Final Chapter

O

O

O

O

O

O

O

Kagome miró a Inuyasha boquiabierta, sin comprender lo que sucedía. Se separó de Koga, con quien estaba bailando, riendo nerviosamente, mientras Inuyasha se acercaba a ellos.

—Señor Tashio —dijo Koga con cortesía, y con una sonrisa ofreció la mano a Inuyasha.

Por su parte Inuyasha ignoró los dos gestos. Sólo tenía ojos para Kagome.

—Deseo hablar contigo —le dijo brevemente mirándola fijamente.

—Sí... por supuesto —respondió tartamudeando—. Koga, si me disculpas...

—Por supuesto. – contesto limitándose a observar la manera posesiva en que Tashio se dirigía a Kagome.

—Hola Inuyasha —dijo Kagome lentamente corroborando que en realidad el hombre por el que tanto había esperado de verdad se encontraba ahí.

—¿Has invitado a todo el sur de la ciudad? —le preguntó Inuyasha, recorriendo velozmente el cuarto con la mirada.

—Sólo a los mejores —contesto con cierta arrogancia y una sonrisa traviesa. La joven extendió los brazos—. Baila conmigo —pidió.

—Prefiero tomar veneno —respondió Inuyasha.

Kagome sintió como la sangre se le congelaba, por lo que herida, bajó la mirada con tristeza. Todas esas semanas de espera, junto a la ventana, mirando, esperando ver ese ridículo coche blanco... semanas saltando cada vez que sonaba el teléfono, esperando que fuese él. Todo para que ahora la rechazara.

Kagome se adelantó a Inuyasha; salió del amplio salón y se dirigió por el hall hacia el pequeño estudio. Mientras tanto, esperó a que él llegara para cerrar las puertas correderas y se sentó en el sillón más cercano.

—¿Te diviertes? —preguntó clavándole la mirada.

—Hasta hace cinco minutos, sí, gracias —respondió ella.

Inuyasha se dirigió hacia la ventana y miró por ella.

—¿Tus sueños se hacen realidad? —preguntó Inuyasha dándole la espalda.

—En estos momentos me parece más una pesadilla —murmuró la joven bajando las manos. Tenía la mirada triste—. Te he echado de menos —dijo con tristeza.

—Ya lo he podido comprobar —le contestó con sarcasmo.

—He bebido un whisky con agua, y estoy sintiendo los efectos, ¿de acuerdo?

—¿Por qué has bebido? – inquirió sorprendido y a la vez curioso por la situación.

Kagome se mantuvo en silencio. Por ningún motivo pensaba confesar a ese extraño frío y desconsiderado que había deseado su presencia más que nada en el mundo, y que el licor había sido sólo una manera de eliminar la pena.

—Sólo he venido a decirte que voy a transferir algunas de las pequeñas confecciones a la planta de Black —le dijo Inuyasha todavía de espaldas, por lo que ella no podía ver la expresión de su rostro—. La tuya va a ser una de ellas. Tratarás directamente con él.

—Pero... él te ha vendido la planta. – afirmo contrariada. ¿Qué era todo aquello?

—Todavía la dirige —respondió Inuyasha—. ¿No te lo ha dicho? – cuestiono con falsa sorpresa.

Kagome negó con la cabeza. El mundo de la joven parecía estar haciéndose pedazos. ¿Le estaba insinuando Inuyasha que se apartara de su vida?

—¿Es que... es que no vamos a vernos más, Inuyasha? —preguntó vacilando.

—Sería conveniente que no nos viéramos, Kagome.

En ese momento Kagome sintió como si hubiese recibido una herida de muerte.

La muchacha había estado en lo cierto desde un principio, Inuyasha había estado interesado en ella, pero sólo para mantener una breve relación amorosa, y ya la estaba apartando de su vida. Era lo que había supuesto, pero entonces Kagome había tenido la esperanza de estar equivocada.

Kagome se puso de pie, era demasiado orgullosa para mostrar su angustia a Inuyasha.

—Si eso es lo que crees más correcto —le dijo con delicadeza—. Gracias por... por todo, Inuyasha. Hemos vivido buenos momentos.

—Superaron a los malos. – repuso pensativamente sin enfrentar la mirada de Kagome

La joven lo miró pero debió apartar la mirada de inmediato para que Inuyasha no le viese las lágrimas.

—Envíame una felicitación por Navidad —le dijo Kagome simplemente

—Lo haré.

—Que tengas un buen viaje de vuelta. Cuídate —logró decir.

—Por lo menos podrías volverte y mirarme ahora que te despides —dijo Inuyasha enojado, no comprendía cómo siendo su despedida podría ella comportarse de una manera tan indiferente.

