Capítulo IX: Miseria

Él tomo su mano suavemente dándole un cariñoso apretón.

— Puedes contar conmigo, Higurashi

— Gracias, Houyo

Kagome le sonrío con sinceridad, la verdad era que no había esperado toparse con él luego de tantos años ya. Todo fue producto de una coincidencia, aunque ahora le agradaba haberse encontrando de aquella forma con un viejo conocido.

Le guardaba cierto cariño, aunque nunca hubieran entablado una relación de amistad verdadera no podía negar que Houyo había intentado estar a su lado en varias ocasiones en el pasado.

Habían sido compañeros hasta los dieciséis años, luego él repentinamente tuvo que mudarse a Kioto cuando a su padre lo ascendieron y cambiaron de sucursal. Siempre fue tan caballero, cordial y generoso con ella. Único entre todos los compañeros de su clase.

Emi, Yuka y Ayumi, sus amigas en ese entonces y con quienes también había perdido contacto, innumerables veces le insistieron para que aceptara al pobre de Houyo y le diere una oportunidad. Él era popular entre las mujeres, incluso de cursos superiores, pero ella no estaba interesada de aquella forma en él. Solo lo veía como un simple amigo.

Houyo había tenido el valor de confesarle sus sentimientos en el pasado, aunque siempre supo el lugar donde ella lo había colocado.

Le agradaba saber que su vida estaba en completo orden. Estaba instalado por completo en Kioto, solo se encontraba nuevamente en Tokio por unos negocios y luego volvería junto a su futura esposa.

Se notaba que la amaba cuando hablo de ella hacia solo unos instantes. De seguro eran muy felices juntos. No dudaba que él pudiera hacer inmensamente feliz con sus cualidades a cualquier mujer.

Estaba contenta por él.

— ¿No puedes pedirle ayuda a ese medico amigo tuyo?

Ella solo negó lentamente con la cabeza derrotada. Tampoco comprendía bien en que momento se encontró hablándole de más. Su lengua se soltó por completo y en sollozos afligidos le contó absolutamente todo.

Nunca compartieron una amistad tan férrea como para que le confesase tal cosa, pero simplemente había actuado cuando él la saludo, con su peculiar sonrisa en el rostro, mientras ella vagaba apesadumbradamente por las calles transitadas de Tokio.

— No, quiero mantenerlo a margen. Kouga ya ha hecho suficiente por mí

— ¿Piensas mentirle?

Clavó sus ojos en los suyos de inmediato. Los castaños ojos de Houyo la contemplaban con total atención, esperando en completo silencio su respuesta. Su propia afirmación le dolía en la garganta, como si el filo de un cuchillo estuviera cortando la delicada piel de su yugulan.

Irónicamente, estaba desangrándose.

— No tengo otra opción

Él tomo aire sonoramente y negó con la cabeza.

— Podrías decirle la verdad

— Es tarde

— Siempre fuiste una persona catastrófica, Higurashi —sonrío, apoyando sus brazos sobre las rodillas al levemente inclinarse— Pero nunca perdías las esperanzas a pesar de toda catástrofe

Kagome también sonrío al compartir aquel recuerdo de antaño, donde por primera vez los labios varoniles habían pronunciado las mismas palabras.

— Lo era —musito melancólicamente.

— No, lo eres. Estoy seguro que aun lo sigues siendo.

La convicción y aseveración en sus palabras, el tono en el que le había hablado la hizo emocionar. Sintió un calor reconfortante en su pecho y apretó fuertemente la mano de él que aun estaba entrelazada con la suya.

— Gracias, Houyo —dijo con total franqueza.

Él le regalo una pequeña sonrisa y le devolvió el apretón en silencio. No necesitan más palabras de las necesarias para que pudieran entenderse. Kagome lamento internamente haber perdido el contacto totalmente. Estaba segura que jamás lo hubiera querido como él pretendía, pero era consciente de que una bella amistad podría llegado a formarse en aquel entonces.

Ahora solo era una desesperada mujer a la que su lengua la había traicionado, al igual que su subconsciente; y termino por abrumar el hombre que solo se acerco a brindarle un saludo de antaño como viejos conocidos.

