.
El perro-hombre intentó escaparse, pero Howl colocó el hombro por debajo de
su lomo y empujó hasta conseguir que se levantara sobre sus patas traseras, en
contra de su voluntad. Entre él y Michael lo sujetaron.
—¿Por qué se resiste esta criatura estúpida? —jadeó Howl—. Esto parece otro de
los conjuros de la bruja del Páramo, ¿no te parece?
—Sí. Y hay varias capas —dijo Calcifer.
—Vamos a quitarle la parte del perro —dijo Howl.
Calcifer se elevó en una llama de azul intenso y crepitante. Sophie, que
contemplaba la escena desde la puerta del armario, vio que el perro lanudo se
desvanecía para tomar la forma de un hombre, después volvió a hacerse perro, luego
hombre, adquirió tintes borrosos y se fue haciendo más firme. Por fin, Howl y
Michael estaban sujetando cada uno un brazo de un hombre pelirrojo con un
arrugado traje marrón. Sophie no se sorprendió de no haberle reconocido. Aparte de
su mirada aterrada, su rostro carecía por completo de personalidad.
—¿Quién eres, amigo? —le preguntó Howl.
El hombre se tocó la cara con manos temblorosas.
—No estoy seguro...
Calcifer dijo:
—El último nombre al que respondió es Percival.
El hombre miró a Calcifer como si hubiera preferido que no supiera aquello.
—¿Ah, sí? —preguntó.
—Entonces te llamaremos Percival por ahora —dijo Howl. Le dio la vuelta al
ex—perro y lo sentó en la silla—. Siéntate aquí tranquilamente y cuéntanos qué es lo
que recuerdas. Por lo que parece, la bruja te ha tenido en su poder bastante tiempo.
—Sí —contestó Percival, tocándose de nuevo la cara—. Me quitó la cabeza.
Recuerdo... Recuerdo estar sobre una estantería, mirando al resto de mi cuerpo.
Michael estaba atónito.
—¡Pero entonces estarías muerto! —protestó.
—No necesariamente —aclaró Howl—. Tú todavía no has llegado a ese tipo de
brujería pero, si quisiera y con la técnica adecuada, podría quitarte la parte del
cuerpo que se me antojase y dejar que el resto siguiera vivo —miró al experro con el
ceño fruncido—. Pero no estoy seguro de que la bruja haya colocado a este
correctamente.
Calcifer, que se esforzaba visiblemente por demostrar que estaba trabajando
mucho por Howl, añadió:
—Este hombre está incompleto y también tiene partes de otro hombre.
Percival parecía más aterrorizado que nunca.
—No le alarmes, Calcifer —dijo Howl—. Ya debe de sentirse bastante mal de por
sí. ¿Sabes por qué te quitó la bruja la cabeza, amigo? —le preguntó a Percival.
—No —respondió—. No me acuerdo de nada.
Sophie sabía que aquello no podía ser verdad. Rebufó.
Entonces a Michael se le ocurrió una idea de lo más interesante. Se inclinó sobre
Percival y preguntó:
—¿Respondiste alguna vez al nombre de Justin o Su Alteza Real?
Sophie volvió a rebufar. Sabía que aquello era ridículo incluso antes de que
Percival dijera:
—No. La bruja me llamaba Gastón, pero ese no es mi nombre de verdad.
—No le agobies, Michael —dijo Howl—. Y no hagas que Sophie vuelva a
resoplar. Del humor que está hoy, es capaz de derribar el castillo con sus bufidos.
Aunque aquel comentario parecía indicar que a Howl se le había pasado el
enfado, Sophie se sentía más rabiosa que nunca. Salió indignada hacia la floristería,
donde fue de un lado para otro, cerrando la tienda y quitando las cosas del medio.
Luego fue a ver los narcisos. Algo había salido terriblemente mal. Se habían
convertido en unas cosas marrones y mojadas que salían de un cubo lleno del líquido
más apestoso que había visto en su vida.
—¡Maldita sea! —gritó Sophie.

—¿Y ahora qué pasa? —dijo Howl al entrar en la tienda. Se inclinó sobre el cubo
y lo olfateó—. Parece que tienes aquí un herbicida de lo más eficaz. ¿Por qué no lo
pruebas con las malas hierbas que crecen en el camino de la mansión?
—Pues sí —dijo Sophie—. ¡Tengo ganas de matar algo!
Trasteó por la tienda hasta encontrar una lata y avanzó a trancos por el castillo
con la lata y el cubo hasta llegar a la puerta, que abrió con el pomo apuntando hacia
el naranja, hacia la mansión.
Percival levantó la vista atemorizado. Le habían dado la guitarra, como se le da
un sonajero a un niño, y estaba sentado con ella haciendo un ruido horrible.
—Ve con ella, Percival —le dijo Howl—. Con ese genio que tiene, es capaz de
envenenar también a los árboles.
Así que Percival dejó la guitarra y con cuidado le quitó a Sophie el cubo de las
manos. Sophie salió al sol dorado de la tarde. Hasta ahora todos habían estado
demasiado ocupados para dedicarle tiempo a la mansión. Era mucho más imponente
de lo que Sophie había imaginado. Tenía una terraza sembrada de hierbajos con
estatuas alrededor y una escalinata que conducía al camino de entrada. Cuando
Sophie se dio la vuelta, para decirle a Percival que se diese prisa, vio que la casa era
muy grande y tenía más estatuas en el tejado y muchísimas ventanas. Pero estaba
muy abandonada. Alrededor de todas las ventanas las paredes estaban manchadas
de verdín. Muchos de los cristales estaban rotos y las contraventanas que deberían
haber estado plegadas contra la pared se veían grises, con la pintura descascarillada
y colgando de medio lado.
—¡Hay que ver! —dijo Sophie—. Creo que lo mínimo que podía hacer Howl es
convertir esto en un lugar un poco más presentable. ¡Pero no! ¡Está muy ocupado
con sus correrías en Gales! ¡No te quedes ahí parado, Percival! Echa un poco de esa
cosa en la lata y ven conmigo.
Percival obedeció sin rechistar. Así no tenía gracia mangonearle. Sophie
sospechaba que por eso lo había mandado Howl con ella. Rebufó y descargó su ira
contra las malas hierbas. Fuera lo que fuese aquello que había matado a los narcisos,
era muy fuerte. Los hierbajos del camino morían en cuanto los tocaba. Igual que la
hierba a ambos lados del sendero, hasta que Sophie se calmó un poco.
El atardecer la tranquilizó. De las colinas lejanas llegaba una brisa fresca y los
grupos de árboles plantados a los lados del camino se mecían majestuosamente.
Sophie había recorrido con su líquido mortal la cuarta parte de la distancia hasta la
puerta.
—Te acuerdas de mucho más de lo que dices —acusó a Percival mientras
rellenaba la lata—. ¿Qué es lo que quería de ti la bruja? ¿Por qué te trajo a la tienda
aquella vez?
—Quería averiguar algo sobre Howl —dijo Percival.
—¿Howl? —dijo Sophie—. Pero tú no lo conocías, ¿verdad?
—No, pero debía haber sabido algo. Algo relacionado con la maldición que le
había echado —explicó Percival—, pero no tengo ni idea qué era. Lo consiguió
cuando salimos de la tienda. Me sentí muy mal por ello. Había intentado evitar que
se enterase, porque las maldiciones son algo muy malo, y para ello me concentré
pensando en Lettie. Tenía a Lettie en la cabeza. No sé cómo la conocí, porque cuando
fui a Upper Folding ella me dijo que no me había visto nunca. Pero lo sabía todo de
ella, así que cuando la bruja me obligó a que le hablara de Lettie, le dije que tenía una
tienda de sombreros en Market Chipping. Así que la bruja fue para darnos una
lección a los dos. Y tú estabas allí. Creyó que eras Lettie. Yo estaba aterrorizado,
porque no sabía que Lettie tenía una hermana.
Sophie cogió la lata y exterminó las malas hierbas generosamente, deseando que
los hierbajos fueran la bruja.
—¿Y justo después de eso te convirtió en perro?
—Nada más salir del pueblo —dijo Percival—. En cuanto le dije lo que quería
saber, abrió la puerta del carruaje y dijo: «Lárgate. Te llamaré cuando te necesite». Y
salí corriendo, porque sentí que una especie de hechizo me perseguía. Me alcanzó
justo cuando llegué a una granja y los que me vieron convertirme en perro creyeron
que era un hombre lobo e intentaron matarme. Tuve que morder a uno de ellos para
escaparme. Pero no conseguí librarme del palo, que se atascó en el seto cuando
intenté atravesarlo.
Sophie siguió su avance destructivo hasta una curva del camino mientras
escuchaba.
—¿Y entonces fuiste a casa de la señora Fairfax?
—Sí. Iba buscando a Lettie. Las dos se portaron muy bien conmigo —dijo
Percival—, aunque nunca me habían visto antes. Y el mago Howl empezó a venir de
visita para cortejar a Lettie. A ella no le gustaba, y me pidió que le mordiera para
librarse de él, hasta que Howl empezó a preguntarle un día sobre ti y...
Sophie estuvo a punto de destrozarse los zapatos con el líquido. Tuvo suerte,
pues la grava del camino echaba humo donde había caído.
—¿Qué?
—Dijo: «Conozco a una Sophie que se parece un poco a ti». Y Lettie contestó: «Es
mi hermana», sin pensarlo —siguió Percival—. Y entonces se preocupó una
barbaridad, especialmente porque Howl no dejaba de preguntarle por su hermana.
Lettie dijo que ojalá se hubiera mordido la lengua. El día en que apareciste por
allí, estaba siendo agradable con Howl con intención de averiguar de qué te conocía.
Howl le dijo que eras una anciana. Y la señora Fairfax comentó que te había visto.
Lettie lloró muchísimo y dijo: «¡Algo terrible le ha pasado a Sophie. Y lo peor de todo
es que cree estar a salvo de Howl. ¡Sophie es demasiado buena para darse cuenta de
lo desalmado que es!». Y estaba tan alterada que conseguí convertirme en hombre lo
suficiente para decirle que vendría a cuidarte.
Sophie extendió el herbicida formando un gran arco humeante.
—¡Mira que es! Muy amable de su parte. La quiero mucho y se lo agradezco. Yo
estaba igual de preocupada por ella. ¡Pero no necesito un perro guardián!
—Claro que sí —insistió Percival—. Al menos lo necesitabas. Llegué demasiado
tarde.
Sophie dio media vuelta, con el herbicida en la mano. Percival tuvo que echar a
correr y esconderse detrás del árbol más cercano. La hierba murió en un gran arco a
su espalda mientras corría.
—¡Malditos seáis todos! —gritó Sophie—. ¡Estoy harta de vosotros! —soltó la
lata en el medio del camino y avanzó entre los hierbajos hasta el arco de piedra—.
