Como todas ya saben los personajes no me pertenecen son de S.M y la historia pertecene a L.M.R tambien saben el tituto original y la autora lo dare a conocer al final...
Capítulo 10
Refugio Hopewell para Mujeres y Niños
San Diego
5 de Julio
Esto es ridículo, pensó Bella. Solo había que preguntarle. ¿Qué es lo que quieres de mí, Edward?
¿Tan difícil podía ser?
Terminó de doblar la pila de ropa donada. Muchas de las mujeres que llegaban al refugio venían solo con lo puesto. Necesitaban de todo. Ropa, comida, dinero. Sobre todo estar a salvo.
Bella se acordaba de eso. Recordaba claramente la sensación de no sentirse a salvo. Había pasado su vida entera con una sorda sensación de peligro en la cabeza, sin saber de dónde venía.
Ahora la vida de Bella era perfecta. Estaba cómodamente instalada en el cálido círculo de una amorosa familia ampliada. Emmet era el hermano más maravilloso que una mujer podía llegar a tener. Y Rosalie y Alice era más como hermanas que como cuñadas. Lo mejor era que Marie y Lili formaban parte de su vida. La idea de poder ver crecer a esas dos preciosas niñitas, formar parte de su vida diaria, le suponía una inmensa alegría.
San Diego era fabuloso, precioso y soleado. Se había comprado un apartamento en el edificio de Emmet que le daba acceso a una inmensa playa blanca, justo en la puerta. A todos los efectos, vivía en un resort. Jasper incluso le estaba enseñando a nadar. Su instructor de natación era un ex SEAL. ¿A que molaba?
Trabajaba como voluntaria en el refugio tres días a la semana. El trabajo le resultaba tan importante y satisfactorio que estaba pensando seriamente en volver a estudiar en otoño y sacarse el título de psicología para poder dedicarse a ello a tiempo completo. Todo era perfecto, excepto una cosa.
Edward.
Parecía que había pasado toda una vida desde aquel primer día y, en cierta manera era cierto. Aquel mágico día en que pensó que quizás había encontrado… bueno, un nuevo amor sonaba estúpido. Después de todo, era la primera vez que se habían visto. Pero pensó que quizás había encontrado a alguien que podría atravesar su muro de soledad.
Edward había manifestado su deseo de forma descarada. Y ese beso en el Del… ¡Y el orgasmo!
Que estúpida había sido al confesar que había sido su primer orgasmo. Las mujeres no deben dar ese tipo de información a los hombres. Te hace vulnerable, y si Bella era experta en algo era en vulnerabilidad.
El recuerdo de ese episodio en el Del aún la hacía enrojecer de excitación, seis meses después de que ocurriera. ¿No era patético? Era muy triste que aún se ruborizara al pensar en un beso que tuvo lugar seis meses atrás, de un hombre que no la había vuelto a tocar desde entonces. Como mucho alargaba la mano para sujetarla si pensaba que se iba a caer.
Bueno, últimamente ya no se andaba cayendo. Edward la había puesto bajo su ala, por decirlo así, sin llegar a tocarla jamás, y la sometía a su propio programa de mejoramiento físico, presionándola, presionándola y presionándola, para que se fortaleciera. Aparentemente Edward creía que cualquier problema del mundo se podía resolver levantando pesas.
Bella se había sometido a todas las formas posibles de rehabilitación a lo largo de su vida, pero hasta ahora tan solo habían servido para, más o menos, ponerla en pie.
Edward insistía en un programa estricto de levantamiento de pesas. Mañana, tarde y noche. Su teoría era que necesitaba fortalecer los músculos que envolvían sus huesos, y la hacía entrenar como una loca.
Bella había visto esas películas en las que un antipático Marine gritaba a los rostros de los reclutas, acojonándoles. Edward había optado por la táctica opuesta: la engatusaba. Todos los días. Implacablemente. Sin tocarla jamás.
¡Y funcionaba! Cuando flexionaba el brazo para sacar músculo, sacaba músculo. Podía cascar nueces con los cuádriceps.
Andaba bien y con facilidad. ¡El mes anterior incluso corrió! Por lo que podía recordar, Bella jamás en la vida había corrido. Le habría aterrorizado. Una tarde, Lili se había alejado en la playa y se encontró corriendo tras ella. Cuando se dio cuenta de lo que estaba haciendo, se rió. Y Edward se rió con ella, compartiendo su regocijo.
Y ese era el tema. Porque a pesar de que el rechazo de Edward ante ella como mujer era absoluto, incluso insultante en rigor, parecía que cada vez que se daba la vuelta allí estaba él. Había hecho la mudanza de todos sus muebles, le había colgado las estanterías, arreglaba todo lo que tenía a la vista. La llevaba al refugio, la recogía después del trabajo, le sacaba la basura, le subía la compra.
En su pequeña familia hacían juntos la mayoría de las comidas y Edward siempre se sentaba a su lado, le pasaba las cosas, la convencía para que comiera más.
Y a pesar de todo eso, jamás la tocaba, ni una vez.
La estaba volviendo loca.
Alice y Rosalie no le servían de mucha ayuda. Tampoco lo entendían. Edward había parado en seco con lo que Rosalie llamaba delicadamente «hacer el tonto por ahí» y Alice llamaba crudamente «follar en cantidades industriales».
Ambas pensaban que estaba enamorado de ella, pero por la misma razón, eran completamente incapaces de entender el hecho de que jamás la tocara. Quizás porque a sus propios maridos quitarles las manos de encima les resultaba imposible. Para el Edward que conocían, anteriormente conocido como «el puto», este comportamiento era incomprensible.
