9.

Desolación

Edward despertó en el usual sillón y dejó que sus ojos se ajustaran paulatinamente al relieve desparejo del techo de madera del living del apartamento. Aspiró profundamente un par de veces, y finalmente giró la cabeza hacia la puerta.

Igual que los tres días anteriores, ella no estaba allí, en su lugar habitual, observándolo.

Edward suspiró, entre afligido y aliviado por la ausencia, y se puso en pie.

Sin mucha ceremonia se estiró y salió al balcón, igual que cada día, esperando que el aire de la mañana hiciera que su cerebro finalmente se pusiera en marcha y lo sacara del letargo autoimpuesto de la espera ridícula a la que se había sometido por los últimos cuatro días, desde que ella había caído inconsciente frente a él.

Aspiró una vez el aroma de esa ciudad que conocía tan bien, una mezcla familiar de smog, acero, asfalto y sudor humano condensado. Sintió que sus pulmones se inflaban con ese perfume que le recordaba a los mejores y los peores momentos de su vida de igual manera, como si no hubiera filtro entre ellos, como si su pasado fuera un gran desfile de oscuridades y brillos alternándose sucesivamente en un orden cercano al caos absoluto.

Debajo de él, en la calle, los automóviles circulaban en su rutina diaria, contaminando el aire con sus sonidos y el humo de sus motores, como máquinas incansables, transportando a esas personas que no tenían noción acerca de lo que había más allá de la normalidad, más allá de sus ordinarias vidas humanas.

Nunca antes se había detenido a observar el fluir de los automóviles en el diagrama urbano de la ciudad en la que había vivido durante tantos años. Ni jamás había perdido tiempo en determinar qué le evocaba el aroma de la civilización. Pero ahora, en esa prisión que había terminado por ser voluntaria a desgano, se encontraba meditando acerca de la vida de un modo nuevo.

Se apoyó en la baranda de hormigón descolorido y frío, dejando que el fresco de la mañana le azotara el rostro y los cabellos, helándole la sangre y coloreando la nariz y las mejillas.

Se sentía extrañamente real sentir el rostro entumecido por la helada matutina, casi como si pudiera ponerse en contacto con esa vida normal que había llevado hacía no demasiado tiempo, cuando no sabía que había seres como los ángeles y cuando no podía imaginar que eran criaturas crueles y despiadadas.

Por el rabillo del ojo vio que se abría la ventana del balcón contiguo y un segundo después observó emerger al hombre calvo y delgado que vivía en el departamento vecino, sosteniendo su cigarrillo y su encendedor, aún vestido con su bata gris ratón raída.

Edward esperó, como las últimas tres mañanas, que el sujeto mirara en su dirección para saludarlo cordialmente. Había estado tan solo en los últimos días, que había terminado por encontrar agradable tener otro ser humano al que dirigirse, aún cuando fuera el hombre calvo del balcón vecino. Ni siquiera Jasper había hecho una aparición desde el fatídico episodio de la azotea. Y al final, Edward había descubierto que saludar al vecino era el único suceso resonante de su día.

El hombre calvo plantó el cigarrillo entre sus labios y lo encendió, aspirando una bocanada de vicio y exhalando humo un instante después. Curiosamente, a Edward se le antojó que la sustancia gris tenía color a muerte. Jamás había pensado en el tabaco de ese modo, y no tenía idea de donde había provenido dicha noción, pero allí estaba de nuevo cada vez que veía una voluta escapar de la boca del vecino.

Finalmente, el hombre calvo giró en dirección a su balcón y Edward esbozó una estudiada sonrisa de cálida amabilidad antes de menear la mano a modo de saludo. Nunca se habían hablado en el transcurso de los últimos días y Edward imaginaba que sería imposible oírse por sobre el sonido ensordecedor de los motores y las bocinas de la ciudad, por lo que el leve movimiento de la mano o el asentimiento de cabeza parecían ser suficiente.

El hombre calvo no respondió, aún cuando continuó mirando en su dirección durante un momento, como buscando algo.

Asombrado, y algo ofuscado por su rudeza, Edward agitó la mano con más violencia, como esforzándose por llamar su atención.