¡Demasiado tarde! —iba murmurando—. ¡Qué idiotez! ¡Howl no solo es un
desalmado, sino que es imposible! Además —añadió—, soy una anciana.
Pero no podía negar que algo le pasaba desde que el castillo viajero se trasladó, o
incluso antes. Y parecía estar relacionado con el hecho de que Sophie parecía
misteriosamente incapaz de verse cara a cara con sus hermanas.
—¡Y todo lo que dije al Rey era verdad! —siguió.
Iba a recorrer siete leguas con sus propios pies y no regresaría jamás. ¡Para que se
enterasen! ¡A quién le importaba que la señora Pentstemmon hubiera confiado en
Sophie para evitar que Howl se inclinara hacia el mal! Había sido un fracaso. Eso le
pasaba por ser la mayor. Y de todas formas la señora Pentstemmon la había tomado
por la anciana madre de Howl, ¿verdad? ¿O tal vez no? Sophie tuvo que admitir con
inquietud que si su experta mirada le había permitido detectar un conjuro cosido en
un traje, con toda seguridad habría podido ver la magia más poderosa de un conjuro
de la bruja.
—¡Maldito sea el traje gris y escarlata! —dijo Sophie—. ¡Me niego a creer que fue
a mí a quien hechizó! —el problema era que el traje azul y plateado parecía haber
funcionado exactamente igual. Avanzó unos pasos más—. Además —dijo con gran
alivio—, ¡a Howl no le caigo bien!
Aquel pensamiento tranquilizador hubiera bastado para mantenerla en marcha
toda la noche, si no se hubiera apoderado de ella una gran inquietud. Sus oídos
habían percibido un golpeteo familiar. Miró con atención hacia el sol poniente y allí,
en el camino que torcía bajo el arco de piedra, vio una figura distante con los brazos
extendidos, saltando sin cesar.
Sophie se sujetó la falda, dio media vuelta y echó a correr por donde había
venido. A su alrededor se levantaron nubes de polvo y gravilla. Percival estaba
parado en el camino con expresión triste, junto al cubo y la lata. Sophie lo agarró y lo
arrastró tras los árboles más cercanos.
—¿Pasa algo? —preguntó.
—¡Silencio! Es ese maldito espantapájaros otra vez —susurró Sophie sin aliento.
Cerró los ojos—. No estamos aquí. No nos puedes encontrar. Vete. ¡Márchate rápido,
rápido, rápido!
—Pero, ¿por qué...? —preguntó Percival.
—¡Cállate! ¡No estamos aquí, aquí no, aquí no! —dijo Sophie con desesperación.
Abrió un ojo. El espantapájaros, casi entre las dos columnas del arco, estaba quieto,
balanceándose indeciso—. Muy bien. No estamos aquí. Vete rápido. El doble de
rápido, el triple de rápido, diez veces más rápido. ¡Márchate!
Y el espantapájaros, vacilante, giró sobre su pata de palo y se puso a andar a
saltitos por el camino. Al cabo de momento, los saltos se hicieron gigantescos, cada
vez más rápido, como le habían ordenado. Sophie casi no respiraba y no soltó la
manga de Percival hasta que el espantapájaros se perdió de vista.
—¿Qué pasa? —dijo Percival—. ¿Por qué no querías que viniera?
Sophie se estremeció. Como el espantapájaros estaba en el camino, ahora no se
atrevía a marcharse. Cogió la lata y avanzó hacia la mansión. Le llamó la atención un
temblor. Levantó la vista hacia el edificio y descubrió que lo que temblaban eran
unas cortinas blancas y largas que ondulaban en un ventanal abierto al otro lado de
las estatuas de la terraza. Las estatuas eran ahora de piedra blanca y observó que casi
todas las ventanas tenían cortinas y cristales. Las contraventanas estaban plegadas
correctamente a los lados, recién pintadas de blanco. En la nueva fachada de la casa,
de color crema, no se veía ni una mancha de verdín ni una burbuja en la pintura. La
puerta principal era una obra de arte negra y dorada, dominada por un león
reluciente con una anillo en la nariz como llamador.
—¡Qué es esto! —exclamó Sophie.
Resistió la tentación de entrar por el ventanal abierto y explorar la mansión,
porque eso era justo lo que Howl quería que hiciera. En vez de eso, avanzó
directamente hacia la puerta principal, agarró el picaporte dorado y abrió la puerta
de golpe. Howl y Michael estaban en el banco desmontando a toda prisa un conjuro.
Parte de él debía de haber sido para transformar la mansión, pero el resto, como
Sophie sabía bien, tenía que ser un conjuro de escucha de algún tipo. Cuando Sophie
entró hecha una furia, los dos la miraron nerviosos. Calcifer se escondió al instante
entre los troncos.
—Ponte detrás de mí, Michael —dijo Howl.
—¡Cotilla! —gritó Sophie—. ¡Fisgón!
—¿Qué pasa? —preguntó Howl—. ¿Quieres que pinte las contraventanas de
negro y oro?
—Eres un sinvergüenza... —Sophie se atascó—. ¡Eso no es lo único que oíste!
Eres un... un... ¿Desde hace cuánto que sabes que estaba... que estoy...?
—¿Hechizada? —dijo Howl—. Bueno, la verdad...
—Yo se lo dije —dijo Michael, asomándose temeroso detrás de Howl—. Mi
Lettie...
—¡Tú! —aulló Sophie.
—La otra Lettie también me lo contó —dijo Howl rápidamente—. Sabes que es
verdad. Y la señora Fairfax también lo habló mucho aquel día. Hubo un momento en
que todo el mundo me hablaba de lo mismo. Incluso Calcifer... cuando se lo pregunté.
¿Pero de verdad piensas que no soy lo bastante bueno en mi profesión como para
notar un conjuro tan fuerte como este? Intenté quitártelo varias veces cuando estabas
distraída. Pero nada funciona. Te llevé a la señora Pentstemmon con la esperanza de
que ella pudiera hacer algo, pero no sirvió de nada. He llegado a la conclusión de
que te gusta estar disfrazada.
—¡Disfrazada! —gritó Sophie.
Howl se rió.
—Debe de ser, porque lo estás haciendo tú misma —dio—. ¡Sois una familia
rarísima! ¿Tú también te llamas Lettie?

Aquello fue demasiado para Sophie. En aquel momento entró temerosamente
Percival, con el cubo medio lleno de herbicida. Sophie soltó la lata, le quitó el cubo y
lo lanzó contra el mago. Howl se agachó. Michael esquivó el cubo. El herbicida
estalló en llamas verdes desde el suelo hasta el techo y el cubo chocó contra el
fregadero, donde el resto de las flores murió inmediatamente.
—¡Ay! —exclamó Calcifer desde debajo de sus troncos—. Eso ha sido fuerte.
Howl cogió con cuidado la calavera debajo de los restos marrones y humeantes
de las flores y la secó con una de las mangas.
—Claro que era fuerte —dijo—. Sophie nunca hace las cosas a medias.
La calavera, cuando Howl la secó, quedó blanca y reluciente, y la manga con que
la frotó quedó con un parche azul y plateado. Howl dejó la calavera sobre el banco y
miró la manga fastidiado.
A Sophie se le pasó por la cabeza salir airadamente del castillo otra vez y alejarse
por el camino, pero se acordó del espantapájaros. Decidió dejarse caer en la silla en
vez de eso, y quedarse allí enfurruñada en silencio. «¡No voy a hablar con nadie!»,
pensó.
—Sophie —dijo Howl—. He hecho lo que he podido. ¿No te has dado cuenta de
que tus dolores y achaques te han molestado menos últimamente? ¿O también te
gustaba sufrirlos?
Sophie no respondió. Howl se rindió y se volvió hacia Percival.
—Me alegra ver que te queda algo de cerebro —le dijo—. Me tenías preocupado.
—La verdad es que no recuerdo mucho —dijo. Pero dejó de comportarse como si
fuera medio bobo. Cogió la guitarra y la afinó. En unos segundos sonaba mucho
mejor.
—Ay, qué pena —se quejó Howl con aire patético—. Yo debo de ser el único
gales sin oído musical. ¿Le has contado a Sophie todo? ¿O de verdad no sabes qué
era lo que intentaba averiguar la bruja?
—Quería saber cosas sobre Gales —dijo Percival.
—Eso me había imaginado —dijo Howl sobriamente—. En fin.
Se metió en el baño, donde pasó dos horas. Durante ese tiempo, Percival tocó
varias canciones con la guitarra, lenta y meticulosamente, como si se estuviera
enseñando a tocar, mientras que Michael se arrastraba por el suelo con un trapo
humeante, intentando librarse del herbicida. Sophie se quedó sentada en la silla sin
decir ni una palabra. Calcifer se asomaba de vez en cuando para observarla, y volvía
a esconderse entre sus troncos.
Howl salió del cuarto de baño con el traje negro impecable, el pelo blanco
perfecto y envuelto en una nube de vapor que olía a gencianas.
—A lo mejor vuelvo bastante tarde —le dijo a Michael—. Después de
medianoche será el día de solsticio de verano y la bruja podría intentar algo. Así que
manten listas las defensas y recuerda todo lo que te he dicho, por favor.
—Muy bien —dijo Michael, dejando en el fregadero los restos humeantes del
trapo.
Howl se volvió hacia Percival.

—Creo que ya sé qué te ha pasado —dijo—. Va a ser un trabajo inmenso
arreglarte, pero lo intentaré mañana cuando vuelva—. Howl fue hacia la puerta y se
detuvo con la mano en el picaporte—. Sophie, ¿sigues sin hablarme? —preguntó
compungido.
Sophie sabía que, si le convenía, Howl era capaz de fingir tristeza en medio de
una fiesta. Acababa de usar ese truco para sacarle información a Percival.
—¡Sí! —replicó con fiereza.
Howl suspiró y salió. Sophie levantó la vista y vio que el pomo apuntaba hacia el
negro. «¡Hasta aquí hemos llegado!», pensó. «¡Me importa un comino que mañana
sea el solsticio! Me voy».


CAPÍTULO 20..
"En el que Sophie se encuentra con más dificultades
para abandonar el Castillo"


AL AMANECER DEL DÍA del solsticio de verano Howl entró por la puerta armando
tal escándalo que Sophie se incorporó de un salto en su cubículo convencida de que
la bruja le pisaba los talones.
—¡Piensan tanto en mí que siempre juegan sin mí! —gritó Howl.
Sophie se dio cuenta que lo único que pasaba era que estaba intentando cantar la
canción de Calcifer y se volvió a tumbar justo cuando Howl se tropezó con la silla y
se enganchó con el taburete, que salió disparado al otro extremo de la habitación.
Después de eso intentó subir a su cuarto por el armario de las escobas y luego por el
patio. Aquello lo dejó un poco confundido. Pero por fin descubrió las escaleras, excepto
el primer escalón, con el que se tropezó y se cayó de cara. El castillo enteró
tembló.