Ni quiera tenia el valor para pedirle una disculpa por su comportamiento tan desafortunado.

Deseaba desahogarse, y él apareció en su camino brindándole un oído y unas palabras que no estuvieran cargadas de reproches.

Quería a alguien imparcial, alguien que pudiera escucharla con atención sin juzgarla o prejuzgarla; y Houyo ocupo ese lugar sin proponérselo.

Quería a alguien que no conociera a Inuyasha ni la historia que ambos habían compartido.

Kagome tomo valor y levemente enrojeció, esperaba que él no malinterpretara lo que estaba a punto de decirle.

— Ven a cenar a casa. Es lo mínimo que puedo hacer luego de haberte arruinado la mañana, Houyo.

Sus mejillas le ardían furiosamente como un candil cuando termino de decirle. Houyo se había notado en un principio completamente sorprendido ante su propuesta, pero se sintió un poco aliviada cuando la confusión abandonó su rostro y una sonrisa volvió a surcar en sus labios.

— No tienes que hacer nada por mí, Higurashi —apunto alegremente— Además, no me has arruinado la mañana, de hecho fue un gusto verte… pese a las circunstancias

— Me siento una miserable que solo te ha hablado de mis problemas —suspiro apesadumbradamente— ¡Por Kami, hace años que no nos vemos!

Él se rió despreocupadamente, algunas hebras de su corto cabello castaño se movieron de forma graciosa cuando se deslizo un poco por el banco del parque en la que ambos se encontraban sentados.

— Si te hace sentir mejor estaré a los las ocho por el templo —concordó— E incluso, por las buenas épocas, puedo llevar algunas de mis hierbas medicinales

Kagome frunció la boca conteniendo la risa, siseo bajo y luego carcajeo abiertamente cuando ya no puedo retenerla. ¿En que lado tenía la cabeza que hasta había olvidado esas extrañas hierbas?

Siempre pensó que la familia de su compañero contaba con alguna especie de boticario o algún miembro trabajaba para el sector de salud, o bien podría ser farmacéutico.

Su abuelo la asusto desde muy pequeña con sus extravagantes y disparatadas tendencias que él consideraba tesoros acumulados en la vieja pagoda del templo, pero la verdad era que Houyo y sus raíces raras también entraban en esa categoría.

— Creo q-que e-eso no será necesario —comento aun entre risas— Podríamos olvidarnos de ese detalle de las buenas épocas

— ¿Tan raro me veía?

La mujer amplio lo más que le fue permitido la sonrisa en sus labios.

— Absolutamente

Ambos rieron como nunca en el pasado lo habían hecho, pero con la familiar sensación de que ello había sucedido en algún momento.

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Su estado era deplorable.

Las ropas que vestía eran del día anterior o ¿de hace dos? Estaban arrugadas al extremo y roídas en algunas partes, como si hace años las llevara puestas y no solo algunas cuantas horas.

Eran finas y de marca, pero en ese momento distaban mucho de serlo; incluso ni con un profundo lavado volverían a ser lo que eran. Varios dólares tirados a la basura por unos trapos. De cualquier forma no le importaba demasiado su aspecto. La mancha oscura sobre su camisa estaba marcada a fuego.

Sonrió tontamente y con gran esfuerzo logro poder levantar la copa que estaba bebiendo entes de llevársela a los labios.

La sombra violácea bajo sus orbes era marcada y profunda. Sus ojos azules estaban dilatados, el rostro más pálido de lo normal y en una de las mejillas tenía una resiente mancha negra que no recordaba como había llegado allí. Su cabello tampoco estaba mejor, era una maraña irreconocible y dispar.

Su lengua estaba adormecida casi por completo y le costaba poder moverla para pronunciar con claridad algunas letras.

Su vida era una completa mierda.

Volvió a brindar solitariamente con una sonrisa fingida en los labios, el licor de mala muerte le quemo la garganta y cerro los ojos mientras ingería el líquido amargo como el mismo infierno.

Pese a que aquello que estaba tomando solo podía comparárselo con la gasolina, pidió otro trago.

— Oiga, amigo ¿Puede pagarlo?