—No, no creo que pueda hacerlo —murmuró ella mientras las primeras lágrimas empezaban a deslizarse por su rostro.

Corrió en busca de Koga, ocultando su semblante lloroso. Kagome retrocedió un instante cuando oyó que la puerta se abría y luego se cerraba con firmeza. Él se había ido.

—De modo que así están las cosas —murmuró Koga una vez que analizo la situación.

Pero Kagome no pudo responderle. Se sentía herida.

Con esfuerzo la joven logró sobrevivir el resto de la velada; sonrió a los invitados, dijo las palabras necesarias a cada uno, aceptó cumplidos y los brindó con entereza. Llevó la situación hasta el final, y cuando el último huésped se marchó se echó a llorar en el sofá.

Kaede trató de reconfortarla y consiguió que le Kagome confesara todo lo que había ocurrido en su último enfrentamiento con Inuyasha, secando finalmente sus lágrimas.

—¿Le has dicho que no estabas interesada en Koga? ¿No te das cuenta lo que Inuyasha puede haber pensado al entrar y verte bailando de esa manera con Koga?

—No podía decírselo, no después de la manera en que me ha apartado de su vida. Ahora tengo que encargarme de Koga y pedirle que no me busque más. —Kagome se secó las lágrimas—. Por lo menos esto me dará una razón para no volver a Tokio durante un tiempo. Creo que trasladaré mi oficina aquí, y llamaré a Sango y a Ayame...

—A ti te gusta este sitió, querida, pero puede que a ellas no.

—Entonces iré y vendré constantemente —el rostro de Kagome pareció volver a entristecerse—. No quiero volver a ver a Inuyasha —y se echó nuevamente a llorar—. ¡No puedo! ¡No puedo soportarlo, Kagome, no puedo!

—¿Lo odias tanto, querida?

—Lo amo —respondió Kagome, mirando los ojos dulces de su ama de llaves—. No lo supe hasta que llegamos a Kyoto, y ya era demasiado tarde. Kaede, lo quiero mucho, y todo lo que tengo en el mundo no llegaría nunca a igualar, a compararse con permanecer un solo día con Inuyasha. Todo el dinero y la fama de este mundo no tienen para mí valor sin él.

—¿Puedo sugerir algo?

—¿Qué? – chillo ante la premisa.

—¿Por qué no vas y le dices lo que sientes?

—¿Y qué luego me dé una palmadita en la espalda y me tranquilice? —inquirió Kagome entre sollozos—. Porque eso es lo que haría. Para él yo soy una responsabilidad más.

—¿Nunca se te ha ocurrido pensar que quizás Inuyasha podría estar enamorado de ti?

—Tú no lo has oído —respondió Kagome en medio del llanto.

—Increíble —dijo Kaede entre suspiros—. Cómo ha podido viajar miles de kilómetros para ver a alguien que odia.

—Él... él sólo ha venido para informarme el cambio.

—Podría haberlo hecho por teléfono. Y, ¿qué fue lo primero que ha visto al entrar?

—A mí con Koga.

—Inuyasha siempre ha estado celoso de todo hombre que se te acerca. Puede que tú no lo hayas notado de la manera en que yo lo he hecho. Lo he visto observarte, querida, y muchísimas mujeres darían cualquier cosa por que un hombre como el señor Tashio las mirase de esa manera. Piensa en ello.

—¿Qué puedo hacer? Es demasiado tarde.

—Oh, no, no lo es. Espera un momento aquí.

Kaede salió del cuarto, y un minuto más tarde Kagome oyó que su ama de llaves hacía una llamada telefónica. Luego otra y otra... Después volvió.

—Hay un avión disponible en el aeropuerto para llevarte a Kyoto, un coche que te estará esperando cuando llegues para llevarte a casa de Inuyasha. El resto depende de ti.

—Pero... ¿Cómo sabes que Inuyasha estará en Kyoto – pregunto Kagome exaltada.

—Myoga me lo dijo cuando tú e Inuyasha estaban en el estudio. Estábamos charlando sobre la fiesta y al final se me ocurrió preguntar de donde venían y él me dijo que Inuyasha se estaba quedando en su casa de Kyoto – explico ansiosamente – Ahora si no te apuras perderás el vuelo y dudo mucho que encuentres otro antes del amanecer.

—Pero tengo que cambiarme —murmuró Kagome.

—¿Para qué? ¡Apúrate! Sólo va a quedarse allí una noche.

—No te pediste ningún detalle verdad. – comento sorprendida, la adrenalina estaba comenzando a hacer sus efectos - Bueno, ¿y el taxi?