—¿Qué pasa? —preguntó Sophie sacando la cabeza por la barandilla.
—Reunión del Club de Rugby —replicó Howl con lenta dignidad—. ¿A que no
sabías que volaba raudo y veloz como delantero de mi universidad, Doña Fisgona?
—Si estabas intentando volar, parece que se te ha olvidado —dijo Sophie.
—Nací con la habilidad de tener visiones extrañas —dijo Howl—, cosas
invisibles para los ojos, e iba de camino a la cama cuando me habéis interrumpido. Y
sé dónde están todos los años pasados y quién partió la pezuña del diablo.
—Vete a la cama, memo —dijo Calcifer adormilado—. Estás borracho.
—¿Quién, yo? —preguntó Howl—. Os aseguro, amigos míos, que estoy más
sobrio que una roca—. Se levantó y subió pesadamente las escaleras, tanteando la
pared como si pensara que se le iba a escapar si no la controlaba con la mano. Pero la
puerta de su cuarto se le escapó—. ¡Qué mentira más grande! —comentó, mientras se
chocaba contra la pared—. Mi deslumbrante falta de honradez será mi salvación—.
Se chocó contra la pared varias veces más, en distintos lugares, antes de descubrir la
puerta de su cuarto y entrar a trompicones. Sophie lo oyó caerse varias veces y decir
que la cama le estaba esquivando.
—¡Es imposible! —dijo Sophie, y decidió marcharse de inmediato.
Desgraciadamente, el ruido que había hecho Howl despertó a Michael y a
Percival, que dormía en el suelo de su habitación. Michael bajó diciendo que ya que
estaba totalmente despierto y que saldría a coger las flores para hacer las guirnaldas
del solsticio aprovechando que el día todavía estaba fresco. Sophie no lamentó salir
por última vez al lugar de las flores. La llanura estaba velada por una neblina cálida
y lechosa, impregnada de aromas y colores medio escondidos. Sophie avanzó por el
sendero, comprobando el suelo húmedo con su bastón, escuchando los píos y cantos
de miles de pájaros y sintiéndose realmente triste. Acarició un lirio del campo
húmedo de rocío y pasó el dedo sobre una de las grandes flores púrpuras de
estambres largos y empolvados. Miró hacia atrás al castillo alto y negro que partía la
neblina a sus espaldas. Suspiró.
—Lo ha mejorado muchísimo —dijo Percival mientras colocaba un ramo de
hibiscos en el barreño flotante de Michael.
—¿Quién? —preguntó Michael.
—Howl —dijo Percival—. Al principio solo había arbustos, y eran pequeños y
resecos.
—¿Recuerdas haber estado aquí antes? —premunió Michael entusiasmado. No
había renunciado en absoluto a la idea que Percival pudiera ser el príncipe Justin.
—Creo que estuve aquí con la bruja —dijo Percival dubitativo.
Recogieron dos barreños llenos de flores. Sophie notó que cuando entraron la
segunda vez Michael le dio varias vueltas al pomo sobre la puerta, seguramente para
que la bruja no pudiera entrar. Y después había que hacer las guirnaldas, con lo que
estuvieron mucho tiempo ocupados. Sophie tenía intención de dejar que Michael y
Percival lo hicieran solos, pero Michael estaba demasiado ocupado bombardeando a
Percival con preguntas astutas y Percival era muy lento. Sophie sabía por qué
Michael estaba tan entusiasmado. Percival tenía un aire extraño, como si esperara
que pasara algo en cualquier momento. Sophie se preguntó hasta qué punto seguiría
estando bajo el poder de la bruja. Tuvo que hacer ella misma casi todas las
guirnaldas. Si en algún momento había pensado en quedarse para ayudar a Howl a
luchar contra la bruja, había cambiado de idea. Howl, que podía haber hecho todas
las guirnaldas con el gesto de una mano, estaba roncando con tanta fuerza que se le
oía incluso desde la tienda.
Tardaron tanto que llegó la hora de abrir la tienda y todavía no habían terminado.
Michael les trajo pan y miel y comieron mientras atendían a la primera oleada de
clientes. Aunque el día del solsticio, como a menudo pasa con las fiestas, había
amanecido nublado y frío en Market Chipping, la mitad del pueblo, vestido con sus
mejores galas, apareció a comprar flores y guirnaldas para el festival. La calle estaba
tomada por una multitud bulliciosa. Fue tanta gente a la tienda, que era casi
mediodía cuando Sophie pudo escaparse y entrar al castillo por el armario de las
escobas. Habían ganado tanto dinero que el tesoro de Michael bajo la piedra del
hogar se habría multiplicado por diez, o al menos eso pensó Sophie mientras
trasteaba, poniendo algo de comida y su ropa vieja en un hatillo.
—¿Has venido a hablar conmigo? —preguntó Calcifer.
—Espera un momento —respondió Sophie, atravesando la habitación con el
hatillo detrás de la espalda. No quería que Calcifer montara un escándalo sobre el
contrato.
Extendió la otra mano para desenganchar el bastón de la silla y justo en ese
momento alguien llamó a la puerta. Sophie se quedó quieta, con la mano extendida,
y le dirigió una mirada inquisitiva a Calcifer.
—Es la puerta de la mansión —dijo Calcifer—. De carne y hueso e inofensivo.

Volvieron a llamar. «¡Esto pasa siempre que me quiero marchar!», pensó Sophie.
Giró el pomo hacia el naranja y abrió la puerta.
En el camino, más allá de las estatuas, había un carruaje tirado por un par de
caballos con buena planta. Sophie lo vio por detrás de un criado enorme, que era
quien había llamado a la puerta.
—La señora Sacheverell Smith viene a visitar a los nuevos ocupantes —dijo el
criado.
«¡Qué extraño!», pensó Sophie. Aquello era el resultado de la pintura y las
ventanas nuevas de Howl.
—No estamos en ca... —empezó a decir. Pero la señora Sacheverell Smith echó a
un lado al criado y entró.
—Espera en el carruaje, Theobald —le dijo mientras pasaba junto a Sophie,
cerrando su sombrilla.
Era Fanny, Fanny con un aspecto maravillosamente próspero vestida de seda
color crema. Llevaba un sombrero del mismo color adornado con rosas que Sophie
recordaba perfectamente. También se acordaba de lo que había dicho al adornarlo:
«¡Vas a tener que casarte con un rico!». Y por lo que veía, eso era exactamente lo que
había hecho Fanny.
—¡Cielo santo! —dijo Fanny, mirando alrededor—. Debe de haber un error.
¡Estos son los aposentos de los criados!
—Bueno... esto..., la verdad es que no estamos instalados todavía, señora —dijo
Sophie, y se preguntó cómo se sentiría Fanny si supiera que la vieja sombrerería
estaba justo al otro lado del armario de las escobas.
Fanny dio media vuelta y miró a Sophie con boca abierta:
—¡Sophie! —exclamó—. Dios mío, chiquilla, ¿qué te ha pasado? ¡Parece que
tienes noventa años! ¿Has estado muy enferma? —y para sorpresa de Sophie, Fanny
arrojó a un lado el sombrero, la sombrilla y sus modales de gran señora y la abrazó
llorando—. ¡Ay, no sabía qué había sido de ti! —lloró—. Fui a hablar con Martha y le
pregunté a Lettie y ninguna de las dos sabía nada. Se habían cambiado de sitio, las
muy pillas, ¿te habías enterado? ¡Pero nadie sabía nada de ti! Incluso ofrecí una
recompensa. ¡Y aquí estás, de criada cuando podrías estar viviendo como una reina
ahí al lado conmigo y el señor Smith!
Sophie se dio cuenta de que ella también estaba llorando. Dejó su hatillo a toda
prisa y llevó a Fanny hasta la silla. Ella cogió el taburete y se sentó a su lado, dándole
la mano. Las dos reían y lloraban al tiempo. Estaban encantadas de volver a verse.
—Es una historia muy larga —dijo Sophie cuando Fanny le preguntó por sexta
vez qué le había pasado—. Cuando me miré en el espejo y me vi así, me llevé un
susto tan grande que me marché...
—Demasiado trabajo —dijo Fanny apenada—. ¡Qué culpable me he sentido!
—No, no es verdad —dijo Sophie—. Y no debes preocuparte, porque el mago
Howl me acogió...
—¡El mago Howl! —exclamó Fanny—. ¡Ese hombre tan malvado! ¿Es él el que te
ha hecho esto? ¿Dónde está? ¡Déjame que le dé su merecido!

Cogió la sombrilla y adoptó una pose tan guerrera que Sophie tuvo que sujetarla.
No quería ni imaginarse cómo reaccionaría Howl si Fanny le despertaba atacándole
con su sombrilla.
—¡No, no! —dijo Sophie—. Howl se ha portado muy bien conmigo—. Y Sophie
se dio cuenta de que era verdad. Howl tenía una forma un poco extraña de mostrar
su amabilidad, pero teniendo en cuenta todo lo que Sophie había hecho para
molestarlo, la verdad es que se había portado muy bien con ella.
—¡Pero dicen que se come vivas a las mujeres! —exclamó Fanny, todavía
luchando por ponerse en pie.
Sophie sujetó su sombrilla.
—No, no es verdad —dijo—. Escúchame. ¡No es malvado en absoluto!—. En ese
momento se oyó un chisporroteo en la chimenea, donde Calcifer estaba observando
la escena con interés—. ¡No lo es! —repitió Sophie, tanto para Calcifer como para
Fanny—. ¡En todo el tiempo que llevo aquí, no le he visto hacer ni un solo conjuro
malvado!—. Lo que de nuevo era cierto, lo sabía.
—Entonces tendré que creerte —dijo Fanny, relajándose—, aunque estoy segura
de que si se ha reformado debe de ser gracias a ti. Siempre tuviste cierta habilidad,
Sophie. Eras capaz de calmar las rabietas de Martha cuando a mí me era imposible. Y
siempre dije que gracias a ti Lettie se salía con la suya solo la mitad de las veces en
lugar de todas. ¡Pero debías de haberme dicho dónde estabas, cariño!
Sophie sabía que tenía razón. Se había creído todo lo que le había dicho Martha,
cuando ella conocía bien a Fanny y sabía que no era así. Se sintió avergonzada.
Fanny estaba impaciente por hablarle a Sophie del señor Sacheverell Smith. Se
lanzó a contar una historia larga y entusiasta sobre cómo conoció al señor Smith la
misma semana en que Sophíe se marchó y se casó con él al cabo de siete días. Sophie
la observaba mientras hablaba. Ahora que era una anciana, tenía una perspectiva
totalmente distinta de Fanny: era una señora todavía joven y hermosa, y la
sombrerería le habría parecido tan aburrida como a Sophie. Pero se quedó con ellos
y lo hizo lo mejor que pudo tanto con la tienda como con las tres niñas, hasta la
muerte del señor Hatter. Después tuvo miedo de volverse exactamente como Sophie:
vieja antes de tiempo y sin sacar nada a cambio.