En la actualidad llevaba vida de monje.
Rara vez se separaba de ella.
Jamás la tocaba.
La estaba volviendo loca.
¿Cómo iba a poder sacarse a Edward de la cabeza, cómo iba a poder superarlo, cómo iba a poder seguir su camino cuando estaba siempre ahí?
Luego, por supuesto estaba el delicado asunto de la posibilidad de tener una cita con otro, aunque le parecía imposible lograr llegar a interesarse por el director del banco, el administrador del edificio, el cirujano ortopédico y el periodista del Union Tribune… todos los cuales habían querido quedar con ella por lo menos una vez.
Estaría bien querer salir con alguien. ¿Pero cómo, si tenía constantemente delante, justo a su lado, al más sexy, más vital, más fuerte de los hombres?
Y, en el caso del periodista, frunciendo el ceño tan amenazadoramente que el hombre había retrocedido con las manos en alto.
Así, a pesar de que Bella no era de naturaleza dada a las confrontaciones, probablemente lo mejor sería simplemente decirlo. Pedirle que se mantuviera alejado de ella, porque lo cierto era que le estaba rompiendo el corazón. Tenerle tan cerca a diario, que estuviera ahí cada vez que se daba la vuelta, pero que se mantuviera tan alejado emocionalmente… bueno, era prácticamente insoportable.
Edward se había hecho con su corazón aquel primer día y no estaba dispuesto a dejarlo escapar.
La puerta que daba al patio interior se abrió y ella se dio la vuelta, agradecida por la distracción que le facilitaba dejar de pensar en Edward, que le tenía la cabeza como un bombo. Tal vez fuera la directora del refugio, Sue. Amable, de pelo cano, con aspecto serio. O Tanya, su favorita de entre las mujeres que solían asistir a terapia de grupo informal. Era impresionantemente bella y tenía un corazón de oro. Y estaba hecha polvo debido a su trabajo como prostituta de alto standing.
Pero no se trataba de ninguna de las dos. Dos hombres de gran tamaño se abrieron paso al interior de la habitación. Eran muy grandes.
El ritmo del corazón de Bella se aceleró inmediatamente y empezó a latir salvajemente, una respuesta instintiva que estaba intentando aprender a controlar. No todos los hombres grandes eran una fuente de peligro, por ejemplo Jasper, Emmet y Edward. Tenía que acabar con este pánico instantáneo cada vez que un hombre más grande de lo normal se cruzaba en su camino.
Había visto una foto de la ficha de Rodney Lewis, el hombre que mató a su madre y que a ella la mandó al hospital durante diez años. Pesaba más de 150 kilos y era el origen de su pánico. Sin embargo, conocer su origen no acababa con él.
Bella se obligó a poner una expresión neutra, se secó las repentinamente húmedas palmas de las manos en su vestido suelto de lino. Tenía que dejar de reaccionar así ante hombretones como estos.
A pesar de todo, cuanto más se acercaban los dos hombres, más en rojo se ponía su alarmómetro. Tenían buena planta, atlética. Ambos eran rubios, no vestían ni bien ni mal. Lo que le aterrorizaba eran los ojos. De color azul claro, y tan distantes como si fueran ojos de muñeca. Su lenguaje corporal era neutral, la única amenaza era su estado de absolutamente perfecta forma física. Les observó atravesar la habitación hacia ella.
Bella se plantó firmemente sobre el suelo y se irguió. Estira esa columna, Bella. No podía pasarse la vida como esclava de su pasado.
Esos dos hombres no tenían por qué estar ahí y ella se lo iba a decir, después de lo cual, se marcharían. Una conversación normal entre personas, del tipo que tan solo mantenía desde hacía seis meses, desde que se reunió con Emmet. Tenía que hacer permanente la capacidad de hablar con hombres de gran tamaño que no fueran Emmet, Edward o Jasper sin sentirse aterrorizada.
— ¿La señorita Bella Dwyer? —preguntó el más alto de los dos. Tenía un tono gutural y acento extranjero. Solo un extranjero se dirigiría a una mujer de veintiocho años como «señorita».
El corazón de Bella latía tan fuerte que lo sentía golpear contra las costillas. El cuerpo le estaba enviando señales que ella trataba de ignorar.
— ¿Sí? ¿En qué puedo ayudarles? Aunque tengo que decirles que no se permite el acceso de hombres al refugio. La puerta que está a mi izquierda les llevará directamente al aparcamiento.
Los únicos hombres que podían entrar allí eran Edward, Emmet y Jasper, ya que WSC era una empresa altamente colaboradora. Eso sin mencionar que ayudaban a desaparecer a mujeres en peligro inminente.
—Nos marcharemos pronto —dijo el otro hombre. Era ligeramente más bajo, más fornido, con los mismos ojos azules y muertos. También él tenía acento—. En cuanto aclaremos unas cositas. Tenemos algo que decirte y es mejor que nos escuches.
Se acercaron más, directamente invadiendo su espacio. Bella retrocedió y ellos la siguieron. Un comportamiento agresivo clásico.
En ese momento, Bella comprendió que su cuerpo había tenido razón todo el tiempo. Tenía problemas.
Estaban en la zona de administración del edificio y fuera de horas de oficina. No había nadie por allí. Si conocían la organización del refugio, contaban con el hecho de que estaba sola.
—Necesitamos que nos escuches —dijo el Tipo Alto. Su rostro era inexpresivo y aterrador debido a su falta de emoción. Bella percibía el olor de ambos: una mezcla nauseabunda de hombre sin asear y colonia fuerte. Tenían mal aspecto, mal comportamiento y mal olor.
