Síiiii!!!! Así que aquí va un nuevo capítulo. Guau! Estoy mejorando mis tiempos. Creo…. ¿Fue la semana pasada o ante pasada que subí el último capítulo?
u.ú Lo siento es que con todo esto del último años y todas las cosas a las que tengo que responder pierdo la completa noción del tiempo.
Pero al menos estoy aquí. Mi amigos aún se preguntan cómo es que logro hacer tantas cosas (colegio, preuniversitario, dibujos, historias mantenerme actualizada en Internet, y bueno, todas esas tonteras que hago por lo general y que me encantan) xD
Así que aquí está el capitulo, degústenlo:
9. El día más frío
Y cómo todas las cosas, de a poco, la Antártida dejó de ser novedad y los días se hicieron aburridos y monótonos. Ni siquiera Michael se emocionaba ya de fotografiar las mismas especies una y otra vez.
Ni siquiera contaba con el placer que me había proporcionado en un principio las peleas con Jen a toda horas del día. No. Definitivamente me declaraba incompetente. ¿Cómo era que aún en la Antártida conocía gente y se juntaba con ellos? A los pocos mese de llegados a la Antártida ya casi no pasaba tiempo en casa. Llegaba a la merienda y luego se iba a acostar para volver a salir la mañana siguiente.
Así que me tuve que limitar a hacer nada en mi vida y alejarme lo más posible de la cocina o la sala o de otro modo Mariana me sobrecargaría con deberes que serían aún peor que el aburrimiento mortal.
-¿Sabes?- le dije un día a Michael y ya ni recuerdo si era en voz alta o no –Quizás debería hacer una excursión un día de estos, no muy lejos, pero para conocer algo que no sea la costa-
Sí, la costa era lo único que conocíamos aparte de la estación en sí.
Ya nos habíamos acostumbrado al frío (aunque aún no habíamos sufrido las peores temperaturas según había dicho Ross), al navío que nos llevaba las provisiones a la isla cada mes. Sí. ¿No les había comentado que Palmer Station quedaba en una isla? Isla Anvers de hecho, búsquenla en Google un día de estos.
Mmm… deberías pensarlo mejor Steph, no sabes que tan peligroso puede ser¿Lo dices porque es lo que crees o es que sólo es un residuo de mi conciencia? Pensé, mi voz interna monótona y recargada con ponzoñoso sarcasmo.
Michael no contestó. Al parecer, le había ofendido. Pero en ese momento no fui capaz de darme cuenta de lo que había hecho. Estaba lo suficientemente pagada de mí misma, pagada de todo lo que me rodeaba como para que no me importase nada que no tuviera que ver con mi propio aburrimiento.
Eso era en lo que se había convertido mi vida en la Antártida.
***
Esa misma tarde Jen llevó a uno de sus nuevos amigos a casa. Si es que de verdad había gente en el mundo que la aceptase como amiga. Resultó ser que era Stuart Stewart – lo sé, lo sé, muchas S's y T's juntas, pero ¡oigan! No fui yo quien le puso así – el más joven de los militares que trabajaba con Ross. Al parecer se había graduado el año anterior del servicio militar y se había ofrecido de voluntario en la Antártida para conocer nuevas realidades – ¡Puaj! –.
-Bueno- dijo mi hermana tras dejar entrar a Stuart en la casa –Mamá, Ross, Tú- ¿Qué esperaban que se refiriera a mí por mi nombre o de forma dulce y educada? Recuerden que es Jen –Este es Stuart, mi nuevo novio-
Mi quijada cayó dejando al descubierto mi lengua oculta apenas por mis dientes. ¿Incluso en la Antártida Jen conseguía novio? No, eso se estaba tornando definitivamente en el colmo de los colmos. ¡¿Por qué a ella todo lo bueno?!