El aliento del hombre que atendía la barra le cayó en el rostro. A pesar de perder desde hacia rato la mayoría de sus sentidos por completo, no puedo evitar fruncir la nariz.

El aliento le apestaba, incluso se sintió más atontado que hace un momento.

Por lo poco que podía notar gracias a las tenues luces del pequeño y lúgubre lugar, el hombre vestía un andrajoso y sucio delantal que en algún momento, años tal vez, había sido blanco. Poseía marcadas arrugas a los lados de sus ojos y en las comisuras de su boca. La piel de su rostro se veía lastimada y quebrada, incluso noto el tabique de la nariz torcido, de seguro por alguna riña, y una línea fina de color translucido en su mejilla derecha.

La amenaza en sus ojos era clara, aun a pesar del estado de borrachera en la que se encontraba. No dudaba que en menos de dos segundos de alguna forma el hombre iba a cobrarse su deuda.

De forma boba le sonrió, y no le sorprendió que él nombre tardara en devolverle la sonrisa antes de que depositara sobre la vieja y descuidada barra unos cuantos dólares.

— Oh, enseguida le sirvo

El brillo codicioso en sus ojos no paso de ser percibido cuando recogió el dinero y lo metió con rapidez a la caja registradora. De seguro los únicos que frecuentaban en Tokio ese tipo de bares eran hombres de bajos recursos. Apostaba lo que le quedaba aun de consciencia que nunca había visto en su vida tanto dinero, aunque para él solo fueron unos cuantos dólares.

El hombre le extendió un vaso igual, o peor, de sucio que el anterior con la misma bebida en el interior.

La contemplo taciturno, esperando por fin entrar en un estado de completa inconsciencia. Los castaños ojos femeninos estaban clavados en su retina, en su mente, como una huella lacerante.

Gimió y se apretó las sienes.

— ¿Problemas con su esposa?

Frunció la boca y alargo torpemente la mano para alcanzar el vaso. Contemplo el líquido en el interior y boto todo el aire de sus pulmones como en una suplica silenciosa.

La mueca en sus labios fue melancólica mientras intentaba conectar coherentemente las palabras en la mente. La lengua tardo en responderle, pero aquello que había silenciado hace años salio con la mayor claridad que le fue posible en ese estado.

— No, con la mujer que amo

Y se llevo, tal vez por décima vez, el vaso a los labios y bebió como un sediento para no pensar en lo retorcida y miserable que era su vida.

Para dejar de pensar en sus ojos castaños.

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Se rasco la nuca distraídamente mientras continuaba escuchando los nuevos cotilleos del día en la sala de médicos.

No tardo mucho en escapar, saludando cordialmente a las dos medicas residentes cuando se retiro de la sala. Nunca le llamo la atención enterarse de los trasfondos que ocurrían en la clínica, ni de la vida privada de sus colegas.

Con paso tranquilo y despreocupado, bajo la calma de los silenciosos rincones que no contaban a aquellas horas con las características corridas y bullicios, camino hacia su consultorio.

Su jornada laboral había terminado exactamente hacia una hora, pero el papeleo que lo aguardaba como parte de su obligación lo hizo retasarse un poco. De cualquier modo, el buen humor en su semblante no se iría ese día. Hoy era su noche libre, podría por fin descansar.

Primero pasaría por el templo. Desde que Keiko en persona se acerco excesivamente para informarle que Kagome había visitado la clínica esa mañana preguntando por él esa idea nunca abandono su mente.

El ajetreado día, como de costumbre, no le permitió comunicarse con ella, aunque estuvo tentado a tomarse un tiempo libre y telefonearla, pero ni siquiera en su horario de descanso el movimiento en la clínica se había detenido un solo momento. En varias oportunidades sintió que la cabeza iba a explotarle.

Guardo en uno de los cajones del escritorio los papeles que había firmado y dejado sobre el mismo antes de ir a servirse un café en la sala de médicos. Se cambio por algo más informal luego de dejar su bata colgada en un solitario perchero de la esquina.

Salio del consultorio cerrando con llave la puerta con la sola idea de ver a Kagome.

Deseaba verla dolorosamente.

Sus pensamientos se congelaron mientras freno de andar abruptamente.