Bella intentó hacer un quiebro y el Tipo Alto la agarró fuertemente por el brazo, de manera que era imposible librarse y tiró hacia sí.
Bella se quedó inmediatamente paralizada, sobrecogida por un temor tan inmenso que apenas podía respirar. Su pesadilla más antigua se había hecho realidad.
Se oyó un clic metálico y de repente blandían una afilada navaja bajo su nariz, con la punta malignamente afilada, dirigida justo a su ojo izquierdo. Era larga, negra y opaca, afilada como una cuchilla y aterradora.
—Necesitamos que prestes atención a lo que vamos a decirte. ¿Estás atenta?
El terror le atenazó los pulmones. No podía hablar, ni podía respirar. El Tipo Alto la sacudió y acercó su cara a la de ella, tan cerca que podía distinguir los capilares rotos de sus ojos, tan cerca que podía ver destellos dorados allí donde su maquinilla había dejado restos de barba. Y sobre todo, tan cerca que era capaz de oler el aterrador, frío y metálico aroma de la violencia.
Él bajó el volumen de su voz, lo que lo hizo si cabe más aterrador.
—He dicho que si estás prestando atención.
La sacudida le había hecho daño, la presión en el brazo le estaba cortando la circulación.
No podía hablar. Tenía la garganta paralizada. Asintió.
El otro hombre se había situado a su otro lado. Su mano derecha serpenteó y, para horror de Bella, rodeó uno de sus pechos.
—Qué bonito —dijo, pellizcándolo con dureza. Lanzó una rápida mirada de reptil a su colega—. Puede que necesite mantenerse despierta mientras tú hablas con ella, ¿eh?
El doloroso apretón del hombre alto se intensificó aun más cuando tiró de ella hacia arriba. Bella se puso de puntillas para aliviar el dolor. Se había roto ese brazo dos veces. El más bajo apartó la manaza de su pecho, pero antes de que pudiera siquiera suspirar de alivio, de un manotazo retiró de la mesa toda la ropa que ella había estado doblando y el alto la lanzó encima, dejándola sin aire en los pulmones.
Hablaron entre sí en un idioma que ella no entendió, con palabras cortas y ásperas. Finalmente, el alto hizo un gesto de irritación tipo «Vale, haz lo que te de la gana» y se retiró a un lado.
El más bajo se desabrochó el cinturón y se abrió los pantalones con rápidos movimientos. Un enorme y erecto pene de color rojo oscuro sobresalió de entre el vello rubio oscuro de su ingle.
Bella se sintió invadida por el pánico mientras jadeaba en busca de aire y le lanzaba patadas sin éxito.
—Bonita —repitió él sonriendo, deslizando las grandes manos bajo el vestido de Bella y separándole las piernas.
¡Dios, todo estaba ocurriendo tan rápido! Cada movimiento que hacía era contrarrestado por uno u otro de ellos. Eran tan fuertes que no podía hacer nada. Intentó levantar la rodilla para dar una patada al hombre que estaba entre sus piernas y él se rió, intercambiando una mirada de diversión con su compañero.
Aún no podía respirar. Solo era capaz de hacer sonidos gatunos, los estrangulados sonidos del pánico y el dolor.
Estaban disfrutándolo. Les encantaba. Les encantaba cómo trataba de defenderse, sabía que nunca, jamás, podría ganar.
Repentinamente, la rabia la recorrió como un rayo, como una explosión nuclear, y liberó sus pulmones. Inspiró una gran bocanada de aire que rompió las ligaduras de su pánico y gritó, tan fuerte como pudo. El sonido reverberó en las paredes de la habitación.
Les sobresaltó. El más bajo aflojó la presión sobre los muslos de Bella y ella le golpeó con el pie directamente en la entrepierna, disfrutando de la sensación de esos testículos crujiendo bajo su zapato. El dolor hizo que se doblara sobre sí mismo. Ella gritó de nuevo, fuerte y repetidamente.
No iba a rendirse sin luchar.
El alto gritó algo, levantó el puño y luego giró la cabeza frunciendo el ceño.
Se oyó un ruido de madera rompiéndose y algo grande y rápido placó al hombre que la estaba atacando. Desaparecieron de la vista y cayeron al suelo con un fuerte estremecimiento.
Del suelo llegaban terribles sonidos animales mientras los dos hombres forcejeaban, dando golpes sordos contra la mesa, haciéndola estremecerse. Bella consiguió erguirse con dificultad, tenía que moverse, tenía que llegar a…
Repentinamente sintió un enorme golpe y salió volando a través de la habitación, rebotó contra una columna y aterrizó dolorosamente en el suelo. Un hombre con el rostro ensangrentado se puso en pie con un terrible rugido y se lanzó sobre el más alto. Bella tuvo un electrizante momento de lucidez: ¡Edward! Y perdió el conocimiento.
A tomar por culo, pensó Edward, con la mano alzada ante el pomo de la puerta de madera apanelada del refugio donde Bella trabajaba como voluntaria.
En teoría ahí no debía de haber ningún hombre. Era una norma del refugio y él la entendía perfectamente. En ese edificio, todas incluida Bella, especialmente Bella, habían sufrido a manos de un hombre violento. Para las mujeres del edificio los hombres eran el enemigo. Una raza aparte, empeñada en destruirlas.
Muchas de esas mujeres jamás recuperarían la confianza en sí mismas después de lo que les habían hecho. No volverían a respirar tranquilas mientras hubiera un hombre en la misma habitación. Nunca más tendrían una relación con un hombre.