—Ahí viene —dio un beso a la joven—. Envíale saludos de mi parte a Inuyasha.

Sin perder más tiempo, Kagome se cubrió con la estola y salió.

La recepción en el aeropuerto fue casi instantánea. Momentos después Kagome ya estaba en camino rumbo a Kyoto. Parecía que el destino quería que la travesía de esa noche fuera todo un éxito. Sin embargo Kagome solo se preguntaba si Inuyasha en verdad la quería tanto como decía Kaede.

Una vez que el avión aterrizo, el taxi que Kaede le había apartado la llevo rumbo a la Plantación.

La mansión estaba en silencio cuando llegó. Reunió coraje y llamó. Lo peor que podría pasar era que Inuyasha la echase de la casa, ¿Qué podría perder si ya estaba ahí? De todos modos debía intentarlo.

La señora Haruboto se acercó a la puerta; la expresión de su rostro era de sorpresa y alegría al ver a Kagome allí.

—¡Dios santo! —exclamó la mujer—. ¿Ha venido a ver al señor Inuyasha? —agregó cautelosa.

Kagome asintió. El corazón le latía rápidamente.

—¿Él... él está aquí? – pregunto ansiosa por saber la respuesta.

—Oh, sí —respondió la señora Haruboto—. Ha estado enojadísimo durante las últimas dos horas, ha estado... arrojando cosas. Ha llegado con un humor del demonio —la mujer parpadeó—. Espero que usted mejore su malhumor, señorita.

—Haré todo lo posible. – aseguro respirando profundamente.

Pero todo el coraje pareció abandonarla al subir la escalera, ¿y si Kaede había malinterpretado toda la situación? No era la clase de hombre que le gustara que lo persiguieran.

Kagome se detuvo delante de la puerta de la habitación. Vio un hilo de luz debajo de la puerta. Obviamente no estaba dormido, a pesar de que no se oía nada en el otro lado de la inmensa puerta.

De todos modos había ido para hablar con él, ¿no? No podría hacerlo desde el hall. Kagome tomó aliento y abrió la puerta.

La joven entró como si nada antes de ponerse a pensar en lo que estaba por hacer, consecutivamente cerró la puerta tras de sí. Hubiese sido mejor tener algo en qué apoyarse, porque Inuyasha estaba echado en la cama con las sabanas a medio cubrir su magnífico cuerpo desnudo.

—Esto —dijo Inuyasha con cierto humor —se está convirtiendo en un hábito. – comento con particular simpatía pero con el entrecejo notablemente fruncido.

Kagome estaba avergonzada y sin querer sus ojos recorrieron el poderoso físico del hombre.

—¿Tengo yo la culpa de que no uses pijama? —le preguntó sintiendo que cada palabra le robaba el aire.

—¿Puedo preguntarte qué te trae aquí a estas horas? ¿Es que Black no es suficiente para ti? – inquirió volviendo a mostrar la misma actitud fría y distante de hacía unas horas.

El orgullo, abandonó a Kagome cuando su mirada se encontró con aquellos ojos dorados devastadores.

—No quiero a Koga —le respondió.

—¿No? Eso no era lo que parecía hace unas horas. – agrego escuetamente.

—¿Qué esperabas? —exclamó—. Has estado lejos durante casi un mes, sin llamar, sin venir a verme. He pasado todo este tiempo mirando por las ventanas, corriendo al teléfono cada vez que alguien llamaba. Y esta noche, en la fiesta te busqué, constantemente, te he esperado, estaba ansiosa ¡y no venías! —exclamo casi gritando con la conmoción a flor de piel y sus ojos cubiertos de lágrimas —Ansiaba tanto tu presencia... y no venías. Entonces yo... yo bebí un poco y bailé con Koga. ¿Y sabes qué? Te he odiado con todo mi corazón.

Inuyasha no había dicho una palabra, no había movido un solo músculo. Pero después de esas palabras, se puso de pie.

—Pero... pero ¿no vas a ponerte una bata? —le preguntó Kagome temblando en medio del llanto, resignada ante las extravagancias de Inuyasha.

—¿Para qué? De todos modos tendría que quitármela.- contesto con toda la seguridad que lo caracterizaba mientras se dirigía hacia ella.

—Pe... pero... —tartamudeó cuando Inuyasha se detuvo frente a ella, y sus brazos desnudos, musculosos la atraparon ansiosamente.

—No te detengas, Kagome —murmuró a su oído—. Se estaba poniendo interesante. ¿Por qué querías que estuviese en la fiesta?

Kagome miró la nada sintiendo que realmente ese era el lugar al que pertenecía, al lado de Inuyasha.