Pero el hombre calvo continuó mirándolo impávido, como si en realidad Edward no estuviera siquiera allí.

Sólo entonces lo notó.

El aire de repente ya no olía a la decadencia del urbanismo moderno, sino meramente a oxígeno. Edward no podía estar seguro de saber a qué olía el oxígeno puro, pero pensaba que debía ser del modo en que lo hacía el aroma que ahora lo rodeaba.

Y el sonido apabullante de las máquinas del tránsito se había apagado, dejando en su lugar un silencio tan abrumador que Edward creía poder escuchar el latir de su propio corazón martillando contra su pecho.

"Te has quedado" escuchó que decía la voz gélida e inhumanamente musical de Isabella.

Él no se sobresaltó, porque en el mismo instante en que el todo a su alrededor cambió, supo que era porque ella estaba allí. Sus latidos se dispararon a consecuencia de esa mezcla extraña de temor reverencial y esperanza abrumadora.

"Por supuesto" respondió. "No soy un monstruo"

Edward no giró a observarla. Podía imaginarla en su mente parada en el umbral del ventanal, con su cabello castaño ondeando al ritmo de su brisa y el vestido blanco amoldándose con liviandad a su cuerpo infantil, mirándolo con sus ojos chocolate oscuro de la misma forma impasible e impenetrable en que lo hace una estatua.

Un segundo después, sintió un movimiento junto a sus brazos y alcanzó a ver los pies descalzos y pequeños de Isabella balanceándose de su modo imposible sobre la baranda del balcón. Contra su voluntad, levantó los ojos para mirarla, porque aún cuando debería estar habituado a su extraordinaria naturaleza, le era difícil no maravillarse cuando la veía deslizarse sobre el abismo con la gracia de un equilibrista de un circo mágico.

"¿Estás bien?" le preguntó finalmente, mirándola a los ojos por primera vez, descubriendo su mirada amarronada fija en su rostro.

"Si" respondió ella, cerrando los ojos, abriendo los brazos y alzando la cabeza al cielo, como si quisiera echar a volar. "Pero aún estoy débil. Y parte de mi fuerza ya no podré recuperarla jamás"

De un brinco bajó de la baranda, posándose con elegancia junto a él. Edward venció el temor que le generaba su sola presencia, y giró para mirarla a la cara. La expresión impávida de Isabella dejaba denotar un cansancio que él nunca hubiera podido asociar con ella.

"¿Qué hay de ti?" preguntó ella. "¿Te sientes mejor?"

Edward meditó un momento la respuesta, aprovechando el tiempo para volver a notar cuan pequeña y frágil era la contextura física de su carcelera; cuán ridículo era imaginar, a simple vista, que un hombre de su tamaño y corpulencia pudiera estar aterrado de una mujer que parecía una niña.

"Los temblores y la ansiedad han desaparecido, al igual que el resto de los síntomas" dijo él finalmente. "Pero sigo deseándolo. Y me es difícil pensar en otra cosa" confesó.

Ella meneó la cabeza. "He removido la sustancia de tu sangre. Y con ella los secuelas físicas de tu adicción" explicó mirándolo con sus pupilas inocuas. "Pero no hay nada que pueda hacer por la adicción en tu mente. No puedo evitar que sigas deseando consumir. Hasta que no superes ese temor irracional y ridículo a la vida, no puedo hacer nada para detenerte de buscar salidas cobardes a tu realidad".

Sus palabras eran crueles y frías, diseñadas para cortar a través de su pecho como un puñal helado. Pero él comprendió que no lo hacía con maldad ni saña. Ella no buscaba herirlo. Era, simplemente, el modo en que concebía el mundo.

Edward optó por cambiar de tema.

"Has vuelto a aislarnos" comentó, desviando los ojos hacia la calle más abajo.

"Si" dijo ella. "Es inseguro estar visibles. Podrías haber estado en peligro"

Edward volvió sus ojos a ella, preocupado. "¿En peligro? ¿Qué clase de peligro?".