En el caso de Bella, ella era lo suficientemente joven cuando ocurrió como para poder funcionar en el mundo, aunque todavía tenía problemas.
Edward no debería estar aquí, debería estar en el aparcamiento, esperándola fuera del edificio como siempre hacía. Lo sabía.
¿Y entonces qué coño estaba haciendo allí? ¿Por qué venía a hablar con Bella cuando la iba a llevar a casa en el coche o la iba a ver en casa de Emmet a la hora de cenar? O al día siguiente por la mañana en el gimnasio del edificio cuando dirigiera su ciclo de ejercicios con pesas. O al día siguiente a la hora de comer cuando ella fuera a la oficina a hablar con Kate acerca de una de Las Perdidas, cuya desaparición estaba arreglando WSC.
Estaba aquí porque no podía soportarlo más. Ni un puto segundo más. La situación lo estaba volviendo completamente loco y era casi incapaz de funcionar con normalidad.
No podía comer. Simplemente no podía. La comida le sabía a lana.
Olvidaba cosas del trabajo, algo que era inaudito en él. Edward era intensamente detallista. No se olvidaba de las cosas, simplemente no le ocurría. Hasta ahora, porque la situación con Bella se estaba comiendo su disco duro.
Esa mañana tenía que repasar un contrato con un banco y aun así se había pasado dos horas contemplando una foto de Bella, tomada en una barbacoa familiar un par de semanas atrás. Ni siquiera se había percatado del tiempo que pasaba. Simplemente miraba la puta foto con los ojos húmedos. Sin lágrimas, Edward no lloraba, pero definitivamente con los ojos húmedos. Entonces supo que tenía que verla.
Ya.
Necesitaba ver a Bella en ese puto instante.
Se había estado dando de cabezazos contra la pared de acero que era la palabra que le había dado a Emmet, y eso lo estaba machacando. Se trataba de Emmet o de su corazón y, después de soportarlo durante seis putos meses, había ganado el corazón. Había pasado los últimos jodidos seis meses en un infierno de agonía y ya estaba bien.
Lo primero era pedirle a Bella aquella cita que se suponía que deberían haber tenido en el Del antes de que el ventilador comenzara a esparcir mierda. Iban a salir juntos como personas normales y Emmet se podía tirar al lago. O al Pacífico, ya que lo tenía justo en la puerta de casa.
Y luego, a lo mejor Edward podía volver a comer y dormir como las personas normales. A lo mejor esa cruda vibración que tenía en la cabeza se detenía. A lo mejor ese ardiente dolor de pecho lo dejaba en paz.
Primero Bella, luego se liaría la manta a la cabeza y hablaría con Emmet. Le… ¿qué? ¿Le pediría permiso para salir con su hermana? No solo permiso para andar a su alrededor y llevarle la compra y ser su entrenador personal, sino para estar con ella, salir con ella. Porque era de suponer que después de seis largos meses sin echar un polvo, habría ganado puntos con Emmet, ¿no?
Se lo contaría todo a Bella, lo que sentía por ella, cómo había llegado a no ser capaz de concebir la idea de estar con alguien que no fuera ella, aunque eso aún lo sorprendía.
Si alguien le hubiera preguntado seis meses atrás si podía pasar seis meses sin practicar sexo, se hubiera reído en su cara. A Edward Cullen no le iba la abstinencia. Edward Cullen no necesitaba a nadie y mucho menos a una mujer.
Y en aquel momento, a juzgar por el sexo que había tenido en los últimos seis meses, podría haber estado viviendo en un seminario. Incluso sin el sexo, sería capaz de caminar descalzo por las brasas para poder contemplar a Bella caminar, hablar… joder, incluso respirar.
¿Otras mujeres? No podía. No podía ir con otras mujeres. Lo había intentado un par de veces y… simplemente no había funcionado. En el sentido de que la polla simplemente no le había respondido, como si alguien de la junta directiva hubiera vetado la propuesta. Cuando lo intentaba, cuando alguna mujer le entraba en un bar, sentía una especie de repulsión y la polla permanecía entre sus piernas como un trozo de carne muerta. En una ocasión, había llegado a sentirla encogerse de asco.
De no ser porque tenía que esconder sus erecciones en cuanto Bella andaba cerca y porque se despertaba duro como una piedra cuando soñaba con ella, habría pensado que se había vuelto impotente de repente. Un eunuco. Fin del juego.
Era patético. Prefería pasar la noche ayudando a Bella a hacer de canguro con Lili y Marie, viendo la repetición número tres mil de La Sirenita, que salir por ahí y echar un polvo por fin.
Más que patético. Penoso.
Y no solo eso. Cada puta vez que la veía, el corazón le hacía esa… cosa en el pecho. Como un infarto, pero no lo era.
Cada mañana se decía a sí mismo muy seriamente que ya era suficiente. Se estaba volviendo loco tratando de mantener la promesa que le había hecho a Emmet. Aunque Emmet tenía razón al cien por cien. Había algo malo en él. Ahora lo reconocía.
Edward funcionaba perfectamente en otras áreas de su vida. Había sido un gran Marine, había pertenecido a la Force Recon, había encabezado el equipo GEO local, era un buen profesional. En esas áreas estaba bien, más que bien. Pero en todo lo demás, era mercancía dañada.
Quizás el éxito como soldado, policía y hombre de negocios era todo lo que iba a poder obtener en la vida, porque estaba claro como el agua que no era bueno en las relaciones personales. Particularmente en las relaciones con las mujeres. Incluso ahora, cuando sus jodidos sentimientos por Bella amenazaban con inundarle y ahogarle, no se había dado cuenta de que jamás había mantenido ninguna relación con ninguna de las mujeres con las que se había acostado. Nunca. ¿No era terrible?