Mamá reaccionó como siempre, ofreciéndole incluso más comida de la disponible a nuestro nuevo invitado de honor. Pero logré percatarme que a Ross la idea no le sentaba tan bien como fingía. Aunque claro estaba que no se interpondría en la vida de Jen. El nunca intentaría ser el padre que no teníamos, porque consideraba que padre hay uno solo y lejos de ayudar tratando de comportarse como tal, sólo terminaría empeorando las cosas. Hizo una mueca y se limitó a observar al nuevo puesto en la mesa. Seguro no le quitaría la vista de encima, aún cuando se quedase callado, él nos quería como si fuésemos de su propiedad. Él no le arruinaría la estancia en la Antártida a Jen, pero tampoco dejaría que Stuart se la arruinase a ella. Pasase lo que pasase.
Así que los mantuvo lo bastante ocupados hablando de esto y aquello toda la noche. El aburrimiento me mataba y por razones que no conozco, no pensé en Michael. Me había enfadado o indignado. O quizás solamente estaba siendo estúpida. Una gran, gran estúpida. Al llegar a mi cama no tuve tiempo de repasar lo ocurrido ese día y caí inconciente en los brazos de Morfeo en cuanto me enredé entre las frazadas.
***
El día siguiente Michael no volvió a aparecer como lo había hecho cada día desde que había vuelto a hablarme. Tampoco lo hizo al día siguiente. Y aunque la primera noche no tuve pesadillas, a la segunda si las tuve. La misma de siempre, sólo que peor. Michael aparecía y en vez de contenerme como siempre lo había hecho en mis sueños se reía en mi cara para luego dar media vuelta y marcharse.
Al tercer día no aguanté más. El aburrimiento me aburría, era cierto, pero el miedo a la soledad en la que me vería envuelta hasta quién tenía idea cuando, era mayor. Y Michael. La sola ausencia de Michael, que se había convertido en mi sinónimo de amor. Mi amor. EL amor había desaparecido de mi vida.
¿Pero cómo?
Traté de recapitular todo lo que había pasado un par de días antes. Cada palabra, cada pensamiento, tratando de descubrir qué era lo que había ocurrido. ¿Yo lo había echado de mi mente? ¿O él por las de él se las había arreglado para huir de mi mente?
"¿Lo dices porque es lo que crees o es que sólo es un residuo de mi conciencia?" El recuerdo perforó mi pecho como una fina pero efectiva aguja gigante. ¿Por qué le había dicho eso? ¿Cómo aportaba aquello a que Michael ya no apareciera cuando pensaba en él?
No, no, no, no. Michael no podía irse por las de él. No podía. Era tabú. ¿O sea que yo le había echado? ¡No! No existía ni una sola posibilidad aparte de ello, pero yo estaba segura que nunca había deseado que Michael se fuera. ¡Nunca! Y entonces recordé, como si fuese el recuerdo más lejano que tenía. Lo encontré en los rincones más recónditos de mis recuerdos. Michael no se podía ir si yo no lo deseaba, pero podía esconderse para que no le viese si no quería que le viese.
Recorrí mi habitación como una boba y desesperada, pero al no encontrarle no pude evitar sentirme engañada, ultrajada, abandonada.
-¡Michael!- grité creyendo que sería en vano.
Y de pronto, del rincón más oscuro de mi habitación, desde atrás de las cortinas apareció el caminando hacia a mí con enfado.
-¿Qué quieres?- me preguntó en voz alta. No había nadie en casa aquel día, Jen estaba con Stuart y mamá había salido con Ross en su día libre.
-¿Por qué te escondes?-
-Porque por lo general cuando uno realmente se ofende con alguien se va- hizo una mueca de mofa que me hizo imposible preveer si estaba realmente molesto o sólo estaba usando un increíble mal logrado sarcasmo –Y yo por supuesto, como un residuo de tu conciencia no cuento con esa libertad- me citó, lo que no me gustó nada viniendo de él.