Ella no se inmutó por el tono agudo de su voz, y su respuesta fue casi natural, como si estuviera hablándole a un niño pequeño. "De muerte. Peligro de muerte"

"¿De muerte?" inquirió él, sus ojos desorbitados de terror y el pulso acelerándose bajo su piel. "¿Quién querría matarme? ¿Y por qué?"

Isabella tomó un paso hacia él, hasta que sus pechos casi podían tocarse y él tuvo que bajar la cabeza para mirarla a los ojos.

"Ellos no quieren que cumplas tu misión. Es por eso que te traje conmigo. Es por eso que me empecino en protegerte" contestó ella.

Edward sintió que la sangre se le helaba en las venas, y no supo si era por la cercanía de ella o por la inflexión de su voz cuando había hablado de "ellos".

"¿Quiénes son "ellos"? balbuceó, encontrando dificultad por hallar su voz.

Isabella tomó un paso atrás y se dirigió hacia el interior del apartamento. Él la siguió en silencio, como una mascota obediente y bien adiestrada. Como víctima de un trance, se dejó caer en el sillón habitual y la observó desde el centro de la habitación, mientras ella se sentaba junto a la puerta, en el suelo, allí adonde él se había acostumbrado a encontrarla.

"Hay algo que debes comprender, Edward" dijo ella entonces, abrazando sus rodillas con sus delgados brazos como lo haría una criatura. "No soy la única criatura mágica que existe. Hay otros, no como yo, pero aún así igualmente poderosos. Y no todos ellos quieren que triunfes en tu misión"

Aún paralizado de miedo como se encontraba, Edward no pude dejar de observar que era casi irrisorio que ella pudiera hablar seriamente acerca de criaturas mágicas y de muerte mientras estaba sentada en el piso con los pies descalzos, luciendo como una niña desprotegida.

"Es por eso que necesitaba encontrarte y protegerte. Estás en peligro, y no sólo por ti mismo y tus hábitos" continuó ella. "Tu vida corre riesgo. Y no estoy dispuesta a exponerte a él"

Incapaz de responder y abrumado por la repentina información, Edward hundió el rostro en sus manos y se dejó caer sobre sus rodillas, tratando de ocupar el menor espacio posible en el universo y buscando de alguna manera ocultarse aún de su propia conciencia.

La respiración se le aceleró de un modo violento, tanto que creyó que en cualquier momento sus pulmones colapsarían y su corazón dejaría de palpitar junto con ellos.

Un sudor helado y asfixiante comenzó a deslizarse por su piel, y sintió que todo el cuerpo le temblaba como si hubiera contraído la peor de las fiebres.

Un ataque de pánico, pensó desesperado. Mi mente está cediendo.

Aún paralizado de miedo como se hallaba, hizo un esfuerzo por pensar.

Pensar. Pensar sobre el bullicio en su cabeza. Pensar sobre los gritos desenfrenados de su desesperación, su miedo y su urgencia por escapar hacia el terreno de la alucinación y la inconciencia que las sustancias que consumía le auguraban.

Pensar por sobre su egoísmo, su vanidad y su estupidez.

¿Por qué yo?, se preguntó. Pero supo que nadie podría darle una respuesta, ni siquiera la mujer sentada frente a él. Seguramente porque no había una respuesta que dar. Simplemente las cosas eran como eran.

Decidió que era mejor dejar de hacerse preguntas inútiles, que no harían más que hundirlo en el desasociego.

En cambio, decidió pensar en sus padres, evitando el rencor ardiente que solía sentir en el pecho ante la idea de que lo hubieran abandonado. Y en Alice, dejando de lado sus vaivenes emocionales y sus reproches. Y en todas las personas que alguna vez se había amado, aún cuando después no hubieran demostrado corresponder su cariño.

Isabella lo escuchó respirar profundamente, varias veces, mientras su corazón desbocado trataba de encontrar un ritmo normal.

Finalmente, más de diez minutos después, él exhaló con un suspiro y levanto sus ojos verdes, verdes para mirar directo a los de ella.