Había perfeccionado el arte del polvo exprés. Empezar después de ponerse el sol, terminar antes de amanecer. Hubo una mujer que solía llamarle «el murciélago».
Era incapaz de mantenerse alejado de Bella. Y a pesar de que siempre había disfrutado de la típica labia del irlandés con otras mujeres, cuando estaba con ella se le hacía la lengua un lío. Qué mal. Jesús.
Bella era la gracia hecha mujer. Tranquila, serena y jodidamente dorada. Emmet se equivocó al hacerle prometer que no la tocaría, aunque también tenía razón. Edward no era lo que ella necesitaba.
Por eso se dedicaba a hacer lo que mejor sabía hacer por ella.
A Edward se le daban bien las herramientas. No sabía cómo abrirse para ella, el cerebro se le agarrotaba cuando trataba de hablar con Bella de algo que no fueran generalidades, pero, maldita fuera, sabía cómo colgarle las estanterías y mantenerle el coche a punto y asegurarse de que usaba bien el sistema de pesas.
Podía seguir así para siempre, siguiendo a Bella como un acosador cualquiera, feliz simplemente de estar a su lado, salvo porque últimamente había estado… ¿Cómo? Inquieto. Errático. Nervioso. Cargado de emociones. Incapaz de concentrarse en el trabajo. Incapaz de comer. Incapaz de dormir.
Necesitaba hablar con ella. Fue a llamar a la puerta, pero se detuvo con el puño a un par de centímetros.
Porque… si le soltaba todo aquello a Bella. Y luego… ¡Jesús!… ¿y si ella no sentía lo mismo por él? ¿Entonces qué? Bella era amable con todo el mundo. Todo el mundo la quería. No tanto como él, eso sería imposible, claro. Pero supongamos que a ella le gustara pero no quisiera ir más allá con él… ¿nunca?
Supongamos que Edward tuviera que vivir con estas… cosas partiéndolo en dos por dentro, cada minuto, cada día, durante el resto de su vida.
¿Entonces qué?
Edward no era un cobarde, de ninguna manera. Había entrado en batalla y le habían condecorado por ello. Había tomado parte con los SWAT en el asalto de un almacén lleno de adictos a las metanfetaminas armados hasta los dientes. Había nacido fuerte y se había asegurado de continuar siéndolo y no retrocedería ante ningún hombre.
Pero el solo pensar en perder a Bella… hacía que se derrumbara.
Así que allí estaba, el Tipo Duro de las Pistolas, de pie ante una puerta con la mano levantada como un zumbado, temeroso de llamar.
¿Qué cojones?
Oyó la voz de Bella al otro lado de la puerta, suave y delicada, y sonrió. Y luego oyó el murmullo de otra voz. Baja, profunda, indiscutiblemente masculina. Y se quedó helado.
Mierda.
Eso no se le había ocurrido. Realmente no. No en serio. Que Bella pudiera estar viendo a otro. No era posible. Había hecho retroceder a ese periodista y sabía que nadie más andaba rondándola porque la mantenía vigilada. Hubiera apostado a que no.
Estaba cerca de ella casi 24/7, después de todo. ¿Cuándo coño se suponía que iba a verse con otros?
Pero esa voz profunda pertenecía a un hombre y debía ser un buen amigo si ella, contra todas las normas, permitía su acceso al refugio.
Joder. Edward dejó caer la mano con la que estaba a punto de llamar y apoyó con suavidad la frente contra la puerta, para escuchar el murmullo de… ¿voces masculinas? ¿Dos?
¿Tenía dos novios?
Y entonces oyó algo más, algo que hizo que se le parara el corazón. Algo que lo puso en movimiento como ninguna otra cosa podía hacerlo.
Bella gritaba.
El instinto más básico tomó el mando.
Destrozó la puerta para entrar, tuvo una breve visión de Bella forcejando sobre la mesa, un hijo de puta entre sus piernas con la polla fuera y el otro de pie a un lado. Ni siquiera sintió los pies mientras corría hacia ellos y derribaba al hombre que estaba atacando a Bella con un placaje.
El tipo era grande y fuerte, pero Edward era más fuerte y estaba furioso como un guerrero vikingo. Ni siquiera sintió los golpes que el hombre le propinaba en un costado una y otra vez. Pelearon cuerpo a cuerpo, a brazo partido, rodaron por el suelo derribando mesas y sillas, gruñendo en una lucha sin limitaciones. Las reglas en el combate existían, pero no en ese momento. Edward se dio cuenta instantáneamente de que era una pelea a muerte.
El hombre sabía moverse, tenía entrenamiento. Más tarde, en retrospectiva, Edward identificó su estilo como SAMBO, un arte marcial especialidad de las Fuerzas Especiales Rusas. El SAMBO era básicamente lucha en suelo.
El hombre lo tenía sujeto en el suelo mediante una llave de pierna, prácticamente inmovilizado. Mientras estaba tirado con ese imbécil, Edward vio como Bella se bajaba el vestido y se daba la vuelta para enfrentarse al otro hombre de la sala, un hijo de puta muy fuerte. La abofeteó con el dorso de la mano, muy fuerte. Ella voló a través de la habitación, se golpeó contra la pared y aterrizó en el suelo como una muñeca rota, mortalmente pálida e inmóvil.