—Y entonces, como tú no estabas allí para heredarla, me pareció que no había
motivo para no vender la sombrerería —dijo Fanny, cuando se oyeron unos pasos en
el armario.
Michael entró, diciendo:
—Tenemos que cerrar la tienda. ¡Y mirad quién está aquí!
Levantó la mano de Martha. Martha estaba más delgada y más rubia y casi
parecía otra vez ella misma. Soltó a Michael y echó a correr hacia Sophie, gritando:
—¡Sophie, tenías que habérmelo dicho! —mientras la envolvía en un abrazo.
Luego abrazó también a Fanny, como si nunca hubiera dicho nada malo sobre ella.
Pero aquello no fue todo. Lettie y la señora Fairfax entraron por el armario justo
después de Martha, cargando un cesto entre las dos, y después llegó Percival, que
parecía más animado de lo que Sophie le había visto nunca.

—Vinimos en un coche de postas en cuanto amaneció —dijo la señora Fairfax—,
y hemos traído... ¡Santo Cielo! ¡Si es Fanny!
Soltó su asa del cesto y corrió a abrazar a Fanny. Lettie soltó la suya y corrió a
abrazar a Sophie. Con tantos abrazos, gritos y exclamaciones, a Sophie le pareció un
milagro que Howl no se despertase, pero sus ronquidos se oían incluso por encima
de todo el alboroto. Tendré que marcharme esta noche, pensó. Estaba demasiado
contenta de ver a todo el mundo como para marcharse antes.
Lettie estaba muy encariñada con Percival. Mientras Michael colocaba el cesto
sobre la mesa y sacaba paquetes de pollo, vino y tartas de miel, Lettie se agarró al
brazo de Percival con un gesto posesivo que Sophie no llegaba a aprobar, y le hizo
contarle todo lo que recordaba. A Percival no parecía importarle. Lettie estaba tan
hermosa que a Sophie no le extrañó.
—Cuando llegó no dejaba de convertirse en hombre y luego en distintos perros e
insistía en que me conocía —le contó Lettie a Sophie—. Yo sabía que no le había visto
en mi vida, pero dio igual —le dio una palmadita en el hombro a Percival, como si
todavía fuese un perro.
—¿Pero conocías al príncipe Justin? —preguntó Sophie.
—Ah, sí —respondió Lettie sin darle importancia—. Llegó disfrazado con un
uniforme verde, pero no había duda de que era él. Sus modales eran elegantes y
cortesanos, incluso cuando estaba molesto por lo de los conjuros de búsqueda. Tuve
que hacerle dos tandas porque siempre mostraban que el mago Suliman estaba entre
Upper Folding y Market Chipping y él juraba que eso no podía ser. Y mientras yo los
preparaba, no dejaba de interrumpirme, llamándome dulce dama con un tono
sarcástico, y preguntándome quién era yo y dónde vivía mi familia y cuántos años
tenía. ¡Pensé que era un caradura! ¡Antes preferiría al mago Howl, y ya es decir!
Para entonces estaban todos comiendo pollo y bebiendo vino tranquilamente.
Calcifer se mostraba muy tímido. Se había reducido a unas llamitas verdes y nadie
parecía verlo. Sophie quería que conociese a Lettie e intentó hacer que saliera.
—¿Es ese de verdad el demonio que controla la vida de Howl? —preguntó Lettie,
mirando a las llamitas verdes con incredulidad.
Sophie levantó la vista para asegurarle a Lettie que Calcifer era real y vio a la
señorita Angorian en la puerta, con aspecto tímido y confundido.
—Oh, perdonen. He venido en mal momento, ¿no es así? —dijo—. Solo quería
hablar con Howell.
Sophie se levantó, sin saber muy bien qué hacer. Estaba avergonzada de cómo la
había echado la última vez. Había sido solamente porque sabía que Howl la estaba
cortejando. Por otra parte, eso no quería decir que tuviera que caerle bien.
Michael le facilitó las cosas a Sophie saludando a la señorita Angorian con una
gran sonrisa de bienvenida.
—Howl está dormido en este momento —dijo—. Entre y tómese un vaso de vino
mientras espera.
—Qué amable —aceptó la señorita Angorian.
Pero era evidente que no estaba contenta. Rechazó el vino y paseaba de un lado a
otro mordisqueando un muslo de pollo. La sala estaba llena de gente que se conocía
bien entre sí y ella era una extraña. Fanny no ayudó mucho al interrumpir su
incesante charla con la señora Fairfax para decir:
¡Qué ropa más peculiar!
Martha tampoco se lo puso fácil. Había visto con que admiración la había
saludado Michael y se aseguro de que el muchacho no hablaba con nadie, más que
con día y con Sophie. Y Lettie ignoró a la señorita Angorian y fue a sentarse en las
escaleras con Percival.
La señorita Angorian pareció decidir enseguida que ya había tenido suficiente.
Sophie la vio junto a la puerta, intentando abrirla. Se apresuró a ayudarla,
sintiéndose muy culpable. Después de todo, la señorita Angorian debía albergar
sentimientos muy profundos por Howl si había venido hasta aquí.
—Por favor, no se vaya todavía —dio Sophie—. Iré a despertar a Howl.
—Ah, no, no lo despierte —dijo la señorita Angorian, con una sonrisa nerviosa—.
Tengo el día libre y no me importa esperar. Quería salir un poco a explorar afuera. El
ambiente está un poco cargado con ese fuego verde tan raro.
Aquello le pareció a Sophie la manera perfecta de deshacerse de la señorita
Angorian sin tener que hacer nada. Le abrió educadamente la puerta. De alguna
forma, tal vez debido a las defensas que Howl le había pedido a Michael que
mantuviera, el pomo se había girado con el púrpura hacia abajo. Fuera estaba la
bruma llameante de sol y bancos de flores púrpuras.
—¡Qué hermosura de rododendros! —exclamó la señorita Angorian con su voz
más ronca y temblorosa—. ¡Tengo que verlos! —y saltó inmediatamente sobre la
hierba.
—No vaya hacia el suroeste —gritó Sophie.
El castillo se deslizaba hacia un lado. La señorita Angorian enterró su bonito
rostro en un ramillete de flores blancas.
—No pienso alejarme mucho —dijo.
—¡Ay, madre! —dijo Fanny detrás de Sophie—. ¿Dónde está mi carruaje?
Sophie se lo explicó lo mejor que puedo, pero Fanny estaba tan preocupada que
Sophie tuvo que girar el pomo hacia el naranja y abrirla para mostrarle el camino de
la mansión en un día mucho más gris, donde el criado y el cochero estaban sentados
en el techo del carruaje comiendo salchichón y jugando a las cartas. Era la única
forma de que Fanny creyera que su carruaje no había desaparecido misteriosamente.
Sophie estaba intentando explicar, sin saberlo realmente, cómo una puerta podía
abrirse a varios sitios distintos, cuando Cal cifer se elevó entre los troncos, gritando:
—iHowl! —aulló, llenando la chimenea con llamas azules—. ¡Howl! ¡Howell
Jenkins, la bruja ha encontrado a la familia de tu hermana!
Se oyó un golpe violento en el piso de arriba. La puerta del dormitorio de Howl
crujió y Howl bajó a toda velocidad, apartando a Lettie y Percival de su camino.
Fanny soltó un débil grito al verle. Tenía el pelo de punta y los ojos colorados.
—¡Me pilló por mi punto débil, maldita sea! —gritó mientras atravesaba la
habitación como un rayo con las mangas al viento—. ¡Me lo temía! ¡Gracias, Calcifer!
Echó a Fanny a un lado y abrió la puerta de golpe. Sophie oyó la puerta cerrarse
tras él mientras subía lentamente las escaleras. Sabía que era una fisgona, pero tenía
que ver qué pasaba. Mientras atravesaba el cuarto de Howl oyó que todos la seguían.
—¡Qué habitación más sucia! —exclamó Fanny.
Sophie miró por la ventana. En el impecable jardín caía una fina llovizna. El
columpio estaba perlado de gotas, al igual que la ondulante cabellera pelirroja de la
bruja. Estaba apoyada contra el columpio, alta y poderosa, vestida con una túnica,
llamando a alguien con la mano. La sobrina de Howl, Mari, avanzaba sobre la hierba
mojada hacia ella. Parecía que no quería ir, pero no tenía elección. Detrás de ella, el
sobrino de Howl, Neil, avanzaba hacia la bruja todavía más despacio, lanzando sus
peores miradas asesinas. Y la hermana de Howl, Megan, estaba detrás de los dos
niños. La boca de Megan se abría y se cerraba. Era evidente que le estaba dejando las
cosas claras a la bruja, pero no podía evitar verse atraída también hacia ella.
Howl entró corriendo en el jardín. No se había molestado en transformar la ropa
y tampoco se molestó en hacer ningún tipo de magia. Se lanzó directamente contra la
bruja, que intentó agarrar a Mari, pero la niña estaba demasiado lejos. Howl cogió a
Mari primero y la empujó a su espalda sin dejar de correr. Y la bruja salió huyendo,
corriendo como un gato perseguido por un perro, a través del césped y por encima
de la valla, en un relámpago de túnica llameante, con Howl como un sabueso
pisándole los talones. La bruja se desvaneció al otro lado de la valla como un borrón
rojo y Howl la siguió como un borrón negro con mangas al viento.
—Espero que la coja —dijo Martha—. La niña está llorando.
Abajo, Megan abrazó a Mari y se llevó a los dos niños adentro. Era imposible
saber qué les había pasado a Howl y a la bruja. Lettie, Percival, Martha y Michael
volvieron a la planta baja. Fanny y la señorita Fairfax estaban paralizadas de asco
por el estado del dormitorio de Howl.
—¡Mira esas arañas! —dijo la señora Fairfax.
—¡Y el polvo de las cortinas! —dijo Fanny—. Annabel, he visto unas escobas en
el pasaje por donde viniste.
—Vamos por ellas —dijo la señora Fairfax—. Te recogeré el vestido, Fanny, y nos
pondremos a trabajar. ¡No soporto ver una habitación de esta manera!
«¡Pobre Howl!», pensó Sophie. «¡Con lo que le gustan sus arañas!». Se quedó al
pie de las escaleras, preguntándose cómo podría detener a la señora Fairfax y a
Fanny.
Desde abajo, Michael la llamó:
—¡Sophie! Vamos a dar una vuelta por la mansión. ¿Quieres venir?
Aquello parecía una idea perfecta para evitar que las dos se pusieran a limpiar.