"Dimelo" pidió, sin titubeos ni temor en la voz. "Dime que esperas de mi. Dime cuál es mi misión"

Ella permaneció silenciosa e inmóvil durante un momento, contemplando concentrada a la profundidad de sus ojos, buscando vestigios de su alteración o de su inmadurez, de cualquier indicio de que él aún no estaba listo. Pero, al cabo de un intenso examen, lo único que pudo encontrar fue resignación y ese temor absoluto que nunca lo abandonaba.

Se irguió de su lugar junto a la puerta y caminó hacia él, con pasos medidos y lentos, sin jamás dejar de mirar directo a sus ojos ni perder la expresión gélida del rostro, como si todo el tiempo estuviera advirtiéndole que se acercaba a él.

Se sentó a su lado en el sillón, algo que jamás había hecho antes, y giró hasta que estuvieron uno frente al otro, tan cerca que Edward pensó que podría contar las pestañas de su rostro.

"Se avecina una guerra" dijo ella, entonces, con una voz tan profunda y tan intensa que él sintió que se le erizaban los cabellos de la nuca como si un espectro hubiera rozado su espalda augurando la muerte.

"¿De las criaturas mágicas?" tartamudeó Edward, haciendo un esfuerzo por hallar su voz.

"No, una guerra entre hombres" le aclaró ella, con su tono impenetrable. "Una guerra no muy distinta a todas las otras en la historia de la humanidad"

Ella levantó las manos hacia el rostro de él, generando que Edward se sobresaltara en su asiento y se inclinara hacia atrás alejándose de ella cuanto le fuera posible en el pequeño espacio que compartían en el sofá.

Ella no se inmutó por la reacción. Simplemente se mantuvo estática, con las manos alzadas, observándolo directamente a los ojos como si quisiera decirle algo, y esperando.

Finalmente, él terminó por dominar su miedo y su postura tensa comenzó a relajarse con lentitud, como si no pudiera terminar de convencerse de que ella no iba a lastimarlo. Ella continuó mirándolo, con sus pupilas gélidas, hasta que él regresó a su lugar inicial.

"Déjame mostrarte" le pidió ella, y cuando él asintió, Isabella acomodó ambas manos a los lados de sus sienes, pero sin tocarlo jamás.

"Esta guerra comenzará de la misma manera en que todas las guerras comienzan entre los hombres" dijo, capturando sus ojos en los suyos como en un encantamiento. "Con proclamas en defensa de la libertad, de la justicia, de la democracia y de los derechos de toda la humanidad"

Aunque sus ojos estaban abiertos, Edward dejó de ver entonces la imagen de Isabella y del apartamento donde había pasado varios de los peores momentos de su vida, y en cambio la visión fue reemplaza por imágenes tan nítidas que hicieron que diera un respingo de terror.

Ante su asombrada mirada, pudo ver líderes políticos avivando desde estrados montados en estudios de televisión como religiosos ortodoxos poseídos por su fe, transmisiones en vivo por Internet que llegaban hasta los rincones más alejados del mundo, banderas flameando como si el mismo viento estuviera complotado con la causa de su enarbolamiento.

Y luego jóvenes, adultos y ancianos. Incluso algunos niños. Todos reunidos en lo que bien podría haber sido una plaza, en algún lugar del mundo, vitoreando y alabando a viva voz. Un ejército de voluntades listo para emprender su cruzada detrás de la causa justa del momento, esa que los medios de comunicación pregonaban.

"Pero detrás de ese discurso libertario y patriótico, lo cierto es que todo conflicto bélico comienza con una puja de intereses, con avaricia y ambición" continuó ella, su voz llegándole a través de una bruma de imágenes alternándose como en un caótico documental frente a sus ojos.

"El origen y la causa, al fin, será menos romántico de lo pensado. Y tendrá que ver, exclusivamente, con el control de un recurso natural valioso"

"¿Petróleo?" preguntó Edward, entonces.

"Agua" respondió ella.

"¿Agua?"

"Si, agua potable. El recurso más sencillo, pero más elemental"

Edward vio entonces agua, pura y cristalina, deslizándose por las rocas de una montaña, un chorro saliendo de la misma piedra como si ella fuera capaz de crear vida, su color tan nítido y claro que era casi cegador cuando reflejaba el sol.