La idea de que estuviera gravemente herida o… ¡Dios!… muerta, le otorgó a Edward fuerza sobrehumana. Tenía que llegar hasta Bella y el hombre que le sujetaba se lo estaba impidiendo. Edward tenía una tremenda fuerza en los brazos, pero para llegar hasta Bella, atravesaría el acero si tenía que hacerlo. Esto tenía que terminar, rápido.
Flexionó el brazo para golpear con la punta del codo en la tráquea del hombre con toda la fuerza de la parte superior de su cuerpo y oyó el sonido del hueso al romperse.
Quedó libre inmediatamente. El hedor de las heces llenó la habitación cuando los esfínteres del hombre se aflojaron al morir.
Edward ni siquiera se dignó mirar atrás mientras trataba de ponerse en pie y se lanzaba a por el otro hombre, que se estaba agachando para recoger a Bella, con la esperanza de llevársela mientras Edward y el otro peleaban.
Por encima de mi cadáver, cabrón, pensó salvajemente.
El tipo no tuvo ninguna oportunidad. Vio venir a Edward y dejó caer a Bella para liberar sus manos, pero era demasiado tarde. Edward le lanzó un puñetazo al estómago y luego un directo al centro de la cara, destrozándole dientes y cartílagos. El tipo se derrumbó como un toro abatido, gimiendo, mientras aparecían burbujas de aire entre la masa ensangrentada de su rostro.
Edward no le echó ni un vistazo. Se limitó a dar una patada al imbécil para sacarlo de su camino y cayó de rodillas para recoger a Bella, tan aterrorizado que ni siquiera notaba sus propias manos mientras la tocaba.
—Bella —dijo con voz tensa—. Bella, cariño. Háblame.
Ella yacía floja entre sus brazos. Quieta y laxa.
La atrajo hacia sí, la levantó hasta su pecho y la meció. Se oyó un lamento y le llevó uno o dos segundos darse cuenta de que había sido él, ese horrible sonido había salido de su garganta.
Levantó la cabeza bruscamente ante un ruido al otro lado de la sala. ¿Más asaltantes? Si era así, fenomenal. Estaba desesperado por liarse a puñetazos, mutilar, matar.
En lugar de ello, se encontró con un puñado de mujeres de ojos tristes, una de ellas tenía la mano en la boca. Era la que había dejado escapar un sollozo, el sonido que Edward había oído. Debía tener un aspecto enloquecido, porque todas ellas dieron un paso atrás cuando él alzó la cabeza.
—Bella —murmuró la mujer que había sollozado—. ¿Es… está muerta?
No había mucha esperanza en su voz. Tampoco había habido mucha esperanza en sus vidas. Todas querían a Bella, pero daban por hecho que podía serles arrebatada mediante la violencia.
No. Edward rechazó el solo pensamiento con cada célula de su cuerpo. Se encorvó aún más sobre ella, atrayéndola hacia sí, como si pudiera trasfundir energía de su cuerpo al de ella.
—Llamad al 911 emergencias médicas—dijo, sus palabras apenas inteligibles mientras gritaba a través de la roca que sentía en el pecho—. Y llamad a la policía.
Se quedaron inmóviles, contemplándole, una agrupación de rostros pálidos.
— ¡Ahora! —gritó y ellas revolotearon como pájaros ante el sonido de un disparo.
Notó una presión en el brazo, un movimiento del cuerpo que apretaba contra él.
—Edward —murmuró Bella.
Aunque él dijo: «No te muevas», ella lo hizo, moviéndose ligeramente para poderse sentar. Se miró a sí misma y luego a él, posando una pequeña mano en un lado de su rostro.
—No me mires así, Edward —dijo suavemente—. Solo me he desmayado. Pero estoy bien —frunció el ceño y se tocó el antebrazo izquierdo, descolorido y ligeramente inflamado—. Espero que no esté roto, solo distendido. Ya me lo he roto dos veces —se tocó la cabeza con una pequeña mueca entre las cejas color ceniza—. ¿Qué… qué ha ocurrido? Dos hombres… —se puso tensa entre los brazos de Edward, con alarma en los ojos—. ¡Dos hombres, Edward! Entraron y…
Desvió la mirada y los vio. Uno de ellos claramente muerto, el otro derrumbado contra la pared, con la cara hecha una masa sanguinolenta, la respiración sibilante y burbujas de sangre rodeando su nariz aplastada y su boca.
—No te preocupes por ellos, cariño. Nunca volverán a hacerte daño —Edward dejó caer la cabeza sobre el hombro de ella—. Ay, Dios, Bella. Pensé que estabas… pensé que estabas…
Ni siquiera podía pronunciar la palabra. No podía ni pensarlo. Solo podía recordar el helado vacío que había sentido cuando pensó que ella se había marchado de este mundo, dejándole a él atrás.
Bella tenía la piel del color del hielo, las pupilas dilatadas, toda ella temblaba a consecuencia del shock. Él la abrazó estrechamente y besó su frente con cuidado, un mero roce de sus labios, porque ella parecía frágil como el cristal, lista para romperse en cualquier momento.
—No —su voz era como un susurro mientras alargaba una mano temblorosa para secar la humedad que él tenía bajo los ojos—. Sigo aquí. Gracias a ti —la recorrió un violento estremecimiento—. ¿Qué querían? ¿Lo sabes? Además de eh… violarme.
Jesús. Ni siquiera se le había ocurrido intentar mantenerles con vida para sacarles información. Uno de los dos cabrones seguía vivo pero solo porque Bella le había distraído. Porque, ¿y si no había sido un acto de violencia aleatorio? ¿Y si iba específicamente dirigido a Bella? ¿Y si aún seguía en peligro?