Sophie llamó a Fanny y bajó las escaleras deprisa. Lettie y Percival ya estaban
abriendo la puerta. Lettie no había escuchado cuando Sophie se lo había explicado a
Fanny, y era obvio que Percival tampoco lo había entendido. Sophie vio que el pomo
apuntaba hacia el púrpura, por error. Y abrieron la puerta justo cuando Sophie
avanzaba por la habitación para corregirles.
El espantapájaros apareció en el marco de la puerta, entre las flores.

—¡Cerrad! —gritó Sophie. Y vio lo que había pasado. La noche anterior ella había
ayudado al espantapájaros al decirle que fuera diez veces más rápido. Había corrido
hacia el castillo viajero para intentar entrar por ese lado. Pero la señorita Angorian
estaba allí fuera. Sophie se preguntó si estaría desmayada entre los arbustos—. Por
favor, no —dijo débilmente.
Pero nadie le prestaba atención. Lettie se puso del color del vestido de Fanny, y
se aferró del brazo de Martha. Percival se quedó mirándolo fijamente y Michael
intentaba coger la calavera, que estaba castañeado los dientes con tanta fuerza que
iba camino de caerse de la mesa y llevarse consigo a la botella de vino. Y la calavera
parecía tener un efecto extraño en la guitarra, que emitía unos arpegios largos y
temblorosos: ¡Noummm Harrummmm! ¡Noum Harrummm!
Calcifer apareció otra vez en la chimenea.
—Esa cosa está hablando —le dijo a Sophie—. Dice que no tiene malas
intenciones. Creo que dice la verdad. Espera tu permiso para entrar.
Y era cierto que el espantapájaros estaba quieto. No intentaba lanzarse al interior
como en otras ocasiones. Y Calcifer debía de confiar en él, porque había detenido el
castillo. Sophie miró la cara de nabo y los andrajos que flotaban al viento. Después
de todo no daba tanto miedo. La primera vez que lo vio se había compadecido de él.
La verdad es que sospechaba que lo había convertido en una excusa conveniente
para no dejar el castillo porque realmente quería quedarse. Pero ahora ya no había
ningún motivo. Sophie tenía que marcharse de todas formas: Howl prefería a la
señorita Angorian.
—Por favor, pasa —le dijo con voz un poco ronca.
—¡Ahmmnng! —dijo la guitarra.
El espantapájaros entró en la sala con un poderoso salto lateral y se quedó
balanceándose sobre su única pierna como si estuviera buscando algo. El aroma a
flores que había entrado con él no bastaba para esconder su propio olor a polvo y a
descomposición.
La calavera castañeó de nuevo bajo los dedos de Micliad. El espantapájaros dio
media vuelta con alegría y se lanzó hacia ella. Michael intentó salvar la calavera pero
enseguida se quito del medio, porque cuando la criatura caía sobre la mesa se oyó el
restallar que produce la magia poderosa y la calavera se fundió con la cabeza de
nabo del espantapájaros. Pareció meterse dentro y rellenarla. Ahora se veía el
contorno de un rostro arrugado debajo del tubérculo. El problema era que estaba
mirando al revés. El espantapájaros se retorció como pudo, se enderezó de un salto y
luego giró rápidamente todo el cuerpo de forma que la parte delantera quedara
debajo de la cara arrugada del nabo. Poco a poco dejó caer sus brazos extendidos
hacia los costados.
—Ahora puedo hablar —dijo con una voz un tanto pastosa.
—Me voy a desmayar —aseguró Fanny, en las escaleras.
—No digas tonterías —replicó la señora Fairfax a su espalda—. Es solo el golem
de un mago. Se limitan a cumplir órdenes. Son inofensivos.
Lettie, de todas formas, parecía al borde de un desvanecimiento. Pero el único
que se desmayó fue Percival. Se cayó al suelo sin hacer ruido, y se quedó allí
acurrucado como si estuviera dormido. Lettie, pese al terror que sentía, corrió hacia
él y tuvo que retroceder cuando el espantapájaros dio otro salto y se detuvo delante
de Percival.
—Esta es una de las partes que me enviaron a buscar —dijo con su voz pastosa.
Se giró sobre el palo hasta quedar frente a Sophie—. Debo darte las gracias —dijo—.
Mi cráneo estaba muy lejos y me quedé sin fuerzas antes de alcanzarlo. Me habría
quedado para siempre en aquel seto si no hubieras venido tú y no me hubieras
insuflado vida con tus palabras —se giró también hacia la señora Fairfax y hacia
Lettie—. Os doy las gracias a las dos.
—¿Quién te envía? ¿Qué tienes que hacer? —preguntó Sophie.
El espantapájaros se dio la vuelta vacilante.
—Algo más —dijo—. Todavía me faltan partes.
Guardaron silencio, casi todos demasiado traumatizados para hablar, mientras
el espantapájaros se daba la vuelta a un lado y a otro. Parecía que estaba pensando.
—¿De qué forma parte Percival? —preguntó Sophie.
—Dejadle que se aclare —dijo Calcifer—. Nadie le había pedido que se explicara
hasta ahora... —se interrumpió de repente y se escondió hasta que casi no se veía
ninguna llamita verde. Michael y Sophie intercambiaron miradas alarmadas.
Entonces habló una nueva voz, salida de la nada. Se la oía amplificada y con
sordina, como si hablara desde dentro de una caja, pero no había duda de que era la
voz de la bruja.
—Michael Fisher —tronó la voz—, dile a tu maestro Howl, que ha caído en mi
trampa. Tengo en mi poder a la mujer llamada Lily Angorian en mi fortaleza del
Páramo. Dile que solo la dejaré marchar si viene él mismo a buscarla. ¿Entendido,
Michael Fisher?
El espantapájaros dio media vuelta y saltó hacia la puerta abierta.
—¡Oh, no! —gritó Michael—. ¡Detenedlo! ¡La bruja lo habrá enviado para
poderse colar aquí dentro!


CAPÍTULO 21..
"En el que se anula un contrato ante testigos"


TODOS SALIERON CORRIENDO detrás del espantapájaros, pero Sophie corrió en
dirección contraria, atravesó el armario de las escobas y llegó a la tienda, cogiendo su
bastón por el camino.
—¡Es culpa mía! —murmuró—. ¡Soy una experta en hacerlo todo al revés! No
debí dejar salir a la señorita Angorian. ¡Habría bastado ser educada con ella,
pobrecilla! Puede que Howl me haya perdonado muchas cosas, ¡pero esto no me lo
va a perdonar así como así!
En la floristería sacó las botas de siete leguas del escaparate y vació en el suelo los
hibiscos, las rosas y el agua. Abrió la puerta y arrastró las botas mojadas hasta el
medio de la calle abarrotada de gente.
—Perdón —dijo en dirección a los zapatos y mangas anchas que avanzaban en
su dirección. Levantó la vista buscando el sol, que no era fácil de encontrar en el cielo
nublado—. A ver. Sudeste. Por allí. Perdón, perdón —dijo, abriendo un pequeño
espacio para las botas entre la gente que de fiesta. Las colocó en el suelo apuntando
en la dirección adecuada, metió los pies y se puso en marcha.
Zip—zip, zip—zip, zip—zip, zip—zip, zip—zip, zip—zip, zip—zip. Fue
rapidísimo, y el viaje la dejó más mareada y sin aliento con las dos botas que cuando
llevaba solo una. Ante los ojos de Sophie pasaban las imágenes a toda velocidad: la
mansión al fondo del valle, reluciente entre los árboles con el carruaje de Fanny a la
puerta; heléchos en las colinas; un riachuelo precipitándose hacia el verdor de un
valle; el mismo río deslizándose por un valle mucho más ancho; el mismo valle que
ya era tan amplio que parecía eterno y azul en la distancia, y un montón de torres a
lo lejos que podían haber sido Kingsbury; la llanura que volvía a estrecharse en
dirección a las montañas; una montaña tan empinada que se tropezó a pesar del
bastón, lo que la llevó al borde de un precipicio teñido de niebla, desde el que se
veían las copas de los árboles muy al fondo, donde tuvo que dar otro paso para no
caerse.
Y aterrizó sobre arena amarilla. Clavó el bastón en el suelo y miró con cuidado a
su alrededor. Detrás de su hombro derecho, a varias millas de distancia, había una
neblina blanca y vaporosa que casi ocultaba las montañas por las que acababa de
pasar. Bajo la neblina se veía una franja verde oscuro. Sophie asintió. Aunque desde
tan lejos no distinguía el castillo viajero, estaba segura de que la bruma marcaba el
lugar de las flores. Dio otro paso cuidadoso. Zip. Hacía un calor espantoso. La arena
amarillenta se extendía en todas direcciones, relumbrando bajo el sol. Había rocas
desperdigadas por aquí y por allá. Lo único que crecía eran unos arbustos grisáceos
y tristes. Las montañas parecían nubes acercándose en el horizonte.
—Si esto es el Páramo —dijo Sophie, chorreando sudor por todas sus arrugas—,
entonces la bruja me da lástima, por tener que vivir aquí.
Dio otro paso. El viento no la refrescó en absoluto. Las rocas y los arbustos eran
iguales, pero la arena era más gris y las montañas parecían haber hundido el cielo.
Sophie escudriñó el tembloroso resplandor gris que se divisaba a lo lejos, donde le
pareció ver algo más grande que una roca. Dio un paso más.
Era como estar dentro de un horno. Distinguió un montículo con una forma
peculiar como a un cuarto de milla, erguido sobre una leve pendiente en un terreno
rocoso. Era una forma fantástica de torres torcidas, que se elevaban hacia una torre
principal ligeramente inclinada, como un viejo dedo nudoso. Sophie se quitó las
botas. Hacía demasiado calor para cargar con algo tan pesado, así que avanzó para
investigar llevando solo su bastón.
Aquella cosa parecía estar hecha con la misma tierra amarilla del Páramo. Al
principio Sophie se preguntó si sería algún tipo de hormiguero extraño. Pero al
acercarse se dio cuenta de que era como si estuviera formado por miles de macetas
amarillas amontonadas unas sobre otras. Sonrió. A menudo el castillo viajero le
había recordado al interior de una chimenea y aquel edificio era como una colección
de remates de chimenea, de los que se colocan por fuera para mejorar el tiro. Tenía
que ser obra de un demonio del fuego.
Mientras Sophie subía jadeando la pendiente, no le quedó ninguna duda de que
aquello era la fortaleza de la bruja. De un espacio oscuro al fondo salieron dos
figuras anaranjadas que se quedaron paradas esperándola. Reconoció a los pajes de
la bruja. Acalorada y sin aliento, intentó hablar con ellos educadamente, para
hacerles ver que no tenía problemas con ellos.
—Buenas tardes —dijo.
Se limitaron a mirarla con cara de pocos amigos. Uno de ellos se inclinó y
extendió la mano, señalando hacia una entrada con un arco deformado y oscuro
entre las columnas torcidas de remates de chimenea. Sophie se encogió de hombros
y lo siguió al interior. El otro paje caminó detrás de ella. Naturalmente, la entrada se
desvaneció en cuanto la atravesaron. Sophie volvió a encogerse de hombros. Tendría
que solucionar ese problema a la salida.
