Capítulo Diez.
Kate salió del avión hablando con Garrett y riendo de los chistes que él le contaba, vio a Tanya dirigirse con Jacob, una chica morena y un rubio hacia un cafetín. Creyó conocer al chico rubio, pero seguro estaba alucinando.
—Iré a buscar mi maleta, Kate, espérame aquí —murmuró antes de dar un beso en la frente, ella suspiró enamorada. No podía creer lo mucho que le gustaba Garrett con el poco tiempo que lo conocía, y sonreía inevitablemente al pensar en que no tendrían que separarse. Él era su prometido, y se estaba enamorando de él aún desde antes de saberlo.
Sintió unos aplausos a sus espaldas, pero al voltearse no vio a nadie. Al volver la vista a donde estaba al inicio, para encontrarse con una mirada café oscuro, una sonrisa insana y burlona.
—Qué lindo es el amor —afirmó, antes de jalarla del brazo.
—Suéltame —pidió. James negó con la cabeza y le indicó que hiciera silencio. La jaló hasta unos depósitos y la besó en el cuello, lamiendo la clavícula y gimiendo contra la piel húmeda.
—¡Suéltame, bastardo! —chilló, enardecida.
—Vales mucho, rubiecita, no te dejaré ir —afirmó. Kate pataleó.
—No, por favor, no me alejes de ellos —sollozó.
—Nadie dijo que te fuera alejar de tu hermanita Tanya.
—¡No te atrevas! —gritó.
—Lo lamento, Kate, pero ella también es requerida por mi superior.
—Al diablo con tu superior.
—No sigas hablando, Katherine, podrías arrepentirte —contestó antes de morderle los labios con fiereza, intentando aplacar a Katherine. No quería hacerle daño, pero Cassidy le pidió que hiciera lo que fuese necesario.
James había aprendido lo que es no tener escrúpulos. Sintió las uñas de ella clavarse en su espalda, pero continuó besando entre sus pechos.
Con el tiempo, ella se apaciguó, se dejó caer, se rindió. Obviamente, él no la hizo suya, ese no era su propósito.
Salió del Aeropuerto con ella de la mano, y cualquiera hubiera dicho que eran una pareja felizmente unida. Kate había entendido que no tenía escapatoria, era una buena chica.
Tan pronto entró en el auto, sacó su teléfono y le marcó a Aaron.
—Dime, ¿qué ha pasado con Tanya? —preguntó.
—Está capturada, vamos detrás de ti —afirmó.
—Bien —contestó fríamente.
—No, mamá, no me obligarás a casarme. No quiero un matrimonio arreglado —chilló la rubia.
—Es lo que tienes, Katherine, es tu obligación —sentenció.
—No tienes derecho a obligarme a nada —dijo fríamente y salió del salón.
Se encontró de frente con Tanya, que la miró con algo que era una mezcla de culpa y de miedo, los ojos verdes reflejaban también una profunda tristeza.
—¿Cuándo pensabas decírmelo? —siseó. Tanya formó una mueca en sus labios.
—Mamá no me dejaba decírtelo —afirmó.
—Debías decírmelo, Tanya, no tenías que dejar que me tomara por sorpresa —chilló.
—¡No podía hacerlo, Kate! —gritó, en respuesta.
—¿Por qué? —murmuró dolida.
—No quería que mi hermanita menor pasara lo mismo que yo, Kate. Si yo…—suspiró—, si yo me casaba, tú no tenías que hacerlo, no si no querías.
—Entonces, lo tuyo con Alec era…
—Una total mentira, al menos al principio —dijo fríamente.
—¿Al principio? —preguntó, confundida.
—Yo… Yo me enamoré de él, Kate, me enamoré y él me abandonó.
Lágrimas corrían por las mejillas de Kate, sus ojos ahora estaban tapados con una cinta negra y sentía ganas de morir.
—No te lleves a Tanya, por favor —suplicó—. Haz lo que quieras conmigo, pero déjala en paz.
—Dame una buena razón para que seas tú y no ella —dijo James, tocando el hombro de la rubia.
—Ella aún puede ser feliz —murmuró con voz rota.
—¿Y tú no, Katherine? ¿Tú no puedes ser feliz? —le preguntó.
—Acaba de encontrarse de nuevo con el amor de su vida —lloró—, todavía puede tener una vida, yo… Yo ya no soy la misma, no después de esto.
—Todavía está ese chico, con el que estabas en el aeropuerto. ¿Él no importa, Katherine? ¿Lo traigo a tu lado? —rió.
—No, él no significa nada para mí —murmuró. (Mentirosa).
—¿Por qué te acompañaba?
—Él es mi prometido, un matrimonio arreglado. Yo… yo no quiero vivir eso, por favor.