No podía soportar la idea, literalmente. No podía hacer nada con ella, se sentía incapaz de procesarla. Se estremeció de terror.
Esto no era normal en él.
Edward era de los que conservaban la serenidad durante el combate, siempre lo había hecho. Era un jodido francotirador, uno de los mejores. Los francotiradores no sienten terror. Habían hecho pruebas a su ritmo cardíaco, con un resultado de unas tranquilas y relajadas sesenta pulsaciones por minuto incluso en entrenamientos con fuego real. Sabía cómo utilizar la violencia con precisión, tal y como un cirujano maneja el bisturí. Sabía utilizar la violencia en la cantidad precisa y en los momentos indicados. Sabía hacer un alto al fuego, sabía esperar.
Pero aun así, había forzado la entrada en la sala sin ningún plan estratégico ni táctica, ninguno en absoluto, tan solo con un ansia de sangre salvaje que había ahogado cualquier pensamiento lógico. Y quizás su falta de control había puesto en peligro a Bella.
Todavía sujetando a Bella con un brazo, Edward se estiró hacia el tipo que yacía contra la pared y le agarró de la camisa con un puño, levantándole y separándole de la pared.
—Tú, estúpido. ¿Qué estás haciendo aquí? ¿Cuál es tu misión?
Porque incluso a través de su ansia de sangre, del deseo salvaje de hacer daño y matar, había reconocido una cosa. Se trataba de hombres con entrenamiento. Soldados. Su forma de moverse, su comportamiento. No se trataba de maleantes callejeros que habían visto a una mujer bonita y la habían seguido al interior. No, habían mantenido la serenidad mientras que él mismo no lo había hecho. Los movimientos de combate habían sido expertos.
En condiciones normales Edward no hubiera podido vencer contra dos hombres altamente entrenados, pero en este caso, con tal de defender a Bella, se hubiera enfrentado a cien hombres y hubiera ganado. Se hubiera enfrentado a todo un puto ejército.
Pero el hecho incontestable era que esos tíos eran profesionales. Tenían algún tipo de misión.
Edward sacudió con fuerza al hombre. Éste dejó caer la cabeza. Edward le propinó un revés, el sonido del bofetón resonó alto e impresionante en la sala.
— ¡Eh! —gritó, intentando llegar al hombre semiinconsciente—. ¿Qué estás haciendo aquí?
El hombre entreabrió los ojos de color azul pálido y alerta. Movió los labios, pero no salió nada de ellos, aparte de burbujas rojas y babas.
— ¡Habla! —gritó Edward.
Se oían sirenas en la distancia, más altas a cada segundo que pasaba. Buenas y malas noticias. Buenas porque Bella iba a recibir la atención médica que necesitaba. Malas porque la policía no iba a permitir que le sacara a palos algo de información al vivo.
Las sirenas gemían en un crescendo al acercarse hasta que, de repente, se interrumpieron. Un par de segundos más tarde, se oyeron las pisadas en la entrada.
— ¡Aquí dentro! —gritó.
Dos técnicos de emergencias entraron corriendo en la sala, seguidos por dos policías de uniforme.
Las mujeres de la puerta se separaron para abrirles paso, luego se juntaron otra vez, con los ojos abiertos de par en par, atemorizadas y silenciosas.
Uno de los técnicos se le acercó. A Edward no le gustó nada, pero no tuvo más remedio que soltar a Bella.
—Ha estado sin conocimiento durante uno o dos minutos.
El corazón le martilleaba mientras uno de los médicos alumbraba los ojos de Bella con una linterna. ¿Tendría un trauma importante? ¿Se pondría bien? Un hombre grande y fuerte la había lanzado volando por la habitación. A Edward se le detuvo el corazón cuando la vio volar hasta golpear la pared.
Bella abrió mucho los ojos bajo la luz y tosió cuando el médico se lo pidió. Volvió la cabeza hacia él, con el rostro blanco como el papel.
— ¿Edward?
—Está bien, cariño —dijo Edward, pero sabía que no era así.
Ella le miró y se estremeció. Solo Dios sabía qué cara tenía puesta. Mortífera y rabiosa, probablemente, pero no podía hacer nada para contenerse y evitarlo, no con los dos cabrones que la habían atacado en la misma habitación. Ella se señaló la boca y él no entendió lo que intentaba decirle hasta que se pasó la mano por la suya propia. Salió manchada de sangre.
—Está bien —repitió con indefensión.
—De acuerdo, señora… —dijo el médico que la estaba tratando, incorporándose un poco después de examinarle las pupilas y tomarle el pulso y la tensión arterial.
—Dwyer —Bella tenía mejor aspecto por momentos.
—Muy bien, señora Dwyer. ¿Cuántos dedos?
Levantó dos dedos, con la palma de la mano hacia fuera.
Bella miró a las pálidas e impresionadas mujeres arremolinadas en la entrada y les sonrió. Fue una sonrisa temblorosa y a Edward le rompió el corazón. Estaba tratando de quitar hierro a lo que había ocurrido para tranquilizar a las mujeres de la puerta.
—Estoy bien, Leah. Emely. Todo está bien —se volvió hacia el médico—. Si le da la vuelta a la mano, en Inglaterra querría decir «métetelo por el culo». Dos dedos. Para contestar a su pregunta: tiene dos dedos levantados.
Desde la puerta llegó una carcajada contenida.
Su voz era débil, pero estaba haciendo un esfuerzo valiente para aligerar la situación. Sabía que todas las mujeres de la habitación habían sido atacadas violentamente. Sabía lo asustadas que estaban y que todas buscaban fuerzas en ella. Bella se estaba sobreponiendo a su propio miedo y dolor para tranquilizarlas.