Se colocó bien el chal de encaje, se estiró las faldas arrugadas y avanzó. Era como
atravesar la puerta del castillo con el pomo apuntando hacia el negro. Hubo un
momento de nada, seguido por una luz sucia. La luz venía de las llamas amarillas
verdosas que ardían y flameaban por todas partes, pero estaban hechas como de
sombra, porque no despedían calor y solo muy poca luz. Cuando Sophie las miraba,
las llamas no estaban nunca donde ella fijaba la vista, sino siempre a un lado. Un
efecto mágico típico. Sophie se encogió de hombros otra vez y siguió al paje entre
delgados pilares formados por los mismos remates de chimeneas que el resto del
edificio.
Por fin los pajes la llevaron a una especie de madriguera central. O tal vez no
fuera más que un espacio entre los pilares. Sophie estaba confundida. La fortaleza
parecía enorme, aunque sospechaba que era un engaño, como ocurría con el castillo.
La bruja la estaba esperando. No supo cómo la había reconocido, salvo que no podía
ser nadie más. La bruja era enormemente alta y delgada y ahora tenía el pelo rubio,
recogido en una coleta como una cuerda que le colgaba sobre un hombro huesudo.
Llevaba un vestido blanco. Cuando Sophie avanzó directamente hacia ella
levantando el bastón, la bruja retrocedió.
—¡No me amenaces! —suplicó, con voz cansada y frágil.
—Entonces devuélveme a la señorita Angorian —le dijo Sophie—. La cogeré y
me marcharé.
La bruja siguió retrocediendo, haciendo gestos con las dos manos. Y los pajes se
deshicieron y se convirtieron en dos burbujas anaranjadas pegajosas que se elevaron
en el aire y se dirigieron hacia Sophie.
—¡Puajjj! ¡Fuera! —gritó Sophie, golpeándolas con el bastón. Pero a las dos
burbujas no parecía afectarles el bastón. Lo esquivaron y lo rodearon y luego se
lanzaron detrás de Sophie.
Ella estaba pensando que ya se había librado de ellas cuando se dio cuenta de
que la habían pegado al pilar. Cuando intentó moverse, una sustancia anaranjada y
elástica se estiró entre sus tobillos y el pilar, y le tiró del pelo haciéndole mucho
daño.
—¡Casi prefiero el lodo verde! —dijo Sophie—. Espero que no fueran niños de
verdad.
—Solo eran emanaciones —dijo la bruja.
—Déjame marchar —dijo Sophie.
—No —dijo la bruja. Dio media vuelta y pareció perder todo interés por Sophie.
Sophie empezó a temer que, como siempre, lo había liado todo. La sustancia
pegajosa parecía hacerse más dura y más elástica a cada instante. Cuando intentó
moverse, la volvió a atraer contra la columna.
—¿Dónde está la señorita Angorian? —preguntó.
—No la encontrarás —dijo la bruja—. Esperaremos a que llegue Howl.
—No va a venir —dijo Sophie—. No es tan tonto. Y además tu maldición no ha
funcionado.
—Funcionará —dijo la bruja, con una sonrisa tensa—. Ahora que has caído en
nuestra trampa y has venido hasta aquí, Howl tendrá que ser honesto por una vez en
su vida.
Hizo otro gesto, esta vez hacia las llamas desvaídas, y una especie de trono llegó
arrastrándose entre dos pilares hasta situarse delante de la bruja. En él había un
hombre, con un uniforme verde y botas altas y reluciente. Al principio, Sophie pensó
que estaba dormido, con la cabeza ladeada. Pero la bruja hizo otro movimiento y el
hombre se sentó erguido. Sobre los hombros no tenía cabeza. Sophie comprendió
que estaba contemplando lo que quedaba del príncipe Justin.
—Si fuera Fanny —dijo Sophie—, amenazaría con desmayarme. ¡Ponle la cabeza
en su sitio ahora mismo! ¡Tiene un aspecto terrible!
—Hace meses que me deshice de las dos cabezas —dijo la bruja—. Vendí el
cráneo del mago Suliman junto con su guitarra. Y la del príncipe Justin anda por ahí
junto con otras partes sueltas. Este cuerpo es la mezcla perfecta del príncipe Justin y
el mago Suliman. Está esperando la cabeza de Howl para convertirse en nuestro ser
humano perfecto. Cuando consigamos la cabeza de Howl, tendremos el nuevo Rey
de Ingary y yo gobernaré como Reina.
—¡Estás loca! —dijo Sophie—. ¡No tienes derecho a hacer puzzles con la gente! Y
no creo que la cabeza de Howl te obedezca en absoluto. De alguna manera
conseguirá escabullirse.
—Howl hará exactamente lo que le digamos —dijo la bruja con una sonrisa
astuta y enigmática—. Controlaremos a su demonio del fuego.
Sophie se dio cuenta de que tenía muchísimo miedo. Ahora sabía que lo había
estropeado todo.
—¿Dónde está la señorita Angorian? —dijo, agitando el bastón.
A la bruja no le gustó que Sophie levantara su bastón. Dio un paso atrás.
—Estoy muy cansada—dijo—. No hacéis más que estropearme los planes.
Primero el mago Suliman no se acercaba al Páramo, así que tuve que amenazar a la
princesa Valeria para que el Rey le ordenara venir hasta aquí. Luego, cuando vino,
plantó árboles. Después, durante meses, el Rey no permitió que el príncipe Justin
siguiera al mago Suliman y, cuando por fin lo hizo, el muy tonto se dirigió al norte
por alguna razón, y tuve que usar todas mis artes para atraerle hasta aquí. Howl me
ha causado más problemas aún. Ya se escapó una vez. He tenido que usar una
maldición para atraparle y, mientras intentaba averiguar lo bastante sobre él para
elaborar la maldición, tú encontraste lo que quedaba del cerebro de Suliman y me
diste más problemas. Y ahora que te traigo aquí, me levantas el bastón y te pones a
discutir. Me ha costado mucho llegar hasta donde estoy y no me apetece en absoluto
discutir.
Dio media vuelta y se alejó entre las sombras. Sophie se quedó mirando a la
figura blanca que se movía entre las tenues llamas. «¡Creo que se le va notando la
edad!», pensó. «¡Está loca! ¡De alguna manera tengo que soltarme y rescatar a la
señorita Angorian!». Al recordar que la sustancia anaranjada había evitado su bastón,
igual que la bruja, Sophie lo levantó por encima de la cabeza y lo movió a su espalda
de un lado a otro, buscando el lugar donde se anclaba al pilar.
—¡Suéltate! —dijo—. ¡Déjame!
Los tirones de pelo eran muy dolorosos, pero consiguió que empezaran a caer
hebras de color naranja hacia los lados. Movió el bastón con más energía. Ya se había
soltado la cabeza y los hombros cuando se oyó una explosión sorda. Las pálidas
llamas temblaron y el pilar al que estaba atada Sophie se estremeció. Luego, con un
ruido como de miles de juegos de té cayéndose por unas escaleras, estalló un trozo
del muro de la fortaleza. Una luz cegadora se filtró por un agujero largo y desigual, y
por la abertura entró saltando una figura. Sophie se volvió entusiasmada, esperando
que fuese Howl. Pero la silueta oscura tenía solo una pierna. Era otra vez el
espantapájaros.
La bruja soltó un aullido de rabia y se abalanzó hacia él con la trenza rubia al
viento y los brazos huesudos extendidos hacia los lados. El espantapájaros saltó
hacia ella. Se oyó otra violenta explosión y los dos quedaron envueltos en una nube
de niebla, como la de Porthaven durante la pelea entre Howl y la bruja. La nube se
movió de un lado a otro, llenando el aire polvoriento de gritos y truenos. El pelo de
Sophie se electrizó. La nube estaba tan solo a unos pasos, moviéndose entre las
columnas, y el boquete de la pared también estaba bastante cerca. La fortaleza, como
había imaginado, no era muy grande. Cada vez que la nube se movía por delante de
la brecha de luz cegadora, podía ver en su interior a las dos figuras delgadas
luchando. Mientras los observaba, no dejaba de mover el bastón a su espalda.
Se había soltado del todo excepto las piernas cuando la nube pasó gritando frente
a la luz por última vez. Sophie vio que otra persona entraba por la brecha. Esta tenía
mangas largas y negras. Era Howl. Sophie distinguió su silueta claramente, de pie
con los brazos cruzados, contemplando la batalla. Por un momento pareció que iba a
dejar que la bruja y al espantapájaros siguieran peleándose, pero entonces sus largas
mangas ondularon al levantar los dos brazos. Por encima de los gritos y las
explosiones, la voz de Howl pronunció una palabra larga y extraña que llegó
acompañada de un largo trueno. El espantapájaros y la bruja se sobresaltaron. Los
ecos de aquel sonido rebotaron una y otra vez entre los pilares, y cada uno de ellos se
llevó un poco de la nube mágica, que fue desgajándose en retazos y hebras. Cuando
lo único que quedó fue una ligerísima bruma blanca, la alta figura de la coleta se
tambaleó. La bruja pareció doblarse sobre sí misma, cada vez más delgada y más
blanca. Por fin, cuando la neblina desapareció por completo, cayó al suelo con
estrépito. Y al agotarse los millones de ecos, Howl y el espantapájaros quedaron uno
frente a otro sobre un montón de huesos.
¡Bien!, pensó Sophie. Liberó las piernas de un golpe y se dirigió a la figura sin
cabeza que estaba en el trono. La estaba poniendo de los nervios.
—No, amigo mío —le dijo Howl al espantapájaros, que había saltado entre los
huesos y los estaba empujando aquí y allá con su pierna—. Su corazón no lo
encontrarás ahí. Lo tiene su demonio del fuego. Creo que hace tiempo que la
dominaba. Una historia muy triste.
Mientras Sophie se quitaba el chal y lo colocaba decentemente sobre los hombros
del príncipe Justin, Howl dijo:
—Creo que el resto de lo que estás buscando se encuentra allí.
Avanzó hacia al trono, con el espantapájaros saltando a su lado.
—¡Típico! —le dijo a Sophie— ¡Me rompo el cuello para llegar hasta aquí y te
encuentro tranquilamente poniendo orden!
Sophie lo miró. Como había temido, la dura luz del día que entraba por la brecha
en el muro le mostró que Howl no se había molestado en afeitarse ni en cepillarse el
pelo. Tenía los ojos rojos y las mangas estaban desgarradas en varios sitios. Tanto
Howl como el espantapájaros tenían un aspecto horrible. «¡Ay!», pensó Sophie.
«Realmente debe querer mucho a la señorita Angorian».
—He venido por la señorita Angorian —explicó.