"Pero, aunque en principio pueda haberse suscitado por la misma razón, esta guerra no será como las anteriores" agregó Isabella, su voz descendiendo una octava. "En absoluto…"

Las imágenes que se sucedieron en ese momento fueron tan potentes, que Edward echó su cuerpo hacia atrás en el sillón, aún cuando la parte racional de su cerebro le indicara que era imposible alejarse de esas visiones físicamente.

Vio fuego, una llamarada roja que pareció abrazarlo y llenar toda su visión, como si no hubiera nada más en el universo que ese centelleo. Tan feroz y tan real que casi pudo sentir que su piel se encendía y el calor lo consumía.

Y luego, vistas de desolación y destrucción. El rojo del fuego dio lugar al gris eterno del polvo que flotaba en el aire contaminando el oxígeno, ocultando la luz natural del día, poblando los caminos y cubriendo los vestigios tanto de la civilización como de la naturaleza.

La luminosidad era opaca y vana, como si llegara a través de un velo negro. El cielo ya no era celeste. El sol había desaparecido. Las nubes ya no eran blancas.

En su lugar, el horizonte era oscuro, poblado de fantasmas. Nubarrones negros y rojizos, como encendidos en fuego, surcaban las alturas, como anunciando una tormenta permanente e imperecedera que podría consumirlo todo.

Si es que aún quedaba algo que consumir…

Las hojas de las plantas y los árboles estaban cubiertas de hollín y mugre. Pronto su vida también acabaría por apagarse. Junto con la luz y el aire. Junto con ese mundo.

Se vislumbraban los restos de algún edificio que alguna vez podría haber sido tanto el hogar de una familia como un edificio ejecutivo en el centro de una metrópolis enorme, pero que ahora era imposible de identificar. Tan sólo los vestigios de los ladrillos y el cemento que alguna vez habían compuesto una pared, ocultos bajo una montaña de ese polvo gris de aspecto tóxico que se había convertido en una imagen recurrente en ese mundo agotado.

El mundo parecía vacío. Y el silencio detrás de las imágenes era tan pleno que casi podía lastimar los tímpanos. Era como un grito callado, potente en su intensidad de la nada.

Un planeta que alguna vez había sido, y que ahora era meramente un recuerdo trunco cubierto de polvo.

O, tal vez, ni siquiera un recuerdo, porque parecía ya no quedar nadie capaz de rememorar que alguna había existido.

Y luego fueron rostros. Rostros de hombres, rostros de mujeres, rostros de niños. Jóvenes y ancianos, ajados y límpidos.

Rostros sin vida.

Cuerpos mutilados. Sangre. Vísceras.

Seres que alguna vez fueron humanos o animales, semi sepultados por el polvo gris que todo lo cubría, como un entierro improvisado en donde nadie había podido llorarlo como se merecían.

Un mundo acabado, caduco, desolado y muerto.

Edward cerró los ojos, espantado, pero las imágenes seguían allí, incluso detrás de sus párpados.

A ciegas, sin poder ver delante de su verdadero cuerpo nada más que las visiones de horror que se le proyectaban, se irguió y trastabilló hacia el lado.

De pronto su vista se aclaró y el mundo real, ese pequeño apartamento que se había convertido en su prisión, volvió a estar en foco. Jamás pensó que se sentiría aliviado de volver a ver el raído sillón y el piso de parqué de ese living que tanto odiaba.

Pero ni siquiera esa imagen logró componerlo.

A tientas se desplazó hacia el balcón exterior y, antes de que el aire puro le llegara a los pulmones, vomitó el contenido de su estómago.

…..

Hola de nuevo! Y gracias a aquellos que están de ese lado.

Como he dicho en reiteradas ocasiones, amo esta historia, más a cada momento. Porque cada vez que la continúo me sorprende, llenándome de imágenes y de sucesos que jamás había imaginado que existirían en ella.

Escribirla es un ejercicio vertiginoso y adrenalínico, que no esperaba, pero que disfruto.

Ojalá la estén disfrutando conmigo y quieran hacérmelo saber con sus reviews. Y ojalá más gente decidiera darse una vuelta por esta historia, que creo vale la pena porque no se parece demasiado a nada.

Gracias!