¿Por qué se estaba comportando así? Creía que era perfecto. Al menos entonces llegué a cuestionármelo. Sufría una crisis que no me dejaría ver nada en perspectiva. Una de esas crisis que nos hacen pensar que todo el mundo está en nuestra contra. Qué estamos solo. Que ya nadie nos quiere. Y todo, por culpa de la Antártida. Fue a lo único que pude adjudicarle la culpa. Al menos un tiempo después de mi vil y vulgar pataleta. En ese momento podía culpar a cualquiera: Michael, Jen, Mariana hasta a Ross. A todos, menos a mí o a mi aburrimiento, que en fin de cuentas, éramos los únicos culpables.
-Bueno, entonces vuelve a esconderte hasta que dejes de pensar pavadas- dije, y sé que no estuvo para nada bien, pero en esos momentos no podía pensar con claridad. Sólo sabía una cosa: Tenía que terminar con eso. Tenía que buscar nuevas novedades, panoramas. Salir de esa isla. Seguro habría mejores cosas allí afuera. Lejos de lo monótono. De Aburrimiento Station. Todo. Lejos, lejos. Aunque sería sólo por un par de horas, quería ver que había más allá de isla Anvers.
Tomé todos mis abrigos y me los fui poniendo en mi camino escalera abajo. Una vez afuera hice algunos cálculos para orientarme.
-A ver- me dije a mi misma –Si mar abierto está por allá, entonces el resto de continente debería estar en algún lugar por... ¿acá?- Y me dirigí en esa dirección, que a pesar de todo lo impreciso terminó por ser la dirección correcta.
Steph, Steph, por favor no. Oí la voz de Michael en mi cabeza. Wow, ahora me hablas. Le contesté medio en broma, pero aún con el mayor sarcasmo que pude. En serio, amor, piénsalo, puede ser peligroso.
Pero no lo escuché y seguí con mi camino a través de la nieve.
El día era claro, pero eso no significaba de ninguna manera que fuera cálido. Después de todo, este lugar era todo lo opuesto a mi querida Florida. Una parte de mí, el instinto más fuerte que me había sometido desde que había llegado al continente Antártico era que nunca más volvería a saber lo que era sentir esa calidez natural que no se obtiene con aire acondicionado. Miré hacia el sol con la leve esperanza de sentir al menos uno de sus rayos chocar contra mi cara. Pero no ocurrió nada de eso. En vez, y para mi desgracia, seguía escuchando los ruegos y súplicas de Michael que parecía no tener botón de apagado.
Sus llamados llegaron a tal punto que ya prácticamente no me dejaban escuchar mis propios pensamientos. Los suyos eran tan intensos. Y como si hubiésemos estado en el museo en Nueva York de nuevo, sin pensármelo. Sin analizar las palabras, los pensamientos de Michael eran demasiado fuertes como para pensar nada, simplemente abandonaron mi boca:
-¡Michael! Ya cállate por el amor de Dios. ¡Vete! Déjame en paz. Yo seguiré igual-
Lo eché. No tenía conciencia de lo fuerte y lo grosera que había llegado a hacer, sólo quería un poco de tranquilidad mental. ¡Por todos los santos! ¿Es acaso eso mucho pedir? Todo el mundo tiene suficiente con su mente, y ¿encima tenía que soportar a un vampiro tan perfecto que aborrecía las aventuras? Nadie contestó a mi pregunta. Tal y como había sido unos meses antes cuando era sólo yo, una chica normal. Bueno, no es que alguna vez haya sido realmente normal, normal, es una palabra tan relativa. Aunque amaba a Michael, en esos momentos necesitaba mi paz. Ya había sido suficiente el tiempo qua había pensado por dos. Era tiempo de tomarme un descanso mental.
No sé cuanto caminé en la misma dirección. Cuantas horas caminé, más bien, pues aún caminaba dentro del mismo día. Pero aún no encontraba nada que se interpusiera en mi camino. Ni el mar, ni estaciones, ni personas, ni animales salvajes, todo se había vuelto un manto blanco. Interminable. Interminable blanco, con una fina línea divisora que conectaba aquel geométrico paisaje con uno igual pero celeste en la parte superior.