—¡Y yo que creía que si te organizaba una visita de tu familia, te estarías quieta
por una vez! —dijo Howl disgustado—. Pero no...
Entonces el espantapájaros se puso delante de Sophie.

—Me envía el mago Suliman —dijo con su voz pastosa—. Yo le defendía las
plantas de los pájaros del Páramo cuando la bruja lo atrapó. Entonces lanzó sobre mí
toda la magia que pudo y me ordenó que viniera a rescatarle. Pero la bruja ya lo
había separado en varias piezas, que estaban en sitios distintos. Ha sido una tarea
muy difícil. Si no me hubieras devuelto la vida con tus palabras, habría fracasado.
Era su respuesta a las preguntas que Sophie le había hecho antes de que se
separaran.
—Así que cuando el príncipe Justin ordenó conjuros de búsqueda, lo dirigían
hacia ti —dijo—, ¿Por qué?
—A mí o a su calavera —dio el espantapájaros—. Entre los dos, somos lo mejor
de él.
—¿Y Percival está hecho del mago Suliman y del príncipe Justin? —preguntó
Sophie. No estaba segura de que aquello le fuera a gustar a Lettie.
El espantapájaros asintió con su rostro de nabo arrugado.
—Las dos partes me dijeron que la bruja y su demonio del fuego ya no estaban
juntos y que podría derrotar a la bruja sola —dijo—. Gracias por aumentar mi
velocidad diez veces.
Howl hizo un gesto con la mano.
—Trae ese cuerpo contigo al castillo —dijo—. Allí os arreglaré. Sophie y yo
tenemos que volver antes de que el demonio del fuego encuentre alguna manera de
penetrar mis defensas—. Cogió a Sophie por la delgada muñeca—. Vamos. ¿Dónde
están esas botas de siete leguas?
Sophie se resistió.
—Pero... ¿y la señorita Angorian?
—¿Cuándo te vas a enterar? —dijo Howl, tirando de ella—. La señorita Angorian
es el demonio del fuego. ¡Si entra en el castillo, Calcifer está perdido, y yo también!
Sophie se tapó la boca con las dos manos.
—¡Sabía que lo había estropeado todo! —dijo—. Ha estado en el castillo, dos
veces. Pero... se marchó.
—¡Dios mío! —gimió Howl—. ¿Tocó algo?
—La guitarra —admitió Sophie.
—Entonces sigue allí —dijo Howl—. ¡Vamos! —tiró de Sophie hacia la brecha en
el muro—. Sigúenos con cuidado —le gritó al espantapájaros—. ¡Voy a tener que
conjurar un viento! No hay tiempo para buscar las botas —le dijo a Sophie mientras
ascendían por escombros hasta la luz abrasadora—. Tú corre. Y no pares de correr, o
no seré capaz de arrastrarte.
Sophie se apoyó en su bastón y consiguió echar a correr cojeando, tropezándose
con las piedras. Howl corría a su lado, tirando de ella. El viento se levantó, silbando,
aullando, caliente y arenoso, y la arena gris se arremolinó en torno a ellos
levantando una tormenta que tenía su centro en la fortaleza. Para entonces ya no
corrían, sino que volaban hacia delante en una especie de curva a cámara lenta. El
suelo pedregoso pasaba debajo de ellos a toda velocidad. El polvo y la arena
tronaban a su alrededor y por encima de sus cabezas y formaban una larga cola a su
espalda. Era muy ruidoso y nada cómodo, pero el Páramo volaba bajo sus pies.
—¡No es culpa de Calcifer! —gritó Sophie—. Le pedí que no te dijera nada.
—No lo habría dicho de todas formas —contestó Howl a gritos—. Sabía que
nunca delataría a otro demonio del fuego. Calcifer fue siempre mi punto débil.
—¡Yo creía que era Gales! —gritó Sophie.
—¡No! ¡Eso lo hice a propósito! —aulló Howl—. Sabía que si intentaba algo allí
me enfadaría tanto que la detendría. Tenía que dejarle una puerta abierta, ¿no lo
entiendes? La única oportunidad que tenía de rescatar al príncipe Justin era usar la
maldición que me había echado para acercarme a ella.
—¡Ibas a rescatar al príncipe! —exclamó Sophie—. ¿Por qué fingiste escapar?
¿Para engañar a la bruja?
—¡Pues no! —gritó Howl—. ¡Soy un cobarde! ¡La única manera de atreverme a
hacer algo tan terrorífico como esto es convencerme a mí mismo de que no lo voy a
hacer!
«¡Ay, madre!», pensó Sophie, volviendo la cabeza en el torbellino de arena.
«¡Está siendo honesto! Y ahora el viento. ¡La última parte del maleficio se ha
cumplido!».
La arena ardiendo la golpeaba y le dolía la muñeca que la agarraba Howl.
—¡Sigue corriendo! —gritó Howl—. ¡A esta velocidad te vas a hacer daño!
Sophie cogió aire y obligó a sus piernas a moverse. Ahora se veían claramente las
montañas y la línea de verde de los arbustos en flor. Aunque el torbellino de arena
amarilla les nublaba la vista, las montañas fueron creciendo y línea verde se fue
acercando hacia ellos hasta que tuvo la altura de un seto.
—¡Todos los flancos eran mi punto débil! —grito Howl. —Confiaba en que
Suliman estuviese vivo. Y cuando creí que lo único que quedaba de él era Percival,
tuve tanto miedo que salí a emborracharme. ¡Y luego vas tú y le sigues el juego a la
bruja!
—¡Soy la mayor! —gritó Sophie—. ¡Soy un fracaso!
—¡Idioteces! —gritó Howl—. ¡Lo que pasa es en no piensas las cosas con la
cabeza!
Howl empezó a frenar. Densas nubes de polvo se acumularon a su alrededor.
Sophie sabía que los arbustos estaban cerca porque oía el rumor del viento arenoso
entre las hojas. Descendieron entre las plantas en medio de grandes crujidos y
todavía iban tan rápido que Howl tuvo que torcer y agarrar a Sophie durante una
larga carrera sobre la superficie del lago.
—Y eres demasiado buena —añadió, por encima del chapoteo del agua y el
repiqueteo de la arena sobre las hojas de los nenúfares—. Yo confiaba en que
estuvieras tan celosa que no permitirías acercarse a ese demonio.
Llegaron a la orilla vaporosa al trote. Los arbustos a ambos lados del camino se
zarandearon a su paso y pájaros y pétalos se vieron arrastrados por el torbellino que
les seguía. El castillo avanzaba lentamente hacia ellos, con su columna de humo
ondeando al viento. Howl se detuvo lo suficiente para abrir la puerta de golpe, y se
lanzó a sí mismo y a Sophie al interior.

—¡Michael! —gritó.
—¡No fui yo el que dejó entrar al espantapájaros! —dijo Michael en tono de
culpabilidad.
Todo parecía normal. A Sophie le sorprendió descubrir el poco tiempo que había
pasado desde que se había marchado. Alguien había sacado su cama de debajo de
las escaleras y Percival estaba tumbado sobre ella, todavía inconsciente. Lettie,
Martha y Michael estaban reunidos a su alrededor. En el piso de arriba, Sophie oyó
las voces de la señora Fairfax y Fanny, junto a golpes y roces ominosos que indicaban
que las arañas de Howl lo estarían pasando mal.
Howl soltó a Sophie y se lanzó hacia la guitarra. Antes de que pudiera tocarla,
estalló en un largo y melodioso ¡buuuuum! Las cuerdas volaron. Una lluvia de
astillas de madera cayó sobre Howl, que se vio obligado a retirarse cubriéndose la
cara con una manga hecha jirones.
Y la señorita Angorian apareció sonriendo junto a la chimenea. Howl tenía razón.
Debía de haber estado escondida en la guitarra todo este tiempo, esperando su
oportunidad.
—Tu bruja está muerta —le dijo Howl.
—¡Ay, qué pena! —respondió la señorita Angorian, sin ninguna preocupación—.
Ahora me puedo fabricar un nuevo ser humano mucho mejor. La maldición se ha
cumplido. Ahora puedo apoderarme de tu corazón—. Se agachó hacia el hogar y
sacó a Calcifer, que sobresalía de su puño cerrado con aspecto aterrorizado—. Que
nadie se mueva —dijo la señorita Angorian amenazadora.
Nadie se atrevió a moverse. Howl estaba más quieto que ninguno.
—¡Socorro! —exclamó Calcifer débilmente.
—Nadie puede ayudarte —dijo la señorita Angorian—. Tú me vas a ayudar a mí
a controlar a mi nuevo humano. Deja que te enseñe cómo. Solo tengo que apretar un
poco más.
La mano con la que sujetaba a Calcifer apretó hasta que los nudillos se volvieron
de un amarillo pálido. Howl y Calcifer gritaron a la vez. Calcifer se sacudió de un
lado a otro, sofocado. El rostro de Howl se tornó azulado y cayó al suelo como un
árbol talado, donde se quedó tan inconsciente como Percival. A Sophie le pareció
que no respiraba.
La señorita Angorian se quedó atónita. Observó atentamente a Howl.
—Está fingiendo —dijo.
—¡No está fingiendo! —gritó Calcifer, retorciéndose en una espiral de llamas—.
¡Tiene un corazón muy sensible! ¡Suéltame!
Sophie levantó el bastón, despacio y con cuidado. Esta vez pensó un momento
antes de actuar.
—Bastón —murmuró—, pégale a la señorita Angoriau, pero no le hagas daño a
nadie más.
Y en este momento empuñó el bastón y descargo sobre los nudillos apretados de
la señorita Angorian el golpe más fuerte del que fue capaz. La señorita Angorian
soltó un siseo agudo, como cuando se quema un tronco húmedo, y dejó caer a
Calcifer. El pobre Calcifer rodaba indefenso por el suelo, llameando de lado sobre las
piedras y gimiendo roncamente de terror. La señorita Angorian levantó un pie para
pisarlo y Sophie tuvo que soltar el bastón para lanzarse a rescatar a Calcifer. Pero el
bastón, para su sorpresa, siguió golpeando solo a la señorita Angorian una y otra vez.
«¡Claro!», pensó Sophie. Ella le había dado vida con sus palabras. La señora
Pentstemmon se lo había dicho.
La señorita Angorian siseó y se tambaleó. Sophie se levantó con Calcifer en las
manos y vio que el bastón seguía atacando a la señorita Angorian y echaba humo a
causa del calor que ella despedía. En cambio, Calcifer no parecía muy caliente.
Estaba azul lechoso de miedo. Sophie sintió que el bulto oscuro del corazón de Howl
latía muy débilmente entre sus dedos. Tenía que ser el corazón de Howl lo que tenía
entre las manos. Se lo había dado a Calcifer como su parte del contrato, para
mantenerle con vida. Seguramente Calcifer le había dado mucha pena pero, de todas
formas, ¡menuda tontería había hecho!