—¿Acaso importa? —pregunto tensa—. Tú crees que duermo con Koga, ¿no es cierto?

—No hubieses viajado tantos kilómetros, en tan poco tiempo, si fuera así —murmuró Inuyasha alagado observando sensualmente la boca de la muchacha—. ¿Por qué no dejas de pelear y haces lo que realmente quieres hacer, Kagome?

—¿Qué es lo que quiero hacer? —murmuró temblando.

Como respuesta Inuyasha cogió aquellas manos pequeñas tan frías como nerviosas y las colocó sobre sus caderas.

—Esto —murmuró al inclinarse para besar a Kagome suave y delicadamente—. Quieres estar a mi lado para siempre. Quieres amarme y pertenecerme solo a mí. Quieres tocarme. Quieres yacer en mis brazos y sentir que mi cuerpo es solo tuyo. ¿O vas a decirme que no es ésa la razón por la que has venido?

Las lágrimas invadieron los ojos de Kagome. Inuyasha tenía razón. Por supuesto que sí. Pero era más que eso, mucho más. Kagome se tranquilizó en los brazos de Inuyasha, y dejó que esa boca la besara, y explorara la dulce calidez de su boca y que encendiera una llama que invadió su delgado cuerpo como una explosión de sensaciones.

Kagome gimió al sentir que cada músculo de su cuerpo se contraía; arqueó su cuerpo de forma incontrolable contra la inmensa calidez de aquel físico que estaba tan unido a ella que ni siquiera el aire podría haber logrado pasar entre ellos.

Las manos de Inuyasha acariciaron delicada espalda femenina acercándola imposiblemente más a su cuerpo. Se unieron en un movimiento suave y dulce que hizo que Kagome murmurara contra los labios de Inuyasha:

—Dime que no será... sólo sexo —rogó contra esa boca devoradora.

—Hubiese sido sólo sexo si te hubiese hecho mía hace seis años —dijo Inuyasha con voz ronca—. Dios mío, me has atado como un manojo de espigas, ¿no lo sabías? Quería que fuese sólo un juego antes de ir a París, necesitaba sentirme de nuevo entero cuando Tsubaki y yo nos separamos. Pero, querida, estuviste en mi pensamiento como una obsesión todo el tiempo que permanecía fuera. Cuando regresé, cuando te besé por primera vez, todo se hizo realidad —Inuyasha deslizó sus manos hasta llegar a las caderas de Kagome y las presionó fuertemente contra las de él—. Te deseo desde el día que nos conocimos, pero nunca he podido acercarme a ti. Nunca era el momento justo. Quizá haya sido mejor, porque ahora deseo mucho más de ti que ese joven cuerpo seductor.

—¿Qué... deseas de mi, Inuyasha?

—Quiero que me des un hijo.

Kagome sintió que esas palabras acariciaban su cuerpo.

—¿Por qué?

—Porque estoy locamente enamorado de ti, pequeña gatita —le dijo con voz suave al deslizar sus manos sobre sus muslos para levantarla logrando que las piernas de Kagome abrazaran la cadera masculina—. Te amo. Te necesito, te deseo. Kagome me hubiera gustado matar a Koga por poder abrazarte, tocarte. No te pediré más de lo que puedas darme, pero déjame tenerte esta noche. Quédate conmigo. Te ruego que me ames solo a mí, solo a mí.

La emoción de ese momento casi impedía hablar a la joven. Eso fue lo que Inuyasha estuvo tratando de decirle todo ese tiempo con sus acciones y miradas: Ámame solo a mí.

—Puede... puede que lleve más de una noche—logró decir al tiempo que acariciaba la cara de su amado.

—¿Qué? —murmuró Inuyasha mientras recostaba a Kagome sobre las sábanas que todavía conservaban las huellas del calor del cuerpo de aquel hombre.

—Para... para poder tener...

—¿Un hijo? —murmuró con ojos tiernos; Inuyasha la desnudó dejándola sólo con la ropa interior—. En ese caso sería una buena idea que te casaras conmigo. Para acallar los cotilleos, por supuesto.

Las manos de la muchacha rodearon el cuello de Inuyasha y lo acercaron hacia ella.

—Como si te importaran los cotilleos — dijo mientras se deleitaba al sentir las manos de Inuyasha que la acariciaban y aquellos ojos que devoraban cada parte de su cuerpo. Era como un sueño hecho realidad, y las lágrimas volvieron a aparecer en sus ojos ante la intensidad del amor que sentía—. Inuyasha, haría lo que quisieras —dijo con fervor—. Lo que quisieras. Sería tu amante, sólo tu amante si eso fuese todo lo que pudiera tener.