Seguí caminando disfrutando de la soledad que se había producido en mi mente. Era como si el tiempo no corriera, pero avanzara desmesuradamente a la vez.
Entonces el sol comenzó a caer y decidí que sería mejor volver. Dí la media vuelta y comencé a caminar. Se hizo de noche y yo aún seguía sin vislumbrar nada. Me senté a descansar algunas veces en mi trayecto, ni modo iba a caminar todo el día por la nieve sin descansar.
Hasta que ví algo en la distancia. Me alegré de creer que sería la estación, o cualquier otra estación, me podrían llevar enseguida a mi estación por helicóptero. Todas las bases tenían un helipuerto según tenía entendido, al menos Palmer Station lo tenía, esperaba no equivocarme en mis suposiciones esta vez. Pero conforme me acercaba, me espanté y asombré de ver que no era lo que esperaba. No era nada, de lo que esperaba. Y bien lejos estaba de cualquier cosa que hubiese sido capaz de imaginar. Eran árboles.
Grandes y frondosos árboles formando una especie de bosque o selva. ¿Bosque? ¿Selva? No, seguro era un espejismo. No le presté mucha atención y seguí caminando en la misma dirección. Desde mi particular punto de vista, era peor ver árboles en un continente desierto, que escuchar la voz del vampiro más sexy del mundo en mi cabeza y verlo como si fuese un amigo imaginario.
Esperé a que Michael dijese algo, una insinuación siquiera del pensamiento que acababa de tener. Nunca me había permitido a mí misma pensar siquiera en lo sexy que era Michael por el miedo de que al descubrir mi pensamiento tuviera una razón más para molestarme cuando creía que el sarcasmo y el humor estaban de su lado. Pero no ocurrió. No escuché ni el más mínimo recuerdo, si quiera, de la voz de Michael.
Y entonces los árboles comenzaron a hacerse más y más grande conforme seguía mi camino. Hasta que de pronto, me encontraba en el borde de aquel oasis. Dí un paso y me encontré a la sombra de un árbol. Entonces era real. Con la poca luz de la noche, no había reaccionado a notar que ese bosque, selva, lo que fuese, tenía de hecho sombra. Los espejismos no tienen sombra. Entonces, ese oasis en medio de la Antártida no era un producto de mi imaginación.
Entonces que venía a pensarlo, Michael nunca había tenido sombra tampoco.
Con curiosidad comencé a sumergirme entre los árboles. ¿Sabría alguien más de ese lugar? Entonces ¿por qué nadie había hablado jamás del bosque perdido en la Antártida? ¿Era yo la única persona en el mundo que había descubierto el secreto del continente? ¿Había yo en un día acabado con años de investigación en la zona?
Continué adentrándome entre los árboles, notando, que mágicamente, dentro del bosque no había nieve alguna. Pero lo más raro, sin embargo – como si pudiese haber algo más raro que un bosque en la Antártida – era que aunque era evidente que la temperatura del lugar era superior a la que había fuera del bosque, la sensación térmica era la misma. Estaba segura, no había habido ni la más mínima variación, mis rígidos sentidos habrían registrado al instante cualquier cambio. Pero no lo hicieron.
Guau, me asombraba de pensar, que a algún rincón de mi mente, todo aquello se le hacía increíblemente familiar. Como si hubiese estado ahí antes.
Y hasta aquí lo dejamos hoy :P
Es que realmente quiero inspirarme para el próximo capítulo que es el que estado esperando todos estos meses. La segunda imagen que tuve de este fic cuando se me ocurrió escribirlo. La primera fue cuando Michael apareció por primera vez en el coche de Miriam en NY. Y la segunda:
…..
¡Aaaah! Les gustaría saber, pero para eso tendrán que aguardar al próximo capitulo y rezar para que me quede como lo imagino. :P
Muchas gracias, como siempre a todas las personas que leen este fic.
Visiten mi perfil para ver mis links. Quizás encuentren algo que sea de su interés. :P
Nos vemos en el próximo capítulo.