Fanny y la señorita Fairfax entraron corriendo por la puerta que daba a las
escaleras, empuñando sendas escobas. Al verlas venir, la señorita Angorian pareció
comprender que había fracasado. Corrió hacia la puerta, con el bastón de Sophie
todavía flotando sobre ella y atacándola.
—¡Detenedla! —gritó Sophie—. ¡Que no se escape! ¡Defended todas las puertas!
Todos obedecieron a la carrera. La señora Fairfax se colocó en el armario de las
escobas con la suya en alto. Fanny cubrió las escaleras. Lettie se puso en pie de un
salto y defendió la puerta que daba al patio y Martha se colocó a la entrada del
cuarto de baño. Michael corrió hacia la puerta del castillo.
Percival se levantó de un brinco del camastro y corrió también hacia la puerta.
Estaba pálido y tenía los ojos cerrados, pero corrió incluso más rápido que Michael.
Llegó allí primero, y abrió la puerta.
Como Calcifer estaba paralizado, el castillo había dejado de moverse. La señorita
Angorian vio los arbustos detenidos en la bruma y corrió hacia la puerta con una
velocidad inhumana. Pero antes de que pudiera alcanzarla, quedó bloqueada por el
espantapájaros, que llevaba al príncipe Justin colgado sobre los hombros, todavía
con el chal de Sophie. Extendió sus brazos de palo de lado a lado de la puerta, bloqueando
el paso. La señorita Angorian retrocedió ante él.
El bastón que la golpeaba estaba ardiendo. Su punta de metal relucía y Sophie se
dio cuenta de que no duraría mucho más. Afortunadamente, la señorita Angorian lo
odiaba de tal forma que agarró a Michael y lo interpuso entre el bastón y su cuerpo.
El bastón sabía que no podía hacer daño a Michael, así que se quedó suspendido en
el aire, envuelto en llamas. Martha se acercó corriendo e intentó tirar de Michael. El
bastón tuvo que evitarla a ella también. Sophie había vuelto a hacer mal las cosas,
como siempre.
No había tiempo que perder.
—Calcifer —dijo Sophie—. Tendré que romper el contrato. ¿Te matará?
—Me mataría si lo hiciera cualquier otra persona —dijo , Calcifer con voz
enronquecida—. Por eso te pedí que lo hicieras tú. Sabía que podías insuflarle vida a
las cosas. Mira lo que hiciste con el espantapájaros y la calavera.
—¡Entonces vive otros mil años! —dijo Sophie, y lo deseó con todas sus fuerzas
al decirlo, por si acaso no bastara con las palabras. Aquello la había tenido muy
preocupada. Cogió a Calcifer y con mucho cuidado lo separó del bulto negro, igual
que separaría un capullo muerto del tallo de una planta. Calcifer revoloteó libre y se
quedó suspendido sobre su hombro como una lágrima azul.
—¡Me siento tan ligero! —dijo. Luego se dio cuenta de lo que había pasado—.
¡Soy libre! —gritó. Voló hacia la chimenea y se lanzó por ella, hasta desaparecer de la
vista . ¡Soy libre!—lo oyó gritar Sophie cuando salía por el remate de la chimenea de
la floristería.
Sophie se volvió hacia Howl con el bulto negro casi muerto, vacilando pese a las
prisas. Tenía que hacerlo bien, y no sabía cómo.
—Bueno, vamos allá —dijo. Se arrodilló junto a Howl y colocó el bulto negro
sobre su pecho, más o menos a la izquierda, en ese lugar donde sentía su corazón
cuando le daba problemas, y empujó—. Entra —le dijo—. ¡Entra y ponte en marcha!
Y siguió empujando. El corazón comenzó a hundirse y a latir con más fuerza a
medida que entraba. Sophie intentó ignorar las llamas y el forcejeo en la puerta y
mantener una presión y constante. El pelo no le dejaba ver. Le caía sobre la cara en
mechones pelirrojos claros, pero intentó ignorar aquello también. Siguió empujando.
El corazón entró del todo. En cuanto desapareció, Howl empezó a moverse. Soltó
un fuerte gemido y rodó sobre la cara.
—¡Dientes del demonio! —dijo— ¡Menuda resaca tengo!
—No es la resaca, es que te has dado con la cabeza en el suelo —dijo Sophie.
Howl se incorporó como pudo sobre las rodillas.
—No puedo quedarme —dijo—. Tengo que rescatar a la insensata de Sophie.
—¡Estoy aquí! —dijo Sophie, sacudiéndole los hombros—. ¡Y también la señorita
Angorian! ¡Levántate y haz algo! ¡Deprisa!
El bastón estaba totalmente envuelto en llamas. Martha tenía el pelo de punta. Y
a la señorita Angorian se le había ocurrido que el espantapájaros ardería, así que
estaba maniobrando para que el bastón se acercara hacia la puerta. «¡Cómo
siempre!», pensó Sophie. «¡No he hecho las cosas bien!».
A Howl no le hizo falta más que echar un vistazo. Se puso en pie a toda prisa,
levantó una mano y pronunció una frase de esas palabras que se perdían entre la
descarga de un trueno. Cayó escayola del techo. Todo tembló. Pero el bastón
desapareció y Howl dio un paso atrás con algo pequeño, duro y negro en la mano.
Podría haber sido un bloque de ceniza, excepto que tenía la misma forma que lo que
Sophie acababa de introducir en el pecho de Howl. La señorita Angorian gimió como
un fuego mojado y abrió los brazos en un gesto suplicante.
—Me temo que no —dijo Howl—. Se te acabó el tiempo. Por la pinta que tiene
este, también querías conseguirte uno nuevo. Ibas a quedarte con mi corazón y dejar
morir a Calcifer, ¿verdad? —levantó la cosa negra entre las palmas de las dos manos
y las empujó una contra la otra. El viejo corazón de la bruja se deshizo en arena negra,
hollín y nada. La señorita Angorian se desvaneció al mismo tiempo que el corazón se
desmoronaba. Y cuando Howl abrió sus manos vacías, la puerta quedó también
vacía de la señorita Angorian.
Y ocurrió algo más: en el mismo momento en que la señorita Angorian
desapareció, el espantapájaros también se esfumó. Si Sophie se hubiera molestado en
mirar, habría visto a dos hombre altos junto a la puerta, sonriéndose el uno al otro. El
que tenía la cara arrugada era pelirrojo. El del uniforme verde tenía rasgos más
indeterminados y un chal gris sobre los hombros. Pero Howl se volvió hacia Sophie
justo en ese momento.
—El gris no te sienta bien —le dijo—. Ya lo pensé la primera vez que te vi.
—Calcifer se ha ido —dijo Sophie—. Tuve que romper tu contrato.
Howl parecía un poco triste, pero dijo:
—Los dos esperábamos que lo consiguieras. Ninguno de los dos quería terminar
como la bruja y la señorita Angorian. ¿Dirías que tu pelo es de color zanahoria?
—Rojo dorado —dijo Sophie. Por lo que veía, Howl no había cambiado mucho
ahora que había recuperado su corazón, excepto que tal vez sus ojos eran más
profundos, parecían más ojos y menos canicas de cristal—. Al contrario que el pelo
de otros —añadió—, es natural.
—No sé por qué la gente le da tanto valor a que las tusas sean naturales —dijo
Howl, y Sophie supo que apenas había cambiado nada.
Si Sophie hubiera tenido algo de atención para los demás, habría visto al príncipe
Justin y al mago Suliman estrecharse la mano y darse palmadas en la espalda con
entusiasmo.
—Será mejor que vuelva con mi real hermano —dio el príncipe Justin. Se acercó
a Fanny e hizo una profunda y elegante reverencia—. ¿Estoy hablando con la señora
de la casa?
—Esto... la verdad es que no —dijo Fanny, intentando esconder las escobas tras
la espalda—. La señora de la casa es Sophie.
—O lo será dentro de poco —intervino la señora Fairfax con una sonrisa
benevolente.
Howl le dijo a Sophie.
—No he dejado de preguntarme si serías aquella joven tan linda con la que me
crucé en la fiesta de mayo. ¿Por qué estabas tan asustada aquel día?
Si Sophie hubiera estado prestando atención, habría visto cómo el mago Suliman
se dirigía a Lettie. Ahora que era él mismo, era evidente que el mago Suliman era tan
decidido como ella. Su hermana parecía estar muy nerviosa cuando Suliman se le
acercó.
—Parece que los recuerdos que tenía de ti eran todos del príncipe, y no míos
—dijo.
—No importa —dijo Lettie con valentía—. Fue un error.
—¡Claro que no! —protestó el mago Suliman—. ¿Permitirás al menos que te
tome como alumna?
Lettie se puso colorada como un tomate y no sabía qué decir.
Para Sophie, aquello era problema de Lettie. Ella tenía los suyos. Howl le dijo:

—Creo que deberíamos vivir felices y comer perdices.
A ella le pareció que lo decía en serio. Sophie sabía que lo de comer perdices con
Howl sería mucho más ajetreado de lo que se daba a entender en los cuentos, pero
estaba dispuesta a probarlo.
—Será espeluznante —añadió Howl.
—Y me explotarás —dijo Sophie.
—Y tú cortarás todos mis trajes para darme una lección —replicó Howl.
Si Sophie y Howl hubieran podido prestarles atención, habrían visto que el
príncipe Justin, el mago Suliman y la señora Fairfax intentaban hablar con Howl y
que Fanny, Martha y Lettie le tiraban de las mangas a Sophie, mientras Michael
hacía lo mismo con su maestro.
—Nunca había visto unas palabras de poder tan bien usadas —dijo la señora
Fairfax—. Yo no hubiera sabido qué hacer con esa criatura. Como digo siempre...
—Sophie —dijo Lettie—. Necesito consejo.
—Mago Howl —dijo el mago Suliman—. Debo disculparme por intentar
morderte tantas veces. En circunstancias normales, nunca se me ocurriría hincarle
los dientes a un compatriota.
—Sophie, creo que este caballero es un príncipe —comentó Fanny.
—Señor —dijo el príncipe Justin—, creo que debo darle las gracias por
rescatarme de la bruja.
—¡Sophie —exclamó Martha—, se te ha quitado el conjuro! ¿Me oyes?
Pero Sophie y Howl se habían tomado de la mano y no podían parar de sonreír.
—No me molestéis ahora con eso —dijo Howl—. Solo lo hice por el dinero.
—¡Mentiroso! —dijo Sophie.
—¡He dicho que Calcifer ha vuelto! —gritó Michael.
Aquello consiguió llamar la atención de Howl, y la de Sophie también. Miraron a
la chimenea, donde, efectivamente, el familiar rostro azul llameaba entre los troncos.
—No hacía falta que volvieras —dijo Howl.
—No me importa, siempre que pueda ir y venir a mi antojo —dijo Calcifer—.
Además, está lloviendo ahí fuera en Market Chipping.