Contemplo al hombre que se encontraba a solo unos cuantos centímetros de distancia, extrañamente vestido con un pantalón de mezclilla y una camisa negra recostado despreocupadamente en una de las paredes del pasillo.

Su cuerpo se tenso por completo cuando noto como él daba una última calada al cigarro antes de arrojarlo al piso, mientras una sonrisa bailaba en sus labios, para luego apagarlo con la punta de uno de sus zapatos.

— ¿Qué haces aquí? —le increpo con la mandíbula tensa y los hombros de igual modo.

Inuyasha lo observo por el rabillo del ojo riéndose. Le resultaba tan patético aquel sujeto. Escucho como claramente rechinaba los dientes ante su nula respuesta, aquello solo le provoco que volviera a sonreír.

— Vengo a aclarar un punto contigo

Kouga frunció los labios, no le agradaba el tono de su voz. Sabía a lo que se estaba refiriendo cuando hablaba de "punto".

— ¿Qué te hace creer que voy a escucharte?

Él no iba a oír nada de lo que pudiera salir de la boca de ese miserable, mucho menos si se trataba de algo que tuviera que ver con la muchacha de ojos chocolates que hoy había acudido a verle.

— Créeme… te interesa

Suficientes veces había visto el brillo siniestro en los ojos de ese despreciable hombre, incontable…ahora era el mismo.

Aun así no pensaba caer en su juego.

— Nada de lo que me digas tiene importancia para mí

Las comisuras de sus labios se alzaron al terminar de decir aquello. Él podía irse al infierno mismo, incluso pudiere que con todo gusto lo ayudase a marcharse. Volvió a avanzar, pero la voz profunda de Inuyasha resonó en el pasillo al igual que lo hizo en lo profundo de su mente, mientras lo obligaba a detener por segunda vez el paso.

— Pensé que te interesaría saber que con Kagome estamos nuevamente juntos

El aliento se le atraganto en la garganta mientras apretaba los puños con fuerza. La sangre estaba hirviendo en sus venas.

Ese bastando miserable no podía estar hablando en serio.

Kagome… ella, ella.

— ¿No me crees? —sonrío burlonamente mostrando algunos de sus dientes— ¿Acaso creías que podías tener algo con ella?

— ¡Eres una mierda! —siseo oscuramente.

La quijada la tenía completamente apretada. Estaba comenzando a perder los estribos por completo. Él le repugnaba, solo era un bastardo rico que había jugado con la delicada mujer que amaba. No necesitaba saber por qué tonta excusa había botado a Kagome igual que un vil animal, nunca le importo aquello. Él la vio, noto las lágrimas en sus ojos cada vez que pronunciaba el nombre de aquel miserable y… lo odio aun más.

Deseo matarlo.

— Ella me prefiere, Kouga. Siempre me ha preferido —comento aun con la sonrisa bailando en sus labios— Y volvió a elegirme

Entonces su mente dejo se pensar y solo se cegó abalanzándose sobre Inuyasha.

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— Uh, se han rendido

Kagome dibujo una pequeña sonrisa en sus labios, concordando con las palabras de su invitado, mientras su hermano, dormido sobre el sofá de la sala, murmuraba algo inteligible con una extraña mueca en el rostro. Kohaku estaba en iguales condiciones, acurrucado en el único costado libre del sillón en el que se había podido acomodar. Tenía que reconocer que el joven término adquiriendo una extraña postura, mañana amanecería con todo los músculos agarrotados.

— ¿Me ayudas a acostarlos? —musito, observando a Houyo. No quería molestarlo demasiado, pero el trabajo claramente seria mucho más rápido.

— Por supuesto

Con extremo cuidado, para no despertarlos, ella tomo el cuerpo de su hermano y Houyo el de Kohaku. Luego de subir despacio las escaleras e indicarle en que habitación debía dejarlo volvieron a bajar a la sala.

La cena había sido agradable, casi familiar. Houyo se había llevado de maravilla con ambos niños, e incluso no titubeó en soltar sus intentos en su época de secundario por intentar conquistarla. En varias ocasiones tuvo que silenciar tanto a Kohaku como a su hermano por comentarios o preguntas indiscretas, pero él se desenvolvió resulto y siempre con una sonrisa en los labios.