—Has dicho algo parecido hace poco tiempo. Te he preguntado por qué harías cualquier cosa por mí, y has dicho que no lo sabías. ¿No lo sabes realmente?

—Porque te amo —murmuró con lágrimas en los ojos—. Porque eres el principio y el fin de mi mundo.

Los ojos de Inuyasha se cerraron durante un instante y al abrirlos nuevamente, la joven vio en ellos una mirada que la conmovió.

—Dios sabe que tú eres eso y mucho más para mí, amor. Y una cosa más. Amé a mi primera mujer. Pero no de la misma manera que te amo a ti. No vivo con fantasmas, y no los habrá entre nosotros, ni esta noche ni ninguna otra noche.

—¿Cuándo supiste que me amabas? – pregunto mientras él le regalaba infinitos besos.

—Con seguridad lo supe cuando me detuve en mi coche en el jardín de tu casa y te vi coqueteándole a Koga. Deseaba prender fuego a sus pantalones —Inuyasha empezó a acariciarla nuevamente—. Pero hablaremos de los cuándos y los porqués más tarde. Ahora, señorita Higurashi —le dijo acercándose aun más— quiero toda su atención.

—Inu, ¿amarte será suficiente? Estoy más que deseosa, pero sé tan poco...

—No tiene importancia —murmuró y además de estrecharla entre sus brazos, volvió a besarla lenta, tierna pero apasionadamente—. Todo lo que tienes que hacer es relajarte y hacer lo que yo te diga. Voy a mostrarte las maneras más tiernas en que un hombre expresa su amor. Voy a ser muy paciente y cuidadoso no debes tener miedo de mí. ¿De acuerdo?

—Inuyasha, quiero darte todo —susurró jadeante.

El roce de la boca masculina recorrió a el cuerpo femenino por lugares y de maneras con las que nunca había soñado incluso en sus fantasías más eróticas—. Ámame —dijo en un susurro, estaba ansiosa de ser poseída.

Inuyasha rió levemente mientras su mano se extendía para apagar la luz.

Era de mañana cuando Kagome despertó y vio que unos ojos dorados queridos y pacientes la observaban, en ellos se reflejaban todos los recuerdos intactos de la noche anterior. Inuyasha había sido paciente y tierno, resuelto a dar placer y a recibirlo. Su experiencia pronto encendió una pasión en la joven que llegó al borde de la angustia. Kagome recordó que en ese preciso instante abrió los ojos y miró a Inuyasha sorprendida de encontrarlo así, observándola con el rostro tenso de deseo mientras su poderoso físico cubría de manera irresistible el cuerpo de la muchacha...

—Tú... me estabas mirando —murmuró temblorosa, entre sueños.

Inuyasha se inclinó y la besó con ternura.

—Tenía que hacerlo —susurró—. Fue hermoso. La luz de la luna te iluminaba el rostro, ese pequeño y sorprendido llanto, tu cuerpo temblando... lo recordaré el resto de nuestras vidas, Kagome. Fuiste exquisita.

—Tú también —murmuró con una sonrisa—. ¡Te amo tanto!

—No más de lo que yo te amo —le susurró—. ¿Cómo quieres casarte? ¿En una iglesia o con un juez aquí en la casa?

—De cualquier manera —respondió Kagome fervientemente.

—Entonces será con un juez aquí en casa —respondió él— porque quiero que sea tan pronto como sea posible.

—No cambiaré de opinión —le aseguró ella con dulzura.

—No es ésa la razón.

Kagome se veía sorprendida tratando de comprender.

—Hemos cometido una falta, querida.

—¿Temes las malas lenguas? —preguntó en broma.

—Le temo a la cigüeña —murmuró Inuyasha contra su delicada boca—. Soy un empresario respetable, un pilar de la comunidad.

—Un seductor de inocentes —replicó Kagome.

—Pero me amas —murmuró Inuyasha con una amplia sonrisa.

—Más que a mi propia vida. Aun más —Kagome rió—, más que a mi fabulosa carrera.

—Ahora tienes una nueva carrera, totalmente nueva —susurró Inuyasha mientras cubría a Kagome nuevamente con su cuerpo.

—¿Cuál? —murmuró Kagome sin aliento.

—La de amarme —respondió Inuyasha, y la suave risa de Kagome se desvaneció entre los labios ardientes de Inuyasha Tashio.

Fin.

O

O

O

O

O

Gracias a todos por apoyarme durante todo este tiempo. Gracias por cada uno de sus comentarios y ánimos. Créanme que eso es lo que impulsa a cada autor a seguir escribiendo. Nos vemos en el siguiente :)