—No te creo, rubia, tú lo quieres —gruñó.
—No, él no es nadie —sollozó—. Deja ir a Tanya, por favor. Hazme tuya si deseas, pero déjala ir.
—¿Por qué te sacrificas así por ella? —dijo confuso.
—Ella es mi hermana mayor —afirmó con convicción—, haría todo por ella y ella lo ha hecho todo por mí.
Las palabras de Kate le calaron en lo más hondo a James, imaginándose a Anthony diciendo esa frase refiriéndose a él.
—Yo la quiero, ella es mi mejor amiga y siempre lo será.
Tomó el teléfono y marcó, de nuevo, el número de Aaron.
—Toma una muestra y suéltala —ordenó.
—No puedo hacer eso —respondió.
—Sólo hazlo, déjala en ese callejón que acabo de pasar, con los ojos vendados.
—¿Por qué?
—Porque levantaríamos menos sospechas, Aaron. Yo retendré a Katherine, pero suelta a Tanya.
—Está bien.
—Adiós —dijo antes de colgar—. Listo, Katherine, tu hermana será liberada.
—Quiero comprobarlo.
James le quitó la venda de los ojos y la jaló hasta la ventana trasera, ambos pudieron ver cómo Tanya era empujada del auto por un hombre de cabellos marrones. Estaba vendada e inconsciente.
El auto de donde había sacado a Tanya siguió su camino, pero James se quedó a comprobar que ella despertara.
—Gracias —dijo Kate.
—No hay de qué, sólo no menciones nada de esto.
—Mis labios están sellados.
Kate estaba llorando en el regazo de Tanya. Se sentía humillada, su prometido había huido sin conocerla, sin darle una oportunidad.
—Conozco a Garrett, Kate, él no suele ser así —la consoló.
—¿Por qué?
—Quizás sólo está confundido, como tú al principio.
—Pero yo lo intenté, Tanya, de verdad lo intenté.
Tanya acarició los cabellos de su hermana, preguntándose por qué demonios Garrett había hecho algo así.
El auto se detuvo frente a una lujosa mansión, dos horas después. James bajó a Kate del auto y le quitó la venda.
—Bienvenida al lugar donde vivirás durante un tiempo, Katherine —señaló la casa.
—¿Por qué?
—Alguien te necesita —respondió secamente—. Llévenla junto a Johnson, yo tengo trabajo que hacer.
James volvió a entrar en el auto y dos hombres tomaron a Kate de los brazos.
—¿Quién es Johnson? —preguntó, llorando.
—Alguien inofensivo —respondieron los guardias.
Subieron las escaleras y caminaron por un largo pasillo hasta llegar a una puerta blanca con detalles en plata. Los guardias abrieron la puerta y la empujaron al interior.
Dentro estaba una chica de no más de quince años, pequeña y frágil, tenía el cabello café oscuro y los ojos intensos pero opacos de las lágrimas.
—¿Quién eres? —sollozó la chica.
—Me llamo Kate, me trajeron hasta aquí obligada, ¿y tú? —dijo dulcemente.
—Bree, me llamo Bree —dijo, sorbiéndose la nariz.
Kate caminó hasta ella y la envolvió en un abrazo, Bree comenzó a llorar contra su pecho.
—Estoy tan asustada —hipó—, no entiendo por qué me trajeron para acá.
—Yo tampoco lo sé, Bree, pero descuida, estoy aquí para ti. Siempre.
—Gracias, Kate.
Bree se quedó dormida en el regazo de Kate, y ella pudo sentir esa sensación que, seguramente, Tanya sentía al consolarla. Fue en ese momento que se alegró de haber logrado que la dejaran ir, ella no merecía estar encerrada, era suficiente con una por familia.
Sin embargo, había una frase que se le quedó marcada a fuego en la mente, «Toma una muestra y suéltala», ¿tomar una muestra de qué? No quería ni pensarlo.
Miles de dudas rondaban sus pensamientos, impidiéndole dormir, y, además, Bree hablaba dormida. Continuó acariciando sus cabellos hasta que, poco a poco, sus ojos se fueron cerrando.
Un estruendo interrumpió su descanso, abrió los ojos y se encontró con la famosa actriz Victoria McAdams.
—¿Qué haces aquí? —preguntó.
—Supongo que lo mismo que tú, pero irá a saber Dios qué.
—¿Quién te trajo? —dijo Kate.
—Un chico sexy, cabello castaño, ojos oscuros y un buen polvo. ¿A ti?
—Creo que hablamos del mismo —respondió ella.
—Él también me trajo a mí —murmuró una soñolienta Bree.
Victoria y Bree se miraron a los ojos, y algo raro pasó allí. Kate sólo sabía que se sentía incómoda.
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