Le sorprendió un poco encontrar a Souta y al hermano de su amiga en el templo. Estaba decidida a pasar por la casa de Sango y recoger a Souta, aunque ello conllevaba poner en funcionamiento su mente e inventar una buena escusa sobre porque no le devolvió las llamadas.

Agradeció que Kohaku se quedara a dormir en el templo, su compañía ayudaría a mantener distraído a Souta el mayor tiempo posible. Estaba guardando fuerzas para saber como decirle que pronto vivirían con Inuyasha.

Dormiría bajo el mismo techo que su enemigo.

— Ya es un poco tarde —apunto Houyo contemplando las manecillas del reloj colgado en la pared de la sala de estar— Gracias por todo, Higurashi

— No, gracias a ti

Él le sonrío complacido y deslizo, instantes después, una pequeña tarjeta de color blanco con los números donde podía localizarlo por cualquier inconveniente que tuviera. Kagome asintió aceptando la tarjeta, no era tonta. Sabía el motivo por el cual él estaba dándole esa información. Aunque no hubieran tocado nuevamente el tema, el halo invisible seguía estando sobre ellos.

— Gracias… nuevamente —volvió a hablar él cuando ambos se encontraban en la puerta de entrada— Ha sido un gusto volver a verte

— También lo ha sido para mi, Houyo

Kagome beso su mejilla a modo de despedida. No le resulto extraño aquello, era la primera vez que lo hacia luego de haberse conocido desde hace tantos años. Houyo le sonrío a modo de despedida, como antaño, haciéndola recordar viejas épocas.

Cerro la puerta y giro sobre sus talones, quedaban algunos quehaceres que hacer antes de poder finalmente acostarse. Solo llego a caminar tres pasos cuando los fuertes golpes en la puerta sonaron por toda la casa. Se abalanzo hacia ella, casi trastabillando con la pequeña alfombra de la entrada. Tiro de pomo sintiendo el corazón latir deprisa, tal vez algo le había sucedido a Houyo en aquel corto trayecto.

— ¿Kouga? —susurro, con los ojos abiertos de par en par y completamente sorprendida. Alarmada, cubrió su boca con una de sus manos cuando noto el labio cortado y el claro color violáceo sobre el ojo izquierdo del hombre— ¡¿Qué sucedió?

Gimió asustada cuando intempestivamente él se echo sobre ella, sujetándola con sus fuertes manos de los hombros con violencia.

Completamente azorada clavo sus ojos en él, y por primera vez desconoció al hombre frente a ella. Su celeste mirada estremeció los vellos de su nuca.

Él jamás la había observado de aquel modo.

— ¡Dime que no es cierto! —le grito desesperado, zarandeando con brusquedad el cuerpo femenino— ¡Dime que no has vuelto con Inuyasha! ¡Maldita sea, dímelo!

Pese al terror que estaba experimentando, las fichas cayeron en su lugar. Aun, sin poder modular una sola palabra, mientras volvía a gemir por la fuerza de sus dedos clavándose en su delicada piel como dagas, solo puedo razonar una única cosa.

Él, con sus propias manos, se había encargado de destruir a Kouga.

Él… se estaba encargando de comenzar a destruirla.

Continuara...


Tranquilas, Houyo solo vino como buen amigo, nada más. Él esta muy feliz junto a su futura esposa. Reconozco que la parte primera de Kag y él me gusto. No estoy segura si aparecerá otra vez a lo largo del fic o no, pero por lo menos pudimos ver un poco de él n.n

¡Es increíble que este de vuelta en tan poco tiempo! Incluso a mi misma me sorprende, últimamente me estoy tomando alrededor de un cáp por mes, pero ¡heme aquí! Raro, muy raro.

Dios, como quiero unas vacaciones. Por suerte solo me quedan dos semanas más de uni, si es que no me llevo filosofía a final, ¡Solo necesito otro siete para promocionarla, como paso en sociología!

Chicas, muchas gracias por sus reviews y por el apoyo incondicional como siempre. Apenas tenga algo escrito del próximo capítulo prometo un pequeño avance en el blog como vengo haciendo.

Que pasen una bonita semana. Un beso enorme n.n

Lis-Sama