En ese momento, Edward se vio invadido por una oleada de amor tan fuerte que le hubiera hecho caer de rodillas si no hubiera estado ya arrodillado.
El otro médico se agachó ante el muerto y le colocó dos dedos enguantados en un lateral de cuello.
—Este se ha ido.
Se agachó junto al otro, que respiraba con dificultad, expulsando burbujas sanguinolentas por la boca.
—Estos cabrones estaban dándole una paliza y uno se disponía a violarla.
Edward apenas reconocía su propia voz: rasposa, grave y mortífera.
El intento de violación estaba claro. Los pantalones del puto bastardo estaban desabrochados y la polla le yacía fláccida sobre un muslo. Viendo eso, sabiendo lo que el muerto quería hacerle a Bella, lo que le había hecho, hizo que Edward se estremeciera de rabia. Jesús, ojalá pudiera matar al cabrón de nuevo.
El médico se puso de pie.
— ¿Señora? ¿Cómo se siente? ¿Se siente mareada o débil?
—No —la voz de Bella sonó más fuerte. Se sentó derecha e hizo una mueca. Edward le puso la mano en la espalda para que se apoyara. Bella mostró el brazo, ligeramente hinchado—. Menos por esto. No sé si me habré roto el hueso. Lo mismo es solo una torcedura.
—Le haremos una radiografía cuando lleguemos al hospital —el técnico que había examinado las pupilas de Bella asintió. Tenía una identificación con su nombre en el uniforme. Steve—. ¿Necesita la camilla, señora?
Bella esperó un momento.
—No —dijo por fin—. Prefiero andar.
Apoyó la mano sana en el suelo para intentar levantarse. Edward se acercó a ella, la cogió por la mano buena y la levantó.
¿Sería buena idea? A lo mejor tenía una conmoción. A lo mejor se hacía un daño permanente si caminaba. Jesús, ¿y qué coño sabía él?
Edward se volvió hacia el médico, Steve, y estaba a punto de protestar cuando Bella le puso un dedo en los labios.
—Estoy bien, Edward. Déjame caminar a mi ritmo. Es importante.
Dirigió la mirada a las mujeres que estaban en la entrada y luego de nuevo a él. Esperando que lo comprendiera.
Maldita sea.
Lo entendió. Lo hizo.
Pero dejarla caminar por sí misma, porque era importante para ella demostrar su fuerza ante las pobres y rotas mujeres del refugio, chocaba violentamente con su deseo de llevarla en brazos o hacer que la sacaran en camilla, por si acaso había algún daño interno.
Bella le contemplaba mientras él lo rumiaba, rechinando los dientes. Confiaba en que él lo comprendiera y lo hizo, oh, sí.
Pero… ¡joder!
—Vale.
Fue un milagro que pudiera pronunciar la palabra, de lo apretadas que tenía las mandíbulas para no decir: «ni hablar».
Mientras él le daba vueltas en la cabeza, Bella se dirigió al grupo de mujeres del umbral.
—No pasa nada. Estoy bien. No os preocupéis por nada. Os veré mañana.
Por casualidad, Edward estaba estudiando la habitación mientras ella hablaba con «sus» chicas, intentando deducir la mejor manera de sacarla de allí sin que tropezara con nada. Resultó que estaba mirando al hombre herido en el momento en que Bella habló y este parpadeó. Ojos de color azul pálido. Helados. Había inteligencia en ellos y reaccionó ante la noticia de que Bella volvería al día siguiente.
Edward se alejó del lado de Bella un momento y se inclinó para incorporar al cabrón con el puño clavado en su camisa.
El hombre estaba malherido. Había perdido dientes, tenía la nariz destrozada, casi aplastada, tenía que respirar por la boca sangrante. Estaba sufriendo terribles dolores. Y aun así, su expresión no cambió cuando Edward se enfrentó a él cara a cara.
Oh, sí. Se trataba de un soldado. Uno bien entrenado. Uno que sabía mantener la disciplina, cómo manejar el dolor. Sabía cómo no delatarse.
Edward se inclinó hacia él, a un par de centímetros de su nariz. O de donde la nariz de ese capullo había estado. De repente, a pesar de sus serias heridas, el tipo empezó a reírse como un loco, un resuello grotesco.
— ¿Qué? —gruñó Edward, en voz tan baja que solo el herido pudiera oírle. El tipo estaba malherido, vencido. La policía se lo iba a llevar. ¿De qué coño se estaba riendo?
Unos sonidos confusos salieron de la boca herida, casi incomprensibles. Pero Edward había estado en batalla. Era capaz de comprender lo que un hombre herido intentaba decir.
Y lo que dijo, hizo que se quedara helado.
—Volveremos —dijo, a través de los labios destrozados.
Que les parecio el capítulo?
Como hoy estoy muyyyyyyyy buena, les dejo un adelanto del proximo capítulo...
—Ah, sí. No he visto signos de contusión, pero para estar seguros sería mejor si no se quedara sola.
— ¡Oh, por supuesto! —gritó Rosalie—. Se quedará con…
—Migo. Conmigo. —Edward dejó caer la pequeña bomba en la habitación y escaneó a todos los que estaban allí (Emmett, Rosalie, Jasper, Alice, el doctor) entrecerrando los ojos, desafiante—. Se queda conmigo.
Silencio total. Profundo e incómodo silencio.
—Ahora escucha un poco… —empezó a decir Emmett.
Bueno queda en ustedes si subo dentro de un rato el capítulo 11 espero sus comentarios
Besos
Indi
